Fue, se lavó, y volvió con vista

 




IV Domingo de Cuaresma


La narración del milagro del ciego de nacimiento cobra todo su alcance teológico (kerigmático, pascual y bautismal a la vez) en el contexto en que aparece: la fiesta de las Tiendas (Jn 7-10), durante la cual Jesús se revela como "luz del mundo" (8,12), suscitando la consecuente polémica con los judíos. El milagro acontece en las inmediaciones del templo por obra del mismo Jesús. El enfermo no pide nada. Es Jesús quien le mira. Sólo de un modo secundario los discípulos toman la palabra, mientras que el ciego no dice nada todavía. Y el discurso aborda un tema fundamental: el significado del sufrimiento, que, según la mentalidad de aquel tiempo, estaba vinculado al pecado. Jesús afirma claramente: "No ha sido ni un pecado suyo ni de sus padres".

La ceguera (sufrimiento) indica más bien la situación natural del hombre. Todos somos ciegos de nacimiento. Todos estamos "enfermos", y enfermos de una enfermedad tan grave que no nos quedan fuerzas para acudir al único que puede curar. Es el Médico quien toma la iniciativa. Sus acciones están calcadas de las de la primera creación (cf. el barro aplicado a los ojos: v. 6). Para que el hombre pueda ver la luz, se precisa una nueva creación. Luego Jesús da un mandato al ciego, quien - a diferencia del primer Adán obedece. El no conoce a Jesús, pero su obediencia es el acto de una gran fe, del total abandono. De él brota una sabiduría que viene de lo alto: sabe dar verdadera gloria a Dios con las palabras y con la adoración

En el camino de la cuaresma hoy brilla una luz particular que nos invita a encontrarnos con mayor profundidad con el Seńor Jesús. El ciego ha seguido un proceso desde las tinieblas a la luz de la fe en Jesús, que le habla, que está delante de él. Creer que alguien le ha dado la vista no es tan difícil. Encontrarse en una situación determinada de un hecho y reconocerlo es ya tener cierta fe. Pero encontrarse de tú a tú con el que ha cambiado nuestra situación, con el que nos ha sacado de la noche de la ceguera y nos ha hecho pasar a la claridad de su día es la fe madura a la que debemos llegar. Debemos ir más allá del creer ser cristianos, para manifestar con toda nuestra vida este encuentro que nos vincula indisolublemente al Seńor Jesús como su fuente.

Jesús no nos pide creer en una doctrina abstracta, sino que quiere una adhesión plena e incondicional a su persona. Nos pregunta: "Quieres encontrarte conmigo para vivir para mí?". Todos los días y a todas horas, el Seńor es el que está ante nosotros y nos habla. Si él es mi luz, veo en su luz y me convierto en una manifestación transparente de las obras de Dios para su gloria.

 



Calendario de Cuaresma. IV domingo de cuaresma «laetare» Gustad y ved qué bueno es el Señor.


Calendario de Cuaresma. IV domingo de cuaresma «laetare»
Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido.
Dios nos reconcilió consigo por medio de Cristo.
Gustad y ved qué bueno es el Señor.
Calendario de Cuaresma 26 de 40.

Sétimo Domingo: Jesús perdido y hallado en el Templo (7 Domingos de San José)

 

Ocurre cuando Jesús tiene 12 años, durante la peregrinación a Jerusalén.

  • El Dolor: La angustia terrible de perder a Jesús durante tres días, buscándolo "con dolor" (como dice la Escritura) sin saber si le había pasado algo.

  • El Gozo: Encontrarlo sano y salvo en el Templo, discutiendo con los doctores de la ley, y dedicándose a las "cosas de su Padre"


            Padrenuestro, Avemaría y Gloria 

            o bien, 7 Padrenuestros y Avemarías en honor a los 7 dolores y gozos

  • Oración Final: "Oh Dios, que con inefable providencia te dignaste elegir al bienaventurado San José por esposo de tu Santísima Madre; concédenos, te rogamos, que merezcamos tener por intercesor en el cielo al que veneramos como protector en la tierra. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén." "San José, ruega por nosotros."

El sentido del sufrimiento de Jesús. Artículo.

Escuché esta historia de un renombrado teólogo que prefiere que no dé su nombre al compartirla, aunque la anécdota habla muy bien de su teología.

Daba una conferencia y, en un momento dado, afirmó que Dios no quería que Jesús sufriera como lo hizo. Una mujer entre el público levantó la voz de inmediato: «¿Lo dice en serio?». Sin saber si era una objeción o una afirmación, él la invitó a hablar durante el descanso. Al acercarse en la pausa, ella repitió su pregunta: «¿Lo dice en serio? ¿Cree que Dios no quería que Jesús sufriera de esa manera?». Él le respondió que, efectivamente, lo decía en serio. Dios no quería que Jesús sufriera así. La respuesta de ella fue: «Menos mal, entonces puedo volver a rezar. Me cuesta mucho dirigirme a un Dios que necesita este tipo de sufrimiento para cobrarse algún tipo de deuda».

¿Por qué sufrió Jesús? ¿Hacía falta su dolor para pagar una deuda que solo un ser divino podía saldar? ¿Fue el pecado original de Adán y Eva una ofensa tan grande para Dios que ninguna sinceridad humana, adoración, altruismo o sacrificio podía calmarle? Es más, ¿acaso Dios necesita ser «aplacado» alguna vez?

La idea de que Jesús necesitaba sufrir así para apaciguar a Dios por nuestros pecados está muy arraigada en nuestra forma popular de entender su pasión y muerte. Además, parece haber referencias sólidas que apoyan esto en las Escrituras y en la teología de la expiación. Lo que sugieren es que hacía falta una «cuota» de sufrimiento para pagar la deuda por el pecado, y que el dolor de Jesús saldó esa cuenta. Y como la deuda era enorme, el sufrimiento de Jesús tenía que ser atroz.

Pero, ¿cuánto de esto es una metáfora y cuánto debemos tomar al pie de la letra? Aquí va otra forma de ver por qué Jesús eligió aceptar el sufrimiento de esta manera:

Lo hizo para estar en plena solidaridad con nosotros. Aceptó sufrir de una forma tan extrema para que nadie pudiera decir jamás: «¡Jesús no sufrió lo que yo! ¡He pasado por dolores y humillaciones más grandes que las suyas!».

Bueno, analicemos el sufrimiento de Jesús a la luz de este reto.

Primero, en su vida antes de la pasión y la cruz, sufrió el dolor de la pobreza, la incomprensión, el odio, la traición, además de la soledad del celibato. Asimismo, en la cruz pasó por una noche oscura de la fe. Pero estos son sufrimientos humanos comunes. Es en su pasión y muerte donde su sufrimiento se vuelve extraordinario.

Jesús fue crucificado. La crucifixión fue diseñada por los romanos como algo más que la simple pena de muerte. Estaba pensada para causar la máxima cantidad de dolor que una persona pudiera soportar. Por eso, a veces daban morfina o alguna otra droga al crucificado, no para aliviar su dolor, sino para mantenerlo consciente y que sufriera durante más tiempo.

Peor aún, la crucifixión estaba diseñada para humillar por completo al condenado. Eran actos públicos, y al crucificado se le desnudaba para que sus genitales quedaran expuestos; además, en los espasmos de la agonía, los esfínteres se relajaban. Una humillación total. Esto es lo que sufrió Jesús.

Por si fuera poco, los expertos especulan (aunque no hay pruebas directas de ello) que en la noche que pasó entre su arresto y su ejecución al día siguiente, fue agredido sexualmente por los soldados que lo custodiaban. Esta suposición se basa en dos cosas: una intuición, ya que las agresiones sexuales eran comunes en esas situaciones; y en que sufrir este tipo de humillación sería la máxima muestra de solidaridad de Jesús con el dolor humano.

Quizás ninguna humillación se compare con la que se sufre en una agresión sexual. Si Jesús pasó por esto, y todo apunta a que sí, eso lo pone en solidaridad con uno de los dolores humanos más profundos. Toda persona que haya sufrido esta humillación tiene el consuelo de saber que puede que Jesús también la haya padecido.

¿Por qué aceptó Jesús sufrir de este modo? ¿Por qué, como dice el Oficio de la Iglesia, «se hizo pecado por nosotros»?

Sea cual sea el profundo misterio y la verdad que se esconden tras la idea de pagar una deuda por nuestros pecados y expiar nuestras faltas humanas, la razón más profunda por la que Jesús eligió aceptar el sufrimiento de este modo fue para estar en total solidaridad con nosotros, en todo nuestro dolor y humillación.

Jesús vino de nuestro inefable Dios, le puso un rostro humano a la divinidad y nos enseñó lo que hay verdaderamente en el corazón de Dios. Y al hacerlo, asumió nuestra condición humana por completo. No solo rozó la vida humana, sino que se adentró de lleno en ella, llegando hasta lo más hondo del dolor humano.

Es cierto que hay sufrimientos concretos que tal vez Jesús no experimentó explícitamente (el racismo, el machismo, el exilio, la discapacidad física), pero en su noche oscura de la fe en la cruz y en la humillación de su crucifixión, sufrió de tal manera que nadie podrá decir: «¡Jesús no sufrió como he sufrido yo!». Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org