Conmemoración de Santa María Magdalena. 22 de julio.

El amor de María de Magdala no muere bajo la cruz. Jesús le había devuelto la vida en plenitud y desde aquel momento ella había vivido para Él.

Tras la hora trágica del Viernes Santo, María permanece fiel a aquella entrega absoluta, obstinadamente consagrada a la búsqueda de Aquel a quien ama. Nada puede apartarla de su objetivo: ni siquiera el  descubrimiento de la tumba vacía.

Esta mujer es figura de la Iglesia-esposa y de toda alma que busca a Cristo y no tiene otra cosa para ofrecer que las lágrimas del amor. El Señor se deja encontrar por quien le busca de este modo. Resucitado y vivo, se acerca a quien sabe permanecer en la soledad junto al misterio incomprensible. Sin embargo, sólo podemos reconocerle cuando nos llama por nuestro nombre y nos hace sentir que nos conoce hasta el fondo.

Este mismo conocimiento de amor no está destinado a una satisfacción personal, sino que es un don que nos hace testigos ante los hermanos a fin de llevar a todos el anuncio pascual, la alegría verdadera, una vida nueva transfigurada por el encuentro con el Señor. 

Como toda figura evangélica, también María Magdalena es tipo del discípulo de Cristo. En ella vemos el luminoso testimonio de quien, perseverando en la búsqueda de Dios, aunque sea en la oscuridad  de la fe y en la prueba de la esperanza, encuentra por fin a Aquel a quien ama o, mejor aún, es encontrado por él.

En efecto, Cristo, el buen pastor, es desde siempre el primero en buscarnos y permanece esperándonos. Espera que el deseo del corazón se purifique, se vuelva ardiente y consuma con su fuego toda la escoria que hay en nosotros. Espera que nuestros ojos se vuelvan capaces de reconocerle en quien nos rodea, y nos vuelva atentos a su voz, una voz que siempre nos llama por nuestro nombre. También nosotros, como María Magdalena, exultaremos de alegría ante su presencia, que nunca es asible, sino poseída o prevista. Sólo quien ha conocido la larga noche de la espera y del deseo puede convertirse en testigo creíble entre los hermanos de una fe que no es vana. 

Santa María Magdalena, viniste a Cristo, fuente de misericordia, derramando muchas lágrimas: tenías una sed ardiente de él y fuiste abundantemente saciada. Fue él quien, siendo pecadora, te justificó; fue él quien, en tu dolor tan amargo, te consoló dulcemente. Ardiente enamorada de Dios, en mi timidez, vengo a implorarte a ti, que eres bienaventurada; yo, que vivo en mi oscuridad, a ti, que eres luminosa; yo, que soy pecador, a ti, que has sido justificada: acuérdate, en tu bondad, de lo que fuiste y de la necesidad de misericordia que tuviste. Obtenme la compunción del ánimo puro, las lágrimas de la humildad, el deseo de la patria celestial. Me sirve de ayuda la familiaridad de vida que tuviste y sigues teniendo aún con la fuente de la misericordia. Hazme llegar a ella, a fin de que pueda lavar mis pecados; dame de beber de ella, para que quede saciada mi sed (Anselmo de Canterbury, Orazioni e meditazioni, Milán 1997, pp. 381-383, passim).


María ha buscado, aunque en vano. Sin embargo, no se da por vencida y acaba encontrando: su esfuerzo se ve coronado al fin por el éxito.

En qué momentos buscamos al Amado? Le buscamos en las noches [...]. Por qué llega Dios así, con retraso? Para permitirnos estrecharlo con más fuerza en el momento de su venida. El deseo no es auténtico si el tiempo consigue debilitarlo. Demuestra poseer un amor ardiente quien desiste del compromiso sólo cuando ha obtenido la victoria.

El ser que no busca el rostro del Creador permanece insensible, triste y frío. Quien desea ardientemente buscar a aquel a quien ama vive de u n ardiente amor; la falta de su Señor le vuelve inquieto, y las alegrías que ayer encantaban a su espíritu, hoy le parecen odiosas. La herrumbre del pecado se disuelve y su espíritu, encendido como oro, recupera en la llama el esplendor que el tiempo había ofuscado (Gregorio Magno, Homilías sobre el Evangelio XXV, 2-5, passim).

 

"A quién buscas?" La pregunta de Jesús resucitado a María de Magdala puede sorprendernos también a nosotros cada mañana y a cada hora de nuestra vida. Eres capaz de decir a quién buscas de verdad? En efecto, no siempre está claro que buscamos a Jesús, al Señor. No siempre aquel a quien queremos encontrar es precisamente aquel que quiere entregarse a nosotros.

María buscaba al hombre Jesús, buscaba al Maestro crucificado, por eso no veía a Jesús el Viviente delante de ella. Si tenemos una idea de Jesús a la medida de nuestra pequeña mente humana, nuestra búsqueda acaba en un callejón sin salida. Jesús es siempre inmensamente más que lo que nosotros conseguimos pensar y desear. Dónde, pues, y cómo buscar al Señor para salir del túnel de nuestros extravíos y de nuestros miedos, para no engañarnos dando vueltas alrededor de nosotros mismos en vez de correr derechos hacia él? Sólo sí antes tenemos una verdadera y justa valoración de nosotros mismos como criaturas pobres podremos descubrir la presencia de aquel que lo sostiene todo. Aquel a quien buscamos debe ser verdaderamente el todo al que anhela adherirse nuestra alma. Buscar a Cristo es signo de que, en cierto modo, ya le hemos encontrado, pero encontrar a Cristo es un estímulo para continuar buscándolo.

Esta actitud no se plantea sólo al comienzo del camino espiritual, sino que lo acompaña hasta la última meta, puesto que la búsqueda del rostro del Señor es su dato esencial. Conocer a aquel por quien somos conocidos: eso es lo indispensable. El itinerario del conocimiento de Cristo coincide con el mismo itinerario de la fe y del amor. El yo debe aprender a callar y a escuchar; el corazón debe aprender el camino del exilio para alejarse de todo cuanto lo mantiene apegado a sus viejos / tristes amores (A. M. Cánopi, Nel mistero della gratuita, Milán 1998, p. 21 ss). Fuente: santaclaradeestella.es.


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Muchas mujeres...Solo Jesús podía romper tantos prejuicios y barreras.


La puerta estrecha. Artículo.

Un sacerdote amigo mío me contó hace poco esta historia. Resulta que en el retiro espiritual de su presbiterio, el director comenzó la primera charla con estas palabras: «Damos por sentado que la mayoría de la gente se va al infierno». Y para justificarlo, citó estas palabras de Jesús: «Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ella. Pero ¡qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos son los que lo encuentran» (Mateo 7, 13-14).

A primera vista, parece que esto indica que la mayoría de las personas no van por el camino del cielo, sino por el del infierno.

¿De verdad nos vamos a ir casi todos al infierno? ¿Es eso lo que insinúa el texto? ¡Para nada! Eso no es lo que Jesús nos está enseñando aquí. Hace falta desmenuzar un poco estas palabras.

En primer lugar, cuando Jesús dice que «es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo encuentran», no se refiere tanto a ir al cielo o al infierno, sino a nuestra vida aquí y ahora, en el presente.

En el fondo, todos nos sentimos identificados con la idea de que esa puerta es estrecha y cuesta encontrarla. ¿Por qué? Basta con hacernos una pregunta: ¿Cuántas veces en la vida experimentamos un momento —ya no digamos una larga temporada— en el que no tengamos bajones, arrepentimientos, inquietudes absurdas, celos o frustraciones? ¿Cuántas veces dejamos de sentir que nos falta algo y, en cambio, sentimos en el alma que hemos alcanzado el sentido más profundo de la existencia, que hemos descubierto el gran secreto y que ya no nos queda nada más por lo que pelear?

A veces tenemos momentos así, momentos en los que cruzamos esa puerta estrecha que lleva a la vida, aunque lo normal es que sigamos lidiando el día a día para intentar llegar ahí.

Esto lo vemos también al mirar a los demás. Sin ánimo de juzgar a nadie, ¿cada cuánto miramos la vida de otra persona, a nivel profundo, desde el alma, y nos decimos: «¡Lo ha encontrado! ¡Ahí está! ¡Eso es una vida plena!»? La verdad es que lo decimos de muy poca gente.

Entonces, ¿qué es exactamente esa puerta y por qué es tan estrecha?

Dicho de forma sencilla: la puerta que lleva a la vida, a la felicidad más auténtica y plena, es la invitación que Jesús nos hace en el Sermón de la Montaña (Mateo 5-7). Para Jesús, lo que llena la vida de verdad es esto: ser pobres de espíritu; conectar con las heridas del mundo y con las nuestras; ser mansos; tener hambre y sed de justicia; ser misericordiosos; ser limpios de corazón; trabajar por la paz; sufrir por hacer lo correcto y, sobre todo, amar a quienes nos odian.

Esa es la puerta estrecha. Y nos cuesta la misma vida cruzarla porque casi todo en nuestro entorno va en dirección contraria. El mundo nos vende que lo mejor es ser ricos, que la mansedumbre y la empatía son debilidades, y que podemos odiar con la conciencia tranquila a quienes nos odian. Nuestro propio instinto nos dice lo mismo. Tanto el mundo como nuestros impulsos nos invitan a pasar por una puerta bien ancha, donde es legítimo devolver el insulto y aplicar el «ojo por ojo».

El Sermón de la Montaña propone una puerta estrecha que se vuelve todavía más angosta al final, cuando Jesús nos invita a ser compasivos como nuestro Padre celestial es compasivo, y nos detalla lo que eso significa.

La compasión de Dios, al contrario que nuestros instintos, se vuelca por igual en los malos y en los buenos, igual que el sol sale sin distinción para la mala hierba y para las hortalizas. Dios ama de la misma manera a los pecadores que a los justos.

Y nosotros tenemos que hacer lo mismo. Nuestra bondad, dice Jesús, tiene que calar más hondo que nuestros instintos naturales, esos que nos empujan a amar solo a quienes nos aman, a odiar a los que nos odian, a maldecir a los que nos maldicen y a cerrarnos en banda a perdonar a quien nos hace daño.

La puerta estrecha que conduce a una vida plena es la puerta de la compasión infinita. Cruzamos ese umbral cuando somos capaces de amar a quienes nos aborrecen, bendecir a los que nos insultan y perdonar a quienes nos hieren de gravedad.

Por desgracia, gran parte de nuestro interior y de nuestra sociedad se resiste a pasar por ahí.

Por eso, cuando Jesús advierte que «es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo encuentran», no nos está diciendo que la mayoría vayamos camino del infierno y solo unos pocos elegidos se salven. Nos está hablando de nuestra vida actual. Nos hace ver con una lucidez tremenda qué es lo que de verdad trae la felicidad aquí abajo: encarnar el Sermón de la Montaña, especialmente esa parte que nos desarma y nos pide amar, bendecir y perdonar. Esa es la puerta por la que a todos nos cuesta tanto pasar. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

 




Domingo XVI del Tiempo Ordinario


La predicación de Jesús sobre el Reino de los Cielos trasciende las expectativas de sus contemporáneos y transparenta una imagen nueva del rostro de Dios. Es cuanto emerge de las tres parábolas del evangelio de hoy. Contrariamente a lo esperado, el Reino de Dios no tendrá una dimensión triunfal en la historia; la victoria sobre los opositores y las fuerzas del mal no se llevará a cabo en este mundo. Esto no significa que Dios, el sembrador de la buena semilla, de alguna manera sea derrotado. Más bien, porque es dueńo de la situación, puede frenar la impaciencia de sus siervos (vv. 28-30). Ciertamente, la buena semilla comienza a crecer junto con la cizańa; en nuestra historia, e1 bien siempre estará obstaculizado por el mal. Pero Dios ve el tiempo desde la perspectiva de la eterna meta final (vv. 39-43): solo con la siega tendrá lugar el discernimiento definitivo.

Es una lección de sabia paciencia ante fariseos y zelotas de cualquier generación, partidarios, de distintas formas, de una pureza religiosa y nacionalista que excluye sin apelación a los <<otros". Y también lo es para nosotros, dispuestos a constituimos rápidamente en jueces y verdugos.

Otra enseńanza <<contra corriente" viene de la parábola siguiente (v. 31ss): el Reino de los Cielos no tiene la apariencia desbordante que se esperaba. Esta cerca y presente (cf Mc 1,15), pero es insignificante en su aspecto, como el grano de mostaza. Sin embargo, desde este estado incipiente germinara una exuberante realidad vital. Dios realiza cosas admirables sirviéndose de instrumentos y materiales humildes. Es la enseńanza gemela que también se desprende de la parábola  de la levadura (v. 33): el Reino de los Cielos es una pequeńa cosa en este mundo, esta oculto y amasado con los acontecimientos de la historia humana, y contiene en si una potencialidad y un dinamismo irresistibles. Los <<hijos del Reino" (v. 38) nunca deben separarse del resto de la humanidad, sino fermentar desde el interior las situaciones, seguros de que nada les impedirá producir frutos desde el amor, que subsistirá eternamente (vv. 30b.43; cf 1 Cor 13,13).

La liturgia actual nos invita a abandonar los esquemas habituales de pensamiento para asumir los pensamientos de Dios, que sobrepasan a los nuestros, como el cielo dista de la tierra (cf Is 55,8ss). Cuántas veces, viendo que el mal quedaba impune, nos hemos preguntado: donde esta la justicia de Dios. Cuantas veces, al surgimos absurdas dificultades, hemos exclamado: << !hasta cuándo...!".

La Palabra, hoy nos muestra la paciencia de Dios y nos ayuda a comprender mejor la realidad de su Reino. Para nosotros, es fuerte quien supera cualquier dificultad, tiene éxito y esta seguro. Para Dios, la fuerza esta en el amor, hasta el punto de que el Omnipotente es, por decirlo así, el <<Omni-paciente". Espera, otra vez, de nuevo y siempre, a que cada uno de sus hijos se arrepienta: la puerta de la casa paterna siempre esta entreabierta para todos hasta el día definitivo. Y aun mas, no se limita a esperan sino que sale al encuentro, haciéndose débil con los débiles, para conducir a la humanidad hacia la redención plena, la nueva creación, la realización del Reino.

A través de la cruz de Cristo y de los gemidos del Espíritu, que habita en nosotros, el Padre acompańa, sostiene y sustenta el peregrinar del hombre a lo largo de la historia. El enemigo nos obstaculizara, pero no podrá frustrar el plan de Dios. De nosotros depende apresurar el paso. Cómo? Haciendo nuestro, en las situaciones concretas, el modo de actuar divino; evitando los inexorables juicios condenatorios, apagando el ferviente deseo de erradicar el mal con la fuerza.

Aprendamos a cosechar en las realidades más humildes e insignificantes las grandes ocasiones de caridad que se nos presentan. Entonces, el tiempo de los hombres fermentara con la levadura del amor de Dios; entonces, el Reino de los Cielos crecerá desmesuradamente en nuestra historia; entonces, el gemido del Espíritu se convertirá en canto de alabanza impetuosa de toda la creación.

Seńor, tu eres bueno y siembras a la luz del día en el campo de la Iglesia, en cada uno de nosotros, amor, paz y alegría. Y después, viene el enemigo durante la noche y esparce la cizańa: pensamientos, deseos, sentimientos hostiles y traiciones ocultas que envuelven en tinieblas nuestro corazón.

Danos el Espíritu de vigilancia y que no nos asalte el malvado; haznos fuertes en la tentación y humildes en la reprensión de nuestras caídas. Haz que no pretendamos de los otros una perfección que ni nosotros mismos tenemos; danos ojos que sepan ver, además de la cizańa, la buena semilla; concédenos un corazón que sepa amar como el tuyo, con humildad y paciencia, incansable,







¿En qué consiste ser padre? Artículo.

Hace cincuenta y seis años, mi padre murió a altas horas de una noche de diciembre. Recuerdo el frío intenso con la misma claridad que su muerte. En menos de un día, la temperatura bajó a cuarenta grados bajo cero.

Yo todavía era joven; demasiado joven (pensé en aquel momento) para perder a un padre. Más tarde, me daría cuenta de que estaba equivocado. Nadie es demasiado joven para perder a un padre, aunque perderlo antes de que ciertas cosas puedan darse y recibirse puede dejar sus cicatrices.

Nosotros, la familia de este padre, tuvimos bastante suerte. Tuvimos mucho tiempo para prepararnos para su muerte. Murió tras un año de lucha contra el cáncer y murió con su fe, su generosidad y su sentido del humor intactos; y nos había dado su bendición. Además, murió sin amargura, agradecido, bendiciendo la vida. Hay formas peores de morir y formas peores de perder a un padre. En nuestras oraciones familiares siempre habíamos pedido una buena muerte. Unos meses después de su fallecimiento, con un clima más cálido, me di cuenta de que había tenido una buena muerte.

Pero este recuerdo en el Día del Padre, más de cincuenta años después de aquel día de frío intenso, no pretende ser un elogio fúnebre (algo con lo que él se sentiría incómodo), ni una homilía sobre lo que constituye una buena muerte. Pretende ser una reflexión sobre qué es un padre, un papá, y cómo nos conecta, nos forma y, a veces, nos deforma una figura así.

¿Qué es un padre? ¿Qué debe hacer un padre, más allá de ser simplemente el compañero biológico que nos trae al mundo? ¿Cómo nos afecta su cuidado o su abandono, su amor o su indiferencia?

Varias escuelas de psicología y antropología sugieren que tu padre y tu madre tienen papeles muy diferentes en la formación de tu persona. Es la madre quien supone tu vínculo simbiótico con la vida y es de ella, mucho más que de tu padre, de quien recibes la sensación de ser amado, deseado, acunado y valorado. Entre todos los mamíferos, es la madre quien, metafóricamente, debe lamer al recién nacido y liberarlo de todo lo que lo oprime al nacer. La madre, después del nacimiento, abre tu cuerpo a la vida. Es ella quien gesta, lleva en su vientre y luego acuna y alimenta al niño. Ningún niño o adulto olvida esto en algún nivel de conciencia, y nuestra sensación de sentirnos amados o no está muy ligada a nuestras madres.

Pero es el padre quien da al niño tanto el permiso para disfrutar de la vida como el reto de la disciplina. Es el padre quien debe, especialmente a través de su propia forma de vivir, ser un modelo para el niño de la combinación correcta entre el placer y la renuncia. Es de él, más que de la madre, de quien el niño aprende la combinación entre soltar y controlar, la sumisión a las normas y la libertad de seguir el propio camino.

Y esta tarea es clave para iniciarnos en la edad adulta, para ayudarnos a dejar de ser el niño o la niña pequeña, y encaminarnos hacia el adulto, el hombre o la mujer. Un padre debe hacer esto, en primer lugar, mostrándonos en su propia vida cómo nuestra energía para el amor y nuestra energía para confrontar y proteger deben formar una armonía; de este modo, las energías caóticas de nuestro interior se contienen, se enfocan, se combinan y se abren creativamente al servicio de Dios y de los demás. Un padre debe mostrar cómo el disfrute y la creatividad se combinan con la necesaria renuncia a uno mismo, y cómo nuestra energía para amar y nuestra energía para luchar y proteger a la comunidad (especialmente a sus miembros más débiles) pueden trabajar juntas sin ser enemigas. Un padre debe enseñarnos a ser, a la vez, amantes y luchadores.

Mi propio padre, imperfecto como todos los padres humanos, no siempre encontró, ni irradió, el equilibrio perfecto entre el disfrute y la disciplina, entre ser amante y luchador, entre disfrutar y sacrificarse. Como uno de sus hijos, yo tampoco sé siempre cómo caminar por esa cuerda floja, y a veces hay un desorden en mi vida que oscila entre la pereza y el exceso de trabajo, el amor y la ira, el darme todos los caprichos y el castigarme en exceso. A veces soy capaz de proteger a la comunidad y otras veces ni siquiera puedo protegerme a mí mismo.

Sin embargo, la mayoría de las veces tengo la firmeza de mi padre, más allá de mis tropiezos. Tuve un buen papá. Amó y luchó, aunque a veces fue demasiado duro consigo mismo y otras veces disfrutó plenamente de su vida.

Han pasado más de cincuenta años desde aquel día a cuarenta grados bajo cero en el que murió, y a veces mi espíritu todavía siente el frío de aquella jornada y vuelvo a ser un niño pequeño, un pre-adulto, solo, esperando a que mi padre me guíe hacia la madurez, inseguro de cómo integrar el disfrute y la disciplina.

Pero, cuando busco a mi padre, a su espíritu, no entre los huesos de los antepasados, sino en la comunión de los santos, lo encuentro caminando todavía por esa delicada cuerda floja por la que caminó en vida. Y su espíritu se acerca para ayudarme en mi lucha con el amor y el conflicto, con el disfrute y la renuncia, y entonces me siento un poco más firme como adulto. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Nuestro lenguaje respecto al suicidio. Artículo.

Por lo general, intento cuidar el uso de un lenguaje políticamente correcto, aunque a veces esto puede resultar desesperante debido a ciertas hipersensibilidades que hacen que la gente se ofenda con demasiada facilidad. Sencillamente, hoy en día cualquiera puede sentirse herido por casi cualquier palabra. Sin embargo, a pesar de que a veces nos agote esa susceptibilidad exagerada, debemos reconocer que en el pasado fuimos demasiado descuidados e insensibles a la hora de llamar a las cosas por su nombre. Nuestro vocabulario solía herir precisamente a quienes más estaban sufriendo. Teníamos demasiados términos despectivos y humillantes para referirnos a quienes eran diferentes o a quienes padecían alguna discapacidad.

Con esto en mente, me gustaría hacer una sugerencia sobre cómo hablamos del suicidio. La expresión más común es decir que alguien «cometió» suicidio. Ese verbo debe ser borrado de nuestro vocabulario cuando tocamos este tema.

Muy pocas personas que mueren por suicidio lo «cometen». Para ser más exactos, «sucumben» a él, de la misma manera que alguien sucumbe al cáncer, a un derrame cerebral o a un ataque al corazón. Hace quince años me diagnosticaron un cáncer. Yo no «cometí» el cáncer; simplemente, este superó mi sistema inmunológico en contra de mi voluntad. Lo mismo ocurre con un derrame o un infarto. Uno no «comete» un infarto; este desborda nuestra resistencia natural.

Físicamente tenemos un sistema inmunitario que, como una patrulla de policía, vigila nuestra salud. Busca bacterias, virus y células malignas para destruirlos antes de que puedan arraigar, multiplicarse, acabar con nuestra salud y causarnos la muerte. Pero, como sabemos, a veces y por razones muy diversas, una enfermedad maligna puede desbordar nuestras defensas. Nuestra salud se quiebra y morimos porque nuestra protección natural contra la enfermedad se ve superada por bacterias, virus, el fallo de un órgano vital o células cancerosas. Morimos no por elección, sino por una fuerza mayor que nos arrastra. No «cometemos» una enfermedad.

Lo mismo ocurre con nuestra salud mental. Psicológicamente también tenemos un sistema inmunitario que, al igual que esa policía de patrulla, vela por nuestro equilibrio emocional y psicológico. Pero, al igual que ocurre con el cuerpo, a veces un factor o una combinación de ellos (la genética, un trauma, una depresión clínica, una circunstancia vital trágica) puede desbordar nuestras defensas psicológicas. Es entonces cuando podemos sucumbir a una enfermedad (no buscada ni deseada) llamada suicidio.

Sostengo que esto es lo que le ocurre a la mayoría de las personas que mueren por suicidio. Por supuesto que hay excepciones, pero son eso, excepciones, no la norma. Alguien sí puede «cometer» suicidio cuando, en realidad, no está sucumbiendo debilitado por una enfermedad, sino que toma una decisión proactiva desde una posición de fuerza. Por eso, podemos distinguir entre lo que podría llamarse «quitarse la vida» frente a «sucumbir al suicidio».

Alguien puede quitarse la vida por orgullo, soberbia y arrogancia: «¡Soy demasiado especial y digno como para compartir la vida con el resto de vosotros! La vida no ha estado a la altura de lo que merezco. ¡Prefiero morir antes que seguir en este mundo!». Esa es la diferencia entre un suicidio al estilo de Hitler y el de un alma hipersensible, demasiado rota y herida como para seguir luchando por vivir. El primero elige el suicidio desde la fuerza; el segundo muere a causa de su debilidad. (Aunque, para ser justos, ni siquiera deberíamos juzgar a Hitler. ¿Quién sabe qué males ocultos desbordaron su sistema inmunitario mental?).

Dicho esto, permitidme reiterar algunas verdades esenciales sobre el suicidio que deben ser dichas una, otra y otra vez, hasta que ya no sea necesario repetirlas.

En la mayoría de los casos de suicidio:

  • Estamos ante una persona muy sensible o profundamente herida, demasiado rota como para que podamos tocarla o demasiado dañada para responder ya a nuestra ayuda.
  • Quien muere por suicidio lo hace en contra de su propia voluntad.
  • Su forma de morir se parece a la de alguien que salta por la ventana de un rascacielos porque su ropa está en llamas.
  • Su muerte es el equivalente a un cáncer, un derrame o un infarto de tipo emocional.
  • En muchos casos, la depresión suicida tiene raíces bioquímicas.
  • El suicidio no es un acto de desesperación. Uno no elige perder la esperanza, sino que la herida y la enfermedad aplastan esa esperanza.
  • El suicidio no es un acto de egoísmo, aunque a veces pueda parecerlo.
  • No debemos estar angustiados por la salvación eterna de quienes mueren por suicidio. La empatía y la comprensión de Dios son infinitamente más profundas que las nuestras.

Cuando alguien a quien conocemos y amamos muere por suicidio, una de nuestras tareas es redimir su memoria. Debemos evitar que el regalo que supuso su vida para el mundo quede empañado o borrado por el hecho de que ahora miremos toda su existencia a través del prisma de cómo murió.

Morir de un ataque al corazón, de cáncer o de un derrame cerebral puede ser triste y trágico, pero no es vergonzoso. Lo mismo ocurre con el suicidio. Es triste y trágico, pero no es deshonroso. De hecho, puede que sea la muerte más humilde y desprovista de glamour de todas, y por eso mismo merece una empatía y una comprensión muy especiales.

Cuando hablemos del suicidio, nuestro vocabulario debe reflejar esa compasión especial. Y para lograrlo, lo primero que debemos hacer es eliminar la frase: «Alguien cometió suicidio». Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Nuestra Señora del Carmen, patrona del purgatorio.

La devoción a la Virgen del Carmen está íntimamente ligada a las ánimas benditas del purgatorio, de donde María es Reina y protectora. Es por tanto una devoción muy llena de caridad fraterna, ya que honrando a la Madre del Carmen nos acercamos con cariño a todas esas almas, ya salvadas, que están en camino a la plenitud de la Gloria. Amando pues a las benditas ánimas, agradamos mucho a la Virgen María que las visita y seguramente acorta también su tiempo de llegada al Cielo. Pero vamos a repasar los fundamentos de todo esto:
¿Qué es el purgatorio?: Es el estado intermedio entre la tierra y el cielo, donde van las almas seguras ya de su salvación pero que no están del todo purificadas en sus corazones aunque ya han sido perdonadas por Dios de sus pecados. El purgatorio es un regalo de la misericordia divina, ya que ningún alma con impurezas puede ser del todo feliz en la eternidad junto a Dios.
¿Se puede dudar o negar la existencia del purgatorio?: No se puede dudar ni menos aún negar. Es Dogma de fe que, como todo dogma, tiene fundamento en la Biblia y concretamente en 2 Macabeos 12, 43-46. No es tema opinable sino que pertenece al depósito de la fe.
¿Quiénes van al purgatorio?: Creemos que la inmensa mayoría de las personas van al purgatorio, pues pocos son los que mueren perfectamente purificados, y por otro lado esperamos que sean pocos los que se condenen al infierno porque Dios en su infinito amor trata de suscitar la conversión hasta el último momento de la vida. No obstante no debemos jugar con la misericordia de Dios y asumir que Dios nos da una libertad que Él mismo respeta incluso para los que se obstinen en el pecado. Algunos santos con revelaciones particulares han “visto” el purgatorio con millones de almas y a la vez el infierno con algunas pero
 con un perfil común: eran pecadores obstinados y no creían en la existencia del infierno.
¿Qué es el “sufrimiento gozoso” del purgatorio?: El sufrimiento es de carácter moral, y consiste en revisar toda la vida personal dándose cuenta, desde la mirada de Dios, de la maldad de cada pecado que no ha sido del todo purificado en la conciencia. El purgatorio destruye la subjetividad moral y nos hace comprender el efecto del pecado delante del amor de Dios ofendido. Y también del efecto que causó en el prójimo. La imposibilidad de “volver” a la tierra a remediarlo, y sobre todo la visión del Corazón de Cristo ofendido, causan un tremendo dolor en el alma. El “tiempo” de estar en el purgatorio es decidido por cada alma al ver su pecado, y se acorta por las oraciones de los que vivimos en la tierra. El gozo del purgatorio es la seguridad de estar salvado, y las oraciones que llegan desde la tierra.
¿Cómo amar a las benditas ánimas?: Pues rezando por ellas, aplicando la Misa, comulgando en gracia de Dios tras haber confesado, ofreciendo por ellas los sufrimientos físicos que tengamos…., y de ese modo agradamos y honramos a la Virgen María Reina del Purgatorio en su advocación del Carmen.
Que grabemos en nuestros corazones una constante oración por las almas del purgatorio, y ellas nos devolverán con sus oraciones en un raudal de infinitas gracias que se intercambian entre el Cielo y la tierra. Fuente

Los Mártires Claretianos de Barbastro, protectores y protagonistas del Festival JEMJ 2026 en Covadonga.




Los Mártires Claretianos de Barbastro tuvieron un protagonismo especial en la tercera Jornada Eucarística Mariana Juvenil (JEMJ), celebrada del 10 al 12 de julio en el Santuario de Covadonga. Junto a san Pier Giorgio Frassati, los jóvenes misioneros claretianos asesinados en 1936 por su fe han sido los santos protectores de esta edición, que reunió en Asturias a casi dos mil jóvenes procedentes de 21 países bajo el lema «Haced lo que Él os diga».

Nuestro superior mayor, el P. Adolfo Lamata, viajó desde Madrid a Covadonga como invitado de la organización, acompañado por el P. Tomás Tobes. En el marco del festival celebrado en la noche del viernes, el P. Adolfo dirigió unas palabras a los jóvenes para acercarles el testimonio de los Mártires Claretianos de Barbastro: 51 claretianos, entre ellos 39 jóvenes de entre 21 y 25 años, que fueron encarcelados y asesinados por su fe durante la persecución religiosa de 1936.

En su intervención, el provincial subrayó que aquellos jóvenes “no murieron con odio ni con miedo”, sino “con una fe luminosa”, sostenidos por la Eucaristía y por un corazón dispuesto al perdón. Recordó que el martirio, en la tradición cristiana, no es una derrota, sino un testimonio: “La palabra mártir significa precisamente eso: testigo”. Por eso, explicó a los jóvenes, los mártires de Barbastro siguen hablando hoy a la Iglesia y al mundo, porque muestran que la fe no es solo una idea, sino “una fuerza capaz de sostenernos en los momentos más difíciles”.

Uno de los momentos más significativos de la JEMJ fue la acogida de la reliquia del beato Faustino Pérez García, mártir. La solicitud de la reliquia nos llegó de parte del Arzobispado de Oviedo, y nuestra Provincia respondió positivamente. Para su traslado, el arzobispado encomendó la custodia a las Siervas del Hogar de la Madre, que acompañaron la reliquia desde el Museo de Barbastro hasta el festival. Allí, la mano derecha incorrupta de Faustino Pérez -la misma que escribió la carta de despedida a la Congregación Claretiana pocas horas antes del martirio- presidió el festival como signo de protección y de memoria viva.

La presencia de la reliquia acompañó el estreno de la obra narrativa orquestada ‘Los mártires de Barbastro’, interpretada por jóvenes voluntarios junto a la Orquesta JEMJ. En la representación, el beato Faustino Pérez relataba en primera persona los últimos días de reclusión de la comunidad claretiana y recordaba que, durante aquellos veinticinco días, “la Eucaristía fue el centro” de su vida. La obra puso de relieve la unidad, la esperanza y el perdón con los que aquellos jóvenes misioneros afrontaron el martirio.

El testimonio de Faustino Pérez resonó también en las palabras que el P. Lamata compartió con los participantes: “Morimos todos contentos sin que nadie sienta desmayos ni pesares; morimos todos rogando a Dios que la sangre que caiga de nuestras heridas no sea sangre vengadora”. A partir de esta cita, el provincial invitó a los jóvenes a preguntarse cómo ser hoy testigos de Jesús en su propio ambiente, cómo responder con paz cuando otros siembran conflicto y cómo construir reconciliación donde hay odio.

La JEMJ 2026 contó además con la presencia de varios obispos llegados de diferentes puntos de España. Entre ellos, Mons. Alfonso Carrasco Rouco, obispo de Lugo, que presidió la Misa de apertura; Mons. Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo, acogió la reliquia del beato Faustino Pérez junto al P. Lamata y presidió la celebración final; y Mons. Ginés García Beltrán, obispo de Getafe, que presidió la Eucaristía del sábado. También participaron sacerdotes, consagrados y jóvenes de distintas diócesis y realidades eclesiales.

Al término del encuentro, se hizo público el mensaje que el papa León XIV dirigió a los jóvenes de la JEMJ 2026. En él, les animó a experimentar, “de la mano de la Santina, el amor que irradia de la presencia real de Jesús en la Eucaristía”, especialmente en los momentos en que parezca faltar “el vino” de la alegría. Sus palabras confirmaron el centro espiritual de la Jornada: el encuentro con Cristo vivo en la Eucaristía y la compañía maternal de la Virgen de Covadonga.

Con el testimonio de los Mártires Claretianos de Barbastro como telón de fondo, la JEMJ volvió a mostrar la fuerza evangelizadora de una juventud reunida en torno a la Eucaristía. Para los Misioneros Claretianos, la presencia de Faustino Pérez en Covadonga fue una ocasión privilegiada para ofrecer a los jóvenes de hoy la memoria de quienes, siendo también jóvenes, eligieron responder al odio con perdón y a la violencia con fidelidad al Evangelio. Fuente: Claretianos.es

Salió el sembrador a sembrar.

 



Domingo XV del Tiempo Ordinario


El c. 13 del evangelio de Mateo recoge siete parábolas sobre el misterio del Reino de los Cielos. Es la enseńanza que Jesús le ofrece a una muchedumbre innumerable, a sabiendas de que pocos la acogerán. Ya lo presagian las primeras reacciones a su misión. La cuestión que le plantean los discípulos (v 10) y la respuesta de Jesús (vv. 11-17) refuerzan el sentido de esta parábola que abre la serie.

A través de las imágenes de la semilla y del terreno, la Palabra de Dios es representada como una semilla con un inmenso potencial de vida, que se desarrollaré según la acogida que reciba.

La manera de exponer en parábolas, se asemeja a la cáscara de las semillas: salvaguarda la comprensión de la enseńanza de Jesús, porque <<al que no tiene" el deseo sincero de comprender y convertirse <<aún aquello que tiene se le quitará": escucha aparente e interés superficial y momentáneo (vv. 10-13). Sin embargo, Dios, en su gratuidad, supera la obstinación que endurece el corazón del hombre: el sembrador de la parábola esparce por todas partes la simiente, sin cicaterías ni ardides; el <<mensaje del Reino" (v. 19) es anunciado (vv. 3ss y 14ss) y propuesto a todos. La colaboración empieza con la escucha atenta, intensa y solícita de la Palabra, de modo que penetre profundamente en el corazón y lo sane (v. 15b). Las entrańas del ser humano pueden estar enfermas: la insensibilidad, la superficialidad, la infinidad de intereses egoístas, son lugares donde la semilla no podrá crecer (vv. 19-22). Cuando la Palabra sea acogida con un corazón bueno, producirá su fruto de gracia, según la correspondencia de cada uno al don de Dios (v. 23).

Si, como sugieren los Padres del desierto, antes de hablar nos preguntásemos con qué intención lo hacemos, en seguida enmudeceríamos: a menudo, nuestras palabras son charlatanería o, aun peor maledicencia.

La Palabra de Dios es diferente: está en todo y siempre; es comunicación de su proyecto, de sus deseos. No significa comunicar poner en común? Dios <<pone en común>> su Realidad mediante su Palabra.

        Una comunión ofrecida es como una semilla esparcida: lleva en si misma la vida que nacerá, si bien solo es una propuesta hasta que no encuentre un terreno donde germinar: el corazón del hombre. Si éste se endurece, como un camino trillado, la Palabra no penetrará: nos encontraremos más encerrados y egoístas, pues estamos rechazando la comunión con Dios. Si nuestro corazón es superficial, la Palabra no echará raíces: estaremos más solos, pues no dejamos hueco a la presencia del Seńor. Si nuestro corazón se inquieta con afanes mundanos y preocupaciones fútiles, la Palabra no crecerá: la verdadera alegría quedara asfixiada, ahogada por ilusiones y espejismos. Sin embargo, seremos dichosos si nos presentamos ante Dios con un corazón dispuesto a escuchar. Entonces, vendrá el Hijo, Palabra viviente, y crecerá en nosotros <<tomando cuerpo" en nuestra vida, en nuestras relaciones y en nuestras múltiples acciones. El grano de trigo que ha muerto produciendo fruto abundante (cf Jn 12) hará que demos el ciento por uno, hasta poder afirmar con Pablo: <<Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. Ahora, en mi vida mortal, vivo creyendo en el Hijo de Dios" (Gal 2,20).

Jesús, divino Sembrador; ven y siembra el campo que somos nosotros. Prepara el terreno, límpialo de espinos y piedras, rotura con profundos surcos la tosca tierra, sáchala, allana los terrones y, después, atravesando el campo con pasos largos, con gesto grandioso, solemne, desparrama a voleo la semilla con tus admirables manos.

Jesús, divino Sembrador y semilla de vida eterna, ven, en esta hora de gracia, siembra en nuestros corazones tu Palabra, tu mismo, y que germine, florezca y fructifique la Iglesia peregrina para los graneros del Cielo, Amén.







San Benito Abad. 11 de julio.

La medalla de San Benito. Orden de S. Benito. Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. La vida de un monje benedictino. Monasterio de San Pelayo de Oviedo (benedictinas) S. IX. 

Benito (Nursia, c. 480 - Montecassino, c. 547) fue el "fundador" del monacato occidental. Cautivado e impulsado por el Espíritu, abrazó en su edad juvenil un período de absoluta soledad en una cueva de Subiaco; su fama le atrajo algunos discípulos, para los que organizó la vida cenobítica. Primero, en pequeños monasterios y, después, en el célebre cenobio de Montecassino.

Su Regla reasume sabiamente la tradición monástica oriental y la adapta con discreción al mundo latino. Esta "escuela de servicio al Señor" se construye en torno a la lectura amorosa de la Palabra de Dios [lectio divina), a la liturgia de alabanza desarrollada de manera coral y al trabajo realizado en un clima de caridad fraterna, de humilde y obediente servicio.

La Iglesia y el mundo, por diferentes pero convergentes razones, tienen necesidad de que san Benito salga de la comunidad eclesial y social y se rodee de su recinto de soledad y de silencio, y desde allí nos haga escuchar el encantador acento de su sosegada oración, desde allí casi nos alabe y nos llame a sus umbrales claustrales, para ofrecernos el cuadro de un taller del "divino servicio", de una pequeña sociedad ideal, donde finalmente reina el amor, la obediencia, la inocencia, la libertad de las cosas y el arte de usarlas bien, la preponderancia del espíritu, de la paz; en una palabra, el Evangelio. Que vuelva san Benito para ayudarnos a recuperar la vida personal; esa vida personal de la que hoy tenemos tanto ansia y afán, y que el desarrollo de la vida moderna, a la que se debe el deseo exasperado de ser nosotros mismos, sofoca al mismo tiempo que lo despierta, decepciona al mismo tiempo que lo hace consciente.

Corría el hombre en un tiempo, en los siglos remotos, al silencio del claustro, como corría a ellos Benito de Nursia, para encontrarse a sí mismo. Hoy no es la carencia de la convivencia social lo que impulsa al mismo refugio, sino la exuberancia. La excitación, el estruendo, el carácter febril, la exterioridad, la multitud, amenazan la interioridad del hombre; le falta el silencio con su genuino palabra interior, le falta el orden, le falta la oración, le falta la paz, le falta él mismo. Para volver a tener el dominio y el gozo espiritual de nosotros mismos, tenemos necesidad de volver a asomarnos al claustro benedictino. Y una vez recuperado el hombre para sí mismo en la vida monástica, está recuperado para la Iglesia. El monje tiene un sitio escogido en el cuerpo místico de Cristo, una función preparada y urgente como nunca (Pablo VI, alocución del 24 de octubre de 1964). Fuente: santaclaradeestella.es


El Papa tiene un mensaje para los jóvenes de la JEMJ en Covadonga.

El Papa tiene un mensaje para los jóvenes de la JEMJ en Covadonga

La Jornada Eucarística Mariana Juvenil que comienza este viernes en Covadonga ha superado ampliamente los 1.900 inscritos y se acerca a los 2.000, «el tope planteado para este año», explica la hermana Beatriz Liaño, religiosa de las Siervas del Hogar de la Madre que, junto con los sacerdotes de la institución y la asociación En Marcha, están al frente de este gran encuentro de jóvenes que cumple su tercera edición en el Santuario.

El programa responde al mismo de años anteriores. Comenzará este mismo viernes por la tarde, el sábado estará dedicado principalmente a los talleres que elijan los propios jóvenes, por la noche la Vigilia y el domingo, la eucaristía. Si el año pasado la figura del joven santo Carlo Acutis fue referente en el encuentro, este año serán los Mártires de Barbastro. «Ellos serán los protectores y patronos de la JEMJ, modelos para los jóvenes participantes, junto a la figura de Pier Giorgio Frassati, también canonizado el año pasado. La historia de estos 51 jóvenes seminaristas claretianos y sus formadores era conocida pero su testimonio se difundió con más amplitud con la película «Un Dios prohibido», de Pablo Moreno, que narra su martirio. «Casi todos, menos los formadores, rondaban entre los 21 y los 25 años y todos prefirieron morir antes de renegar de su fe, de su vocación, de su amor a Jesucristo», explica la hna. Beatriz. «En la película se ve un momento particularmente conmovedor –cuenta– cuando ya han muerto más de 30 de esos claretianos, uno de ellos, Faustino Pérez, que se queda un poco como el «líder» de estos jóvenes y escribe una carta de despedida a su congregación, a los claretianos, la comunidad que les ha formado pues estaban a punto de ser ordenados sacerdotes. La carta de despedida es conmovedora y en ella muestra su amor a Jesucristo, a la congregación, se ve cómo perdonan, que es uno de los distintivos de estos mártires, y cuánto se han querido entre ellos en los días que han estado prisioneros. La JEMJ tendrá presente una reliquia de los mártires, que nos han concedido generosísimamente los propios claretianos». Con este motivo estará presente en Covadonga el Provincial de los Claretianos con el Superior de la Comunidad de Oviedo, para asistir a la obra musical orquestada con la historia de los mártires que han preparado un grupo de voluntarios y que se presentará el viernes por la noche. «Será una noche espectacular, conociendo la historia de estos mártires tan generosos y con esta obra que se ha preparado con tanto cariño y la presencia de un maestro excepcional, Julio Maroto, que vendrá a dirigir la orquesta. La obra musical orquestada es un género poco conocido, pero de gran impacto a la hora de presentar historias con emociones fuertes –explica la hna. Beatriz Liaño–».

Todos los eventos se pueden seguir en directo por Internet.

En este dosier tienes más detalles de todas las actividades.

La JEMJ en los medios.

Mensaje del Papa a los participantes

Este año, además, con la reciente visita del Papa a España, será especialmente ilusionante escuchar el mensaje que ha escrito León XVI a los jóvenes participantes y que leerá el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz, durante la eucaristía de clausura el domingo, una noticia que se ha dado a conocer precisamente este mismo jueves. Junto con el Arzobispo de Oviedo estarán presentes también en el encuentro el Obispo de Lugo, Mons. Alfonso Carrasco y el Obispo de Getafe, Mons. Ginés del Río. Pero no habrá exclusivamente presencia española en el encuentro. Estados Unidos, Irlanda, Portugal o República Checa son países que aportan un gran número de participantes. No es una novedad, siempre han acudido jóvenes de otros países pero en esta ocasión el número es mayor que en años anteriores. Y es que la JEMJ nació «al conocer los resultados de una encuesta realizada por Obispos en Estados Unidos, en la que descubrieron que, prácticamente el 70% de los jóvenes católicos del país lo desconocía todo sobre la eucaristía», explica la hna. Beatriz. «Los Obispos reaccionaron rápidamente planteando una campaña de reavivamiento eucarístico nacional que realmente ha dado frutos muy bonitos en Estados Unidos y aún está en marcha». «La JEJM es un eco de ese clamor, de esa necesidad que hay de dar a conocer a los jóvenes el tesoro que tenemos en el Sagrario y para ayudar a que los jóvenes tengan un encuentro con Jesús en la eucaristía, de la mano de aquella que mejor nos puede conducir a Él, que es la Virgen María», explica la religiosa, que reconoce que «el Arzobispo de Oviedo nos animó a que ese evento, la JEMJ, sucediera en Covadonga, junto a la Santina, y así ha sido, desde el 2024, con una respuesta de los jóvenes sorprendente».

Tal ha sido esa respuesta que los talleres inicialmente planteados han tenido que ampliarse, de seis a ocho, y se ha incluido uno en habla inglesa, para facilitar a todos aquellos que vienen de fuera. Habrá un taller sobre la Virgen de Guadalupe, otro para aprender a rezar, otro sobre afectividad y sexualidad, sobre Inteligencia Artificial o también otro sobre acompañamiento espiritual, evangelización y la importancia de la eucaristía para descubrir el amor verdadero, entre otros.

En la eucaristía de clausura se dirá la fecha y el lema de la JEMJ de 2027, que en esta ocasión servirá de puente hacia la Peregrinación Europea de Jóvenes a Santiago de Compostela, ya planteada, puesto que será Año Santo.