La treintena de San José.

Se reza durante 30 días seguidos para honrar los 30 años que, según la tradición, San José vivió con Jesús y María.

Fechas para 2026. Para terminar la devoción el día de su fiesta (19 de marzo): Inicio: 18 de febrero. (Miércoles de ceniza) Final: 19 de marzo (Solemnidad de San José).

¿En qué consiste esta devoción?

A diferencia de los domingos, que son meditaciones semanales, la Treintena es un compromiso diario. Se suele realizar por tres motivos principales:

  1. Pedir una gracia particular: Es famosa por ser muy eficaz en "causas imposibles" o necesidades urgentes de familia y trabajo.

  2. Honrar su vida: Recordar su papel como protector de la Sagrada Familia.

  3. Preparación espiritual: Llegar a la fiesta del 19 de marzo con el corazón "bien preparado".

Estructura de la oración

La estructura clásica suele ser:

  • Oración inicial: Invocación al Espíritu Santo y a San José.

  • Cuerpo de la Treintena: 30 peticiones o reflexiones cortas (una por cada año de convivencia con Jesús).

  • Oración final: Ofrecimiento y acción de gracias.

Oración Inicial (Ofrecimiento)

Se reza todos los días antes de las demás oraciones.

"¡Oh glorioso patriarca San José! Aquí me tienes, postrado de rodillas ante tu presencia, para ofrecerte este manto de devoción y para pedirte que me alcances del Corazón de Jesús la gracia que tanto necesito. Ayúdame, San José, a vivir y morir como tú, en los brazos de Jesús y de María. Amén."


Las 3 Oraciones de la Estructura Clásica

I. Por su fidelidad a la voluntad divina

"¡Oh glorioso San José! Por aquel amor y fidelidad que tuviste a Dios, te suplico que me alcances la gracia de ser siempre fiel a Su voluntad. Tú que protegiste a la Sagrada Familia, protege también mi alma y mi familia de todo peligro, y concédeme la paz que solo Dios puede dar." (Rezar un Padre Nuestro, Ave María y Gloria).

II. Por su silencio y humildad

"¡Oh modelo de silencio y humildad! San José, tú que pasaste tu vida en la sencillez del trabajo diario, enséñame a buscar a Dios en lo cotidiano. Que mi trabajo sea una oración y que mis palabras siempre busquen construir y consolar a los demás. No me desampares en mis necesidades temporales y espirituales." (Rezar un Padre Nuestro, Ave María y Gloria).

III. Por su protección en la hora de la muerte

"¡Oh patrono de la buena muerte! Tú que expiraste dulcemente entre los brazos de Jesús y de María, te ruego que me asistas en mi último momento. Sé mi abogado y mi guía, y alcánzame la gracia de una muerte santa para poder alabarte por siempre en el cielo." (Rezar un Padre Nuestro, Ave María y Gloria).

Treintena (PlayList en YouTube)


¿Conocías esta historia sobre San José?

El día en que el avión se partió en dos” 

Pidamos a San José que nos enseñe a llevar a María con Jesús a nuestra casa para que vivamos siempre para servirles a ellos. Como hizo él.

El lugar del silencio. Artículo.

A muchos de nos otros nos vendría bien un poco más de silencio en nuestra vida. Y digo esto con cautela, porque el papel del silencio no es fácil de definir. El silencio es algo complejo: a veces le tenemos miedo y tratamos de evitarlo, y otras veces, cuando estamos cansados y saturados, lo anhelamos de verdad.

Por lo general, sin embargo, nos falta silencio. El trabajo, el móvil, las conversaciones, el ocio, las noticias, las distracciones y las preocupaciones de todo tipo suelen llenar cada minuto que pasamos despiertos. Nos hemos acostumbrado tanto a estar estimulados por palabras, información y distracciones, que a menudo nos sentimos perdidos e inquietos cuando nos encontramos solos, sin nadie con quien hablar, sin nada que ver, que leer o que hacer para mantenernos ocupados.

Pero ojo, que no todo esto es malo. En el pasado, los autores espirituales solían ser demasiado radicales al alabar las virtudes del silencio. Tendían a dar la impresión —demasiado simple— de que Dios y la profundidad espiritual solo se encontraban en el silencio, como si las virtudes del trabajo cotidiano, la charla, la fiesta, la familia y la comunidad fueran algo espiritualmente de segunda categoría.

Al hablar del lugar del silencio, las espiritualidades de antes solían castigar a los extrovertidos y se lo ponían demasiado fácil a los introvertidos. En resumen, no tenían suficientemente en cuenta que todos nosotros, seamos como seamos, necesitamos la «terapia» de la vida pública. Aunque necesitamos el silencio para ganar profundidad, necesitamos la interacción con los demás para mantener los pies en el suelo y el equilibrio mental. Ciertos trabajos internos solo pueden hacerse en silencio, pero nuestra salud mental depende, en parte, de ese contacto con los otros. El silencio también puede ser una vía de escape, una forma de evitar esa purificación que escuece y que a menudo solo ocurre a través del reto de convivir en familia y en comunidad.

Es más, el silencio no siempre es la mejor manera de lidiar con las penas del corazón y las obsesiones. Al final, eso no es más que una forma de concentrarse demasiado en uno mismo. A veces, cuando un dolor amenaza nuestra cordura, lo mejor que podemos hacer no es ir a la capilla, sino al teatro o a cenar con un amigo. Centrarse en el trabajo o buscar una distracción sana puede ser, a veces, el mejor aliado cuando el corazón siente que se asfixia.

Cuentan una historia sobre el famoso filósofo Hegel. Justo después de terminar su obra monumental sobre la fenomenología de la historia, se dio cuenta de que estaba al borde de un colapso nervioso por la intensidad de su concentración durante tanto tiempo. ¿Qué hizo para salir de ahí? ¿Se fue de retiro de silencio? No. Se fue a la ópera todas las noches, cenó cada día con amigos y buscó todo tipo de distracciones hasta que, después de un tiempo, ese nudo que le apretaba el mundo interior se soltó, y la luz y la frescura de la vida cotidiana volvieron a brotar. A veces la distracción, y no el silencio, es nuestra mejor cura, incluso espiritualmente.

Aun así, el silencio es necesario. Lo que los grandes autores espirituales de todos los tiempos han intentado enseñar sobre este tema se puede resumir en una sola frase de Maestro Eckhart: Nada se parece tanto al lenguaje de Dios como el silencio.

En esencia, Eckhart nos dice que el silencio es una entrada privilegiada al reino de Dios. Hay un silencio inmenso dentro de cada uno de nosotros que nos llama y que puede ayudarnos a aprender el lenguaje del cielo. ¿Qué significa esto?

El silencio es un lenguaje más profundo, más amplio, más comprensivo, más compasivo y más eterno que cualquier otro idioma. En el cielo, al parecer, no habrá idiomas ni palabras. El silencio hablará. Nos entenderemos total, íntima y gozosamente, y nos abrazaremos en silencio. Curiosamente, a pesar de lo importantes que son, las palabras son parte de la razón por la que todavía no podemos hacer esto del todo. Las palabras unen, pero también dividen. Existe una conexión más profunda que solo está disponible en el silencio.

Los enamorados ya lo saben, igual que los cuáqueros —cuya liturgia intenta imitar el silencio del cielo— o quienes practican la oración contemplativa. San Juan de la Cruz lo expresó en un verso maravillosamente enigmático: «Entender más por no entender que entendiendo».

El silencio puede decir más que las palabras, y de forma más honda. Ya lo experimentamos de distintas maneras: cuando estamos separados de nuestros seres queridos por la distancia o la muerte, aún podemos estar con ellos en el silencio; cuando nos divide un malentendido con personas sinceras, el silencio es el lugar donde podemos encontrarnos; cuando estamos impotentes ante el sufrimiento de otro, el silencio puede ser la mejor forma de expresar nuestra empatía; y cuando hemos pecado y no tenemos palabras para arreglar las cosas, en el silencio puede hablar una palabra más profunda que nos haga saber que, al final, todo irá bien, y toda forma de existencia irá bien.

Nada se parece tanto al lenguaje de Dios como el silencio. Es el lenguaje del cielo que ya habita en nuestro interior, llamándonos e invitándonos a una intimidad más profunda con todo, sin olvidar que seguimos necesitando la terapia de la vida compartida. 

Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno

 



VI Domingo del Tiempo Ordinario

 El v. 17 introduce un nuevo argumento que será expuesto hasta la conclusión del c. 5. Tenemos la presentación del tema (vm 17-2o), o la relación de Jesús con la Ley y los profetas, y seis lógia (vv. 21-48) con el mismo esquema, donde Jesús es el intérprete de las prescripciones del Antiguo Testamento. Dos afirmaciones negativas abren el pasaje evangélico (v 17a) y acentúan el contenido del anuncio: Jesús ha venido a dar cumplimiento, a llevar hasta sus últimas consecuencias la Ley y la profecía bíblica, ya que nada ha sido abrogado (el verbo “plérosai” indica, aquí, dar cumplimiento a través de la enseńanza): su misión tiene como objetivo no abolir lo que ya ha sido revelado, sino promulgar definitivamente la voluntad de Dios.

La nueva justicia no se volverá a medir mas en términos <<cuantitativos", como observancia externa de unos preceptos; sera valorada en virtud de la adhesión del corazón a las exigencias del Reino. Jesús enumera seis ejemplos y los presenta de manera antitética (en este domingo leemos los cuatro primeros, vv. 21-37). Los dichos comienzan con la fórmula estereotipada <<Habéis oído que se dijo [a nuestros antepasados]", seguidos de una cita del Pentateuco, y concluyen con esta expresión de Jesús: <<Pero yo os digo... ". El procedimiento utilizado, por el estilo, es el de las escuelas rabínicas, que contraponían las distintas interpretaciones de la Ley.

La primera antítesis (vv. 21-26) se refiere al mandato de <<No matar", presente en el <<decálogo" (cf Ex 2o,13; Dt 5,17) y reinterpretado por Jesús: también la ira y el insulto manifiestan un conflicto y un juicio que amenazan y trastornan la vida de la comunidad. Las penas son presentadas gradualmente - tribunal, sanedrín y Geenna -, pasando de una perspectiva jurídica a una religioso-escatológica: la autenticidad del culto se verificara según la capacidad de vivir reconciliados (vv. 23ss).

El adulterio (vv. 26-3o) también es sometido a consideración: la unión con la mujer de otro hombre, incluso antes de quebrantar el derecho a la propiedad del marido, tiene su raíz <<en el corazón", sede de los sentimientos profundos y de la personalidad moral del individuo. Quien <<desea", en la acepción del verbo hebreo correspondiente (hamad), quiere adueńarse con violencia de lo que no le pertenece, y, para evitar un destino mortal, tiene que estar dispuesto a sacrificar una parte de si mismo (vv. 29ss).

La tercera antitesis es sobre el matrimonio (vv. 31ss) y nos remite al texto de Dt 24,1. Comete adulterio, según el dicho de Jesús, tanto quien se separa de su mujer como quien se casa con una separada. La excepción del v. 32, salvo en el caso de “poméia”, ha sido objeto de una pluralidad de interpretaciones: una solución apropiada es la que atribuye la cláusula de Mateo a los casos de uniones ilegitimas entre consanguíneos, algo no infrecuente dentro de su comunidad. La exclusión de cualquier tipo de juramento (vv 33-37), que volverá a aparecer en 23,16-22, pretende desenmascarar la costumbre de abusar de la autoridad de Dios: es una llamada a la verdad y a la sinceridad (véase la sentencia del v. 37) y un rechazo de cualquier forma de hipocresía.

<<Pondré mi Ley en su interior, la escribiré en su corazón" (Jr 31,33), Si escudrińamos qué esconde la profundidad de nuestro corazón, si nos empleamos a fondo para descifrar lo escrito por una mano sabia y discreta, descubrimos que <<lo que el ojo no vio", a veces misterioso hasta para nosotros, Dios lo ha preparado, lo ha diseńado, como un proyecto viable para nuestra vida; un proyecto que nos invita a vivir la única ley que nos hace libres, la del amor Guiados por el Espíritu vivimos en el mundo anunciando una <<Buena Noticia" que nos anima a vivir como cristianos adultos, a superar esas faltas de madurez que podrían llevarnos a una fe construida sobre una obediencia estéril y formal: <<Cuando yo era nińo, hablaba como nińo, razonaba como nińo; al hacerme hambre, he dejado las cosas de nińo>> (1 Cor 13,11). Para entrar en el Reino de los Cielos, Jesús pide una justicia superior a la observancia mecánica y desencarnada; solicita una adhesión capaz de interiorizar la norma y manifestar las verdaderas intenciones del corazón.

Esta nueva justicia transforma las dimensiones más profundas y personales de la relación con Dios en la cualidad de las relaciones que el discípulo establece con los hermanos. Dios <<conoce las acciones de los hombres" y sabe que en una ofensa también se puede ocultar la voluntad de destruir al otro, que en una mirada, a veces, esta latente el deseo de poseer, incluso con prepotencia, lo que no nos pertenece. Dios, que lo <<ve todo", no acepta que el hombre reemplace con prácticas cultuales la exigencia de construir caminos de reconciliación, porque la misericordia vale mas que los sacrificios.

Vivir según este estilo de vida nuevo, que Jesús ha inaugurado y que el Espíritu mantiene vivo, significa comprender la voluntad de Dios inmersos en la lógica del mundo, una lógica que parece sobrepasar la sabiduría oculta en nuestro interior. Entre el <<si" al camino evangélico y el <<no" pronunciado a los <<dominadores de este mundo", entre la vida y la muerte, pidamos que nuestra elección sea sin titubeos, inclinada al compromiso y no confusa o tibia.


 



Tercer Domingo: La Circuncisión y el Nombre de Jesús. (7 Domingos de San José)

Tercer Domingo: La Circuncisión y el Nombre de Jesús 

Este misterio ocurre a los ocho días del nacimiento.

  • El Dolor: Ver derramar la primera sangre de Jesús durante el rito de la circuncisión, prefigurando su futura Pasión.

  • El Gozo: El privilegio de imponerle el nombre de Jesús, que significa "Dios salva", sabiendo que Él sería el Salvador del mundo.

             Padrenuestro, Avemaría y Gloria             o bien, 7 Padrenuestros y Avemarías en honor a los 7 dolores y gozos

  • Oración Final: "Oh Dios, que con inefable providencia te dignaste elegir al bienaventurado San José por esposo de tu Santísima Madre; concédenos, te rogamos, que merezcamos tener por intercesor en el cielo al que veneramos como protector en la tierra. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén." "San José, ruega por nosotros."

San Valentín. Amantes son los que se aman.

 Este San Valentín descubre tu belleza, por que para poder amar a alguien, el primer paso es amarse uno mismo. Amantes son los que se aman.


San Valentín
San Valentín era un sacerdote que hacia el siglo III ejercía en Roma. Gobernaba el emperador Claudio II, quien decidió prohibir la celebración de matrimonios para los jóvenes, porque en su opinión los solteros sin familia eran mejores soldados, ya que tenían menos ataduras . El sacerdote consideró que el decreto era injusto y desafió al emperador. Celebraba en secreto matrimonios para jóvenes enamorados (de ahí se ha popularizado que San Valentín sea el patrón de los enamorados). El emperador Claudio se enteró y como San Valentín gozaba de un gran prestigio en Roma, el emperador lo llamó a Palacio. San Valentín aprovechó aquella ocasión para hacer proselitismo del cristianismo.
Aunque en un principio Claudio II mostró interés, el ejército y el Gobernador de Roma, llamado Calpurnio, le persuadieron para quitárselo de la cabeza.
El emperador Claudio dio entonces orden de que encarcelasen a Valentín. Entonces, el oficial Asterius, encargado de encarcelarle, quiso ridiculizar y poner a prueba a Valentín. Le retó a que devolviese la vista a una hija suya, llamada Julia, que nació ciega. Valentín aceptó y en nombre del Señor, le devolvió la vista.

Este hecho convulsionó a Asterius y su familia, quienes se convirtieron al cristianismo. De todas formas, Valentín siguió preso y el débil emperador Claudio finalmente ordenó que lo martirizaran y ejecutaran el 14 de Febrero del año 270. La joven Julia, agradecida al santo, plantó un almendro de flores rosadas junto a su tumba. De ahí que  el almendro sea símbolo de amor y amistad duraderos.

La fecha de celebración del 14 de febrero fue establecida por el Papa Gelasio para honrar a San Valentín entre el año 496 y el 498 después de Cristo. Los restos mortales de San Valentín se conservan actualmente en la Basílica de su mismo nombre, que está situada en la ciudad italiana de Terni (Italia). Cada 14 de febrero se celebra en dicho templo, una acto de compromiso por parte de diferentes parejas que quieren contraer matrimonio al año siguiente. 
La costumbre de intercambiar regalos y cartas de amor el 14 de febrero nació en Gran Bretaña y en Francia durante la Edad Media, entre la caída del Imperio Romano y mediados del siglo XV.


Los norteamericanos adoptaron la costumbre a principios del siglo XVIII. Los avances de la imprenta y el bajón en los precios del servicio postal incentivaron el envío de saludos por San Valentín. Hacia 1840, Esther A. Howland comenzó a vender las primeras tarjetas postales masivas de San Valentín en Estados Unidos.

Aunque sean los enamorados los que principalmente celebran este día, sin embargo hoy en día se festeja también a todos aquellos que comparten la amistad, ya sea maestros, parientes, compañeros de trabajo y todo el que siente, tenga la edad que tenga, el olor del amor que, como flor de primavera, nunca debe perder su agradable perfume.
¡Les deseo un feliz día de los enamorados y de la amistad!
GRACIAS a Javier López
Web católico de Javierhttp://webcatolicodejavier.org/sanvalentin.html

Los mansos ya no heredan la tierra. Artículo.

Hoy en día se está volviendo cada vez más aceptable, ya sea en la política o en el discurso general, hablar de la fuerza bruta, la imposición y el poder humano como las fuerzas que necesitamos para guiar nuestras vidas. De hecho, a veces se califica explícitamente a la empatía como una debilidad.

Una cosa es que la gente diga que la fuerza, la imposición y el poder son, de hecho, lo que gobierna el mundo, pero es peligrosamente erróneo intentar revestir esto de cristianismo. En resumen, esta es la antítesis de Jesús, tal y como dejan claro los Evangelios.

Así es como los Evangelios definen la fortaleza y la debilidad.

Durante siglos, el pueblo elegido, sintiéndose oprimido, anheló y rezó por un Mesías de Dios que viniera haciendo alarde de una fuerza intimidatoria, que venciera a sus enemigos, les trajera prosperidad y los uniera en comunidad mediante una fuerza, una imposición y un poder sobrehumanos. Pero eso no fue lo que obtuvieron.

Contra todas sus expectativas, cuando sus esperanzas y oraciones fueron finalmente respondidas, su anhelado Mesías apareció, no como un superhombre, sino como un bebé indefenso, incapaz de alimentarse por sí mismo, incapaz de valerse por sí solo para llegar a ser adulto.

Es cierto que, de adulto, realizó milagros y a veces mostró una fuerza y un poder sobrenaturales. Sin embargo, el poder que desplegó en sus milagros nunca fue político, militarista ni físicamente intimidante. Sus milagros fueron siempre demostraciones de la compasión y la fidelidad de Dios.

Hay un interesante juego de palabras en los Evangelios cuando hablan de «poder» o «autoridad». Utilizan tres palabras griegas diferentes: A veces se refieren al poder como Energia —el tipo de poder que un atleta estrella puede aportar a un campo de juego—; y a veces se refieren al poder como Dynamis —el tipo de poder que una estrella de rock puede llevar a un escenario—. Sin embargo, cuando los Evangelios se refieren a Jesús como poderoso o con autoridad, nunca usan estas palabras. En su lugar, utilizan la palabra Exousia (para la cual no tenemos un equivalente exacto en español), aunque sí tenemos un concepto de ella.

Exousia es el poder paradójico que un bebé aporta a una habitación. Superficialmente parece impotencia, pero en última instancia es el mayor poder de todos: la vulnerabilidad, el poder moral para crear intimidad.

Dicho de forma sencilla: si metes a tres personas en una habitación —un atleta en la plenitud de su destreza física, una estrella de rock que puede electrizar un estadio con su energía y un bebé—, ¿quién tiene, en última instancia, más poder? Jesús responde a eso.

Lo vemos claramente en la forma de su muerte. Mientras cuelga de la cruz, sufriendo y humillado, se burlan de él: «¡Si eres el hijo de Dios, baja de esa cruz! ¡Si tienes poder divino, demuéstralo!». Jesús no cae en la trampa. En lugar de demostrar el tipo de poder que nos gusta creer que Dios debería usar, Jesús recurre a otro poder, uno superior. En su impotencia, entrega su espíritu con amor y empatía y, en eso, nos muestra el lugar donde nace la intimidad.

Además, Jesús no podría ser más claro en su enseñanza. Como deja patente en el Sermón de la Montaña (quizás el mayor código moral jamás escrito), la fuerza humana, la imposición y el poder no son lo que trae el Reino. ¿Qué crea comunidad e intimidad entre nosotros?

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. (Mateo 5, 3-11)

Desafortunadamente, hoy en nuestra política y en nuestro discurso civil (que tristemente a menudo carece de civismo), la gente pone cada vez más su fe en el poder humano bruto: poder político, poder económico, poder militar, poder de las redes sociales, privilegios históricos. Estos, como afirman ahora muchos políticos, son lo que es real. Son los que deciden las cosas en el mundo. Son los fuertes, los poderosos y los ricos quienes heredarán las cosas buenas de esta tierra. Los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los misericordiosos y los perseguidos se perderán la vida. Y, sustentando todo esto, está la creencia de que la empatía es una debilidad.

¿Qué se puede decir ante esto? ¿Cuál debería ser la respuesta cristiana?

Desde el comienzo de la vida humana en este planeta, la fuerza bruta y el poder siempre se han hecho sentir y a menudo han sido una fuerza dominante en la configuración de la historia. Los mansos no siempre han heredado la tierra (al menos no esta tierra). Y hoy, los mansos están amenazados por todos lados. Sin embargo, cualquiera que sea su conveniencia política o económica, este tipo de fuerza y poder crudos no pueden revestirse de Jesús y los Evangelios. Son la antítesis de Jesús y los Evangelios.  Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org / Artículo original en Inglés

Mirra: El regalo no deseado. Artículo.

En los Evangelios encontramos la historia de los tres Reyes Magos, que vinieron de Oriente y depositaron sus regalos en la cuna del recién nacido Jesús. Los regalos no eran prácticos: no eran comida de bebé, ni pañales, ni mantas. Eran simbólicos. ¿Qué simbolizan?

En un primer nivel, simbolizan, como se nos ha enseñado clásicamente: realeza, divinidad y humanidad. Pero también hay otros niveles de significado. El oro puede verse como un regalo que proporciona recursos al niño para las cosas que necesitará en la vida; el incienso puede verse como una forma de honrar la dignidad única de su persona; y la mirra puede verse como un recordatorio de que un día morirá.

Ahora bien, estos son tres regalos que todo padre necesita dar a un hijo: es decir, recursos para las cosas que el niño necesita para crecer; un sentido de orgullo que honre su dignidad; y un recordatorio (en cualquier forma que este adopte) que haga y mantenga al niño consciente de que un día él o ella morirá. Estos son los regalos de los Magos: recibimos recursos, somos honrados y se nos recuerda que un día moriremos.

De niños, anhelamos los dos primeros regalos, el oro y el incienso, pero nos resistimos al último regalo, la mirra: un recordatorio de que somos mortales, un recordatorio que no queremos pero que necesitamos mucho.

Mientras crecía, mi padre y mi madre me dieron estos tres regalos: oro, los recursos que necesitaba para vivir y desarrollarme; incienso, un sentido de mi dignidad única; y mirra, la conciencia de que algún día moriré, de que esta vida no es todo lo que hay, de que la juventud y la salud no duran para siempre, y de que mis decisiones vitales deben tomarse siempre con ese horizonte de fondo.

De niño, siempre me resistí a ese último regalo. No quería mirar los cadáveres en los velatorios o en los funerales, y cualquier charla sobre la fragilidad de la vida me hacía salir corriendo de la habitación. No quería ver ni oír nada sobre la muerte. Para mí, aquello era una conversación morbosa que tapaba el sol y drenaba el oxígeno de una habitación.

Pero mis padres, entre todas las cosas buenas que nos dieron a mí y a mis hermanos, nunca nos permitieron evadir la mirra. En todas las épocas había recordatorios de nuestra mortalidad, del hecho de que la vida era frágil y que la muerte finalmente nos esperaba. Mi padre y mi madre no eran crueles, sádicos o particularmente pesimistas; simplemente mantenían esta conciencia siempre frente a nosotros, recordándonos lo que era real. Mientras tanto, yo anhelaba Disneylandia.

Tal vez en algo de esto no solo estaban influenciados por su fe, sino también por la cultura germánica de la que provenían, la cultura que nos dio los cuentos de hadas de Grimm, que tenía un estoicismo particular con respecto a la muerte, y que creía que los adultos no hacían ningún favor a los niños protegiéndolos de los aspectos más oscuros de la vida. Pero, al final, este regalo en particular sí vino de su fe y fue saludable y muy necesario.

A pesar de toda mi resistencia e intentos de evadir este regalo, se filtró, y se filtró tan poderosamente que puedo decir con total honestidad que todas las decisiones importantes de mi vida se han tomado bajo su horizonte. Nunca habría entrado en una comunidad religiosa ni me habría convertido en sacerdote si no fuera porque este regalo me mantuvo siempre consciente de ello. No habría perseverado en mis votos religiosos si no fuera por este regalo. ¿Quién querría vivir los votos de pobreza, castidad y obediencia si no hubiera conciencia de la realidad de nuestra mortalidad? De hecho, en cualquier camino de vida, ¿Quién tendría la fuerza para ser fiel si no existiera la conciencia de este horizonte más amplio?

De niño no estaba agradecido a mis padres (y a la cultura católica en la que vivían) por no dejarme olvidar nunca que yo era mortal, por traer simbólicamente mirra a mi cuna. Pero ahora miro hacia atrás y me doy cuenta de que este fue uno de los mejores regalos que me dieron: un regalo que no quería, pero que necesitaba desesperadamente.

Recuerdo un período particularmente oscuro de mi infancia, el verano y el otoño cuando tenía trece años. En el espacio de cinco meses, tres jóvenes que conocía, dos vecinos y un compañero de clase, murieron repentinamente: dos en accidentes y uno por suicidio. Cada una de estas muertes, que arrebató la vida a una persona joven y sana, fue un asalto a mis energías y sueños juveniles, todos los cuales se basaban en caminar en la luz, en el sol, en la salud, en la juventud y en un mundo donde la muerte no era real. Durante seis meses luché con la negación, en una dolorosa y aislada soledad adolescente, tratando de hacer las paces con la cruda realidad de la muerte. Y esa lucha marcó mi alma a una profundidad que todavía siento hoy. Ese verano se me dio, de nuevo, el regalo de la mirra, la bendición que proviene de hacer las paces con tu propia mortalidad. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org / Artículo original en Inglés

11 de febrero día de los enfermos y de Nuestra Señora de Lourdes

El mayor lugar de curaciones en el mundo…

Con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo, que se celebra el día 11 coincidiendo con la festividad de la Virgen de Lourdes, les invito a leer lo siguiente: Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial del Enfermo en su 30 aniversario: Artículo

Nuestra lucha con el amor y con Dios. Artículo.

Dios es amor. Si esto es verdad, y lo es, entonces ¿por qué tenemos miedo de Dios y por qué nos da miedo morir?

Vivimos con demasiado miedo a Dios y a la muerte. ¿De dónde viene esto? ¿Por qué alguien debería tener miedo de encontrarse cara a cara con el amor?

Este miedo no es simplemente producto de una mala religión que puede darnos un concepto distorsionado de Dios. Una mala religión puede influir en la creación de un miedo malsano a Dios en nosotros, pero aquí entran en juego factores más profundos.

En primer lugar, a menos que hayamos sido extremadamente afortunados en cómo nos han amado, todos luchamos con un miedo profundo de que, de alguna manera, no merecemos ser amados, no somos dignos y somos incapaces de presentarnos moral y psicológicamente desnudos ante el amor puro. Por lo tanto, es comprensible que sintamos cierto temor ante un Dios que es puro amor y, no es sorprendente, que temamos enfrentarnos a ese Dios cuando muramos. Digo esto con compasión. Para la mayoría de nosotros, esta es simplemente nuestra condición humana, y la mala religión no está en las raíces más profundas de esto. ¿Qué hay en sus raíces profundas?

Nuestra lucha congénita con el amor. En esencia, nuestra lucha es la del Jacob bíblico que pasa una noche luchando con una fuerza divina desconocida. ¿Cuál es la fuerza? ¿Un ángel? ¿Dios? Sí, ambos, pero en última instancia, está luchando sin saberlo con el amor, y es por eso que casi al final de la lucha, cuando lo ha herido gravemente, finalmente se da cuenta de con qué está luchando y ahora se aferra a ello y suplica su bendición. Esa es nuestra profunda lucha con Dios, con el amor.

Sin embargo, la mala teología a veces juega un papel debido a nuestro malentendido del consejo bíblico «el temor de Dios es el principio de la sabiduría». (Proverbios 9,10)

La teología y la catequesis de mi juventud (gran parte de ella muy sana) contenían, sin embargo, y con bastante fuerza, un motivo de miedo malsano. A Dios había que tenerle miedo. Dios anotaba nuestros pecados, los contaba y llevaba un registro estricto de ellos en un libro. Un día tendríamos que enfrentarnos a Dios, con ese encuentro abrasando nuestras almas, y responder por esas faltas. Además, también estaba el miedo de ir al infierno después de la muerte. Sin importar nuestra sinceridad, podíamos morir en estado de pecado mortal y ser condenados al infierno por toda la eternidad. La teología y la catequesis en las que fui bautizado y criado, a pesar de toda su otra bondad, inculcaron un miedo malsano a Dios en mí. Sospecho que esto es cierto para muchos de nosotros.

Pero, ¿no es el temor de Dios el principio de la sabiduría? ¿No deberíamos presentarnos ante Dios con temor? Sí, pero solo con cierto tipo de temor.

El miedo tiene muchas caras, algunas sanas, otras no. Tememos al matón del patio del colegio, tememos contraer una enfermedad grave, tememos el dolor físico, tememos perder a alguien en la muerte, tememos nuestra propia muerte y tememos el juicio por nuestras faltas. Esa es una cara del miedo.

Pero hay otra, el miedo a ser infiel, el miedo a traicionar a alguien que amamos, el miedo a ser insensible y grosero y quedarnos con los zapatos puestos ante la zarza ardiente. Ese es el tipo de temor que es el principio de la sabiduría. Ese es un temor sano ante Dios y ante el amor.

San Pablo, al hablar de la gracia, en esencia lo plantea de esta manera: No deberíamos intentar ser buenos para que Dios nos ame. Más bien, ¡deberíamos querer ser buenos porque Dios nos ama! Por ejemplo, en un matrimonio, deberíamos querer ser fieles no en primer lugar para que nuestra pareja no deje de amarnos. Más bien deberíamos querer ser fieles porque nuestra pareja nos ama. Eso es santo temor, temor a traicionar el amor, el principio de la sabiduría, un temor sano a Dios y al amor.

Además, hoy en día tenemos una literatura cada vez más amplia que relata la experiencia de personas que han estado clínicamente muertas y luego fueron resucitadas y devueltas a la vida. Prácticamente en todos los casos, la persona que había estado muerta y luego resucitada, no quería volver a su vida terrenal. Casi todos describen haber sido recibidos por una calidez, una luz y un abrazo de amor que superaba cualquier cosa que hubieran experimentado en esta vida. Ninguno experimentó miedo.

Dios nunca es un tirano, un matón, arbitrario, legalista, frío, sin calidez y sin plena comprensión y compasión. Solo necesitamos temer traicionar esa bondad. Mi imagen de estar ante Dios después de la muerte es la imagen de un bebé recién nacido siendo tomado en brazos por su madre por primera vez, o la imagen de un abuelo sonriendo radiante a su nieto tratando de arrancarle una sonrisa al pequeño. No tenemos por qué temer enfrentarnos a Dios antes o después de la muerte. Será una experiencia de encuentro con el amor puro e incondicional. Entonces, como el Jacob bíblico, finalmente podremos dejar de luchar con el amor y aferrarnos a él. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org / Artículo original en Inglés