Nuestros corazones, a veces mezquinos. Artículo.

John Muir se preguntó una vez: «¿Por qué les cuesta tanto a los cristianos dejar entrar a los animales en su raquítico cielo?». Lo mismo podría decirse de nosotros como Iglesias: ¿por qué a veces somos tan reacios a acoger a los demás en la misericordia de Dios y en nuestras mesas de comunión?

Desde luego, no podemos usar a Jesús como modelo para actuar así. Si miramos los Evangelios, no hay constancia de un solo incidente en el que Jesús pusiera alguna condición moral o religiosa para sentarse a la mesa con él.

Nuestro modelo es más bien el de aquellos discípulos de Jesús llenos de buena intención que, al igual que nosotros, intentaban protegerlo alejándolo de varios grupos, incluidos los niños pequeños. Pero ante esto, siempre escuchamos a Jesús decir claramente: «¡Dejad que se acerquen a mí!». No es de extrañar que despachara a sus discípulos para poder encontrarse a solas con la mujer samaritana, que se había casado cinco veces.

Lo que voy a sugerir es un riesgo, ya que, hay que reconocerlo, el tema de la intercomunión es más complejo de lo que se puede resolver diciendo simplemente que Jesús acogía a todos (aunque nunca debamos pasar esto por alto).

Respecto a la cuestión de la intercomunión: existe un amplio acuerdo teológico en que el bautismo da acceso a la mesa de la comunión. Como confesiones cristianas, reconocemos la validez de los bautismos de las demás. Entonces, ¿por qué no puede cualquier cristiano ir a cualquier iglesia cristiana y ser acogido en la mesa de la comunión?

Porque cada confesión es su propia familia, y normalmente las familias comen en sus propias mesas. Lo normal es acudir a la propia familia eclesial para comulgar. Pero esta es una consideración pastoral, no teológica.

Sin embargo, de vez en cuando comemos en casa y en la mesa de otro. La mayoría de las teologías mayoritarias sobre la Eucaristía se basan en esta distinción y diferencian entre la intercomunión «ocasional» (funerales, bodas, encuentros de fe) y la intercomunión «regular». La primera tiene sentido pastoral; la segunda, no. Uno solo come de forma habitual en la mesa de otro si es miembro de esa familia o de ese hogar.

Ante esta inquietud pastoral, las iglesias han tenido normas variadas, que van desde la acogida amplia hasta la exclusión estricta, dependiendo de cómo valore la situación su jerarquía. Por ejemplo, en la Iglesia Católica Romana, durante las décadas de los sesenta y setenta, los católicos generalmente acogían a otros para recibir la comunión en ocasiones especiales. Luego, durante los ochenta y noventa, cada vez más se pidió a quienes presidían la Eucaristía en esas ocasiones que no invitaran públicamente a comulgar a los miembros de otras iglesias. Es más, después del año 2000, se pidió a los celebrantes que desinvitaran públicamente a los fieles de otras iglesias. Más recientemente, se está volviendo a dar un giro progresivo hacia una postura más acogedora.

¿Qué se puede decir de estos vaivenes? En primer lugar, que se trata de una cuestión pastoral y no teológica, y que, en lo pastoral, se puede argumentar legítimamente de diferentes maneras. En lo que sí hay un acuerdo común es en que todos deseamos que las distintas iglesias cristianas sean algún día una sola familia con una sola mesa de comunión para todos. El desacuerdo está en cómo llegar hasta ahí.

Algunos creen y sostienen que tener que «ayunar» de la intercomunión nos hará tener más hambre de ser una sola Iglesia y nos motivará a trabajar de forma más activa por el ecumenismo. Otros no están de acuerdo y argumentan que ser más acogedores con la intercomunión nos impulsará a trabajar activamente por el ecumenismo. ¿Quién tiene razón?

Ambos argumentos tienen su lógica, pero confieso que mi corazón está con el segundo grupo. Según mi experiencia, excluirnos mutuamente de la mesa eucarística suele endurecer nuestras divisiones en lugar de suavizarlas, del mismo modo que acogernos en la mesa de la Eucaristía tiende a disipar los recelos mutuos que hemos alimentado durante los últimos quinientos años desde la Reforma.

Tampoco estoy de acuerdo con la creencia y el argumento de que una sola iglesia (en mi caso, la Iglesia Católica Romana) sea la única expresión plenamente auténtica de la Iglesia, y que las demás confesiones carezcan de algún modo de un discipulado auténtico, por lo que estaríamos abaratando la Eucaristía y la presencia real si permitiéramos comulgar en nuestra mesa a los no católicos.

Aquí, al igual que los bienintencionados pero equivocados discípulos de Jesús, intentamos protegerlo de personas que creemos que no están preparadas para este encuentro e intimidad con él. Debemos recordar que Jesús siempre respondió a esto con las palabras: «¡Dejad que se acerquen a mí!». Jesús no necesita ni quiere nuestra protección.

Además, el amor, la misericordia y el abrazo de Dios que Jesús encarnó y predicó eran la antítesis de la mezquindad. Era un abrazo amplio, acogedor y universal para todos. Dios no tiene favoritos, salvo que cada uno de nosotros es el favorito particular de Dios. Dios no es una deidad privada o tribal, propiedad y controlada por una fe, religión, confesión o Iglesia concreta.

Esto no quiere decir que todas las fes, religiones e iglesias sean iguales y que deban borrarse todas las fronteras que las separan. No. Pero sí significa que no debemos ser tan reacios a incluir a los demás en nuestra estrecha comprensión del abrazo universal de Jesús Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org / Imagen: Gracias a Patite

Santo cura de Ars, Juan María Vianney; Patrono de los párrocos. 4 de agosto.

Nació en Dardilly (Lyon, Francia) en 1786. Eran los agitados tiempos de la Revolución Francesa. Tuvo que superar grandes dificultades en los estudios para llegar a ordenarse de sacerdote en 1815. Fue despedido del seminario de Lyon por insuficiencia, pero con la ayuda del abate de Balley pudo completar los estudios. Después de la ordenación comenzó su ministerio, pero sin licencias aún para oír confesiones. Completada su formación, se le confió la parroquia de la pequeña aldea de Ars, que gobernó y promocionó maravillosamente con su constante predicación, mortificación, oración y caridad. Difundió el mensaje evangélico con la catequesis que a diario impartía a niños y adultos, con la reconciliación que administraba a los penitentes, con sus obras de ardiente caridad alimentada en la Eucaristía. Estaba dotado de unas cualidades extraordinarias como confesor, lo cual hacía que acudieran a él fieles de todas partes. Murió el 4 de agosto de 1859. Pío XI lo nombró patrono de los párrocos
Oración: Dios de poder y misericordia, que hiciste admirable a san Juan María Vianney por su celo pastoral, concédenos, por su intercesión y su ejemplo, ganar para Cristo a nuestros hermanos y alcanzar, juntamente con ellos, los premios de la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 

La particular solicitud por la salvación de los otros, por la verdad, por el amor y la santidad de todo el pueblo de Dios, por la unidad espiritual de la Iglesia, que nos ha sido confiada por Cristo junto con la potestad sacerdotal, se explica de varias maneras [...].

Sois portadores de la gracia de Cristo, Eterno Sacerdote, y del carisma del buen pastor. No lo olvidéis jamás; no renunciéis nunca a esto; debéis actuar conforme a ello en todo tiempo, lugar y modo. En esto consiste el arte máxima a la que Jesucristo os ha llamado. "Arte de las artes es la guía de las almas", escribía san Gregorio Magno.

Os digo, por tanto, siguiendo sus palabras: esforzaos por ser los "maestros" de la pastoral. Ha habido ya muchos en la historia de la Iglesia. Es necesario citarlos?

Nos siguen hablando a cada uno de nosotros, por ejemplo, san Vicente de Paúl, san Juan de Ávila, el santo cura de Ars, san Juan Bosco, el beato Maximiliano María Kolbe y tantos otros (Juan Pablo II, Carta a los obispos y a los sacerdotes, Jueves Santo de 1979, 6).

 Algunos dichos del santo:
"La mayor de las tentaciones es no tener ninguna".
"Es nuestro orgullo lo que nos impide ser santos".
"Los santos se conocían a sí mismos mejor de lo que conocían a los otros:
        por esa razón eran humildes".
"El hombre tiene una hermosa tarea: orar y amar".
"La Santa Virgen es como una madre que tiene muchos hijos:
        está continuamente ocupada yendo de uno a otro".
"Los pecados que se esconden volverán a salir todos a flote".
"El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús".
"El hombre, creado por amor, no puede vivir sin amor: o ama a Dios, o ama al mundo".
"El pecado es el verdugo del buen Dios y el asesino del alma". 

Se dice que el sacramento de la penitencia está en crisis, pero está en crisis porque los que deben ser perdonados no se preocupan y no se dan cuenta, o está en crisis porque los ministros ya no viven la pasión y la muerte del Señor que perdona?

Acudamos al ejemplo del santo cura de Ars. Éste era su  tormento: quería confesar, y una de las pruebas más grandes de su vida fue que, cuando fue enviado como párroco a Ars, se dio cuenta de que no se confesaba nadie. No dijo: "Peor para ellos", no hizo una estadística. No; se consumía ante el sacramento de día y de noche, porque quería que los pecadores se confesaran y tenía un sentido tan vivo del pecado de estas criaturas que no vivía en paz. El sufrimiento por el pecado significaba que era, en el fondo, la matriz de este carácter ministerial que se expresaba después con la asiduidad al sacramento del perdón. Al final de su vida estaba totalmente identificado con el confesionario, incluso con la materialidad del habitáculo, en el que estaba prisionero día y noche.

Poco antes de morir, confesó a dos personas intemperantes e insensatas que no se detuvieron ni siquiera ante un moribundo. Él no se negó: vivir no era importante, confesar era esencial (A. Ballestrero, Alia scuola del Curato d'Ars, Cásale Monf. 1995, pp. 50ss). Fuentes: Texto (Santa Clara de Estella) Imagen: (Desde la Fe)

Para cuando te entra el hambre: Los Matefaims del cura de Ars.


Una receta sencilla y humilde, como el mismo san Juan María Vianney. Fuente: Alteia.org

Imágenes y frases de santo (Fuente: Instagram)

Comieron todos hasta quedar satisfechos

 




Domingo XVIII del Tiempo Ordinario


Jesús, informado de la muerte de Juan el Bautista, siente la necesidad de apartarse: <<Se retiró de allí a un lugar tranquilo>> (v. 13). Jesús esta de luto, podría pensarse. La humanidad, representada por el gentío, <<aquel gran gentío>>, acude al lugar desértico y entra en su soledad. El Dios hecho hombre se hace solidario del dolor humano y acoge espontáneamente al hombre en este vía crucis de la existencia, en una historia donde da la impresión que prevalece el sufrimiento y la tribulación. Tres verbos escalonan la intervención del Salvador: <<vio>, <<sintió compasión>> y <<curó>>. El corazón de Dios se estremece ante aquella indigencia humana, que de por si clama al Altísimo. Dos detalles completan la ausencia de cualquier esperanza posible: <<el anochecer>> y <<el lugar desértico>>. Es la hora del <<nada es imposible para Dios>>.

Ante la fe del hombre, la humildad de Dios se convierte en gloria. A los atónitos discípulos  Jesús les dice: <<Dadles vosotros de comer>> (v. 16). Sorprende este <<vosotros>>. Jesús traslada su iniciativa a la actuación de los apóstoles: él podía haber intervenido personalmente. Pero es desde la libertad de la fe cuando pueden actuar, los discípulos  cooperan y todos reciben comida abundantemente.

El hambre y la sed de la humanidad no se sacian con bienes materiales. A lo largo de la historia, la humanidad, fatigada y oprimida por múltiples angustias y problemas, siempre ha experimentado, y cada vez mas, la incapacidad de darse una salvación meramente terrenal, obtener una paz duradera y alcanzar una justicia ecuánime. El hombre, en el fracaso de sus esfuerzos y aspiraciones, aún es mas consciente de que necesita una ayuda de lo alto; y esto, por sus designios trascendentes, no puede ser sino un don. Su gratuidad es tan extraordinaria como inconmensurables son su valor y su obtención. Una es la experiencia inmediata de todo esto; <<Dios es más grande que nuestro corazón>> (1 Jn 3,20). En esta verdad se basa la alianza eterna.

La <<compasión>> de Jesús por la muchedumbre desvela el móvil del don de Dios en el Hijo unigénito para la vida del mundo: una coparticipación viva, palpitante y auténtica. Prefigura la hora del Calvario y compendia completamente el contenido eucarístico del sacrificio del banquete divino ofrecido en símbolo mediante el milagro. El tiempo mesiánico se ha manifestado: Dios sacia a su pueblo <<de balde>>; lo nutre de cosas buenas: gracia y verdad, vida y alegría. Y aún más, lo vincula con una comida que es prenda de eternidad: el Verbo encarnado y entregado por nosotros. En él, cualquier ańoranza humana de Dios es atendida ampliamente mediante el cumplimiento de la promesa y el vínculo perenne con Dios.

El cansancio y la debilidad han oprimido nuestros corazones. No tenemos ni alimento Espiritual, ni descanso corporal, ni consuelo. La nostalgia, la espera y la esclavitud nos estén ahogando. Jesús misericordioso, imploramos tu compasión, nos abrazamos a tu costado abierto. Corazón misericordioso e inflamado de amor; apriétanos con los lazos de la piedad, el amor y la unión. Ayúdanos a regresar pronto a nuestra tierra, para que podamos cumplir mejor, siempre mejor, las tareas encomendadas por el Creador Amén. (jóvenes lituanos en un campo de concentración siberiano).








San Alfonso María de Ligorio. 1 de agosto.

   San Alfonso es un napolitano maravilloso, y tanto en su vida como en su ingenio aflora más de una vez, e incluso con gran frecuencia, su llaneza con una frescura y una jovialidad increíbles.
   Quien le convierte en un santo pedante, petulante, aburrido, cruel, no le conoce ni de vista. Quien le convierte, en virtud de su moral, en una especie de casuista monomaniaco y sin aliento, no conoce a san Alfonso.
   Fue músico, pintor, poeta, un hombre de espíritu y de garbo, capaz de resolver una cuestión con una salida y de enderezar un mundo invertido con una sonrisa; tuvo algo de la dolorida profundidad de Vico y algo de la vivacidad profunda de Galiani.
   En sus acciones y en sus obras aparece siempre superior a lo que hace y a lo que dice, dueño de sí y de lo que trata. Entre las muchas vías abiertas que se presentan a quien actúa y escribe, toma siempre la suya propia, una que se abre a él por vez primera. Despierto, despejado, resuelto y resolutivo, sigue su camino sin la mínima vacilación, y este camino se abre a muchos.
   Por lo que respecta a la moral, sabido es que la Iglesia camina justamente por el camino abierto por san Alfonso. Por lo que respecta a la devoción, durante ciento cincuenta años cientos de miles de almas se han puesto a caminar por el camino trazado por Alfonso.
   Esta agilidad, gracia y sencillez hacen de él alguien cordialísimo, alguien al que se trata con placer. Habría que verlo. Habría que saber verlo y hacerlo ver entre los recuerdos que de él nos quedan, entre sus libros, en su correspondencia: hallaríamos gestos bellísimos y originales, reflexiones agudas y divertidas, fragmentos cálidos y brillantes, salidas de una milagrosa bonhomía y profundidad, tomaduras de pelo caritativas pero tremendas, réplicas vivaces y repentinas, como se da una bofetada a un bribón. Fuente: santaclaradeestella.es.
Frases:
Galería de 10 frases de amor a María.  Fuente: Aleteia
Sobre la oración:
01 – “El que ora se salva. El que no ora es condenado”.
02 – “Saber vivir es saber orar”.
03 – “La oración es el único camino para obtener la ayuda necesaria para la salvación”.
04 – “No hay medio más necesario y más eficaz para vencer las tentaciones contra la virtud angélica que el recurso inmediato a Dios a través de la oración”.
05 – “¿No puedes orar? ¿Qué mejor oración que mirar el crucifijo de vez en cuando y ofrecer los dolores que soportas, uniendo lo poco que sufres con los inmensos dolores de Jesucristo en la cruz?”.
06 – “Todos los que se salvan, hablando a los adultos, ordinariamente sólo pueden salvarse a sí mismos por medio de la oración”.
07 – “La gracia de orar se da normalmente a todos y, por medio de la oración, todos pueden obtener de Dios las demás ayudas necesarias para la salvación”.
08 – “Con la oración obtenemos el remedio de nuestra debilidad, porque, si le pedimos a Dios, obtendremos fuerza para hacer lo que no podemos”.
09 – “¡Hay tantas almas que pierden la gracia divina y siguen viviendo en el pecado y, finalmente, se condenan a sí mismas, porque no oraron y no acudieron a Dios en busca de ayuda!”.
10 – “De la oración depende nuestro cambio de vida, la superación de las tentaciones; de nosotros depende obtener el amor de Dios, la perfección, la perseverancia y la salvación eterna”. (EPC). Fuente.


San Ignacio de Loyola. Festividad 31 de julio.

San Ignacio nació probablemente en 1491, en el castillo de Loyola, en Azpeítia, población de Guipúzcoa, cerca de los Pirineos. Su padre, don Bertrán, era señor de Oñaz y de Loyola, jefe de una de las familias más antiguas y nobles de la región. Y no era menos ilustre el linaje de su madre, doña Marina Sáenz de Licona y Balda. Iñigo (pues ése fue el nombre que recibió el santo en el bautismo) era el más joven de los ocho hijos y tres hijas de la noble pareja. Iñigo luchó contra los franceses en el norte de Castilla. Pero su breve carrera militar terminó abruptamente el 20 de mayo de 1521, cuando una bala de cañón le rompió la pierna, durante la lucha en defensa del castillo de Pamplona. Después de que Iñigo fue herido, la guarnición española capituló. Los franceses no abusaron de la victoria y enviaron al herido en una litera al castillo de Loyola. Como los huesos de la pierna soldaron mal, los médicos juzgaron necesario quebrarlos nuevamente. Iñigo soportó estoicamente la bárbara operación, pero, como consecuencia, tuvo un fuerte ataque de fiebre con ciertas complicaciones, de suerte que los médicos pensaron que el enfermo moriría antes del amanecer de la fiesta de San Pedro y San Pablo. Sin embargo, Iñigo sobrevivió y empezó a mejorar, aunque la convalecencia duró varios meses. No obstante la operación, la rodilla rota presentaba todavía una deformidad. Iñigo insistió en que los cirujanos cortasen la protuberancia y, pese a que éstos le advirtieron que la operación sería muy dolorosa, no quiso que le atasen ni le sostuviesen y soportó la despiadada carnicería sin una queja. Para evitar que la pierna derecha se acortase demasiado, permaneció varios días con ella estirada mediante unas pesas. Con tales métodos, nada tiene de extraño que haya quedado cojo para el resto de su vida.

 Con el objeto de distraerse durante la convalecencia, Iñigo pidió algunos libros de caballería, a los que siempre había sido muy afecto. Pero lo único que se encontró en el castillo de Loyola fue una historia de Cristo y un volumen con vidas de santos. Iñigo los comenzó a leer para pasar el tiempo, pero poco a poco empezó a interesarse tanto que pasaba días enteros dedicado a la lectura. Y se decía: «Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, también yo puedo hacer lo que ellos hicieron». Inflamado por el fervor, se proponía ir en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora y entrar como hermano lego a un convento de cartujos. Pero tales ideas eran intermitentes, pues su ansiedad de gloria y su amor por una dama, ocupaban todavía sus pensamientos. Sin embargo, cuando volvía a abrir el libro de las vidas de los santos, comprendía la futilidad de la gloria mundana y presentía que sólo Dios podía satisfacer su corazón. Las fluctuaciones duraron algún tiempo. Ello permitió a Iñigo observar una diferencia: en tanto que los pensamientos que procedían de Dios le dejaban lleno de consuelo, paz y tranquilidad, los pensamientos mundanos le procuraban cierto deleite, pero no le dejaban sino amargura y vacío. Finalmente, resolvió imitar a los santos y empezó por hacer toda la penitencia corporal posible y llorar sus pecados.

Una noche, se le apareció la Madre de Dios, rodeada de luz y llevando en los brazos a Su Hijo. La visión consoló profundamente a Ignacio. Al terminar la convalecencia, hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Montserrat, donde determinó llevar vida de penitente. El pueblecito de Manresa está a tres leguas de Montserrat. Ignacio se hospedó ahí, unas veces en el convento de los dominicos y otras en un hospicio de pobres. Para orar y hacer penitencia, se retiraba a una cueva de los alrededores. Así vivió durante casi un año, pero a las consolaciones de los primeros tiempos sucedió un período de aridez espiritual; ni la oración, ni la penitencia conseguían ahuyentar la sensación de vacío que encontraba en los sacramentos y la tristeza que le abrumaba. A ello se añadía una violenta tempestad de escrúpulos que le hacían creer que todo era pecado y le llevaron al borde de la desesperación. En esa época, Ignacio empezó a anotar algunas experiencias que iban a servirle para el libro de los «Ejercicios Espirituales». Finalmente, el santo salió de aquella noche oscura y el más profundo gozo espiritual sucedió a la tristeza. AqueIla experiencia dio a Ignacio una habilidad singular para ayudar a los escrupulosos y un gran discernimiento en materia de dirección espiritual. Más tarde, confesó al P. Laínez que, en una hora de oración en Manresa, había aprendido más de lo que pudiesen haberle enseñado todos los maestros en las universidades. Sin embargo, al principio de su conversión, Ignacio era tan ignorante que, al oír a un moro blasfemar de la Santísima Virgen, se preguntó si su deber de caballero cristiano no consistía en dar muerte al blasfemo, y sólo la intervención de la Providencia le libró de cometer ese crimen.

En febrero de 1523, Ignacio partió en peregrinación a Tierra Santa. Pidió limosna en el camino, se embarcó en Barcelona, pasó la Pascua en Roma, tomó otra nave en Venecia con rumbo a Chipre y de ahí se trasladó a Jaffa. Del puerto, a lomo de mula, se dirigió a Jerusalén, donde tenía el firme propósito de establecerse. Pero, al fin de su peregrinación por los Santos Lugares, el franciscano encargado de guardarlos le ordenó que abandonase Palestina, temeroso de que los mahometanos, enfurecidos por el proselitismo de Ignacio, le raptasen y pidiesen rescate por él. Por lo tanto, el joven renunció a su proyecto y obedeció, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer al regresar a Europa. En 1524, llegó de nuevo a España, donde se dedicó a estudiar, pues «pensaba que eso le serviría para ayudar a las almas». Una piadosa dama de Barcelona, llamada Isabel Roser, le asistió mientras estudiaba la gramática latina en la escuela. Ignacio tenía entonces treinta y tres años, y no es difícil imaginar lo penoso que debe ser estudiar la gramática a esa edad. Al principio, Ignacio estaba tan absorto en Dios, que olvidaba todo lo demás; así, la conjugación del verbo latino «amare» se convertía en un simple pretexto para pensar: «Amo a Dios. Dios me ama». Sin embargo, el santo hizo ciertos progresos en el estudio, aunque seguía practicando las austeridades y dedicándose a la contemplación y soportaba con paciencia y buen humor las burlas de sus compañeros de escuela, que eran mucho más jóvenes que él.

Al cabo de dos años de estudios en Barcelona, pasó a la Universidad de Alcalá a estudiar lógica, física y teología; pero la multiplicidad de materias no hizo más que confundirle, a pesar de que estudiaba noche y día. Se alojaba en un hospicio, vivía de limosna y vestía un áspero hábito gris. Además de estudiar, instruía a los niños, organizaba reuniones de personas espirituales en el hospicio y convertía a numerosos pecadores con sus reprensiones llenas de mansedumbre. En aquella época, había en España muchas desviaciones de la devoción. Como Ignacio carecía de ciencia y autoridad para enseñar, fue acusado ante el vicario general del obispo, quien le tuvo prisionero durante cuarenta y dos días, hasta que, finalmente, absolvió de toda culpa a Ignacio y sus compañeros, pero les prohibió llevar un hábito particular y enseñar durante los tres años siguientes. Ignacio se trasladó entonces con sus compañeros a Salamanca. Pero pronto fue nuevamente acusado de introducir doctrinas peligrosas. Después de tres semanas de prisión, los inquisidores le declararon inocente. Ignacio consideraba la prisión, los sufrimientos y la ignominia corno pruebas que Dios le mandaba para purificarle y santificarle. Cuando recuperó la libertad, resolvió abandonar España. En pleno invierno, hizo el viaje a París, a donde llegó en febrero de 1528. Los dos primeros años los dedicó a perfeccionarse en el latín, por su cuenta. Durante el verano iba a Flandes y aun a Inglaterra a pedir limosna a los comerciantes españoles establecidos en esas regiones. Con esa ayuda y la de sus amigos de Barcelona, podía estudiar durante el año. Pasó tres años y medio en el Colegio de Santa Bárbara, dedicado a la filosofía. Ahí indujo a muchos de sus compañeros a consagrar los domingos y días de fiesta a la oración y a practicar con mayor fervor la vida cristiana. Pero el maestro Peña juzgó que con aquellas prédicas impedía a sus compañeros estudiar y predispuso contra Ignacio al doctor Guvea, rector del colegio, quien condenó a Ignacio a ser azotado para desprestigiarle entre sus compañeros. Ignacio no temía al sufrimiento ni a la humillación, pero, con la idea de que el ignominioso castigo podía apartar del camino del bien a aquéllos a quienes había ganado, fue a ver al rector y le expuso modestamente las razones de su conducta. Guvea no respondió, pero tomó a Ignacio por la mano, le condujo al salón en que se hallaban reunidos todos los alumnos y le pidió públicamente perdón por haber prestado oídos, con ligereza, a los falsos rumores. En 1534, a los cuarenta y tres años de edad, Ignacio obtuvo el título de maestro en artes de la Universidad de París.

Por aquella época, se unieron a Ignacio otros seis estudiantes de teología: Pedro Fabro, que era saboyano; Francisco Javier, un navarro; Laínez y Salmerón, que brillaban mucho en los estudios; Simón Rodríguez, originario de Portugal y Nicolás Bobadilla. Movidos por las exhortaciones de Ignacio, aquellos fervorosos estudiantes hicieron voto de pobreza, de castidad y de ir a predicar el Evangelio en Palestina, o, si esto último resultaba imposible, de ofrecerse al Papa para que los emplease en el servicio de Dios como mejor lo juzgase. La ceremonia tuvo lugar en una capilla de Montmartre, donde todos recibieron la comunión de manos de Pedro Fabro, quien acababa de ordenarse sacerdote. Era el día de la Asunción de la Virgen de 1534. Ignacio mantuvo entre sus compañeros el fervor, mediante frecuentes conversaciones espirituales y la adopción de una sencilla regla de vida. Poco después, hubo de interrumpir sus estudios de teología, pues el médico le ordenó que fuese a tomar un poco los aires natales, ya que su salud dejaba mucho que desear. Ignacio partió de París en la primavera de 1535. Su familia le recibió con gran gozo, pero el santo se negó a habitar en el castillo de Loyola y se hospedó en una pobre casa de Azpeitia.

Dos años más tarde, se reunió con sus compañeros en Venecia. Pero la guerra entre venecianos y turcos les impidió embarcarse hacia Palestina. Los compañeros de Ignacio, que eran ya diez, se trasladaron a Roma; Paulo III los recibió muy bien y concedió a los que todavía no eran sacerdotes el privilegio de recibir las órdenes sagradas de manos de cualquier obispo. Después de la ordenación, se retiraron a una casa de las cercanías de Venecia, a fin de prepararse para los ministerios apostólicos. Los nuevos sacerdotes celebraron la primera misa entre septiembre y octubre, excepto Ignacio, quien la difirió más de un año con el objeto de prepararse mejor para ella. Como no había ninguna probabilidad de que pudiesen trasladarse a Tierra Santa, quedó decidido finalmente que Ignacio, Fabro y Laínez irían a Roma a ofrecer sus servicios al Papa. También resolvieron que, si alguien les preguntaba el nombre de su asociación, responderían que pertenecían a la Compañía de Jesús (san Ignacio no empleó jamás el nombre de «jesuita», ya que originalmente fue éste un apodo más bien hostil que se dio a los miembros de la Compañía), porque estaban decididos a luchar contra el vicio y el error bajo el estandarte de Cristo. Durante el viaje a Roma, mientras oraba en la capilla de «La Storta», el Señor se apareció a Ignacio, rodeado por un halo de luz inefable, pero cargado con una pesada cruz. Cristo le dijo: "Ego vobis Romae propitius ero" (Os seré propicio en Roma). Paulo III nombró a Fabro profesor en la Universidad de la Sapienza y confió a Laínez el cargo de explicar la Sagrada Escritura. Por su parte, Ignacio se dedicó a predicar los Ejercicios y a catequizar al pueblo. El resto de sus compañeros trabajaba en forma semejante, a pesar de que ninguno de ellos dominaba todavía el italiano.

Ignacio y sus compañeros decidieron formar una congregación religiosa para perpetuar su obra. A los votos de pobreza y castidad debía añadirse el de obediencia para imitar más de cerca al Hijo de Dios, que se hizo obediente hasta la muerte. Además, había que nombrar a un superior general a quien todos obedecerían, el cual ejercería el cargo de por vida y con autoridad absoluta, sujeto en todo a la Santa Sede. A los tres votos arriba mencionados, se agregaría el de ir a trabajar por el bien de las almas adondequiera que el Papa lo ordenase. La obligación de cantar en común el oficio divino no existiría en la nueva orden, «para que eso no distraiga de las obras de caridad a las que nos hemos consagrado». La primera de esas obras de caridad consistiría en «enseñar a los niños y a todos los hombres los mandamientos de Dios». La comisión de cardenales que el Papa nombró para estudiar el asunto se mostró adversa al principio, con la idea de que ya había en la Iglesia bastantes órdenes religiosas, pero un año más tarde, cambió de opinión, y Paulo III aprobó la Compañía de Jesús por una bula emitida el 27 de septiembre de 1540. Ignacio fue elegido primer general de la nueva orden y su confesor le impuso, por obediencia, que aceptase el cargo. Empezó a ejercerlo el día de Pascua de 1541 y, algunos días más tarde, todos los miembros hicieron los votos en la basílica de San Pablo Extramuros.

Ignacio pasó el resto de su vida en Roma, consagrado a la colosal tarea de dirigir la orden que había fundado. Entre otras cosas, fundó una casa para alojar a los neófitos judíos durante el período de la catequesis y otra casa para mujeres arrepentidas. En cierta ocasión, alguien le hizo notar que la conversión de tales pecadoras rara vez es sincera, a lo que Ignacio respondió: «Estaría yo dispuesto a sufrir cualquier cosa por el gozo de evitar un solo pecado». Rodríguez y Francisco Javier habían partido a Portugal en 1540. Con la ayuda del rey Juan III, Javier se trasladó a la India, donde empezó a ganar un nuevo mundo para Cristo. Los padres Gonçalves y Juan Núñez Barreto fueron enviados a Marruecos a instruir y asistir a los esclavos cristianos. Otros cuatro misioneros partieron al Congo; algunos más fueron a Etiopía y a las colonias portuguesas de América del Sur. El Papa Paulo III nombró como teólogos suyos, en el Concilio de Trento, a los padres Laínez y Salmerón. Antes de su partida, san Ignacio les ordenó que visitasen a los enfermos y a los pobres y que, en las disputas se mostrasen modestos y humildes y se abstuviesen de desplegar presuntuosamente su ciencia y de discutir demasiado. Pero, sin duda que entre los primeros discípulos de Ignacio el que llegó a ser más famoso en Europa, por su saber y virtud, fue san Pedro Canisio, a quien la Iglesia venera actualmente como Doctor. En 1550, san Francisco de Borja regaló una suma considerable para la construcción del Colegio Romano. San Ignacio hizo de aquel colegio el modelo de todos los otros de su orden y se preocupó por darle los mejores maestros y facilitar lo más posible el progreso de la ciencia. El santo dirigió también la fundación del Colegio Germánico de Roma, en el que se preparaban los sacerdotes que iban a trabajar en los países invadidos por el protestantismo. En vida del santo se fundaron universidades, seminarios y colegios en diversas naciones. Puede decirse que san Ignacio echó los fundamentos de la obra educativa que había de distinguir a la Compañía de Jesús y que tanto iba a desarrollarse con el tiempo.

En 1542, desembarcaron en Irlanda los dos primeros misioneros jesuitas, pero el intento fracasó. Ignació ordenó que se hiciesen oraciones por la conversión de Inglaterra, y entre los mártires de Gran Bretaña se cuentan veintinueve jesuitas. La actividad de la Compañía de Jesús en Inglaterra es un buen ejemplo del importantísimo papel que desempeñó en la contrarreforma. Ese movimiento tenía el doble fin de dar nuevo vigor a la vida de la Iglesia y de oponerse al protestantismo. «La Compañía de Jesús era exactamente lo que se necesitaba en el siglo XVI para contrarrestar la Reforma. La revolución y el desorden eran las características de la Reforma. La Compañía de Jesús tenía por características la obediencia y la más sólida cohesión. Se puede afirmar, sin pecar contra la verdad histórica, que los jesuitas atacaron, rechazaron y derrotaron la revolución de Lutero y, con su predicación y dirección espiritual, reconquistaron a las almas, porque predicaban sólo a Cristo y a Cristo crucificado. Tal era el mensaje de la Compañía de Jesús, y con él, mereció y obtuvo la confianza y la obediencia de las almas» (cardenal Manning). A este propósito citaremos las instrucciones que san Ignacio dio a los padres que iban a fundar un colegio en Ingolstadt, acerca de sus relaciones con los protestantes: «Tened gran cuidado en predicar la verdad de tal modo que, si acaso hay entre los oyentes un hereje, le sirva de ejemplo de caridad y moderación cristianas. No uséis de palabras duras ni mostréis desprecio por sus errores». El santo escribió en el mismo tono a los padres Broet y Salmerón cuando se aprestaban a partir para Irlanda. Una de las obras más famosas y fecundas de Ignacio fue el libro de los «Ejercicios Espirituales». Empezó a escribirlo en Manresa y lo publicó por primera vez en Roma, en 1548, con la aprobación del Papa. Los Ejercicios cuadran perfectamente con la tradición de santidad de la Iglesia. Desde los primeros tiempos, hubo cristianos que se retiraron del mundo para servir a Dios, y la práctica de la meditación es tan antigua como la Iglesia. Lo nuevo en el libro de san Ignacio es el orden y el sistema de las meditaciones. Si bien las principales reglas y consejos que da el santo se hallan diseminados en las obras de los Padres de la Iglesia, san Ignacio tuvo el mérito de ordenarlos metódicamente y de formularlos con perfecta claridad. El fin específico de los Ejercicios es llevar al hombre a un estado de serenidad y despego terrenal para que pueda elegir «sin dejarse llevar del placer o la repugnancia, ya sea acerca del curso general de su vida, ya acerca de un asunto particular. Así, el principio que guía la elección es únicamente la consideración de lo que más conduce a la gloria de Dios y a la perfección del alma». Como lo dice Pío XI, el método ignaciano de oración «guía al hombre por el camino de la propia abnegación y del dominio de los malos hábitos a las más altas cumbres de la contemplación y el amor divino».

La prudencia y caridad del gobierno de san Ignacio le ganó el corazón de sus súbditos. Era con ellos afectuoso como un padre, especialmente con los enfermos, a los que se encargaba de asistir personalmente procurándoles el mayor bienestar material y espiritual posible. Aunque san Ignacio era superior, sabía escuchar con mansedumbre a sus subordinados, sin perder por ello nada de su autoridad. En las cosas en que no veía claro se atenía humildemente al juicio de otros. Era gran enemigo del empleo de los superlativos y de las afirmaciones demasiado categóricas en la conversación. Sabía sobrellevar con alegría las críticas, pero también sabía reprender a sus súbditos cuando veía que lo necesitaban. En particular, reprendía a aquéllos a quienes el estudio volvía orgullosos o tibios en el servicio de Dios, pero fomentaba, por otra parte, el estudio y deseaba que los profesores, predicadores y misioneros, fuesen hombres de gran ciencia. La corona de las virtudes de san Ignacio era su gran amor a Dios. Con frecuencia repetía estas palabras, que son el lema de su orden: «A la mayor gloria de Dios». A ese fin refería el santo todas sus acciones y toda la actividad de la Compañía de Jesús. También decía frecuentemente: «Señor, ¿Qué puedo desear fuera de Ti?» Quien ama verdaderamente no está nunca ocioso. San Ignacio ponía su felicidad en trabajar por Dios y sufrir por su causa. Tal vez se ha exagerado algunas veces el «espíritu militar» de Ignacio y de la Compañía de Jesús y se ha olvidado la simpatía y el don de amistad del santo por admirar su energía y espíritu de empresa.

Durante los quince años que duró el gobierno de san Ignacio, la orden aumentó de diez a mil miembros y se extendió en nueve países europeos, en la India y el Brasil. Como en esos quince años el santo había estado enfermo quince veces, nadie se alarmó cuando enfermó una vez más. Murió súbitamente el 31 de julio de 1556, sin haber tenido siquiera tiempo de recibir los últimos sacramentos. Fue canonizado en 1622, y Pío XI le proclamó patrono de los ejercicios espirituales y retiros.

El amor de Dios era la fuente del entusiasmo de Ignacio por la salvación de las almas, por las que emprendió tantas y tan grandes cosas y a las que consagró sus vigilias, oraciones, lágrimas y trabajos. Se hizo todo a todos para ganarlos a todos y al prójimo le dio por su lado a fin de atraerlo al suyo. Recibía con extraordinaria bondad a los pecadores sinceramente arrepentidos; con frecuencia se imponía una parte de la penitencia que hubiese debido darles y los exhortaba a ofrecerse en perfecto holocausto a Dios, diciéndoles que es imposible imaginar los tesoros de gracia que Dios reserva a quienes se le entregan de todo corazón. El santo proponía a los pecadores esta oración, que él solía repetir: «Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Vos me lo disteis; a vos Señor, lo torno. Disponed a toda vuestra voluntad y dadme amor y gracia, que esto me hasta, sin que os pida otra cosa». Fuente: http://evangeli.net/ Gracias a DESDE la FE: El 31 de julio, la Iglesia Católica celebra a San Ignacio de Loyola, fundador de los Jesuitas. / Gracia a Jesuitas México /

Una ingenuidad del corazón. Artículo.

La oscuridad solo es mala porque existe la luz. El pecado solo puede ocurrir si primero hay amor.

Karl Rahner hace un comentario muy agudo sobre el texto de los Evangelios en el que Jesús, mientras lo crucifican, dice de sus verdugos: «¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!».

Rahner sugiere que ellos sabían exactamente lo que hacían. Sabían que estaban matando a un hombre inocente, que estaban derramando sangre inocente. Entonces, ¿por qué dice Jesús eso? ¿Dónde estaba su inocencia? ¿Dónde estaba su ingenuidad?

La respuesta de Rahner: no sabían lo que hacían porque no sabían cuánto se les amaba. Y eso puede provocar una ingenuidad del corazón. ¿Cómo es posible?

Hay un rincón en nuestro interior, un lugar del que rara vez somos conscientes, donde Dios nos sostiene a cada uno de nosotros en un amor incondicional. Quienes crucificaron a Jesús no sabían lo que hacían porque no eran conscientes de ello. Esa era su ceguera, su ignorancia. A pesar de lo que pareciera a simple vista, no sabían lo que hacían.

Esto también nos pasa a nosotros. Con demasiada frecuencia crucificamos a los demás y a nosotros mismos por culpa de esta ignorancia: no sabemos cuánto se nos ama. Por eso, a veces somos crueles en nuestros juicios y tendemos a hacer cosas que ponen en entredicho nuestra dignidad. Nos cuesta no ser uno más de los verdugos en la crucifixión porque, al fin y al cabo, actuamos desde la ignorancia. No sabemos actuar de otra manera, igual que el niño que se hace daño a sí mismo por pura ingenuidad.

Pero esto no es ninguna novedad.

La teología ha distinguido clásicamente entre la ignorancia culpable y la inculpable. Esta última, llamada también ignorancia invencible, se consideraba eximente de pecado y de responsabilidad. De ahí la enseñanza de que se podían hacer cosas que estaban mal, pero que no eran pecaminosas porque se actuaba desde la ignorancia. Esto se basaba en la creencia de que solo se podía actuar de forma moral y responsable si realmente sabías lo que estabas haciendo. Para pecar, tenías que actuar «a sabiendas». Aunque, desde luego, ese es un matiz delicado.

Sin embargo, mirando a nuestro mundo actual, me atrevería a decir que, en varios asuntos morales importantes, actuamos con una ignorancia invencible. Sencillamente, no sabemos actuar mejor. Solo el tipo de ignorancia que permitió a personas sinceras crucificar a Jesús puede explicar por qué nosotros, siendo personas buenas y sinceras, podemos ser tan sumamente ciegos —tanto comunitaria como individualmente— ante los pobres y ante las exigencias económicas y sociales de nuestra fe. La verdadera razón por la que podemos vivir tan cómodamente mientras la brecha entre ricos y pobres se agranda no es que seamos malos y no tengamos conciencia, sino que, como dice Rahner, no sabemos cuánto se nos ama.

Lo mismo ocurre con nuestra actitud hacia el sexo. Hemos sido capaces de banalizar el sexo, separarlo de la sacralidad del matrimonio y convertirlo en una extensión de las citas (o simplemente en sexo recreativo) solo debido a una cierta ignorancia invencible. No sabemos hacerlo mejor, no porque nos falte conciencia, sino porque nos falta un sentido real del profundo amor de Dios y de la dignidad que este nos otorga.

Al igual que los verdugos de Jesús, tenemos una capacidad asombrosa para racionalizar, banalizar y compensar, precisamente porque no sabemos lo que hacemos. No somos conscientes del amor de Dios por nosotros. Por eso es fácil perder la perspectiva, sentirse excluido y hacer cosas que jamás haríamos si fuéramos más conscientes de toda nuestra dignidad.

No es de extrañar que nos conformemos con menos o con casi cualquier cosa que nos prometa comodidad y seguridad. Sin duda, Jesús nos está mirando y diciendo: «¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!».

Pero, ¿es eso verdad? ¿De verdad podemos alegar ignorancia e inocencia y decir que no sabemos actuar mejor?

Yo digo que sí, aunque no es que seamos tontos ni nos falte inteligencia. Se trata de una ingenuidad del corazón. Somos inculpablemente inconscientes de cuánto nos ama Dios.

Muy pocos de nosotros, a nivel existencial, hemos oído alguna vez a Dios decirnos: «¡Te amo!». Muy pocos hemos sentido jamás lo que Jesús debió de sentir en su bautismo cuando oyó a su Padre decir: «¡Tú eres mi hijo amado; en ti me complazco!». De hecho, muy pocos hemos oído alguna vez a otra persona decirnos, de alma a alma: «¡Te amo incondicionalmente! ¡Me complazco en ti!». ¿Sorprende entonces que, al igual que los verdugos de Jesús, tengamos una capacidad increíble para, con buena conciencia, ser a veces ciegos y no ser fieles a nosotros mismos?

La oscuridad solo es mala porque existe la luz. El pecado solo puede ocurrir si primero hay amor. La traición solo es posible si antes se han oído las palabras: «Te amo». Los verdugos de Jesús actuaron en una oscuridad que nacía de no haber oído nunca eso. Sospecho que a muchos de nosotros nos pasa lo mismo. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

El tesoro de la sabiduría del Reino...

 


Domingo XVII del Tiempo Ordinario

Textos

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Lecturas

Contigo, Señor, y a tu modo.

Comentario


Gracias a: Ciudad Redonda.org. Rezando Voy. y Dominicos.org

El texto evangélico de hoy es el final del c.13 de Mateo, el capítulo de las parábolas por antonomasia, en que una y otra vez se compara el "Reino de los cielos" con las cosas de este mundo, de la tierra, del campo, de la cizaña. En este caso, nos hemos de fijar en el tesoro del campo y la perla (vv. 44-46). Las dos parábolas narran el descubrimiento de algo tan valioso que los protagonistas (un hombre cualquiera y un comerciante) no dudan en vender todo lo que tienen para adquirirlo; lo hallado es tan extraordinario que están dispuestos a desprenderse de cuanto poseen con tal de apropiárselo. No todos los días tiene uno la suerte de descubrir un tesoro o una perla de inmenso valor. Cualquier hombre sería feliz con un descubrimiento semejante. Por eso, haría todo lo posible por obtenerlo, aunque para ello tuviera que pagar un alto precio. 

Cuando uno encuentra el Reino de Dios entonces todo está en poner en marcha la sabiduría y el coraje de que uno es capaz, los cinco sentidos, arriesgarlo todo, entregar todo lo que uno tiene, por ello.

¿Es que el reino de Dios es un tesoro? Naturalmente que sí. Porque es el acontecimiento de un tiempo nuevo de gracia y salvación, de felicidad y amor que Jesús ha predicado y que ha convertido en causa de su vida y de su entrega. Por eso lo importante de estas dos parábolas es la decisión que toman ambos protagonistas y más todavía la alegría de esta decisión en el caso de tesoro en el campo (extraña que el mercader de perlas no tenga esta reacción primera, aunque sea la misma decisión). No he encontrado mejor conclusión que esta: «El Reino aparece así como un don al alcance de todos, de los afortunados y de los inquietos, de los que sin buscarlo se lo encuentran por casualidad y de los que lo descubren al final de una búsqueda. Para responder adecuadamente a ese don, aceptándolo y haciéndolo suyo, el ser humano ha de estar convencido de que el Reino es lo más valioso que se le puede ofrecer y, en consecuencia, ha de estar dispuesto a anteponerlo a cualquier otro bien» (cf. F. Camacho Acosta, Las parábolas del tesoro y la perla, Isidorianum, 2002). Fuente: domincos.org

Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres...


 Santiago apóstol, Patrono de España.

Gracias a: Rezando Voy. y Dominicos.org