Hace cincuenta y seis años, mi padre murió a altas horas de una noche de diciembre. Recuerdo el frío intenso con la misma claridad que su muerte. En menos de un día, la temperatura bajó a cuarenta grados bajo cero.
Yo todavía era joven; demasiado joven (pensé en aquel momento) para perder a un padre. Más tarde, me daría cuenta de que estaba equivocado. Nadie es demasiado joven para perder a un padre, aunque perderlo antes de que ciertas cosas puedan darse y recibirse puede dejar sus cicatrices.
Nosotros, la familia de este padre, tuvimos bastante suerte. Tuvimos mucho tiempo para prepararnos para su muerte. Murió tras un año de lucha contra el cáncer y murió con su fe, su generosidad y su sentido del humor intactos; y nos había dado su bendición. Además, murió sin amargura, agradecido, bendiciendo la vida. Hay formas peores de morir y formas peores de perder a un padre. En nuestras oraciones familiares siempre habíamos pedido una buena muerte. Unos meses después de su fallecimiento, con un clima más cálido, me di cuenta de que había tenido una buena muerte.
Pero este recuerdo en el Día del Padre, más de cincuenta años después de aquel día de frío intenso, no pretende ser un elogio fúnebre (algo con lo que él se sentiría incómodo), ni una homilía sobre lo que constituye una buena muerte. Pretende ser una reflexión sobre qué es un padre, un papá, y cómo nos conecta, nos forma y, a veces, nos deforma una figura así.
¿Qué es un padre? ¿Qué debe hacer un padre, más allá de ser simplemente el compañero biológico que nos trae al mundo? ¿Cómo nos afecta su cuidado o su abandono, su amor o su indiferencia?
Varias escuelas de psicología y antropología sugieren que tu padre y tu madre tienen papeles muy diferentes en la formación de tu persona. Es la madre quien supone tu vínculo simbiótico con la vida y es de ella, mucho más que de tu padre, de quien recibes la sensación de ser amado, deseado, acunado y valorado. Entre todos los mamíferos, es la madre quien, metafóricamente, debe lamer al recién nacido y liberarlo de todo lo que lo oprime al nacer. La madre, después del nacimiento, abre tu cuerpo a la vida. Es ella quien gesta, lleva en su vientre y luego acuna y alimenta al niño. Ningún niño o adulto olvida esto en algún nivel de conciencia, y nuestra sensación de sentirnos amados o no está muy ligada a nuestras madres.
Pero es el padre quien da al niño tanto el permiso para disfrutar de la vida como el reto de la disciplina. Es el padre quien debe, especialmente a través de su propia forma de vivir, ser un modelo para el niño de la combinación correcta entre el placer y la renuncia. Es de él, más que de la madre, de quien el niño aprende la combinación entre soltar y controlar, la sumisión a las normas y la libertad de seguir el propio camino.
Y esta tarea es clave para iniciarnos en la edad adulta, para ayudarnos a dejar de ser el niño o la niña pequeña, y encaminarnos hacia el adulto, el hombre o la mujer. Un padre debe hacer esto, en primer lugar, mostrándonos en su propia vida cómo nuestra energía para el amor y nuestra energía para confrontar y proteger deben formar una armonía; de este modo, las energías caóticas de nuestro interior se contienen, se enfocan, se combinan y se abren creativamente al servicio de Dios y de los demás. Un padre debe mostrar cómo el disfrute y la creatividad se combinan con la necesaria renuncia a uno mismo, y cómo nuestra energía para amar y nuestra energía para luchar y proteger a la comunidad (especialmente a sus miembros más débiles) pueden trabajar juntas sin ser enemigas. Un padre debe enseñarnos a ser, a la vez, amantes y luchadores.
Mi propio padre, imperfecto como todos los padres humanos, no siempre encontró, ni irradió, el equilibrio perfecto entre el disfrute y la disciplina, entre ser amante y luchador, entre disfrutar y sacrificarse. Como uno de sus hijos, yo tampoco sé siempre cómo caminar por esa cuerda floja, y a veces hay un desorden en mi vida que oscila entre la pereza y el exceso de trabajo, el amor y la ira, el darme todos los caprichos y el castigarme en exceso. A veces soy capaz de proteger a la comunidad y otras veces ni siquiera puedo protegerme a mí mismo.
Sin embargo, la mayoría de las veces tengo la firmeza de mi padre, más allá de mis tropiezos. Tuve un buen papá. Amó y luchó, aunque a veces fue demasiado duro consigo mismo y otras veces disfrutó plenamente de su vida.
Han pasado más de cincuenta años desde aquel día a cuarenta grados bajo cero en el que murió, y a veces mi espíritu todavía siente el frío de aquella jornada y vuelvo a ser un niño pequeño, un pre-adulto, solo, esperando a que mi padre me guíe hacia la madurez, inseguro de cómo integrar el disfrute y la disciplina.
Pero, cuando busco a mi padre, a su espíritu, no entre los huesos de los antepasados, sino en la comunión de los santos, lo encuentro caminando todavía por esa delicada cuerda floja por la que caminó en vida. Y su espíritu se acerca para ayudarme en mi lucha con el amor y el conflicto, con el disfrute y la renuncia, y entonces me siento un poco más firme como adulto. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org










El programa responde al mismo de años anteriores. Comenzará este mismo viernes por la tarde, el sábado estará dedicado principalmente a los talleres que elijan los propios jóvenes, por la noche la Vigilia y el domingo, la eucaristía. Si el año pasado la figura del joven santo Carlo Acutis fue referente en el encuentro, este año serán los Mártires de Barbastro. «Ellos serán los protectores y patronos de la JEMJ, modelos para los jóvenes participantes, junto a la figura de Pier Giorgio Frassati, también canonizado el año pasado. La historia de estos 51 jóvenes seminaristas claretianos y sus formadores era conocida pero su testimonio se difundió con más amplitud con la película «Un Dios prohibido», de Pablo Moreno, que narra su martirio. «Casi todos, menos los formadores, rondaban entre los 21 y los 25 años y todos prefirieron morir antes de renegar de su fe, de su vocación, de su amor a Jesucristo», explica la hna. Beatriz. «En la película se ve un momento particularmente conmovedor –cuenta– cuando ya han muerto más de 30 de esos claretianos, uno de ellos, Faustino Pérez, que se queda un poco como el «líder» de estos jóvenes y escribe una carta de despedida a su congregación, a los claretianos, la comunidad que les ha formado pues estaban a punto de ser ordenados sacerdotes. La carta de despedida es conmovedora y en ella muestra su amor a Jesucristo, a la congregación, se ve cómo perdonan, que es uno de los distintivos de estos mártires, y cuánto se han querido entre ellos en los días que han estado prisioneros. La JEMJ tendrá presente una reliquia de los mártires, que nos han concedido generosísimamente los propios claretianos». Con este motivo estará presente en Covadonga el Provincial de los Claretianos con el Superior de la Comunidad de Oviedo, para asistir a la obra musical orquestada con la historia de los mártires que han preparado un grupo de voluntarios y que se presentará el viernes por la noche. «Será una noche espectacular, conociendo la historia de estos mártires tan generosos y con esta obra que se ha preparado con tanto cariño y la presencia de un maestro excepcional, Julio Maroto, que vendrá a dirigir la orquesta. La obra musical orquestada es un género poco conocido, pero de gran impacto a la hora de presentar historias con emociones fuertes –explica la hna. Beatriz Liaño–».
Este año, además, con la reciente visita del Papa a España, será especialmente ilusionante escuchar el mensaje que ha escrito León XVI a los jóvenes participantes y que leerá el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz, durante la eucaristía de clausura el domingo, una noticia que se ha dado a conocer precisamente este mismo jueves. Junto con el Arzobispo de Oviedo estarán presentes también en el encuentro el Obispo de Lugo, Mons. Alfonso Carrasco y el Obispo de Getafe, Mons. Ginés del Río. Pero no habrá exclusivamente presencia española en el encuentro. Estados Unidos, Irlanda, Portugal o República Checa son países que aportan un gran número de participantes. No es una novedad, siempre han acudido jóvenes de otros países pero en esta ocasión el número es mayor que en años anteriores. Y es que la JEMJ nació «al conocer los resultados de una encuesta realizada por Obispos en Estados Unidos, en la que descubrieron que, prácticamente el 70% de los jóvenes católicos del país lo desconocía todo sobre la eucaristía», explica la hna. Beatriz. «Los Obispos reaccionaron rápidamente planteando una campaña de reavivamiento eucarístico nacional que realmente ha dado frutos muy bonitos en Estados Unidos y aún está en marcha». «La JEJM es un eco de ese clamor, de esa necesidad que hay de dar a conocer a los jóvenes el tesoro que tenemos en el Sagrario y para ayudar a que los jóvenes tengan un encuentro con Jesús en la eucaristía, de la mano de aquella que mejor nos puede conducir a Él, que es la Virgen María», explica la religiosa, que reconoce que «el Arzobispo de Oviedo nos animó a que ese evento, la JEMJ, sucediera en Covadonga, junto a la Santina, y así ha sido, desde el 2024, con una respuesta de los jóvenes sorprendente».

