Homilía en el funeral de Antonio Trevín. Jesús Sanz ofm. Arzobispo de Oviedo

Presentamos un magistral artículo sobre los rasgos humanos del fallecido (que nos ha elevado su persona por encima de su perfil político) y que en el aspecto religioso llena de sosiego y esperanza el momento al que todos estamos abocados.
Muy estimada Luisa y demás familiares de Antonio, sacerdotes concelebrantes, autoridades presentes, amigos y hermanos todos en el Señor. Que Dios llene de Paz vuestros corazones y acompañe nuestros pasos por los caminos del Bien.
No por esperada la noticia del fatal desenlace deja de flagelar nuestro sentimiento cuando llega el momento del temido adiós de alguien que has querido de veras. A diario hay un sinfín de esquelas sobre las que pasamos la mirada distraídos al final de los periódicos que leemos. Son anónimas para nosotros. Pero pierden su desinterés cuando ese nombre y apellidos, la edad que reseñan, y su apretada biografía coinciden con esa persona nuestra que tienen la sangre de nuestra familia, la solera de nuestra amistad, el respeto de nuestra admiración. De pronto se interrumpe esa relación familiar, amistosa y de reconocimiento social, cuando nos asomamos a ese tramo final de una vida que en un féretro nos reclama la última atención.
Atrás quedan tantas cosas vividas, compartidas, dialogadas o debatidas, sin que podamos prolongar un instante más lo que ha sido admirado en esa persona a través de los años que nos han podido acercar. Me vienen a la memoria las líneas con las que nuestro premiado escritor Javier Marías describía estos momentos: “Basta con echar un vistazo a la habitación del desaparecido para darse cuenta de cuánto ha quedado interrumpido y en vacuo, de cuánto pasa en un instante a resultar inservible y sin función: sí, la novela con su señal que ya no avanzará más páginas, pero también los medicamentos que de repente se tornan lo más superfluo de todo y que pronto habrá que tirar…; las gafas que a nadie más servirán y las ropas expectantes que permanecerán en su armario durante días o durante años, hasta que se atreva alguien a descolgarlas, bien armado de valor; la agenda en la que apuntaba sus citas y sus quehaceres no recorrerá ni una hoja más…Todos los objetos que hablaban se quedan mudos y sin sentido, es como si les cayera un manto que los aquieta y acalla haciéndoles creer que la noche ha llegado, o como si también ellos lamentaran la pérdida de su dueño y se retrajeran instantáneamente con una extraña conciencia de su desempleo o inutilidad, y se preguntaran a coro: ‘¿Y ahora qué hacemos aquí? Nos toca ser retirados. Ya no tenemos amo. Nos esperan el exilio o la basura. Se nos ha acabado la misión’” (J. Marías, Los enamoramientos. Pág. 45). Así de plástico y realista se dibuja el momento duro de un adiós.
Todos los aquí presentes hemos tenido que ajustar nuestras agendas en la medida de lo posible, para hacer hueco a una visita intrusa que nos ha secuestrado nuestros anotados compromisos desplazándolos irremediablemente. Por muchos motivos ha primado en esta decisión nuestro recuerdo agradecido hacia Antonio Trevín, su familia, sus amigos y sus compañeros. Yo lo he hecho con todo afecto, aunque me ha resultado complicado, pero en todos han ido pasando a un segundo plano nuestros quehaceres cotidianos. Es un rito que todos hacemos cada mañana según nos despertamos: damos por supuestas las cosas como si estuviera en nuestra mano fijar cumplida su cita según nuestro calendario y horario. Y sin embargo hay otra agenda que no cuenta con nosotros, que no tiene en cuenta nuestro reparto de amores, desamores, ilusiones soñadas y labores a destajo.
El corazón, como un imposible reproche ante el hecho de morir, nos impone de modo fiero esta última verdad: que no hemos nacido para la muerte. Lo decía humildemente ese poeta agnóstico italiano, Cesare Pavese: “¿por qué, si nadie me ha prometido nada, mi corazón no sabe dejar de esperar?”. El corazón tiene sus razones y expresa de tantos modos sus creencias en la intimidad de su silencio. Y es que, aun sabiendo que desde que nacemos, desde que somos incluso concebidos, tenemos ya edad para morir, algo muy nuestro se nos pone en pie para decir que no y rebelarnos. Pero es entonces cuando nuestro corazón se abre a Dios de mil maneras y encuentra precisamente en Él al mayor mentor de nuestros anhelos más sinceros. La muerte siempre nos pone ante el quicio de nuestra última batalla y nuestra última ilusión, que es capaz de provocarnos el llanto por un adiós que siempre juzgamos prematuro e inoportuno. Surgen entonces tantas cuestiones de las esenciales, que siquiera por un instante, nos ponen ante el espejo de la verdad. De una verdad desnuda y libre, que no tiene ya nada que vender, ni nada que conquistar, ni nada que defender, sino tan sólo ser, sencillamente ser.
Me gusta recordar que nuestra historia comienza según el relato del viejo Génesis como un apunte de extrema necesidad: que no es bueno que el hombre esté solo, porque Dios de quien somos imagen no es soledad. Para el encuentro nos creó Dios, en la armonía que une y funde nos soñó, para el amor puso en nosotros lo mejor de sí mismo: la luz de los ojos, la ternura de las manos, lo entrañable de la compasión, la sonrisa esperanzada, el llanto sereno, los latires del corazón.
Y si no es bueno que el hombre esté sólo, como documenta el relato del Génesis en el encuentro de un solitario Adán con una inmerecida Eva, ¿por qué, entonces, la belleza de este encuentro parece que queda fatalmente manchada y la bondad de este amor queda tan inútilmente envilecida?; ¿por qué este trance maldito, que nos parte y abruma, si todo nuestro ser clama por algo que no termine, por una unión que nada la separe, por un abrazo enamorado y amistoso que nadie ni nada pueda disolver?
¡Estas preguntas duelen de modo casi infinito cuando es alguien cercano y querido cuya separación nos las despierta y exalta! ¡Cómo salta fácil la tentación de refugiarse en un sollozo fugitivo, lejos de todos y hasta de uno mismo, cuando sentimos que el peso de este dolor nos supera y acorrala! ¿Será el camino la tristeza o la huida? ¿Nos devolverá el sosiego el mutismo o la blasfemia? ¿Será, acaso, la nostalgia de ese pasado vinculado al esposo o al amigo lo que nos alivie y devuelva la paz? Bien sabemos que no es así, que estamos ante un misterio ante el que no caben más palabras que nuestro silencio. Y esto es lo que explica que nos ayuntemos en momentos así, que nos miremos, que nos abracemos, sabiendo que el dolor no puede ser suplido por nadie, ni podemos arrancarlo, aunque queramos. Tan sólo podemos ofrecer una humilde compañía discreta y respetuosa, acompañándonos en el sentimiento. Pero ni siquiera la nobleza de este gesto tan lleno de humanidad es bastante para los creyentes. Y de esto habla la liturgia exequial, que con inmensa delicadeza trata de respetar el dolor debido, pero nos abre a la esperanza cierta. Así lo hemos escuchado en el Evangelio, cuando Jesús mismo quedó conmovido ante la muerte de su amigo Lázaro, poniendo en su propio llanto las lágrimas de Dios.
Conocí a Antonio a mi llegada a Asturias como nuevo Arzobispo. En la ronda de visitas institucionales, también acudí a la Delegación del Gobierno que en ese momento él dirigía. Recuerdo ese rasgo de bonhomía y de amable afabilidad que ayer y hoy tantos hemos podido describir como el perfil de este buen hombre que hacía fácil el diálogo franco, sincero el encuentro humano y respetuosa la legítima discrepancia. Se interesó por mi trayectoria, por mis estudios, por mis inquietudes y deseos al llegar a una tierra como Asturias tan marcada por la libertad, el compromiso social y la apertura de la comunidad cristiana en la construcción de la sociedad que nos queríamos dar.
Yo hice lo propio a su respecto, y también él se sinceró enseñándome sus cartas sin trampas en aquel inicio de una relación que se ha ido fraguando y consolidando con el paso de los años. Admiré su pasión por la alta política desde su clave socialdemócrata, su juicio mesurado sobre las cosas y el respetuoso parecer ante los propios y los adversarios. No siempre lo tuvo fácil. Y tanto más emerge su figura, cuando el talante humano y su perfil político se distancia de otros derroteros que en esos días tantos lamentan. Pero su compromiso sociopolítico tenía también otra peculiar referencia que nos hizo más cercanos, confidentes y hasta hermanos: su reconocible admiración por Jesús de Nazareth, y por la tradición cristiana en una Iglesia comprometida por los desfavorecidos en aras de la justicia genuina, la libertad auténtica, la verdad sin falacias y la sana igualdad. Valores todos ellos en los que alguien de su sensibilidad política podía nutrir con el bagaje de su fe indisimulada y confesada.
En esta celebración cristiana del funeral por Antonio Trevín, rezamos para que el abrazo del Señor haya sido como el Señor lo prometió y como él mismo lo fue acogiendo. Antonio me pedía que rezase por él en nuestras últimas comunicaciones. Y así lo hice con todo mi afecto. Los pésames pasarán, las coronas de flores marchitarán, incluso el dolor tan fresco y tan caliente se irá lentamente mitigando, quedando luego el recuerdo agradecido de quien no podemos ni queremos olvidar. Pero hasta que nos volvamos a encontrar para nunca más separarnos, mientras recorremos nuestro tramo, el asignado, caben los versos de nuestro poeta castellano que a modo de hasta luego nos regala en estos versos póstumos su creyente última voluntad:
Viví jugando a demasiadas cosas, a vivir, a soñar, a ser un hombre.
Tal vez nazca al morir, aunque me asombre, como nacen, soñándose, las rosas.
Dame tus manos misericordiosas para que el corazón se desescombre.
Dime si es cierto que, al pensar tu nombre, se vuelven las orugas mariposas.
Sé que los cielos estarán abiertos y aún más abierta encontraré la vida. Ya no seremos nunca más cautivos. Ganaremos, perdiendo, la partida.
Y, pues hemos vivido estando muertos, muriendo en luz despertaremos vivos.
Y entonces vio la luz. La luz que entraba por todas las ventanas de su vida.
Vio que el dolor precipitó la huida
y entendió que la muerte ya no estaba. Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba.
Acabar de llorar y hacer preguntas; ver al Amor sin enigmas ni espejos;
descansar de vivir en la ternura; tener la paz, la luz, la casa juntas
y hallar, dejando los dolores lejos,
la Noche-luz tras tanta noche oscura. (J.L. Martín DescalzoTestamento del pájaro solitario. Madrid 1991, 67. 101).
Sí, llegados a la orilla a la que Antonio ha llegado, veremos con los ojos de Dios, y nos amaremos con su pálpito, y no habrá luz de lámpara ni de sol, porque será Él quien nos alumbre (Apoc 22,3-5). Así, después de todas nuestras dudas, tras todos nuestros ensueños y harturas, cuando hayan terminado nuestros errores y certezas, también nosotros entraremos con los nuestros en la casa hermosa de nuestro único Padre, en la tierra de promesa, en el hogar dulce y apacible, donde serán secadas nuestras lágrimas, se nos quitarán todos nuestros lutos y seremos vestidos de danza y canto para una fiesta que no termina nunca (Salmo 29), donde sabremos que los besos y abrazos dados no se perderán ninguno, las palabras dichas encontrarán su significado y el testimonio de nuestra andadura será reconocido y pacificado. Descanse en paz Antonio, tu esposo, Luisa, y nuestro querido amigo entrañable. Este maestro de escuela, político y cristiano, nos ha dejado en su vida la mejor lección que ha podido regalarnos. Que la Santina le proteja en este su último viaje. El Señor os bendiga y os guarde.
Fr. Jesús Sanz Montes, ofmArzobispo de Oviedo

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá.

 

Domingo XVII del Tiempo Ordinario

Jesús enseña a orar con el ejemplo {"estaba Jesús orando en cierto lugar...": v. 1) y con la palabra ("Cuando oréis, decid": v. 2). Nos introduce en el secreto de su relación filial con el Padre, revelándonos las grandes palabras sobre las que hemos de mantenernos en coloquio con él. En primer lugar, también nosotros podemos llamarle "Padre": por consiguiente, somos realmente sus hijos y podemos "acercarnos al trono de la gracia con plena confianza" (Heb 4,16), con una confianza aún más grande que la que tenemos en el padre que nos ha dado la vida natural ("... cuánto más el Padre celestial...": v. 13).

Santificar el "nombre" del Padre significa que Dios sea conocido y reconocido por lo que ha sido revelado. Pedir que venga el "reino" del Padre significa pedir que la humanidad sea gobernada por su gracia y por su Palabra, que difunde verdad, justicia, amor y paz. "Pan" es todo aquello que necesita el hombre para la vida del cuerpo y del espíritu. "Perdón": lo invocamos de Dios y nos comprometemos a darlo a los demás. "Ayuda en la tentación": forma parte de la vida espiritual; el mismo Jesús pasó por esta experiencia (Lc 4,lss), y por eso "está en condiciones de acudir en nuestra ayuda" (Heb 2,18; 4,15; 12,4-7).

Las dos breves parábolas presentan un mensaje común, un mensaje que se encuentra en el centro (v. 9): Jesús asegura que toda oración será escuchada, con tal de que por nuestra parte esté llena de confianza, como cuando nos dirigimos a nuestro padre (w. 11-13), y no adolezca -si hubiera necesidad- de insistencia (v. 8). "No molestes", responde el amigo (v. 7), pero después, ante la insistencia, cede: "... para que no venga a molestarme continuamente" (18,5), estalla el juez al hacer justicia a la viuda. Pero el Padre celestial, que sabe de qué tenemos necesidad, no nos da solamente "cosas buenas", sino también el don por excelencia, el Espíritu Santo, y además "pronto", siempre que se lo pidamos con fe (11,13; 18,8). Gracias a: Rezando Voy,Santa Clara de Estella y Ciudad Redonda

Fiesta de Santiago. Patrón de España.

Fiesta de Santiago

Apóstol / Siguió a Jesús / Resucitó el Señor
Evangelizador de España / Protomártir de los Apóstoles
Traslado de sus restos



El origen del primer itinerario cultural de Europa, el Camino de Santiago, está en Oviedo donde nació de la mano del rey Alfonso II el Casto, considerado el primer peregrino desde que en el año 834 fue hasta la localidad gallega, avisado por el obispo Teodomiro del “descubrimiento” de la tumba del apóstol.

Qué hacer cuando no se puede hacer nada. Artículo.

¿Qué hacer cuando una herida o una pérdida te dejan sin consuelo y no hay forma de cambiar la situación?

¿Y qué decir o hacer cuando intentas consolar a alguien que está completamente paralizado por el dolor? Por ejemplo, ¿qué se puede decir a alguien que está acompañando a un ser querido que muere joven? ¿O a alguien que acaba de perder a un ser querido por suicidio?

¿Qué se puede hacer o decir cuando no hay manera práctica de arreglar una situación rota?

El poeta Rainer Maria Rilke recibió una vez una carta de un hombre que acababa de perder a alguien muy querido. Estaba desesperado y buscaba algo que pudiera evitar que su corazón se rompiera del todo.

Rilke le respondió con estas palabras: “No tengas miedo de sufrir. Toma tu dolor y devuélvelo al peso de la tierra; las montañas son pesadas, los océanos son pesados.” (Sonetos a Orfeo)
Estas palabras recuerdan a un pasaje del Libro de las Lamentaciones (3,29), donde el autor sagrado dice que, a veces, lo único que se puede hacer es poner la boca en el polvo y esperar.

A veces, lo único que podemos hacer es poner la boca en el polvo y esperar.
A veces, debemos devolver el peso de nuestro dolor a la misma tierra.

Curiosamente, aceptamos estas palabras y la paciencia que implican cuando el dolor es físico. Por ejemplo, si tenemos un accidente y nos rompemos una pierna, por mucho que nos frustre, aceptamos que estaremos limitados durante semanas o meses, y que no se puede hacer nada más que dejar que el cuerpo sane. Sin embargo, con el dolor emocional o psicológico no solemos ser igual de pacientes. Cuando se nos rompe el corazón, queremos una solución rápida. No queremos tener el corazón en muletas ni en silla de ruedas durante semanas.

No todas las pérdidas ni todos los dolores son iguales. Hay pérdidas que, aunque duelen, ya traen consigo algo de consuelo. Por ejemplo, en el funeral de alguien que vivió bien, puede haber tristeza, pero también paz y agradecimiento por su vida.

Pero hay otras pérdidas que, durante un tiempo, no ofrecen consuelo alguno. Por más que uno escuche palabras llenas de fe, no logran aliviar el dolor. He visto esto, por ejemplo, en funerales de personas que murieron por suicidio. En esos momentos tan crudos, no hay palabra ni gesto que pueda levantar el corazón roto de quienes quedan. Las palabras de fe, aunque verdaderas y necesarias, sólo servirán más adelante. En ese momento no alcanzan.

Recuerdo un funeral de hace algunos años. La mujer a la que despedíamos había muerto de cáncer, joven todavía, con poco más de 50 años. Su esposo estaba destrozado. En la recepción después de la misa, un amigo cercano intentó animarlo diciéndole: “Ella está con Dios, está en un lugar mejor.” Y aunque este hombre era creyente y acababa de participar en una ceremonia llena de fe, respondió: “Sé que lo dices con buena intención, pero eso es lo último que necesito escuchar hoy.”

Las palabras de fe que decimos frente a la muerte o la pérdida son verdaderas. Esa mujer seguramente estaba en un lugar mejor. Pero cuando el dolor está tan vivo, las palabras no llegan al corazón.

Entonces, ¿qué podemos ofrecer a quienes atraviesan ese dolor? ¿Qué pueden ofrecer otros cuando somos nosotros quienes no podemos más?

Podemos ofrecer nuestra presencia callada, nuestra compañía sincera, nuestra incapacidad de cambiar nada. A veces, nada consuela más que compartir juntos esa impotencia. Podemos seguir diciendo palabras de fe, pero sabiendo que su fruto llegará más adelante.

Lo que nuestros silencios están diciendo, en medio del dolor, es lo mismo que nos dicen el Libro de las Lamentaciones y el poeta Rilke:
A veces, lo único que se puede hacer es poner la boca en el polvo y esperar.
Y al hacerlo, estamos devolviendo nuestro dolor al peso mismo de la tierra.

Curiosamente, aceptar ese peso puede ser lo único que nos ayude, con el tiempo, a volver a levantar el espíritu. Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés / Imágen Gemini

La implicación de la Iglesia en la Dana produjo una revolución mental en muchos. Artículo.

Salvador Romero es el párroco de San Ramón Nonato de Paiporta, municipio de la Comunidad Valenciana especialmente castigada por la Dana que asoló el levante español el pasado mes de octubre. Durante la Jornada Eucarística Mariana Juvenil, que tuvo lugar en el Santuario de Covadonga entre el 4 y el 6 de julio, estuvo presente compartiendo su testimonio. Así lo ha compartido también para el resto de la diócesis.

¿Cómo se vivieron los primeros momentos de la Dana?
Fue todo un poco confuso porque la verdad es que allí no había llovido nada. Por eso, cuando se recibieron las alertas, suspendimos las actividades de la parroquia pero bueno, yo decidí celebrar la eucaristía. Al poco de comenzar, empezó a entrar el agua en la parroquia pero decidí continuar.
Terminé de celebrar la misa, me puse a guardar unas cosas y empezó a subir el agua ya bastante, así que salimos con mi madre, que era última persona que quedaba en la parroquia, pudimos acceder a la vivienda y a mí sólo me había dado tiempo a dejar el cáliz encima de la mesa de la sacristía y salir corriendo. Tanto que ni pude cerrar la puertas de la iglesia porque el agua subía ya a mucha velocidad.
Al al día siguiente, por la mañana, cuando bajé a ver cómo estaba la parroquia, me encontré con todos los bancos acumulados en un rincón y las imágenes, como el agua había llegado hasta los dos metros por dentro, se habían volcado y estaban en el suelo todas tiradas. Quise entrar en la sacristía y me costó porque la mesa estaba pegada a la puerta. Vino un chico a ayudarme y, como pudimos, logramos abrir la puerta y allí dentro estaba todo lleno de barro. Yo había dejado varias cosas encima de esa mesa pensando que no iba a llegar el agua tan alto. Al observar lo que había, me di cuenta de que cosas como el misal y otros objetos estaban llenos de barro pero sin embargo, el cáliz donde yo había celebrado la misa y el corporal estaban absolutamente blancos, no se habían manchado nada.
Para mí aquello fue como esa confirmación de las palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Sabemos que Dios no nos va a evitar el sufrimiento y los problemas de la vida, pero sí nos da detalles de su presencia, Él siempre está con nosotros.

Un momento del testimonio de Salvador Romero, en la JEMJ

¿Cómo fueron los días de después en la parroquia y en el pueblo?
En la parroquia al principio fue complicado empezar a limpiar porque, lógicamente, las personas estaban intentando sacar el barro y todo lo demás de sus propias casas pero, al mismo tiempo, empezaron a llegar jóvenes desde Valencia, también desde parroquias. Hemos vivido la Providencia diariamente en esta situación, por ejemplo cuando llegaron a ayudarnos los primeros jóvenes, que procedían de Valencia. Les pregunté: «¿De qué parroquia venís?» Y me contestaron: «De Nuestra Señora del Rosario». No me lo podía creer: esa era mi parroquia de seminarista. Qué bonito que viniesen a ayudar.
Una vez que quitamos todo el barro y conseguimos limpiarla, la parroquia se convirtió en un almacén de distribución. Y ahí estuvimos, tres meses durante todos los días, de lunes a domingo, desde muy pronto hasta las cinco de la tarde que prácticamente se iba la luz del sol, funcionando así. La parroquia era un lugar de  abastecimiento de primera necesidad. Muchas personas nos daban sus donaciones porque veían que era un sitio de seguridad, que podían llegar las cosas y se distribuían sin problemas.
En primer lugar repartíamos alimentos, sobre todo agua, porque no tuvimos agua corriente en cinco días. Después, nos encontrábamos en la situación de que no había herramientas de ningún tipo para sacar el barro y limpiar las calles y las casas. Todo lo sacábamos con tablas. Te manchabas los zapatos, los rompías, y al final te bajabas descalzo porque es que no había otra cosa. Hasta que empezaron a llegar las botas, las palas y se comenzaron a distribuir. La parroquia se convirtió entonces en un punto de distribución también de esas herramientas y tuvimos que llamar a la policía porque evidentemente todo lo que se daba, botas, palas, rastrillos, etc. tenía muchísimo valor y había que protegerlo.
Además, cosas que normalmente uno da por sentadas, que no valora, en ese momento carecíamos de ellas porque, aunque nos llegaron muchos alimentos, por ejemplo no teníamos pan y otras cosas de primera necesidad. En todo caso, la ayuda fue desbordante, de Valencia, de todos los sitios de España y de fuera de España. Tanto a nivel personal como de donaciones. Algo que supuso también un gran esfuerzo de gestión, de tanta ayuda como recibíamos.

La labor de la parroquia y la implicación de la gente de Iglesia supuso para muchos una sorpresa y un acercamiento a la Iglesia que antes no tenían.
Sí, la verdad es que tanto el trabajo en la parroquia como también la ayuda de muchos sacerdotes y religiosas que vinieron desde fuera hizo que mucha gente del pueblo se quedara muy sorprendida. Porque no es solo que vinieran a consolar o dar un mensaje de esperanza, no, sino que venían a quitar barro, a colaborar en todo como los demás. Eso produjo una revolución mental en las personas donde se planteaban: «La Iglesia está conmigo, en todo». Y además con una sonrisa. Recuerdo a una mujer de la parroquia que me decía: «Cada vez que quiero ponerme a llorar,  no puedo, porque viene un voluntario y me saca una sonrisa». Es decir, que ya no era solo la ayuda humana, que por supuesto era muy necesaria, sino que también sin ese capital humano hubiera sido imposible levantar. Ese aire fresco que traían cuando venían, es que se nos hacían llorar porque veíamos esas riadas de personas de toda condición, de toda clase, que lo único que querían era ayudarnos. Fue una gran experiencia impresionante de humanidad y de fe.

¿Ahora que la vida, aunque muy lentamente, va volviendo a normalizarse, observa un antes y un después en el pueblo y en la parroquia?
Sí, en dos sentidos. Aunque hay personas a las que estas experiencias tan duras les suelen generar una especie de rabia interna en ellas, yo esto no lo he visto tanto, sino más bien al contrario. He observado como una necesidad de volver a aferrarse a algo que es más fuerte que tus cosas, porque han experimentado que hoy las tienes y mañana puedes no tener nada. Por lo tanto, no te puedes apoyar ahí. Al mismo tiempo y como es comprensible, empieza a aflorar un proceso de trauma, de duelo, porque al final también hay muchas historias que no se pueden recuperar, primero porque se han perdido vidas humanas de una forma terrible y luego también porque las personas mayores que han perdido su casa, aunque se les restablezca, ellos han perdido su historia, que no son solo cosas, sino recuerdos. Se puede llenar la casa de muebles y electrodomésticos, pero no son los suyos, no es aquello que le dejó su madre, por ejemplo. La pérdida a ese nivel, aparte de que a esas edades es muy difícil reponerse psicológicamente, hace que el suceso vaya a quedar marcado para siempre.

En su caso, ¿qué es aquello que se le va a quedar grabado para siempre?
Sí, la sensación de que esto es una oportunidad de la que Dios se puede valer. Cuando sucede algo tan fuerte, el dolor es lo que más une a las personas y ayuda a algo que es muy importante, a aprender a poner el corazón en lo verdaderamente esencial. Es decir, se libera uno de perjuicios, de percepciones y de barreras que al final nos dividen entre las personas. Esto nos ha unido mucho más. Como yo siempre digo, personas que antes no me saludaban «era el cura», ahora son mis amigos, porque hemos estado quitando barro juntos, lo demás da igual. Fuente: Noticias de la Archidiócesis de Oviedo.

Cáliz y corporal encontrados intactos por Salvador Romero, de la Iglesia San Ramón Nonato en Paiporta. Foto cedida por Salvador Romero.


Quién es mi prójimo?

 





Domingo XV del Tiempo Ordinario


 El maestro de la Ley plantea una pregunta de suma importancia; se refiere a la vida eterna y al camino para llegar a ella, aunque le mueve una intención poco limpia {"para tenderle una trampa": v. 25). Jesús le responde con otra pregunta que, didácticamente, implica también al interlocutor, como si le dijera: "Tú eres un maestro de la Ley y, a buen seguro, conoces la respuesta a tu pregunta". Cogido por sorpresa, el maestro debe seguir el juego. En realidad, responde de una manera excelente, fundiendo en uno los dos mandamientos del amor a Dios y al prójimo (Dt 6,5; Lv 19,18), lo que le merece la aprobación de Jesús: "Has respondido correctamente. Haz eso y vivirás" (v. 28).

El maestro, "queriendo justificarse" (v. 29), es decir, deseando evitar la mala imagen de haberse presentado aparentemente sin motivo, puesto que ha mostrado conocer la respuesta a la pregunta que había planteado, se ve obligado a interrogar a Jesús sobre otro punto: Cómo puedo saber quién es "miprójimo"! La cuestión a la que parece aludir es si por "prójimo" se entiende sólo "los hijos de tu pueblo", como se lee en el texto citado más arriba (Lv 19,18), o si el concepto se extiende también a los extranjeros que habitan en Israel: "Si un emigrante se instala en vuestra tierra, no le molestaréis; será para vosotros como un nativo más y lo amarás como a ti mismo" (Lv 19,33-34; cf. Dt 10,19). Y, por otra parte, si entre esos extranjeros debe amarse sólo a los prosélitos, es decir, a los que habían aceptado vivir plenamente a la manera de los judíos.

Jesús le responde con la parábola del buen samaritano, en la que enseña tres cosas: que el prójimo es cualquier miembro de la humanidad, simplemente "un hombre" (v. 30); que esto lo comprende hasta un samaritano, alguien mucho menos cualificado que un maestro, un sacerdote o un levita: un "excomulgado", al que los judíos no consideraban ni siquiera como prójimo, es propuesto por Jesús como modelo de hacerse prójimo; y, sobre todo, muestra que la pregunta ha de hacerse en la dirección opuesta, no hacia nosotros mismos, sino hacia el otro: no quién me es prójimo, sino quién se hace prójimo. Amor significa aquí "tener compasión" de cualquiera que sufra, tomar la iniciativa y hacer al otro lo que si yo estuviera en necesidad quisiera que me hicieran a mí. La respuesta de Jesús a la pregunta del principio sonaría en sustancia así: "Tiene la vida eterna todo el que cuida de la vida de cualquier necesitado". Paradójicamente, para tener la vida es preciso darla.




¿Eres un cristiano practicante? Artículo.

Los Hechos de los Apóstoles dicen que fue en Antioquía donde a los seguidores de Jesús se les llamó por primera vez “cristianos”.

Una vez escuché una homilía desafiante en la que el sacerdote preguntó: “Si te llevaran a juicio acusado de ser cristiano, ¿habría suficientes pruebas para declararte culpable?” Una pregunta interesante, sin una respuesta sencilla. ¿Cómo seríamos juzgados? ¿Qué sería una prueba clara de que somos cristianos?

Crecí en una cultura católica en la que había ciertos criterios aceptados para considerar a alguien “católico practicante”. Por ejemplo: ¿Vas a misa regularmente? ¿Cumples el sexto mandamiento? ¿Tu vida matrimonial está en orden? Más recientemente, tanto entre católicos como en otras iglesias cristianas, se ha puesto mucho énfasis en juzgar tu fe por tu postura ante ciertos temas morales, como el aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Pero, ¿qué decía Jesús sobre qué significa ser un cristiano practicante?

No hay una respuesta simple. Jesús, los evangelios y el resto del Nuevo Testamento son profundos y complejos. Por ejemplo, cuando Jesús habla de cómo seremos juzgados al final, no menciona ir a misa, ni guardar el sexto mandamiento, ni nuestra opinión sobre el aborto o el matrimonio gay. Solo menciona estos criterios: ¿Diste de comer al hambriento? ¿Diste de beber al sediento? ¿Acogiste al extranjero? ¿Visitaste a los enfermos? ¿Fuiste a ver a los presos?

Si estos fueran los criterios principales con los que se nos juzgara, ¿cuál sería el veredicto?

Luego está el sermón del monte. Jesús, al hablarnos de lo que significa ser su discípulo, pregunta: ¿Amas a los que te odian? ¿Bendices a los que te maldicen? ¿Haces el bien a los que te hacen daño? ¿Perdonas a los que te han herido? ¿Incluso al que te mata? ¿Amas más allá de tus instintos naturales? ¿Alguna vez has puesto la otra mejilla de verdad? ¿Irradias la compasión de Dios, que se extiende igual a todos, tanto a buenos como a malos?

Otra vez, ¿cómo se sostendría nuestro seguimiento de Jesús si nos juzgaran con estos criterios?

Sin embargo, hay otros criterios clave para saber si somos verdaderamente seguidores de Jesús.

Uno de ellos tiene que ver con la comunidad. La Biblia nos dice que Dios es amor, y que quien permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él. La palabra usada para amor en este contexto es “ágape”, que también puede traducirse como “existencia compartida”. Dios es existencia compartida, y quien comparte su vida en comunidad, vive en Dios.

Si eso es verdad (y lo es), entonces, cada vez que vivimos dentro de una familia o de una comunidad, somos cristianos practicantes. Claro que esto no se puede reducir simplemente a ir a misa o a pertenecer a un grupo de iglesia, pero sí apunta claramente a formar parte de una comunidad con sentido. Entonces, ¿ir a misa me convierte en cristiano practicante?

Por último, hay otro criterio fundamental. Jesús, en su vida terrena, nos dejó un solo rito: la Eucaristía. La noche antes de morir, instituyó la Eucaristía y nos pidió seguir celebrándola hasta que Él regrese. Durante 2000 años, hemos sido fieles a esa invitación: hemos mantenido viva la Eucaristía. Según el teólogo Ronald Knox, esto representa “nuestro gran acto de fidelidad”, ya que en otras cosas no siempre hemos sido constantes. A veces no hemos puesto la otra mejilla, no hemos amado al enemigo, no hemos alimentado al hambriento ni acogido al extranjero, pero en algo sí hemos sido fieles a Jesús: hemos seguido celebrando la Eucaristía. Al menos en eso, sí hemos sido cristianos practicantes.

Entonces, si un jurado tuviera que decidir si somos cristianos o no, ¿podría la prueba más clara ser que participamos habitualmente en la Eucaristía? ¿Podría este solo acto ser suficiente para demostrarnos como cristianos practicantes?

Entre todos estos criterios posibles, ¿cuál es el que realmente define a un cristiano practicante?

Tal vez el camino más útil no sea comparar estos criterios para ver cuál es el más importante, sino centrarnos en el verbo “practicar”.

Practicar algo no significa que ya lo dominas, ni que seas experto, y mucho menos perfecto. Solo significa que estás trabajando en ello, que estás intentando mejorar.

Dada nuestra condición humana, todos tenemos limitaciones para vivir plenamente como discípulos de Jesús. Como quien trata de aprender a tocar un instrumento o a mejorar en un deporte, todos estamos aún en proceso. Por eso, en la medida en que intentamos mejorar en dar de comer al hambriento, acoger al extranjero, amar al enemigo, mostrar la compasión de Dios, vivir en comunidad y participar regularmente en la mesa de la Eucaristía, entonces, sí: somos cristianos practicantes.  Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / / Artículo original en inglés / Imágen imagen fue generada por IA.

Mons. Jesús Sanz: «De esta JEMJ nacerán familias cristianas, vocaciones sacerdotales y a la vida religiosa»

Más de 1.700 jóvenes inscritos junto con un buen puñado de espontáneos que se fueron dejando caer a lo largo del fin de semana aprovechando que el evento era gratuito, jóvenes sacerdotes y religiosas, algunas de congregaciones de muy reciente creación. Así transcurrió, entre momentos de fiesta y baile, música, pero también oración, silencio y formación, la segunda edición de la Jornada Eucarística Mariana Juvenil (JEMJ) en Covadonga.

Pensada desde sus inicios como un instrumento de ayuda a los jóvenes para profundizar en la presencia real de Cristo en la eucaristía, la JEMJ, que este año tenía como lema «Os daré un corazón nuevo», contó con novedades como la presencia, durante los tres días, de una reliquia del corazón de Carlo Acutis traída expresamente desde Asís por el Rector del Santuario del Despojo, o el estreno del musical sobre la vida de la hermana Clare, fallecida en el año 2016 en un terremoto en Ecuador.

Seguía el esquema del año anterior, con la celebración de una gran Vigilia de Oración el sábado por la noche y también la oferta de distintos talleres formativos con temas muy variados como los Milagros eucarísticos, los Mártires o la Evangelización en el cine, entre otras actividades. Hubo tiempo también para los testimonios, como el de Salvador Romero, párroco de Paiporta, una de las localidades levantinas más afectadas por la Dana, o el de un matrimonio de católicos procedentes de China que describieron ante los presentes, él, el milagro de su nacimiento en una época de política de Hijos Únicos en el país, y ella, su conversión al catolicismo tras vivir toda su vida en una familia atea y comunista.

Hasta 19 nacionalidades diferentes se dieron cita en el encuentro, donde fueron muy visibles las banderas norteamericana, italiana, francesa e irlandesa. El Obispo de Vitoria, Mons. Juan Carlos Elizalde, presidió la eucaristía del primer día, el viernes, mientras que el Abad del Santuario, D. David Cueto lo hacía el sábado y el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz, lo hacía el último día, el domingo. En esa eucaristía final, bajo un potente sol que estuvo presente en casi todo momento de este encuentro, Mons. Sanz recordó que en esta JEMJ se hacía un llamamiento a «reconquistar todo aquello que vale la pena», y a pesar que que «estamos ante un inmenso desafío, como aquellos primeros cristianos con un Imperio decadente o los que aquí en Covadonga respondieron a la invasión musulmana. Las corrupciones y decadencias pueden ser otras, como otros son hoy los turbantes que nos turban, pero siempre estaremos ante el reto de anunciar a Cristo como hizo María e hicieron los santos de cada época. Queremos ser hijos de Dios, hijos de la Iglesia e hijos de nuestra época. Así hemos aprendido de ese joven beato que próximamente será canonizado: Carlo Acutis. Impresiona verle con zapatillas deportivas, chandal y gorra con visera. Metido en los caminos de internet, con los rizos de sus cabellos al viento y a la espalda su mochila. Pero impresiona mucho más la madurez cristiana en su amor a la Eucaristía y a nuestra Señora, que le permitió afrontar una leucemia en la que testimonió rendidamente su abandono en las manos providentes de Dios que le creó, le esperó y le amó inmensamente». «Somos enviados –dijo– desde un encuentro con Jesús que se ha hecho vocación concreta en la Iglesia. Familias cristianas que se forman desde el amor fiel y duradero entre hombre y mujer, abiertos a la vida con la que Dios bendice ese hogar. Sacerdotes que desde el sí al Buen Pastor se hacen padres del pueblo que la Iglesia les confía anunciando la Palabra del Señor de la que son los primeros oyentes y santificando con los sacramentos que reparten sus pequeñas manos sabiéndose los primeros mendigos de esa gracia. Religiosas que siguen al Señor desde el carisma de una comunidad expresando con su entrega y amor lo que significan preciosamente sus votos consagrados. De esta JEMJ nacerán familias cristianas, vocaciones sacerdotales y a la vida religiosa». Y recordó que «como misioneros de la esperanza, con un corazón nuevo, seremos el fermento en la masa de un mundo que nos espera. Frente a la violencia que desangra a la humanidad, seremos instrumentos de la Paz que no engaña. Con la bondad que aprendemos del Corazón de Dios, seremos bienaventuranza en medio de la perfidia que envilece el alma. Frente al mensaje zafio y bronco de tanta fealdad testimoniaremos la belleza que purifica la mirada y llena el corazón de la armonía de las cosas santas. Un imperio decadente y una reconquista pendiente en donde Jesús cuenta con nosotros porque Él nos creó, nos esperó, nos ama y nos envía. Por eso, al término de esta segunda JEMJ no estamos simplemente clausurando una hermosa vivencia de tres días, sino poniéndonos en camino como testigos de la esperanza cristiana preparando ya la siguiente cita». Homilía completa.

La JEMJ se clausuró al finalizar esta eucaristía, con el anuncio de que la tercera edición volverá a tener lugar en el Santuario de Covadonga, los días 10 al 12 de julio de 2026, con el lema «Haced lo que Él os diga». Fuente: Noticias de la Archidiócesis de Oviedo.

“Os daré un corazón nuevo”: La Eucaristía, regalo para los jóvenes en la JEMJ de Covadonga. Artículo.

La JEMJ 2025 en Covadonga ha sido un encuentro transformador: jóvenes de todo el mundo descubren en Jesús Eucaristía la fuente de amor y felicidad que tanto anhelan.

Por más que lo repitamos, nunca dejará de estremecernos: Jesús está vivo. No como idea, ni como símbolo, está vivo. ¿Cómo puede no estremecerse uno ante esta locura? ¿Cómo no quedarse de rodillas, sin palabras, ante el Amor hecho Pan?

La Jornada Eucarística Mariana Juvenil (JEMJ) que acaba de celebrarse en Covadonga del 4 al 6 de julio de 2025 ha sido un regalo de amor, una irrupción de lo divino en el desconcierto de este siglo y una sacudida de gracia que nos recuerda a todos que la Eucaristía es un regalo vivo, presente, palpitante y ardiente.

Y sí, podríamos quedarnos con las cifras: 1.700 jóvenes, 19 nacionalidades, 200 voluntarios, más inscritos que el año pasado. Pero sería tan pobre como describir un atardecer nombrando solo los colores.

La JEMJ no se mide en datos. Se mide en corazones ardientes en la adoración, en confesiones multitudinarias, en miradas encendidas al volver a casa con la certeza de haber encontrado al Amor con mayúscula.

La Eucaristía

“La Eucaristía es la locura del amor de Jesús por ti.” Una locura que no se explica fácilmente con palabras.

La JEMJ ha ofrecido a los jóvenes algo muy valioso: silencio, verdad y eternidad.

La adoración en la explanada de Basílica de Covadonga fue testigo de una juventud que rebosa amor por Jesús Eucaristía.

Jóvenes de rodillas, en silencio, enamorados de Dios que nos ama infinitamente y que se entrega por cada uno de nosotros.

¿Puede haber un milagro mayor?

Tempestad y calma

Y sin embargo, no empezó fácil. La víspera, una tormenta inesperada desbarató los ensayos del festival.

El mismo día de apertura, el Santuario de Covadonga sufrió un apagón digital: internet cayó por completo, amenazando la retransmisión de los actos.

Como si el cielo hubiera permitido poner a prueba la determinación de los suyos, para luego derramarse sin medida.

En la explanada, durante la llegada solemne de la reliquia del corazón de Carlo Acutis, se escuchó el mensaje enviado por su madre, Antonia Salzano. Fue como si el propio Carlo —ese joven italiano que convirtió su vida y su ordenador en un testimonio eucarístico— caminara entre los jóvenes y les susurrara lo que él mismo repetía: “La Eucaristía es mi autopista al cielo.”

Clare, la monja famosa

El festival de la noche del viernes trajo consigo una joya que solo puede entender quien ha amado a Dios en medio de la lucha: el musical “Una monja famosa”, sobre la vida de la hermana Clare Crockett.

Una chica que tenía todo para triunfar según el mundo —belleza, talento, ambición— y que lo entregó todo por Jesús.

Los jóvenes vieron su propio combate interior hecho carne. Miedos, ilusiones, caídas, renuncias, gozo… y una gracia que transforma. En palabras de Eva Guiteras, coreógrafa del espectáculo, se trataba de mostrar el paso “de las tinieblas a la dulzura”. Y eso es exactamente lo que vivieron muchos: una dulce rendición al Amor verdadero.

Mártires, talleres y ejemplos de carne y hueso

El sábado fue una cumbre. La charla de Fray Marco Gaballo, custodio de la reliquia de Carlo, recordó que la santidad no es un sueño inalcanzable, sino una vida eucarística y normal vivida a lo grande. Después, los jóvenes se dispersaron en seis talleres, todos cargados de contenido, fe y pasión.

Uno de los más impactantes fue el del sacerdote y postulador Jorge López Teulón, que habló sobre “la epopeya de los mártires”.

En la Basílica de Covadonga resonaron los nombres de aquellos jóvenes —niños, seminaristas, laicos— que dieron su vida por Cristo en la persecución religiosa del siglo XX español. Y uno no puede evitar preguntarse: si ellos pudieron entregar su sangre, ¿cómo no vamos a entregar al menos un poco de nuestra comodidad?

Desborde de gracia

Y luego llegó la noche. La vigilia de adoración, las almas abiertas de par en par y las lágrimas y las confesiones y el desborde de gracia.

La vigilia de adoración el sábado por la noche fue en la explanada de Covadonga. Después, el Santísimo fue trasladado en una solemne procesión hasta la Santa Cueva donde quedó expuesto en el altar, junto a la Santina.

La cola era muy larga, en el túnel de acceso a la Santa Cueva, y los que estaban dentro no tenían intención de salir en un buen rato. Por lo que se expuso el Santísimo, en otra custodia, en la capilla de adoración que hay en la explanada del Santuario.

Esto no termina

El domingo, después de un último rato de oración dirigido por el P. Rafael Alonso, llegó la Misa de clausura, presidida por el arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz Montes. Saludó en varios idiomas, sonrió al mencionar a los checos y chinos presentes, y anunció —con un toque de humor celestial— que “la Santina ya se ha inscrito” para la próxima edición.

Sí, la JEMJ volverá del 10 al 12 de julio de 2026, bajo el lema “Haced lo que Él os diga”. Una consigna mariana, sencilla y radical, que encierra el secreto de la felicidad.

¿Y ahora qué?

Ahora comienza lo verdaderamente importante: la vida cotidiana. Porque lo que han vivido los jóvenes en Covadonga es un inicio. Pero también un lugar al que siempre podrán volver con el corazón.

Ahora estos jóvenes saben que la sed que llevaban dentro tiene un nombre: Jesús Eucaristía. Que su hambre no era de likes, ni de modas, ni de aceptación: era hambre de Dios.

Y lo más bello es esto: Dios les espera. Les espera cada día, cada segundo… Dios les espera en cada Sagrario, en cada Misa, en cada pedazo de Pan consagrado.

Bendito seas, Jesús Eucaristía. Porque no te cansas de llamarnos, de amarnos y de esperarnos. Porque te quedaste con nosotros para que no nos sintamos nunca más solos.

Covadonga ha sido un regalo para todos estos jóvenes. Un anticipo del Cielo. Pero lo mejor está por venir. Porque el Corazón que allí se entregó no se apaga, arde, arde por cada joven, por ti y por mí.

Nos vemos en julio de 2026. Pero sobre todo… nos vemos cada día, en la comunión de los santos y en cada Eucaristía

 Persigo todo aquello que me emociona y me permite caer en la cuenta de la continuidad y belleza del tiempo presente. Fuente: forumlibertas / Otros artículo de Miriam Esteban.