Mándame ir a ti sobre el agua.

 





Domingo XIX del Tiempo Ordinario


" Jesús subió al monte <<para orar a solas" (v. 23). Es una imagen que nos transporta fuera del tiempo y del espacio: todo parece pararse en la quietud eterna del silencio del Hijo en el Padre. Como si no hubiese anochecen esa es la impresión. Mientras, los discípulos  están desconcertados: es de noche y la barca es sacudida por el oleaje (v. 24). Despunta el alba y Jesús se aproxima. Pero esto no significa el final de la turbación. Al contratiempo de los elementos externos y naturales le sucede ahora un acontecimiento fascinante e imprevisible, además estremecedor, que les conmociona interiormente: Jesús se acercó a ellos caminando sobre las aguas (v 25). El evangelio recoge la reacción de los discípulos: <<se pusieron a gritar de miedo" (v. 26). El miedo es la antigua esclavitud del hombre y se contrapone a la fe. La réplica del Seńor: <<!Ánimo! Soy yo, no temáis" (v. 27) parece calmar la atmosfera.

Pedro emprende un acto atrevido, no por fe, sino por verificación, impulsivo. Contesta: <<Serio1; si eres tú>> (v. 28). La iniciativa humana no es suficiente para caminar al encuentro de Jesús. El miedo lo hunde y solo la humildad de la fe lo salva. El acontecimiento tiene su diagnóstico: <<Por qué has dudado?" (v. 31). El desenlace final es de adoración coral. A la luz del día le siguió la calma: <<El viento se calmó" (v 32), es decir, a la luz de la verdad en Cristo, con Cristo y por Cristo, el hombre consigue, después de la prueba, la calma del corazón en Dios.

Los tres textos de la liturgia reflejan el tema de la fe en el Dios-con-nosotros, presente y activo tanto en la historia universal como en los acontecimientos personales de cada uno. Y a su vez, nos proponen una reflexión sobre la continuidad de la experiencia de fe judía y cristiana, de la diferencia de calidad y modos. Elías, Pablo y Pedro son tres campeones con quienes podemos confrontar nuestra experiencia de fe en el Dios trascendente, supremo y santo, que es todo para el hombre; el Dios de los <<padres" envuelto en aureola misteriosa es el Dios que actúa dentro de la historia como el que salva; el Dios cuya esencia es incognoscible, pero cuya voluntad y deseo se inclinan en favor del hombre, en mimarlo y llevarlo cogido de la mano. Esto no permite fáciles abstracciones filosóficas, sino empeńar todo el ser en la opción fundamental de la fe. No son simples mensajes, sino hechos. El Dios <<totalmente otro" no se manifiesta en imágenes, sino que se revela mediante la Palabra y, al llegar la plenitud de los tiempos, en el Hijo unigénito. La fe no puede quedar relegada a la esfera afectiva del hombre. La fe es compromiso y empeńo, pues la historia no es una secuencia de hechos, sino un único acontecimiento salvífico, cuya trama la teje Dios con toda la humanidad.

Concédenos, Seńor la vista que nos permita ver tu amor en el mundo, a pesar de los chascos humanos. Concédenos la fe para confiar en tu bondad, a pesar de nuestra ignorancia y debilidad. Concédenos el conocimiento, para que sigamos orando con un corazón consciente, y muéstranos lo que cada uno de nosotros tiene que hacer para favorecer la llegada del día de la paz universal (los astronautas del Apolo VIII, desde el espacio, el 24 de diciembre de 1968)








Fiesta de santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein). Mujer de singular inteligencia y cultura.

Virgen de la Orden de Carmelitas Descalzas y mártir, la cual, nacida y educada en la religión judía, después de haber enseñado filosofía (alumna predilecta de Husserl) durante algunos años entre grandes dificultades, recibió por el bautismo la nueva vida en Cristo, prosiguiéndola bajo el velo de las vírgenes consagradas hasta que, en tiempo de un régimen hostil a la dignidad del hombre y de la fe, fue encarcelada lejos de su patria, y en el campo de exterminio de Auschwitz, cercano a Cracovia, en Polonia, murió en la cámara de gas.
Edith SteinTeresa Benedicta de la Cruz, nació el día del Kippur, día festivo para los hebreos, y en Breslavia Alemania, el 12 de octubre de 1891, en el seno de una familia hebrea. Edith fue la última de once hijos. A los dos años de edad, muere su padre.    Hizo sus primeros estudios y el Bachillerato en su ciudad natal con calificaciones siempre sobresalientes. En la Universidad de Breslau estudia, de 1911 a 1913, Germanística, Historia, Psicología y Filosofía.    En 1913 se traslada a Göttingen para seguir sus estudios de filosofía siendo discípula de Edmund Husserl, un hebreo y no creyente, genio filosófico de su tiempo, haciendo el exámen de Licenciatura con calificación sobresaliente en 1915. Durante este período, llega a un ateísmo casi total, pues abandonó la fe y las prácticas religiosas.    Estalla en 1914 la primera guerra mundial y Edith trabaja como enfermera voluntaria siendo enviada a un hospital del frente. Después de ese infatigable trabajo, hace el examen de doctorado en la Universidad de Freiburg, con la calificación Summa cum laude.   Cuando contaba con 32 años enseña en la escuela de formación de maestras de las dominicas de Santa Magdalena en Espira. Además de las clases, escribe, traduce y da conferencias sobre la cuestión femenina y sobre la educación católica que la llevarán por diversas ciudades de Alemania y por los países limítrofes.    A los 41 años, es profesora en el Instituto Alemán de Pedagogía científica en Münster. Su fama de conferenciante traspasa las fronteras de Alemania y es invitada a hablar en Francia y Suiza. Desde su conversión deseó entrar en el Carmelo a pesar de la oposición de la familia, y su deseo se vio cumplido el 14 de octubre de 1933, a los 42 años, ingresando en el Carmelo de Colonia. Aquí cambia su nombre por el de Teresa Benedicta de la Cruz.    Su familia hebrea, rompe con ella. El 21 de abril de 1935, domingo de Pascua de Resurrección, emite sus votos religiosos y tres años después, aquél mismo día, sus votos perpetuos. Su vida será ya una Cruz convertida en Pascua. Dentro del convento, por orden del Provincial, continúa sus estudios científicos. A medida que el nazismo se consolida en el poder su condición de judía es una amenaza para ella y para la comunidad.   El día 31 de diciembre de 1938 emigra a Holanda y se establece en el convento de Echt. Aquí la encomiendan, entre otros trabajos, un estudio sobre San Juan de la Cruz, y escribe La ciencia de la Cruz. El día 2 de agosto de 1942 es detenida por la Gestapo, junto con su hermana Rosa, también convertida al catolicismo, y llevada con otros religiosos y religiosas al campo de concentración de Amersfoort.    Luego, en la noche entre el 3 y el 4 de agosto, los presos fueron trasladados al campo de Westerbork, situado en una zona completamente deshabitada al norte de Holanda.   El 9 de agosto de 1942, llegaba en el tren de la muerte al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Por su edad (51 años cumplidos), su baja estatura, sin signos externos de robustez, en la mentalidad nacista, no servía para trabajos forzados.   
La llevaron a la barraca 36, siendo marcada con el Nº 44.074 de deportación, para morir mártir de la fe cristiana a los 51 años de edad, en la casita blanca, víctima del Ciclón B: Ácido Cianhídrico; durante la persecución nazi, ofreciendo su holocausto por el pueblo de Israel. La ducha anunciada, en vez del agua deseada, emanó el tóxico ciclón B de la muerte casi instantánea. Su cuerpo sin vida fue calcinado con leña (todavía estábamos en agosto de 1942).    No hay tumba. Las cenizas o huesos de la Hna. Edith se arrojaron en el campo adyacente. Hoy es un verde campo con cruces que plantan allí los grupos de peregrinos. Mujer de singular inteligencia y cultura, ha dejado numerosos escritos de elevada doctrina y de honda espiritualidad.    En 1962 se inició su proceso de beatificación. Teresa Benedicta de la Cruz dramática síntesis de nuestro tiempo, Mujer hija de Israel, Mártir por la fe en Cristo, y Víctima del exterminio judío, fue beatificada por Juan Pablo II en Colonia, el 1 de mayo de 1987. Su fiesta se celebra en el Carmelo Teresiano el 9 de agosto.    El Papa Juan Pablo II canonizó a la judía, filósofa, monja, mártir y beata, Teresa Benedicta de la Cruz de la Orden del Carmelo, el 11 de Octubre de 1998 en la Basílica de San Pedro en RomaFuente

Querida Edith: Siempre he intentado imaginar lo que debió de ser para ti, judía, la experiencia del encuentro con Jesús, el Hijo de Dios nacido de María, una mujer como tú, de tu estirpe. Me parece que debió de suponer una conmoción y una alegría inexpresables y, sobre todo, una atracción irresistible. Lo revela la respuesta que te vino espontánea cuando tu madre, dolorida, intentaba convencerte de que se podía ser profundamente religiosa, "devota", también en el judaísmo: "Cierto", respondiste, "si no has aprendido a conocer a otro". Tú habías aprendido a conocer a aquel Otro a quien nadie se le puede comparar: al Dios hecho hombre en el seno del pueblo judío. Y ya no te era posible pensar tu vida sin él.

       Edith, no todos lo pueden comprender... Es menester haber pasado por la misma experiencia para que no nos parezca absurdo lo que hiciste... "!Vamos, venga, por nuestro pueblo!", le dijiste a tu frágil hermana para animarla. Para ti, la muerte no era un sufrimiento, sino ofrecer la vida unida a Cristo, que se había vuelto tu vida. Habías nacido el gran día del Kippur... Te sentías predestinada a la expiación. "!Vamos, Rosa, por nuestro pueblo!" Asumiendo a todos los de tu carne y sangre, transformaste en un magno holocausto de propiciación la hoguera exterminadora.

       Eras, como Jesús, el manso cordero que cargaba sobre sí los pecados de todos para destruir el odio humano en el fuego de la caridad divina. Gran misterio en verdad el silencio y la impotencia de Dios en aquella hora trágica de la historia de tantos pueblos, y en particular de tu pueblo, el elegido, siempre amado, a pesar de haberlo trabajado tanto, pasado por el fuego como se purifica el oro en el crisol. Un misterio que impone silencio y reflexión en la humilde adhesión de fe. Ahora  bien, a casi sesenta años de aquellos acontecimientos, el recuerdo de la Shoa se ha despertado; se habla y se escribe mucho de ella, tal vez incluso demasiado, con dolor e indignación, no siempre sin mantener y suscitar resentimientos y deseos de venganza.

       Es, en efecto, demasiado inconcebible e inaceptable la iniquidad cometida: un hecho que ha herido de muerte no sólo a millones de judíos, sino a toda la humanidad y, ante todo, el corazón del mismo Dios. Sí, ante todo, el corazón de Dios, porque si no intervino para impedirlo tal vez sea justo pensar que él mismo participaba de la tragedia, él mismo era sacrificado de nuevo en aquellos por los cuales, cuando vino al mundo, se despojó de su propia gloria y poder. Edith, tú ahora ya sabes, ya comprendes lo que para nosotros sigue estando todavía oscuro...

       Al escribir a los romanos, Pablo prorrumpía en una declaración que demuestra la medida en la que se sentía todo de Cristo y, al mismo tiempo, todo de su pueblo: "... siento en el corazón un gran dolor y un sufrimiento continuo". Cada vez que vuelvo a oír estas palabras del apóstol me siento presa de una inmensa conmoción y me parece que yo misma estoy invadida por esos atormentadores sentimientos. Por consiguiente, puedo imaginar un poco, Edith, lo que fue tu martirio de conciencia antes incluso de ser llevada, como cordero mudo, al lugar del exterminio.

       Y así fue, probablemente, para los otros judíos perseguidos a los que Jesús se manifestó de modo inequívoco. También hoy, en el trabajo que sigue atravesando la historia de nuestros pueblos, queda transfigurado el dolor por quien se ofrece, de una manera espontánea, como hizo Jesús, impulsado únicamente por el amor y, por consiguiente, perdonando (A. M. Cánopi, Lettera a Edith, Cásale Monf. 2000). santaclaradeestella

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Santo Domingo de Guzmán.8 de agosto.

El fundador de los Padres Dominicos, que son ahora 6,800 en 680 casas en el mundo, nació en Caleruega, España, en 1171. Su madre, Juana de Aza, era una mujer admirable en virtudes y ha sido declarada Beata. Lo educó en la más estricta formación religiosa.   A los 14 años se fue a vivir con un tío sacerdote en Palencia en cuya casa trabajaba y estudiaba. La gente decía que en edad era un jovencito pero que en seriedad parecía un anciano.
Su goce especial era leer libros religiosos, y hacer caridad a los pobres.   En un viaje que hizo, acompañando a su obispo por el sur de Francia, se dio cuenta de que los herejes habían invadido regiones enteras y estaban haciendo un gran mal a las almas. Y el método que los misioneros católicos estaban empleando era totalmente inadecuado.    Los predicadores llegaban en carruajes elegantes, con ayudantes y secretarios, y se hospedaban en los mejores hoteles, y su vida no era ciertamente un modelo de la mejor santidad.
Y así de esa manera las conversiones de herejes que conseguían, eran mínimas. Domingo se propuso un modo de misionar totalmente diferente.   Vio que a las gentes les impresionaba que el misionero fuera pobre como el pueblo. Que viviera una vida de verdadero buen ejemplo en todo. Y que se dedicara con todas sus energías a enseñarles la verdadera religión. Se consiguió un grupo de compañeros y con una vida de total pobreza, y con una santidad de conducta impresionante, empezaron a evangelizar con grandes éxitos apostólicos.   Sus armas para convertir eran la oración, la paciencia, la penitencia, y muchas horas dedicadas a instruir a los ignorantes en religión.
Cuando algunos católicos trataron de acabar con los herejes por medio de las armas, o de atemorizarlos para que se convirtieran, les dijo: «Es inútil tratar de convertir a la gente con la violencia. La oración hace más efecto que todas las armas guerreras. No crean que los oyentes se van a conmover y a volver mejores por que nos ven muy elegantemente vestidos. En cambio con la humildad sí se ganan los corazones».   En agosto de 1216 fundó Santo Domingo su Comunidad de predicadores, con 16 compañeros que lo querían y le obedecían como al mejor de los padres. Ocho eran franceses, siete españoles y uno inglés. Los preparó de la mejor manera que le fue posible y los envió a predicar, y la nueva comunidad tuvo una bendición de Dios tan grande que a los pocos años ya los conventos de los dominicos eran más de setenta, y se hicieron famosos en las grandes universidades, especialmente en la de París y en la de Bolonia.   El gran fundador le dieron a sus religiosos unas normas que les han hecho un bien inmenso por muchos siglos.
Por ejemplo estas:   Primero contemplar, y después enseñar: dedicar tiempo y muchos esfuerzos a estudiar y meditar las enseñanzas de Jesucristo y de su Iglesia; después sí predicar con todo el entusiasmo posible.-   Predicar siempre y en todas partes. Santo Domingo quiere que el oficio principalísimo de sus religiosos sea predicar, catequizar, propagar las enseñanzas católicas por todos los medios posibles. Y él mismo daba el ejemplo: donde quiera que llegaba empleaba la mayor parte de su tiempo en predicar y enseñar catecismo.
Era el hombre de la alegría, y del buen humor. La gente lo veía siempre con rostro alegre, gozoso y amable. Sus compañeros decían: «De día nadie más comunicativo y alegre. De noche, nadie más dedicado a la oración y a la meditación». Pasaba noches enteras en oración.   Era de pocas palabras cuando se hablaba de temas mundanos, pero cuando había que hablar de Nuestro Señor y de temas religiosos entonces sí que charlaba con verdadero entusiasmo.   Sus libros favoritos eran el Evangelio de San Mateo y las Cartas de San Pablo. Siempre los llevaba consigo para leerlos día por día y prácticamente se los sabía de memoria.
A sus discípulos les recomendaba que no pasaran ningún día sin leer alguna página del Nuevo Testamento o del Antiguo.   Totalmente desgastado de tanto trabajar y sacrificarse por el Reino de Dios a principios de agosto del año 1221 se sintió falto de fuerzas, estando en Bolonia, la ciudad donde había vivido sus últimos años. Tuvieron que prestarle un colchón porque no tenía.
Y el 6 de agosto de 1221, mientras le rezaban las oraciones por los agonizantes cuando le decían: «Que todos los ángeles y santos salgan a recibirte», dijo: «¡Qué hermoso, qué hermoso!» y expiró.   A los 13 años de haber muerto, el Sumo Pontífice lo declaró santo y exclamó al proclamar el decreto de su canonización: «De la santidad de este hombre estoy tan seguro, como de la santidad de San Pedro y San Pablo». Fuente. En profundidad: Dominicos.org

Domingo, fiel a la consigna del Señor, exigía que la predicación de sus hermanos brotara de la comunión en la verdad y de la contemplación. Pedía realizar la verdad, configurarse a ella en la vida y en el anuncio, no como se acostumbra a hacerlo en un lugar o en otro, sino como lo exige la Palabra de Dios transmitida por la Iglesia. Quería que antepusieran la verdad a la oportunidad, de modo que la verdad amada, contemplada, celebrada, estudiada, anunciada, alabada, constituyera el marco de su vida.

La verdad tiene sus exigencias imprescindibles. Se abre camino por convencimiento, no por constricción, y por eso exige una profunda comunión de vida, celebración ferviente de su belleza, asiduo estudio de sus expectativas, vida ejemplar. La convicción es fruto de una inteligencia amorosa y desemboca en el obrar por el deseo de semejanza con el ser amado. No pasa de una persona a otra; se engendra en cada persona que llega a ella bajo el estímulo de la palabra y del ejemplo. Esto hace, ciertamente, que el mensajero del Evangelio sea un mendicante de verdad, con todo el rigor del término.

La verdad que anuncia no es suya, no puede hacer lo que quiera con ella; implora que le sea dada, la admira, la estudia, la contempla, hace todo para que sea amada, realizada. Ora e implora a fin de que los corazones humanos no se cierren a la escucha, aunque sabe que esto deriva preponderantemente del consentimiento de la persona a la gracia. Cuando lo ha hecho todo se siente un siervo inútil y, junto a la persona que cree, alaba al Dios de la misericordia y de la luz. Esta orientación de vida ha sido traicionada con frecuencia. Los resultados negativos de esta omisión agudizan la nostalgia de que el anuncio del Evangelio se inspire siempre en el ejemplo de los apóstoles vivificados por el Espíritu y vaya acompañado por la imploración del perdón y de la misericordia.

ORATIO: En tu Providencia, oh Dios, enviaste a la humanidad sedienta a santo Domingo, heraldo de tu verdad, tomada de la fuente del Salvador. Sostenido siempre por la Madre de tu Hijo y abrasado de celo por las almas, asumió para sí y para sus discípulos, recogidos por el Espíritu Santo, el ministerio del Verbo, llevando a Cristo con la doctrina y con el ejemplo a innumerables hermanos.

Atento a hablar contigo y de ti, creció en la sabiduría y, haciendo brotar el apostolado de la contemplación, se consagró totalmente a la renovación de la Iglesia...

Para el esplendor y la defensa de la misma, quisiste que restableciera la vida de los apóstoles. Él, siguiendo las huellas del Cristo pobre, con la predicación volvió a llamar a los errantes a la verdad evangélica y conquistó para Cristo a innumerables hermanos; reunió con sabiduría en torno a sí a otros discípulos, a fin de que sostenidos por la luz de la ciencia se consagraran a la salvación de la humanidad (de los dos Prefacios del rito dominicano, que celebran la gloria de santo Domingo).

CONTEMPLATIO: [Habla Dios Padre:] Y si miras la barquilla de tu padre Domingo, hijito mío amado, él la ordenó con un orden perfecto y quiso que atendiera sólo a mi honor y a la salvación de las almas con la luz de la ciencia. Sobre esta luz quiso constituir su principio, sin estar privada, no obstante, de la pobreza verdadera y voluntaria. Incluso la tuvo, y en señal de que la tenía y le disgustaba lo contrario, dejó en testamento a los suyos como herencia su maldición, si poseían o tomaban posesión alguna, en particular o en general, como señal de que había elegido como esposa a la reina de la pobreza.

Sin embargo, como su objeto más propio tomó la luz de la ciencia, a fin de extirpar los errores que se habían levantado en aquel tiempo. Tomó el ministerio de mi Hijito el Verbo unigénito. Aparecía directamente en el mundo un apóstol que con mucha verdad y luz sembraba mi palabra, levantando las tinieblas y dando la luz. Fue una luz que se puso en el mundo por medio de María, puesto en el cuerpo místico de la santa Iglesia como extirpador de las herejías. Por qué dije "por medio de María"? Porque le dio el hábito, el ministerio de mi bondad encomendado a ella... Hizo que su barquilla estuviera atada con estas tres cuerdas: la obediencia, la continencia y la verdadera pobreza; la hizo completamente generosa, alegre, olorosa: un jardín repleto de todo deleite en sí mismo (Catalina de SienaDiálogoSiena 1995, pp. 539ss [edición española: El diálogo, Ediciones Rialp, Madrid 1956]). 

LECTURA ESPIRITUAL: El primer modo de orar consistía en humillarse ante el altar como si Cristo, representado en él, estuviera allí real y personalmente, y no sólo a través del símbolo. Se comportaba así en conformidad al siguiente fragmento del libro de Judit: Te ha agradado siempre la oración de los mansos y humildes (Jdt 9,1 ó). Por la humildad obtuvo la cananea cuanto deseaba (Mt 15,21-28), y lo mismo el hijo pródigo (Le 15,11-32). También se inspiraba en estas palabras: Yo no soy digno de que entres en mi casa (Mt 8,8); Señor, ante ti me he humillado siempre (Sal 146,61). Y así, nuestro Padre, manteniendo el cuerpo erguido, inclinaba la cabeza y, mirando humildemente a Cristo, le reverenciaba con todo su ser, considerando su condición de siervo y la excelencia de Cristo. Enseñaba a hacerlo así a los frailes cuando pasaban delante del crucifijo, para que Cristo, humillado por nosotros hasta el extremo, nos viera humillados ante su majestad.

Mandaba también a los frailes que se humillaran de este modo ante el misterio de la Santísima Trinidad, cuando se cantara el Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Después de esto, santo Domingo, ante el altar de la iglesia o en la sala capitular, se volvía hacia el crucifijo, lo miraba con suma atención y se arrodillaba una y otra vez; hacía muchas genuflexiones, a veces, tras el rezo de completas y hasta la media noche, ora se levantaba, ora se arrodillaba, como hacía el apóstol Santiago, o el leproso del evangelio que decía, hincado de rodillas: Señor, si quieres, puedes curarme (Mt 8,2); o como Esteban, que, arrodillado, clamaba con fuerte voz: No les tengas en cuenta este pecado (Hcfi7,60). El padre santo Domingo tenía una gran confianza en l a misericordia de Dios, en favor suyo,  en bien de todos los pecadores y en el amparo de los frailes jóvenes que enviaba a predicar. Enseñaba a los frailes a orar de esta misma manera, más con el ejemplo que con las palabras (I. TaurisanoIl nove modi di pregare di san Dominico, ASOP 1922). Fuente: santaclaradeestella.es

Asuntos pendientes y la Comunión de los Santos. Artículo.

Cuando era niño, como parte de nuestras oraciones en familia, solíamos pedir una buena muerte. En mi mente infantil, yo tenía una idea muy clara de cómo debía ser eso. Una buena muerte consistía en morir en gracia de Dios, arropado por el cariño de la familia y de la Iglesia, en total paz con Dios y con los demás, habiendo tenido tiempo para pronunciar unas últimas palabras de amor y gratitud.

Por desgracia, no todo el mundo tiene la suerte de morir así.

A veces, los accidentes, las malas circunstancias y la propia complejidad de las relaciones humanas se confabulan de forma dañina, haciendo que muchas personas mueran en situaciones que distan mucho de ser las ideales: enfadadas, comprometidas, sin perdonar, amargadas, inmaduras o sin reconciliarse.

En ocasiones, la propia causa del fallecimiento ya nos habla de una despedida dolorosa: el alcohol, una sobredosis, la depresión, una imprudencia o el suicidio. Con frecuencia, la muerte sorprende a la gente antes de haber tenido la oportunidad de decir y hacer las cosas que permiten una despedida en paz. Inevitablemente, quedan asuntos pendientes.

Todos conocemos ejemplos de esto: un hombre que muere en un accidente y cuyas últimas palabras hacia su familia fueron de ira; una mujer que fallece por sobredosis y que llevaba años sin hablar con los suyos; un compañero de trabajo que se quita la vida; un amigo que muere amargado, incapaz de perdonar; o, simplemente, ese ser querido al que un infarto fulminante se lleva por delante antes de haber tenido la oportunidad de decirle unas últimas palabras de amor y despedida. Rara vez morimos sin dejar algún cabo suelto.

El dolor que esto provoca puede arrastrarse durante mucho tiempo. Recuerdo que una vez acompañé espiritualmente a un hombre de unos cincuenta años que seguía cargando con el dolor y la culpa por la muerte de su madre, ocurrida más de cuarenta años atrás. Siendo un niño, lo habían llevado a la cama del hospital donde ella estaba ingresada, pero él no era consciente de que se estaba muriendo. Su madre le pidió que le diera un abrazo y él, asustado y cohibido por la tensión del momento, dio un paso atrás. Al día siguiente ella falleció, por lo que el último recuerdo que conservaba de su madre era haberle negado un abrazo. Cuarenta años después, todavía no había logrado hacer las paces con aquello.

A muchos de nosotros se nos han ido personas cercanas con las que dejamos asuntos pendientes: una herida que nunca se cerró, una injusticia que jamás se reparó o una amargura que nunca llegó a suavizarse. Ahora la muerte nos ha separado, esos asuntos siguen estando precisamente pendientes y nos quedamos diciendo: «¡Si hubiera otra oportunidad!».

Pues bien, sí que hay otra oportunidad. Una de nuestras doctrinas cristianas más consoladoras (aunque a menudo la tengamos olvidada) es nuestra fe en la Comunión de los Santos. Es una verdad recogida en el mismísimo Credo de los Apóstoles que nos invita a creer que seguimos en comunicación viva con quienes han fallecido. Es más, nos dice que la relación que ahora mantenemos con ellos está libre de muchas de las tensiones que empañaban nuestro vínculo cuando estaban vivos.

Por lo tanto, creer en la Comunión de los Santos es creer que todavía podemos encargarnos de los asuntos pendientes en nuestras relaciones, incluso después de la muerte. Dicho de forma sencilla: aún podemos hablar con los que se han ido y podemos, hoy mismo, decirles esas palabras de amor, perdón, gratitud y arrepentimiento que, idealmente, tendríamos que haberles dicho antes. De hecho, en el seno de la Comunión de los Santos, la reconciliación que se nos escapó en vida de esa persona puede darse ahora con mayor facilidad. ¿Por qué?

Porque, dentro de la Comunión de los Santos, la comunicación con el difunto es privilegiada. La muerte purifica. Aclara la perspectiva y disuelve muchísimas tensiones relacionales. ¿Por qué digo esto? Porque tanto la fe como la experiencia nos lo demuestran.

Por ejemplo, todos hemos vivido situaciones en las que, dentro de una familia, un grupo de amigos, una comunidad o entre compañeros de trabajo, surge una tensión amarga con alguien que se va enconando hasta crear una brecha insalvable. Pasan cosas que ya no se pueden cambiar. Y entonces, la persona que era el origen de esa tensión fallece, y su muerte lo cambia todo. De una manera extraña, la muerte trae consigo una paz, una claridad y una comprensión que antes eran imposibles.

¿A qué se debe esto? No es simplemente porque la muerte haya cambiado la dinámica del grupo o porque, como podríamos concluir de forma simplista, haya desaparecido quien causaba la tensión o la amargura. Sucede porque, como nos enseña san Lucas en su relato de la Pasión, la muerte puede purificar las cosas y liberar el perdón, del mismo modo que Jesús perdonó al buen ladrón en la cruz mientras moría.

Esto debería ser un consuelo inmenso. Si vivimos atentos a la Comunión de los Santos, lo que no logramos sanar y pacificar en esta vida puede completarse después. Seguimos comunicados —de una forma privilegiada— con nuestros seres queridos tras su partida.

Entre las maravillas de esta realidad está el hecho de que, tras la muerte, todavía tenemos la oportunidad de arreglar aquello que fuimos incapaces de sanar antes de que la muerte se llevara a quien amábamos Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo. Transfiguración del Señor, 6 de agosto.


Transfiguración del Señor


La Transfiguración del Señor es un evento crucial en la vida de Jesús, narrado en los evangelios sinópticos (Mateo 17:1-8, Marcos 9:2-8 y Lucas 9:28-36). Ocurre poco antes de la Pasión de Cristo y tiene un profundo significado teológico para el cristianismo.

El relato evangélico

Jesús tomó a tres de sus apóstoles más cercanos, Pedro, Santiago y Juan, y subió con ellos a un monte alto (tradicionalmente identificado como el Monte Tabor) para orar. Mientras estaba orando, su apariencia cambió de manera milagrosa:

Su rostro resplandeció como el sol.

Sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante.

En ese momento, se aparecieron junto a Él dos figuras: Moisés y Elías. Ellos representaban la Ley y los Profetas del Antiguo Testamento, y conversaban con Jesús sobre su "éxodo" que iba a cumplir en Jerusalén, es decir, su muerte inminente.

Pedro, asombrado por la visión, propuso a Jesús hacer tres tiendas para ellos: una para Jesús, una para Moisés y otra para Elías. Mientras hablaba, una nube luminosa los cubrió y se oyó la voz de Dios Padre desde la nube, que decía: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenlo."

Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Jesús se acercó, los tocó y les dijo que se levantaran y no tuvieran miedo. Al alzar la vista, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Al descender del monte, Jesús les ordenó que no contaran la visión a nadie hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos.

Significado de la Transfiguración

  • Revelación de la divinidad de Jesús: El evento demuestra que Jesús no es solo un profeta o un maestro, sino el Hijo de Dios. El resplandor de su cuerpo y la voz del Padre confirman su identidad divina.

  • Anticipo de la Resurrección y la Gloria: La Transfiguración es una visión previa de la gloria que Jesús tendrá después de su muerte y resurrección. Muestra el cuerpo glorificado que todos los creyentes esperan tener.

  • Unión del Antiguo y el Nuevo Testamento: La presencia de Moisés (representante de la Ley) y Elías (representante de los Profetas) junto a Jesús simboliza que Jesús es el cumplimiento de toda la historia de la salvación narrada en el Antiguo Testamento.

  • Preparación para la Pasión: La Transfiguración fortaleció a los discípulos para que pudieran soportar la oscuridad de la Pasión y la muerte de Jesús. La visión de su gloria les daría la esperanza de que la cruz no era el final, sino el camino hacia la Resurrección.

La transfiguración es ese momento de la vida de Cristo en que la gloria y eternidad inciden en el tiempo y el mundo, permitiéndonos adivinar la identidad de Cristo, a la vez que adivinar lo que es nuestro destino

Gracias a:

Rezando Voy,
dominicos.org
Salomé Arricibita y
santaclaradeestella.es

Nuestros corazones, a veces mezquinos. Artículo.

John Muir se preguntó una vez: «¿Por qué les cuesta tanto a los cristianos dejar entrar a los animales en su raquítico cielo?». Lo mismo podría decirse de nosotros como Iglesias: ¿por qué a veces somos tan reacios a acoger a los demás en la misericordia de Dios y en nuestras mesas de comunión?

Desde luego, no podemos usar a Jesús como modelo para actuar así. Si miramos los Evangelios, no hay constancia de un solo incidente en el que Jesús pusiera alguna condición moral o religiosa para sentarse a la mesa con él.

Nuestro modelo es más bien el de aquellos discípulos de Jesús llenos de buena intención que, al igual que nosotros, intentaban protegerlo alejándolo de varios grupos, incluidos los niños pequeños. Pero ante esto, siempre escuchamos a Jesús decir claramente: «¡Dejad que se acerquen a mí!». No es de extrañar que despachara a sus discípulos para poder encontrarse a solas con la mujer samaritana, que se había casado cinco veces.

Lo que voy a sugerir es un riesgo, ya que, hay que reconocerlo, el tema de la intercomunión es más complejo de lo que se puede resolver diciendo simplemente que Jesús acogía a todos (aunque nunca debamos pasar esto por alto).

Respecto a la cuestión de la intercomunión: existe un amplio acuerdo teológico en que el bautismo da acceso a la mesa de la comunión. Como confesiones cristianas, reconocemos la validez de los bautismos de las demás. Entonces, ¿por qué no puede cualquier cristiano ir a cualquier iglesia cristiana y ser acogido en la mesa de la comunión?

Porque cada confesión es su propia familia, y normalmente las familias comen en sus propias mesas. Lo normal es acudir a la propia familia eclesial para comulgar. Pero esta es una consideración pastoral, no teológica.

Sin embargo, de vez en cuando comemos en casa y en la mesa de otro. La mayoría de las teologías mayoritarias sobre la Eucaristía se basan en esta distinción y diferencian entre la intercomunión «ocasional» (funerales, bodas, encuentros de fe) y la intercomunión «regular». La primera tiene sentido pastoral; la segunda, no. Uno solo come de forma habitual en la mesa de otro si es miembro de esa familia o de ese hogar.

Ante esta inquietud pastoral, las iglesias han tenido normas variadas, que van desde la acogida amplia hasta la exclusión estricta, dependiendo de cómo valore la situación su jerarquía. Por ejemplo, en la Iglesia Católica Romana, durante las décadas de los sesenta y setenta, los católicos generalmente acogían a otros para recibir la comunión en ocasiones especiales. Luego, durante los ochenta y noventa, cada vez más se pidió a quienes presidían la Eucaristía en esas ocasiones que no invitaran públicamente a comulgar a los miembros de otras iglesias. Es más, después del año 2000, se pidió a los celebrantes que desinvitaran públicamente a los fieles de otras iglesias. Más recientemente, se está volviendo a dar un giro progresivo hacia una postura más acogedora.

¿Qué se puede decir de estos vaivenes? En primer lugar, que se trata de una cuestión pastoral y no teológica, y que, en lo pastoral, se puede argumentar legítimamente de diferentes maneras. En lo que sí hay un acuerdo común es en que todos deseamos que las distintas iglesias cristianas sean algún día una sola familia con una sola mesa de comunión para todos. El desacuerdo está en cómo llegar hasta ahí.

Algunos creen y sostienen que tener que «ayunar» de la intercomunión nos hará tener más hambre de ser una sola Iglesia y nos motivará a trabajar de forma más activa por el ecumenismo. Otros no están de acuerdo y argumentan que ser más acogedores con la intercomunión nos impulsará a trabajar activamente por el ecumenismo. ¿Quién tiene razón?

Ambos argumentos tienen su lógica, pero confieso que mi corazón está con el segundo grupo. Según mi experiencia, excluirnos mutuamente de la mesa eucarística suele endurecer nuestras divisiones en lugar de suavizarlas, del mismo modo que acogernos en la mesa de la Eucaristía tiende a disipar los recelos mutuos que hemos alimentado durante los últimos quinientos años desde la Reforma.

Tampoco estoy de acuerdo con la creencia y el argumento de que una sola iglesia (en mi caso, la Iglesia Católica Romana) sea la única expresión plenamente auténtica de la Iglesia, y que las demás confesiones carezcan de algún modo de un discipulado auténtico, por lo que estaríamos abaratando la Eucaristía y la presencia real si permitiéramos comulgar en nuestra mesa a los no católicos.

Aquí, al igual que los bienintencionados pero equivocados discípulos de Jesús, intentamos protegerlo de personas que creemos que no están preparadas para este encuentro e intimidad con él. Debemos recordar que Jesús siempre respondió a esto con las palabras: «¡Dejad que se acerquen a mí!». Jesús no necesita ni quiere nuestra protección.

Además, el amor, la misericordia y el abrazo de Dios que Jesús encarnó y predicó eran la antítesis de la mezquindad. Era un abrazo amplio, acogedor y universal para todos. Dios no tiene favoritos, salvo que cada uno de nosotros es el favorito particular de Dios. Dios no es una deidad privada o tribal, propiedad y controlada por una fe, religión, confesión o Iglesia concreta.

Esto no quiere decir que todas las fes, religiones e iglesias sean iguales y que deban borrarse todas las fronteras que las separan. No. Pero sí significa que no debemos ser tan reacios a incluir a los demás en nuestra estrecha comprensión del abrazo universal de Jesús Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org / Imagen: Gracias a Patite

Santo cura de Ars, Juan María Vianney; Patrono de los párrocos. 4 de agosto.

Nació en Dardilly (Lyon, Francia) en 1786. Eran los agitados tiempos de la Revolución Francesa. Tuvo que superar grandes dificultades en los estudios para llegar a ordenarse de sacerdote en 1815. Fue despedido del seminario de Lyon por insuficiencia, pero con la ayuda del abate de Balley pudo completar los estudios. Después de la ordenación comenzó su ministerio, pero sin licencias aún para oír confesiones. Completada su formación, se le confió la parroquia de la pequeña aldea de Ars, que gobernó y promocionó maravillosamente con su constante predicación, mortificación, oración y caridad. Difundió el mensaje evangélico con la catequesis que a diario impartía a niños y adultos, con la reconciliación que administraba a los penitentes, con sus obras de ardiente caridad alimentada en la Eucaristía. Estaba dotado de unas cualidades extraordinarias como confesor, lo cual hacía que acudieran a él fieles de todas partes. Murió el 4 de agosto de 1859. Pío XI lo nombró patrono de los párrocos
Oración: Dios de poder y misericordia, que hiciste admirable a san Juan María Vianney por su celo pastoral, concédenos, por su intercesión y su ejemplo, ganar para Cristo a nuestros hermanos y alcanzar, juntamente con ellos, los premios de la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 

La particular solicitud por la salvación de los otros, por la verdad, por el amor y la santidad de todo el pueblo de Dios, por la unidad espiritual de la Iglesia, que nos ha sido confiada por Cristo junto con la potestad sacerdotal, se explica de varias maneras [...].

Sois portadores de la gracia de Cristo, Eterno Sacerdote, y del carisma del buen pastor. No lo olvidéis jamás; no renunciéis nunca a esto; debéis actuar conforme a ello en todo tiempo, lugar y modo. En esto consiste el arte máxima a la que Jesucristo os ha llamado. "Arte de las artes es la guía de las almas", escribía san Gregorio Magno.

Os digo, por tanto, siguiendo sus palabras: esforzaos por ser los "maestros" de la pastoral. Ha habido ya muchos en la historia de la Iglesia. Es necesario citarlos?

Nos siguen hablando a cada uno de nosotros, por ejemplo, san Vicente de Paúl, san Juan de Ávila, el santo cura de Ars, san Juan Bosco, el beato Maximiliano María Kolbe y tantos otros (Juan Pablo II, Carta a los obispos y a los sacerdotes, Jueves Santo de 1979, 6).

 Algunos dichos del santo:
"La mayor de las tentaciones es no tener ninguna".
"Es nuestro orgullo lo que nos impide ser santos".
"Los santos se conocían a sí mismos mejor de lo que conocían a los otros:
        por esa razón eran humildes".
"El hombre tiene una hermosa tarea: orar y amar".
"La Santa Virgen es como una madre que tiene muchos hijos:
        está continuamente ocupada yendo de uno a otro".
"Los pecados que se esconden volverán a salir todos a flote".
"El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús".
"El hombre, creado por amor, no puede vivir sin amor: o ama a Dios, o ama al mundo".
"El pecado es el verdugo del buen Dios y el asesino del alma". 

Se dice que el sacramento de la penitencia está en crisis, pero está en crisis porque los que deben ser perdonados no se preocupan y no se dan cuenta, o está en crisis porque los ministros ya no viven la pasión y la muerte del Señor que perdona?

Acudamos al ejemplo del santo cura de Ars. Éste era su  tormento: quería confesar, y una de las pruebas más grandes de su vida fue que, cuando fue enviado como párroco a Ars, se dio cuenta de que no se confesaba nadie. No dijo: "Peor para ellos", no hizo una estadística. No; se consumía ante el sacramento de día y de noche, porque quería que los pecadores se confesaran y tenía un sentido tan vivo del pecado de estas criaturas que no vivía en paz. El sufrimiento por el pecado significaba que era, en el fondo, la matriz de este carácter ministerial que se expresaba después con la asiduidad al sacramento del perdón. Al final de su vida estaba totalmente identificado con el confesionario, incluso con la materialidad del habitáculo, en el que estaba prisionero día y noche.

Poco antes de morir, confesó a dos personas intemperantes e insensatas que no se detuvieron ni siquiera ante un moribundo. Él no se negó: vivir no era importante, confesar era esencial (A. Ballestrero, Alia scuola del Curato d'Ars, Cásale Monf. 1995, pp. 50ss). Fuentes: Texto (Santa Clara de Estella) Imagen: (Desde la Fe)

Para cuando te entra el hambre: Los Matefaims del cura de Ars.


Una receta sencilla y humilde, como el mismo san Juan María Vianney. Fuente: Alteia.org

Imágenes y frases de santo (Fuente: Instagram)