Martes santo. Lecturas, comentarios y audio.


 Martes santo
Pensamientos para el Evangelio de hoy
    «Para mí es mejor morir en Jesucristo que ser rey de los términos de la tierra. Quiero a Aquel que murió por nosotros; quiero a Aquel que resucitó por nosotros… Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios» (San Ignacio de Antioquía)

«El Cenáculo nos recuerda la comunión, la fraternidad, la armonía, la paz entre nosotros. ¡Cuánto amor, cuánto bien ha brotado del Cenáculo! ¡Cuánta caridad ha salido de allí! Todos los santos han bebido de aquí» (Francisco)

«En la Pasión, la misericordia de Cristo vence al pecado. En ella, es donde éste manifiesta mejor su violencia y su multiplicidad: incredulidad, rechazo y burlas (…). Sin embargo, en la hora misma de las tinieblas y del príncipe de este mundo, el sacrificio de Cristo se convierte secretamente en la fuente de la que brotará inagotable el perdón de nuestros pecados» (Catecismo nº 1.851)

Jesús, después del lavatorio de los pies y las primeras alusiones a la traición (vv. 10-11.18), declara abiertamente, profundamente conmovido: "Uno de vosotros me va a traicionar". El anuncio y su misma turbación dejan perplejos y desconcertados a los apóstoles, que tratan de identificar al traidor... En estas circunstancias aparecen algunos rasgos de la vida de la comunidad de los Doce con Jesús: la iniciativa de Pedro, evidenciando su autoridad; la relación de particular sintonía de un discípulo con el Señor; la infinita delicadeza de Jesús, que, mientras señala a Judas el traidor, le ofrece un bocado de pan untado, signo de honor y deferencia, última provocación del amor. Pero como Judas rechaza definitivamente responder al amor de Jesús, la suerte del Nazareno está echada, y no tolera demora (v. 27b). Por lo demás, una vez tomado el bocado de la amistad y rechazando al Amigo, Judas no puede estar en el círculo de los amigos: "Salió inmediatamente. Era de noche". La noche de la mentira, del odio que relega en la soledad, en el reino de Satanás. Jesús explica el sentido de cuanto está acaeciendo.

Precisamente ahora que Judas ha salido a ejecutar su plan de traicionar a su Maestro, el Hijo del hombre es glorificado. Y Dios es glorificado en él porque, en la entrega del Hijo a la cruz, manifiesta su amor sin límites a la humanidad. La hora de la muerte y la de la resurrección constituyen, juntas, la hora única de la gloria, de la espléndida manifestación de Dios, que es amor.

Con el v. 33 comienza el discurso de despedida de Jesús a los suyos. Sabe que dejará un vacío imposible de llenar (v. 33a), aunque necesario (v. 33b) y no definitivo, como aparece en la respuesta a Pedro. Pero en su generosidad intempestiva, el apóstol no soporta esperar y dice estar dispuesto a dar la vida con tal de seguir al Señor. Precisamente aquí se revela la necesidad de la separación de Jesús: sin la fuerza que brota de su pasión y resurrección, sin la presencia del Espíritu, nadie está en disposición de seguir a Cristo {"Antes de que el gallo cante...": v. 38b).

 MEDITATIO: Como un amigo al que estamos habituados de repente puede parecemos desconocido, extraño en el misterio de su persona, así debió de pasar a los discípulos en el cenáculo aquella tarde. Lo mismo nos pasa a nosotros hoy con Jesús: no comprendemos ya nada, nos quedamos perplejos ante la predicción que nos hace. Percibimos que verdaderamente conoce la posibilidad de nuestra traición, de nuestra falta de mantener la palabra, de esas sutiles, insinuantes afirmaciones que tenemos a flor de labios y hieren el corazón de la comunidad cristiana...

Y nosotros ni siquiera nos damos cuenta de lo profunda que es la herida en su corazón, del que está en agonía hasta el fin del mundo, según la expresión de Pascal.

Y a pesar de todo -por siempre-, para él el traidor sigue siendo el amigo al que brinda un último gesto de predilección. Porque el amor no retira lo que ha dado, no reniega de lo que es. Prefiere consumirse en el dolor y la muerte...

Pero hoy, en la noche que rodea la sala de la cena, una luz queda encendida: finalmente hemos intuido algo del misterio de Jesús. Para cada uno de nosotros, que llevamos dentro las tinieblas de Judas, las frágiles corazonadas de Pedro y -esperemos- el amor de Juan, por cada uno de nosotros no cesa de ofrecerse a sí mismo, porque nos ha amado hasta el extremo. Ésta es su gloria: mostrar en el rostro desfigurado por el sufrimiento que el amor de Dios es fiel siempre, que el amor vencerá a la muerte. Es más, ya la ha vencido.

ORATIO: Señor Jesús, en este crepúsculo del tiempo compartimos contigo la cena: pero todavía no comprendemos tu misterio. Y, sin embargo, creíamos que te conocíamos desde hacía tanto...

Y cuando con profunda emoción tú nos revelas nuestro propio misterio -la tremenda posibilidad de traición y odio-, intuimos que tú nos conoces desde siempre.

Ayúdanos, Señor, a acoger la verdad del mal que hay en nosotros sin mirarnos con desconfianza unos con otros, sin manifestar un disgusto desesperado de nosotros mismos, sin presumir de ser diferentes, mejores, dispuestos a dar la vida por ti: no cantaría el gallo y te habríamos negado no tres, sino infinitas veces.

Danos la fortaleza de permanecer en la luz de aquella sala en la planta de arriba: allí se revela, a tu luz, lo que de verdad somos, y fuera es de noche. Entonces podremos comprender algo de ti, que eres el Amigo por siempre y no cesas de atraernos con vínculos de bondad: aunque te neguemos, tú permaneces fiel, porque no puedes negarte a ti mismo. 

CONTEMPLATIO: Ahora llega la tarde de aquel día y la tarde de una vida tan breve. Jesús está con los suyos [...]. Notemos la profunda soledad que le rodea. Jesús está tan solo que nuestro corazón se llena de miedo. Él está sentado en medio de los suyos; les dirige la palabra, pero ellos no le comprenden.

En torno a él reina una terrible y misteriosa soledad, en la que lo aprisiona el mundo que se ha cerrado en sí mismo. Se trata -si se nos permite decirlo así- de la soledad de Dios en el mundo que le pertenece pero que no ha querido acogerle (Jn 1,11).

Y, a pesar de todo, quiere regalarles el don supremo.

Jesús pone su misma persona en este misterio del cordero pascual: él es el viviente que mañana deberá morir para expiar con su muerte el pecado del mundo. Tratemos de ser muy conscientes del alcance de este acontecimiento, frente al cual sólo caben dos alternativas: la opción que nos lleva a creer y a adorar o el rechazo.

Esto es lo que acontece aquella tarde. Luego llegará la muerte. Y, después de la muerte, la resurrección. Y cincuenta días después, tendrá lugar el acontecimiento de Pentecostés, y el Espíritu Santo hará su entrada en el tiempo. Él asumirá la dirección de la Historia Sagrada y hará a los creyentes capaces de comprender o, mejor dicho, de revivir lo que pasó en la soledad y desorientación de esa última tarde (R. Guardini, // messaggio di san Giovanni).
"Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros" (Rom 8,32).

LECTURALa miseria del hombre consiste en haber traicionado a Dios. Ninguna injusticia humana será de verdad reparada hasta que no se repare esta injusticia con Dios. Nos acusamos unos a otros, y todos somos culpables. Y los más culpables somos nosotros, los cristianos mediocres. Siempre deberemos hacer esta confesión, siempre seremos indignos de Cristo. Pero no es el momento de procesar al hombre cuando Dios agoniza en nuestros corazones.

Ciertamente, hay necesidades materiales que debemos satisfacer hoy, pues hay miserias corporales que no pueden demorarse ni una hora más. Mi intención no es tanto la de atenuar el sentimiento de su urgencia cuanto demostrar que su existencia proviene de nuestro abandono de Dios y que su curación se derivará infaliblemente de nuestro retorno a Dios. Lo que resulta tan grave en la hora presente - y a la vez tan grande- es que todos los problemas conllevan, de manera muy acuciante, una resonancia mística, comprometen el Reino de Dios y nos imponen el deber inexorable de ayudar a Dios crucificado, condenado por nuestro egoísmo y prisionero de su Amor; compadeciendo su dolor antes de enternecernos por el nuestro, esforzándonos por aliviar la herida que hace derramar sangre a su corazón.

Ahora es el tiempo de salir a su encuentro en el camino doloroso al que las culpas humanas le arrastran martirizando su rostro en el alma pecadora. Es necesario que nuestro corazón se convierta en sacramento del suyo y que ninguno de nuestros hermanos pueda lamentarse de no haber encontrado en nosotros su ternura. Entonces disminuirán el dolor y la sombra que proyecta sobre el rostro del Amor (M. Zundel, Vangelo interiore). Gracias a: Rezando Voy, Santa Clara de Estella, evangeli.net y Ciudad Redonda.org. Imágenes: Nerina Canzi / Sieger Koder

Lunes santo. Lecturas, comentarios y extras.

 

Primera lectura: Isaías 42,1-7: 1 Éste es mi siervo a quien sostengo, mi elegido en quien me complazco. He puesto sobre él mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones.

No gritará, no alzará la voz, no voceará por las calles;

no romperá la caña cascada ni apagará la mecha que se extingue. Proclamará fielmente la salvación

y no desfallecerá ni desmayará hasta implantarla en la tierra. Los pueblos lejanos anhelan su enseñanza.

Así dice el Señor Dios, que creó y desplegó el cielo, que asentó la tierra y su vegetación, que concede aliento a sus habitantes y vida a los que se mueven en ella:

Yo, el Señor, te llamé según mi plan salvador; te tomé de la mano, te formé e hice de ti alianza del pueblo y luz de las naciones,

para abrir los ojos de los ciegos, sacar de la cárcel a los cautivos y del calabozo a los que habitan las tinieblas. 

En estos días santos, se yergue ante nosotros la figura del Siervo de YHWH silenciosa y majestuosa, para introducirnos en el misterio pascual: su elección, misión y sufrimientos son profecía de la suerte de Cristo. Dios mismo presenta a su Siervo. Él lo ha elegido para una misión difícil y de capital importancia, por ello le sostiene. Consagrado con el espíritu profético, el Siervo llevará el "derecho" a todas las gentes, es decir, el conocimiento práctico de los juicios de Dios (v. 1). Este carácter "judiciario" se ilustra con la imagen de los vv. 2s, donde la misión del Siervo se describe teniendo en cuenta la figura del "heraldo del gran Rey". Según las costumbres de Babilonia, el heraldo estaba encargado de proclamar en las plazas de la ciudad los decretos de condenas a muerte. Si al concluir el pregón no surgía ningún testimonio en defensa del condenado, rompía la caña y apagaba la lámpara que llevaba, para indicar que la condena era ya irrevocable.

Ahora bien, el Siervo del único verdadero Rey, Dios, no quiebra la caña cascada. Mensajero de su juicio, no viene a condenar, sino a salvar. Con la fuerza de la mansedumbre y la firmeza de la verdad, perseverará en su tarea; las regiones más remotas, los que están lejanos de Dios, atenderán a la torah, la enseñanza que nos trae (v. 4). En Cristo, la figura se convierte en realidad. Cristo es a la vez verdadero Siervo doliente y verdadero libertador de la humanidad de la cárcel del pecado, elegido y enviado para la salvación. El es la luz que ha venido al mundo a iluminar a todas las gentes. El es el mediador de una nueva y eterna alianza (vv. 6s), ratificada con su cuerpo entregado y con su sangre derramada.

El Señor es mi luz y mi salvación. Salmo 26:1-3, 13-14
Yahveh es mi luz y mi salvación, a quién he de temer? Yahveh, el refugio de mi vida, por quién he de temblar?
Cuando se acercan contra mí los malhechores a devorar mi carne, son ellos, mis adversarios y enemigos, los que tropiezan y sucumben.
Aunque acampe contra mí un ejército, mi corazón no teme; aunque estalle una guerra contra mí, estoy seguro en ella.
Ay, si estuviera seguro de ver la bondad de Yahveh en la tierra de los vivos!
Espera en Yahveh, ten valor y firme corazón, espera en Yahveh.

Evangelio: Juan 12,1-11 Seis días antes de la fiesta judía de la pascua, llegó Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos.

Ofrecieron allí una cena en honor de Jesús. Marta servía la mesa y Lázaro era uno de los comensales.

María se presentó con un frasco de perfume muy caro, casi medio litro de nardo puro, y ungió con él los pies de Jesús; después, los secó con sus cabellos. La casa se llenó de aquel perfume tan exquisito.

Judas Iscariote, uno de los discípulos -el que lo iba a traicionar-, protestó, diciendo:

Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para repartirlo entre los pobres?

Si dijo esto, no fue porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía a su cargo la bolsa del dinero común, robaba de lo que echaban en ella.

Jesús le dijo: - !Déjala en paz! Esto que ha hecho anticipa el día de mi sepultura.

Además, a los pobres los tenéis siempre con vosotros; a mí, en cambio, no siempre me tendréis.

Un gran número de judíos se enteró de que Jesús estaba en Betania, y fueron allá, no sólo para ver a Jesús, sino también a Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos.

Los jefes de los sacerdotes tomaron entonces la decisión de eliminar también a Lázaro,

porque, por su causa, muchos judíos se alejaban de ellos y creían en Jesús.

 "Seis días antes de la fiesta judía": la habitual precisión de Juan nos permite hoy revivir puntualmente, en la liturgia, la gracia de los últimos acontecimientos que preparan la pascua del Señor. La cena de Betania es preludio de la última cena. Según la mentalidad de aquel tiempo, la comida, particularmente la consumida juntos, reviste un carácter sagrado, pues indica comunión de vida y acción de gracias por la misma vida. Este aspecto, en esta cena, se profundiza ulteriormente por la presencia de Lázaro, "resucitado de entre los muertos", del que se dice que era uno de los que "estaban recostados" con Jesús (según la costumbre de comer recostados): gran proximidad de vida y muerte, presagio de comunidad de destino... Pero es la figura de María la que aparece en primer plano con su silencioso gesto de amor de adoración, sin cálculo ni medida. El perfume que derrama a los pies de Jesús es sumamente caro: trescientos denarios corresponden al salario de diez meses de trabajo de un obrero. Y toda la casa -nota el evangelista aludiendo al Cantar de los Cantares (1,12)- se llenó de la fragancia. Es un detalle que nos muestra en María la imagen de la Iglesia-Esposa unida amorosamente al sacrificio de Cristo-Esposo. A la donación total sin límites se contrapone la tacañería de Judas Iscariote (vv. 4-6).

Sin medias tintas, Juan nos presenta dos tipos en el seguimiento del Señor, María y Judas: el amor dilató el corazón de una; la mezquindad cerró de par en par el corazón del otro.
 MEDITATIOTambién se nos invita a la cena de Betania para estar con Jesús en esa atmósfera cálida de afecto y amistad.

Permanecemos en esa casa acogedora para afianzar nuestro seguimiento de Jesús: un camino de salvación, de la muerte a la vida, como le sucedió a Lázaro, o de activa solicitud que se convierte en servicio cotidiano al Maestro y a los suyos, como Marta. Un camino de amor, de adoración, que dilata día tras día el corazón, o quizás de reservas, resistencias y cálculos cada vez más mezquinos que acaban ahogándonos en la avaricia: María y Judas, ambos discípulos del Señor, se nos presentan como ejemplos-límite.

El estar con Jesús, escuchar su Palabra, compartir con él la existencia, no es todavía lo que decide nuestra meta y los pasos para lograrla. Es decisivo reconocer y acoger el amor que él da, el Amor que él es. Judas no lo acogió, por eso condena el "derroche" de María, haciendo sus cuentas con el pretexto de los pobres... María ha hecho de ese amor su vida; el centro de gravedad que la saca fuera de sí misma sin cálculos, sin razonamientos; con intuición muy precisa y luminosa, se ha quedado con lo esencial: con el pobre Jesús que da todo.

María no puede esperar, y quiere imitar, con el símbolo de un gesto, a su Maestro: derrama sobre esos pies que le han abierto el camino de una plenitud inesperada de amor -ahora en el tiempo y, lo cree firmemente, también en la eternidad- el nardo preciosísimo guardado con cuidado, imagen de una vida totalmente derramada en la caridad. "Y toda la casa se llenó de la fragancia del perfume."
 ORATIOSeñor Jesús, Hijo de Dios, que has venido al mundo para ser el hombre más familiar de nuestra casa, ven esta tarde y todas las tardes a compartir con nosotros la cena de los amigos. Haz de cada uno de nosotros tu Betania perfumada de nardo, donde los íntimos secretos de tu corazón encuentren el camino silencioso de nuestro corazón, para que podamos vivir contigo la hora suprema del amor y decirte, con un gesto de pura adoración, cómo queremos -porque tú mismo lo has hecho por nosotros- vivir tu vida y morir tu muerte. Amén.

 CONTEMPLATIO: Estaba yo meditando sobre la muerte del Hijo de Dios encarnado. Todo mi afán y deseo era cómo poder vaciar mejor la mente de cuanto la ocupase, para tener más viva memoria de la pasión y muerte del Hijo de Dios.

Estando ocupada con este afán, de repente oí una voz que me dijo: "Yo no te amé fingidamente". Aquella palabra me hirió con dolor de muerte, pues se me abrieron al punto los ojos del alma, viendo cuan verdadero era lo que me decía. Veía los efectos de aquel amor y lo que movido por él hizo el Hijo de Dios. Veía en mí todo lo contrario, porque yo le amaba sólo fingidamente, no de verdad. Ver esto era para mí un dolor de muerte tan insufrible que me creía morir. De pronto me fueron dichas otras palabras que aumentaron mi dolor.

Mientras daba vueltas a aquellas palabras, él añadió: "Soy yo más íntimo a tu alma que lo es tu alma a sí misma". Esto aumentaba mi dolor, porque cuanto más íntimo le veía a mí misma, tanto más reconocía la hipocresía de mi parte. Estas palabras suscitaron en mi alma deseos de no querer sentir, ni ver ni decir nada que pudiese ofender a Dios. Y es que eso es lo que Dios requiere a sus hijos, a los que ha llamado y escogido para sentirle, verle y hablar con él Ángela de Foligno,

ACTIO: "Haced del amor la norma de vuestra vida, a imitación de Cristo, que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros(Ef 5,2).

LECTURA: El ungüento que María extiende es el símbolo de la comunión nupcial con Jesús manifestado por la comunidad cristiana. Celebramos la llamada de nuestras comunidades cristianas, representadas por María de Betania, a la comunión total con Jesús, dador de vida. Es él quien transforma lo que debería haber sido un banquete fúnebre en memoria de Lázaro en un banquete gozoso. Es él quien cambia el hedor insoportable de un muerto "de cuatro días" en el perfume que inunda la casa de alegría. Es él quien contesta a todos los Judas de la tierra, que consideran un despilfarro el ungüento precioso de la intimidad con Dios y oponen los pobres al Señor. Es él quien rechaza la "práctica" de los que prefieren la eficiencia del dinero a cualquier éxtasis de amor y reducen maliciosamente a un valor monetario lo que no tiene precio. Es a él, en resumidas cuentas, a quien debemos buscar en la oración del abandono, en la experiencia contemplativa y en nuestro modo de vivir.
Que el Señor nos libre del error de Judas, que, insensible al perfume de nardo, sólo escucha el tintinear de las monedas, y en vez de percibir el resplandor del aceite, se deja seducir por el brillo del dinero. Cuál es este perfume de ungüento con el que debemos llenar la casa, y cuál es este buen olor de Cristo que debemos difundir por el mundo? El perfume que debe llenar la casa es la comunión. Naturalmente, como el que compró María de Betania, el ungüento de la comunión tiene un precio muy elevado. Y debemos pagarlo sin rebajas, con mucha oración, ya que no se trata de un producto comercial de venta en nuestras perfumerías, ni es fruto de nuestros esfuerzos titánicos. Es un don de Dios que debemos implorar sin cansarnos. Pero lo obtendremos, estoy seguro, y su perfume llenará toda nuestra Iglesia (A. Bello, Lessico di comunione, Terlizzi). Gracias a: antaclaradeestella.es 

Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces

 



 Domingo de Ramos en la Pasión del Señor


La pasión de Jesús es paradójicamente -en la narración de Mateo- la pasión del Hijo del hombre, del Seńor de la gloria, del Juez, universal destinado a dar cumplimiento a la historia de la humanidad. El evangelista refleja esta contradicción en una narración de intensa, aunque siempre comedida, dramaticidad, manifestada en los detalles propios de su evangelio (por ejemplo, la desesperación y el suicidio de Judas: 27,3-16) y en la tensión continua entre poder y mansedumbre. El que podría haber recurrido a más de doce legiones de ángeles para librarse de las manos de los hombres se deja capturar inerme (26,50b-54); calla ante los "grandes" sin utilizar manifestaciones sobrenaturales (27,14.19). Su muerte rubrica el paso a una condición totalmente nueva desde el punto de vista religioso, humano y cósmico (27,50-54); sin embargo, Jesús no es un superhombre.

Mateo subraya particularmente su soledad en Getsemaní (triple separación, triple vuelta a los suyos...), la humildad de su oración al Padre ("Si es posible...") y su confesión a los discípulos, a los que confía no sólo su tristeza mortal, sino también la debilidad de su carne (26,41b). De acuerdo con la perspectiva de su evangelio, Mateo, más que los otros evangelistas, insiste en el cumplimiento de las Escrituras -explícitamente o por medio de citas- para indicar que la pasión entra de lleno en el plan salvífico de Dios.

A pesar de todo, el pueblo elegido no lo ha comprendido y se hace culpable de la sangre del Inocente (27,4.25), esa sangre que sanciona "la nueva y eterna alianza" (26,28), la única que puede redimir de todo pecado.

La pasión del Seńor nos pone en silencio. Un silencio más profundo que las múltiples voces que nos rodean y que habitualmente nos invaden. De lo hondo del corazón brota una pregunta que no podemos evitar: por qué?

La respuesta nos la da el mismo Jesús, que dice: "Esta es mi sangre derramada por todos, para el perdón de los pecados"(Mt 26,28). Contemplemos al Hijo del hombre, al Seńor glorioso, humillado por nosotros, injuriado, perseguido. Miremos al Hijo de Dios, que no baja de la cruz para salvarse a sí mismo, sino que se queda crucificado para salvarnos a todos nosotros. Fiel al designio del Padre, fiel al amor al hombre, ha asumido el abandono extremo debido al pecado, para que nosotros, libres, pudiésemos gustar la alegría de la comunión con Dios.

Que se conmueva la tierra por nuestra habitual indiferencia, que se despedacen las rocas de los corazones empedernidos. Hoy se nos brinda la gracia de la pasión de Cristo. Al nombre de Jesús, también nosotros doblamos las rodillas y, en silencio, humildemente, dejamos nuestro pecado a los pies de su cruz gloriosa, de su cruz de amor.



Todas las vidas importan. Artículo.

Theodore Roethke comienza su poema En un tiempo oscuro con estas palabras: «En un tiempo oscuro, el ojo empieza a ver». Vivimos un tiempo oscuro, asediado por el odio, divisiones amargas y guerras que, diariamente, traen muerte y un trauma incalculable a millones de personas. Pero, ¿están empezando a ver nuestros ojos?

A veces, en un tiempo oscuro, el humor irreverente puede ayudarnos a ver. He aquí un ejemplo: Hace poco dirigía un retiro en un centro de renovación cerca de una playa. Dando un paseo por la playa durante uno de nuestros descansos, vi a tres jóvenes sentados en la parte trasera de una camioneta. El estéreo de la camioneta atronaba con música que se oía a cientos de metros, y los tres jóvenes, con sus gorras de béisbol del revés, alzaban alegremente latas de cerveza y saludaban felices a todos los que les rodeaban. Y sobre la camioneta ondeaba una gran bandera que rezaba: ¡Las vidas de los borrachos importan! Su alegre irreverencia me levantó el ánimo, como también lo hizo a los participantes del retiro cuando compartí la historia con ellos.

Sí, a veces vemos que incluso las vidas de los borrachos importan. Todas las vidas importan.

Que todas las vidas importan es algo que hay que resaltar ahora mismo porque hoy estamos recibiendo la fuerte impresión, por parte de algunos de nuestros altos funcionarios del gobierno y otros, de que algunas vidas no importan, al menos no tanto como las nuestras y las de nuestros seres queridos. He aquí la cuestión:

Durante las últimas semanas, Estados Unidos e Israel han estado en guerra con Irán, una guerra que ha desestabilizado millones de vidas. Durante estas semanas ha habido 15.000 ataques con bombas en Irán y Líbano, e Irán ha tomado represalias con innumerables ataques dirigidos contra intereses de Estados Unidos e Israel.

Se han perdido varias vidas estadounidenses e israelíes y varios cientos de estadounidenses e israelíes han resultado heridos. Y hemos llorado debidamente esas muertes y heridas, llorado que estas preciosas vidas se perdieran o resultaran heridas. Nuestra empatía nos hizo ver que estas vidas eran preciosas y que un oxígeno insustituible abandonó el planeta cuando cada uno de ellos murió. Reconocimos que sus vidas importaban. Y eso va en nuestro crédito.

Sin embargo, durante este tiempo, se han perdido más de 2000 vidas en Irán y Líbano y a cientos de miles se les ha destrozado la vida irrevocablemente, y (al menos públicamente) no les hemos concedido la misma empatía que dimos a los nuestros. Para nosotros, al parecer, sus vidas no eran tan preciosas como las nuestras.

Quizás esto pueda excusarse (o al menos entenderse) por el hecho de que no vemos estas otras vidas de primera mano. Están lejos de nosotros, son abstractos, sin rostro, sin nombre, iraníes y libaneses.

Sin embargo, lo que no es excusable es la forma tan frívola e insensible en que algunos líderes del gobierno y otros a su alrededor están hablando de esta guerra y esas muertes. Su lenguaje ante todas estas muertes y el desplazamiento de millones es el lenguaje de la celebración; lo que uno podría escuchar en un partido de fútbol cuando tu equipo local está humillando a un rival odiado. ¡Les estamos ganando! ¡Les estamos humillando! ¡Les estamos bombardeando hasta el olvido! ¡Hurra!

¿Dónde está nuestra empatía por su sufrimiento, por sus muertos, por los millones de vidas que ahora están siendo destrozadas por la muerte, el desplazamiento y el dolor? Es como si las muertes iraníes y libanesas no fueran reales, como los asesinatos virtuales en un videojuego. Incluso el título de esta guerra apesta a videojuego: ¡Furia Épica! Pero esto no es un videojuego. Personas reales están muriendo. Cientos están muertos y millones viven con corazones que se rompen o en la desesperación.

Estamos llamados por lo mejor que hay en nosotros a tocar esa parte de nuestro corazón donde nos preocupamos por más que solo los nuestros. Necesitamos tocar esa parte empática más profunda dentro de nosotros que puede decir (y decir en voz alta): ¡Las vidas iraníes importan! ¡Las vidas libanesas importan! ¡Todas las vidas importan! Cada vida es tan preciosa como la mía.

Por supuesto, también necesitamos seguir diciendo que las vidas estadounidenses y las vidas israelíes importan.

Todas las vidas humanas son igualmente preciosas a los ojos de Dios. Como dice San Pablo en su Carta a los Gálatas (3,28): «No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús». En efecto, eso dice que en Cristo no hay estadounidense ni iraní, no hay israelí ni libanés, no hay vidas que no importen o importen menos que otras vidas.

La guerra es la guerra e incluso puede haber guerras justas, y comprensiblemente la gente muere en las guerras. Eso puede aceptarse.

Pero, tenemos mejores corazones que caer en la empatía selectiva. Tenemos mejores corazones que celebrar la muerte y la destrucción de vidas como celebraríamos el triunfo de nuestro equipo deportivo favorito demoliendo a un rival odiado. Tenemos mejores corazones que ver las muertes y la destrucción de innumerables vidas como no totalmente reales, como los muertos en los videojuegos. ¡Somos mejores que eso! Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Sábado de la V semana de cuaresma. Para reunir a los hijos de Dios dispersos.

 

Sábado de la V semana de cuaresma
Para reunir a los hijos de Dios dispersos.
La Cuaresma: Subir con Jesús a Jerusalén para reunir a todos los hombres
El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.

Calendario de Cuaresma

El sistema inmunitario de la realidad. Artículo.

Thomas Moore, autor de «El cuidado del alma», nos enseña que nuestra tarea espiritual más importante es escuchar los impulsos de nuestra propia alma. Si la escuchamos con honestidad, ella nos guiará, nos protegerá y nos mantendrá sanos.

Recuerdo escucharle decir esto ante el público de una parroquia. Al terminar, alguien planteó una objeción con fuerza: «Soy un hombre casado, ¿qué pasa si mi alma me pide tener una aventura?». La respuesta de Moore fue tajante: «Tu alma nunca te diría eso. Tu alma es tu sistema inmunitario moral y espiritual». Del mismo modo que tu sistema inmunitario físico nunca te pedirá que hagas algo perjudicial para tu salud corporal, tu alma jamás te impulsará a hacer algo malo para tu salud moral y espiritual. Tu alma, igual que tu cuerpo, tiene sus propias defensas para proteger tu bienestar.

Lo que Moore afirma sobre el alma individual se aplica también al alma de este mundo. La realidad tiene un sistema inmunitario, una «curvatura moral» que protege nuestra salud y nos avisa cuando la estamos dañando.

Esto tiene varias expresiones. Por ejemplo, Jesús lo enseñó con claridad: «La medida que uséis la usarán con vosotros» (Marcos 4, 24). Lo que esto implica es que la realidad tiene una estructura moral, cimentada en última instancia en el amor, que no puede violarse sin consecuencias. La vida nos devuelve lo que damos, recompensando el bien con bien y la malicia con malicia. El aire que exhalamos es el mismo que volveremos a respirar (lo cual es cierto incluso en sentido literal).

En el budismo y el hinduismo, esto se expresa a través de la llamada «Ley del Karma». En lenguaje de la calle, el Karma dice que «quien siembra, recoge». La realidad está estructurada de tal forma que, tarde o temprano, siempre cosechamos las consecuencias de nuestros actos. Cuando actuamos con altruismo, nos suceden cosas buenas; cuando somos egoístas, recogemos amargura. En esencia, nadie se va de rositas y ningún acto virtuoso se queda sin recompensa.

Tanto Jesús como la Ley del Karma nos enseñan que, al igual que nuestro cuerpo físico tiene defensas que nos guían y protegen, la realidad posee una estructura moral inviolable. Al final, recogemos lo que sembramos, sin excepciones. La virtud es su propio premio; el pecado, su propio castigo.

Sin embargo, a simple vista no siempre parece verdad. A veces da la impresión de que el pecado es recompensado y la virtud castigada. Pero eso ocurre sobre todo a nivel emocional. Es natural sentir envidia de quien no tiene escrúpulos. Nikos Kazantzakis lo describió de forma muy plástica: «La virtud se sienta sola en lo alto de un desfiladero desolado. Por su mente pasan todos los placeres prohibidos que nunca ha probado… ¡y llora!».

Vemos esa misma envidia en el hermano mayor del Hijo Pródigo. Le molesta que su hermano se entregara al hedonismo mientras él se mantenía en el camino moral. Le parecía que su hermano pequeño le había pegado un buen bocado a la vida, mientras que él, por timidez, se la estaba perdiendo.

No obstante, las palabras de su padre buscan disipar su envidia (y la nuestra). El Padre del hijo pródigo, que es Dios, le dice que no envidie la vida desenfrenada de su hermano. Por fuera podía parecer «vida», pero el padre sentencia: «¡Tu hermano estaba muerto!».

Hay una curvatura moral en toda la creación, un sistema inmunitario diseñado para proteger al universo y a todos nosotros. La virtud se premia a sí misma y el pecado se castiga a sí mismo. Tanto el Karma como Jesús nos aseguran que recibiremos la misma medida que demos. Ninguna buena acción cae en saco roto y ningún acto egoísta mejora realmente la vida de nadie.

Hice mi tesis doctoral sobre las pruebas de la existencia de Dios. Analicé las famosas «Cinco Vías» de Santo Tomás de Aquino, el intrigante argumento ontológico de San Anselmo, la visión de Descartes y muchísimos comentarios que intentan demostrar que Dios existe. Al final, llegué a la conclusión de que no podemos demostrar la existencia de Dios como quien resuelve una ecuación matemática o una hipótesis científica.

Pero eso no significa que esas pruebas no sirvan. Funcionan de otra manera: te señalan un estilo de vida. No te piden que encuentres a Dios al final de una fórmula, sino que experimentes su realidad viviendo de forma honesta y moral.

Existe una estructura moral en el corazón de la realidad, un sistema inmunitario que, para mí, es la prueba más clara de que Dios existe. Porque nos dice que, en la base de todo, existe un amor personal y generoso que nunca puede ser ignorado. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org / Artículo original en Inglés

Viernes de la V semana de cuaresma. El Señor es mi fuerte defensor.

 

Viernes de la V semana de cuaresma
El Señor es mi fuerte defensor.
La Cuaresma: El Señor está con nosotros.
En el peligro invoqué al Señor, y él me escuchó.

Calendario de Cuaresma 38 de 40.