Hace tiempo viví en comunidad durante varios años con un hermano
oblato que era maravillosamente generoso y extremadamente piadoso. Pero
le costaba captar los símbolos y las metáforas. Se tomaba las cosas al
pie de la letra. Para él, ¡lo que decían las palabras era exactamente lo
que significaban!
Esto le provocaba una confusión y un malestar considerables cuando,
al rezar los salmos cada día, pedíamos por Jerusalén e Israel y,
ocasionalmente, por la caída de alguna otra nación. Al terminar la
oración, preguntaba: «¿Por qué rezamos por Jerusalén? ¿Por Israel? ¿Qué
hace que esos lugares sean más especiales a los ojos de Dios que otras
ciudades y otros países? ¿Por qué Dios odia a algunos países y
ciudades?».
Intentábamos por todos los medios hacerle entender que estos nombres
no debían tomarse al pie de la letra, como lugares en un mapa, sino más
bien como símbolos. Con mayor o menor acierto, a veces le decía:
«Hermano, siempre que leas la palabra ‘Jerusalén’ o ‘Israel’,
interprétalo simplemente como la ‘Iglesia’, y siempre que se nombre una
nación o una ciudad que Dios parece odiar, interprétalo como que Dios
odia el pecado».
Quizá esbocemos una sonrisa ante su piedad y su literalismo, pero no
estoy seguro de que no sigamos luchando todos con nuestro propio
literalismo para entender lo que realmente quieren decir las Escrituras
con palabras como Jerusalén, Israel, Pueblo Elegido y los elegidos de
Dios. De hecho, como cristianos, ¿qué queremos decir con las palabras
cristiano, Iglesia y Cuerpo de Cristo?
¿Por quién rezamos cuando pedimos por Jerusalén e Israel?
Lo que vemos en la Escritura es una progresiva «desliteralización» de
los nombres y lugares. Al principio, Israel significaba una nación
histórica, Jerusalén significaba una ciudad histórica, el Pueblo Elegido
significaba una raza genética, y los elegidos de Dios eran literalmente
esa nación, esa ciudad y esa raza genética. Pero a medida que se
despliega la revelación, estos nombres y conceptos se vuelven cada vez
más simbólicos.
Al menos esto es cierto para la mayor parte del judaísmo. La mayoría
de las corrientes del judaísmo entienden estas palabras simbólicamente,
aunque algunas todavía las entienden literalmente. Para ellas, Jerusalén
significa la ciudad actual de Jerusalén, e Israel significa una franja
de tierra real en Palestina.
Los cristianos reflejan eso mismo. La teología cristiana mayoritaria
se ha negado desde sus mismos orígenes a identificar esos nombres y
lugares de una manera en la que (simplista) Jerusalén signifique la
Iglesia cristiana y los cristianos sean la Raza Elegida.
Sin embargo, como ocurre con partes del judaísmo, muchos cristianos,
aun quitando el sentido literal de estas palabras de sus raíces judías,
ahora las toman literalmente para referirse a las iglesias cristianas
históricas y a sus miembros confesos explícitamente. De hecho, mi
respuesta a mi hermano oblato («Jerusalén significa la Iglesia, Israel
significa el cristianismo») parece sugerir exactamente eso.
No obstante, las palabras Iglesia y cristianismo necesitan a su vez
ser «desliteralizadas». La Iglesia es una realidad mucho más amplia e
inclusiva que sus miembros explícitos, visibles y bautizados. Su aspecto
visible e histórico es real, es importante y nunca debe ser denigrado;
pero (desde Jesús a través de la historia del dogma y la teología
cristiana) el cristianismo siempre ha creído y enseñado claramente que
el misterio de Cristo es a la vez visible e invisible. En parte podemos
verlo y en parte no. En parte está visiblemente encarnado en la historia
y en parte es invisible. El misterio de Cristo se encarna en la
historia, pero no todo él puede verse. Algunas personas están bautizadas
visiblemente, y otras lo están solo de formas invisibles.
Además, esto no es teología nueva o liberal. Jesús mismo enseñó que
no son necesariamente los que dicen «Señor, Señor» sus verdaderos
creyentes, sino más bien aquellos que realmente viven su enseñanza
(aunque sea inconscientemente) quienes son sus verdaderos seguidores. La
teología cristiana siempre ha enseñado que el misterio completo de
Cristo es mucho más grande que su manifestación histórica en las
iglesias cristianas.
Kenneth Cragg, un misionero cristiano, después de vivir y ejercer su
ministerio durante años en el mundo musulmán, ofreció este comentario:
Creo que harán falta todas las iglesias cristianas para dar una
expresión completa del Cristo total.
A esto yo añadiría que no solo harán falta todas las iglesias
cristianas para dar una expresión completa del misterio de Cristo, sino
que también harán falta todas las personas de voluntad sincera, más allá
de todas las fronteras religiosas, y más allá de toda etnia, para dar
expresión al misterio de Cristo.
Cuando mi piadoso hermano oblato, a quien le costaba entender la
metáfora y el símbolo, me preguntó por qué rezábamos siempre por
Jerusalén e Israel, y yo le respondí que simplemente podía sustituir
esos términos por las palabras Iglesia y cristianismo, mi respuesta
(tomada literalmente) fue en sí misma excesivamente piadosa, simplista y
una comprensión demasiado estrecha del misterio de Cristo.
Esos términos, Iglesia y cristianismo, como vemos en el progresivo
despliegue de la revelación en la Escritura, deben ser ellos mismos
«desliteralizados». ¿Por quién rezamos cuando pedimos por Jerusalén o
por Israel? Rezamos por todas las personas sinceras, de todas las fes,
de todas las denominaciones, de todas las razas, de todas las edades.
Ellas son la nueva Jerusalén y el nuevo Israel. Ron Rolheiser OMI / Artículo original en Inglés