¿En qué consiste ser padre? Artículo.

Hace cincuenta y seis años, mi padre murió a altas horas de una noche de diciembre. Recuerdo el frío intenso con la misma claridad que su muerte. En menos de un día, la temperatura bajó a cuarenta grados bajo cero.

Yo todavía era joven; demasiado joven (pensé en aquel momento) para perder a un padre. Más tarde, me daría cuenta de que estaba equivocado. Nadie es demasiado joven para perder a un padre, aunque perderlo antes de que ciertas cosas puedan darse y recibirse puede dejar sus cicatrices.

Nosotros, la familia de este padre, tuvimos bastante suerte. Tuvimos mucho tiempo para prepararnos para su muerte. Murió tras un año de lucha contra el cáncer y murió con su fe, su generosidad y su sentido del humor intactos; y nos había dado su bendición. Además, murió sin amargura, agradecido, bendiciendo la vida. Hay formas peores de morir y formas peores de perder a un padre. En nuestras oraciones familiares siempre habíamos pedido una buena muerte. Unos meses después de su fallecimiento, con un clima más cálido, me di cuenta de que había tenido una buena muerte.

Pero este recuerdo en el Día del Padre, más de cincuenta años después de aquel día de frío intenso, no pretende ser un elogio fúnebre (algo con lo que él se sentiría incómodo), ni una homilía sobre lo que constituye una buena muerte. Pretende ser una reflexión sobre qué es un padre, un papá, y cómo nos conecta, nos forma y, a veces, nos deforma una figura así.

¿Qué es un padre? ¿Qué debe hacer un padre, más allá de ser simplemente el compañero biológico que nos trae al mundo? ¿Cómo nos afecta su cuidado o su abandono, su amor o su indiferencia?

Varias escuelas de psicología y antropología sugieren que tu padre y tu madre tienen papeles muy diferentes en la formación de tu persona. Es la madre quien supone tu vínculo simbiótico con la vida y es de ella, mucho más que de tu padre, de quien recibes la sensación de ser amado, deseado, acunado y valorado. Entre todos los mamíferos, es la madre quien, metafóricamente, debe lamer al recién nacido y liberarlo de todo lo que lo oprime al nacer. La madre, después del nacimiento, abre tu cuerpo a la vida. Es ella quien gesta, lleva en su vientre y luego acuna y alimenta al niño. Ningún niño o adulto olvida esto en algún nivel de conciencia, y nuestra sensación de sentirnos amados o no está muy ligada a nuestras madres.

Pero es el padre quien da al niño tanto el permiso para disfrutar de la vida como el reto de la disciplina. Es el padre quien debe, especialmente a través de su propia forma de vivir, ser un modelo para el niño de la combinación correcta entre el placer y la renuncia. Es de él, más que de la madre, de quien el niño aprende la combinación entre soltar y controlar, la sumisión a las normas y la libertad de seguir el propio camino.

Y esta tarea es clave para iniciarnos en la edad adulta, para ayudarnos a dejar de ser el niño o la niña pequeña, y encaminarnos hacia el adulto, el hombre o la mujer. Un padre debe hacer esto, en primer lugar, mostrándonos en su propia vida cómo nuestra energía para el amor y nuestra energía para confrontar y proteger deben formar una armonía; de este modo, las energías caóticas de nuestro interior se contienen, se enfocan, se combinan y se abren creativamente al servicio de Dios y de los demás. Un padre debe mostrar cómo el disfrute y la creatividad se combinan con la necesaria renuncia a uno mismo, y cómo nuestra energía para amar y nuestra energía para luchar y proteger a la comunidad (especialmente a sus miembros más débiles) pueden trabajar juntas sin ser enemigas. Un padre debe enseñarnos a ser, a la vez, amantes y luchadores.

Mi propio padre, imperfecto como todos los padres humanos, no siempre encontró, ni irradió, el equilibrio perfecto entre el disfrute y la disciplina, entre ser amante y luchador, entre disfrutar y sacrificarse. Como uno de sus hijos, yo tampoco sé siempre cómo caminar por esa cuerda floja, y a veces hay un desorden en mi vida que oscila entre la pereza y el exceso de trabajo, el amor y la ira, el darme todos los caprichos y el castigarme en exceso. A veces soy capaz de proteger a la comunidad y otras veces ni siquiera puedo protegerme a mí mismo.

Sin embargo, la mayoría de las veces tengo la firmeza de mi padre, más allá de mis tropiezos. Tuve un buen papá. Amó y luchó, aunque a veces fue demasiado duro consigo mismo y otras veces disfrutó plenamente de su vida.

Han pasado más de cincuenta años desde aquel día a cuarenta grados bajo cero en el que murió, y a veces mi espíritu todavía siente el frío de aquella jornada y vuelvo a ser un niño pequeño, un pre-adulto, solo, esperando a que mi padre me guíe hacia la madurez, inseguro de cómo integrar el disfrute y la disciplina.

Pero, cuando busco a mi padre, a su espíritu, no entre los huesos de los antepasados, sino en la comunión de los santos, lo encuentro caminando todavía por esa delicada cuerda floja por la que caminó en vida. Y su espíritu se acerca para ayudarme en mi lucha con el amor y el conflicto, con el disfrute y la renuncia, y entonces me siento un poco más firme como adulto. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Nuestro lenguaje respecto al suicidio. Artículo.

Por lo general, intento cuidar el uso de un lenguaje políticamente correcto, aunque a veces esto puede resultar desesperante debido a ciertas hipersensibilidades que hacen que la gente se ofenda con demasiada facilidad. Sencillamente, hoy en día cualquiera puede sentirse herido por casi cualquier palabra. Sin embargo, a pesar de que a veces nos agote esa susceptibilidad exagerada, debemos reconocer que en el pasado fuimos demasiado descuidados e insensibles a la hora de llamar a las cosas por su nombre. Nuestro vocabulario solía herir precisamente a quienes más estaban sufriendo. Teníamos demasiados términos despectivos y humillantes para referirnos a quienes eran diferentes o a quienes padecían alguna discapacidad.

Con esto en mente, me gustaría hacer una sugerencia sobre cómo hablamos del suicidio. La expresión más común es decir que alguien «cometió» suicidio. Ese verbo debe ser borrado de nuestro vocabulario cuando tocamos este tema.

Muy pocas personas que mueren por suicidio lo «cometen». Para ser más exactos, «sucumben» a él, de la misma manera que alguien sucumbe al cáncer, a un derrame cerebral o a un ataque al corazón. Hace quince años me diagnosticaron un cáncer. Yo no «cometí» el cáncer; simplemente, este superó mi sistema inmunológico en contra de mi voluntad. Lo mismo ocurre con un derrame o un infarto. Uno no «comete» un infarto; este desborda nuestra resistencia natural.

Físicamente tenemos un sistema inmunitario que, como una patrulla de policía, vigila nuestra salud. Busca bacterias, virus y células malignas para destruirlos antes de que puedan arraigar, multiplicarse, acabar con nuestra salud y causarnos la muerte. Pero, como sabemos, a veces y por razones muy diversas, una enfermedad maligna puede desbordar nuestras defensas. Nuestra salud se quiebra y morimos porque nuestra protección natural contra la enfermedad se ve superada por bacterias, virus, el fallo de un órgano vital o células cancerosas. Morimos no por elección, sino por una fuerza mayor que nos arrastra. No «cometemos» una enfermedad.

Lo mismo ocurre con nuestra salud mental. Psicológicamente también tenemos un sistema inmunitario que, al igual que esa policía de patrulla, vela por nuestro equilibrio emocional y psicológico. Pero, al igual que ocurre con el cuerpo, a veces un factor o una combinación de ellos (la genética, un trauma, una depresión clínica, una circunstancia vital trágica) puede desbordar nuestras defensas psicológicas. Es entonces cuando podemos sucumbir a una enfermedad (no buscada ni deseada) llamada suicidio.

Sostengo que esto es lo que le ocurre a la mayoría de las personas que mueren por suicidio. Por supuesto que hay excepciones, pero son eso, excepciones, no la norma. Alguien sí puede «cometer» suicidio cuando, en realidad, no está sucumbiendo debilitado por una enfermedad, sino que toma una decisión proactiva desde una posición de fuerza. Por eso, podemos distinguir entre lo que podría llamarse «quitarse la vida» frente a «sucumbir al suicidio».

Alguien puede quitarse la vida por orgullo, soberbia y arrogancia: «¡Soy demasiado especial y digno como para compartir la vida con el resto de vosotros! La vida no ha estado a la altura de lo que merezco. ¡Prefiero morir antes que seguir en este mundo!». Esa es la diferencia entre un suicidio al estilo de Hitler y el de un alma hipersensible, demasiado rota y herida como para seguir luchando por vivir. El primero elige el suicidio desde la fuerza; el segundo muere a causa de su debilidad. (Aunque, para ser justos, ni siquiera deberíamos juzgar a Hitler. ¿Quién sabe qué males ocultos desbordaron su sistema inmunitario mental?).

Dicho esto, permitidme reiterar algunas verdades esenciales sobre el suicidio que deben ser dichas una, otra y otra vez, hasta que ya no sea necesario repetirlas.

En la mayoría de los casos de suicidio:

  • Estamos ante una persona muy sensible o profundamente herida, demasiado rota como para que podamos tocarla o demasiado dañada para responder ya a nuestra ayuda.
  • Quien muere por suicidio lo hace en contra de su propia voluntad.
  • Su forma de morir se parece a la de alguien que salta por la ventana de un rascacielos porque su ropa está en llamas.
  • Su muerte es el equivalente a un cáncer, un derrame o un infarto de tipo emocional.
  • En muchos casos, la depresión suicida tiene raíces bioquímicas.
  • El suicidio no es un acto de desesperación. Uno no elige perder la esperanza, sino que la herida y la enfermedad aplastan esa esperanza.
  • El suicidio no es un acto de egoísmo, aunque a veces pueda parecerlo.
  • No debemos estar angustiados por la salvación eterna de quienes mueren por suicidio. La empatía y la comprensión de Dios son infinitamente más profundas que las nuestras.

Cuando alguien a quien conocemos y amamos muere por suicidio, una de nuestras tareas es redimir su memoria. Debemos evitar que el regalo que supuso su vida para el mundo quede empañado o borrado por el hecho de que ahora miremos toda su existencia a través del prisma de cómo murió.

Morir de un ataque al corazón, de cáncer o de un derrame cerebral puede ser triste y trágico, pero no es vergonzoso. Lo mismo ocurre con el suicidio. Es triste y trágico, pero no es deshonroso. De hecho, puede que sea la muerte más humilde y desprovista de glamour de todas, y por eso mismo merece una empatía y una comprensión muy especiales.

Cuando hablemos del suicidio, nuestro vocabulario debe reflejar esa compasión especial. Y para lograrlo, lo primero que debemos hacer es eliminar la frase: «Alguien cometió suicidio». Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Nuestra Señora del Carmen, patrona del purgatorio.

La devoción a la Virgen del Carmen está íntimamente ligada a las ánimas benditas del purgatorio, de donde María es Reina y protectora. Es por tanto una devoción muy llena de caridad fraterna, ya que honrando a la Madre del Carmen nos acercamos con cariño a todas esas almas, ya salvadas, que están en camino a la plenitud de la Gloria. Amando pues a las benditas ánimas, agradamos mucho a la Virgen María que las visita y seguramente acorta también su tiempo de llegada al Cielo. Pero vamos a repasar los fundamentos de todo esto:
¿Qué es el purgatorio?: Es el estado intermedio entre la tierra y el cielo, donde van las almas seguras ya de su salvación pero que no están del todo purificadas en sus corazones aunque ya han sido perdonadas por Dios de sus pecados. El purgatorio es un regalo de la misericordia divina, ya que ningún alma con impurezas puede ser del todo feliz en la eternidad junto a Dios.
¿Se puede dudar o negar la existencia del purgatorio?: No se puede dudar ni menos aún negar. Es Dogma de fe que, como todo dogma, tiene fundamento en la Biblia y concretamente en 2 Macabeos 12, 43-46. No es tema opinable sino que pertenece al depósito de la fe.
¿Quiénes van al purgatorio?: Creemos que la inmensa mayoría de las personas van al purgatorio, pues pocos son los que mueren perfectamente purificados, y por otro lado esperamos que sean pocos los que se condenen al infierno porque Dios en su infinito amor trata de suscitar la conversión hasta el último momento de la vida. No obstante no debemos jugar con la misericordia de Dios y asumir que Dios nos da una libertad que Él mismo respeta incluso para los que se obstinen en el pecado. Algunos santos con revelaciones particulares han “visto” el purgatorio con millones de almas y a la vez el infierno con algunas pero
 con un perfil común: eran pecadores obstinados y no creían en la existencia del infierno.
¿Qué es el “sufrimiento gozoso” del purgatorio?: El sufrimiento es de carácter moral, y consiste en revisar toda la vida personal dándose cuenta, desde la mirada de Dios, de la maldad de cada pecado que no ha sido del todo purificado en la conciencia. El purgatorio destruye la subjetividad moral y nos hace comprender el efecto del pecado delante del amor de Dios ofendido. Y también del efecto que causó en el prójimo. La imposibilidad de “volver” a la tierra a remediarlo, y sobre todo la visión del Corazón de Cristo ofendido, causan un tremendo dolor en el alma. El “tiempo” de estar en el purgatorio es decidido por cada alma al ver su pecado, y se acorta por las oraciones de los que vivimos en la tierra. El gozo del purgatorio es la seguridad de estar salvado, y las oraciones que llegan desde la tierra.
¿Cómo amar a las benditas ánimas?: Pues rezando por ellas, aplicando la Misa, comulgando en gracia de Dios tras haber confesado, ofreciendo por ellas los sufrimientos físicos que tengamos…., y de ese modo agradamos y honramos a la Virgen María Reina del Purgatorio en su advocación del Carmen.
Que grabemos en nuestros corazones una constante oración por las almas del purgatorio, y ellas nos devolverán con sus oraciones en un raudal de infinitas gracias que se intercambian entre el Cielo y la tierra. Fuente

Los Mártires Claretianos de Barbastro, protectores y protagonistas del Festival JEMJ 2026 en Covadonga.




Los Mártires Claretianos de Barbastro tuvieron un protagonismo especial en la tercera Jornada Eucarística Mariana Juvenil (JEMJ), celebrada del 10 al 12 de julio en el Santuario de Covadonga. Junto a san Pier Giorgio Frassati, los jóvenes misioneros claretianos asesinados en 1936 por su fe han sido los santos protectores de esta edición, que reunió en Asturias a casi dos mil jóvenes procedentes de 21 países bajo el lema «Haced lo que Él os diga».

Nuestro superior mayor, el P. Adolfo Lamata, viajó desde Madrid a Covadonga como invitado de la organización, acompañado por el P. Tomás Tobes. En el marco del festival celebrado en la noche del viernes, el P. Adolfo dirigió unas palabras a los jóvenes para acercarles el testimonio de los Mártires Claretianos de Barbastro: 51 claretianos, entre ellos 39 jóvenes de entre 21 y 25 años, que fueron encarcelados y asesinados por su fe durante la persecución religiosa de 1936.

En su intervención, el provincial subrayó que aquellos jóvenes “no murieron con odio ni con miedo”, sino “con una fe luminosa”, sostenidos por la Eucaristía y por un corazón dispuesto al perdón. Recordó que el martirio, en la tradición cristiana, no es una derrota, sino un testimonio: “La palabra mártir significa precisamente eso: testigo”. Por eso, explicó a los jóvenes, los mártires de Barbastro siguen hablando hoy a la Iglesia y al mundo, porque muestran que la fe no es solo una idea, sino “una fuerza capaz de sostenernos en los momentos más difíciles”.

Uno de los momentos más significativos de la JEMJ fue la acogida de la reliquia del beato Faustino Pérez García, mártir. La solicitud de la reliquia nos llegó de parte del Arzobispado de Oviedo, y nuestra Provincia respondió positivamente. Para su traslado, el arzobispado encomendó la custodia a las Siervas del Hogar de la Madre, que acompañaron la reliquia desde el Museo de Barbastro hasta el festival. Allí, la mano derecha incorrupta de Faustino Pérez -la misma que escribió la carta de despedida a la Congregación Claretiana pocas horas antes del martirio- presidió el festival como signo de protección y de memoria viva.

La presencia de la reliquia acompañó el estreno de la obra narrativa orquestada ‘Los mártires de Barbastro’, interpretada por jóvenes voluntarios junto a la Orquesta JEMJ. En la representación, el beato Faustino Pérez relataba en primera persona los últimos días de reclusión de la comunidad claretiana y recordaba que, durante aquellos veinticinco días, “la Eucaristía fue el centro” de su vida. La obra puso de relieve la unidad, la esperanza y el perdón con los que aquellos jóvenes misioneros afrontaron el martirio.

El testimonio de Faustino Pérez resonó también en las palabras que el P. Lamata compartió con los participantes: “Morimos todos contentos sin que nadie sienta desmayos ni pesares; morimos todos rogando a Dios que la sangre que caiga de nuestras heridas no sea sangre vengadora”. A partir de esta cita, el provincial invitó a los jóvenes a preguntarse cómo ser hoy testigos de Jesús en su propio ambiente, cómo responder con paz cuando otros siembran conflicto y cómo construir reconciliación donde hay odio.

La JEMJ 2026 contó además con la presencia de varios obispos llegados de diferentes puntos de España. Entre ellos, Mons. Alfonso Carrasco Rouco, obispo de Lugo, que presidió la Misa de apertura; Mons. Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo, acogió la reliquia del beato Faustino Pérez junto al P. Lamata y presidió la celebración final; y Mons. Ginés García Beltrán, obispo de Getafe, que presidió la Eucaristía del sábado. También participaron sacerdotes, consagrados y jóvenes de distintas diócesis y realidades eclesiales.

Al término del encuentro, se hizo público el mensaje que el papa León XIV dirigió a los jóvenes de la JEMJ 2026. En él, les animó a experimentar, “de la mano de la Santina, el amor que irradia de la presencia real de Jesús en la Eucaristía”, especialmente en los momentos en que parezca faltar “el vino” de la alegría. Sus palabras confirmaron el centro espiritual de la Jornada: el encuentro con Cristo vivo en la Eucaristía y la compañía maternal de la Virgen de Covadonga.

Con el testimonio de los Mártires Claretianos de Barbastro como telón de fondo, la JEMJ volvió a mostrar la fuerza evangelizadora de una juventud reunida en torno a la Eucaristía. Para los Misioneros Claretianos, la presencia de Faustino Pérez en Covadonga fue una ocasión privilegiada para ofrecer a los jóvenes de hoy la memoria de quienes, siendo también jóvenes, eligieron responder al odio con perdón y a la violencia con fidelidad al Evangelio. Fuente: Claretianos.es

Salió el sembrador a sembrar.

 



Domingo XV del Tiempo Ordinario


El c. 13 del evangelio de Mateo recoge siete parábolas sobre el misterio del Reino de los Cielos. Es la enseńanza que Jesús le ofrece a una muchedumbre innumerable, a sabiendas de que pocos la acogerán. Ya lo presagian las primeras reacciones a su misión. La cuestión que le plantean los discípulos (v 10) y la respuesta de Jesús (vv. 11-17) refuerzan el sentido de esta parábola que abre la serie.

A través de las imágenes de la semilla y del terreno, la Palabra de Dios es representada como una semilla con un inmenso potencial de vida, que se desarrollaré según la acogida que reciba.

La manera de exponer en parábolas, se asemeja a la cáscara de las semillas: salvaguarda la comprensión de la enseńanza de Jesús, porque <<al que no tiene" el deseo sincero de comprender y convertirse <<aún aquello que tiene se le quitará": escucha aparente e interés superficial y momentáneo (vv. 10-13). Sin embargo, Dios, en su gratuidad, supera la obstinación que endurece el corazón del hombre: el sembrador de la parábola esparce por todas partes la simiente, sin cicaterías ni ardides; el <<mensaje del Reino" (v. 19) es anunciado (vv. 3ss y 14ss) y propuesto a todos. La colaboración empieza con la escucha atenta, intensa y solícita de la Palabra, de modo que penetre profundamente en el corazón y lo sane (v. 15b). Las entrańas del ser humano pueden estar enfermas: la insensibilidad, la superficialidad, la infinidad de intereses egoístas, son lugares donde la semilla no podrá crecer (vv. 19-22). Cuando la Palabra sea acogida con un corazón bueno, producirá su fruto de gracia, según la correspondencia de cada uno al don de Dios (v. 23).

Si, como sugieren los Padres del desierto, antes de hablar nos preguntásemos con qué intención lo hacemos, en seguida enmudeceríamos: a menudo, nuestras palabras son charlatanería o, aun peor maledicencia.

La Palabra de Dios es diferente: está en todo y siempre; es comunicación de su proyecto, de sus deseos. No significa comunicar poner en común? Dios <<pone en común>> su Realidad mediante su Palabra.

        Una comunión ofrecida es como una semilla esparcida: lleva en si misma la vida que nacerá, si bien solo es una propuesta hasta que no encuentre un terreno donde germinar: el corazón del hombre. Si éste se endurece, como un camino trillado, la Palabra no penetrará: nos encontraremos más encerrados y egoístas, pues estamos rechazando la comunión con Dios. Si nuestro corazón es superficial, la Palabra no echará raíces: estaremos más solos, pues no dejamos hueco a la presencia del Seńor. Si nuestro corazón se inquieta con afanes mundanos y preocupaciones fútiles, la Palabra no crecerá: la verdadera alegría quedara asfixiada, ahogada por ilusiones y espejismos. Sin embargo, seremos dichosos si nos presentamos ante Dios con un corazón dispuesto a escuchar. Entonces, vendrá el Hijo, Palabra viviente, y crecerá en nosotros <<tomando cuerpo" en nuestra vida, en nuestras relaciones y en nuestras múltiples acciones. El grano de trigo que ha muerto produciendo fruto abundante (cf Jn 12) hará que demos el ciento por uno, hasta poder afirmar con Pablo: <<Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. Ahora, en mi vida mortal, vivo creyendo en el Hijo de Dios" (Gal 2,20).

Jesús, divino Sembrador; ven y siembra el campo que somos nosotros. Prepara el terreno, límpialo de espinos y piedras, rotura con profundos surcos la tosca tierra, sáchala, allana los terrones y, después, atravesando el campo con pasos largos, con gesto grandioso, solemne, desparrama a voleo la semilla con tus admirables manos.

Jesús, divino Sembrador y semilla de vida eterna, ven, en esta hora de gracia, siembra en nuestros corazones tu Palabra, tu mismo, y que germine, florezca y fructifique la Iglesia peregrina para los graneros del Cielo, Amén.







San Benito Abad. 11 de julio.

La medalla de San Benito. Orden de S. Benito. Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. La vida de un monje benedictino. Monasterio de San Pelayo de Oviedo (benedictinas) S. IX. 

Benito (Nursia, c. 480 - Montecassino, c. 547) fue el "fundador" del monacato occidental. Cautivado e impulsado por el Espíritu, abrazó en su edad juvenil un período de absoluta soledad en una cueva de Subiaco; su fama le atrajo algunos discípulos, para los que organizó la vida cenobítica. Primero, en pequeños monasterios y, después, en el célebre cenobio de Montecassino.

Su Regla reasume sabiamente la tradición monástica oriental y la adapta con discreción al mundo latino. Esta "escuela de servicio al Señor" se construye en torno a la lectura amorosa de la Palabra de Dios [lectio divina), a la liturgia de alabanza desarrollada de manera coral y al trabajo realizado en un clima de caridad fraterna, de humilde y obediente servicio.

La Iglesia y el mundo, por diferentes pero convergentes razones, tienen necesidad de que san Benito salga de la comunidad eclesial y social y se rodee de su recinto de soledad y de silencio, y desde allí nos haga escuchar el encantador acento de su sosegada oración, desde allí casi nos alabe y nos llame a sus umbrales claustrales, para ofrecernos el cuadro de un taller del "divino servicio", de una pequeña sociedad ideal, donde finalmente reina el amor, la obediencia, la inocencia, la libertad de las cosas y el arte de usarlas bien, la preponderancia del espíritu, de la paz; en una palabra, el Evangelio. Que vuelva san Benito para ayudarnos a recuperar la vida personal; esa vida personal de la que hoy tenemos tanto ansia y afán, y que el desarrollo de la vida moderna, a la que se debe el deseo exasperado de ser nosotros mismos, sofoca al mismo tiempo que lo despierta, decepciona al mismo tiempo que lo hace consciente.

Corría el hombre en un tiempo, en los siglos remotos, al silencio del claustro, como corría a ellos Benito de Nursia, para encontrarse a sí mismo. Hoy no es la carencia de la convivencia social lo que impulsa al mismo refugio, sino la exuberancia. La excitación, el estruendo, el carácter febril, la exterioridad, la multitud, amenazan la interioridad del hombre; le falta el silencio con su genuino palabra interior, le falta el orden, le falta la oración, le falta la paz, le falta él mismo. Para volver a tener el dominio y el gozo espiritual de nosotros mismos, tenemos necesidad de volver a asomarnos al claustro benedictino. Y una vez recuperado el hombre para sí mismo en la vida monástica, está recuperado para la Iglesia. El monje tiene un sitio escogido en el cuerpo místico de Cristo, una función preparada y urgente como nunca (Pablo VI, alocución del 24 de octubre de 1964). Fuente: santaclaradeestella.es


El Papa tiene un mensaje para los jóvenes de la JEMJ en Covadonga.

El Papa tiene un mensaje para los jóvenes de la JEMJ en Covadonga

La Jornada Eucarística Mariana Juvenil que comienza este viernes en Covadonga ha superado ampliamente los 1.900 inscritos y se acerca a los 2.000, «el tope planteado para este año», explica la hermana Beatriz Liaño, religiosa de las Siervas del Hogar de la Madre que, junto con los sacerdotes de la institución y la asociación En Marcha, están al frente de este gran encuentro de jóvenes que cumple su tercera edición en el Santuario.

El programa responde al mismo de años anteriores. Comenzará este mismo viernes por la tarde, el sábado estará dedicado principalmente a los talleres que elijan los propios jóvenes, por la noche la Vigilia y el domingo, la eucaristía. Si el año pasado la figura del joven santo Carlo Acutis fue referente en el encuentro, este año serán los Mártires de Barbastro. «Ellos serán los protectores y patronos de la JEMJ, modelos para los jóvenes participantes, junto a la figura de Pier Giorgio Frassati, también canonizado el año pasado. La historia de estos 51 jóvenes seminaristas claretianos y sus formadores era conocida pero su testimonio se difundió con más amplitud con la película «Un Dios prohibido», de Pablo Moreno, que narra su martirio. «Casi todos, menos los formadores, rondaban entre los 21 y los 25 años y todos prefirieron morir antes de renegar de su fe, de su vocación, de su amor a Jesucristo», explica la hna. Beatriz. «En la película se ve un momento particularmente conmovedor –cuenta– cuando ya han muerto más de 30 de esos claretianos, uno de ellos, Faustino Pérez, que se queda un poco como el «líder» de estos jóvenes y escribe una carta de despedida a su congregación, a los claretianos, la comunidad que les ha formado pues estaban a punto de ser ordenados sacerdotes. La carta de despedida es conmovedora y en ella muestra su amor a Jesucristo, a la congregación, se ve cómo perdonan, que es uno de los distintivos de estos mártires, y cuánto se han querido entre ellos en los días que han estado prisioneros. La JEMJ tendrá presente una reliquia de los mártires, que nos han concedido generosísimamente los propios claretianos». Con este motivo estará presente en Covadonga el Provincial de los Claretianos con el Superior de la Comunidad de Oviedo, para asistir a la obra musical orquestada con la historia de los mártires que han preparado un grupo de voluntarios y que se presentará el viernes por la noche. «Será una noche espectacular, conociendo la historia de estos mártires tan generosos y con esta obra que se ha preparado con tanto cariño y la presencia de un maestro excepcional, Julio Maroto, que vendrá a dirigir la orquesta. La obra musical orquestada es un género poco conocido, pero de gran impacto a la hora de presentar historias con emociones fuertes –explica la hna. Beatriz Liaño–».

Todos los eventos se pueden seguir en directo por Internet.

En este dosier tienes más detalles de todas las actividades.

La JEMJ en los medios.

Mensaje del Papa a los participantes

Este año, además, con la reciente visita del Papa a España, será especialmente ilusionante escuchar el mensaje que ha escrito León XVI a los jóvenes participantes y que leerá el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz, durante la eucaristía de clausura el domingo, una noticia que se ha dado a conocer precisamente este mismo jueves. Junto con el Arzobispo de Oviedo estarán presentes también en el encuentro el Obispo de Lugo, Mons. Alfonso Carrasco y el Obispo de Getafe, Mons. Ginés del Río. Pero no habrá exclusivamente presencia española en el encuentro. Estados Unidos, Irlanda, Portugal o República Checa son países que aportan un gran número de participantes. No es una novedad, siempre han acudido jóvenes de otros países pero en esta ocasión el número es mayor que en años anteriores. Y es que la JEMJ nació «al conocer los resultados de una encuesta realizada por Obispos en Estados Unidos, en la que descubrieron que, prácticamente el 70% de los jóvenes católicos del país lo desconocía todo sobre la eucaristía», explica la hna. Beatriz. «Los Obispos reaccionaron rápidamente planteando una campaña de reavivamiento eucarístico nacional que realmente ha dado frutos muy bonitos en Estados Unidos y aún está en marcha». «La JEJM es un eco de ese clamor, de esa necesidad que hay de dar a conocer a los jóvenes el tesoro que tenemos en el Sagrario y para ayudar a que los jóvenes tengan un encuentro con Jesús en la eucaristía, de la mano de aquella que mejor nos puede conducir a Él, que es la Virgen María», explica la religiosa, que reconoce que «el Arzobispo de Oviedo nos animó a que ese evento, la JEMJ, sucediera en Covadonga, junto a la Santina, y así ha sido, desde el 2024, con una respuesta de los jóvenes sorprendente».

Tal ha sido esa respuesta que los talleres inicialmente planteados han tenido que ampliarse, de seis a ocho, y se ha incluido uno en habla inglesa, para facilitar a todos aquellos que vienen de fuera. Habrá un taller sobre la Virgen de Guadalupe, otro para aprender a rezar, otro sobre afectividad y sexualidad, sobre Inteligencia Artificial o también otro sobre acompañamiento espiritual, evangelización y la importancia de la eucaristía para descubrir el amor verdadero, entre otros.

En la eucaristía de clausura se dirá la fecha y el lema de la JEMJ de 2027, que en esta ocasión servirá de puente hacia la Peregrinación Europea de Jóvenes a Santiago de Compostela, ya planteada, puesto que será Año Santo.



La lucha por ser sinceros. Artículo.

¿Quiénes somos realmente? ¿Quiénes somos cuando nos quedamos con el alma al desnudo: despojados del ego, de la imagen que tenemos de nosotros mismos, del postureo, las modas e ideologías que inhalamos inconscientemente y que tiñen nuestro pensamiento; despojados del trauma que arrastramos de nuestras heridas y de nuestras actitudes inconscientes de siempre?

¿Cuándo somos sinceros?

Según la sabiduría popular, la palabra sincero viene de dos palabras latinas: Sine (que significa «sin») y Cera (que significa «cera»). Ser sincero es estar «sin cera»; es decir, ser quienes realmente somos por debajo de todas las capas de ego, autoimagen, ideología, traumas y apariencias inconscientes que nos asedian. No es fácil ser sinceros, dadas las desconcertantes complejidades de nuestra mente y de nuestro corazón. Cuesta mucho excavar debajo de todo eso para tocar lo que de verdad somos.

Por tanto, ¿cuándo somos sinceros? Ofrezco dos historias como respuesta.

La primera es de Ruth Burrows, una de las escritoras místicas más profundas de los últimos tiempos. Cuenta cómo, un buen día, se le quitó toda la cera y se encontró con el alma al desnudo.

Se crió en Inglaterra y ni ella ni su familia eran especialmente religiosas. Sus padres la enviaron a un colegio privado de monjas para chicas, no por motivos religiosos, sino porque la educación allí era mejor que la de las escuelas públicas de la zona.

Pasó allí los años del instituto sin llegar a sumergirse nunca en la fe. Luego, como preparación para la graduación, las monjas llevaron a las alumnas a un centro de espiritualidad para hacer un retiro. Ruth y una de sus compañeras no se tomaron el retiro en serio; no hacían más que reírse, burlarse y pasarse notas durante las charlas del director del retiro. Así que, en un momento dado, las monjas sacaron a Ruth y a su amiga del grupo y, mientras sus compañeras escuchaban la conferencia, ellas tuvieron que quedarse sentadas en silencio en la capilla durante esas horas, bajo la mirada vigilante de una monja. Al principio, confiesa Ruth, ella y su amiga seguían resistiéndose a ponerse serias; continuaban riéndose y guiñándose el ojo.

¡Pero las horas eran largas! Y durante un rato de silencio especialmente largo, tuvo un momento de gracia, de claridad, de sinceridad, de desnudez de alma. En ese instante, se vio tal como era: una joven con la cabeza llena de pájaros, que no pensaba con claridad, atrapada por el ego y las apariencias, pero también, en el fondo, una persona buena y cariñosa, profundamente amada por Dios. Ese único momento de claridad le cambió la vida.

Este momento de gracia le llegó a Ruth Burrows aparentemente sin buscarlo, aunque sin duda las capas más profundas de su mente y de su corazón estaban invitando a esa visita de la gracia.

Mi segunda historia es más terrenal, pero poderosa precisamente por eso. Hace unos años, un amigo cercano, de solo cincuenta y cuatro años, se estaba muriendo de cáncer. Cuando ingresó en el centro de cuidados paliativos, le llevé el libro de Teresa de Lisieux, Historia de un alma. Unos días después, hablando por teléfono, me confesó esto: «Gracias por el libro de Teresa de Lisieux, es lo único que todavía puedo leer. Cuando te estás muriendo, se acaban las tonterías. Sabes lo que es real y lo que no». El proceso de morir fue su momento místico; lo condujo a la sinceridad.

Entonces, ¿cómo llegamos hasta ahí? ¿Cómo atravesamos todo lo que se interpone entre nosotros y la sinceridad, entre nosotros y la desnudez del alma?

Tenemos que llevar esto conscientemente a la oración diaria. De hecho, durante la segunda mitad de la vida, nuestra lucha fundamental en la oración consiste precisamente en intentar ponernos con el alma al desnudo, estar ante Dios y ante nosotros mismos «sin cera». Necesitamos presentarle nuestra lucha a Dios. Esta es la esencia misma de la oración contemplativa, de la contemplación.

Thomas Merton dijo una vez: «Con Dios, un poco de sinceridad llega muy, muy lejos». Podemos consolarnos sabiendo que Dios comprende que la lucha es dura, y que la mayoría de las veces tenemos, al menos, un poco de sinceridad. Y podemos tocar nuestra sinceridad a través de una intención que trasciende la lucha con nuestros sentimientos.

Aquí hay un ejemplo de Thomas Merton sobre cómo expresar esa intención en la oración:

«Señor Dios mío, creo que el deseo de agradarte, de hecho, te agrada. Y espero no hacer nunca nada al margen de ese deseo. Y sé que si hago esto, me guiarás por el camino correcto, aunque yo no sepa nada de él».

Sin embargo, cuando alcanzamos la sinceridad y la desnudez del alma, el efecto puede sorprendernos. Como dice Merton: «Que nadie espere encontrar en la contemplación una escapatoria del conflicto, de la angustia o de la duda». Al contrario, la profunda certeza de la experiencia contemplativa despierta una angustia trágica y abre muchas preguntas en lo más hondo del corazón, como heridas que no dejan de sangrar. Pero recuerda siempre: «Con Dios, un poco de sinceridad llega muy, muy lejos». Original en Ingles  / Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Animarnos unos a otros a usar la mejor versión de nosotros mismos. Artículo.

Crecí en una zona rural donde casi todo el mundo era inmigrante de primera o segunda generación. La mayoría estábamos justo por encima del umbral de la pobreza, luchando por salir adelante económicamente y por hablar bien el idioma. También nos costaba acceder a la educación superior; tanto porque muchos de mis compañeros tenían que dejar los estudios después de la educación básica para ayudar a mantener a la familia, como porque la idea de ir a la universidad aún no formaba parte de la mentalidad de la mayoría de los hogares.

En nuestra comunidad había una familia con la que esto no pasaba. Tenían una situación económica cómoda, varios de sus miembros habían ido a la universidad y ahora eran profesionales en distintos campos. Eran una familia privilegiada.

Pero lo llevaban bien. No había esnobismo, ni ostentación, ni complejos de superioridad. Al contrario. Utilizaban sus cualidades para intentar ayudar al pueblo. Uno de sus hijos se hizo profesor y enseñó en uno de los colegios locales, y durante varios años la familia instaló una pista de curling cada invierno para la comunidad. Eran admirados y respetados a la vez.

Un día, uno de los hijos estaba sentado con un grupo de jóvenes tomando una cerveza, compartiendo anécdotas y disfrutando de un rato de bromas sanas, cuando el hijo de esta respetada familia hizo un comentario abiertamente racista. Se hizo un silencio incómodo. Entonces, uno de los hombres, con voz suave, le dijo: «¿Sabes?, me sorprende que digas algo así. Tu familia tiene mucha clase. Todos os admiramos. Esto no parece propio de ti».

La reacción del hombre fue inmediata y arrepentida: «Tienes razón. Lo siento. No sé por qué digo esas cosas. Ha sido una estupidez».

Me imagino una reacción muy diferente si se le hubiera recriminado con palabras duras como: «¡Eres un racista! ¡Cómo puedes decir algo así!».

Cuando nos reprochamos las cosas con dureza, el efecto suele ser que nos pongamos a la defensiva y nos cerremos en nuestra postura. Nos sentimos reñidos, censurados, avergonzados, y eso puede servir tanto para atrincherarnos más como para convencernos. También contribuye a endurecer la distancia entre nosotros, en lugar de invitarnos a sacar lo mejor y lo más noble que llevamos dentro.

Necesitamos invitarnos y animarnos mutuamente a buscar lo mejor y lo más elevado de nuestro interior.

¿Andar en busca de lo mejor y lo más elevado de nuestro interior?

Algunos de los primeros escritores cristianos (los Padres de la Iglesia) sugerían que cada uno de nosotros tiene una doble personalidad y un doble corazón. Sostienen que en cada uno de nosotros hay un corazón grande, generoso, noble y altruista. Pero, también dentro de cada uno, hay un corazón herido, mezquino y egoísta; y en cualquier momento dado, podemos estar actuando desde un corazón o desde el otro. Podemos ser generosos y podemos ser mezquinos, y esto puede cambiar de una hora a otra dependiendo de con qué nos topemos en la vida.

Aquí hay un ejemplo: imagina que te levantas una mañana sintiéndote altruista y noble de corazón. En ese momento, tienes la mente y el corazón de Jesús. Con esa actitud santa, vas al trabajo y allí alguien se muestra frío y sarcástico contigo. En un minuto, todo puede dar un giro; ya no tienes la mente y el corazón de Jesús, ni la mente y el corazón de lo mejor que hay en ti. El corazón herido y mezquino se impone al corazón grande, el cariño y la comprensión te abandonan, y ahora te sientes frío y amargado.

Ahora imagínalo al revés: te levantas una mañana sintiéndote paranoico, incomprendido y rumiando viejas heridas. En ese momento no tienes la mente y el corazón de Jesús, ni estás sintonizado con lo mejor y lo más elevado de tu propia mente y corazón. Vas al trabajo en ese estado tan poco santo y allí, inesperadamente, una compañera te saluda efusivamente y te dice cuánto valora tu trabajo y tu amistad. En un minuto, la mente noble se impone a la mente mezquina, todo lo mejor y más generoso que hay en ti sale a la superficie y deseas ser mejor persona. Pasas de la amargura a la amabilidad en un minuto.

Hoy vivimos en un mundo polarizado donde muchísimos temas nos dividen con amargura y nos empujan, no a lo que es noble y mejor en nosotros, sino a lo que está herido, paranoico y a la defensiva. Necesitamos un nuevo tono en nuestro diálogo: un tono de invitación y respeto, que reconozca lo que hay de noble y generoso en el otro y que luego le anime a asumir lo mejor de sí mismo.

En lugar de insultarnos y agredirnos con consignas, necesitamos decirnos unos a otros: «¿Sabes?, me sorprende que digas algo así. ¡Tienes tanta clase! Todos te admiramos. Esto no parece propio de ti». Ese tipo de invitación puede ayudar a derretir parte de la frialdad que, por todo tipo de razones, asedia perennemente el corazón humanoOriginal en Ingles / Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Alimentarse del fuego sagrado. Artículo.

Hay una frase en una canción de Gordon Lightfoot que intenta descifrar la lucha que se libra en el corazón de Don Quijote, el mítico héroe de Miguel de Cervantes. Su bondad lo aparta del mundo, aun cuando comprende que la maldad brota de la misma fuente; es decir, que tanto «los sabios como los malvados se alimentan del fuego sagrado de la vida».

Y aquí nos encontramos con una ironía desconcertante: tanto los sabios como los malvados, los santos y los pecadores, se nutren de la misma fuente sagrada. La misma energía que aviva la entrega generosa del santo que muere por los pobres, enciende también el comportamiento irresponsable del cantante de moda que presume orgulloso de miles de conquistas sexuales. Ambos se alimentan de la misma energía que, en última instancia, es sagrada. La fuerza divina en este mundo se utiliza para fines muy diferentes.

Por ejemplo, una de las mayores críticas que se le hacen a la religión y a las iglesias es que, a menudo, utilizan a Dios para justificar todo tipo de guerras y violencia. Es muy frecuente ver cómo una violencia terrible se alimenta de la fe y de la religión.

Y el cristianismo no se libra de esto. Con las Cruzadas y la Inquisición, tenemos nuestra propia historia de violencia en nombre de Dios. Además, hoy en día hay más violencia de la que nos atrevemos a admitir justificada por cristianos que encuentran en su fe tanto la motivación como la fuerza para defender la violencia, el racismo y la desigualdad en el nombre de Jesús. Podemos protestar diciendo que, en estos casos, su energía está mal encaminada, corrompida o usurpada por el puro egoísmo, pero el fondo de la cuestión es el mismo. Sigue siendo energía sagrada, aunque se esté pervirtiendo.

John Lennon, en su famosa canción Imagine, sugería que caminaríamos más fácilmente hacia el amor y la paz si se eliminara la religión («nada por lo que matar o morir, y tampoco ninguna religión»). Hay una ingenuidad peligrosa en esa idea, aunque tenga razón al decir que la energía sagrada que se encuentra en la religión a menudo juega en contra de la paz y del amor en este mundo. Los fanáticos religiosos descarriados también se alimentan del fuego sagrado de la vida.

Por muy descaminada, mal utilizada o pervertida que esté, la energía religiosa no es una prueba contra la existencia de Dios. Al contrario: la tremenda fuerza de su poder, su control ciego, su capacidad para adueñarse por completo de la vida de alguien y su enfermiza seguridad en sí misma apuntan precisamente a su carácter divino, a su misterio, a su sacralidad y a sus raíces dentro de una realidad y una energía que superan por completo las nuestras.

La religión enferma es tan poderosa precisamente porque es real, no una fantasía. Puede estar enferma, pero es real. Por eso las sectas religiosas son peligrosas. Son peligrosas porque son reales, monstruosamente reales. La gente suele morir en las sectas porque el fuego divino que canalizan sus líderes descarriados es tan real como la electricidad que electrocuta un cuerpo cuando alguien mete un cuchillo en un enchufe de alta tensión. Metafóricamente, eso es lo que hacen las sectas: se alimentan del fuego sagrado, de la energía divina, pero sin las precauciones y los filtros necesarios que las grandes tradiciones espirituales nos han enseñado que hacen falta para acercarse a lo divino. Las sectas muestran una ingenuidad peligrosa ante la advertencia de la Escritura: «¡Nadie puede ver el rostro de Dios y seguir vivo!».

Lo que vemos en la mala religión se refleja también en nuestras vidas personales. A veces nos cuesta admitirlo, pero lo que parece salvaje y malvado dentro de nosotros también está impulsado por el fuego sagrado de la vida. Nuestras energías desbordantes por la creatividad, el sexo, el logro, el disfrute y por conectar profundamente dentro de la comunidad humana a menudo se usan de forma irresponsable, excesiva, narcisista, manipuladora y destructiva. Es más, aquellos que tienen suficiente osadía y poca conciencia —los rebeldes y los malvados— a menudo simplemente toman lo que quieren de la vida, sin importarles la moral o las consecuencias. Sus vidas suelen estar movidas por fuerzas salvajes, poderosas, creativas y eróticas que pueden parecer la antítesis misma de la energía sagrada.

Pero, una vez más, el poder mismo, la aparente irresistibilidad y la fuerza salvaje de esta energía no indican que estas fuerzas narcisistas, sexuales y aparentemente egocéntricas sean profanas y carezcan de santidad o, peor aún, que estén reñidas con lo que es santo y sagrado en nuestro interior. Es todo lo contrario: su propio poder y su aparente irresistibilidad residen precisamente en su divinidad y sacralidad. Su fuego es tan poderoso porque es sagrado, es divino, es la energía de Dios dentro de nosotros.

La Escritura nos dice que llevamos dentro la imagen y semejanza de Dios, y que esta es realmente nuestra identidad más profunda y la fuente de nuestras energías más íntimas. Pero no deberíamos imaginarnos la imagen de Dios en nuestro interior como un hermoso y estático icono al estilo de Andréi Rubliov grabado en nuestras almas. Dios es fuego, energía infinita, creatividad infinita, libertad infinita, una fuerza salvaje que supera nuestra imaginación; una energía sin límites que alimenta todo lo que es.

Solo existe una fuente de energía. El fuego sagrado alimenta toda la vida e impregna a todos por igual, al santo y al pecador. Y Dios nos ha dado la libertad de usarlo como elijamos, con sabiduría o con maldad. Alimentándonos del mismo fuego sagrado, podemos convertirnos en señores de la guerra o en pacificadores, en asesinos o en mártires, en hedonistas o en santosOriginal en Ingles / Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org