Yo soy el camino, la verdad y la vida

 




V Domingo de Pascua 


Se trata de una perícopa tomada de los "discursos de despedida" que Jesús dirigió a los suyos durante la última cena, palabras que ahora se dirigen a la Iglesia.

El clima está cargado de dolorosa sorpresa por la predicción de la traición de uno de los apóstoles y de la triple negación de Pedro, y, al mismo tiempo, está invadido por un atormentado afecto a causa de la inminente separación. De ahí que Jesús consuele a los discípulos invitándoles a que tengan una fe más grande (v. 1) no sólo en Dios, sino también en él, que es el Hijo amado de Dios. Su "éxodo" ha de pasar, ciertamente, a través de la muerte y el descenso a los infiernos, pero tendrá como meta la "casa del Padre". Y precisamente en ella se detiene ahora Jesús. También es posible hacer frente al camino de la pasión con la mirada fija en el cielo. Él "se va", pero su partida no es definitiva; se va a preparar "un lugar" para ellos (v. 2). De este modo explica el sentido de su muerte de cruz y anuncia al mismo tiempo su retorno, aludiendo tanto a la resurrección -que, para los creyentes, ya es desde ahora anticipo de la vida eterna- como a la parusía, o sea, al retorno glorioso al final de los tiempos.

Con todo, el discurso de Jesús sigue estando oscuro para los discípulos, y sus preguntas inician un diálogo que nos ofrece revelaciones significativas por parte de Jesús. En el v. 7, por ejemplo, afirma Jesús su unidad perfecta con el Padre, hasta el punto de que verle a él es ver a Dios. Es Dios quien le ha enviado, y Jesús le obedece en todo (v. 10b), lo que le permite revelarlo de un modo completamente transparente. Sus "obras" dan testimonio de ello (v. 11). Del mismo modo, quien crea en él participará de su mismo poder divino y así se hará manifiesta la plena reconciliación acaecida entre el cielo y la tierra.

Jesús se manifiesta como camino, verdad y vida, y se entrega a nosotros a fin de que podamos alcanzar la verdadera y plena libertad ofrecida a los hijos de Dios para entrar en la heredad eterna. Se dirige a nosotros interrogándonos sobre la profundidad de nuestra relación con él. Es posible, en efecto, ser cristiano, comulgar, participar en todas las peregrinaciones y en todas las iniciativas y, sin embargo, no llegar nunca a conocer a Jesús, permaneciendo siempre en la superficie. Conocer a Jesús significa, más bien, experimentarlo interiormente, reconocer que él es el Hijo enviado por el Padre para salvarnos, la expresión del amor infinito de Dios por nosotros.

Todo eso es posible sólo mediante la fe. Creer es confiarse. No es comprender racionalmente; es acoger, dar crédito, encontrarse con el Seńor y considerarlo en verdad como aquel que mueve los hilos de nuestra vida y dispone el desarrollo de todos los acontecimientos. Hasta que no lleguemos a esta experiencia de comunión -es decir, de abandono de nosotros mismos en aquel que nos ha incorporado a sí mismo en el bautismo- no podremos decir que conocemos plenamente a Jesús y, en él, al Padre. Ahora bien, para esto nos ha sido dado el Espíritu Santo. Él nos permite caminar por el sendero de Dios seguros de que lo dispone todo para nuestro bien.



3 de mayo: La rosa es la reina de las flores y la oración del Rosario es la reina de las oraciones

Ave María de Schubert

“No ha habido santo ni persona distinguida en saber y virtud, ni comunidad observante, ni seminario bien ordenado, que no haya tenido devoción al Rosario.”
Pensamientos de San Antonio María Claret
3 de mayo

2 de mayo: Tengo ahora muchos nombres, pero sigo siendo siempre Yo: la pequeña Myriam de Nazaret.


"Yo, vuestra Madre, la Madre de los santos y de los justos,
y también de los que no lo son. 
Tengo ahora muchos nombres, pero sigo siendo siempre Yo:
la pequeña Myriam de Nazaret." 
Revelaciones de María de Nazaret a Giuliana Crescio, mística italiana.

San Rafael Arnáiz Barón. Burgalés de nacimiento y ovetense de adopción.

Rafael Arnaiz Barón nació en Burgos el 9 de abril de 1911, pero el traslado laboral de su padre, ingeniero de montes, llevó a su familia a establecerse en Oviedo a partir de 1922. En la capital del Principado pasó el final de su infancia, la adolescencia y su primera juventud, cursó estudios en el Colegio San Ignacio, de la Compañía de Jesús, y en 1933 se estableció en Madrid para estudiar Arquitectura. Socio activo de la Adoración Nocturna de Oviedo desde los diecinueve años, sintió muy pronto la llamada de la vida monástica, y a ella se consagró desde 1934, fecha de su ingreso en el monasterio de San Isidro de Dueñas, en Palencia, perteneciente a la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia, los Trapenses, abandonando la expectativa de una vida acomodada. Allí construyó su legado con escritos espirituales y diarios que tendrían gran difusión después de su muerte, sobre todo en los cuarenta, y en buena medida gracias a las labores de edición que asumió su madre, Mercedes Barón. Esas reflexiones lo han llevado a tener un lugar entre los místicos más destacados del siglo XX. Su precaria salud interrumpió esa actividad en varias ocasiones, en las que regresó a Asturias para ser atendido por su familia, hasta su muerte prematura a los 27 años -el 26 de abril de 1938- a causa de un coma diabético. (Fuente: La Nueva España de Asturias)

BIOGRAFÍA


Yo soy la puerta de las ovejas





IV Domingo de Pascua 


El capítulo 10 del evangelio de Juan, un capítulo dominado por la figura del buen pastor, deber ser leído en el contexto que le corresponde para comprenderlo más a fondo. En efecto, en el capítulo 9, se había revelado Jesús como "luz del mundo" a través de la curación del ciego de nacimiento, y, al realizar ese milagro, puso asimismo de relieve la ceguera espiritual de los jefes de los judíos (9,40s). Ahora bien, el Henoc etíope -un texto apócrifo contemporáneo- describe toda la historia de Israel hasta la venida del Mesías como una alternación de momentos de ceguera y de posesión de la vista por parte de las ovejas, en virtud de los sucesivos representantes de Dios, los pastores de su pueblo. Eso significa que Jesús, después de haber mostrado que tiene el poder de devolver la vista, puede afirmar que es el único pastor que lleva las ovejas a la salvación, el Mesías esperado.

Todo el pasaje está compuesto con materiales tradicionales y heterogéneos. En su origen debieron figurar fragmentos inconexos y unidos sólo con sistemas mnemónicos: eso explica la fluidez de las imágenes y la dificultad para coordinar los discursos en una secuencia lógica. En este primera perícopa se identifica Jesús, de manera implícita, con el pastor de las ovejas que entra en el recinto (en griego, aulé) pasando por la puerta. Dado que el término aulé significa también el patio del templo donde se reúne el pueblo de Dios, Jesús asume legítimamente la guía del mismo con una autoridad que le viene de Dios, a diferencia de los "ladrones y salteadores". Como los pastores de Palestina, que lanzaban una llamada característica para hacerse reconocer por su propio rebańo, también Jesús conoce a sus ovejas, y estas reconocen su voz. El buen pastor las saca fuera el Mesías guía al pueblo en un éxodo salvífico- "y las ovejas le siguen" con una intuición segura (vv. 4s). Dado que los oyentes no le comprenden, recurre Jesús a una nueva imagen (vv. 6-10): él es "la puerta de las ovejas", del mismo modo que es el camino, esto es, "el único mediador entre Dios y los hombres" (1 Tim 2,5).

Quien pasa a través de su mediación encontrará la salvación, la seguridad y el "sustento", o sea, la plenitud de la vida. La misión del pastor es precisamente ponerse al servicio de las ovejas, en contraposición a cuantos se arrogan una autoridad sobre el pueblo que Dios no les ha conferido (vv. 9s) y, por eso, se convierten en una explotación egoísta, en atropello, en violencia.

Todas las lecturas de hoy tienen como fondo la presencia de Cristo, buen pastor, enviado por el Padre a reunir la grey. El Evangelio define también al pastor como la "puerta" que introduce en el redil. Él es quien hace entrar en la intimidad y en la comunión de vida con el Padre. Ésta es la orientación de toda la vida de los hombres: volver a casa, al seno del Padre, de donde ha venido Cristo y a donde ha vuelto tras haber realizado su misión de salvarnos.

En consecuencia, el tiempo presente es un tiempo de camino, de retorno, de búsqueda, de nostalgia, y lodo lo que nos sucede tiene un sentido referido a la meta que debemos alcanzar. Pues bien, el designio de Dios se presenta, justamente, como un ir a buscar a los hombres dispersos para llevarlos a la salvación, a la vida. Y Jesús es la puerta por la que es preciso que entremos: la puerta de la salvación, de la vida, de la esperanza. Es todo eso y mucho, mucho más.

Sin embargo, !qué difícil resulta tener la humildad de reconocer su voz de verdadero pastor, que nos invita a salir de las estrecheces de nuestro egoísmo para introducirnos en el Reino de la verdadera libertad! Toda nuestra vida se juega en nuestra decisión de escuchar, seguir y entrar en Jesús.



Luchando con nuestra propia complejidad. Artículo.

Catherine de Hueck Doherty, fundadora de Madonna House, dio una vez una entrevista especialmente reveladora. Siendo una figura espiritual tan reconocida y respetada, reconoció que su camino no fue fácil, que tuvo su buena dosis de luchas internas. ¿Por qué? Porque, como el resto de nosotros, era patológicamente compleja. Sugería que ser un ser humano no es nada fácil.

Así se describía a sí misma. Parafraseo:

«Dentro de mí», decía, «parece que hay tres personas. Hay alguien a quien llamo la «Baronesa». La «Baronesa» es la espiritual, eficiente y entregada a la oración y el ascetismo. Es la persona religiosa dentro de mí. Es la que fundó una comunidad religiosa, escribe libros espirituales, desafía a los demás y ha dedicado su vida a Dios y a los pobres. La «Baronesa» lee los Evangelios y es impaciente con las cosas de este mundo. Para ella, la vida aquí y ahora debe sacrificarse por el otro mundo.

Pero, dentro de mí también, hay otra persona a la que llamo «Catherine». «Catherine» es una mujer a la que le gustarían las cosas finas, los lujos, el confort, el placer. Le gustaría disfrutar de la ociosidad, los baños largos, la ropa bonita, maquillarse, la buena comida y solía (mientras estaba casada) disfrutar de una vida sexual saludable. «Catherine» disfruta de esta vida y no le gusta el sacrificio personal. No es particularmente religiosa y generalmente odia a la «Baronesa». «Catherine» y la «Baronesa» no siempre se llevan bien.

Sin embargo, todavía hay otra persona dentro de mí, que no es ni «Catherine» ni la «Baronesa». Dentro de mí también hay una niña pequeña tumbada en una ladera en Finlandia, mirando las nubes y soñando despierta. A esta niña pequeña no le gustan particularmente ni «Catherine» ni la «Baronesa». … «y, a medida que envejezco, me siento más como la «Baronesa», añoro todavía a «Catherine», pero pienso que tal vez la verdadera persona dentro de mí es la niña pequeña soñando despierta en una ladera»».

Si estas palabras hubieran sido pronunciadas por alguien que todavía lucha con la conversión básica, no tendrían mucha fuerza. Venían, sin embargo, de una gigante espiritual, de alguien que hace mucho tiempo había dominado el discipulado esencial y que, hace mucho tiempo también, se había comprometido con un discipulado radical de servicio a Dios y a los pobres.

Si los santos luchan de esta manera, ¿qué pasa con el resto de nosotros?

Todos luchamos porque todos somos complejos. No es algo simple ser un ser humano y es aún más complejo si te esfuerzas por entregarte más allá de lo que viene naturalmente.

Al igual que Catherine de Hueck Doherty, todos tenemos múltiples «personas» dentro de nosotros. Dentro de cada uno de nosotros hay alguien que tiene fe, que quiere vivir las Bienaventuranzas, que quiere estar en sintonía con las verdades y realidades de los Evangelios. Dentro de cada uno de nosotros, hay un mártir que quiere morir por los demás, un santo que quiere servir a los pobres y un artista moral que quiere llevar su soledad a un nivel alto. Pero dentro de cada uno de nosotros también hay alguien que quiere probar la vida y todos sus placeres. Dentro de cada uno de nosotros hay un hedonista, un sensualista, un libertino, un materialista, un agnóstico y un egoísta.

Más allá de eso, dentro de cada uno de nosotros también hay una niña pequeña o un niño pequeño, inocente, soñando despierto, mirando las nubes en alguna ladera, no particularmente enamorado ni del santo ni del pecador que llevamos dentro.

¿Quién es la verdadera persona? Todas lo son. Somos todo esto: santo y buscador de placeres, altruista y egoista, mártir y hedonista, persona de fe y agnóstica, artista moral y libertino compensador, niño inocente y adulto hastiado, y la tarea de la vida no es crucificar a una por la otra, sino hacer que se reconcilien entre ellas.

Y la paz, como sabemos, es más que la simple ausencia de guerra. Es una cualidad positiva. ¿Qué hace la paz? Dos cosas: armonía y plenitud.

Armonía. Una melodía es pacífica cuando todas las notas diferentes se ensartan para hacer una armonía, una melodía. Tener paz es no tener discordia. Y también hay otra parte de la paz, la plenitud. Para tocar una melodía compleja, necesitas un teclado completo. La paz depende de tener suficientes teclas a tu disposición para tocar todas las notas que la vida exige.

Eso también es cierto para la naturaleza humana. Nuestra complejidad no es nuestra enemiga sino nuestra amiga. Todos esos aparentes opuestos dentro de nosotros exigen un teclado completo. Porque somos tanto pecadores como santos, hedonistas y mártires, adultos y niños, necesitamos un juego completo de teclas para tocar las diversas partituras musicales que la vida nos entrega.

El secreto es llegar a la armonía, donde los diversos aspectos de nuestras vidas hagan una melodía. Metafóricamente, necesitamos movernos más allá de un apuñalamiento aleatorio al teclado que produce discordia. También debemos emplear un teclado completo para que podamos tocar todas las notas que la vida exige. Todos hemos tenido suficiente experiencia en la vida para saber eso. La paz llega cuando unimos todas las piezas complejas dentro de nosotros en un orden para hacer una melodía hermosa. Y, por supuesto, cuanto más variadas sean las notas, más compleja sea la partitura musical, más rica será la melodía finalOriginal en Ingles / Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Nuestros problemas con la fe hoy: Un diagnóstico y una receta. Artículo.

En 2007, Charles Taylor escribió un libro titulado La era secular que nos brindó un análisis claro y completo de la época laica en la que vivimos y sus implicaciones para nuestra fe. Este contexto nos invita a reflexionar acerca de la desnudez espiritual frente al mundo. Más de mil años antes, un autor desconocido del siglo XIV escribió otro libro, La nube del no saber, que (de una forma que no salta a la vista al principio) responde a la pregunta fundamental que Taylor nos planteó.

Yo había leído tanto el libro de Taylor como La nube del no saber sin encontrar conexión entre los dos. Esa relación me la señaló una estudiante de doctorado cuya tesis dirijo. ¿Su tesis? Ella está vinculando el análisis de Taylor sobre la secularidad con la perspicacia fundamental del autor desconocido de La nube del no saber. He aquí su tesis resumida:

Una de las formas en que Taylor define nuestra era secular es esta: «El cambio hacia la secularidad consiste en pasar de una sociedad donde la creencia en Dios no se cuestiona y no presenta problemas, a una en la que se entiende como una opción entre otras, y frecuentemente no es la más fácil de abrazar». Taylor sugiere que dos cosas conspiran para producir esto.

Primero, ahora somos lo que él llama «personas protegidas» (o amortiguadas), es decir, hemos pasado de ser «un yo vulnerable a muchos miedos religiosos y supersticiones, a un yo protegido de todos los ‘espíritus’ dentro del mundo encantado». Tengo edad suficiente para haberme criado en ese mundo encantado donde espíritus, demonios y poderes sobrenaturales vivían bajo cada piedra, donde rociabas agua bendita por la casa durante una tormenta de truenos.

En segundo lugar, para Taylor, ahora vivimos dentro de lo que él llama una «cosmovisión inmanente», donde nuestro mundo secularizado nos da la idea de que no hay otro mundo más que este y que no necesitamos nada más allá de este mundo para lograr la plenitud, el sentido y la felicidad.

Taylor, un cristiano devoto, concluye diciendo que esta nueva situación no constituye una crisis de fe, sino más bien una crisis de imaginación. Los antiguos imaginarios dentro de los cuales imaginábamos nuestra fe ya no nos sirven. Necesitamos una nueva imaginación dentro de la cual vislumbrar nuestra fe.

¿Y de dónde podemos sacar esta nueva imaginación?

Según mi estudiante de doctorado, la nueva imaginación que necesitamos para volver a vislumbrar nuestra fe puede extraerse del consejo fundamental que nos da La nube del no saber. Pero esto no es evidente de inmediato.

En la superficie, lo que este escritor desconocido del siglo XIV defiende es una práctica de oración simple, no muy diferente de lo que muchos hoy llaman «oración de centramiento», donde vas a la oración sin ninguna agenda, petición o palabras. Simplemente te sientas en silencio, sin expectativas, confiando ciegamente en que Dios te dará lo que realmente necesitas.

Sin embargo, para el autor de La Nube esto no es solo una simple práctica de oración, es una postura básica ante la vida misma. Es una postura de honestidad radical, de sinceridad radical, donde te paras con el alma desnuda ante ti mismo, ante la vida y ante Dios. ¿Qué se está diciendo aquí?

En resumen, debido a nuestras personas protegidas y a nuestra conciencia inmanente, casi nunca estamos completamente desnudos de alma, casi nunca somos completamente sinceros (sine cere – sin cera), nunca somos completamente nosotros mismos. Es raro que logremos ponernos por debajo de todas las distracciones, ideologías, obsesiones culturales, traumas, ensueños y el pensamiento grupal que parecen colorear para siempre nuestra conciencia.

Lo que La Nube defiende es que nosotros, como nuestra postura habitual ante la realidad, tratemos de despojarnos de todo lo que no es verdadero en nosotros en un intento de permanecer fuera de todas nuestras distracciones y defensas, con el alma desnuda, impotentes para pensar o imaginar, solo pidiéndole a la vida y a Dios que nos den lo que ni siquiera podemos imaginar que es mejor para nosotros.

Taylor sugiere que necesitamos una nueva imaginación dentro de la cual volver a vislumbrar nuestra fe. La Nube sugiere que la nueva imaginación que necesitamos no será el resultado de pensarnos intelectualmente hacia una nueva forma de imaginar nuestra fe. Más bien, esa nueva imaginación se nos dará cuando estemos ante Dios, desnudos de espíritu, desprovistos de nuestra propia imaginación e impotentes para ayudarnos a nosotros mismos. Entonces, paradójicamente, cuando ya no podamos ayudarnos a nosotros mismos, podremos recibir ayuda de lo que está más allá de nuestro yo protegido y de la prisión inmanente virtual dentro de la cual vivimos. La vida y Dios ahora pueden fluir hacia nosotros, y fluir hacia nosotros de una manera no contaminada, precisamente porque estamos desnudos, impotentes y sin saber, ante el misterio de nosotros mismos, de la vida y de Dios.

Juan de la Cruz expresa esta invitación de esta manera: Aprende a entender más no entendiendo que entendiendo.

Lo que esto significa es que, paradójicamente, la fe comienza precisamente en ese lugar donde estamos tentados a pensar que se detiene, es decir, en ese lugar donde nos encontramos desnudos e impotentes para imaginar la fe y a Dios.

¿Cuál es nuestra verdadera lucha por la fe hoy? Charles Taylor nos da un diagnóstico. ¿Qué debemos hacer dentro de esta lucha? La nube del no saber nos da una recetaOriginal en Ingles / Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Y el velo del Templo se rasgó de arriba abajo. Artículo.

Hay frases en los relatos de la Pasión que se te quedan grabadas. ¿A quién no se le remueve el alma cuando, al leer la Pasión en la iglesia, llegamos al momento en que Jesús exhala su último suspiro y se hace ese minuto de silencio tan profundo en el que todos nos ponemos de rodillas? Ninguna homilía es tan eficaz como esa frase («y entregó su espíritu») y el silencio conmovedor que la sigue.

Otra frase que siempre me ha perseguido es la que viene justo después. Se nos dice que, en el momento de la muerte de Jesús, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.

Mi imaginación, sobre todo cuando era niño, siempre lo pintaba de forma sombría: se hacía la oscuridad en pleno día y, de repente, al morir Jesús y como por un rayo aterrador, el velo del templo se rajaba de arriba abajo ante la mirada atónita de todos. Convencidos ya, aunque demasiado tarde, de que aquel al que acababan de burlar y crucificar era realmente el Cristo.

Pero, ¿qué significa de verdad eso de que el velo del templo se rasgó al morir Jesús?

Los estudiosos de la Biblia nos explican que el velo del templo era precisamente una cortina que impedía que la gente viera lo que pasaba detrás; es decir, los rituales sagrados que hacían los sacerdotes. Esa cortina separaba al fiel común del misterio.

Por eso, cuando los Evangelios dicen que el velo se rasgó de arriba abajo, el mensaje no es —como yo imaginaba de pequeño— que Dios destrozó lo más sagrado para quienes crucificaron a Jesús para darles una lección. Al contrario.

Se entendía que el velo protegía a la gente del misterio, de ver el interior del misterio de Dios. En la crucifixión, ese velo se rompe para que ahora todos podamos ver el verdadero «Lugar Santísimo», el interior de Dios.

Ahora vemos cómo es Dios en realidad: Alguien que nos ama de forma tan incondicional que podemos crucificarle y Él no deja de amarnos ni un solo segundo. Dios derrama su propia sangre para llegar hasta nosotros, en lugar de querer que nosotros derramemos la nuestra para llegar hasta Él. ¿Qué significa esto?

Hay una pregunta centenaria sobre por qué Jesús tuvo que morir de una forma tan horrible. ¿Por qué tanta sangre? ¿Qué clase de juego cósmico y divino se está jugando aquí? ¿Acaso la sangre de Cristo, la sangre del cordero, está «pagando» a Dios por el pecado de Adán y Eva y por nuestros propios pecados? ¿Por qué hace falta derramar sangre?

Es una pregunta compleja y cualquier respuesta será siempre parcial. Estamos ante un gran misterio. Sin embargo, hasta los grandes misterios pueden entenderse en parte. Una de las razones por las que Jesús muere así, una de las razones del derramamiento de sangre, está clara y tiene consecuencias profundas. ¿Cuál es esa razón?

Tiene que ver, precisamente, con la sangre. Desde el principio de los tiempos hasta la crucifixión de Jesús, muchas culturas ofrecían sangre a sus dioses. ¿Por qué sangre? Porque la sangre se identifica con el principio de la vida. La sangre lleva la vida, es vida, y perderla es la muerte. Así, por todo tipo de razones religiosas y antropológicas, en muchas culturas antiguas estaba presente la idea de que le «debemos» sangre a Dios, que a Dios hay que aplacarlo, que ofrecer sangre es nuestra forma de pedir perdón y dar las gracias… que la sangre es el lenguaje que Dios entiende de verdad.

Por eso, las personas religiosas y sinceras sentían que debían ofrecer sangre a Dios. Y lo hacían. Durante mucho tiempo, esto incluyó sangre humana; se mataba a personas en altares por todas partes. Por suerte, la mayoría de las culturas acabaron eliminando los sacrificios humanos y usaron animales en su lugar.

En tiempos de Jesús, el templo de Jerusalén se había convertido prácticamente en un matadero donde los sacerdotes mataban animales casi sin parar. Algunos expertos sugieren que cuando Jesús volcó las mesas de los cambistas, cerca del 90% del comercio en Jerusalén estaba relacionado de una forma u otra con el sacrificio de animales. ¡No es de extrañar que el gesto de Jesús se viera como una amenaza!

Entonces, ¿por qué la sangre en la muerte de Jesús?

Como bien dice Richard Rohr, durante siglos estuvimos derramando sangre para intentar llegar a Dios y, en la crucifixión, la cosa se invirtió: Dios derramó su propia sangre para intentar llegar a nosotros. Y este giro arranca el viejo velo del miedo, la falsa creencia de que Dios quiere sangre, la mentira de que Dios no es amor incondicional y que tenemos que vivir asustados de Él.

Dios no necesita sangre para calmarse. Dios no deja de amarnos ni un solo segundo. Cuando el velo del templo se rasgó, quedó al descubierto esta verdad increíbleOriginal en Ingles / Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Lo reconocieron al partir el pan

 






III  Domingo de Pascua 


En esta aparición del Resucitado pone Lucas de relieve un rasgo fundamental: la importancia que tiene la Sagrada Escritura para encontrar de verdad a Cristo resucitado. Para intuir su misterio es necesario recordar y creer la Palabra (vv. 25-27.32; cf. asimismo los vv. 6b.44s), puesto que en ella se ha revelado el designio divino que Cristo debía cumplir, a través del sufrimiento y do la muerte, para entrar en la gloria (v. 26). De este modo realiza, más allá de toda mesura, la esperanza de redención alimentada por toda la humanidad (v. 21). Jesús mismo, el desconocido compańero de camino, explica las escrituras a quien se pone a la escucha con un vivo inicies (v. 29a). A lo largo del camino se produce así el paso de la tristeza desalentada (v. 17b) a la alegría que pone ardiente el corazón (v. 32), hasta que llegan al reconocimiento del Resucitado a través de un gesto tan cotidiano como significativo: la fracción del pan (vv. 30.35). El modo de realizar ciertos gestos revela, en efecto, la identidad del que los hace. Por eso desaparece el peregrino. Sin embargo, ahora ha dejado de ser un desconocido: es el Seńor, el Maestro, el Pan vivo siempre presente en medio de los suyos; éstos, a su vez, de simples viajeros se vuelven testigos, misioneros, adoradores en espíritu y en verdad.

No será inútil subrayar que toda celebración eucarística vuelve a proponer el mismo camino de los discípulos de Emaús: desde los ritos iniciales, pasando por la escucha de la Palabra y la liturgia eucarística, hasta la despedida final, se lleva a cabo, por obra de la gracia, un encuentro cada vez más profundo y real con Jesús crucificado y resucitado.

El reconocimiento de Jesús resucitado tiene lugar en un instante, mediante una intuición resplandeciente; a continuación, todo vuelve a la normalidad. Así fue también con los discípulos de Emaús. Después de aquel instante intuitivo, tras aquella mirada que penetra más allá del velo de la carne, desaparece Jesús y todo vuelve a ser, aparentemente, como antes: la posada, la mesa, el pan, los compańeros. Todo igual, pero, sin embargo, todo es ahora distinto. Se trata de una experiencia inexpresable. También hoy todas las personas y todas las cosas nos reservan sorpresas, porque en todas ellas podemos encontrar a Jesús. Ser cristiano significa vivir en medio de un estupor siempre renovado, en un estado de continua espera de sorpresas. Cada momento puede ser el de la revelación del misterio, porque nuestra vida está ahora ligada indisolublemente a Jesús, invisible a los ojos, pero realmente presente entre nosotros. Toda realidad es epifanía de su presencia como "Emmanuel". A nosotros nos corresponde purificar de continuo nuestra mirada en la adoración para poder vislumbrarlo en la llama de los acontecimientos más pobres y cotidianos. Es él, siempre él, el que viene a nosotros a través de todo aquello que acogemos con fe.