Yo soy la puerta de las ovejas





IV Domingo de Pascua 


El capítulo 10 del evangelio de Juan, un capítulo dominado por la figura del buen pastor, deber ser leído en el contexto que le corresponde para comprenderlo más a fondo. En efecto, en el capítulo 9, se había revelado Jesús como "luz del mundo" a través de la curación del ciego de nacimiento, y, al realizar ese milagro, puso asimismo de relieve la ceguera espiritual de los jefes de los judíos (9,40s). Ahora bien, el Henoc etíope -un texto apócrifo contemporáneo- describe toda la historia de Israel hasta la venida del Mesías como una alternación de momentos de ceguera y de posesión de la vista por parte de las ovejas, en virtud de los sucesivos representantes de Dios, los pastores de su pueblo. Eso significa que Jesús, después de haber mostrado que tiene el poder de devolver la vista, puede afirmar que es el único pastor que lleva las ovejas a la salvación, el Mesías esperado.

Todo el pasaje está compuesto con materiales tradicionales y heterogéneos. En su origen debieron figurar fragmentos inconexos y unidos sólo con sistemas mnemónicos: eso explica la fluidez de las imágenes y la dificultad para coordinar los discursos en una secuencia lógica. En este primera perícopa se identifica Jesús, de manera implícita, con el pastor de las ovejas que entra en el recinto (en griego, aulé) pasando por la puerta. Dado que el término aulé significa también el patio del templo donde se reúne el pueblo de Dios, Jesús asume legítimamente la guía del mismo con una autoridad que le viene de Dios, a diferencia de los "ladrones y salteadores". Como los pastores de Palestina, que lanzaban una llamada característica para hacerse reconocer por su propio rebańo, también Jesús conoce a sus ovejas, y estas reconocen su voz. El buen pastor las saca fuera el Mesías guía al pueblo en un éxodo salvífico- "y las ovejas le siguen" con una intuición segura (vv. 4s). Dado que los oyentes no le comprenden, recurre Jesús a una nueva imagen (vv. 6-10): él es "la puerta de las ovejas", del mismo modo que es el camino, esto es, "el único mediador entre Dios y los hombres" (1 Tim 2,5).

Quien pasa a través de su mediación encontrará la salvación, la seguridad y el "sustento", o sea, la plenitud de la vida. La misión del pastor es precisamente ponerse al servicio de las ovejas, en contraposición a cuantos se arrogan una autoridad sobre el pueblo que Dios no les ha conferido (vv. 9s) y, por eso, se convierten en una explotación egoísta, en atropello, en violencia.

Todas las lecturas de hoy tienen como fondo la presencia de Cristo, buen pastor, enviado por el Padre a reunir la grey. El Evangelio define también al pastor como la "puerta" que introduce en el redil. Él es quien hace entrar en la intimidad y en la comunión de vida con el Padre. Ésta es la orientación de toda la vida de los hombres: volver a casa, al seno del Padre, de donde ha venido Cristo y a donde ha vuelto tras haber realizado su misión de salvarnos.

En consecuencia, el tiempo presente es un tiempo de camino, de retorno, de búsqueda, de nostalgia, y lodo lo que nos sucede tiene un sentido referido a la meta que debemos alcanzar. Pues bien, el designio de Dios se presenta, justamente, como un ir a buscar a los hombres dispersos para llevarlos a la salvación, a la vida. Y Jesús es la puerta por la que es preciso que entremos: la puerta de la salvación, de la vida, de la esperanza. Es todo eso y mucho, mucho más.

Sin embargo, !qué difícil resulta tener la humildad de reconocer su voz de verdadero pastor, que nos invita a salir de las estrecheces de nuestro egoísmo para introducirnos en el Reino de la verdadera libertad! Toda nuestra vida se juega en nuestra decisión de escuchar, seguir y entrar en Jesús.



Luchando con nuestra propia complejidad. Artículo.

Catherine de Hueck Doherty, fundadora de Madonna House, dio una vez una entrevista especialmente reveladora. Siendo una figura espiritual tan reconocida y respetada, reconoció que su camino no fue fácil, que tuvo su buena dosis de luchas internas. ¿Por qué? Porque, como el resto de nosotros, era patológicamente compleja. Sugería que ser un ser humano no es nada fácil.

Así se describía a sí misma. Parafraseo:

«Dentro de mí», decía, «parece que hay tres personas. Hay alguien a quien llamo la «Baronesa». La «Baronesa» es la espiritual, eficiente y entregada a la oración y el ascetismo. Es la persona religiosa dentro de mí. Es la que fundó una comunidad religiosa, escribe libros espirituales, desafía a los demás y ha dedicado su vida a Dios y a los pobres. La «Baronesa» lee los Evangelios y es impaciente con las cosas de este mundo. Para ella, la vida aquí y ahora debe sacrificarse por el otro mundo.

Pero, dentro de mí también, hay otra persona a la que llamo «Catherine». «Catherine» es una mujer a la que le gustarían las cosas finas, los lujos, el confort, el placer. Le gustaría disfrutar de la ociosidad, los baños largos, la ropa bonita, maquillarse, la buena comida y solía (mientras estaba casada) disfrutar de una vida sexual saludable. «Catherine» disfruta de esta vida y no le gusta el sacrificio personal. No es particularmente religiosa y generalmente odia a la «Baronesa». «Catherine» y la «Baronesa» no siempre se llevan bien.

Sin embargo, todavía hay otra persona dentro de mí, que no es ni «Catherine» ni la «Baronesa». Dentro de mí también hay una niña pequeña tumbada en una ladera en Finlandia, mirando las nubes y soñando despierta. A esta niña pequeña no le gustan particularmente ni «Catherine» ni la «Baronesa». … «y, a medida que envejezco, me siento más como la «Baronesa», añoro todavía a «Catherine», pero pienso que tal vez la verdadera persona dentro de mí es la niña pequeña soñando despierta en una ladera»».

Si estas palabras hubieran sido pronunciadas por alguien que todavía lucha con la conversión básica, no tendrían mucha fuerza. Venían, sin embargo, de una gigante espiritual, de alguien que hace mucho tiempo había dominado el discipulado esencial y que, hace mucho tiempo también, se había comprometido con un discipulado radical de servicio a Dios y a los pobres.

Si los santos luchan de esta manera, ¿qué pasa con el resto de nosotros?

Todos luchamos porque todos somos complejos. No es algo simple ser un ser humano y es aún más complejo si te esfuerzas por entregarte más allá de lo que viene naturalmente.

Al igual que Catherine de Hueck Doherty, todos tenemos múltiples «personas» dentro de nosotros. Dentro de cada uno de nosotros hay alguien que tiene fe, que quiere vivir las Bienaventuranzas, que quiere estar en sintonía con las verdades y realidades de los Evangelios. Dentro de cada uno de nosotros, hay un mártir que quiere morir por los demás, un santo que quiere servir a los pobres y un artista moral que quiere llevar su soledad a un nivel alto. Pero dentro de cada uno de nosotros también hay alguien que quiere probar la vida y todos sus placeres. Dentro de cada uno de nosotros hay un hedonista, un sensualista, un libertino, un materialista, un agnóstico y un egoísta.

Más allá de eso, dentro de cada uno de nosotros también hay una niña pequeña o un niño pequeño, inocente, soñando despierto, mirando las nubes en alguna ladera, no particularmente enamorado ni del santo ni del pecador que llevamos dentro.

¿Quién es la verdadera persona? Todas lo son. Somos todo esto: santo y buscador de placeres, altruista y egoista, mártir y hedonista, persona de fe y agnóstica, artista moral y libertino compensador, niño inocente y adulto hastiado, y la tarea de la vida no es crucificar a una por la otra, sino hacer que se reconcilien entre ellas.

Y la paz, como sabemos, es más que la simple ausencia de guerra. Es una cualidad positiva. ¿Qué hace la paz? Dos cosas: armonía y plenitud.

Armonía. Una melodía es pacífica cuando todas las notas diferentes se ensartan para hacer una armonía, una melodía. Tener paz es no tener discordia. Y también hay otra parte de la paz, la plenitud. Para tocar una melodía compleja, necesitas un teclado completo. La paz depende de tener suficientes teclas a tu disposición para tocar todas las notas que la vida exige.

Eso también es cierto para la naturaleza humana. Nuestra complejidad no es nuestra enemiga sino nuestra amiga. Todos esos aparentes opuestos dentro de nosotros exigen un teclado completo. Porque somos tanto pecadores como santos, hedonistas y mártires, adultos y niños, necesitamos un juego completo de teclas para tocar las diversas partituras musicales que la vida nos entrega.

El secreto es llegar a la armonía, donde los diversos aspectos de nuestras vidas hagan una melodía. Metafóricamente, necesitamos movernos más allá de un apuñalamiento aleatorio al teclado que produce discordia. También debemos emplear un teclado completo para que podamos tocar todas las notas que la vida exige. Todos hemos tenido suficiente experiencia en la vida para saber eso. La paz llega cuando unimos todas las piezas complejas dentro de nosotros en un orden para hacer una melodía hermosa. Y, por supuesto, cuanto más variadas sean las notas, más compleja sea la partitura musical, más rica será la melodía finalOriginal en Ingles / Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Nuestros problemas con la fe hoy: Un diagnóstico y una receta. Artículo.

En 2007, Charles Taylor escribió un libro titulado La era secular que nos brindó un análisis claro y completo de la época laica en la que vivimos y sus implicaciones para nuestra fe. Este contexto nos invita a reflexionar acerca de la desnudez espiritual frente al mundo. Más de mil años antes, un autor desconocido del siglo XIV escribió otro libro, La nube del no saber, que (de una forma que no salta a la vista al principio) responde a la pregunta fundamental que Taylor nos planteó.

Yo había leído tanto el libro de Taylor como La nube del no saber sin encontrar conexión entre los dos. Esa relación me la señaló una estudiante de doctorado cuya tesis dirijo. ¿Su tesis? Ella está vinculando el análisis de Taylor sobre la secularidad con la perspicacia fundamental del autor desconocido de La nube del no saber. He aquí su tesis resumida:

Una de las formas en que Taylor define nuestra era secular es esta: «El cambio hacia la secularidad consiste en pasar de una sociedad donde la creencia en Dios no se cuestiona y no presenta problemas, a una en la que se entiende como una opción entre otras, y frecuentemente no es la más fácil de abrazar». Taylor sugiere que dos cosas conspiran para producir esto.

Primero, ahora somos lo que él llama «personas protegidas» (o amortiguadas), es decir, hemos pasado de ser «un yo vulnerable a muchos miedos religiosos y supersticiones, a un yo protegido de todos los ‘espíritus’ dentro del mundo encantado». Tengo edad suficiente para haberme criado en ese mundo encantado donde espíritus, demonios y poderes sobrenaturales vivían bajo cada piedra, donde rociabas agua bendita por la casa durante una tormenta de truenos.

En segundo lugar, para Taylor, ahora vivimos dentro de lo que él llama una «cosmovisión inmanente», donde nuestro mundo secularizado nos da la idea de que no hay otro mundo más que este y que no necesitamos nada más allá de este mundo para lograr la plenitud, el sentido y la felicidad.

Taylor, un cristiano devoto, concluye diciendo que esta nueva situación no constituye una crisis de fe, sino más bien una crisis de imaginación. Los antiguos imaginarios dentro de los cuales imaginábamos nuestra fe ya no nos sirven. Necesitamos una nueva imaginación dentro de la cual vislumbrar nuestra fe.

¿Y de dónde podemos sacar esta nueva imaginación?

Según mi estudiante de doctorado, la nueva imaginación que necesitamos para volver a vislumbrar nuestra fe puede extraerse del consejo fundamental que nos da La nube del no saber. Pero esto no es evidente de inmediato.

En la superficie, lo que este escritor desconocido del siglo XIV defiende es una práctica de oración simple, no muy diferente de lo que muchos hoy llaman «oración de centramiento», donde vas a la oración sin ninguna agenda, petición o palabras. Simplemente te sientas en silencio, sin expectativas, confiando ciegamente en que Dios te dará lo que realmente necesitas.

Sin embargo, para el autor de La Nube esto no es solo una simple práctica de oración, es una postura básica ante la vida misma. Es una postura de honestidad radical, de sinceridad radical, donde te paras con el alma desnuda ante ti mismo, ante la vida y ante Dios. ¿Qué se está diciendo aquí?

En resumen, debido a nuestras personas protegidas y a nuestra conciencia inmanente, casi nunca estamos completamente desnudos de alma, casi nunca somos completamente sinceros (sine cere – sin cera), nunca somos completamente nosotros mismos. Es raro que logremos ponernos por debajo de todas las distracciones, ideologías, obsesiones culturales, traumas, ensueños y el pensamiento grupal que parecen colorear para siempre nuestra conciencia.

Lo que La Nube defiende es que nosotros, como nuestra postura habitual ante la realidad, tratemos de despojarnos de todo lo que no es verdadero en nosotros en un intento de permanecer fuera de todas nuestras distracciones y defensas, con el alma desnuda, impotentes para pensar o imaginar, solo pidiéndole a la vida y a Dios que nos den lo que ni siquiera podemos imaginar que es mejor para nosotros.

Taylor sugiere que necesitamos una nueva imaginación dentro de la cual volver a vislumbrar nuestra fe. La Nube sugiere que la nueva imaginación que necesitamos no será el resultado de pensarnos intelectualmente hacia una nueva forma de imaginar nuestra fe. Más bien, esa nueva imaginación se nos dará cuando estemos ante Dios, desnudos de espíritu, desprovistos de nuestra propia imaginación e impotentes para ayudarnos a nosotros mismos. Entonces, paradójicamente, cuando ya no podamos ayudarnos a nosotros mismos, podremos recibir ayuda de lo que está más allá de nuestro yo protegido y de la prisión inmanente virtual dentro de la cual vivimos. La vida y Dios ahora pueden fluir hacia nosotros, y fluir hacia nosotros de una manera no contaminada, precisamente porque estamos desnudos, impotentes y sin saber, ante el misterio de nosotros mismos, de la vida y de Dios.

Juan de la Cruz expresa esta invitación de esta manera: Aprende a entender más no entendiendo que entendiendo.

Lo que esto significa es que, paradójicamente, la fe comienza precisamente en ese lugar donde estamos tentados a pensar que se detiene, es decir, en ese lugar donde nos encontramos desnudos e impotentes para imaginar la fe y a Dios.

¿Cuál es nuestra verdadera lucha por la fe hoy? Charles Taylor nos da un diagnóstico. ¿Qué debemos hacer dentro de esta lucha? La nube del no saber nos da una recetaOriginal en Ingles / Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Y el velo del Templo se rasgó de arriba abajo. Artículo.

Hay frases en los relatos de la Pasión que se te quedan grabadas. ¿A quién no se le remueve el alma cuando, al leer la Pasión en la iglesia, llegamos al momento en que Jesús exhala su último suspiro y se hace ese minuto de silencio tan profundo en el que todos nos ponemos de rodillas? Ninguna homilía es tan eficaz como esa frase («y entregó su espíritu») y el silencio conmovedor que la sigue.

Otra frase que siempre me ha perseguido es la que viene justo después. Se nos dice que, en el momento de la muerte de Jesús, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.

Mi imaginación, sobre todo cuando era niño, siempre lo pintaba de forma sombría: se hacía la oscuridad en pleno día y, de repente, al morir Jesús y como por un rayo aterrador, el velo del templo se rajaba de arriba abajo ante la mirada atónita de todos. Convencidos ya, aunque demasiado tarde, de que aquel al que acababan de burlar y crucificar era realmente el Cristo.

Pero, ¿qué significa de verdad eso de que el velo del templo se rasgó al morir Jesús?

Los estudiosos de la Biblia nos explican que el velo del templo era precisamente una cortina que impedía que la gente viera lo que pasaba detrás; es decir, los rituales sagrados que hacían los sacerdotes. Esa cortina separaba al fiel común del misterio.

Por eso, cuando los Evangelios dicen que el velo se rasgó de arriba abajo, el mensaje no es —como yo imaginaba de pequeño— que Dios destrozó lo más sagrado para quienes crucificaron a Jesús para darles una lección. Al contrario.

Se entendía que el velo protegía a la gente del misterio, de ver el interior del misterio de Dios. En la crucifixión, ese velo se rompe para que ahora todos podamos ver el verdadero «Lugar Santísimo», el interior de Dios.

Ahora vemos cómo es Dios en realidad: Alguien que nos ama de forma tan incondicional que podemos crucificarle y Él no deja de amarnos ni un solo segundo. Dios derrama su propia sangre para llegar hasta nosotros, en lugar de querer que nosotros derramemos la nuestra para llegar hasta Él. ¿Qué significa esto?

Hay una pregunta centenaria sobre por qué Jesús tuvo que morir de una forma tan horrible. ¿Por qué tanta sangre? ¿Qué clase de juego cósmico y divino se está jugando aquí? ¿Acaso la sangre de Cristo, la sangre del cordero, está «pagando» a Dios por el pecado de Adán y Eva y por nuestros propios pecados? ¿Por qué hace falta derramar sangre?

Es una pregunta compleja y cualquier respuesta será siempre parcial. Estamos ante un gran misterio. Sin embargo, hasta los grandes misterios pueden entenderse en parte. Una de las razones por las que Jesús muere así, una de las razones del derramamiento de sangre, está clara y tiene consecuencias profundas. ¿Cuál es esa razón?

Tiene que ver, precisamente, con la sangre. Desde el principio de los tiempos hasta la crucifixión de Jesús, muchas culturas ofrecían sangre a sus dioses. ¿Por qué sangre? Porque la sangre se identifica con el principio de la vida. La sangre lleva la vida, es vida, y perderla es la muerte. Así, por todo tipo de razones religiosas y antropológicas, en muchas culturas antiguas estaba presente la idea de que le «debemos» sangre a Dios, que a Dios hay que aplacarlo, que ofrecer sangre es nuestra forma de pedir perdón y dar las gracias… que la sangre es el lenguaje que Dios entiende de verdad.

Por eso, las personas religiosas y sinceras sentían que debían ofrecer sangre a Dios. Y lo hacían. Durante mucho tiempo, esto incluyó sangre humana; se mataba a personas en altares por todas partes. Por suerte, la mayoría de las culturas acabaron eliminando los sacrificios humanos y usaron animales en su lugar.

En tiempos de Jesús, el templo de Jerusalén se había convertido prácticamente en un matadero donde los sacerdotes mataban animales casi sin parar. Algunos expertos sugieren que cuando Jesús volcó las mesas de los cambistas, cerca del 90% del comercio en Jerusalén estaba relacionado de una forma u otra con el sacrificio de animales. ¡No es de extrañar que el gesto de Jesús se viera como una amenaza!

Entonces, ¿por qué la sangre en la muerte de Jesús?

Como bien dice Richard Rohr, durante siglos estuvimos derramando sangre para intentar llegar a Dios y, en la crucifixión, la cosa se invirtió: Dios derramó su propia sangre para intentar llegar a nosotros. Y este giro arranca el viejo velo del miedo, la falsa creencia de que Dios quiere sangre, la mentira de que Dios no es amor incondicional y que tenemos que vivir asustados de Él.

Dios no necesita sangre para calmarse. Dios no deja de amarnos ni un solo segundo. Cuando el velo del templo se rasgó, quedó al descubierto esta verdad increíbleOriginal en Ingles / Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Lo reconocieron al partir el pan

 






III  Domingo de Pascua 


En esta aparición del Resucitado pone Lucas de relieve un rasgo fundamental: la importancia que tiene la Sagrada Escritura para encontrar de verdad a Cristo resucitado. Para intuir su misterio es necesario recordar y creer la Palabra (vv. 25-27.32; cf. asimismo los vv. 6b.44s), puesto que en ella se ha revelado el designio divino que Cristo debía cumplir, a través del sufrimiento y do la muerte, para entrar en la gloria (v. 26). De este modo realiza, más allá de toda mesura, la esperanza de redención alimentada por toda la humanidad (v. 21). Jesús mismo, el desconocido compańero de camino, explica las escrituras a quien se pone a la escucha con un vivo inicies (v. 29a). A lo largo del camino se produce así el paso de la tristeza desalentada (v. 17b) a la alegría que pone ardiente el corazón (v. 32), hasta que llegan al reconocimiento del Resucitado a través de un gesto tan cotidiano como significativo: la fracción del pan (vv. 30.35). El modo de realizar ciertos gestos revela, en efecto, la identidad del que los hace. Por eso desaparece el peregrino. Sin embargo, ahora ha dejado de ser un desconocido: es el Seńor, el Maestro, el Pan vivo siempre presente en medio de los suyos; éstos, a su vez, de simples viajeros se vuelven testigos, misioneros, adoradores en espíritu y en verdad.

No será inútil subrayar que toda celebración eucarística vuelve a proponer el mismo camino de los discípulos de Emaús: desde los ritos iniciales, pasando por la escucha de la Palabra y la liturgia eucarística, hasta la despedida final, se lleva a cabo, por obra de la gracia, un encuentro cada vez más profundo y real con Jesús crucificado y resucitado.

El reconocimiento de Jesús resucitado tiene lugar en un instante, mediante una intuición resplandeciente; a continuación, todo vuelve a la normalidad. Así fue también con los discípulos de Emaús. Después de aquel instante intuitivo, tras aquella mirada que penetra más allá del velo de la carne, desaparece Jesús y todo vuelve a ser, aparentemente, como antes: la posada, la mesa, el pan, los compańeros. Todo igual, pero, sin embargo, todo es ahora distinto. Se trata de una experiencia inexpresable. También hoy todas las personas y todas las cosas nos reservan sorpresas, porque en todas ellas podemos encontrar a Jesús. Ser cristiano significa vivir en medio de un estupor siempre renovado, en un estado de continua espera de sorpresas. Cada momento puede ser el de la revelación del misterio, porque nuestra vida está ahora ligada indisolublemente a Jesús, invisible a los ojos, pero realmente presente entre nosotros. Toda realidad es epifanía de su presencia como "Emmanuel". A nosotros nos corresponde purificar de continuo nuestra mirada en la adoración para poder vislumbrarlo en la llama de los acontecimientos más pobres y cotidianos. Es él, siempre él, el que viene a nosotros a través de todo aquello que acogemos con fe.


Y el tiempo volvió a empezar. Artículo.

Con la resurrección de Jesús, el tiempo volvió a empezar. Dicho de forma sencilla, hasta que Jesús resucitó de entre los muertos, todo lo que moría se quedaba muerto. Después de la resurrección de Jesús, ya nada permanece muerto. El tiempo ha comenzado de nuevo.

El relato del Evangelio de Lucas sobre la resurrección empieza con las palabras «en la mañana del primer día». Esta es una doble referencia. Se refiere al domingo, el primer día de la semana, pero también se refiere al primer día de una nueva creación. Con la resurrección, el tiempo ha vuelto a empezar. De hecho, el mundo mide el tiempo a partir de ese día. Estamos en el año 2026 desde aquella mañana en que Jesús resucitó de entre los muertos.

Desde el principio de los tiempos hasta la resurrección de Jesús, todo ser mortal moría y permanecía en la muerte. En la tradición judeocristiana, en la historia de Adán y Eva y su caída, se nos da a entender que originalmente los seres humanos no estaban destinados a morir. Desde esta perspectiva, la muerte entró en el mundo a través del pecado de nuestros primeros padres. Hoy en día, por razones teológicas y científicas sólidas, la historia de Adán y Eva se considera, al igual que los otros relatos «del principio» del Génesis, más metafórica y arquetípica que literal. Ser humano es ser mortal.

Independientemente de si interpretas la historia de Adán y Eva literalmente y ves la muerte como consecuencia de su pecado o no, el resultado es el mismo: desde nuestros primeros padres en adelante, todo lo que moría se quedaba muerto.

Eso cambió con la resurrección de Jesús. Cuando Dios lo resucitó de entre los muertos, la creación cambió desde sus mismas raíces. La naturaleza cambió. Un cuerpo muerto fue devuelto a la vida nueva. ¿Imposible? Sí, ¡excepto porque el tiempo volvió a empezar! Hubo un nuevo primer día, un nuevo Génesis, una segunda vez en la que podemos decir: «en el principio».

Y ahora nada se queda muerto porque Jesús es la «primicia» de esta nueva creación. Lo que le sucedió a Él ahora nos sucede a nosotros. Nosotros tampoco permaneceremos muertos, sino que resucitaremos a una vida nueva. Es más, esto no es solo cierto para nosotros como humanos. También es cierto para la propia tierra y todo lo que hay en ella. Jesús vino a salvar el mundo, no solo a la gente que vive en él.

San Pablo lo deja claro en su Carta a los Romanos cuando escribe que toda la creación, la creación física, ha estado gimiendo con dolores de parto y que «ella misma será liberada de su esclavitud a la corrupción y llevada a la libertad y gloria de los hijos de Dios». (Romanos 8, 21-23)

Nuestro planeta tierra, al igual que nuestro cuerpo humano, también es mortal. También se está muriendo. Como sabemos, el sol eventualmente se apagará y eso significará la muerte de nuestro planeta. Nuestro planeta también necesita ser resucitado, y las Escrituras nos aseguran que lo será.

Todo lo que esto significa estira nuestra imaginación más allá de sus límites. ¿Significa esto que los animales también tendrán vida eterna? ¿Estarán nuestras queridas mascotas con nosotros en el cielo? ¿Entrarán las plantas en el cielo? ¿Se transformará el cosmos entero y nuestro planeta tierra y entrarán en el cielo?

La respuesta es sí, aunque cómo sucederá esto está más allá de nuestra imaginación. Nuestra mente humana es demasiado limitada. Esto es imposible de imaginar, excepto, excepto que Dios, que es el Padre de Jesucristo, es inefable, está más allá de la imaginación y puede hacer lo inimaginable, incluyendo transformar todas las cosas en vida nueva.

El Evangelio de Juan tiene un texto particularmente conmovedor que vincula la resurrección de Jesús con la creación original descrita en el Génesis. Juan nos dice que en su primera aparición resucitado a los apóstoles, Jesús los encuentra acurrucados de miedo dentro de una habitación con las puertas cerradas. El Jesús resucitado atraviesa las puertas cerradas, se mete en medio de ellos, los saluda, les muestra sus manos y su costado, y luego sopla sobre ellos. (Juan 20, 21)

Este soplo de Jesús es paralelo a lo que sucedió en la creación original cuando Dios sopló sobre el vacío sin forma, y la luz comenzó a separarse de la oscuridad y la creación comenzó a tomar forma.

Después de la resurrección, Jesús sopla sobre sus discípulos y, por segunda vez en la historia, la luz comienza a separarse de la oscuridad. La confusión, el miedo, la timidez y las debilidades de los apóstoles, su «vacío sin forma», su oscuridad, comienza a separarse de la nueva luz traída por la resurrección, a saber, la luz eterna de la caridad, la alegría, la paz, la paciencia, la bondad, los frutos del Espíritu Santo.

Por lo tanto, es apropiado decir que con la resurrección de Jesús, el tiempo volvió a empezar. Hubo un nuevo primer día donde la luz volvió a separarse de la oscuridad. La resurrección de Jesús es lo más radical que ha ocurrido desde que Dios dijo originalmente: ¡que haya luz! hace casi catorce mil millones de años. A la tierra misma y a todo lo que hay en ella, humanos, animales, plantas y minerales, y a la tierra misma, se les da ahora vida más allá de la muerte.

Hasta la resurrección de Jesús, todas las cosas que morían se quedaban muertas. Esto ya no es verdad. El tiempo ha vuelto a empezarOriginal en Ingles / Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

A los ocho días, llegó Jesús

  



II  Domingo de Pascua 


Estos dos episodios, próximos y relacionados con un mismo tema -el de la fe- son, el eco fiel de cuanto ha sucedido en los corazones de los apóstoles tras la muerte de Jesús.

En el primero de ellos (vv. 19-22), el Resucitado se aparece a los once, que, a pesar del anuncio de María Magdalena (v. 18), están encerrados todavía en el cenáculo por miedo a los judíos. Jesús supera las barreras que se le interponen: pasa a través de las puertas, manifestando que su condición es completamente nueva, aunque no ha desaparecido nada de los sufrimientos que padeció en la carne. La insistente referencia al costado traspasado de Jesús es propia de Juan, que, de este modo, quiere indicar el cumplimiento de las profecías en Jesús (Ez 47,1; Zac 12,10.14). El tradicional saludo de paz asume también en sus labios un sentido nuevo: de augurio -"la paz esté con vosotros"- se convierte en presencia -"la paz está con vosotros". La paz, don mesiánico por excelencia, que incluye todo bien, es, por tanto, una persona: es el Seńor crucificado y resucitado en medio de los suyos ("se presentó": vv. 19b.26b y, antes, v. 14). Al verlo, los discípulos quedan colmados de alegría y confirmados en la fe. El Espíritu que Jesús sopla sobre ellos, principio de una creación nueva (Gn 2,7), confiere los apóstoles una misión que prolonga la suya en el tiempo y en el espacio y les concede el poder divino de liberar del pecado.

El segundo cuadro (vv. 24-29) personaliza en Tomás las dudas y el escepticismo que atribuyen los sinópticos, de manera genérica, a "algunos" de los Doce, y que pueden surgir en cualquiera. Tomás ha visto la agonía de su Maestro y se niega a creer ahora en una realidad que no sea concreta, tangible, en cuanto al sufrimiento del que ha sido testigo (v. 25). Jesús condesciende a la obstinada pretensión del discípulo (v. 27), pues es necesario que el grupo de los apóstoles se muestre firme y fuerte en la fe para poder anunciar la resurrección al mundo.

Precisamente a Tomás se le atribuye la confesión de fe más elevada y completa: "!Seńor mío y Dios mío!" (v. 28). Aplica al Resucitado los nombres bíblicos de Dios, YHWH y Elohím, y el posesivo "mío" indica su plena adhesión de amor, más que de fe, a Jesús. La visión conduce a Tomás a la fe, pero el Seńor declara, de manera abierta, para todos los tiempos: bienaventurados aquellos que crean por la palabra de los testigos, sin pretender ver. Éstos experimentarán la gracia de una fe pura y desnuda que, sin embargo, es confirmada por el corazón y lo hace exultar con una alegría inefable y radiante (1 Pe 1,8). Los vv. 30s constituyen la primera conclusión del evangelio de Juan: se trata de un testimonio escrito que no pretende ser exhaustivo, sino sólo suscitar y corroborar la fe en que "Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios" (cf. Me 1,1).

Jesús quiere que expresemos nuestra unión con él y que correspondamos a su amor viviendo en comunión entre nosotros, dejándonos plasmar de verdad como criaturas nuevas que no viven aisladas, sino unidas, por haber sido incorporadas todas a él. Ése es el fruto de la pascua del Seńor. Los que han nacido del mismo seno de la Iglesia forman una sola familia. La novedad consiste precisamente en poder vivir con un solo corazón y una sola alma en el amor.

En el evangelio se aparece Jesús a los discípulos cuando están reunidos. Los abraza con su mirada, les da la paz, les entrega el Espíritu Santo y les muestra sus llagas, signos de la crucifixión. Jesús les hace constatar a través de las dudas de Tomás que el que está delante de ellos es de verdad el Seńor resucitado. También nosotros estamos reunidos hoy para tocar las llagas de Jesús, unas llagas gloriosas ahora, aunque siguen visibles en su cuerpo glorificado, como signo de su amor. Aparecen justamente como la declaración escrita, en su cuerpo, del amor que le llevó a morir por nosotros en la cruz.

Bienaventurados nosotros si, aunque no lo veamos con los ojos del cuerpo, creemos en el Seńor, creemos en su amor y besamos sus llagas. Cómo? Besaremos a Jesús cuando también nosotros seamos traspasados por clavos, por esas espinas que son las pruebas de la vida. Porque es siempre él quien sufre en nosotros, es siempre él quien es crucificado en nuestra humanidad, una humanidad que debe pasar también por el crisol del dolor. Es siempre él: es él quien ya ha sido glorificado en nosotros y, por consiguiente, está lleno de alegría; es él quien sigue sufriendo y, por consiguiente, gime. Por eso, si tenemos fe, también nosotros podremos sufrir juntos y alegrarnos, porque siempre estaremos unidos a él, en su misterio.



Fiesta de la Divina Misericordia. Segundo Domingo de Pascua. Indulgencia plenaria.

La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia.

La Fiesta de la Divina Misericordia tiene como fin principal hacer llegar a los corazones de cada persona el siguiente mensaje: Dios es Misericordioso y nos ama a todos ... "y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia" (Diario, 723). En este mensaje, que Nuestro Señor nos ha hecho llegar por medio de Santa Faustina, se nos pide que tengamos plena confianza en la Misericordia de Dios, y que seamos siempre misericordiosos con el prójimo a través de nuestras palabras, acciones y oraciones... "porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil" (Diario, 742).
Con el fin de celebrar apropiadamente esta festividad, se recomienda rezar la Coronilla y la Novena a la Divina Misericordia; confesarse -para la cual es indispensable realizar primero un buen examen de conciencia-, y recibir la Santa Comunión el día de la Fiesta de la Divina Misericordia.
En el domingo de la Divina Misericordia pueden obtener la indulgencia plenaria de la siguiente forma: confesando, comulgando, rezando una oración por el Papa (padrenuestro, credo o avemaría) y asistiendo a la Misa de celebración de la Divina Misericordia. Detalles
¿En qué consiste esta devoción? ¿Cuál es su origen? ¿Cómo se reza la Coronilla de la Divina Misericordia? Detalles / Infografía: PíldorasdeFe

La esencia de la devoción
1. Debemos confiar en la Misericordia del Señor.
Jesús, por medio de Sor Faustina nos dice: "Deseo conceder gracias inimaginables a las almas que confían en mi misericordia. Que se acerquen a ese mar de misericordia con gran confianza. Los pecadores obtendrán la justificación y los justos serán fortalecidos en el bien. Al que haya depositado su confianza en mi misericordia, en la hora de la muerte le colmaré el alma con mi paz divina".
2. La confianza es la esencia, el alma de esta devoción y a la vez la condición para recibir gracias.
"Las gracias de mi misericordia se toman con un solo recipiente y este es la confianza. Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá. Las almas que confían sin límites son mi gran consuelo y sobre ellas derramo todos los tesoros de mis gracias. Me alegro de que pidan mucho porque mi deseo es dar mucho, muchísimo. El alma que confía en mi misericordia es la más feliz, porque yo mismo tengo cuidado de ella. Ningún alma que ha invocado mi misericordia ha quedado decepcionada ni ha sentido confusión. Me complazco particularmente en el alma que confía en mi bondad".
3. La misericordia define nuestra actitud ante cada persona.
"Exijo de ti obras de misericordia que deben surgir del amor hacia mí. Debes mostrar misericordia siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo ni excusarte ni justificarte. Te doy tres formar de ejercer misericordia: la primera es la acción; la segunda, la palabra; y la tercera, la oración. En estas tres formas se encierra la plenitud de la misericordia y es un testimonio indefectible del amor hacia mí. De este modo el alma alaba y adora mi misericordia".
4. La actitud del amor activo hacia el prójimo es otra condición para recibir gracias.
"Si el alma no practica la misericordia de alguna manera no conseguirá mi misericordia en el día del juicio. Oh, si las almas supieran acumular los tesoros eternos, no serían juzgadas, porque la misericordia anticiparía mi juicio".
5. El Señor Jesús desea que sus devotos hagan por lo menos una obra de misericordia al día.
"Debes saber, hija mía que mi Corazón es la misericordia misma. De este mar de misericordia las gracias se derraman sobre todo el mundo. Deseo que tu corazón sea la sede de mi misericordia. Deseo que esta misericordia se derrame sobre todo el mundo a través de tu corazón. Cualquiera que se acerque a ti, no puede marcharse sin confiar en esta misericordia mía que tanto deseo para las almas".
La Santa Sede decreta día de la Divina Misericordia
Una propuesta de Santa Faustina Kowalska
La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos publicó el 23 de mayo del 2000 un decreto en el que se establece, por indicación de Juan Pablo II, la fiesta de la Divina Misericordia, que tendrá lugar el segundo domingo de Pascua. La denominación oficial de este día litúrgico será «segundo domingo de Pascua o de la Divina Misericordia».
Ya el Papa lo había anunciado durante la canonización de Sor Faustina Kowalska, el 30 de abril: «En todo el mundo, el segundo domingo de Pascua recibirá el nombre de domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al genero humano en los años venideros».
Sin embargo, el Papa no había escrito estas palabras, de modo que no aparecieron en la transcripción oficial de sus discursos de esa canonización.
Santa Faustina, que es conocida como la mensajera de la Divina Misericordia, recibió revelaciones místicas en las que Jesús le mostró su corazón, fuente de misericordia y le expresó su deseo de que se estableciera esta fiesta. El Papa le dedicó una de sus encíclicas a la Divina Misericordia («Dives in misericordia»).
Los apóstoles de la Divina Misericordia están integrados por sacerdotes, religiosos y laicos, unidos por el compromiso de vivir la misericordia en la relación con los hermanos, hacer conocer el misterio de la divina misericordia, e invocar la misericordia de Dios hacia los pecadores. Esta familia espiritual, aprobada en 1996, por la archidiócesis de Cracovia, está presente hoy en 29 países del mundo.
El decreto vaticano aclara que la liturgia del segundo domingo de Pascua y las lecturas del breviario seguirán siendo las que ya contemplaba el misal y el rito romano. Fuente 

Coronilla explicada a los niños