Benedictus - Ain Karem
y hacer locuras por su amor;
dile que... me perdone...
El lo hará, bendita Madre,
si tú se lo dices.
Así sea. Dios y mi alma. Rafael Arnáiz Barón.
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El evangelio según san Mateo concluye con la perícopa que narra la aparición del Resucitado a los Once en Galilea. Mientras el recorrido terreno de Jesús llega a su término, comienza la misión de los apóstoles, y precisamente a partir de la "Galilea de los gentiles", donde había comenzado el ministerio de Jesús a favor de Israel (4,12).
En el grupo de los Once conviven la adoración y la duda, y recuerdan, significativamente, el episodio de Pedro caminando sobre las aguas (14,31-33). Jesús, como entonces, se acerca a él para pedirle la fe. Jesús se presenta a los suyos como el Hijo del hombre glorioso (v. 18; cf. Dn 7,14) que, en virtud de su resurrección, sube a Dios y, con plena autoridad, deja a los suyos la encomienda final de continuar su propia misión, haciendo "discípulos a todos los pueblos" (v. 19). Ese "discipulado" se llevará a cabo mediante la inserción en la realidad viva de Dios -Padre, Hijo y Espíritu Santo- a través del bautismo y la observación de todo lo que Jesús ha mandado (cf. Jn 14,23).
Precisamente este vínculo hace que entre la historia y el Reino eterno ya no exista barrera alguna, sino continuidad. Cristo, resucitado y ascendido al cielo, no está, sin embargo, lejos de la tierra; o, mejor aún, gracias a la ascensión de Jesús, la tierra ya no está lejos del cielo. Mateo se abre con la "buena nueva" del nacimiento del Salvador, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Y se cierra no con la partida de Cristo abandonando a los suyos, sino con la promesa de su permanencia hasta el final de los siglos: Jesús seguirá siendo para siempre el compańero de camino de la humanidad, hasta que ésta llegue a su meta gloriosa, en el seno de la Trinidad divina.
La atmósfera de la liturgia de la ascensión está penetrada siempre por una atormentadora nostalgia, porque nos pone en una fuerte tensión hacia el Cielo, verdadera patria del cristiano, y nos hace experimentar con mayor intensidad el deseo de la eternidad que también deberíamos sentir todos los días. En efecto, deberíamos consumirnos verdaderamente con la esperanza de contemplar sin velos el rostro de Dios. Sin embargo, con excesiva frecuencia advertimos que el peso de las realidades materiales nos mantiene pegados al suelo, nos despunta las alas, suscita en nosotros cansancio y duda.
Así se plantea un interrogante: cómo llegar a gozar de realidades que no son terrenas, que escapan a la experiencia sensible? Necesitamos un gusto especial suscitado en nosotros por el Espíritu Santo. La "santa alegría" que el Espíritu suscita en nosotros es muy diferente de la que se nos pasa de contrabando como tal. Es la alegría de las bienaventuranzas, fruto del sufrimiento, porque brota de la muerte y resurrección de Cristo. Se trata de una alegría santa, porque, en Cristo ascendido al cielo, nuestra humanidad ha sido ensalzada, elevada, mucho más allá de nuestros estrechos horizontes. Es preciso que nos dejemos educar para ver lo invisible. Cómo? Se ve creyendo, se siente esperando, se conoce amando. El misterio de la ascensión, tan bello y gozoso por el hecho de que nos presenta a Cristo vuelto de nuevo al seno del Padre, nos colma al mismo tiempo el corazón de sentimientos de humildad y bondad: Jesús permanece entre nosotros hasta el fin del mundo. Sólo ha cambiado de aspecto: lo encontramos en el pobre y en el que sufre. Por ahora no lo vemos glorioso. Lo conseguiremos sólo si antes lo reconocemos con verdadero amor en su humillación, acogiéndonos los unos a los otros.
Este itinerario de salvación comenzó en 1916 con las apariciones del Ángel de la Paz, quien preparó a los pastores enseñándoles oraciones fundamentales de reparación.
Durante las apariciones de 1917, la Virgen María entregó peticiones concretas para la vida cotidiana de todo fiel. La Madre de Dios insistió en el rezo diario del Santo Rosario por la paz del mundo y solicitó que, al final de cada misterio, se añadiera la jaculatoria:
"Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu divina misericordia".
El mensaje de Fátima se completó años después con directrices específicas para alcanzar la paz. A través de Sor Lucía, la Virgen pidió la práctica de la devoción de los Cinco Primeros Sábados, que consiste en confesarse, recibir la Sagrada Comunión, rezar el Rosario y hacer quince minutos de meditación sobre sus misterios, todo ello con la intención de reparar las ofensas a su Corazón Inmaculado: (PDF: en profundidad) (libro recomendado)
1) Blasfemias contra su Inmaculada Concepción.
2) Blasfemias contra su virginidad.
3) Blasfemias contra su maternidad divina y rechazando al mismo tiempo recibirla como madre de los hombres.
4) Los que procuran públicamente infundir en los corazones de los niños la indiferencia, el desprecio y hasta el odio hacia esta Madre Inmaculada.
5) Los que la ultrajan directamente en sus sagradas imágenes.
Asimismo, solicitó la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón, realizada por el Papa en unión con los obispos del mundo, como medio para detener los errores doctrinales y la violencia.
Todas estas prácticas —la oración, la reparación y el sacrificio— convergen en la promesa que sostiene nuestra esperanza asegurándonos que el amor de Dios, a través de María, tendrá la última palabra en la historia:
"Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará".
(La frase se sitúa inmediatamente después de la visión del infierno y la petición de la devoción al Inmaculado Corazón y la consagración de Rusia. Representa la garantía de la victoria de la gracia sobre el pecado y los errores del mundo. El texto íntegro de esta revelación fue consignado por Sor Lucía en su Cuarta Memoria, escrita en 1941 por mandato del obispo de Leiría-Fátima. El entonces Cardenal Joseph Ratzinger, en el comentario teológico publicado por la Congregación para la Doctrina de la Fe en el año 2000, aclaró que el "triunfo" del Corazón de María significa que el Corazón abierto a Dios es más fuerte que las armas o el mal, reafirmando la libertad del hombre para corresponder a la gracia divina.)
No puede entenderse Fátima si no se la interpreta como la materialización de lo anunciado en el libro del Apocalipsis, capítulo 12, escrito por San Juan Evangelista, a partir de visiones que tuvo durante su estancia en la isla griega de Patmos. Allí se anuncia que “en ese tiempo una gran señal aparecerá en el cielo: Una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre Su cabeza. Está por dar a luz.”
Fátima es un hito que señala una intervención más cercana de María en estos tiempos que vive el mundo, y a la cercanía del retorno de Jesús en Gloria, representado allí como Su segundo nacimiento, nuevamente en María, Su amada Madre.
Oración: Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoramos profundamente y te ofrecemos el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación de los ultrajes con los que Él es ofendido. Por los méritos infinitos del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María, te pedimos la conversión de los pecadores. Amén. Fuente: santaclaradeestella.es
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En el "discurso de despedida", Jesús ayuda a sus discípulos a comprender el sentido y el valor de su "ir al Padre", y les consuela por la pena que esta separación produce en ellos. Ese consuelo toma el significado concreto de una salida de sí para adherirse plenamente a la voluntad de Dios. La pascua estará completa si también los discípulos hacen su éxodo como Cristo. El éxodo que deben realizar no es ya de naturaleza geográfica, sino de orden espiritual, y se condensa en una actitud de obediencia: "Si me amáis, obedeceréis mis mandamientos" (v. 15).
El amor a Jesús no es un sentimiento, sino una vida fiel a su Palabra; tampoco es un sentimiento el amor de Jesús por los hombres. El amor es una persona, es Dios mismo, es el Espíritu Santo, que une al Hijo con el Padre en la eternidad y que ha sido derramado en el corazón de los creyentes (cf. Rom 5,5). En el cuarto evangelio se designa al Espíritu con un término tomado del vocabulario forense: Paráclito, "abogado defensor" o, mejor aún -puesto que esta función era desconocida para el derecho judío-, el "testigo a favor". De ahí la traducción: "Consolador". Jesús es el primer "paráclito" enviado por el Padre: tras su partida intercederá ante Dios para que envíe "otro paráclito", que permanecerá para siempre con los suyos. El "mundo" ignora su presencia, porque no es perceptible a los sentidos, aunque quienes están atentos a las cosas de Dios la conocen.
En la vida de la Iglesia todo se mueve al son del Espíritu: él es quien ora en los que oran; él es quien guía a la verdad completa; es también él quien mueve al arrepentimiento a los que han caído en pecado y abre los corazones a la conversión; él es quien hace comprender la inefable unidad entre el Padre y Jesús, y quien introducirá en ella a los discípulos (v. 20). Su presencia es para cada hombre la prenda de la misma vida eterna (v. 19), de la manifestación plena del rostro de Dios y de la comunión total con él: "El que acepta mis preceptos y los pone en práctica, ése me ama... y me manifestaré a él" (v. 21).
En el orden cotidiano de nuestra vida no tenemos siempre presente el motivo de nuestra alegría y de nuestra esperanza. Para que eso ocurra es preciso vivir con la mirada del corazón dirigida a Cristo, que repite más veces: "Si me amáis...". Todo depende de este "si".
Sin embargo, amar es lo que más difícil nos resulta, porque prevalece en nosotros la yesca del egoísmo y del orgullo, del repliegue en nosotros mismos, por encima del impulso a ofrecernos a los otros. A menudo, víctimas de nuestro mismo egoísmo, pecamos contra Dios y contra los hermanos. El amor está herido por nuestros rechazos y por nuestras avaricias. !Cuántas veces nos encontramos haciendo cálculos o dispuestos a amar sólo hasta cierto punto, sólo si vemos alguna utilidad práctica, algún resultado efectivo; en resumidas cuentas, sólo si, en definitiva, podemos sacar alguna ganancia!
Sin embargo, es siempre el amor mismo, en su gratuidad más total, la mayor ventaja. Sólo quien ama vive de verdad. Quien no ama está en la muerte. Así se revela el misterio de la alegría. Vivir la pascua significa redescubrir cada día que estamos llamados al amor y a la comunión. Que aunque somos débiles y con frecuencia nos sentimos aplastados por muchas preocupaciones y sufrimientos, se nos conceda no perder nunca el deseo de ser testigos del amor. Que cada día podamos decirle al Seńor: "Concédeme, hoy, ser motivo de consuelo para mis hermanos, en especial para los más tristes y los que pasan por las pruebas más difíciles". "Concédeme, hoy, hacer brillar un rayo de luz en el camino de quienes no conocen la belleza de la vida". Que cada día podamos decir: he aquí la pascua. Que cada mańana podamos ponernos en camino impulsados por el Espíritu de amor, y así ya nada podrá asustarnos: hasta el dolor y la muerte se volverán acontecimientos de amor, acontecimientos pascuales, pasos a la vida nueva.