La diócesis se une al Año Santo 2025, con la Iglesia universal.

Coincidiendo con la fiesta de la Sagrada Familia, en todas las catedrales del mundo se celebraba este domingo, 29 de diciembre, la apertura del Año Santo en las iglesias particulares, después de que el Papa Francisco atravesara, el pasado 24 de diciembre, la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, iniciando el Año Jubilar ordinario 2025 en la Iglesia universal.

Así también sucedía esta tarde en la Catedral de Oviedo, a las seis, en una celebración que empezaba en la iglesia de San Tirso El Real de Oviedo, en la misma plaza de la Catedral. Hasta allí llegaban el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz Montes y los numerosos sacerdotes concelebrantes, que entraban en el templo mientras la Schola Cantorum de la Catedral entonaba el Himno oficial del Jubileo, en castellano. A continuación comenzaba el Rito de Apertura del Año Santo y el Arzobispo de Oviedo manifestaba que «en comunión con la Iglesia universal, mientras celebramos el amor del Padre manifestado en la carne del Verbo hecho hombre y en el signo de la cruz, ancla de salvación, abrimos solemnemente el Año Jubilar para nuestra Iglesia ovetense».

A continuación se leyó el Evangelio y una lectura abreviada de la Bula de convocación del Jubileo, tras lo cual, Arzobispo, sacerdotes y fieles salieron en procesión hacia la Catedral, atravesando la Plaza, para continuar con la celebración de la eucaristía. Precisamente a esa breve procesión aludía Mons. Jesús Sanz al comenzar su homilía: «También nosotros, los cristianos de Asturias, hemos hecho ese recorrido simbólico para entrar en esta iglesia madre de nuestra Archidiócesis ovetense. El peregrino es quien se sabe viandante de una meta que no ha fijado él, sino que le ha sido regalada como su más verdadero destino, ese que coincide con la felicidad más bienaventurada, la dicha ensoñada que tendrá cumplimiento. Ahí se fundamentan los motivos de nuestra esperanza: en una promesa que se nos ha hecho y que se nos regala como camino peregrino para llegar a la meta».

Recordó también que precisamente en este domingo, 29 de diciembre, la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia, y estas fechas de Navidad últimamente parecen quedar reducidas a unos días en familia: «no pocas explicaciones de estos días tan entrañables, se reducen al noble pretexto de estar juntos en familia, como si la Navidad fuera simplemente eso: una fiesta de familia con todos los ritos y costumbres ancestrales que hemos ido heredando y manteniendo con el paso de los años. Por supuesto, también tiene ese carácter familiar este tiempo navideño, pero no es lo primero que celebramos ni tampoco lo que legitima la gran tradición que en estas fechas estamos festejando. No obstante, si de familia se trata, podemos decir que la hay a modo de gran escenario en el que poder colocar con piedad y respeto nuestra familia particular: la Sagrada Familia que en Belén se nos manifiesta con el Niño recién nacido y en Nazaret la vemos crecer como un hogar primordialmente cristiano. Por eso, dentro de la Navidad, se nos presenta esta fiesta de la Sagrada Familia para iluminar lo que en estos días vivimos también como familia cristiana».

Finalizó su homilía recordando que comienza «un año nuevo especialmente bendecido». La diócesis peregrinará, entre los días 11 y 16 de mayo, a Roma y Asís y a ello aludió también Mons. Sanz: «Tendremos ocasión de recibir la gracia de este Año Santo Jubilar, peregrinando a nuestra Catedral, así como a la Basílica de la Virgen de Covadonga, y también lo haremos acudiendo a Roma y Asís con la peregrinación diocesana ya en marcha que tendré la gracia de acompañar y presidir, con las indicaciones que ha establecido la Iglesia: revisar nuestra vida cristiana, pedir perdón en el sacramento de la reconciliación, tener un gesto solidario con los pobres a través de nuestros canales de caridad, orar por el Santo Padre, por el obispo, por todos los cristianos cada cual en su vocación, por la paz en el mundo y el cese de todo abuso y violencia. Un año para volver a empezar dando gracias y acogiendo la gracia que nos permite cambiar para bien. Esta es la gracia singular de poder celebrar durante estos doce meses la remembranza de aquella primera Navidad acontecida hace 2025 años, y que sigue naciendo como gracia de esperanza de la que somos peregrinos, si le dejamos hueco en el establo y en el pesebre de nuestro corazón y nuestra familia».

El himno a la Virgen de Covadonga, interpretado por la Schola Cantorum, cerró la eucaristía, con el agradecimiento del Arzobispo a todas aquellas personas que se quisieron acercar a compartir esta apertura del Año Jubilar 2025, «Peregrinos de la esperanza».

Homilía completa: En todas las catedrales del mundo hoy tiene lugar una peregrinación que nos empuja a asomarnos a la esperanza. Somos peregrinos de una esperanza que no defrauda, que se cumple, que se corresponde con la espera que palpita en nuestro corazón. También nosotros los cristianos de Asturias, hemos hecho ese recorrido simbólico para entrar en esta iglesia madre de nuestra Archidiócesis ovetense. El peregrino es quien se sabe viandante de una meta que no ha fijado él, sino que le ha sido regalada como su más verdadero destino, ese que coincide con la felicidad más bienaventurada, la dicha ensoñada que tendrá cumplimiento. Ahí se fundamentan los motivos de nuestra esperanza: en una promesa que se nos ha hecho y que se nos regala como camino peregrino para llegar a la meta.

Pero no es una cuestión de piadosa agenda, sino que responde a un acontecimiento que cada 25 años celebramos los cristianos del mundo entero como remembranza de lo que hace unos días festejábamos en el día de Navidad: que Dios se ha hecho hombre sin dejar de ser Dios. Termina el año que tantas cosas nos ha traído con su acostumbrada claroscura y agridulce ventura que siempre nos sorprende, nos alegra o nos arruga. Así se escriben los años de nuestros siglos humanos sin solución de continuidad ni amago de control. Y mientras nos disponemos a pasar página en el almanaque de este complicado año 2024, tenemos una cita postrera que se torna en un comienzo de esperanza.

En definitiva, siempre seremos peregrinos de algo hermoso y bondadoso que continuamente está por llegar. Somos peregrinos de la esperanza cierta que jamás nos defrauda. El papa Francisco en la pasada nochebuena abrió una puerta en la basílica de san Pedro del Vaticano y otra simbólica en la cárcel de Rebibbia (Roma). Nosotros solamente nos adentramos en la basílica de la iglesia madre de la diócesis, la catedral, para escenificar también que somos peregrinos de la paz y de la gracia que con demasiada frecuencia nos secuestran las muchas intemperies.

Decía con atino el papa la nochebuena pasada en la apertura de la puerta santa de este año jubilar lo que puede ser el significado de esta experiencia que haremos todos los católicos al llegar el número redondo de los 2025 años del nacimiento de Jesús, celebrando por este motivo un año santo: «Viendo cómo a menudo nos acomodamos a este mundo, adaptándonos a su mentalidad, un buen sacerdote escritor, rezaba en la santa Navidad de esta manera: “Señor, te pido algún tormento, alguna inquietud, algún remordimiento. En Navidad quisiera encontrarme insatisfecho. Contento, pero también insatisfecho. Contento por lo que haces Tú, insatisfecho por mi falta de respuestas. Quítanos, por favor, nuestras falsas seguridades, y coloca dentro de nuestro ‘pesebre’, siempre demasiado lleno, un puñado de espinas. Pon en nuestra alma el deseo de algo más” (cf. A. Pronzato, La novena de Navidad). El deseo de algo más. No quedarnos quietos. No olvidemos que el agua estancada es la que primero se corrompe.

La esperanza cristiana es precisamente ese “algo más” que nos impulsa a movernos “rápidamente”. A nosotros, discípulos del Señor, se nos pide, en efecto, que hallemos en Él nuestra mayor esperanza, para luego llevarla sin tardanza, como peregrinos de luz en las tinieblas del mundo. Este es el Jubileo, este es el tiempo de la esperanza. Este nos invita a redescubrir la alegría del encuentro con el Señor, nos llama a la renovación espiritual y nos compromete en la transformación del mundo, para que este llegue a ser realmente un tiempo jubilar… Todos nosotros tenemos el don y la tarea de llevar esperanza allí donde se ha perdido; allí donde la vida está herida, en las expectativas traicionadas, en los sueños rotos, en los fracasos que destrozan el corazón; en el cansancio de quien no puede más, en la soledad amarga de quien se siente derrotado, en el sufrimiento que devasta el alma; en los días largos y vacíos de los presos, en las habitaciones estrechas y frías de los pobres, en los lugares profanados por la guerra y la violencia. Llevar esperanza allí, sembrar esperanza allí. El Jubileo se abre para que a todos les sea dada la esperanza, la esperanza del Evangelio, la esperanza del amor, la esperanza del perdón».

En este domingo durante la octava de Navidad, la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia. Estamos en el corazón de este tiempo particularmente hermoso y tierno por el misterio que nos convoca y envuelve en torno al nacimiento de Jesús. Pero no pocas explicaciones de estos días tan entrañables, se reducen al noble pretexto de estar juntos en familia, como si la Navidad fuera simplemente eso: una fiesta de familia con todos los ritos y costumbres ancestrales que hemos ido heredando y manteniendo con el paso de los años. Por supuesto, también tiene ese carácter familiar este tiempo navideño, pero no es lo primero que celebramos ni tampoco lo que legitima la gran tradición que en estas fechas estamos festejando. No obstante, si de familia se trata, podemos decir que la hay a modo de gran escenario en el que poder colocar con piedad y respeto nuestra familia particular: la Sagrada Familia que en Belén se nos manifiesta con el Niño recién nacido y en Nazaret la vemos crecer como un hogar primordialmente cristiano. Por eso, dentro de la Navidad, se nos presenta esta fiesta de la Sagrada Familia para iluminar lo que en estos días vivimos también como familia cristiana.

Hemos de decir que nosotros nos hemos habituado a celebrar estas fiestas navideñas, sin las cuales diciembre quedaría gravemente alterado, como algo que damos por supuesto llegando las calendas de cada fin de año. Después de tantos siglos, en los que se han ido acumulando tradiciones y costumbres en torno al Portal de Belén, nos parece -y con razón- que estamos justamente ante unas fechas extraordinarias en nuestro almanaque terrenal.

Queremos sacudirnos el sopor y agobio que frecuentemente nos rodea. Siquiera en unas horas, en unos días, vivir asomados a lo extraordinario: las calles se engalanan, las músicas toman aire de villancico, hay comidas especiales, familias reunidas, rencores olvidados. Es en verdad un tiempo único en el que parece que lo más complejo y enrevesado se hace sencillo y rectilíneo. Pero todo esto que nosotros vivimos así, no siempre fue así. De hecho, hace dos mil navidades, cuando Dios quiso hacerse uno de nosotros, cuando vino a reír en nuestros gozos y a llorar en nuestros llantos, su gesto de encarnarse no tuvo este acompañamiento festivo, sino tan discretamente sencillo que casi parecía vulgar. Dios vino a nuestro ordinario vivir para hacerlo extraordinario.

La familia es algo que Dios nos ha enseñado a valorar y a cuidar como un verdadero regalo. Ya el libro del Eclesiástico que hemos escuchado en la primera lectura, pone a los hijos ante los padres con una actitud de profundo respeto: «El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha» (Eclo 3, 3-6).

Pero no era un consejo añejo para las gentes del viejo Israel, sino que también la comunidad cristiana ha sabido igualmente valorar y educar el debido respeto que merece la familia donde hay un padre y esposo, una madre y esposa, y unos hijos que son mucho más que unas mascotas. Pablo lo recordará en la carta a los Colosenses tras haber invitado a las actitudes más bellas humanamente hablando como es la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura y la comprensión: «Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos» (Col 3, 12-21). Hay que leer bien el texto de Pablo porque no se presta a una lectura de género tan en boga en nuestros días, con la prepotencia del varón en detrimento de la mujer, sino una suerte de relación en la que la mirada del Señor señala el justo punto de una humana convivencia: como conviene en el Señor, como le gusta al Señor, es el criterio que se aduce.

Este día celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. Porque también Dios quiso abrazarnos y dejarse abrazar en algo tan de casa como una familia. Bien pudo Él haberse encarnado en los estamentos del poder, o en los del saber, o en los del tener. Pero no, Jesús no escogió los tronos y los cetros de los que gobernaban, ni los areópagos y foros de los bienpensantes, ni los fastos y multinacionales de los que acumulaban poderes. Jesús, el Dios hecho hombre escogió el hogar, la familia humana que recibe cantando al nuevo ser cuando viene al mundo y lo despide llorando cuando de éste se va, tenga lo que tenga, sepa lo que sepa, pueda lo que pueda.

Dios vino a enseñarnos lo mejor y lo más, y lo hizo desde el asombro humilde de María y José, llamados a acoger y acompañar lo extraordinario de Dios desde lo ordinario de su condición. Hasta el punto de angustiarse cuando el “crío” se pierda en el templo; hasta el punto de no entender su enigmática respuesta de que debía dedicarse a las cosas de su Padre; hasta el punto de ver que luego se somete a su autoridad como si nada; hasta el punto de contemplar cómo crece en sabiduría, estatura y gracia ante Dios y los hombres.

Los cristianos debemos prolongar ese asombro ante la santa Familia de Belén y Nazareth, y hacer de nuestro hogar, de nuestras relaciones cotidianas de trabajo, una parábola de amistad y vecindad, un “Belén viviente” en lo ordinario de nuestro camino. Y aquella paz de entonces, seguirá llenando nuestro mundo, y lo revestirá del amor, la ternura, la luz y la gracia que nos trajo Dios cuando vivo a vivir al gran hogar, a la gran familia de la humanidad por la que Él quiso dar su vida.

Amigos y hermanos, estamos comenzando un año nuevo especialmente bendecido. Tendremos ocasión de recibir la gracia de este año santo jubilar, peregrinando a nuestra catedral, así como a la basílica de la Virgen de Covadonga, y también lo haremos acudiendo a Roma y Asís con la peregrinación diocesana ya en marcha que tendré la gracia de acompañar y presidir, con las indicaciones que ha establecido la Iglesia: revisar nuestra vida cristiana, pedir perdón en el sacramento de la reconciliación, tener un gesto solidario con los pobres a través de nuestros canales de caridad, orar por el Santo Padre, por el obispo, por todos los cristianos cada cual en su vocación, por la paz en el mundo y el cese de todo abuso y violencia. Un año para volver a empezar dando gracias y acogiendo la gracia que nos permite cambiar para bien. Esta es la gracia singular de poder celebrar durante estos doce meses la remembranza de aquella primera Navidad acontecida hace 2025 años, y que sigue naciendo como gracia de esperanza de la que somos peregrinos, si le dejamos hueco en el establo y en el pesebre de nuestro corazón y nuestra familia.

Feliz Navidad cristiana. Feliz año santo jubilar. Que José, María y Jesús os acompañen siempre y os bendigan. Fuente. Biografía: Fr. Jesús Sanz Montes, ofm Arzobispo de Oviedo

No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre

 



       Sagrada Familia


 *" El relato de la pérdida y hallazgo de Jesús en el templo es una escena de vida familiar. El contexto está representado por dos breves descripciones de la vida de Nazaret: el viaje anual a Jerusalén para la Pascua (cf. Dt 16,16) y el retorno a casa de la familia de Jesús, donde él permanece sumiso a sus padres como un hijo cualquiera.

        El significado teológico del episodio, sin embargo, es mesiánico y el gesto de Jesús es profético. Jesús afirma conocer bien su misión y anuncia la separación futura de sus padres. Cuando la madre lo encuentra en el templo lo interpela: "Tu padre y yo te buscábamos angustiados " (y. 48); y Jesús responde con convicción: "porqué me buscabais? No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?" (v. 49). Al decir "tu padre", María entendía referirse a José; pero cuando Jesús dice "mi Padre " está refiriéndose a Dios. Hay un contraste neto y significativo en esto, porque Jesús trasciende a sus padres.

        Jesús reivindica el primado de la pertenencia al Señor y la prioridad de la propia vocación. Sin embargo, inmediatamente después, Jesús regresa a Nazaret y permanece sumiso y obediente a los suyos. La obediencia de los hijos a los padres es un deber y florece donde existe un clima de crecimiento y maduración de la persona, donde se reconoce el primado de Dios y de la propia vocación. Los hijos, pues, no pertenecen a los padres, sino a Dios y a su proyecto vocacional, valores más importantes que la familia misma. Por esto Jesús abandonará su hogar para cumplir la voluntad del Padre, es decir, para ocuparse de las cosas de Dios.


       





El viento del adviento. Artículo del Arzobispo de Oviedo.

Pasan los días en este otoño ceniciento, y el adviento sigue su curso con su historia que poco a poco volvemos a narrar. Este es quizás el óbice: que nos sabemos demasiado la trama. Tanto que, quizás de no escuchar ya su mensaje ha dejado hace tiempo de conmovernos. Llegando estas fechas vemos cómo las gentes van y vienen de aquí para allá. Cada uno embozado en su abrigo y bufanda gustando de la prisa y gastando el desenfado. Por doquier se olfatea un aire de fiesta, como magia esperada cada año al llegar estas calendas. Un ambiente festivo que pone en calles y plazas, en escaparates y hogares, en colegios y parroquias las guirlandas y bolas de color, luces y estrellas en medio de la realidad inhóspita que te impone tantos momentos grises que terminan siendo oscuro azabache. Todo parece conspirar como pidiendo tregua, reclamando una paz fugaz entre tanta desazón guerrera ante un panorama preocupante y peleón.

La lista siempre es ingrata, pero motivos para el hastío los hay a raudales: los años que no tienen vueltas y nos hace a todos un año más viejos; la enfermedad que te postra con las goteras de un achaque pasajero o de una dolencia fatal que te acorrala en el miedo; el paro de quien ha perdido su trabajo en la peor edad y el paro de quien en la flor de la vida no lo ha estrenado todavía; la soledad que te sobrecoge al sentirte incomprendido en el olvido ingrato; la decepción que tiene siglas políticas cuando te defraudan los que creímos que podían hacer algo que no fuera la promesa falsa, la corrupción egoísta y la mentira como gobernanza. Las catástrofes naturales y sus consecuencias varias. ¡Cuánta losa que te quita el aire que respiras y da la impresión que te ahogas abrumado por la imposibilidad de los ensueños y la terquedad de tantas pesadillas!

Hace dos mil años y en la actualidad de nuestros días, nos encontramos en un “toma y daca” que nos deja tristes, apagados, asustados y con la incertidumbre del miedo en las entrañas. Ante este panorama, no valen las treguas que sólo ponen entre paréntesis las pruebas y endulzan con mazapán la realidad terca que nos espera a la vuelta de la cuesta de enero. No necesitamos de un alibí como coartada que trampea nuestra humilde esperanza. Lo único de lo que tenemos necesidad es de poner nombre a nuestra espera, ser capaz de amar nuestras preguntas, para que nos suceda nuevamente algo, Alguien, que colme mi espera, responda a mis preguntas, ponga bálsamo en mis heridas todas.

Esto es lo que celebramos los cristianos en estos días de preparación para la Navidad verdadera. Lo hacemos recordando al que vino hace dos mil años en la humildad de nuestra carne, aguardamos al que volverá al fin de los tiempos cuando vuelva en su gloria, mientras reconocemos presente a quien jamás se nos ha ido de nuestro lado. Habrá otros escenarios prenavideños y navideños que tienen que ver con las costumbres de esta época del año, con las campañas comerciales de los que hacen su agosto en diciembre, de los buenos sentimientos que nos permiten entrenar y estrenar perdones varios. Todo esto ayuda y no molesta. Pero el camino cristiano de estos días consiste en preparar los caminos que Dios frecuenta para que allí se vean mis pasos deambular.

El encuentro con Cristo que vino, que volverá y que está a mi lado, es lo que transforma realmente mi vida como el acontecimiento que verdaderamente me cambia: cuando la oscuridad encuentra su luz amanecida, el cansancio deja de acorralarme, y el miedo no me hace rehén de su chantaje. Nos preparamos para esa gracia: para recordar a quien ya vino, para confiar en la espera de quien volverá, mientras con gozo agradecido reconocemos a quien está cerca, en mí, sosteniendo mi esperanza, mi alegría y mi paz. Publicado el 22/12/2024. Fuente. Imagen Pixabay Biografía: Fr. Jesús Sanz Montes, ofm Arzobispo de Oviedo

Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.

 



       Domingo 4º de Adviento


Uno de los temas principales de la página de Lucas sobre la visitación es la alegría del encuentro entre las dos madres y la del Bautista al oír la voz de la "madre del Señor" que lleva en su seno al Hijo. En la alegría del Bautista se percibe una alusión a la alegría de David bailando por la llegada del arca de la alianza, signo de la presencia de Dios (cf. 2 Sm 6). El Bautista goza –incluso "da saltos" (v. 41)- porque María, como arca santa, lleva en su seno al Señor.

En el Bautista que goza por la presencia de María y Jesús está representado el Antiguo Testamento que espera y acoge la manifestación del Nuevo. Isabel, por su parte, es la mujer anciana y estéril que ve las maravillas de Dios, el cual acoge los sufrimientos y deseos de la humanidad.

En esta escena está retratada la humanidad entera que espera a Cristo y saluda su llegada porque, encontrándolo, comprende que era él al que esperaba sin saberlo. El Hijo de Dios que se hace carne es la fuente de la alegría porque dice la verdad a la que todo humano está llamado: ser hijo como él.

En cuanto a María, ella recibe el saludo de Isabel que la proclama "bendita" (v. 42) y el elogio que la declara "dichosa" (v. 45) por haber creído en la promesa de Dios. Mientras da a la humanidad al Hijo de Dios, María nos enseña también a responder con fe a la oferta divina.

Fe y humildad: "Ha mirado la humillación de su esclava" (v. 48). En María se ejecuta el programa de Dios (anunciado por Miqueas) que comienza por los últimos.


       



Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

 


       Domingo 3º de Adviento


Después del acontecimiento de la Palabra sobre el Bautista que anuncia la salvación (Lc 3,2), Lucas relata los temas éticos de la predicación de Juan en los que precisa los caminos que hay que enderezar y ajustar según los caminos de Dios. Se presentan al Bautista diversas categorías de personas.

Por tres veces (w. 10.12.14) la gente pregunta al Bautista: "Qué debemos hacer?". En la respuesta no pide cosas desorbitadas, sino que recomienda modos de atención con el otro, respeto a todos en la justicia. El Bautista, hombre del desierto, a quien le pregunta sobre qué debe hacer no le pide imitarle en la vida eremítica o ascética del desierto. Les da unas respuestas para que las realice cada uno en su vida normal, ya que es precisamente en ese ámbito donde todos debemos enderezar los caminos de Dios.

A algunos interlocutores les sugiere el compromiso del compartir: "El que tenga dos túnicas, que le dé una al que no tiene ninguna" (v. 11). Luego se acercan los publicanos y los soldados, dos categorías "sospechosas". Pero también pueden abrirse a la salvación viviendo una vida honesta y renunciando a algunos fraudes.

Cuando venga Jesús, precisamente los publicanos y los soldados (cf. el centurión) serán los testigos de una salvación que se les ofrece sin condiciones previas, salvación recibida gratuitamente, capaz de cambiar la vida.

Finalmente el evangelista indica que "el pueblo estaba a la expectativa" (v. 15), y se preguntaban si no sería Juan el Cristo. De la pregunta del "hacer" se pasa a la del "Mesías", es decir, a la pregunta de "Quién nos puede salvar?". El Bautista remite -más allá de sí mismo- a "aquel que viene", el único que podrá cambiar la vida vieja, quemando la paja y regalando el Espíritu.

       




Redes sociales, la nueva torre de Babel. Artículo.


Las primeras páginas de la Biblia nos ofrecen una serie de historias situadas al principio de la historia que están destinadas a explicar por qué el mundo de hoy es como es. La historia de Adán y Eva sobre el pecado original es una de esas historias. Hay otras. Estas historias, porque usan imágenes que pueden hacer que suenen como cuentos de hadas, pueden parecer total fantasía para nosotros, pero son historias que son más verdaderas que verdaderas. Ocurrieron. Le ocurrieron al primer hombre y la primera mujer en este planeta, y continúan ocurriendo hoy de una manera que afecta a todos los hombres y mujeres a lo largo de la historia. Son historias del corazón, no destinadas a ser tomadas literalmente, pero que llevan lecciones para el corazón.

Una de estas historias «en el principio», fundamentales y arquetípicas, es la historia de la Torre de Babel. En lenguaje coloquial, va así: Al principio (antes de que el tiempo fuera como es ahora) había una ciudad llamada Babel que decidió hacerse un nombre construyendo una torre tan impresionante que todas las demás ciudades tendrían que admirarla. Comenzaron a construir la torre, pero algo extraño sucedió. Mientras la construían, de repente todos comenzaron a hablar diferentes idiomas, ya no podían entenderse entre sí y se dispersaron por todo el mundo, cada uno ahora hablando en un idioma incomprensible para los demás.

¿Cuál es la lección? ¿Se supone que esto explica el origen de los diferentes idiomas del mundo? No, más bien está destinado a explicar los profundos y aparentemente irreconciliables malentendidos entre nosotros. ¿Por qué nos malentendemos siempre? ¿Cuál es el origen de esto?

Hay múltiples maneras en que esta historia puede usarse para arrojar luz sobre las divisiones en nuestro mundo de hoy. Aquí tienes una: Escribiendo en The Atlantic el año pasado, el psicólogo social Jonathan Haidt sugirió que quizás no hay mejor metáfora para explicar las divisiones entre nosotros hoy que la Torre de Babel. Su argumento es el siguiente: Las redes sociales, lo que se suponía que nos conectaría no solo con nuestros amigos y familiares, sino con personas de todo el mundo, de hecho ha llevado a una fragmentación radical de nuestra sociedad y al rompimiento de todo lo que parecía sólido, la dispersión de personas que habían sido una comunidad. Tomemos a Estados Unidos, por ejemplo; aunque aún podamos estar hablando el mismo idioma, las redes sociales y los ecos de las noticias por cable nos han suministrado diferentes conjuntos de hechos, valores y visiones que hacen que la conversación real sea cada vez más imposible.

Como lo hicieron evidentes las recientes tensiones alrededor de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, como sociedad ya no hablamos el mismo idioma en el sentido de que ya no podemos entendernos entre nosotros en prácticamente cada tema clave: cambio climático, inmigración, pobreza, género, salud, aborto, el lugar de la religión en la esfera pública, de qué lado está la verdad, y, lo más importante, qué es la verdad. Ya no compartimos ninguna verdad común. Más bien, todos tenemos nuestra propia verdad, nuestro propio idioma individual. Como dice el dicho popular, ¡he hecho mi propia investigación! No confío en la ciencia. No confío en ninguna verdad de corriente principal. Tengo mis propias fuentes.

¡Y esas fuentes son muchas, demasiadas para contarlas! Cientos de canales de televisión, innumerables pódcast y millones de personas alimentándonos con su versión idiosincrática de las cosas en las redes sociales, de modo que ahora hay escepticismo sobre cualquier hecho o verdad. Esto nos está dividiendo a todos los niveles: familia, vecindario, iglesia, país y mundo. Ahora todos estamos hablando diferentes idiomas y, como los habitantes originales de Babel, estamos siendo dispersados por todo el mundo.

A la luz de esto, es notable cómo se describe el Pentecostés original en las escrituras. Los Hechos de los Apóstoles describen el Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, como un evento que revierte lo que sucedió en la Torre de Babel. En la Torre de Babel, los idiomas (las «lenguas») de la tierra se dividieron y dispersaron. En Pentecostés, el Espíritu Santo desciende sobre cada persona como una «lengua de fuego» de modo que, para gran sorpresa de todos, ahora todos entienden a todos los demás en su propio idioma.

De nuevo, lo que se describe aquí no se trata de idiomas humanos literales, donde en Pentecostés todos de repente entendieron griego o latín. Más bien, todos ahora entendieron a todos los demás en su propio idioma. Todos los idiomas se convirtieron en un solo idioma.

¿Cuál es ese idioma común? No es ni griego ni latín ni inglés ni francés ni español ni yiddish ni chino ni árabe, ni ninguno de los otros idiomas hablados del mundo. Tampoco es el idioma menos que completamente compasivo de los conservadores o los liberales. Es, como Jesús y nuestras escrituras dejan claro, el idioma de la caridad, la alegría, la paz, la paciencia, la bondad, la longanimidad, la fidelidad, la gentileza, la fe y la castidad.

Este es el único idioma que puede superar los malentendidos y las diferencias entre nosotros, y cuando lo estemos hablando, no estaremos tratando de construir una torre para impresionar a nadie. Traducido al Español para Ciudad Redonda por Benjamín Elcano, cmf 

Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

 



       Domingo 2º de Adviento


En la fiesta de la Inmaculada, más que hablar de María, sentimos el deseo de acercarnos a ella para que nos introduzca en el misterio de su virginidad, que es un misterio de silencio; en el misterio de su inocencia absoluta, que es un misterio de gozo.

María ya está revestida con vestiduras de salvación, tiene su vestido blanqueado en la sangre del cordero antes de su nacimiento. El Padre, de algún modo, la ha bautizado de antemano en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo para presentarla al mundo tota pulchra, toda hermosa. La fascinación de María está en ignorar su propia belleza: su humildad, su transparencia que la hacen vivir mirando fuera de sí misma, toda donación.

María, virgen y madre, imprime al misterio cristiano su aspecto más sugestivo y fascinante; es un nostálgico reclamo a la pureza, a la inocencia. Incluso el hombre más experimentado en el mal difícilmente puede sustraerse a la fascinante atracción de la inocencia y la virginidad.

Nuestro amor a María esencialmente debe traducirse en el deseo de vivir profundamente, sinceramente, su misterio; deseo siempre más vivo, más hondo, de sumergirnos en su pureza, como un bautismo en su inocencia para salir purificados, revestidos con vestiduras de salvación.

Para cualquier alma, el contacto con la Virgen santa es un contacto que purifica y salva. De algún modo, es ya un contacto con la humanidad del Señor que tomó carne en ella. Nosotros, que nos sentimos tan pobrecillos y frágiles, debemos lograr, por la fe, descubrir cada vez más el milagro de la presencia de María entre nosotros.

       





Con esfuerzo y fe, los vínculos rotos pueden ser restaurados. Artículo.

Rudolf Sanders, terapeuta de parejas y católico practicante, reflexiona en una entrevista sobre el impacto de la espiritualidad en las relaciones, el estrés navideño y cómo abordar las expectativas en la convivencia familiar.
Al final de este artículo tienes los enlaces del próximo retiro, para matrimonios, de Amor Conyugal.

(KNA/InfoCatólica) Según el terapeuta de parejas Rudolf Sanders, la Navidad es un periodo especialmente propenso a los conflictos en pareja debido a las altas expectativas emocionales. «La Navidad activa en muchos una profunda necesidad de pertenencia familiar», comenta Sanders. Sin embargo, esta época también puede reavivar heridas del pasado.

Un ejemplo recurrente que observa en su práctica es el de personas que buscan recrear una «familia ideal», muchas veces idealizada, lo que puede generar frustraciones cuando la realidad no se ajusta a las expectativas. «He trabajado con parejas donde la historia personal de uno de los miembros afecta directamente la dinámica navideña. Es crucial identificar estas raíces emocionales para evitar conflictos recurrentes», añade.

¿Cómo evitar tensiones durante las fiestas?

Sanders sugiere a las parejas reflexionar sobre sus expectativas antes de las fiestas: «Pregúntense qué desean realmente de la Navidad y confíen en que su pareja está haciendo lo mejor posible». También destaca la importancia de mantener una visión positiva hacia el otro: «Asumir que el otro no actúa con mala intención es fundamental para fortalecer la relación».

En lugar de centrar la atención en «producir» una celebración perfecta, Sanders recomienda enfocarse en disfrutar del tiempo juntos y reducir el estrés asociado a las expectativas externas.

La espiritualidad como recurso en las relaciones

La fe juega un papel central en la terapia de Sanders, quien reconoce que su propia espiritualidad influye en su trabajo. «El concepto de la resurrección me inspira profundamente, incluso en contextos de pareja. Creo firmemente que, con esfuerzo y fe, los vínculos rotos pueden ser restaurados», asegura.

Para él, la espiritualidad permite a las personas reconocer sus limitaciones y dejar de proyectar expectativas irreales sobre el otro. «Es esencial entender que no todo lo que buscamos puede venir de nuestra pareja; hay una dimensión superior que nos da estabilidad y sentido», reflexiona.

Compromiso y resiliencia en las parejas cristianas

Cuando se le pregunta si los cristianos tienen mayor capacidad para mantener relaciones estables, Sanders responde que la espiritualidad proporciona un marco que fomenta la resiliencia y el compromiso. «La relación con Dios refuerza la seguridad de que no estamos solos en nuestra lucha. Eso nos da fuerzas para seguir adelante, incluso en tiempos difíciles», afirma.

Con esta visión, Sanders concluye que las parejas pueden superar los desafíos de la vida juntos, si comparten una base sólida de confianza, esfuerzo mutuo y fe. «El compromiso no significa perfección, sino un proceso constante en el que ambos se apoyan y se complementan a lo largo del tiempo». Fuente.

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La indicación con niños quiere decir que se puede llevar a los hijos al retiro y serán atendidos por cuidadoras.

La corona de Adviento.

El año litúrgico comienza con el Adviento. Se enciende una de las cuatro velas cada domingo de los cuatro que dura el Adviento, para indicar el camino que se recorre hasta la Navidad. El primer domingo de Adviento una, el segundo dos, y así sucesivamente. El orden de encendido es: morado, verde, rosa y blanco.
Además de ser un elemento decorativo, esta corona anuncia que la Navidad está cerca y debemos prepararnos.
Los cristianos, para prepararnos a la venida de nuestra LUZ y VIDA, la Natividad del Señor, aprovechamos esta "Corona de adviento" como medio para esperar a Cristo y rogarle infunda en nuestras almas su luz.

Morado: Representa el espíritu de la vigilia.
Verde: Representa la esperanza.
Rosa: Representa la alegría por la cercanía del nacimiento de Jesús.
Blanco:  Es el color de la presencia luminosa de Dios.

El círculo es una figura geométrica perfecta que no tiene ni principio ni fin. La corona de adviento tiene forma de círculo para recordarnos que Dios no tiene principio ni fin, reflejando su unidad y eternidad. Nos ayuda también a pensar en los miles de años de espera desde Adán hasta Cristo y en la segunda y definitiva venida; nos conciencia que de Dios venimos y a Él vamos a regresar.
Las ramas verdes de pino o abeto representan que Cristo está vivo entre nosotros, además su color verde nos recuerda la vida de gracia, el crecimiento espiritual y la esperanza que debemos cultivar durante el Adviento.
Las manzanas rojas con las que algunas personas adornan la corona, representan los frutos del jardín del Edén, con Adán y Eva, que trajeron el pecado al mundo, pero recibieron también la promesa del Salvador universal.
El lazo rojo representa nuestro amor a Dios y el amor de Dios que nos envuelve.
El día de Navidad, las velas  son sustituidas por otras de color rojo que simboliza el espíritu festivo de la reunión familiar. En el centro, se coloca una vela blanca o cirio simbolizando a Cristo como centro de todo cuanto existe.
La luz de las velas simboliza la luz de Cristo que desde pequeños buscamos y que nos permite ver, tanto el mundo como nuestro interior. Como hemos comentado antes, cuatro domingos antes de la Navidad se enciende la primera vela. Cada domingo se enciende una vela más. El hecho de irlas prendiendo poco a poco nos recuerda cómo, conforme se acerca la luz, las tinieblas se van disipando, de la misma forma que conforme se acerca la llegada de Jesucristo, que es luz para nuestra vida, se debe ir esfumando el reinado del pecado sobre la tierra. La luz de la vela blanca o del cirio que se enciende durante la Nochebuena nos recuerda que Cristo es la Luz del mundo. El brillo de la luz de esa vela blanca en Navidad, nos recuerda cómo en la plenitud de los tiempos se cumple el "Adviento del Señor". Fuente

Verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.

 




       Domingo 1º de Adviento


El relato litúrgico del evangelio se compone de dos fragmentos del llamado "discurso apocalíptico" de Jesús en la versión de Lucas.

En la primera parte (w. 25-28) el discurso se centra en la venida del Hijo del hombre. El Hijo del hombre es el que ha sido humillado y ha padecido por toda la humanidad y al que Dios ha resucitado de entre los muertos, reconociéndolo como Hijo, salvador universal. El cristiano espera el día de su manifestación "con gran poder y majestad" (v. 27), espera que aparezca, plenamente visible, su victoria sobre el mal y su señorío universal.

Según Lucas, el día del Hijo del hombre se anuncia con ciertos signos: "Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra la angustia se apoderará de los pueblos..." (v. 25). No se trata de manifestaciones que nos permitan calcular con anticipación el momento de la venida de Jesús. Se trata, por el contrario, de acontecimientos que se darán siempre, en cualquier tiempo. De hecho, siempre sucederán catástrofes naturales o desórdenes y acontecimientos dolorosos, lo cual indica que el hombre siempre debe estar a la espera de la venida de Jesús.

Con todo, se darán dos modos de leer los signos: el del que espera con miedo el final de un mundo encaminado a la desaparición y la nada (de ahí la angustia, la locura, el miedo: w. 25-26); y la del que, creyendo, no infravalora el mal, pero a pesar de todo "levanta la cabeza" y abre el corazón a la esperanza porque está seguro de la liberación (v. 28).

En la segunda parte el evangelista resalta dos imperativos:

"Procurad" (v. 34), y "velad y orad" (v. 36). Es preciso tener cuidado con lo que embota el corazón y apaga la esperanza. Hay que vigilar -y aquí aparece la añadidura de la preciosa invitación a la oración- para evitar la perversa fascinación del mal y estar lúcidos para esperar al único que da sentido a nuestra historia: al Hijo del hombre