La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.

 


     Domingo  V de Pascua 

 

El mensaje que nos transmite Juan el Bautista respecto a la importancia de los apóstoles en la vida de la Iglesia podemos resumirlo en estos puntos neurálgicos: en primer lugar, el apóstol comparte la misma misión con Jesús, que le ha elegido y le ha enviado. Y, antes, Jesús y sus discípulos comparten el mismo amor que Dios Padre les ha entregado.

Por eso el apóstol, antes que nada, debe permanecer en el amor: en el amor de Jesús a ellos y en el amor del Padre a Jesús. Permanecer en el amor significa vivir en la comunión perfecta, que es, al mismo tiempo, horizontal y vertical, es decir, con los hermanos en la fe y con Dios, término último de nuestro amor. El verdadero discípulo de Jesús, precisamente porque se siente amado y comparte con Jesús el amor de Dios Padre, sabe que tiene que observar un mandamiento, al que no puede sustraerse: el mandamiento del amor. También nosotros, como verdaderos discípulos de Jesús, nos sentimos movilizados a amar: una movilización que no suprime en absoluto la libertad de la adhesión; al contrario, la exalta.

Por último, el verdadero discípulo de Jesús, que ha adquirido ahora la plena conciencia de ser su amigo, se siente llamado a vivir este amor "hasta el final", esto es, hasta la entrega de sí mismo. No sería amistad verdadera la que no estuviera dispuesta a alcanzar también esta meta. En esto se diferencia el amigo del siervo.

     



Los Elegidos. Artículo.

Estoy seguro de que muchos de ustedes conocen la serie de televisión sobre la vida de Jesús llamada The Chosen (Los Elegidos). Se lanzó en 2019, ha estado en cines y plataformas de streaming desde entonces, y ya supera los 200 millones de espectadores. Se ha traducido a 50 idiomas y tiene 13 millones de seguidores en redes sociales. Curiosamente, alrededor del 30% de su audiencia no es cristiana.

La serie fue creada y producida por Dallas Jenkins, un cristiano evangélico con una gran apertura hacia otras confesiones y religiones. El papel de Jesús lo interpreta Jonathan Roumie, un católico romano practicante. Y el Jesús que él presenta en The Chosen resulta algo distinto al que estamos acostumbrados a ver en otras películas: es más cercano, más humano. Y eso ha tenido un impacto interesante.

¿Y cuál ha sido ese impacto? Joe Hoover, un sacerdote jesuita, escribió lo siguiente en un reciente número de la revista America:
“He sido cristiano bautizado durante 53 años, estudié en una escuela católica y llevo más de dos décadas en una orden religiosa que lleva el nombre de Jesús… y la serie The Chosen ha hecho por mi comprensión y vivencia de la vida de Cristo y sus discípulos cosas que nada más había logrado. Ninguna homilía, ninguna exhortación teológica, ningún título académico, ninguna clase sobre Juan, Marcos o Lucas, ningún taller de espiritualidad, ni siquiera un retiro de 30 días basado en la Biblia ha logrado que los Evangelios me lleguen tanto al corazón ni que Cristo y sus seguidores se me hagan tan reales y cercanos como lo ha hecho esta serie.”

Yo podría decir lo mismo. The Chosen ha tenido en mí un efecto parecido. Como Joe Hoover, fui bautizado de bebé, me crié en la fe católica, formo parte de una orden religiosa, tengo estudios en teología, he asistido a toda clase de talleres de espiritualidad y he estudiado los Evangelios guiado por algunos de los mejores expertos. Y aun así, esta serie me ha mostrado un rostro de Jesús que no había encontrado en todo ese recorrido. Me ha ayudado a rezar, a relacionarme con él de una manera más viva.

En resumen, esto es lo que The Chosen ha hecho por mí: me ha presentado a un Jesús con el que realmente quiero estar. ¿No deberíamos querer estar siempre con Jesús? Por supuesto. Pero siendo sinceros, el Jesús que a menudo se nos presenta no es alguien con quien uno desee pasar tiempo a solas, alguien con quien uno se sienta cómodo, sin necesidad de fingir nada.

Por ejemplo, el Jesús que solemos ver en muchas películas carece de calidez humana. Es distante, serio, como de otro mundo, excesivamente piadoso, y con una mirada que te hace sentir culpable por tus pecados, porque fueron la causa de su crucifixión. Ese Jesús nunca sonríe, no parece traer alegría al mundo, ni iluminar una habitación con su presencia. No es un Jesús con el que uno se sienta a gusto.

Lamentablemente, ese también es el Jesús que muchas veces se nos ha presentado en las homilías, en la catequesis, en los grupos de formación, en clases de teología y en algunas espiritualidades populares. Ese Jesús, aunque nos transmite verdades profundas, sigue siendo demasiado divino, demasiado perfecto, demasiado “intocable” como para poder estar a gusto con él en un plano humano. Lo admiramos, quizás lo adoramos, confiamos en él al punto de entregarle la vida (que no es poco). Pero no es el Jesús con quien elegiríamos sentarnos a comer, o con quien quisiéramos irnos de vacaciones. Es más fácil tenerlo como maestro admirado que como amigo íntimo. Ni hablar de un Jesús con quien compartir el alma como lo haríamos con un ser querido.

Esto no es una invitación a “humanizar” a Jesús de manera superficial, como a veces se intenta hoy en día, mostrándolo simplemente como un buen hombre que predicaba el amor pero sin reflejar la verdad exigente de Dios. Eso no es lo que hace The Chosen. Ni mucho menos.

La serie nos muestra a un Jesús cuya divinidad no se pone nunca en duda, pero que al mismo tiempo es cálido, cercano, con una humanidad que te hace sentir bien en su presencia; incluso te atrae hacia ella. Al ver The Chosen, nunca dudas de que Jesús está unido de forma única y profunda con su Padre, ni de que nos transmite la verdad de Dios sin rebajarla. Pero este Jesús también trae consigo la sonrisa de Dios, su ternura, su bendición… cosas que muchas veces echamos en falta en nuestra vida.

La gran mística Juliana de Norwich describió una vez a Dios así:
“Dios está en el cielo, completamente relajado, con un rostro que parece una maravillosa sinfonía.”

Entre muchas cosas, The Chosen nos muestra ese rostro relajado de Dios, ese que tanto necesitamos… y que tan pocas veces se nos presenta.  Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés

Buscar a Jesús en la tarde del Cristianismo. Artículo.

¿Dónde podríamos experimentar a Jesús hoy en un mundo que aparentemente se ve demasiado oprimido por sus propias ocupaciones como para dejarle un espacio?

El renombrado escritor de espiritualidad Tomas Halik, en un reciente libro titulado La tarde del Cristianismo, hace la siguiente sugerencia:    Mientras el mundo concede menos y menos espacio explícito a Jesús, necesitamos buscarle más y más en esos lugares donde está “anónimamente presente”. Halik aconseja: “Busquémoslo ‘por su voz’, como María Magdalena; busquémoslo en los caminantes extraños, como los discípulos que iban camino de Emaús; busquémoslo en las heridas del mundo, como el apóstol Tomás; busquémoslo siempre que atraviesa las cerradas puertas del miedo; busquémoslo donde trae el don del perdón y la oferta de volver a empezar”.

Aquí, nos invita a responder mejor a los signos de los tiempos, ya que ahora estamos viviendo en lo que él llama “la tarde del Cristianismo”.

¿Qué es “la tarde del Cristianismo”?

Halik distingue tres periodos en la historia del Cristianismo. Denomina mañana del Cristianismo al tiempo previo al año 1500 d. C., el periodo premoderno, la época anterior a la secularización. El mediodía  del Cristianismo, para él, es el tiempo de la secularización y la modernidad, básicamente desde el siglo XIX hasta nuestra propia generación. La tarde del Cristianismo, para él, es nuestro tiempo presente, el mundo posmoderno,  en el que somos testigos del derrumbamiento de gran parte del mundo como una vez lo conocimos, con los consecuentes efectos de esto en la fe y la religión. Y para él, el resultado de todo esto es que la fe cristiana ahora ha dejado atrás las anteriores formas de religión.

¡Oh! ¡Vaya afirmación!  De cualquier manera, lo que Halik está señalando no es que la fe esté muriendo, que el Cristianismo esté en sus últimos días o que las iglesias estén viniéndose abajo. Más bien, para él, el Cristianismo se encuentra hoy en una cierta falta cultural de hogar, en un  momento en el que tantas estructuras sociales que una vez la mantuvieron están ahora derrumbándose, de modo que la fe cristiana está necesitando en estos tiempos buscar un nuevo patrón, un nuevo hogar, nuevas voluntades de expresión, nuevos papeles sociales y culturales, y nuevos aliados.

¿Cómo cambiaremos eso? No lo sabemos. Pero aquí está la aportación de Halik: el Cristianismo no perderá, como muchos temen, su identidad ni llegará a ser una fe no religiosa. Tampoco se desintegrará en cierta espiritualidad vaga, sin doctrina, sin frontera, privatizada. Más bien, se espera que (paradójicamente) el verdadero dinamismo y la diversidad que atemorizan a muchos cristianos sea la fase de incubación del Cristianismo del futuro.

Para él, los desafíos que el Cristianismo afronta hoy nos invitan a introducir la fe en un nuevo espacio, como Pablo hizo cuando sacó el Cristianismo fuera de los confines del judaísmo de su día. He aquí cómo lo dice Halik: “Creo que el Cristianismo del mañana será sobre todo una comunidad de una hermenéutica nueva, una lectura nueva, una interpretación nueva y más profunda de las dos fuentes de la revelación divina: escritura y tradición, y especialmente de la manifestación de Dios en los signos de los tiempos”.

¿Cómo sucederá todo esto? Esa es la tesis del libro. Capítulo tras capítulo expone las posibilidades sobre cómo leer con más audacia los signos de los tiempos, y en vez de desvirtuar alguna de las sustancias de la fe cristiana, dejar que esos signos de los tiempos nos guíen a una comprensión más profunda de la escritura y la tradición, especialmente para que podamos juntar en mejor harmonía al Cristo de la evolución cósmica con el Jesús Resucitado; y entonces reconocer que ambos no sólo están presentes en lo que es explícito de nuestra fe y culto cristianos, sino que están también anónimamente presentes en la evolución de nuestra cultura y sociedad.

En consecuencia, necesitamos buscar a Jesús no sólo en nuestras escrituras, nuestras iglesias, nuestros servicios de culto y clases catequéticas, nuestras escuelas dominicales y nuestro explícito seguimiento cristiano (aunque, por cierto, necesitamos hacer esa búsqueda ahí). Sino también, como María Magdalena, necesitamos reconocer su voz en el guardián del cementerio; como los decepcionados discípulos que iban camino de Emaús, cuando ya no tenemos las respuestas, necesitamos reconocer su presencia en los extraños cuyas palabras encienden nuestros corazones en nuestro interior; como el incrédulo Tomás, necesitamos superar nuestras dudas sobre su resurrección tocando sus heridas como ahora se manifiestan en los pobres y en los que sufren; como la primera comunidad de Jesús, la cual, muerta de miedo, se protegió tras una puerta cerrada a cal y canto, nosotros necesitamos reconocerlo siempre que, en nuestro miedo y confusión, algo exhala confiadamente paz en nuestro interior; y necesitamos reconocer su presencia en nosotros cada vez que recibimos el perdón y somos fortalecidos para volver a empezar. Este no es momento de morir, es tiempo del kairós, un tiempo en el que somos invitados a abrir nuestros ojos en un nuevo camino como para reconocer al Cristo que está caminando con nosotros de una forma poco familiar. Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés

La melancolía y el alma. Artículo.

Normalmente, a ninguno de nosotros nos gusta sentirnos tristes, pesarosos ni deprimidos. Por lo general, preferimos el brillo del sol a la oscuridad, la alegría a la melancolía. Por eso, tendemos a hacer todo lo posible por alejarnos de la melancolía, por mantener a raya la pesadumbre y la tristeza. Mayormente, huimos de los sentimientos que nos entristecen o atemorizan.

Por lo general, calificamos la melancolía y sus vástagos (tristeza, abatimiento, nostalgia, soledad, depresión, inquietud, remordimiento, sentimientos de pérdida, exigencias de nuestra propia mortalidad, miedo a los rincones secretos de nuestra mente y abatimiento del alma) como negativos. Y aun así, estos sentimientos presentan un aspecto positivo y tienen como finalidad ayudar a ponernos en contacto con nuestra propia alma.

Dicho sencillamente, nos ayudan a permanecer en contacto con aquellos espacios de nuestra alma a los que no solemos prestar atención. Nuestras almas son profundas y complejas, e intentar oír lo que están diciendo implica escucharlas en cualquier situación de nuestras vidas, incluso, y a veces especialmente, cuando nos sentimos tristes y sin ánimo. En la tristeza y la melancolía, el alma nos revela cosas a las que normalmente nos hacemos los sordos. De aquí que sea importante examinar el aspecto positivo de la melancolía.

Por desgracia, hoy resulta muy común ver la melancolía y la pesadumbre del alma como una pérdida de salud, como una pérdida de vitalidad, como una situación enfermiza, pero ese no es normalmente el caso. Por ejemplo, en muchos libros medievales y renacentistas sobre medicina, la melancolía era considerada como un regalo para el alma, algo por lo que uno necesitaba pasar en momentos claves de la vida con el fin de acceder a más profundidad y empatía. Esto, desde luego, no se refiere a la depresión clínica, lo cual resulta una verdadera pérdida de salud, sino a otras múltiples depresiones que nos  arrastran hacia adentro y hacia abajo.

¿Por qué necesitamos pasar por ciertos tipos de melancolía para acceder a una madurez más profunda?

Thomas Moore, que trata con profunda agudeza sobre la manera como necesitamos escuchar más atentamente los impulsos y necesidades de nuestras almas, ofrece esta visión: “La depresión nos proporciona valiosas disposiciones que necesitamos con el fin de ser plenamente humanos. Nos da peso cuando llevamos nuestras vidas con excesiva ligereza. Ofrece cierto grado de formalidad. A la vez, nos va madurando de modo que crezcamos apropiadamente y no pretendamos ser más jóvenes de lo que somos en realidad. Nos hace crecer y nos da el rango de impresión y modo de ser humanos que necesitamos para gestionar la vida con seriedad. En las imágenes clásicas del Renacimiento encontradas en viejos textos de medicina y compilaciones de remedios, la depresión está representada como una persona anciana que lleva puesto un sombrero de ala ancha, en la sombra, sujetando la cabeza en sus manos”.

Milan Kundera, escritor checo, en su novela clásica La insoportable levedad del ser, se hace eco de lo que expresa Moore. Su heroína, Teresa, lucha por estar en paz con la vida cuando no es pesada, cuando hay demasiada luminosidad, brillo del sol y frivolidad, cuando la vida está privada del tipo de ansiedad que insinúa oscuridad y mortalidad. De ese modo, ella siempre siente la necesidad de la seriedad, por cierto abatimiento que señale que la vida es algo más que el simple florecimiento de la jovialidad y comodidad. Para ella, la luminosidad se equipara a la superficialidad.

En muchas culturas y por supuesto en todas grandes religiones del mundo, los periodos de melancolía y tristeza son considerados como caminos necesarios que se tienen que andar con el fin de profundizar en la comprensión de uno y llegar a la empatía. En realidad, ¿no es eso parte de la auténtica esencia de vivir el misterio pascual en el Cristianismo? Jesús, él mismo, cuando se estaba preparando para llevar a cabo el supremo sacrificio por amor, tuvo que aceptar dolorosamente que no existía ningún camino a la alegría del Domingo de Pascua que no supusiera la dureza del Viernes Santo. ¿Cómo puede ser bueno el Viernes Santo si la melancolía, la tristeza y la pesadumbre del alma son signos de que algo va mal en nosotros?

Así pues, ¿cómo podríamos mirar los periodos de tristeza y pesadumbre que hay en nuestras vidas? ¿Cómo podríamos hacer frente a la melancolía y a sus vástagos?

Primero, es importante ver la melancolía (en cualquiera de sus formas) como algo normal y potencialmente saludable en nuestras vidas. La pesadumbre del alma no es necesariamente un indicio de que algo va mal en nosotros. Más bien, casi siempre, resulta que la persona misma reclama  nuestra atención, pide ser oída, trata de cimentarnos de una manera más profunda e intenta, como indica Moore, profundizarnos apropiadamente.

Pero para que suceda esto, necesitamos resistir a dos tentaciones opuestas, a saber: abstraernos de la tristeza, consentir en ella. Necesitamos dar a la melancolía lo que le debemos, pero no más. ¿Cómo hacemos eso? James Hillman nos ofrece este consejo: ¿qué hacer con la pesadumbre del alma? Colócala en una maleta y llévala contigo. Guárdala cerca, pero sujeta; asegúrate de que sigue estando disponible, pero no le permitas que te domine.

Esa es la expresión secular que puede ayudarnos a entender mejor el desafío de Jesús: Si quieres ser discípulo mío, toma tu cruz cada día y síguemeRon Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés Imagen: el-vacio-del-alma-albert-gyorgy-2012 #albertgyorgy

Yo y el Padre somos uno

 



     Domingo  IV de Pascua 

 

Nosotros pertenecemos a Jesús porque Jesús pertenece al Padre. Somos una sola cosa con Jesús porque Jesús es una sola cosa con el Padre. Creemos en las obras de Jesús porque Jesús realiza las obras del Padre.

Jesús quiere establecer conmigo la misma relación que él tiene con el Padre. Por eso escucho su voz, que es eco de la voluntad del Padre. Por eso le sigo, porque él me conduce al Padre. Por eso me aferró a él, para no perecer nunca, porque sé que me conduce al Padre.

Las afirmaciones de Jesús son imponentes, en especial para un judío: dice que es uno con el Padre, con Dios, con el Altísimo, con el creador del cielo y de la tierra, con el ser que está por encima de todos los otros seres. Éstas y otras afirmaciones, particularmente numerosas en el evangelio de Juan, sorprenden, aturden, dejan sin aliento, y así debió de ocurrirles a sus interlocutores.

También hoy le ocurre lo mismo a quien se queda perplejo frente a tamańa pretensión o presunción o luz deslumbrante. Pero Juan no atenúa nada, no hace descuentos; procede sobre la cresta de afirmaciones que dan vértigo, que requieren valor, pero que también permiten "no perecer para siempre". Precisamente porque toman su luminosidad de la luz misma de Dios.


     



Expulsar demonios por medio del silencio. Artículo.

En los Evangelios se recoge un incidente en el que los discípulos de Jesús se mostraron incapaces de expulsar a un determinado demonio. Cuando preguntaron a Jesús por qué, él respondió que ciertos demonios únicamente pueden ser expulsados por medio de la oración. El determinado demonio al que se refería en este caso había dejado sordo y mudo a un hombre.

Yo quiero referirme a otro demonio que en apariencia no puede ser expulsado a no ser por la oración, esto es, el demonio que rompe para siempre nuestras relaciones personales, familias, comunidades e iglesias por las desavenencias y la división, haciendo que en adelante resulte difícil vivir en comunidad creadora de vida entre unos y otros.

¿Qué determinada oración es necesaria para expulsar a este demonio? La oración de un silencio compartido, semejante al silencio cuáquero.

¿En qué consiste el silencio cuáquero?

Un poco de historia, primeramente. Los cuáqueros son históricamente un conjunto de denominaciones cristianas protestantes cuyos miembros se tratan entre sí como amigos, pero se llaman por lo general cuáqueros a causa de una famosa exclamación realizada una vez por su fundador, George Fox (1624-1691). Cuenta la leyenda que ante ciertas autoridades que trataban de intimidarlo, Fox empuñó su Biblia y exclamó: ¡Esto es la palabra de Dios; temblad (en inglés, cuakeante ella!

Para los cuáqueros, particularmente en sus orígenes, su oración común consistía esencialmente en sentarse juntos en comunidad silenciosa, a la espera de que Dios les hablase. Se sentaban juntos en silencio confiando en que el poder de Dios se hiciera presente y les diera algo que ellos eran incapaces de darse mutuamente, a saber, la auténtica comunidad entre sí por encima de las divisiones que los separaban. Aunque ellos se sentaban individualmente, su oración era radicalmente comunitaria. Estaban sentados como un solo cuerpo, esperando juntos que Dios les concediera una unidad que ellos mismos eran incapaces de darse.

¿Podría ser esta una práctica que nosotros, los cristianos de cualquier denominación, pudiéramos practicar hoy a la luz del desamparo que experimentamos ante la división sentida por todas partes (en nuestras familias, en nuestras iglesias y en nuestros países)? Supuesto que, como cristianos, formamos radicalmente una comunidad en el Cuerpo de Cristo, un único cuerpo orgánico donde la distancia física no nos separa de hecho, ¿podríamos empezar, como una regular práctica de oración, a sentarnos unos con otros en un silencio cuáquero, una comunidad, sentados en silencio, esperando juntos, confiando en que Dios viniera y nos diera la comunidad que nosotros somos incapaces de darnos por nuestra propia cuenta?

En la práctica, ¿Cómo podría hacerse esto? Aquí va una sugerencia:

Cada día, reserva un momento para sentarte en silencio, solo o preferiblemente con otros, durante cierto periodo de tiempo (de quince a veinte minutos) en el que la intención, a diferencia de la meditación privada, no sea ante todo nutrir tu intimidad personal con Dios, sino más bien sentarte unido en comunidad con todos los que forman parte del Cuerpo de Cristo (y con todas personas sinceras de cualquier lugar) esperando que Dios se haga presente y nos dé la comunión que supera toda división.

Este podría ser también un poderoso ritual en la vida del matrimonio y de la familia. Quizás una de las más saludables terapias que puede haber en un matrimonio podría ser que una pareja se sentara junta regularmente en silencio, pidiendo a Dios que les diera algo que ellos no pueden darse, a saber, una comprensión mutua que superen las tensiones de la vida diaria. Recuerdo que, siendo yo niño, rezábamos el rosario juntos como familia, todas las tardes, y ese ritual tenía el efecto de un silencio cuáquero. Calmaba las tensiones que se habían creado durante el día y nos dejaba sintiéndonos más en paz como familia.

Empleo la expresión silencio cuáquero, pero existen varias formas de meditación y contemplación que tienen idéntica intencionalidad. Por ejemplo, el fundador de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada (la congregación religiosa a la que pertenezco), san Eugenio de Mazenod, nos dejó en herencia una práctica de oración que él denominó oraison. Esta es su finalidad: como Oblatos estamos llamados a vivir juntos en comunidad, pero somos una congregación universal extendida por sesenta países del mundo entero. ¿Cómo podemos estar en comunidad unos con otros a pesar de la distancia?

Por medio de la práctica de la oraison, San Eugenio nos pidió que reserváramos media hora al día para sentarnos en un silencio que pretendiera ser un tiempo en el que estuviéramos no sólo en comunión con Dios, sino también intencionalmente en comunión con todos los oblatos del mundo. Semejante al silencio cuáquero, es una oración en la que cada persona se sienta sola, en silencio, pero en comunión, pidiendo a Dios constituir una única comunidad a pesar de todas distancias y diferencias. Cuando Jesús dice que ciertos demonios sólo son expulsados por medio de la oración, se refiere a esto. Y acaso el demonio al que más particularmente se refiere sea el demonio de la incomprensión y la división. Todos sabemos lo impotentes que somos para expulsarlo. Estar sentados en silencio comunitario, pidiendo a Dios que realice algo por nosotros más allá de nuestra impotencia, puede exorcizar al demonio de la incomprensión y la división. Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés

¿Cuál es la diferencia entre decir ‘Jesús’ y decir ‘Cristo’? Artículo.

Recibí una educación de católico romano e inhalé esencialmente las características religiosas del catolicismo romano. Ingresé en el seminario, me gradué teológicamente y enseñé teología a nivel de posgrado durante algunos años antes de empezar a hacer distinción entre ‘Jesús’ y ‘Cristo’. Para mí, siempre fueron una e idéntica cosa: Jesucristo.

En mi opinión, Jesucristo era la segunda persona de la Trinidad, que tomó carne en el momento de la encarnación y es aun ahora nuestro Dios, nuestro abogado y nuestro amigo en el cielo. No distinguía entre Jesús y Cristo al tratar de saber a quién oraba, sobre quién hablaba o con quién me relacionaba. Por cierto, durante muchos años en mis escritos, usé simplemente las palabras Jesús y Cristo indistintamente.

Poco a poco a través de los años, esto cambió y he comenzado a distinguir más entre Jesús y Cristo. Todo comenzó con una comprensión profunda de lo que los Evangelios y san Pablo dan a entender por la realidad de Cristo como un misterio que, aun teniendo siempre a Jesús como su centro, es más amplio que el Jesús histórico. Esta distinción y su importancia se me hicieron más claras cuando inicié un mayor contacto con los evangélicos, tanto estudiantes como  colegas.

En comunión de fe con varios grupos de evangélicos, empecé a ver que una de las diferencias eclesiales entre nosotros, los evangélicos y los católicos romanos,  es que nosotros, los católicos romanos, aun sin ignorar a Jesús, estamos muy familiarizados con Cristo, y los evangélicos, aun sin ignorar a Cristo, están muy familiarizados con Jesús.

La manera como entendemos la iglesia, la manera como entendemos la Eucaristía y la manera como entendemos la invitación primaria que se nos da en los Evangelios dependen de la manera como nos percibimos en relación a Jesús y a Cristo.

¿Qué es lo que está en juego aquí?

¿Cuál es la diferencia  entre decir ‘Jesús’ y decir ‘Cristo’? ¿Hay alguna diferencia entre orar a Jesús y orar a Cristo, entre relacionarse con Jesús o relacionarse con Cristo?

Existe una diferencia, diferencia importante, por cierto. Cristo no es el segundo nombre de Jesús, como en Jack Smith, Susan Parker o Jesucristo. Aun cuando resulta correcto usar los dos nombres juntos, como hacemos comúnmente en nuestra oración (Oramos por Jesucristo, Nuestro Señor), hay una importante distinción que hacer.

Jesús es una persona, la segunda persona de la Trinidad, la persona divina que se encarnó y la persona que nos llama a una intimidad de tú a tú con él. Cristo es un misterio del que nosotros somos parte. El misterio de Cristo incluye a la persona de Jesús, pero nos incluye también a nosotros. No somos parte del cuerpo de Jesús, sino parte del cuerpo de Cristo.

Como cristianos, creemos que Jesús es el cuerpo de Cristo, que la Eucaristía es el cuerpo de Cristo, y que nosotros, los cristianos bautizados, somos también el  cuerpo de Cristo. San Pablo asegura claramente que nosotros, la comunidad cristiana, somos el cuerpo de Cristo en la tierra, exactamente como Jesús y la Eucaristía son el cuerpo de Cristo. Y Pablo da a entender esto de manera literal. Nosotros (la comunidad cristiana) no somos como un cuerpo, ni ningún cuerpo místico o metafórico; ni tampoco representamos ni reemplazamos al cuerpo de Cristo. Más exactamente, somos el cuerpo de Cristo en la tierra, todavía dando a Dios carne física en la tierra.

Esto tiene implicaciones para el discipulado cristiano: Jesús es una persona, la persona que nos invita a una intimidad de tú a tú con él (que los evangélicos entienden como la finalidad del discipulado cristiano). Cristo es parte de un misterio más extenso que incluye a Jesús pero también incluye a cada uno de nosotros. En este misterio somos llamados a la intimidad no sólo con Jesús, sino también con los demás y con la creación física. En Cristo, la finalidad del discipulado cristiano es comunidad de vida con Jesús, con los demás y con la creación física (dado que el misterio de Cristo es también cósmico).

Aun a riesgo de simplificar enormemente, permitidme una sugerencia: los católicos romanos y los evangélicos podemos aprender unos de otros en esto.

De nuestros hermanos y hermanas evangélicos, los católicos romanos podemos aprender a fijarnos en Jesús tanto como lo hacemos en Cristo, de modo que,  como los evangélicos, seamos capaces de caer en la cuenta más explícitamente (como está claro en el Evangelio de Juan) de que en el corazón mismo del discipulado cristiano se halla la invitación a una intimidad de tú a tú con una persona, Jesús, (y no sólo con un misterio).

Por otra parte, los evangélicos pueden aprender de los católicos romanos a fijarse en Cristo tanto como en Jesús con todo lo que esto implica sobre la definición del discipulado más ampliamente que la intimidad personal con Jesús, y la iglesia más ampliamente que la simple comunión. Relacionarse con Cristo lleva a la centralidad de la Eucaristía como acontecimiento comunitario. Igualmente, eso implica ver el discipulado cristiano no sólo como una invitación a la intimidad con Jesús, sino como una incorporación a un cuerpo eclesial que incluye a Jesús pero también a la comunidad de todos los creyentes, como también a la naturaleza misma.

Podemos aprender unos de otros a tomar tanto a Jesús como a Cristo más en serio. Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés

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     Domingo  III de Pascua 

 

El evangelio del "discípulo amado" recupera, por así decirlo, el papel de Pedro en clave de amor. Sólo quien ama puede apacentar el rebańo recogido por el Amor. Sólo quien responde al amor de Cristo puede estar en condiciones de ser puesto al frente de su rebańo, porque debe ser testigo del amor.

La página que nos ocupa es de una enorme densidad y está empapada por el tema central de todo el evangelio de Juan: el amor. Por amor ha entregado el Padre al Hijo, por amor ha entregado el Hijo su vida, por amor ha reunido Cristo a los suyos; el amor es la ley de los discípulos, el amor debe mover a Pedro, y para dar testimonio de este amor ha escrito el discípulo amado su evangelio. Toda la historia divina y humana está movida por el amor, que nace del corazón de Dios, se revela en el Hijo, es atestiguado por los discípulos y se pide a quien "preside en el amor". Los acontecimientos humanos se iluminan y resuelven con esta pregunta: "Me amas?" y con esta respuesta: "Sí, te amo".

La historia de la Iglesia está basada en la pregunta que dirige Cristo a todos sus discípulos: "Me amas?", y en la respuesta: "Sí, te amo". Que el Espíritu, que es el Amor increado, nos permita entrar en este diálogo iluminador y beatificante.