San Agustín de Hipona. 28 de agosto.

 
¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé!
   Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba, y deforme como era me lanzaba sobre las cosas hermosas por Ti creadas.
   Tú estabas conmigo, y yo no estaba contigo.
Me retenían lejos de Ti todas las cosas, aunque, si no estuviesen en Ti, nada serían.

Frases de San Agustín:

"Una lágrima se evapora, una flor sobre mi tumba se marchita, mas una oración por mi alma la recoge Dios. No lloréis, amados míos, Voy a unirme con Dios y os espero en el cielo. Yo muero, pero mi amor no muere, yo os amaré en el cielo como los he amado en la tierra. A todos los que me habéis querido os pido que roguéis por mí, que es la mayor prueba de cariño.


Cuando descubres tus faltas, Dios las cubre. Cuando las escondes, Dios las descubre. Cuando las reconoces, Dios las olvida.

Agustín nació en Tagaste el 13 de noviembre del año 354. Fue educado siguiendo los hábitos cristianos de su madre, Mónica, y, como se reveló enseguida como un joven de prometedoras cualidades, fue encaminado a la carrera de retórica. Ya desde los tiempos de estudio en Cartago estuvo marcado por una incomodidad interior que le llevaría lejos. La primera respuesta a esta sed de totalidad fue una vida mundana tejida por varios vínculos, más o menos límpidos. Ahora bien, la inquietud es también sed y búsqueda de la verdad: se apasiona con la lectura del Ortensio de Cicerón, lee la Sagrada Escritura, pero no se entusiasma con ella y acaba por adherirse al racionalismo y al materialismo de la secta de los maniqueos. Tras haber enseñado en Tagaste y en Cartago, se traslada primero a Roma (383) y después a Milán (384). Aquí su viaje espiritual da un viraje decisivo: conoce y escucha al obispo Ambrosio, revisa sus posiciones sobre la Iglesia católica, vuelve a leer la Sagrada Escritura y, en medio de la lucha entre sus antiguos hábitos de vida y los nuevos impulsos interiores, al final se abre a la luz y a la riqueza de Cristo.

Fue bautizado el año 387 por Ambrosio. Decidido a volver a África, se establece en Tagaste y funda allí su primera comunidad monástica, siguiendo el modelo de la comunidad cristiana de Jerusalén. En el año 391 fue ordenado sacerdote por el obispo Valerio, a quien en el 395 le sucede en la guía de la diócesis de Hipona. Desde entonces se dedicó por completo a la vida de la Iglesia -ministerio de la Palabra, defensa de la fe-, aunque prosigue con la experiencia de vida común con un grupo de hermanos monjes, a los que traslada al episcopio. Escribió más de doscientos libros y casi un millar de documentos, entre sermones y cartas. Murió el 28 de agosto del año 430. Hasta tal punto fue hijo de la Iglesia que se convirtió en padre... y doctor.- Oración: Renueva, Señor, en tu Iglesia el espíritu que infundiste en tu obispo san Agustín, para que, penetrados de ese mismo espíritu, tengamos sed de ti, fuente de la sabiduría, y te busquemos como el único amor verdadero. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

San Agustín, la Película

MEDITATIOLas palabras de Agustín son palabras de un amor apasionado. Una inquietud del corazón, una nostalgia y un deseo que se traducen en una búsqueda incansable, posible y fecunda sólo en el interior de una oración interminable, que es su misma existencia.

De la nostalgia del corazón asoman los rasgos de la belleza interior: un deseo de verdad y de amor que Agustín comprende como "suspiro de identidad"; es la divina semejanza. Y Agustín abre a Dios todo su ser: el pasado, el presente, el futuro, consciente de que sólo Dios puede vencer sus resistencias, sus miedos, todas sus debilidades de hombre, y satisfacer su sed. "Nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti" (Agustín de Hipona, Confesiones I, 1). A la luz de la verdad encontrada, Agustín ve con mayor claridad su pecado y la necesidad de la gracia, de la intervención divina, y comprende toda la orgullosa pretensión de su yo. Pero eso es lo que tiene lugar ahora en el corazón de su ininterrumpido diálogo con Dios, el Padre de su despertar. El Padre le ama, y nada puede apartar a Agustín de la confiada certeza de que la gracia de Cristo vencerá sobre el pecado; se restaurará en él "el orden del amor" y, con él, la bienaventuranza de la paz y de la libertad.

ORATIOA ti te invoco, Dios Verdad, en quien, de quien y por quien son verdaderas todas las cosas verdaderas. Dios, Sabiduría, en ti, de ti y por ti saben todos los que saben.

Dios, verdadera y suma vida, en quien, de quien y por quien viven las cosas que suma y verdaderamente viven. Dios bienaventuranza, en quien, de quien y por quien son bienaventurados cuantos hay bienaventurados.

Dios, Bondad y Hermosura, principio, causa y fuente de todo lo bueno y hermoso. Dios, Luz inteligible, en ti, de ti y por ti luce inteligiblemente todo cuanto inteligiblemente luce. Dios, cuyo Reino es todo el mundo, que no alcanzan los sentidos. Dios, la ley de cuyo Reino también en estos reinos se describe. Dios, de quien separarse es caer, a quien volver es levantarse, permanecer en ti es hallarse firme. Dios, darte a ti la espalda es morir, volver a ti es revivir, morar en ti es vivir. Dios, a quien nadie pierde sino engañado, a quien nadie busca sino avisado, a quien nadie halla sino purificado. Dios, dejarte a ti es perderse, seguirte a ti es amar, verte es poseerte.

Dios, a quien nos despierta la fe, levanta la esperanza, une la caridad. Te invoco a ti, Dios, por quien vencemos al enemigo. Dios, por cuyo favor no hemos perecido nosotros totalmente. Dios que nos exhortas para que vigilemos.

Dios, por quien discernimos los bienes de los males. Dios, por quien evitamos el mal y seguimos el bien. Dios, por quien no sucumbimos a las adversidades.

Dios, a quien se debe nuestra buena obediencia y buen gobierno. Dios, por quien aprendemos que es ajeno lo que alguna vez creímos nuestro y nuestro lo que creímos ajeno. Dios, gracias a ti superamos los estímulos y halagos de los malos. Dios, por quien las cosas pequeñas no nos empequeñecen. Dios, por quien lo mejor de nosotros no está sujeto a lo peor. Dios, por quien la muerte será absorbida con la victoria. Dios, que nos conviertes.

Dios, que nos desnudas de lo que no es y vistes de lo que es. Dios, que nos haces dignos de ser oídos. Dios, que nos defiendes. Dios, que nos guías a toda verdad.

Dios, que nos muestras todo bien, dándonos la cordura y librándonos de la estulticia ajena. Dios, que nos vuelves al camino. Dios, que nos llevas hasta la puerta. Dios, que haces que sea abierta a los que llaman. Dios, que nos das el Pan de la vida. Dios, que nos das la sed de la bebida que nos sacia. Dios, que arguyes al mundo de pecado, de justicia y juicio. Dios, por quien no nos arrastran los que no creen. Dios, por quien reprobamos el error de los que piensan que las almas no tienen ningún mérito delante de ti. Dios, por quien no somos esclavos de los serviles y pobres elementos. Dios, que nos purificas y preparas para el divino premio, acude propicio en mi ayuda (Agustín de Hipona, Soliloquios I, 3). 

CONTEMPLATIONo con conciencia dudosa, sino cierta, Señor, te amo yo. Heriste mi corazón con tu palabra y te amé. Mas también el cielo y la tierra y todo cuanto en ellos se contiene he aquí que me dicen de todas partes que te ame; ni cesan de decírselo a todos, a fin de que sean inexcusables.

Sin embargo, tú te compadecerás más altamente de quien te compadecieres y prestarás más tu misericordia con quien fueses misericordioso: de otro modo, el cielo y la tierra cantarían tus alabanzas a sordos.

Y qué es lo que amo cuando yo te amo? No belleza de cuerpo ni hermosura de tiempo, no blancura de luz, tan amable a estos ojos terrenos; no dulces melodías de toda clase de cantilenas, no fragancia de flores, de ungüentos y de aromas; no manas ni mieles, no miembros gratos a los amplexos de la carne: nada de esto amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo cierta luz, y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto amplexo, cuando amo a mi Dios, luz, voz, fragancia, alimento y amplexo del hombre mío interior, donde resplandece a mi alma lo que no se consume comiendo, y se adhiere lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios (Confesiones X, 6,8).

En Agustín no vivió un solo hombre: vivió en él la criatura de carne y hueso, de nervios y sangre, con su desarrollo misterioso, múltiple; vivió el escritor, conjuntamente sumo escritor, sumo filósofo, sumo teólogo, y sobre cualquier otra cosa poeta sumo de los afectos y de las verdades; vivió el cristiano y el monje, el sacerdote y el obispo, el santo. Recibió de Dios toaos los clones más altos: una juventud tempestuosa, la palabra creadora, el silencio inenarrable de la oración, la fuerza necesaria para gobernar su ánimo en la navegación ultraterrena y en el aura de lo divino. Experiencia de hijo y de padre, de pecador desbandado y de obispo muy rígido, de escolar y profesor y, por tanto, de maestro de su pueblo y de todo el Occidente; de mundano y de monje, de escritor y de filósofo, de polemista y de amigo, de pensador y de contradictor y orador.

En todos esos pasajes no perdáis nada de su riquísima y potentísima humanidad: todo lo llevó consigo y lo fundió en el ardor y en la luz única de su santidad doloroso y extática. Amó, y de su experiencia de amor surgirá un amor a Dios, tal vez el más elevado que jamás haya salido de corazón humano [...].

Cuando moría Agustín en su ciudad asediada, no moría nada: nacía, para él, en los cielos amados sin paz y deseados sin tregua; nacía, para nosotros, en nuestra historia y en nuestra alma. Desde aquel día hay algo de agustiniano tanto en la historia de todos los hombres como en la historia de cada uno de ellos (G. de Luca, Sant'Agostino. Scrítti d'occasioneGracias a: Santa Clara de Estella


Santa Mónica, madre de San Agustín. 27 de agosto.

Santa Mónica, madre de San Agustín. 27 de agosto.

Mónica nació en Tagaste, la actual Souk Aliarás (Argelia), el año 331 o 332, en el seno de una familia cristiana y de buena condición social. Siendo aún adolescente, fue entregada como esposa a Patricio, que todavía no era cristiano. Tenía éste un modesto patrimonio y era miembro del consejo municipal de Tagaste. Mónica era una mujer africana del bajo imperio romano, madre de uno de los más grandes padres de la Iglesia, San Agustín. Era, podríamos decir, una mujer paleocristiana, muy alejada de nosotros en el tiempo y, sin embargo, enormemente actual. "Con traje de mujer, fe de varón, seguridad de anciana, caridad de madre y piedad cristiana[Confesiones IX, 4,8), se ganó a su marido para Cristo y obtuvo también la conversión del "hijo de tantas lágrimas". Estuvo presente en el bautismo de Agustín en Milán y participó de una manera activa en su primera experiencia monástica en Cassiciaco. Mientras regresaba a África con su hijo y los amigos de éste, murió en Ostia Tiberina, cerca de Roma, antes del 13 de noviembre de 387. Dos semanas antes de que esto se produjera, madre e hijo tuvieron el dulce éxtasis de Ostia": "Y mientras hablábamos y suspirábamos por ella [la Sabiduría], llegamos a tocarla un poco con todo el ímpetu de nuestro corazón; y suspirando y dejando allí prisioneras las primicias de nuestro espíritu". 
Oración : 
Oh Dios, consuelo de los que lloran, que acogiste piadosamente las lágrimas de santa Mónica impetrando la conversión de su hijo Agustín, concédenos, por intercesión de madre e hijo, la gracia de llorar nuestros pecados y alcanzar tu misericordia y tu perdón. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 

MEDITATIO: Mónica es una "santa"; por tanto, una "mujer" verdadera. En ella convergen y se encarnan la belleza virginal de la "mujer virtuosa" del libro del Eclesiástico y la materna compasión de la "viuda" del Nuevo Testamento, que convierte su vida en una intercesión por la vida de su hijo. La santidad de Mónica nos lleva al corazón de la vocación y de la misión de la mujer. Esta misión de "guardián del hombre" la realizó Mónica a fondo. Hizo frente con una gran dignidad e inteligencia, con esa "genialidad absolutamente femenina", a las dificultades de una convivencia matrimonial con un hombre "pagano" dotado de un carácter muy difícil, "al que -dice de manera cruda Agustín- "fue entregada(Confesiones IX, 9,19). Sin perder nunca el gusto por el bien, incluso en las adversidades (un arte más que difícil), "se esforzó por ganarle para ti, hablándole de ti con sus costumbres, con las que la hacías hermosa y reverentemente amable y admirable ante sus ojos".

Desplegando "las grandes energías del espíritu femenino", sostuvo, con las lágrimas y la oración de una vida totalmente consagrada a Dios, una verdadera y propia lucha por la fe de su hijo Agustín. La lucha que es "la lucha a favor del hombre, de su verdadero bien, de su salvación [...], la lucha por su fundamental "sí" o "no" a Dios y a su designio eterno sobre el hombre{Mulieris dignitatem VIII, 30).

El mismo Agustín, que también fue su mayor biógrafo, dirá más tarde de ella: "Creo sin la menor incertidumbre que por tus oraciones, madre, Dios me concedió no querer, no pensar, no amar otra cosa que la consecución de la verdad". Mónica es la madre, por tanto, de una "doble maternidad": "Me engendró en la carne, para que naciera a la luz temporal, y en su corazón, para que naciera a la luz eterna{Confesiones VIII, 17).

Si, en la relación hombre-mujer, la mujer representa el punto de encuentro de la humanidad con Dios, precisamente por la humanidad de que es portadora, en Mónica, en su ser madre en plenitud, la paternidad de Dios ha podido actuar con una maravillosa alianza.

 ORATIO: Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y abráseme en tu paz.

!Oh casa luminosa y bella!, amado de tu hermosura y el lugar donde mora la gloria de mi Señor, tu hacedor y tu poseedor. Por ti suspire mi peregrinación, y dígale al que te hizo a ti que también me posea a mí en ti, porque también me ha creado en ti. [...] Acordándome de Jerusalén, alargando hacia ella, que está arriba, mi corazón, de Jerusalén la patria mía, de Jerusalén la de mi madre, y de ti, su Rey sobre ella, su iluminador, su padre, su tutor, su marido, sus castas y grandes delicias, su sólida alegría y todos los bienes inefables, a un tiempo todos; porque tú eres el único, el sumo y verdadero bien. Que no me aparte más de ti hasta que, recogiéndome, cuanto soy, de esta dispersión y deformidad, me conformes, y confirmes eternamente, !oh Dios mío, misericordia mía{Confesiones X, 27,38; XII, 16, 21.23).

 CONTEMPLATIO: Estando ya inminente el día en que había de salir de esta vida -que tú, Señor, conocías y nosotros ignorábamos-, sucedió a lo que yo creo, disponiéndolo tú por tus modos ocultos, que nos hallásemos solos yo y ella apoyados sobre una ventana, desde donde se contemplaba un huerto o jardín que había dentro de la casa, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de las turbas, después de las fatigas de un largo viaje, cogíamos fuerzas para la navegación.

Allí solos conversábamos dulcísimamente, y olvidando las cosas pasadas, ocupados en lo por venir, nos preguntábamos los dos, delante de la verdad presente, que eres tú, cuál sería la vida eterna de los santos, que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre concibió.

Abríamos anhelosos la boca de nuestro corazón hacia aquellos raudales soberanos de tu fuente -de la fuente de vida que está en ti- para que, rociados según nuestra capacidad, nos formásemos de algún modo una idea de algo tan grande. Y como llegara nuestro discurso a la conclusión de que cualquier deleite de los sentidos carnales, aunque sea el más grande, revestido del mayor esplendor corpóreo, ante el gozo de aquella vida no sólo no es digno de comparación, sino ni siquiera de ser mencionado, levantándonos con un afecto más ardiente hacia el que es siempre el mismo, recorrimos gradualmente todos los seres corpóreos, hasta el mismo cielo, desde donde el sol y la luna envían sus rayos a la tierra.

Y subimos todavía más arriba, pensando, hablando y admirando tus obras; y llegamos hasta nuestras almas y las sobrepasamos también, a fin de llegar a la región de la abundancia  que no se agota, en donde tú apacientas a Israel eternamente con el pasto de la verdad, y la vida es la Sabiduría, por quien todas las cosas existen, tanto las ya creadas como las que han de ser, sin que ella lo sea por nadie; siendo ahora como fue antes y como será siempre, o más bien, sin que haya en ella fue ni será, sino sólo es, por ser eterna, porque lo que ha sido o será no es eterno. Y mientras hablábamos y suspirábamos por ella, llegamos a tocarla un poco con todo el ímpetu de nuestro corazón; y suspirando y dejando allí prisioneras las primicias de nuestro espíritu, regresamos al estrépito de nuestra boca, donde el verbo humano tiene principio y fin, en nada semejante a tu Verbo, Señor nuestro, que permanece en sí sin envejecer, y renueva todas las cosas (Confesiones IX, 10,23-24,passim).

LECTURA ESPIRITUAL: Entre finales de octubre y primeros de noviembre del año 386 se retiró Agustín con su madre, Mónica, su hermano Navigio, su hijo Adeodato, su amigo Alipio [...] a la villa de su amigo Verecundo en Cassiciaco. En la paz campestre de Brianza, entre el susurrar de las hojas y de los arroyos, con los Alpes como paisaje, se preparó Agustín para el bautismo. La comitiva africana vivía en un clima de intensa espiritualidad, ocupando gran parte de su tiempo en disputas de filosofía, de una filosofía sometida ahora a la fe y deseosa de conocer su contenido.

En esta comitiva, Mónica hacía un poco de madre de todos, hacía unas veces de solícita y enérgica ama de casa, otras de maestra sabía y experta. Cuando los que discutían se olvidaban de comer, Mónica les invitaba a hacerlo y, si era necesario, les impulsaba con tanta fogosidad que les obligaba a interrumpir la discusión. Cuando la invitaban a tomar parte en la misma discusión, daba respuestas tan discretas que suscitaba la admiración de todos. Como cuando declaró que la verdad es el alimento del alma; o, sin saberlo, definió la felicidad con las mismas palabras de Cicerón; o sostuvo que sin sabiduría nadie puede ser feliz; o recordó, por último, que sólo la fe, la esperanza y la caridad pueden conducirnos a la vida bienaventurada.

Agustín, que estaba alegremente sorprendido de tanta sabiduría, afirma que su madre ha "alcanzado la cumbre de la filosofía" y se declara discípulo suyo. La "filosofía" de Mónica es la sabiduría del Evangelio, una sabiduría que no ha conquistado con el estudio, sino con la virtud, la oración, la docilidad al Espíritu. La posee ahora en un grado eminente. Es intrépida. No teme ni la desventura ni la muerte. A saber: ha llegado a una disposición interior dificilísima, aunque importantísima, que constituye -por consenso unánime- la cima de la sabiduría. Rica de amor a Dios y al prójimo, que es el fundamento de la sabiduría evangélica, puede prescindir de la ciencia de los filósofos y recoger sus frutos. Por eso Agustín se declara discípulo suyo y confía a las oraciones de ella la consecución del ideal de sabiduría al que aspira (A. Trape, S. Agostino. Mia madre). Gracias a Santa Clara de Estella.org 

La Asociación de madres cristianas Santa Mónica (vinculada a la tradición de los Agustinos Recoletos) tiene como misión principal crear una red de apoyo espiritual y sostén humano entre mujeres para velar por la protección, la fe y el bienestar de los hijos y las familias.

Inspiradas en la figura de Santa Mónica, su labor se articula en tres pilares:

  • Oración de intercesión y cadena comunitaria: Se organizan en pequeños grupos (denominados «coros» de siete madres, asignando un día a cada una) con el compromiso de orar a diario no solo por sus propios hijos, sino también por los de sus compañeras.

  • Acompañamiento en momentos de crisis: Actúan como un espacio de acogida, escucha y consuelo para madres que atraviesan situaciones difíciles con sus hijos (pérdida de valores, problemas de conducta, adicciones o distanciamiento familiar).

  • Transmisión de valores en el hogar: Buscan fortalecer la armonía familiar fomentando la paciencia, la fe, la serenidad y la comunicación en el ámbito doméstico.

Su tarea en la sociedad combina la fe con la acción comunitaria, ofreciendo una red solidaria para que ninguna madre tenga que afrontar en soledad las dificultades o preocupaciones del entorno familiar.

Información y contacto de Madres Mónicas

San Agustín de Hipona. 28 de agosto.

Reflexiones y poemas sobre el desamor. Artículo.

Cuando pienso en la espiritualidad en la que me crie, no puedo estar más agradecido. Ninguna espiritualidad es perfecta, pero lo que he recibido a través de nuestra rica tradición cristiana se mantiene firme ante los retos de la vida y de la fe. Con todo, si tuviera que ponerle una pega, sería esta: a pesar de toda su riqueza, la espiritualidad cristiana no siempre nos ha dado permiso para asumir y convivir con nuestra propia complejidad. Al menos en su expresión popular, no siempre se ha tomado en serio lo complicado que resulta ser una persona humana.

No es tarea fácil. Como escribe Nicole Krauss en su novela La historia del amor, vivimos con la «insoluble contradicción de ser animales condenados a la autorreflexión y seres morales condenados a los instintos animales». Sí, somos criaturas de barro que llevan dentro el aliento de Dios.

En lo más hondo de nuestro ser llevamos la imagen y semejanza de Dios, pero no debemos imaginárnoslo como un icono bonito grabado en nuestra alma. No. Es fuego, fuego divino. En cada uno de nosotros hay un soplo de infinitud que nos mantiene en una inquietud innata, nos despierta anhelos que jamás podremos colmar en esta vida y, como dice el libro bíblico del Eclesiastés (Qohelet), nos deja siempre desacompasados respecto a las estaciones. Como dejó escrito san Agustín en su famosa frase: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Como seres humanos, somos patológicamente complejos e inquietos.

Y así es como se puede manifestar todo esto en una vida de fe.

Cuando lees Historia de un alma, de santa Teresa de Lisieux, descubres una paradoja, casi una contradicción. Por un lado, encarna de maravilla lo que debe ser el desapego cristiano; es todo un modelo de entrega y olvido de sí misma. Sin embargo, también está muy apegada a ciertas cosas, como a su familia, y podía caer en un pequeño bajón anímico si sus familiares faltaban a una visita. Teresa fue una mujer compleja, no una santa sin luchas interiores; y su forma honesta de compartir esas dificultades es una de las razones por las que sus escritos llegan tan hondo.

Lo mismo le ocurre al célebre científico, escritor espiritual y místico Pierre Teilhard de Chardin. Así se definía a sí mismo (con palabras que venían a decir esto): «Nací en este mundo con dos grandes amores: el amor a Dios y el amor al mundo. Cuando pienso en Dios, me falta el aliento; pero cuando contemplo el mundo y su belleza pagana, también me quedo sin respiración. Mi vida es una lucha continua entre arrodillarme ante lo divino y arrodillarme ante lo pagano».

Planteo este marco para presentar y recomendar un libro reciente de Maria Shriver: I Am Maria – My Reflections and Poems on Heartbreak, Healing, and Finding Your Way Home (Soy María: Mis reflexiones y poemas sobre el desamor, la sanación y el camino de vuelta a casa).

Muchos conocemos a Maria Shriver por pertenecer a la conocida familia Kennedy y por haber sido primera dama de California; pero estas memorias nos la muestran desde una perspectiva muy distinta. No se trata del libro de una famosa apoyándose en su popularidad, sino de una obra profunda: en la práctica, una Historia de un alma contemporánea.

Shriver da voz a la lucha de un alma sensible al compartir su propio camino, tanto de mujer de mundo como de mujer de fe. Al igual que Teresa de Lisieux, vive un desapego sano aun aferrándose a ciertas cosas terrenales. Como a Teilhard de Chardin, Dios y la fe le cortan la respiración al mismo tiempo que lo hacen algunos consuelos de esta vida terrena. Se toma en serio tanto su cuerpo como su espíritu y pone nombre, con absoluta sinceridad, a las tensiones que eso le genera. Muestra una piedad profunda a la par que un espíritu sanamente iconoclasta. Lleva muy bien esas tensiones.

Su camino es de esperanza y realismo al mismo tiempo. Por ejemplo, cierra su poema Mi meditación matutina con estos versos:

Claro que hay cosas que me asustan, como quedarme sola el resto de mi vida,
pero si eso pasa, que así sea.
Seguiré rodeándome de belleza
para poder conectar con lo bello, lo espiritual, la parte femenina de mi ser.

Carl Rogers sugería que «lo más personal suele ser lo más universal». Shriver comparte luchas íntimas y profundas en las que nos reconocemos enseguida. Y tiene un tacto de artista al hacerlo: honda e íntima, sin caer jamás en el exhibicionismo. No te hace apartar la mirada en ningún momento, señal inequívoca de una buena escritora.

La primera vez que leí a Henri Nouwen tuve la sensación de encontrarme conmigo mismo: «¿Cómo me conoce tan bien? ¿Está escribiendo solo para mí?». Si eres de los que conviven con la sensibilidad a flor de piel, tendrás esa misma sensación al leer el libro de Shriver.

Alguien dijo una vez sobre la añorada cantante Karen Carpenter que, cuando la escuchabas cantar, parecía que lo hacía solo para ti, hablándote directamente al oído. El libro de Maria Shriver te dejará exactamente esa misma impresión. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos








Domingo XXI  del Tiempo Ordinario


Jesús se encuentra en un extremo del territorio —en la ciudad de Cesarea, fundada por el tetrarca Herodes Filipo, a unos 40 kilómetros al norte del lago Tiberiades— con los discípulos  e, interesado por la opinión que se habían ido formando de él, los <<sondea>>. La gente cree que es un profeta, un título, en aquel entonces, con una clara referencia mesiánica. Tanto es así que <<algunos>> lo consideraban como de los antiguos profetas, que ha resucitado" (cf Lc 9,19) o hasta el mismo Juan el Bautista, <<que ha resucitado de entre los muertos>> (cf Mt 14,2). Esta es la opinión de la gente, y vosotros —enfatiza el Seńor- quién decís que soy yo?> Toma la palabra Simon Pedro, como portavoz del grupo, quien manifiesta tener pleno conocimiento no solo del mesianismo, sino de la divinidad de Cristo. Es verdad que los evangelios han sido escritos después de que los acontecimientos se hayan producido; sin embargo, la bienaventuranza pronunciada por Cristo (<<dichoso tú>) y la razón ofrecida (<<porque eso...>>) testimonian la importancia del reconocimiento: Pedro, desde el principio, es confirmado en el nuevo encargo con el cambio de nombre, Cefas, en arameo, totalmente desconocido hasta entonces (Mt 4,18; cf Jn 1,42).

El reconocimiento de Simon Pedro de la verdadera identidad de Cristo seńala el momento culminante de la experiencia de los apóstoles y de la Iglesia, que tiene en Cristo su fundamento. Pedro, según el texto del cuarto evangelio (6,69), <<cree y conoce>> que Jesús de Nazaret es << es el santo de Dios>>, el consagrado por excelencia, el Mesías—Cristo. Las consecuencias de tal reconocimiento han marcado una historia bimilenaria y todavía activa. Sobre todo, subraya que reconocer a Cristo es fruto de la revelación del Padre acogida con Espíritu de fe (!creído y conocido!). En segundo lugar, un acto semejante es, a su vez, fuente de aquella bienaventuranza que le concede al testimonio cristiano empuje y alegría. En tercer lugar es sobre la roca de Pedro y los apóstoles donde tiene el fundamento la comunidad de Jesús, el nuevo y universal pueblo de Dios. Contra él resultaran impotentes las fuerzas de la muerte (<<las puertas del infierno>>, en el lenguaje bíblico). Pedro y los apóstoles (cf Mt 18,18) ejercen el poder de Cristo (cf Ap 1,18), la triple tarea de gobernar (<<atar>> y <<desatar>>), santificar y enseńar. El estupor de Pablo ante los designios divinos bien puede equipararse al episodio evangélico de la investidura de Pedro y la constitución de la Iglesia como una comunidad cimentada sobre la roca de la fe y -lo recuerda Juan al final del evangelio- del amor.


Concédele a tu Iglesia, Seńor,

que no alimente actitudes soberbias,

sino servicios humildes, agradables a ti.

Que desdeńe el mal

y practique cuanto es recto

con amor y plena libertad













Santa María Reina y Madre.

Dios te salve, Reina y Madre... Reina de los ángeles, Reina de los patriarcas, Reina de los profetas, Reina de los apóstoles, Reina de los mártires, Reina de los que viven su fe, Reina de los que se conservan castos, Reina de todos los santos, Reina concebida sin pecado original, Reina elevada al cielo, Reina del Santísimo Rosario, Reina de la familia, Reina de la paz... y Reina de mi corazón. Madre de Dios y madre nuestra.

María quiso ser Virgen. Y Dios aceptó su deseo y la enriqueció con la maternidad divina, sin perder la virginidad. María nunca pensó en ser Reina. Pero Dios la colocó por encima de todos los coros celestiales, y los hombres de todos los siglos la aclaman como «Reina y Madre» en la «Salve». Y en la letanía lauretana, el título de Reina es la más reiterada proclamación.

Las letanías de la Virgen dejan de ser invocaciones suplicantes para hacerse en el cielo clamores de triunfo. Madre del Salvador, Virgen Poderosa, Espejo de justicia, Rosa mística... Resuena el Avemaría. ¡Dios te salve, llena de gracia...! El final se ha suprimido para siempre, porque en la gloria ya no hay «pecadores, y «la hora de la muerte» pasó ya.

Dios Padre recibe a su hija. Dios Espíritu Santo acoge a su esposa. Dios Hijo dice: «Ven Madre mía. Niño era, y me alimentabas y vestías... Tuve hambre y me diste de comer. Sed, y la apagaste. Después vinieron treinta años de vida oculta en Nazaret, la vida pública, la Cruz... Para ti, como para mí, no faltaron penalidades para así entrar en la gloria del Padre».

Éxtasis de humildad en apoteosis de triunfo

Ahora se entreabre el cielo... Los desterrados de la tierra perciben a lo lejos la sinfonía suavísima de un rumor que se hace imponente. Enajenada de amor y gratitud a María, la Iglesia peregrina y crucificada se agrega jubilosa al coro de la gloria. Llena de ilusión y esperanza, exclama: «Los desterrados hijos de Eva, a ti suspiramos, en ti confiamos... Muéstranos a Jesús después de este destierro... Ruega por nosotros,..

Cesan los cánticos y la Virgen tararea rebosando gratitud estrofas de su himno predilecto: «Glorifica mi alma al Señor y salta de gozo mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque hizo en mí cosas grandes el Todopoderoso». Es el éxtasis de la humildad en la apoteosis del triunfo.

Después de este destierro, muéstranos a Jesús

Jesús subió al cielo el día de la Ascensión, María es elevada a la gloria en su Asunción. Nosotros entraremos también el día de nuestro triunfo. Pensamos muy poco en esta recompensa eterna. El Evangelio para algunos es un quita alegrías. Acervo de múltiples prohibiciones que hipotecan la libertad.

Muchos más bríos sentiríamos al pensar en la felicidad futura para conformarnos con la voluntad de Dios Padre... Miremos no sólo el camino, sino la meta final. La ruta es pedregosa y empinada, pero el fin es esplendoroso. «Poco durará la batalla, pero el fin es eterno... Allí todo se nos hará poco lo que se ha padecido, o nada en comparación de lo que se goza» (Santa Teresa).

»Canta y camina» (San Agustín). En el cielo está preparado tu trono. La palma está a punto. Un poco de paciencia todavía... Llegaremos al tránsito definitivo como hemos llegado al fin de tal año, que nos parecía tan largo. Salvaremos la última etapa como tantas otras dejadas atrás...

Pasará la gran tribulación de la tierra (cf. Ap 7, 14), Este mundo de dolores y muerte dará paso a un universo nuevo. «Nuevos cielos, nueva tierra» (2P 3, 13), en que Dios «será Todo en todos» (cf. 1Co 15, 28).

Canta mientras caminas, mirando a María... 'Hoy, la Virgen Inmaculada, limpia de todo afecto de tierra, llena de pensamientos de cielo, no volvió a la tierra. Siendo ya un cielo animado aquí, es llevada a los celestiales tabernáculos... ¿Cómo iba a morir aquélla de la que nació la Vida para todos? ¿Cómo iba a corromperse el cuerpo que albergó la Vida? Cristo, Verdad y Vida, dijo: Donde yo estoy, allí estará mi servidor. Luego, con mayor razón, la Virgen tenía que estar donde él estuviese" (San ,luan Damasceno).

La fiesta de María Reina fue instituida por el papa Pío XII. La reforma del Calendario Romano de Pablo VI decidió que se celebrara, con rango de memoria obligatoria, el 22 de agosto, octava de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos. Fiesta litúrgica instituida por el Papa Pío XII en 1954 al coronar a la Virgen en la Basílica de Santa María la Mayor, Roma (Italia)Tomás Morales, S. J.

Salve, Reina de los Cielos
y Señora de los ángeles;
salve raíz, salve puerta,
que dio paso a nuestra luz.
Alégrate, Virgen gloriosa,
entre todas la más bella;
salve, agraciada doncella,
ruega a Cristo por nosotros. Amén.

Pluma de Escriba. Hakuna. Salmo 44.

Me brota el corazón Un poema bello Recito mis versos a un rey Mi lengua es ágil pluma de escribano Eres el más bello de los hombres En tus labios se derrama la gracia El señor te bendice eternamente Ciñete al flanco la espada Valiente es tu gala y tu orgullo Cabalga victorioso Por la verdad y la justicia Tu diestra te enseñe a realizar proezas Tu flechas son agudas Los pueblos se te rinden Se acobardan los enemigos del rey Tu trono, Oh Dios os permanece para siempre Centro de rectitud es tu cetro real Has amado la justicia y odiado la impiedad Por eso el Señor tu Dios Te ha ungido con aceite de júbilo Entre todos tus compañeros A mirra, áloe y acacia Huelen tus vestidos Desde los palacios de marfiles Te deleitan las arpas Hijas de reyes salen Salen a tu encuentro De pie a tu derecha esta la reina Enjoyada con oro de ofir Escucha, hija, mira Inclina el oído Olvida tu pueblo y la casa paterna Prendado esta el rey de tu belleza Póstrate ante el que él es tu Señor La ciudad de Tiro viene con regalos Los pueblos más ricos Buscan tu favor Ya entra la princesa Bellísima vestida de perlas y brocado La llevan ante el rey con séquito de vírgenes La siguen sus compañeras Las traen entre alegría y algazara Va entrando en el palacio real A cambio de tus padres tendras hijos Que nombrarás príncipes por toda la tierra Quiero hacer memorable tu nombre Por generaciones y generaciones Y los pueblos te alabarán Por los siglos de los siglos

Espiritualidad y serenidad. Artículo.

 

Espiritualidad y serenidadHay algo en nosotros que no termina de sentirse satisfecho con lo ordinario. Hay algo en la vida cotidiana que nos hace pensar que las rutinas predecibles, los ritmos del hogar y el cumplimiento del deber nos pesan, nos engullen y nos dejan anclados lejos de las aguas más gratificantes de la pasión, el romance, la creatividad, la danza y la fiesta.

A menudo demonizamos lo cotidiano. Recuerdo a una joven, alumna mía, que confesó en clase que su mayor temor en la vida era sucumbir a lo ordinario: «¡Acabar siendo una ama de casa y madre feliz, haciendo encantada anuncios de detergente!».

Si eres artista o tienes temperamento artístico, es muy probable que conozcas bien este sentimiento; es una de las inclinaciones propias del arte. Doris Lessing, por ejemplo, comentó en una ocasión que George Eliot habría sido mejor escritora «si no hubiera sido tan moral». Lo que Lessing sugería es que Eliot se mantuvo demasiado anclada en lo cotidiano, demasiado protegida, demasiado segura y demasiado alejada del límite.

Kathleen Norris, en su obra biográfica La virgen de Bennington, cuenta cómo de joven escritora cayó en las redes de esta misma idea: «Pensaba que los artistas eran demasiado serios para llevar una vida cuerda y normal. Arrastrados por fuerzas inexorables en un mundo indiferente, estaban destinados a una lucha inevitable, a veces letal, pero siempre ennoblecedora, contra la oscuridad y el desánimo».

¡Una lucha ennoblecedora contra la oscuridad y el desánimo! Ciertamente suena seductor, sobre todo para quienes nos consideramos artísticos, intelectuales o espirituales. Por eso, cualquier día de estos podemos llegar a sentir cierta compasión condescendiente hacia quienes alcanzan una dicha sencilla. «Qué fácil para ellos —pensamos—, ¡pero se están conformando con muy poco!». Es el artista que llevamos dentro el que habla. ¡Al fin y al cabo, nunca se ha visto a un artista haciendo un anuncio de detergente!

No me malinterpretéis. Nada de esto es malo del todo. El propio Jesús dijo que no solo de pan vive el hombre, y ningún artista necesita que se lo expliquen. Sabe perfectamente que una rutina segura, cumplir con el deber diario y tener la hipoteca pagada no bastan por sí solos para traernos el cielo. Necesitamos el pan, pero también la belleza, el color y la fiesta.

Doris Lessing, que fue una grandísima escritora, se afilió al partido comunista de joven, pero lo abandonó al madurar. ¿Por qué se fue? Una sola frase lo resume todo. Decía que dejó el partido «¡porque no creían en el color!».

Jesús nos asegura que la vida no está pensada para vivirla en blanco y negro; es decir, como un ciclo sin fin de levantarse, ducharse, ir a trabajar, cumplir responsablemente, volver a casa, cenar, dejar todo listo para el día siguiente e irse de nuevo a la cama.

Y, sin embargo, hay mucho que agradecer a esa rutina aparentemente gris. El ritmo de lo cotidiano es, a fin de cuentas, la fuente más profunda de la que mana la alegría y el sentido. Kathleen Norris, tras relatar su tentación juvenil de esquivar lo ordinario para entregarse a esa lucha ennoblecedora contra el desánimo, cuenta cómo una gran mentora, Betty Kray, la ayudó a no caer en esa trampa. Kray la animó a escribir desde la alegría tanto como desde la pena y a «descartar el romanticismo de la locura por ser un engaño». Como lo expresa la propia Norris: «Se esforzó por convencerme de lo que sus amigos ingresados por trastornos mentales sabían de sobra: que el aprecio puro y sencillo por las cosas ordinarias del día a día es un tesoro sin igual en la tierra».

A veces es otro tipo de maestro el que nos enseña esta lección. Cuando recuperamos la salud y las fuerzas tras una enfermedad que nos apartó del trabajo y de nuestras rutinas habituales, nada resulta tan dulce como regresar a lo sencillo: el trabajo, la rutina, lo normal del día a día. Solo cuando nos lo quitan y nos lo devuelven nos damos cuenta de que el aprecio puro y sencillo por lo cotidiano es el verdadero tesoro.

Aun así, los artistas no están del todo equivocados. Lo ordinario puede pesarnos y mantenernos alejados de las aguas más profundas de la creatividad, el romance, el color y esa chispa viva que nos invita a bailar. Pero, dicho esto, las anclas y el peso también tienen una función valiosa: evitan que la corriente nos arrastre. Afianzan nuestra cordura y nos mantienen firmes. El ritmo de lo cotidiano es, tal vez, el ancla más poderosa que tenemos para conservar el equilibrio.

Paul Simon, en una canción de los años setenta titulada An American Tune, canta sobre cómo afrontar la confusión, los errores, la traición y otros golpes que rompen nuestra inocencia. Y concluye esa balada melancólica de manera muy serena con estas palabras: «Aun así, mañana será otro día de trabajo y solo intento descansar un poco. Eso es todo lo que intento: descansar un poco».

Obedecer a esa necesidad nos ayuda a mantener los pies en la tierra. Hay una inmensa hondura en ser una persona sencilla y satisfecha, arraigada en los ritmos cotidianos, que al terminar la jornada solo busca descansar un poco. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

San Bernardo.

“En los peligros, en las angustias, en las incertidumbres, piensa en María, invoca a María.
Que Ella no se aparte nunca de tus labios, que no se aparte nunca de tu corazón; y para que obtengas la ayuda de su oración, no olvides nunca el ejemplo de su vida. Si la sigues, no puedes desviarte; si le rezas, no puedes desesperar; si piensas en ella, no puedes equivocarte.
Si ella te sostiene, no caes; si ella te protege, no tienes que temer; si ella te guía, no te cansas; si ella te es propicia, llegarás a la meta. 
Fuente  /  Frases.  / San Bernardo de Claraval

San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia

        Abad y doctor de la Iglesia, uno de los padres de la Orden Cisterciense. Nació en el castillo de Fontaines-les-Dijon (Francia), el año 1090, de familia noble. Recibió una piadosa educación, y el año 1111 entró con 30 compañeros en el monasterio de Cîteaux (Borgoña, Francia), recién fundado. Poco después lo eligieron fundador y primer abad del monasterio de Claraval, en el departamento francés de Aube, donde permaneció hasta su muerte. Fue un monje contemplativo y de actividad desbordante al servicio de la Iglesia en la que promovió una vida más evangélica, formador de monjes y reformador de comunidades religiosas, consejero de papas y obispos, predicador insigne y escritor lleno de sabiduría y unción. Recorrió Europa para restablecer la paz y la unidad. Con su vida y sus escritos ejerció una enorme influencia en la vida y espiritualidad cristiana de su tiempo y de los siglos posteriores, e inspiró un devoto afecto a la humanidad de Cristo y a la Virgen Madre. Murió el 20 de agosto de 1153.- 

Oración: Señor, Dios nuestro, tú hiciste del abad san Bernardo, inflamado en el celo de tu casa, una lámpara ardiente y luminosa en medio de tu Iglesia; concédenos, por su intercesión, participar de su ferviente espíritu y caminar siempre como hijos de la luz. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Cuenta una leyenda que San Bernardo tenía la costumbre de saludar a cualquier imagen de la Virgen María con una reverencia y con un "Salve María"... un día rezando en el claustro, pasó ante una imagen de María y tras su acostumbrado saludo, la Virgen le contestó "Salve Bernardo"

Algunos dichos de san Bernardo:

"El motivo para amar a Dios es Dios mismo".

"A Dios le buscamos con el deseo".

"No buscarías a Dios si antes no hubieras sido buscado por él, ni amarías a Dios si antes no hubieras sido amado por él".

"Dios mismo infunde en el alma el deseo, que no es otra cosa más que una inspirada avidez de santo amor".

"Quien se adhiere a Dios forma un solo espíritu con él".

"La obediencia vuelve a abrir el ojo que la desobediencia había cegado".

"Ver a Dios no es otra cosa más que ser como él es".

"Ésta es la alegría perfecta: tener una sola voluntad con Dios". Fuente: Santaclaradeestella.org

Cuando la flor pierde su esplendor. Artículo.

Hay una gran diferencia entre estar en plena floración y dar fruto. Piensa en una flor, por ejemplo.

Empieza siendo un brote diminuto, que casi ni se ve, y con el tiempo florece hasta convertirse en una flor preciosa. Cuando está en plena floración, llama muchísimo la atención. Es su momento cumbre de belleza, de admiración, su momento de gloria. Sin embargo, este no es su propósito final ni, de hecho, su momento de mayor madurez. En ese punto todavía no está dando todo su fruto, aunque su floración sea hermosa y regale algo muy especial al mundo. En realidad, solo da fruto pleno más adelante, cuando la flor se marchita al ir muriendo. Es justamente ahí cuando suelta su semilla y la dispersa para dar lugar a una vida nueva.

De esto podemos extraer una lección de vida que nos cuesta entender y aceptar. Entendemos la floración, pero no el marchitarse. Aceptamos estar en pleno esplendor, pero nos cuesta aceptar cuando este se apaga. Nos resulta casi imposible creer que nuestros momentos más generadores de vida puedan llegar después de florecer, precisamente mientras nos marchitamos.

El ejemplo supremo de esto lo vemos en Jesús. Durante el punto álgido de su ministerio, cuando goza de gran popularidad, hace milagros, atrae a miles de personas y la multitud se agolpa solo para tocarlo, su misión está en plena floración. Da fruto y ya está dando vida a los demás, pero de una forma que ni se acerca a la profundidad con la que lo hace cuando su ministerio se marchita: cuando las multitudes lo abandonan, cuando es humillado y despreciado en su pasión, y cuando muere indefenso, abandonado por casi todos.

Al igual que una flor, al morir dispersó las semillas de una vida nueva de un modo mucho más profundo de lo que pudo hacerlo cuando, metafóricamente hablando, estaba en su pleno esplendor.

El renombrado místico San Juan de la Cruz utiliza esta metáfora en el corazón mismo de su espiritualidad. Escribe: «El centro más profundo de un objeto significa el punto más lejano al que pueden llegar su ser, su potencia, su operación y su movimiento». Para él, a diferencia de cómo solemos concebirlo nosotros, nuestro centro más profundo no es un rincón virgen dentro del corazón o del alma. No. Para San Juan de la Cruz, nuestro centro más profundo es el punto más lejano de crecimiento natural (impulsado por la gracia) que cualquier cosa o persona puede alcanzar en esta vida.

En el caso de la flor, como hemos visto, no es su floración, sino el momento en que suelta su semilla al marchitarse. Y lo mismo nos ocurre a los seres humanos: nuestro centro más profundo no es nuestro momento de esplendor, es decir, la belleza y la energía de nuestra juventud. Más bien, nuestro centro más profundo es la madurez más plena que nuestra alma puede alcanzar en esta vida y, por lo general, llegamos a ella tiempo después de que nuestro esplendor físico haya empezado a marchitarse. Esto puede sonar un poco macabro, pero visto en profundidad, es todo lo contrario. Permíteme ponerte un ejemplo:

Pensemos en nuestro desarrollo sexual humano habitual. ¿Cuál es su centro más profundo?

Su centro más profundo no es su floración; es decir, ese momento de la vida en que nuestros cuerpos son más atractivos y el deseo de mantener relaciones sexuales es más fuerte. Tampoco lo es el momento posterior a dar a luz a una nueva vida mediante la unión sexual, aunque eso sea una fecundidad maravillosa y una de las intenciones últimas de Dios y de la naturaleza al crearnos como seres sexuales. Eso es un centro profundo, pero no el más profundo de la sexualidad.

¡No es bueno que el hombre esté solo! Nuestra sexualidad está pensada para sacarnos de la soledad. Por eso, nos impulsa constantemente hacia afuera, más allá de nosotros mismos, hacia la vida en comunidad con los demás. Pero superar la soledad no es fácil. Podemos sentirnos profundamente solos incluso manteniendo relaciones sexuales. Como me comentó una vez un compañero casado: «¿Qué hay más solitario que dormir solo? Dormir solo estando acompañado». Además, cuando todavía nos estamos desarrollando en nuestra sexualidad, su impulso espontáneo es poseer la belleza en lugar de admirarla, y eso nos sigue dejando solos.

¿Qué es lo que nos saca de la soledad? Contemplar la belleza y dedicarle una mirada limpia de admiración. En ese instante, nuestro ego deja de separarnos de la unión con los demás y, durante ese momento, ya no estamos solos. Hemos alcanzado nuestro centro más profundo.

Nuestro centro más profundo como seres sexuales se da cuando podemos mirar a otra persona (por ejemplo, a un hijo o a un nieto) con una mirada de pura admiración. Se da cuando podemos contemplar la energía y la belleza en su pleno esplendor, admirarlas y bendecirlas viéndolas como Dios vio la creación en sus orígenes: ¡Es bueno! ¡Es muy bueno! Con esa mirada de admiración, bendecimos la creación de la misma manera que Dios bendijo a Jesús en su bautismo con aquellas palabras: «¡Este es mi hijo amado, en quien me complazco!».

Cuando estamos en plena floración nos admiran; pero solo superamos del todo nuestra soledad cuando contemplamos con admiración la energía y la belleza de los demás y de la creación, y nos brotan de forma espontánea palabras de bendición.  Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org