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| Imagen del Sagrado Corazón de Jesús bendiciendo Oviedo |
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El domingo 14 de junio 2026,
Jira al Monumento del Sagrado Corazón
del Monte Naranco (Oviedo)
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El domingo 14 de junio 2026,
Jira al Monumento del Sagrado Corazón
del Monte Naranco (Oviedo)
El evangelio se puede leer a la luz de la primera lectura, la dramática situación del pueblo en el desierto. Dios ha conducido a Israel a una situación horrorosa. No existe ningún camino, no tienen pan ni agua, no poseen mayor seguridad y nadie habla de una posible salvación. Solo mantienen una fe ciega en Dios y en su Palabra. La fe es suficiente. Es la premisa del milagro del maná.
El evangelio completa esta fusión entre la Palabra de Dios y el maná (pan) en la persona de Cristo, quien dándose a si mismo realiza la unidad de ambas. Solo aquel que lo recibe como alimento tiene en si la Palabra de Dios y a Dios mismo, en cierto sentido. Esto roza lo increíble. Jesús no explica como puede realizarse este milagro, superior al mana que comieron los antepasados en el desierto, que, después de comerlo y quedar saciados, <<murieron" (vi 58). Jesús quiere que, al participar en la eucaristía, pensemos que en el desierto de nuestra vida también podemos lanzarnos como hambrientos a los brazos de Dios.
Jesús no explica como tiene lugar el milagro. Sin embargo, si precisa como él es <<el pan de vida". Prepara a los discípulos, por medio de la fe, a una afirmación aun más asombrosa: el pan que le ofrece a los hombres para que realmente lo coman es él. Por esto dice: <<Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida" (v 55). Sorprendentes palabras, porque, de no ser así, comenta: <<No tendréis vida en vosotros" (xc 53). Se refiere a la muerte en cruz como ofrenda sacrificial de su carne entregada por nosotros para que vivamos siempre con él. Jesús nos da a comer su propia carne inmolada en la cruz para que <<vivamos para siempre" (v. 58). Si nos tomamos en serio estas palabras, descubrimos que la carne de Jesús inmolada en la cruz se convierte en la comunión eucarística en la unión profunda de vida con él. Uniéndose a nosotros, a nuestra debilidad, Jesús se transforma en nuestro pan.
Todo esto es, efectivamente, una locura divina, y supera cualquier esfuerzo humano que intente captar su sentido insondable. Solo se comprende si concebimos que Dios es amor con sinceridad, preguntémonos si creemos real y verdaderamente en la vida eterna. La vida eterna no es otra que la vida de Dios. Y nuestra vida se encuentra en el amor de Dios, un amor tan grande que vence todas nuestras debilidades. Y precisamente porque somos débiles, Dios viene en nuestra ayuda.
Nos impresionan las palabras del Senior proclamadas en el evangelio de hoy. Significan que la <<muerte" no tiene ninguna posibilidad de acceso allí donde se come <<el pan de la vida". Sabemos que el pan de la vida es la carne de Jesús entregada para la vida del mundo. Quien come su carne vive en Cristo. Es transformado en una realidad eterna. Y desde ahora. Vive ya la vida eterna, que es propia de Dios.
Después, el futuro: <<Y yo lo resucitaré el último día". El horizonte de la eucaristía es la resurrección de los muertos: <<El que come mi carne y vive mi sangre tiene vida eterna". Nunca más el horror del desierto, la angustia de la noche y las insidias del camino, sino la vida eterna. Mejor aun, el misterio del amor que reina entre el Padre y el Hijo en la Santísima Trinidad. La vida eterna esta presente en quien come el cuerpo de Cristo. Es una realidad tangible. Es una vida que extiende y propaga el fuego inagotable de Dios y transforma al hombre, preparándolo para la <<boda eterna". Por cierto, siempre existe el riesgo de tropezar en las propias limitaciones. Pero el Seńor es el <<pan vivo" que esta continuamente a nuestra disposición, El nos ayuda a vivir en la fe, esperanza y caridad y a gustar desde ahora, incluso sufriendo la soledad del desierto, la verdad de la resurrección. No por nada la vida eterna es la resurrección.
Ahora sólo nos queda corear el gozo y la alegría de haber encontrado en el corazón de nuestra vida un camino que no conocíamos. El camino que conduce a la resurrección. Desde ahora, y hasta el final, la resurrección esta aquí con nosotros: <<El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día" (Jn 6,54).
Te damos gracias, Dios de eterno amor por el regalo de la eucaristía, comuni6n y uni6n con Cristo y los hermanos. Cuando participamos en la eucaristía no sólo nos unimos a Cristo y formamos una sola cosa con el (<<un solo cuerpo"), sino que nos ponemos en común unión entre nosotros y nos convertimos en <<un solo cue1po" con Cristo y los demás. Te pedimos perdón porque no siempre hemos experimentado el misterioso e irresistible atractivo de la eucaristía, porque a veces hemos gastado el tiempo en conseguir seguridades personales, embaucados por nuestros egoísmos y atrapados por la desconfianza y la desesperaci6n.
Te rogamos, Padre, que nos concedas el don de la sabiduría para que comprendamos que la fatigosa peregrinación por el desierto de nuestra vida es ya una confortable estancia en la patria del cielo. Porque <<no sólo de pan viva el hombre", sino de ese <<pan" que es él, en cuanto Hijo de Dios, enviado al mundo para salvarlo. Te suplicamos que, comulgando del cuerpo de Cristo, nos convirtamos en lo que somos, como nos dice san Agustín: cuerpo de Cristo y miembros los unos de los otros. Este es el deseo profundo que queremos cultivar con la oración y en el corazón: dejar que tú, Seńor, obres este milagro en nosotros. Tú eres el Seńor; úu lo puedes todo. Amén.
Una de las santas que más me dice es Teresa de Lisieux, conocida popularmente como la «Pequeña Flor». He de decir que no fue amor a primera vista. Durante años, su persona y su imagen me echaban para atrás; me dejaban frío e indiferente, cubiertas como estaban por una capa de piedad demasiado almibarada. Era demasiado dulce, demasiado piadosa. ¡No era una santa para mí! Pero eso cambió gracias a un amigo que me dijo: «No leas libros sobre ella; léela a ella». La leí y encontré en ella una amiga del alma.
¿Quién es Teresa de Lisieux? Fue una monja carmelita que murió de tuberculosis en 1897. Tenía solo veinticuatro años cuando falleció y, como monja carmelita escondida en un convento de la Francia rural, murió en el anonimato, conocida probablemente por menos de cien personas. Sin embargo, durante los dos últimos años de su vida, mientras agonizaba a causa de la tuberculosis, escribió varios diarios. Tras su muerte, sus hermanas carmelitas enviaron sus diarios inéditos a unos pocos conventos más, con la intención de dar a conocer su fallecimiento y un poco de su vida a un pequeño círculo de religiosas.
El resto es historia. Los manuscritos se filtraron a un público más amplio y, en menos de diez años, las imprentas tenían verdaderos problemas para satisfacer la demanda de su autobiografía. Su pequeño convento de Lisieux recibía más de quinientas cartas al día, y gente de todo el mundo empezaba a peregrinar a Lisieux. Ciento treinta años después, poco ha cambiado. Sigue siendo extraordinariamente popular.
¿Por qué? ¿A qué se debe este interés perenne por Teresa? Porque hay algo en ella que toca el alma de una manera particularmente empática. ¿Por qué razón?
Teresa tuvo unos antecedentes anómalos que forjaron un carácter extraordinario. Su vida de niña fue, en muchos sentidos, trágica. Su madre enfermó en el momento del nacimiento de Teresa y no pudo cuidarla durante el crucial primer año de su vida. Fue cuidada por una nodriza y una tía. Al cumplir un año, volvió con su madre, pero esta ya estaba terminalmente enferma y, cuando Teresa tenía cuatro años, su madre murió. Teresa eligió entonces a su hermana mayor, Paulina, para que fuera su nueva madre. Cinco años después, Paulina entró en el convento y Teresa, con nueve años, volvió a perder a una madre.
Poco después de esto, enfermó y estuvo a punto de morir. Esto se desencadenó por una visita a Paulina, que ya era monja carmelita. Junto con sus otras tres hermanas y su padre, había ido a visitar a Paulina a su convento. Después de que Paulina pasara un tiempo centrada en su hermana pequeña, lógicamente se enfrascó en una conversación de adultos. Sintiéndose excluida, por pura frustración, la pequeña Teresa se paró justo enfrente de su hermana mayor y, sacudiendo su vestido, empezó a llorar.
«¿Qué te pasa?», preguntó Paulina. «¡No te has dado cuenta!», gritó Teresa, «¡llevo el vestido que me hiciste!».
Entonces se quedó desconsolada y, al volver a casa, se metió en la cama y durante algunas semanas, a pesar de los mejores esfuerzos de varios médicos y de todo tipo de mimos por parte de su familia, se debatió entre la vida y la muerte. Finalmente se recuperó. Tal fue la tragedia y la hipersensibilidad de su infancia.
Sin embargo, y esta es la gran anomalía, de niña, Teresa fue mimada y amada como pocos niños lo son. Su padre, sus hermanas y su familia extensa la consideraban su pequeña reina, y fue querida y hecha sentir extraordinariamente preciosa y única. Su hermana Celina fotografiaba cada uno de sus movimientos. Pocos niños crecen tan nutridos de amor y afirmación como Teresa.
Y su personalidad reflejaba los efectos tanto de la tragedia como del amor. Por un lado, podía ser pesada, oscura, retraída y de otro mundo. Hizo buenas migas con la mortalidad, fue una mística de la oscuridad, la adulta austera, la niña-mujer que, herida temprano, creció rápido. Pero, por otro lado, siempre siguió siendo la niña mágica, Cenicienta, que, por ser tan amada y agraciada, desarrolló una autoestima muy robusta, una confianza y una capacidad de amar como pocas personas han tenido.
Tan amada de niña, una parte de ella permaneció siempre como la niña pequeña, la puella, la encarnación de la niñez, la inocencia y la alegría. Solo una Teresa de Lisieux podía terminar todas sus cartas con la frase: ¡Te beso con todo mi corazón!
En un alma así formada reside su mística, es decir, su combinación única de profundidad, intuición y desapego del mundo, incluso mientras se aferra desesperadamente a los regalos más insignificantes de su familia y a cada pequeña muestra de afecto terrenal. Solo un alma así formada podía, a los veintidós años, tener la complejidad y la sabiduría necesarias para escribir un tratado místico y teológico que rivaliza con el de los grandes doctores teológicos, y solo un alma así formada podía ser a la vez un estudio de hipersensibilidad y de resiliencia humana.
Una santa tan patológicamente compleja puede ser una amiga del alma para nuestras propias almas complejas. Original en Ingles / / Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org
CONSAGRACIÓN FILIAL AL CORAZÓN DE MARIA
El fragmento del evangelio de Juan forma parte del <<comentario" del evangelista al diálogo de Jesús con Nicodemo (sin embargo, la lectura litúrgica introduce el texto con la expresión: <<En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo"). Consiste en la explicación de las palabras de Jesús referentes a tener vida eterna gracias a la fe en aquel que Dios ha levantado en alto (Jn 3,15). En el cuarto evangelio <<levantar" significa, al mismo tiempo, crucificar (ser levantado en la cruz) y ensalzar La repetición del dicho <<para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna>>, en el v. 16, subraya la relación entre creer en Jesús y obtener la vida. La afirmación manifiesta la intención de Dios, el amor tan grande al mundo, que incluso entrega a su Hijo unigénito para arrancar a la humanidad de la muerte. El verbo <<entregar" asume aquí la doble valencia de enviar al mundo al Hijo y de entregarlo hasta la muerte. Se recalca así que en la entrega de Jesús esta implicado el Padre. La humanidad (en este sentido la humanidad es el mundo), mediante el pecado, ha creado una separación entre ella y Dios, exponiéndose a la muerte. Dios quiere superar ese abismo. Y a la situación <<suicida" de la humanidad le contrapone el don de la vida, que requiere la fe. Es voluntad de Dios cumplir esta condición repetida con insistencia para salir del abismo y no (re)caer en él. El eventual juicio no depende, por tanto, de Dios, sino de la elección que cada uno hace ante aquel que se ha entregado. El juicio es correlativo a la incredulidad, lo contrario a la voluntad de Dios. La fe en el Hijo del hombre enviado es ya experiencia de vida, en cuanto que es apertura al amor vivificante de Dios.
La concepción que se tenga de Dios nace en buena parte de nuestra experiencia en las relaciones humanas. Generalmente, hay dos aspectos bien diferenciados: el fundamento que la sostiene y el misterio que la envuelve. La supremacía de un aspecto sobre el otro determina los sentimientos: si el predominio es el del primero, será de confianza, al sentirse protegido y cuidado; si la preponderancia es el del segundo, será de temor, al considerarse supeditado y dominado. Las dos impresiones se expresan de dos formas en la oración: la alabanza agradecida y la invocación perpleja. En toda vivencia religiosa, incluida la cristiana, conviven distintas sensibilidades y formas de orar; sin embargo, no nos sentimos ante Dios protegidos y amenazados, al mismo tiempo, y gozosos de mantener una relación cordial con él y suspicaces ante el temor de quedar anulados en algún momento por fiarnos totalmente?
Los textos que la liturgia nos propone en la solemnidad de la Trinidad nos presentan una descripción de Dios que va más allá de la proyección en la que, a menudo, caemos al prestarles atención a los sentimientos espontáneos que nos surgen. La manifestación de Dios como amor quiere recordarnos insistentemente que él se dirige a nosotros con la dedicación y el carińo de quien esta en el corazón de nuestra vida. El perfil de una vida así no esta determinado por nuestros deseos, solo pálidamente. En efecto, nuestro deseo de vida, por muy grande que sea, no logra alcanzar la plenitud de cuanto Dios quiere entregarnos; se aproxima solamente, igual que se aproxima la concepción que podemos tener del amor de Dios manifestado en Jesús.
Este amor; que aparece como el verdadero rostro del misterio, causa un estupor indecible: sentirse el centro de la atención y de los cuidados de Aquel que es la vida misma, rebosante y salvadora. Así se aprende que no es encerrándose, sino dándose, como se obtiene verdaderamente la vida. La vida coincide con el amor entendido como entrega, y la plenitud de la vida se experimenta cuando, abrazados y transformados, por tal amor nos dirigimos a él en alabanza agradecida, signo de que el temor ha desaparecido definitivamente.