Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos.


San Pedro y San Pablo

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Piensa en las diferencias que forman parte de tu comunidad, de tu familia, de tu Iglesia, y recíbelas como un don, no como un problema.

Comentario:
San Pedro y San Pablo. Tan diferentes en su origen, en su camino, en su manera de ver las cosas... y los dos son pilares de la Iglesia



La confesión de Pedro es un texto de gran importancia para la vida del cristianismo y se compone de dos partes: la respuesta de Pedro sobre el mesiazgo de Jesús, Hijo de Dios (vv. 13-16), y la promesa del primado que Jesús confiere a Pedro (vv. 17-19). Por lo que respecta a la pregunta que dirige Jesús a sus discípulos, podemos subrayar dos puntos de vista: el de los hombres (v. 13: "Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?"), con su apreciación humana, y el de Dios (v. 15: "Y vosotros quién decís que soy yo?", con el correspondiente conocimiento sobrenatural.

La opinión de la gente del tiempo de Jesús reconocía en él a un profeta y a una personalidad extraordinaria (v. 14). La opinión de los Doce, en cambio, es la expresada por la confesión de fe de Pedro: Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios (cf. v. 16). Ahora bien, esa revelación es fruto exclusivo de la acción del Espíritu Santo, "porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre, que está en los cielos" (v. 17).

A causa de esta confesión, Pedro será la roca sobre la que edificará Jesús su Iglesia. A Pedro y a sus sucesores les ha sido confiada una misión única en la Iglesia: son el fundamento visible de esa realidad invisible que es Cristo resucitado. Ambos constituyen la garantía de la indefectibilidad de la Iglesia a lo largo de los siglos.

Por otra parte, el poder especial otorgado por Jesús a Pedro, expresado por las metáforas de las llaves, del "atar" y del "desatar" (v. 19), indica que tendrá autoridad para prohibir y permitir en la Iglesia.



Gracias a: Rezando Voy,Santa Clara de Estella y dominicos.org

El que no carga con la cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí







Domingo XIII del Tiempo Ordinario


El discípulo, el misionero, esta llamado a ser sin equívocos un hombre de fe y un hombre libre; la Palabra que anuncia exige que nada pueda ensombrecer su claridad, su transparencia. Por eso, su estilo de vida es sobrio (cf Mt 10,9-10) y sus vínculos afectivos están jerarquizadas por el amor a Jesús (v 37). Jesús es el valor absoluto para el discípulo, quien le hace capaz de afrontar los sufrimientos e incluso la muerte (vv 38ss). Quien acoge al misionero también vive un vinculo de comunión intenso con Jesús y con el Padre, ya que, según la concepción común del judaísmo, el enviado es igual al que envía; quien acoge al misionero acoge a Jesús y en él al Padre que lo ha mandado (v. 4o). Actuando así manifiesta fe concreta, amor humilde y servicial. También quien abre la casa y el corazón al misionero coopera en la extensión del Reino de Dios y participa de la misma dicha que el misionero (vv. 4lss).

 En nuestro tiempo, en distintos ámbitos de la vida personal y social, experimentamos las dificultades de acoger <<al otro": al extrańo o al vecino; al padre anciano o al hijo concebido; al enfermo crónico o al terminal, a quien sencillamente sus opciones son diferentes a las nuestras. Advertimos que acoger es correr un riesgo, el de renunciar a algo nuestro en favor del otro, y nos asustamos. Y además, el otro qué hará con la acogida que le ofrezco?

Sin embargo, correr el riesgo puede significar un descubrimiento: el del amor que crece. El otro no es primariamente un desconocido del que defenderse; es sobre todo un misterio enriquecedor por descubrir. El Seńor nos recuerda que en la persona que acogemos se hace visible su presencia, Renunciar a un poco de espacio y a un poco de tiempo, ampliar los círculos de amistad para abrazar nuevas amistades, compartir lo que somos, sabemos y tenemos no es privación, sino potenciación fecunda.

Lógica absurda, desde las exigencias urgentes de una rígida contabilidad de dar/tener. Lógica de un amor que ha dado la propia vida para hacer vivir a todos: el amor del Seńor, Jesucristo. Es la lógica que cada bautizado hace suya. ,Cual es la mía?

Perdóname, Seńor: he cerrado la puerta de mi corazón y la puerta de mi casa; a veces por miedo, otras por pereza. Perdóname, Seńor También tengo que decir: perdóname, hermano; perdóname, hermana, porque no has encontrado en mi lugar donde descansar, estar a gusto, sentirte <<en casa". Si, perdóname. Sé que es posible vivir de otra manera, desplegar el amor y ayudar a otros.

Y todavía te suplico, mi Dios: haz que camine contigo en la vida nueva, sin temores infundados, sin sospechar de nadie, sin levantar barricadas. Que haga de la confianza y del compartir no la cantinela de buenos propósitos o eslóganes espirituales momentáneos, sino Ia repetida experiencia de todos los días. Que corra por mis venas tu vida resucitada y florezca en expresiones de verdadero amor




El complejo misterio del sufrimiento. Artículo.

A veces cuesta distinguir la enfermedad de la salud. Cuando sufrimos, ¿es señal de que algo va mal en nosotros o podría ser que ese sufrimiento sea el resultado sano de vivir con fidelidad? Cuando sentimos ansiedad, ¿estamos madurando con desvelo el Reino de Dios o simplemente nos estamos matando a disgustos? El sufrimiento es complejo y ambiguo. Veamos un ejemplo.

Henri Nouwen, uno de los guías espirituales más reconocidos y respetados de nuestra generación, era —como él mismo compartía con tanta honestidad en sus escritos— un hombre complejo y, a menudo, atormentado. Era un santo, pero un santo que libró batallas monumentales para mantener su vida a la altura de sus compromisos y de sus votos. Su compromiso era firme, pero sus emociones no tanto.

Era un sacerdote católico, con voto de celibato, pero propenso a enamorarse a veces. En una de esas ocasiones, se enamoró de forma obsesiva. Al tener el voto de celibato, consciente de que esa relación nunca podría incluir la intimidad especial que anhelaba, y al recibir una señal clara de la otra persona de que la obsesión no era mutua, cayó en una depresión que lo llevó a ingresar en una clínica durante varios meses. Con el tiempo recuperó la salud y el equilibrio, y desde ese nuevo horizonte escribió El regreso del hijo pródigo, su libro insignia, que se ha convertido en un clásico espiritual.

La mayoría de los comentarios sobre la vida de Nouwen tratan este incidente como una patología, como una etapa de su vida en la que no estuvo sano, como una evidente caída de la gracia. Señalan varios factores que parecen indicarlo: era homosexual y se había enamorado de un hombre heterosexual que no correspondía a sus sentimientos románticos; su formación en el seminario no lo había preparado bien para la experiencia de enamorarse así; por temperamento, era un hombre emocionalmente complejo y a menudo atormentado; y existen dudas sobre el grado de madurez que tuvo la relación con su madre durante su crecimiento.

Sin duda, todos estos factores influyeron en su depresión. Sin embargo, si miramos más a fondo, este incidente puede verse de una manera muy distinta. Es decir, no como una patología, una enfermedad o una inmadurez (aunque estas realidades siempre nos condicionen a todos), sino más bien como una crisis que, en última instancia, da un testimonio profundo de la honda salud espiritual de Nouwen, de su fidelidad al Evangelio, de sus compromisos y de su disposición a sudar sangre en Getsemaní, al igual que Jesús.

Más allá de cualquier otra consideración, Nouwen aceptó este dolor desgarrador en su vida con honestidad e integridad y, como Jesús, prefirió romperse por dentro antes que romper sus votos.

Ese es el gran reto, uno que nos dejó Jesús y que a mis hermanos y a mí nos transmitió mi padre, quien solía decirnos: «A menos que estés dispuesto a sudar sangre, no serás capaz de mantener tus compromisos». Jesús nos dice lo mismo, y vemos que él tuvo que hacer precisamente eso: sudar sangre para mantenerse fiel a su misión. Además, es significativo fijarse en dónde sudó sangre: concretamente, en un «huerto».

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la palabra «huerto» o «jardín» no se refiere a un lugar para cultivar hortalizas. Bíblicamente, el «Huerto» es el lugar del amor; es a donde van los amantes. Fijémonos en que Jesús no suda sangre en el templo, ni en una montaña, ni en una barca en el mar. Más bien, suda sangre en un huerto, el lugar del amor, como alguien a quien se le está rompiendo el corazón de amor. Henri Nouwen sudó sangre en una clínica, como alguien a quien se le rompía el corazón. Esa clínica fue su «huerto», su Getsemaní, el lugar donde estaba viviendo una transformación pascual, más que sucumbiendo a una enfermedad.

Cualesquiera que fueran sus debilidades, sus tentaciones o sus crisis emocionales, Nouwen siempre las compartió abiertamente y con una honestidad desarmante. A pesar de todas sus complejidades y de las aparentes contradicciones de su vida, siempre fue transparente, casi como un niño. Apenas guardaba nada bajo la superficie. Además, el argumento de que esta crisis fue en el fondo una experiencia sana para él puede apoyarse también en los frutos que dio en su vida.

¡Por sus frutos los conoceréis!

Henri Nouwen, a pesar de su inmensa popularidad, luchó durante toda su vida adulta simplemente por recibir amor y por creerse digno de ser amado. Este colapso lo transformó radicalmente. Tras salir de la clínica y regresar a su vida normal, experimentó el resto de sus días una certeza profunda de ser amado y de ser alguien entrañable. Desde ese espacio transformado escribió su obra maestra espiritual, El regreso del hijo pródigo, que nos ha ayudado a miles de nosotros a acoger el amor de forma más profunda y a aceptar que (a pesar de las persistentes dudas congénitas que nos digan lo contrario) somos dignos de ser amados.

A veces cuesta saber cuándo el sufrimiento es un signo de enfermedad o de fidelidad. Sin embargo, suele ser un signo de fidelidad cuando, como Nouwen, aceptamos rompernos por dentro antes que romper nuestros compromisosOriginal en Ingles / / Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

26 de junio: San Pelayo. Mártir. Patrón del Monasterio de S.Pelayo de Oviedo.

San Pelayo para niños, de las benedictinas de Rengo (Chile), monasterio fundado por el de San Pelayo de Oviedo, lugar donde se guardan las reliquias del santo.
San Pelayo, mártir y titular del Monasterio de Oviedo______________________________
Nacido en Albeos (Crecente, Pontevedra), en el año 911 o 912, Pelayo era sobrino del Obispo de Tui, Hermoigio – quien también es contado como santo -. Cuentan los hagiógrafos que en la escuela de la catedral aprendió gramática y se inició en la Liturgia, actuando como monaguillo.

España sentía sobre sí el peso de la dominación musulmana. El que se proclamaría, en 929, primer califa de Córdoba, Abderramán III, unificador del al-Andalus, venció en el 920 a los leoneses y navarros en la batalla de Valdejunquera.

Un éxito militar que repercutió directamente en la vida del joven Pelayo. Su tío, el obispo, fue apresado y llevado a Córdoba. Pelayo era su rescate. En un principio, se trataba de un rescate provisional: el niño, como rehén, ocuparía la plaza del anciano, mientras éste conseguiría el oro necesario para, a su vez, liberarlo. Pero esta liberación no tuvo lugar, ya que el obispo, enfermo, murió antes de lograr su propósito.

En Córdoba, a Pelayo le tocó compartir, desde 921, el destino de otros cautivos: la prisión y los trabajos en aquella ciudad enorme. Dicen que en la prisión fue tratado con relativa benevolencia, e incluso aprovechó el tiempo dejándose instruir por clérigos reclusos.

Debía gozar de cierta reputación, por su inteligencia y hasta por su prestancia física. El caso es que fue llevado ante Abderramán III, quien se sintió atraído por el muchacho. Todo el poder de un califa frente a la debilidad de un adolescente. La pretensión del soberano era doble: Comprar el alma y el cuerpo de Pelayo, pero éste, libre pese a la cautividad, no quiso venderse, ni en un sentido ni en otro.

Se negó a renunciar a la fe cristiana para convertirse al Islam. Ponen en su boca palabras como éstas: “Soy cristiano y lo seré. Tus riquezas no valen nada. No voy a renegar de Cristo que es mi Señor y el tuyo, aunque tú no lo quieras”. Igualmente rechazó convertirse en un mancebo del emir, a quien no permitió que le tocase.

Abderramán no se anduvo con contemplaciones y Pelayo pagó su fidelidad a Cristo con la muerte, el 26 de junio de 925. Dicen algunos que una catapulta de guerra lo lanzó desde un patio del alcázar hasta la otra orilla del Guadalquivir; casi muerto, fue degollado por un guardia.

Pero, en algún retablo, como en el mismo “Martirologio”, se alude a otro modo de martirio: siendo desgarrada su carne con tenazas.

El cuerpo del joven santo fue trasladado a León y, más tarde, a Oviedo, donde es venerado en un monasterio de benedictinas. San Pelayo es el patrono del Seminario Menor de Tui.

El “Martirologio” nos proporciona este pequeño resumen: “En Córdoba, en la región hispánica de Andalucía, san Pelayo, mártir, que a los trece años, por querer conservar su fe en Cristo y su castidad ante las costumbres deshonestas de Abd al-Rahmán III, califa de los musulmanes, consumó su martirio glorioso al ser despedazado con tenazas (925)
”.  Texto de Guillermo Juan Morado.

Una pequeña traición. Artículo.

Thomas Merton dijo una vez que lo que más temía en su vida no era tanto una traición masiva a su vocación, sino una serie de «pequeñas traiciones» que acaban conduciendo a un tipo diferente de muerte. Ese es el peligro que yo también temo, tanto para mí como para nuestra cultura.

Hace sesenta años, Kay Cronin escribió un libro titulado Cross in the Wilderness (La cruz en el desierto). En él relataba cómo, en 1847, un pequeño grupo de Misioneros Oblatos de María Inmaculada llegó desde Francia al noroeste del Pacífico americano. Tras algunos reveses amargos en los estados de Washington y Oregón, subieron por la costa hacia Canadá y ayudaron a fundar la Archidiócesis de Vancouver y la Iglesia Católica en gran parte de la Columbia Británica.

Ella describe a estos hombres —sin duda con cierta idealización y hagiografía— como tipos duros, totalmente dedicados y sin ninguna preocupación por su propia comodidad o salud. Dejaron su querida Francia siendo aún jóvenes, sabiendo que probablemente nunca volverían a ver a sus seres queridos. Aceptaron vivir constantemente en peligro, tanto por los elementos extremos de aquel entorno fronterizo como por la amenaza de muerte de varias tribus nativas, fuerzas gubernamentales y soldados mercenarios que desconfiaban de ellos.

Fueron amenazados muchas veces y expulsados de varias misiones; algunos fueron secuestrados durante un tiempo y a otros les quemaron sus casas y misiones. Vivían perennemente al borde del peligro, nunca seguros, nunca libres de amenazas.

Además, tenían muy poco en cuanto a comodidades básicas. Vivían en chozas de troncos o barro y comían mal. Prácticamente no tenían acceso a médicos, ni apenas higiene; a menudo, mientras viajaban, tenían que dormir al raso sin un refugio adecuado contra la lluvia y el frío, lo que hizo que muchos desarrollaran reumatismo y otras enfermedades a una edad temprana. Del mismo modo, nunca pudieron echar raíces ni acomodarse en ningún sitio, ni hacer el tipo de amigos que pudieran servirles de consuelo y apoyo. Tenían fe en Dios, se tenían los unos a los otros, y poco más.

Pero eran capaces de afrontar todo esto con naturalidad, sin autocompasión ni quejas excesivas. Escribían cartas positivas e idealistas a su casa madre en Francia y a sus familias; llevaban diarios en los que expresaban sobre todo alegría por sus modestos éxitos en el ministerio, y rara vez se quejaban de la mala vivienda, la comida mediocre o la inestabilidad de sus vidas.

Como misionero oblato que soy, miembro de la misma familia religiosa, me siento orgulloso de lo que hicieron estos hombres, y con razón. Fueron generosos hasta la muerte.

Sin embargo, dicho esto, leer su historia también resulta humillante. Mirar su sacrificio radical de toda comodidad es para mí un espejo en el que me observo con considerable inquietud y vergüenza. Miro mi propia vida y veo demasiada adicción a la comodidad y a la seguridad. Yo no quiero lo que ellos tenían: quiero comida sana, agua limpia, higiene adecuada, descanso regular, acceso a buenos médicos, noticias e información. Quiero poder viajar, contacto regular con familiares y amigos, oportunidades para retiros y vacaciones, formación continua y, sobre todo, quiero seguridad. Quiero ser un buen misionero, pero quiero estar cómodo y seguro.

Me consuela un poco el hecho de que hoy los tiempos son muy distintos a los de cuando aquellos misioneros franceses desembarcaron en el noroeste del Pacífico. Yo no podría hacer el trabajo que hago hoy, al menos no por mucho tiempo, sin una vivienda digna, comida adecuada, higiene, acceso a la información, descanso regular y vías de escape recreativas saludables. Mi vida y mi ministerio son un maratón, no un esprint, y el autocuidado adecuado es una virtud, no un vicio.

Aun así, es fácil racionalizar y volverse adicto al confort y a la seguridad. San Pablo, reflexionando sobre su propia vida misionera, escribió una vez que se sentía cómodo con lo que le tocara, fuera mucho o poco. A mí me gustaría creer eso también para mi vida; pero, y esto es cierto para la mayoría de nosotros, cuanto más vivimos rodeados de abundancia, más tendemos a protegernos dentro de ese capullo.

Como hijos de nuestra cultura, creo que podemos volvernos adictos fácilmente al bienestar. Una vez que nos hemos acostumbrado a la seguridad, la buena mesa, el agua corriente, los médicos, el entretenimiento constante, la información instantánea y las infinitas oportunidades de ocio, el peligro real es que no seamos capaces de renunciar a nada de eso. En consecuencia, podemos terminar siendo «buena gente», sin grandes traiciones, pero también sin grandes sacrificios; buenos pero no excelentes, admirando la grandeza de otros desde la comodidad y seguridad de un sillón mullido.

Original en Ingles / Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Ciencia y fe cristiana: amigas, no enemigas. Artículo.

Durante la mayor parte de los dos mil años de existencia del cristianismo, este no ha sido amigo de la ciencia, ni la ciencia ha sido amiga de él. Desde la condena de Galileo por parte de la Iglesia hasta los pensadores de la Ilustración que declararon la fe como un «proyecto agotado», la ciencia y la fe cristiana han sido más enemigas que aliadas. Felizmente, esto ha cambiado.

Hoy en día, la teología cristiana no solo ha sido capaz de aceptar los hallazgos legítimos de la ciencia, sino que ha logrado integrarlos de manera saludable en una visión de la historia de la salvación. Como ejemplo destacado de esto, podemos observar la síntesis teológica que nos legó Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955).

Teilhard fue un científico prominente, un paleontólogo reconocido internacionalmente por su labor científica. Fue también una persona de una fe excepcional, un místico, un sacerdote jesuita y un talentoso escritor espiritual.

En la época en que realizaba su trabajo científico y escribía sus primeros tratados teológicos, el concepto de evolución era todavía rechazado casi universalmente por todas las iglesias cristianas, que lo veían como algo opuesto al relato de la creación en el Génesis. De hecho, las autoridades católicas romanas prohibieron a Teilhard publicar sus escritos teológicos y, durante varias décadas, estos circularon solo de forma privada entre sus colegas jesuitas. Finalmente, con el advenimiento del Vaticano II y un ablandamiento general (cultural y religioso) de la resistencia al concepto de evolución, las autoridades de la Iglesia permitieron la publicación de los tratados teológicos de Teilhard; aunque todavía se presentaban con una advertencia de ser «dogmáticamente inseguros».

¿En qué consiste esa visión del mundo? Para mí, es una de las grandes síntesis entre la ciencia y la fe cristiana que se hayan escrito jamás. En esencia, lo que Teilhard hizo fue tomar los hallazgos de la ciencia, particularmente el concepto de evolución, y fundirlos con una visión cristiana de la historia de la salvación para producir un marco dentro del cual comprender más profundamente la ciencia, la fe cristiana y el lugar de Cristo en la historia.

En resumen, fusionó, como un encaje perfecto, la noción científica de creación y evolución (lo que hoy podríamos llamar la hipótesis del Big Bang) con una visión cristiana de la historia de la salvación y el lugar de Cristo en esa historia.

He aquí, brevemente, su síntesis: Dios es amor y, hace quince mil millones de años, Dios creó el universo (ex nihilo) por amor. Sin embargo, Dios no lo creó como un producto terminado, como se describe en el Génesis, sino como un «infante cósmico» que evolucionaría y crecería a través de miles de millones de años hasta alcanzar la madurez.

Bíblicamente, la creación inicial, tal como se describe en el Génesis, era un «abismo caótico». En una visión evolutiva, hicieron falta más de seis días para que aparecieran los seres humanos; hicieron falta entre catorce y quince mil millones de años. Y la creación se desarrolló de esta manera: tras la creación inicial (el Big Bang), Dios, en el centro de todo, comenzó a atraer todas las cosas hacia Sí mismo a través del amor. A lo largo de miles de millones de años, a medida que la creación respondía a esa invitación, fue aumentando continuamente en complejidad, conciencia y unidad, moviéndose libremente en amor hacia Dios.

Y esto pasó por cuatro etapas, siempre con Dios en el centro, atrayendo a la creación hacia el misterio del amor:

Primero, se formó la geología, la tierra, las rocas y el agua («Geogénesis»). Segundo, de estos, eventualmente surge la vida («Biogénesis»). Tercero, algunos millones de años después, emergen los seres humanos con conciencia autorreflexiva y libre albedrío («Noogénesis»). Pero, para Teilhard, todavía hay una cuarta etapa: la venida de Cristo («Cristogénesis»).

Para Teilhard, el nacimiento de Cristo es la penúltima culminación (espiritual y cósmica) del proceso evolutivo. El desarrollo de la historia evolutiva eventualmente nos trae a Cristo, no solo como el Jesús histórico, sino también como una realidad cósmica. Para Teilhard, Cristo es tanto una persona como una estructura cósmica dentro del universo que, al igual que la persona de Jesús, invita a todo (humanos, animales, plantas, rocas, agua) a un «punto omega», es decir, a una comunidad de amor dentro de Dios.

Esto puede sonar complejo, pero quizás pueda explicarse de manera más sencilla integrando la visión de la creación de Teilhard en el antiguo himno cristiano de Efesios 1, 3-10. Aquí la ciencia y la fe cristiana (especialmente sobre la centralidad de Cristo) se mezclan a la perfección:

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo en los cielos con toda bendición espiritual en Cristo. Pues en él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e irreprochables a sus ojos… Por amor nos predestinó a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo… Dios nos ha dado la sabiduría para comprender plenamente el misterio, un plan que se complació en decretar en Cristo. Un plan que se llevará a cabo en Cristo, en la plenitud de los tiempos, para reunir todas las cosas en él, tanto las del cielo como las de la tierra.

La historia de la salvación y la historia evolutiva apuntan ambas al misterio en desarrollo de cómo Dios está uniendo todas las cosas a través de Cristo. Teilhard integró maravillosamente la historia cósmica de este planeta en el misterio de Cristo.

La ciencia y la fe cristiana son amigas, no enemigasOriginal en Ingles / Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo.

 





Domingo XII del Tiempo Ordinario


Jesús sabe que la misión de los discípulos estará marcada por la persecución; por otra parte, <<el discípulo no es más que su maestro" (Mt 10,24) y el Maestro será rechazado y lo matarán (cf Mt 16,21; 17,22ss; 2o,17-19). Jesús exhorta a los Doce a ser valientes, a no tener miedo (vv 26.28.31), confiando en el Padre, que los cuida y los protege, que los conoce y los ama personalmente (vv. 3oss). La persecución se desencadenará contra los discípulos de Jesús porque la palabra que anuncian es palabra de verdad que desenmascara mentiras, coartadas y componendas, muy preciadas para quienes no quieren convertirse al amor. Sin embargo, tienen que proclamarla a todos, y la verdad prevalecerá, como la luz sobre las tinieblas (vv. 26ss). La misión de dar testimonio de Jesús y anunciar su Palabra no está reservada a un círculo restringido de personas, sino que, de hecho, cada discípulo —uniendo su suerte a la del Maestro- es constituido en testigo y apóstol. Propio del testimonio, y así lo establece Jesús, es la comunión real y la pertenencia reciproca con él (v. 32). Si alguien no da testimonio de Jesús siempre, no será reconocido como discípulo suyo delante del Padre (v. 33).

Si somos cristianos, actuemos a cara descubierta. Acaso se puede parar la fuerza de la Palabra que quiere transmitirse a través de nosotros?

Es inevitable que el cristiano, fiel a la Palabra, entre en conflicto por una serie de gestos que van a contracorriente del estilo opulento de vida de nuestro mundo; gestos incomprensibles, aparentemente, y que en realidad denuncian un modo de vivir egoísta e injusto. Los cristianos -si realmente lo son- molestan y procuran eliminarlos: atrayéndolos a una vida tranquila, marginándolos, poniéndolos en el punto de mira. Nos sorprende?. Si realmente buscamos vivir el amor experimentaremos el temor de acogerlo y tropezaremos con el rechazo. !Antiguo pecado, que anida en nuestro corazón y en el de nuestros semejantes!

Jesús nos ha liberado del pecado. Somos libres si permanecemos en comunión con él, Lo que se opone a la Palabra (la raíz del pecado) esta dentro de nosotros. Procuremos que todo nuestro ser -el cuerpo, el afecto, el pensamiento, la historia— esté reconciliado. Entonces seremos fuertes en la verdad, que es Jesús. Allí donde suframos desprecios y oposiciones llevaremos la Palabra del amor, fiándonos del Padre que a todos protege y salva.

Hazme testigo de tu Evangelio, Seńor!

Dame ánimo para no negar que te conozco cuando se burlen de ti hablando como de un mito y de tus seguidores como de gente alienada.

Dame fuerza para no acobardarme cuando me percato de que ser coherente con tu enseńanza puede significar pérdidas y obstáculos en la sociedad.

Dame la alegría de saber que estoy contigo cuando dejo a los amigos que consideran una pérdida de tiempo la oración y la eucaristía.

Dame el valor de superar los respetos humanos y no avergonzarme del Evangelio cuando ser fiel comporta sentirme <<diferente" de la gente que crea opinión y costumbre.

    !Hazme testigo de tu amor Seńor!

 





Llamó a sus doce discípulos y los envió.



Domingo XI del Tiempo Ordinario


" La perícopa del evangelio de Mateo propuesta por la liturgia nos introduce en el llamado <<discurso misionero" (Mt 1o,5-42). Jesús es el enviado del Padre para anunciar la presencia del Reino de Dios, realizar signos eficaces y proclamar una buena noticia (cf Mt 3,2; 4,23; 9,35; Jn 5,36). El anuncio de Jesús reúne a los hombres y les lleva a descubrir la grandeza de ser hijos de Dios y hermanos entre ellos (cf Mt 23,8-9); es un discurso reparador de cansancios y abatimientos (9,36). Llama a los discípulos y los envía (1o,1.5; cf Jn 15,16).

Mateo inserta aquí la lista con el nombre de los Doce (10,2-4), los primeros discípulos de Jesús, y los presenta como <<apóstoles>>, es decir, <<enviados>>, <<mandados>>. El origen del mandato está en el Padre (v 38); Jesús es el mediador y les otorga a los enviados el poder de realizar los signos que él mismo realiza (10,1.8a). !Donde está presente el Reino de Dios no hay espacio para el demonio! (10,7). Es el anuncio de la salvación en acción, manifestado y realizado en la persona de Jesús. El discípulo que descubre la gratuidad de este don vive la exigencia de corresponder con gratitud, comunicándolo con la misma gratuidad que lo ha recibido (10,8b).

    El evangelista Mateo describe una misión restringida únicamente a Israel (10,6). Sin embargo, tal misión, limitada a un radio, alcanzara una perspectiva universal (cf Mt 28,18-20).

Dios ha creado y ha amado a cada uno de forma personal, individual, única e insustituible. Pero no nos ha creado aislados: somos pueblo, somos familia. La vida que Dios nos da se comunica y fluye como don. Dios ha querido, y quiere, tener necesidad de la voz del hombre para que sea su voz ante los otros. Jesús es el mediador por excelencia, es la misma Palabra de Dios, que se ha hecho carne, visible y tangible. Y también Jesús quiere tener necesidad de quien, en comunión con él, muestre a los otros el don de Dios.

Esta tarea no es privativa de ningún colectivo, sacerdotes o <<entendidos>>; todos somos misioneros del amor, todos estamos llamados a suscitar esperanza en este mundo, a sacudir expectativas adormecidas de un bien que ya esta aquí. Es fácil retirarse y decir <<no es asunto mío" o <<no soy capaz". Quizá no nos quema bastante en el corazón el ardor del amor —absoluta gratuidad— con el que Dios nos ha envuelto, y para siempre, en su abrazo de perdón?

Sí, es asunto nuestro, porque hemos recibido gratuitamente el don de la fe. Si, somos capaces, porque el Espíritu del Seńor nos anima, nos da fuerza e inteligencia.

!Grande es tu amor, Dios!. Quieres tener necesidad de los hombres para darte a conocer a ellos, y así unes tu acción y tu Palabra divina a las acciones y palabras de personas que no son ni perfectas ni mejores que otras.

!Grande es tu amor Dios!. No te asusta ni nuestra fragilidad ni nuestro pecado: así lo dispusiste, para que tu vida curase nuestros males.

!Grande es tu amor Dios!. Renuevas tu alianza gracias a quien parte el pan de vida, a quien pronuncia las palabras del perdón, a quien vocea buenas nuevas, a quien sirve a los hermanos, testigos de tu amor infinito que hacen visible el Reino. Te pedimos, Dios: haz que estas personas no falten nunca.

 





Al Corazón de la Divina Madre. Inmaculado Corazón de María.

Solemnidad del Inmaculado Corazón de María.
Sábado posterior al Corpus Christi
Te saludo de lo íntimo de mi alma,
Corazón virginal de la Santísima Madre de Cristo, 
por la afluencia de todos los bienes,
con los cuales fuiste gratísimo a Dios y beneficioso a los hombres.
 Te saludo, Corazón Purísimo de la niña,
que fue la primera en hacer voto a su virginidad.
Te saludo, Corazón humildísimo de aquella
que más que nadie mereció concebir del Espíritu Santo.
Te saludo, Corazón devotísimo y deseosísimo,
que llevaste a Cristo en las entrañas de María.
Te saludo, Corazón llenísimo de caridad,
ardentísimo en el amor de Dios y a los hombres.
Te saludo, Corazón fidelísimo,
que conservaste diligentemente todas las palabras y las obras de Jesús.
Te saludo, Corazón pacientísimo,
llagado continuamente con la espada de la pasión de Cristo.
Te saludo, Corazón excelentísimo de la piadosa Madre,
que quiso y hasta prefirió
que su Hijo único fuese inmolado por la redención del mundo.
Te saludo, Corazón grandemente solícito en las oraciones,
intercediendo continuamente por la joven Iglesia.
Te saludo, Corazón diligentísimo en la contemplación,
que con tus méritos alcanzas la gracia de los hombres».

Jesús enseñó a Santa Matilde esta oración.




Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

Viernes posterior al segundo domingo después de Pentecostés, Solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús, que, siendo manso y humilde de corazón, exaltado en la cruz fue hecho fuente de vida y de amor, del que se sacian todos los hombres...
Imagen del Sagrado Corazón de Jesús bendiciendo Oviedo

 

10 consejos de Santa Margarita María de Alacoque para amar al Corazón de Jesús
1. “El adorable Corazón de Jesús (…) promete grandes ganancias a los que de buena voluntad tomen parte en esta empresa, según los medios y luces que les comunique” .
2. “Este Divino Corazón os pagará, no solamente en vuestra persona, sino en la de vuestros parientes y de todos aquellos por quienes os interesáis, a los cuales mirará con ojos propicios y misericordiosos, para socorrerlos y protegerlos en todo, con tal que acudan a Él con confianza, porque tendrá eterna memoria de lo que hacen por su gloria”.
3. “Me prometió, si no me engaño, que los que se hayan dedicado y consagrado a Él no perecerán jamás; que por ser Él la fuente de todas las bendiciones, las repartirá con afluencia en todos los lugares donde se ponga y venere la imagen de su Divino Corazón; que juntará las familias divididas y protegerá y asistirá a las que se vean en alguna necesidad y que acudan a Él con confianza".
4. “Si veis en vosotros un sinnúmero de impaciencias y enojos, arrojadlos en la fragua de la mansedumbre del amable Corazón de Jesús, para que os haga mansos y humildes”.
5. “Si nadáis en un mar de distracciones, sumidlas en el fondo de tranquilidad del Sagrado Corazón, que os alcanzará indefectible victoria”.
6. “¿No podéis hacer nada en la oración? Contentaos con ofrecer la que este divino Salvador hace por nosotros en el Sacramento del altar, ofreciendo sus afectos en reparación de vuestra tibieza, y decid en cada acción: ‘Dios mío, yo quiero hacer o padecer esto en el Sagrado Corazón de vuestro Hijo, y según sus santas intenciones, las cuales os ofrezco para resarcir las miserias e imperfecciones de las mías’”.
7. “Procurad ante todo conservar la paz del corazón, que vale más que todos los tesoros del mundo. El modo de conservarla es negar vuestra voluntad y poner en su lugar la de este adorable Corazón, para que Él quiera por nosotros lo que sea más para su gloria, contentándonos con someternos y abandonarnos a Él. En una palabra, este Divino Corazón suplirá todo lo que falte; Él amará a Dios por vos, y vos le amaréis en Él y por Él”.
8. “No os espanten los muchos contratiempos que se os ofrecerán en el establecer el reinado de este amable Corazón; las contrariedades son prendas seguras de ser de Dios la cosa, pues que sus obras se llevan a ejecución, por lo común, entre contradicciones y trabajos”.
10. “Este divino Corazón es pura dulzura, humildad y paciencia, por lo tanto, debemos esperar... Él sabe cuándo actuar”. Fuente.
Gracias a: Rezando Voy
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El domingo 14 de junio 2026,
Jira al Monumento del Sagrado Corazón
del Monte Naranco (Oviedo)

Esta es ya la Jira número 45 desde que, en el año 1981, tuviera lugar la primera. El monumento al Sagrado Corazón del Monte Naranco de Oviedo comenzó a construirse en el año 1963, y fue sufragado principalmente gracias a las donaciones de los fieles. Está construido para todos los asturianos ya que, bajo sus pies, hay enterrada tierra de todos los concejos de Asturias, simbolizando así la protección que el Sagrado Corazón extiende a todo el territorio del Principado.