Dios Te Salve María Tere Larraín
por la afluencia de todos los bienes, con los cuales fuiste gratísimo a Dios y beneficioso a los hombres.
que su Hijo único fuese inmolado por la redención del mundo.
CONSAGRACIÓN FILIAL AL CORAZÓN DE MARIA
CONSAGRACIÓN FILIAL AL CORAZÓN DE MARIA
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don en tus dones espléndido;
luz que penetras las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Ven, Espíritu enviado por el Padre,
en nombre de Jesús, el Hijo amado:
haz una y santa a la Iglesia
para las nupcias eternas del Cielo.
El mensaje que nos transmite Juan el Bautista respecto a la importancia de los apóstoles en la vida de la Iglesia podemos resumirlo en estos puntos neurálgicos: en primer lugar, el apóstol comparte la misma misión con Jesús, que le ha elegido y le ha enviado. Y, antes, Jesús y sus discípulos comparten el mismo amor que Dios Padre les ha entregado.
Por eso el apóstol, antes que nada, debe permanecer en el amor: en el amor de Jesús a ellos y en el amor del Padre a Jesús. Permanecer en el amor significa vivir en la comunión perfecta, que es, al mismo tiempo, horizontal y vertical, es decir, con los hermanos en la fe y con Dios, término último de nuestro amor. El verdadero discípulo de Jesús, precisamente porque se siente amado y comparte con Jesús el amor de Dios Padre, sabe que tiene que observar un mandamiento, al que no puede sustraerse: el mandamiento del amor. También nosotros, como verdaderos discípulos de Jesús, nos sentimos movilizados a amar: una movilización que no suprime en absoluto la libertad de la adhesión; al contrario, la exalta.
Por último, el verdadero discípulo de Jesús, que ha adquirido ahora la plena conciencia de ser su amigo, se siente llamado a vivir este amor "hasta el final", esto es, hasta la entrega de sí mismo. No sería amistad verdadera la que no estuviera dispuesta a alcanzar también esta meta. En esto se diferencia el amigo del siervo.
La serie fue creada y producida por Dallas Jenkins, un cristiano evangélico con una gran apertura hacia otras confesiones y religiones. El papel de Jesús lo interpreta Jonathan Roumie, un católico romano practicante. Y el Jesús que él presenta en The Chosen resulta algo distinto al que estamos acostumbrados a ver en otras películas: es más cercano, más humano. Y eso ha tenido un impacto interesante.
¿Y cuál ha sido ese impacto? Joe Hoover, un sacerdote jesuita, escribió lo siguiente en un reciente número de la revista America:
“He
sido cristiano bautizado durante 53 años, estudié en una escuela
católica y llevo más de dos décadas en una orden religiosa que lleva el
nombre de Jesús… y la serie The Chosen
ha hecho por mi comprensión y vivencia de la vida de Cristo y sus
discípulos cosas que nada más había logrado. Ninguna homilía, ninguna
exhortación teológica, ningún título académico, ninguna clase sobre
Juan, Marcos o Lucas, ningún taller de espiritualidad, ni siquiera un
retiro de 30 días basado en la Biblia ha logrado que los Evangelios me
lleguen tanto al corazón ni que Cristo y sus seguidores se me hagan tan
reales y cercanos como lo ha hecho esta serie.”
Yo podría decir lo mismo. The Chosen ha tenido en mí un efecto parecido. Como Joe Hoover, fui bautizado de bebé, me crié en la fe católica, formo parte de una orden religiosa, tengo estudios en teología, he asistido a toda clase de talleres de espiritualidad y he estudiado los Evangelios guiado por algunos de los mejores expertos. Y aun así, esta serie me ha mostrado un rostro de Jesús que no había encontrado en todo ese recorrido. Me ha ayudado a rezar, a relacionarme con él de una manera más viva.
En resumen, esto es lo que The Chosen ha hecho por mí: me ha presentado a un Jesús con el que realmente quiero estar. ¿No deberíamos querer estar siempre con Jesús? Por supuesto. Pero siendo sinceros, el Jesús que a menudo se nos presenta no es alguien con quien uno desee pasar tiempo a solas, alguien con quien uno se sienta cómodo, sin necesidad de fingir nada.
Por ejemplo, el Jesús que solemos ver en muchas películas carece de calidez humana. Es distante, serio, como de otro mundo, excesivamente piadoso, y con una mirada que te hace sentir culpable por tus pecados, porque fueron la causa de su crucifixión. Ese Jesús nunca sonríe, no parece traer alegría al mundo, ni iluminar una habitación con su presencia. No es un Jesús con el que uno se sienta a gusto.
Lamentablemente, ese también es el Jesús que muchas veces se nos ha presentado en las homilías, en la catequesis, en los grupos de formación, en clases de teología y en algunas espiritualidades populares. Ese Jesús, aunque nos transmite verdades profundas, sigue siendo demasiado divino, demasiado perfecto, demasiado “intocable” como para poder estar a gusto con él en un plano humano. Lo admiramos, quizás lo adoramos, confiamos en él al punto de entregarle la vida (que no es poco). Pero no es el Jesús con quien elegiríamos sentarnos a comer, o con quien quisiéramos irnos de vacaciones. Es más fácil tenerlo como maestro admirado que como amigo íntimo. Ni hablar de un Jesús con quien compartir el alma como lo haríamos con un ser querido.
Esto no es una invitación a “humanizar” a Jesús de manera superficial, como a veces se intenta hoy en día, mostrándolo simplemente como un buen hombre que predicaba el amor pero sin reflejar la verdad exigente de Dios. Eso no es lo que hace The Chosen. Ni mucho menos.
La serie nos muestra a un Jesús cuya divinidad no se pone nunca en duda, pero que al mismo tiempo es cálido, cercano, con una humanidad que te hace sentir bien en su presencia; incluso te atrae hacia ella. Al ver The Chosen, nunca dudas de que Jesús está unido de forma única y profunda con su Padre, ni de que nos transmite la verdad de Dios sin rebajarla. Pero este Jesús también trae consigo la sonrisa de Dios, su ternura, su bendición… cosas que muchas veces echamos en falta en nuestra vida.
La gran mística Juliana de Norwich describió una vez a Dios así:
“Dios está en el cielo, completamente relajado, con un rostro que parece una maravillosa sinfonía.”
Entre muchas cosas, The Chosen nos muestra ese rostro relajado de Dios, ese que tanto necesitamos… y que tan pocas veces se nos presenta. Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés
El renombrado escritor de espiritualidad Tomas Halik, en un reciente libro titulado La tarde del Cristianismo, hace la siguiente sugerencia: Mientras el mundo concede menos y menos espacio explícito a Jesús, necesitamos buscarle más y más en esos lugares donde está “anónimamente presente”. Halik aconseja: “Busquémoslo ‘por su voz’, como María Magdalena; busquémoslo en los caminantes extraños, como los discípulos que iban camino de Emaús; busquémoslo en las heridas del mundo, como el apóstol Tomás; busquémoslo siempre que atraviesa las cerradas puertas del miedo; busquémoslo donde trae el don del perdón y la oferta de volver a empezar”.
Aquí, nos invita a responder mejor a los signos de los tiempos, ya que ahora estamos viviendo en lo que él llama “la tarde del Cristianismo”.
¿Qué es “la tarde del Cristianismo”?
Halik distingue tres periodos en la historia del Cristianismo. Denomina mañana del Cristianismo al tiempo previo al año 1500 d. C., el periodo premoderno, la época anterior a la secularización. El mediodía del Cristianismo, para él, es el tiempo de la secularización y la modernidad, básicamente desde el siglo XIX hasta nuestra propia generación. La tarde del Cristianismo, para él, es nuestro tiempo presente, el mundo posmoderno, en el que somos testigos del derrumbamiento de gran parte del mundo como una vez lo conocimos, con los consecuentes efectos de esto en la fe y la religión. Y para él, el resultado de todo esto es que la fe cristiana ahora ha dejado atrás las anteriores formas de religión.
¡Oh! ¡Vaya afirmación! De cualquier manera, lo que Halik está señalando no es que la fe esté muriendo, que el Cristianismo esté en sus últimos días o que las iglesias estén viniéndose abajo. Más bien, para él, el Cristianismo se encuentra hoy en una cierta falta cultural de hogar, en un momento en el que tantas estructuras sociales que una vez la mantuvieron están ahora derrumbándose, de modo que la fe cristiana está necesitando en estos tiempos buscar un nuevo patrón, un nuevo hogar, nuevas voluntades de expresión, nuevos papeles sociales y culturales, y nuevos aliados.
¿Cómo cambiaremos eso? No lo sabemos. Pero aquí está la aportación de Halik: el Cristianismo no perderá, como muchos temen, su identidad ni llegará a ser una fe no religiosa. Tampoco se desintegrará en cierta espiritualidad vaga, sin doctrina, sin frontera, privatizada. Más bien, se espera que (paradójicamente) el verdadero dinamismo y la diversidad que atemorizan a muchos cristianos sea la fase de incubación del Cristianismo del futuro.
Para él, los desafíos que el Cristianismo afronta hoy nos invitan a introducir la fe en un nuevo espacio, como Pablo hizo cuando sacó el Cristianismo fuera de los confines del judaísmo de su día. He aquí cómo lo dice Halik: “Creo que el Cristianismo del mañana será sobre todo una comunidad de una hermenéutica nueva, una lectura nueva, una interpretación nueva y más profunda de las dos fuentes de la revelación divina: escritura y tradición, y especialmente de la manifestación de Dios en los signos de los tiempos”.
¿Cómo sucederá todo esto? Esa es la tesis del libro. Capítulo tras capítulo expone las posibilidades sobre cómo leer con más audacia los signos de los tiempos, y en vez de desvirtuar alguna de las sustancias de la fe cristiana, dejar que esos signos de los tiempos nos guíen a una comprensión más profunda de la escritura y la tradición, especialmente para que podamos juntar en mejor harmonía al Cristo de la evolución cósmica con el Jesús Resucitado; y entonces reconocer que ambos no sólo están presentes en lo que es explícito de nuestra fe y culto cristianos, sino que están también anónimamente presentes en la evolución de nuestra cultura y sociedad.
En consecuencia, necesitamos buscar a Jesús no sólo en nuestras escrituras, nuestras iglesias, nuestros servicios de culto y clases catequéticas, nuestras escuelas dominicales y nuestro explícito seguimiento cristiano (aunque, por cierto, necesitamos hacer esa búsqueda ahí). Sino también, como María Magdalena, necesitamos reconocer su voz en el guardián del cementerio; como los decepcionados discípulos que iban camino de Emaús, cuando ya no tenemos las respuestas, necesitamos reconocer su presencia en los extraños cuyas palabras encienden nuestros corazones en nuestro interior; como el incrédulo Tomás, necesitamos superar nuestras dudas sobre su resurrección tocando sus heridas como ahora se manifiestan en los pobres y en los que sufren; como la primera comunidad de Jesús, la cual, muerta de miedo, se protegió tras una puerta cerrada a cal y canto, nosotros necesitamos reconocerlo siempre que, en nuestro miedo y confusión, algo exhala confiadamente paz en nuestro interior; y necesitamos reconocer su presencia en nosotros cada vez que recibimos el perdón y somos fortalecidos para volver a empezar. Este no es momento de morir, es tiempo del kairós, un tiempo en el que somos invitados a abrir nuestros ojos en un nuevo camino como para reconocer al Cristo que está caminando con nosotros de una forma poco familiar. Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés