San Ignacio de Loyola. Festividad 31 de julio.
Con el objeto de distraerse durante la convalecencia, Iñigo pidió algunos libros de caballería, a los que siempre había sido muy afecto. Pero lo único que se encontró en el castillo de Loyola fue una historia de Cristo y un volumen con vidas de santos. Iñigo los comenzó a leer para pasar el tiempo, pero poco a poco empezó a interesarse tanto que pasaba días enteros dedicado a la lectura. Y se decía: «Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, también yo puedo hacer lo que ellos hicieron». Inflamado por el fervor, se proponía ir en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora y entrar como hermano lego a un convento de cartujos. Pero tales ideas eran intermitentes, pues su ansiedad de gloria y su amor por una dama, ocupaban todavía sus pensamientos. Sin embargo, cuando volvía a abrir el libro de las vidas de los santos, comprendía la futilidad de la gloria mundana y presentía que sólo Dios podía satisfacer su corazón. Las fluctuaciones duraron algún tiempo. Ello permitió a Iñigo observar una diferencia: en tanto que los pensamientos que procedían de Dios le dejaban lleno de consuelo, paz y tranquilidad, los pensamientos mundanos le procuraban cierto deleite, pero no le dejaban sino amargura y vacío. Finalmente, resolvió imitar a los santos y empezó por hacer toda la penitencia corporal posible y llorar sus pecados.
Una noche, se le apareció la Madre de Dios, rodeada de luz y llevando en los brazos a Su Hijo. La visión consoló profundamente a Ignacio. Al terminar la convalecencia, hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Montserrat, donde determinó llevar vida de penitente. El pueblecito de Manresa está a tres leguas de Montserrat. Ignacio se hospedó ahí, unas veces en el convento de los dominicos y otras en un hospicio de pobres. Para orar y hacer penitencia, se retiraba a una cueva de los alrededores. Así vivió durante casi un año, pero a las consolaciones de los primeros tiempos sucedió un período de aridez espiritual; ni la oración, ni la penitencia conseguían ahuyentar la sensación de vacío que encontraba en los sacramentos y la tristeza que le abrumaba. A ello se añadía una violenta tempestad de escrúpulos que le hacían creer que todo era pecado y le llevaron al borde de la desesperación. En esa época, Ignacio empezó a anotar algunas experiencias que iban a servirle para el libro de los «Ejercicios Espirituales». Finalmente, el santo salió de aquella noche oscura y el más profundo gozo espiritual sucedió a la tristeza. AqueIla experiencia dio a Ignacio una habilidad singular para ayudar a los escrupulosos y un gran discernimiento en materia de dirección espiritual. Más tarde, confesó al P. Laínez que, en una hora de oración en Manresa, había aprendido más de lo que pudiesen haberle enseñado todos los maestros en las universidades. Sin embargo, al principio de su conversión, Ignacio era tan ignorante que, al oír a un moro blasfemar de la Santísima Virgen, se preguntó si su deber de caballero cristiano no consistía en dar muerte al blasfemo, y sólo la intervención de la Providencia le libró de cometer ese crimen.
En febrero de 1523, Ignacio partió en peregrinación a Tierra Santa. Pidió limosna en el camino, se embarcó en Barcelona, pasó la Pascua en Roma, tomó otra nave en Venecia con rumbo a Chipre y de ahí se trasladó a Jaffa. Del puerto, a lomo de mula, se dirigió a Jerusalén, donde tenía el firme propósito de establecerse. Pero, al fin de su peregrinación por los Santos Lugares, el franciscano encargado de guardarlos le ordenó que abandonase Palestina, temeroso de que los mahometanos, enfurecidos por el proselitismo de Ignacio, le raptasen y pidiesen rescate por él. Por lo tanto, el joven renunció a su proyecto y obedeció, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer al regresar a Europa. En 1524, llegó de nuevo a España, donde se dedicó a estudiar, pues «pensaba que eso le serviría para ayudar a las almas». Una piadosa dama de Barcelona, llamada Isabel Roser, le asistió mientras estudiaba la gramática latina en la escuela. Ignacio tenía entonces treinta y tres años, y no es difícil imaginar lo penoso que debe ser estudiar la gramática a esa edad. Al principio, Ignacio estaba tan absorto en Dios, que olvidaba todo lo demás; así, la conjugación del verbo latino «amare» se convertía en un simple pretexto para pensar: «Amo a Dios. Dios me ama». Sin embargo, el santo hizo ciertos progresos en el estudio, aunque seguía practicando las austeridades y dedicándose a la contemplación y soportaba con paciencia y buen humor las burlas de sus compañeros de escuela, que eran mucho más jóvenes que él.
Al cabo de dos años de estudios en Barcelona, pasó a la Universidad de Alcalá a estudiar lógica, física y teología; pero la multiplicidad de materias no hizo más que confundirle, a pesar de que estudiaba noche y día. Se alojaba en un hospicio, vivía de limosna y vestía un áspero hábito gris. Además de estudiar, instruía a los niños, organizaba reuniones de personas espirituales en el hospicio y convertía a numerosos pecadores con sus reprensiones llenas de mansedumbre. En aquella época, había en España muchas desviaciones de la devoción. Como Ignacio carecía de ciencia y autoridad para enseñar, fue acusado ante el vicario general del obispo, quien le tuvo prisionero durante cuarenta y dos días, hasta que, finalmente, absolvió de toda culpa a Ignacio y sus compañeros, pero les prohibió llevar un hábito particular y enseñar durante los tres años siguientes. Ignacio se trasladó entonces con sus compañeros a Salamanca. Pero pronto fue nuevamente acusado de introducir doctrinas peligrosas. Después de tres semanas de prisión, los inquisidores le declararon inocente. Ignacio consideraba la prisión, los sufrimientos y la ignominia corno pruebas que Dios le mandaba para purificarle y santificarle. Cuando recuperó la libertad, resolvió abandonar España. En pleno invierno, hizo el viaje a París, a donde llegó en febrero de 1528. Los dos primeros años los dedicó a perfeccionarse en el latín, por su cuenta. Durante el verano iba a Flandes y aun a Inglaterra a pedir limosna a los comerciantes españoles establecidos en esas regiones. Con esa ayuda y la de sus amigos de Barcelona, podía estudiar durante el año. Pasó tres años y medio en el Colegio de Santa Bárbara, dedicado a la filosofía. Ahí indujo a muchos de sus compañeros a consagrar los domingos y días de fiesta a la oración y a practicar con mayor fervor la vida cristiana. Pero el maestro Peña juzgó que con aquellas prédicas impedía a sus compañeros estudiar y predispuso contra Ignacio al doctor Guvea, rector del colegio, quien condenó a Ignacio a ser azotado para desprestigiarle entre sus compañeros. Ignacio no temía al sufrimiento ni a la humillación, pero, con la idea de que el ignominioso castigo podía apartar del camino del bien a aquéllos a quienes había ganado, fue a ver al rector y le expuso modestamente las razones de su conducta. Guvea no respondió, pero tomó a Ignacio por la mano, le condujo al salón en que se hallaban reunidos todos los alumnos y le pidió públicamente perdón por haber prestado oídos, con ligereza, a los falsos rumores. En 1534, a los cuarenta y tres años de edad, Ignacio obtuvo el título de maestro en artes de la Universidad de París.
Por aquella época, se unieron a Ignacio otros seis estudiantes de teología: Pedro Fabro, que era saboyano; Francisco Javier, un navarro; Laínez y Salmerón, que brillaban mucho en los estudios; Simón Rodríguez, originario de Portugal y Nicolás Bobadilla. Movidos por las exhortaciones de Ignacio, aquellos fervorosos estudiantes hicieron voto de pobreza, de castidad y de ir a predicar el Evangelio en Palestina, o, si esto último resultaba imposible, de ofrecerse al Papa para que los emplease en el servicio de Dios como mejor lo juzgase. La ceremonia tuvo lugar en una capilla de Montmartre, donde todos recibieron la comunión de manos de Pedro Fabro, quien acababa de ordenarse sacerdote. Era el día de la Asunción de la Virgen de 1534. Ignacio mantuvo entre sus compañeros el fervor, mediante frecuentes conversaciones espirituales y la adopción de una sencilla regla de vida. Poco después, hubo de interrumpir sus estudios de teología, pues el médico le ordenó que fuese a tomar un poco los aires natales, ya que su salud dejaba mucho que desear. Ignacio partió de París en la primavera de 1535. Su familia le recibió con gran gozo, pero el santo se negó a habitar en el castillo de Loyola y se hospedó en una pobre casa de Azpeitia.
Dos años más tarde, se reunió con sus compañeros en Venecia. Pero la guerra entre venecianos y turcos les impidió embarcarse hacia Palestina. Los compañeros de Ignacio, que eran ya diez, se trasladaron a Roma; Paulo III los recibió muy bien y concedió a los que todavía no eran sacerdotes el privilegio de recibir las órdenes sagradas de manos de cualquier obispo. Después de la ordenación, se retiraron a una casa de las cercanías de Venecia, a fin de prepararse para los ministerios apostólicos. Los nuevos sacerdotes celebraron la primera misa entre septiembre y octubre, excepto Ignacio, quien la difirió más de un año con el objeto de prepararse mejor para ella. Como no había ninguna probabilidad de que pudiesen trasladarse a Tierra Santa, quedó decidido finalmente que Ignacio, Fabro y Laínez irían a Roma a ofrecer sus servicios al Papa. También resolvieron que, si alguien les preguntaba el nombre de su asociación, responderían que pertenecían a la Compañía de Jesús (san Ignacio no empleó jamás el nombre de «jesuita», ya que originalmente fue éste un apodo más bien hostil que se dio a los miembros de la Compañía), porque estaban decididos a luchar contra el vicio y el error bajo el estandarte de Cristo. Durante el viaje a Roma, mientras oraba en la capilla de «La Storta», el Señor se apareció a Ignacio, rodeado por un halo de luz inefable, pero cargado con una pesada cruz. Cristo le dijo: "Ego vobis Romae propitius ero" (Os seré propicio en Roma). Paulo III nombró a Fabro profesor en la Universidad de la Sapienza y confió a Laínez el cargo de explicar la Sagrada Escritura. Por su parte, Ignacio se dedicó a predicar los Ejercicios y a catequizar al pueblo. El resto de sus compañeros trabajaba en forma semejante, a pesar de que ninguno de ellos dominaba todavía el italiano.
Ignacio y sus compañeros decidieron formar una congregación religiosa para perpetuar su obra. A los votos de pobreza y castidad debía añadirse el de obediencia para imitar más de cerca al Hijo de Dios, que se hizo obediente hasta la muerte. Además, había que nombrar a un superior general a quien todos obedecerían, el cual ejercería el cargo de por vida y con autoridad absoluta, sujeto en todo a la Santa Sede. A los tres votos arriba mencionados, se agregaría el de ir a trabajar por el bien de las almas adondequiera que el Papa lo ordenase. La obligación de cantar en común el oficio divino no existiría en la nueva orden, «para que eso no distraiga de las obras de caridad a las que nos hemos consagrado». La primera de esas obras de caridad consistiría en «enseñar a los niños y a todos los hombres los mandamientos de Dios». La comisión de cardenales que el Papa nombró para estudiar el asunto se mostró adversa al principio, con la idea de que ya había en la Iglesia bastantes órdenes religiosas, pero un año más tarde, cambió de opinión, y Paulo III aprobó la Compañía de Jesús por una bula emitida el 27 de septiembre de 1540. Ignacio fue elegido primer general de la nueva orden y su confesor le impuso, por obediencia, que aceptase el cargo. Empezó a ejercerlo el día de Pascua de 1541 y, algunos días más tarde, todos los miembros hicieron los votos en la basílica de San Pablo Extramuros.
Ignacio pasó el resto de su vida en Roma, consagrado a la colosal tarea de dirigir la orden que había fundado. Entre otras cosas, fundó una casa para alojar a los neófitos judíos durante el período de la catequesis y otra casa para mujeres arrepentidas. En cierta ocasión, alguien le hizo notar que la conversión de tales pecadoras rara vez es sincera, a lo que Ignacio respondió: «Estaría yo dispuesto a sufrir cualquier cosa por el gozo de evitar un solo pecado». Rodríguez y Francisco Javier habían partido a Portugal en 1540. Con la ayuda del rey Juan III, Javier se trasladó a la India, donde empezó a ganar un nuevo mundo para Cristo. Los padres Gonçalves y Juan Núñez Barreto fueron enviados a Marruecos a instruir y asistir a los esclavos cristianos. Otros cuatro misioneros partieron al Congo; algunos más fueron a Etiopía y a las colonias portuguesas de América del Sur. El Papa Paulo III nombró como teólogos suyos, en el Concilio de Trento, a los padres Laínez y Salmerón. Antes de su partida, san Ignacio les ordenó que visitasen a los enfermos y a los pobres y que, en las disputas se mostrasen modestos y humildes y se abstuviesen de desplegar presuntuosamente su ciencia y de discutir demasiado. Pero, sin duda que entre los primeros discípulos de Ignacio el que llegó a ser más famoso en Europa, por su saber y virtud, fue san Pedro Canisio, a quien la Iglesia venera actualmente como Doctor. En 1550, san Francisco de Borja regaló una suma considerable para la construcción del Colegio Romano. San Ignacio hizo de aquel colegio el modelo de todos los otros de su orden y se preocupó por darle los mejores maestros y facilitar lo más posible el progreso de la ciencia. El santo dirigió también la fundación del Colegio Germánico de Roma, en el que se preparaban los sacerdotes que iban a trabajar en los países invadidos por el protestantismo. En vida del santo se fundaron universidades, seminarios y colegios en diversas naciones. Puede decirse que san Ignacio echó los fundamentos de la obra educativa que había de distinguir a la Compañía de Jesús y que tanto iba a desarrollarse con el tiempo.
En 1542, desembarcaron en Irlanda los dos primeros misioneros jesuitas, pero el intento fracasó. Ignació ordenó que se hiciesen oraciones por la conversión de Inglaterra, y entre los mártires de Gran Bretaña se cuentan veintinueve jesuitas. La actividad de la Compañía de Jesús en Inglaterra es un buen ejemplo del importantísimo papel que desempeñó en la contrarreforma. Ese movimiento tenía el doble fin de dar nuevo vigor a la vida de la Iglesia y de oponerse al protestantismo. «La Compañía de Jesús era exactamente lo que se necesitaba en el siglo XVI para contrarrestar la Reforma. La revolución y el desorden eran las características de la Reforma. La Compañía de Jesús tenía por características la obediencia y la más sólida cohesión. Se puede afirmar, sin pecar contra la verdad histórica, que los jesuitas atacaron, rechazaron y derrotaron la revolución de Lutero y, con su predicación y dirección espiritual, reconquistaron a las almas, porque predicaban sólo a Cristo y a Cristo crucificado. Tal era el mensaje de la Compañía de Jesús, y con él, mereció y obtuvo la confianza y la obediencia de las almas» (cardenal Manning). A este propósito citaremos las instrucciones que san Ignacio dio a los padres que iban a fundar un colegio en Ingolstadt, acerca de sus relaciones con los protestantes: «Tened gran cuidado en predicar la verdad de tal modo que, si acaso hay entre los oyentes un hereje, le sirva de ejemplo de caridad y moderación cristianas. No uséis de palabras duras ni mostréis desprecio por sus errores». El santo escribió en el mismo tono a los padres Broet y Salmerón cuando se aprestaban a partir para Irlanda. Una de las obras más famosas y fecundas de Ignacio fue el libro de los «Ejercicios Espirituales». Empezó a escribirlo en Manresa y lo publicó por primera vez en Roma, en 1548, con la aprobación del Papa. Los Ejercicios cuadran perfectamente con la tradición de santidad de la Iglesia. Desde los primeros tiempos, hubo cristianos que se retiraron del mundo para servir a Dios, y la práctica de la meditación es tan antigua como la Iglesia. Lo nuevo en el libro de san Ignacio es el orden y el sistema de las meditaciones. Si bien las principales reglas y consejos que da el santo se hallan diseminados en las obras de los Padres de la Iglesia, san Ignacio tuvo el mérito de ordenarlos metódicamente y de formularlos con perfecta claridad. El fin específico de los Ejercicios es llevar al hombre a un estado de serenidad y despego terrenal para que pueda elegir «sin dejarse llevar del placer o la repugnancia, ya sea acerca del curso general de su vida, ya acerca de un asunto particular. Así, el principio que guía la elección es únicamente la consideración de lo que más conduce a la gloria de Dios y a la perfección del alma». Como lo dice Pío XI, el método ignaciano de oración «guía al hombre por el camino de la propia abnegación y del dominio de los malos hábitos a las más altas cumbres de la contemplación y el amor divino».
La prudencia y caridad del gobierno de san Ignacio le ganó el corazón de sus súbditos. Era con ellos afectuoso como un padre, especialmente con los enfermos, a los que se encargaba de asistir personalmente procurándoles el mayor bienestar material y espiritual posible. Aunque san Ignacio era superior, sabía escuchar con mansedumbre a sus subordinados, sin perder por ello nada de su autoridad. En las cosas en que no veía claro se atenía humildemente al juicio de otros. Era gran enemigo del empleo de los superlativos y de las afirmaciones demasiado categóricas en la conversación. Sabía sobrellevar con alegría las críticas, pero también sabía reprender a sus súbditos cuando veía que lo necesitaban. En particular, reprendía a aquéllos a quienes el estudio volvía orgullosos o tibios en el servicio de Dios, pero fomentaba, por otra parte, el estudio y deseaba que los profesores, predicadores y misioneros, fuesen hombres de gran ciencia. La corona de las virtudes de san Ignacio era su gran amor a Dios. Con frecuencia repetía estas palabras, que son el lema de su orden: «A la mayor gloria de Dios». A ese fin refería el santo todas sus acciones y toda la actividad de la Compañía de Jesús. También decía frecuentemente: «Señor, ¿Qué puedo desear fuera de Ti?» Quien ama verdaderamente no está nunca ocioso. San Ignacio ponía su felicidad en trabajar por Dios y sufrir por su causa. Tal vez se ha exagerado algunas veces el «espíritu militar» de Ignacio y de la Compañía de Jesús y se ha olvidado la simpatía y el don de amistad del santo por admirar su energía y espíritu de empresa.
Durante los quince años que duró el gobierno de san Ignacio, la orden aumentó de diez a mil miembros y se extendió en nueve países europeos, en la India y el Brasil. Como en esos quince años el santo había estado enfermo quince veces, nadie se alarmó cuando enfermó una vez más. Murió súbitamente el 31 de julio de 1556, sin haber tenido siquiera tiempo de recibir los últimos sacramentos. Fue canonizado en 1622, y Pío XI le proclamó patrono de los ejercicios espirituales y retiros.
El amor de Dios era la fuente del entusiasmo de Ignacio por la salvación de las almas, por las que emprendió tantas y tan grandes cosas y a las que consagró sus vigilias, oraciones, lágrimas y trabajos. Se hizo todo a todos para ganarlos a todos y al prójimo le dio por su lado a fin de atraerlo al suyo. Recibía con extraordinaria bondad a los pecadores sinceramente arrepentidos; con frecuencia se imponía una parte de la penitencia que hubiese debido darles y los exhortaba a ofrecerse en perfecto holocausto a Dios, diciéndoles que es imposible imaginar los tesoros de gracia que Dios reserva a quienes se le entregan de todo corazón. El santo proponía a los pecadores esta oración, que él solía repetir: «Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Vos me lo disteis; a vos Señor, lo torno. Disponed a toda vuestra voluntad y dadme amor y gracia, que esto me hasta, sin que os pida otra cosa». Fuente: http://evangeli.net/ Gracias a DESDE la FE: El 31 de julio, la Iglesia Católica celebra a San Ignacio de Loyola, fundador de los Jesuitas. / Gracia a Jesuitas México /
Una ingenuidad del corazón. Artículo.
La oscuridad solo es mala porque existe la luz. El pecado solo puede ocurrir si primero hay amor.
Karl Rahner hace un comentario muy agudo sobre el texto de los Evangelios en el que Jesús, mientras lo crucifican, dice de sus verdugos: «¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!».
Rahner sugiere que ellos sabían exactamente lo que hacían. Sabían que estaban matando a un hombre inocente, que estaban derramando sangre inocente. Entonces, ¿por qué dice Jesús eso? ¿Dónde estaba su inocencia? ¿Dónde estaba su ingenuidad?
La respuesta de Rahner: no sabían lo que hacían porque no sabían cuánto se les amaba. Y eso puede provocar una ingenuidad del corazón. ¿Cómo es posible?
Hay un rincón en nuestro interior, un lugar del que rara vez somos conscientes, donde Dios nos sostiene a cada uno de nosotros en un amor incondicional. Quienes crucificaron a Jesús no sabían lo que hacían porque no eran conscientes de ello. Esa era su ceguera, su ignorancia. A pesar de lo que pareciera a simple vista, no sabían lo que hacían.
Esto también nos pasa a nosotros. Con demasiada frecuencia crucificamos a los demás y a nosotros mismos por culpa de esta ignorancia: no sabemos cuánto se nos ama. Por eso, a veces somos crueles en nuestros juicios y tendemos a hacer cosas que ponen en entredicho nuestra dignidad. Nos cuesta no ser uno más de los verdugos en la crucifixión porque, al fin y al cabo, actuamos desde la ignorancia. No sabemos actuar de otra manera, igual que el niño que se hace daño a sí mismo por pura ingenuidad.
Pero esto no es ninguna novedad.
La teología ha distinguido clásicamente entre la ignorancia culpable y la inculpable. Esta última, llamada también ignorancia invencible, se consideraba eximente de pecado y de responsabilidad. De ahí la enseñanza de que se podían hacer cosas que estaban mal, pero que no eran pecaminosas porque se actuaba desde la ignorancia. Esto se basaba en la creencia de que solo se podía actuar de forma moral y responsable si realmente sabías lo que estabas haciendo. Para pecar, tenías que actuar «a sabiendas». Aunque, desde luego, ese es un matiz delicado.
Sin embargo, mirando a nuestro mundo actual, me atrevería a decir que, en varios asuntos morales importantes, actuamos con una ignorancia invencible. Sencillamente, no sabemos actuar mejor. Solo el tipo de ignorancia que permitió a personas sinceras crucificar a Jesús puede explicar por qué nosotros, siendo personas buenas y sinceras, podemos ser tan sumamente ciegos —tanto comunitaria como individualmente— ante los pobres y ante las exigencias económicas y sociales de nuestra fe. La verdadera razón por la que podemos vivir tan cómodamente mientras la brecha entre ricos y pobres se agranda no es que seamos malos y no tengamos conciencia, sino que, como dice Rahner, no sabemos cuánto se nos ama.
Lo mismo ocurre con nuestra actitud hacia el sexo. Hemos sido capaces de banalizar el sexo, separarlo de la sacralidad del matrimonio y convertirlo en una extensión de las citas (o simplemente en sexo recreativo) solo debido a una cierta ignorancia invencible. No sabemos hacerlo mejor, no porque nos falte conciencia, sino porque nos falta un sentido real del profundo amor de Dios y de la dignidad que este nos otorga.
Al igual que los verdugos de Jesús, tenemos una capacidad asombrosa para racionalizar, banalizar y compensar, precisamente porque no sabemos lo que hacemos. No somos conscientes del amor de Dios por nosotros. Por eso es fácil perder la perspectiva, sentirse excluido y hacer cosas que jamás haríamos si fuéramos más conscientes de toda nuestra dignidad.
No es de extrañar que nos conformemos con menos o con casi cualquier cosa que nos prometa comodidad y seguridad. Sin duda, Jesús nos está mirando y diciendo: «¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!».
Pero, ¿es eso verdad? ¿De verdad podemos alegar ignorancia e inocencia y decir que no sabemos actuar mejor?
Yo digo que sí, aunque no es que seamos tontos ni nos falte inteligencia. Se trata de una ingenuidad del corazón. Somos inculpablemente inconscientes de cuánto nos ama Dios.
Muy pocos de nosotros, a nivel existencial, hemos oído alguna vez a Dios decirnos: «¡Te amo!». Muy pocos hemos sentido jamás lo que Jesús debió de sentir en su bautismo cuando oyó a su Padre decir: «¡Tú eres mi hijo amado; en ti me complazco!». De hecho, muy pocos hemos oído alguna vez a otra persona decirnos, de alma a alma: «¡Te amo incondicionalmente! ¡Me complazco en ti!». ¿Sorprende entonces que, al igual que los verdugos de Jesús, tengamos una capacidad increíble para, con buena conciencia, ser a veces ciegos y no ser fieles a nosotros mismos?
La oscuridad solo es mala porque existe la luz. El pecado solo puede ocurrir si primero hay amor. La traición solo es posible si antes se han oído las palabras: «Te amo». Los verdugos de Jesús actuaron en una oscuridad que nacía de no haber oído nunca eso. Sospecho que a muchos de nosotros nos pasa lo mismo. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org
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Conmemoración de Santa María Magdalena. 22 de julio.
El amor de María de Magdala no muere bajo la cruz. Jesús le había devuelto la vida en plenitud y desde aquel momento ella había vivido para Él.
Tras la hora trágica del Viernes Santo, María permanece fiel a aquella entrega absoluta, obstinadamente consagrada a la búsqueda de Aquel a quien ama. Nada puede apartarla de su objetivo: ni siquiera el descubrimiento de la tumba vacía.
Esta mujer es figura de la Iglesia-esposa y de toda alma que busca a Cristo y no tiene otra cosa para ofrecer que las lágrimas del amor. El Señor se deja encontrar por quien le busca de este modo. Resucitado y vivo, se acerca a quien sabe permanecer en la soledad junto al misterio incomprensible. Sin embargo, sólo podemos reconocerle cuando nos llama por nuestro nombre y nos hace sentir que nos conoce hasta el fondo.
Este mismo conocimiento de amor no está destinado a una satisfacción personal, sino que es un don que nos hace testigos ante los hermanos a fin de llevar a todos el anuncio pascual, la alegría verdadera, una vida nueva transfigurada por el encuentro con el Señor.
Como toda figura evangélica, también María Magdalena es tipo del discípulo de Cristo. En ella vemos el luminoso testimonio de quien, perseverando en la búsqueda de Dios, aunque sea en la oscuridad de la fe y en la prueba de la esperanza, encuentra por fin a Aquel a quien ama o, mejor aún, es encontrado por él.
En efecto, Cristo, el buen pastor, es desde siempre el primero en buscarnos y permanece esperándonos. Espera que el deseo del corazón se purifique, se vuelva ardiente y consuma con su fuego toda la escoria que hay en nosotros. Espera que nuestros ojos se vuelvan capaces de reconocerle en quien nos rodea, y nos vuelva atentos a su voz, una voz que siempre nos llama por nuestro nombre. También nosotros, como María Magdalena, exultaremos de alegría ante su presencia, que nunca es asible, sino poseída o prevista. Sólo quien ha conocido la larga noche de la espera y del deseo puede convertirse en testigo creíble entre los hermanos de una fe que no es vana.
Santa María Magdalena, viniste a Cristo, fuente de misericordia, derramando muchas lágrimas: tenías una sed ardiente de él y fuiste abundantemente saciada. Fue él quien, siendo pecadora, te justificó; fue él quien, en tu dolor tan amargo, te consoló dulcemente. Ardiente enamorada de Dios, en mi timidez, vengo a implorarte a ti, que eres bienaventurada; yo, que vivo en mi oscuridad, a ti, que eres luminosa; yo, que soy pecador, a ti, que has sido justificada: acuérdate, en tu bondad, de lo que fuiste y de la necesidad de misericordia que tuviste. Obtenme la compunción del ánimo puro, las lágrimas de la humildad, el deseo de la patria celestial. Me sirve de ayuda la familiaridad de vida que tuviste y sigues teniendo aún con la fuente de la misericordia. Hazme llegar a ella, a fin de que pueda lavar mis pecados; dame de beber de ella, para que quede saciada mi sed (Anselmo de Canterbury, Orazioni e meditazioni, Milán 1997, pp. 381-383, passim).
María ha buscado, aunque en vano. Sin embargo, no se da por vencida y acaba encontrando: su esfuerzo se ve coronado al fin por el éxito.
En qué momentos buscamos al Amado? Le buscamos en las noches [...]. Por qué llega Dios así, con retraso? Para permitirnos estrecharlo con más fuerza en el momento de su venida. El deseo no es auténtico si el tiempo consigue debilitarlo. Demuestra poseer un amor ardiente quien desiste del compromiso sólo cuando ha obtenido la victoria.
El ser que no busca el rostro del Creador permanece insensible, triste y frío. Quien desea ardientemente buscar a aquel a quien ama vive de u n ardiente amor; la falta de su Señor le vuelve inquieto, y las alegrías que ayer encantaban a su espíritu, hoy le parecen odiosas. La herrumbre del pecado se disuelve y su espíritu, encendido como oro, recupera en la llama el esplendor que el tiempo había ofuscado (Gregorio Magno, Homilías sobre el Evangelio XXV, 2-5, passim).
"A quién buscas?" La pregunta de Jesús resucitado a María de Magdala puede sorprendernos también a nosotros cada mañana y a cada hora de nuestra vida. Eres capaz de decir a quién buscas de verdad? En efecto, no siempre está claro que buscamos a Jesús, al Señor. No siempre aquel a quien queremos encontrar es precisamente aquel que quiere entregarse a nosotros.
María buscaba al hombre Jesús, buscaba al Maestro crucificado, por eso no veía a Jesús el Viviente delante de ella. Si tenemos una idea de Jesús a la medida de nuestra pequeña mente humana, nuestra búsqueda acaba en un callejón sin salida. Jesús es siempre inmensamente más que lo que nosotros conseguimos pensar y desear. Dónde, pues, y cómo buscar al Señor para salir del túnel de nuestros extravíos y de nuestros miedos, para no engañarnos dando vueltas alrededor de nosotros mismos en vez de correr derechos hacia él? Sólo sí antes tenemos una verdadera y justa valoración de nosotros mismos como criaturas pobres podremos descubrir la presencia de aquel que lo sostiene todo. Aquel a quien buscamos debe ser verdaderamente el todo al que anhela adherirse nuestra alma. Buscar a Cristo es signo de que, en cierto modo, ya le hemos encontrado, pero encontrar a Cristo es un estímulo para continuar buscándolo.
Esta actitud no se plantea sólo al comienzo del camino espiritual, sino que lo acompaña hasta la última meta, puesto que la búsqueda del rostro del Señor es su dato esencial. Conocer a aquel por quien somos conocidos: eso es lo indispensable. El itinerario del conocimiento de Cristo coincide con el mismo itinerario de la fe y del amor. El yo debe aprender a callar y a escuchar; el corazón debe aprender el camino del exilio para alejarse de todo cuanto lo mantiene apegado a sus viejos / tristes amores (A. M. Cánopi, Nel mistero della gratuita, Milán 1998, p. 21 ss). Fuente: santaclaradeestella.es.
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La puerta estrecha. Artículo.
Un sacerdote amigo mío me contó hace poco esta historia. Resulta que en el retiro espiritual de su presbiterio, el director comenzó la primera charla con estas palabras: «Damos por sentado que la mayoría de la gente se va al infierno». Y para justificarlo, citó estas palabras de Jesús: «Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ella. Pero ¡qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos son los que lo encuentran» (Mateo 7, 13-14).
A primera vista, parece que esto indica que la mayoría de las personas no van por el camino del cielo, sino por el del infierno.
¿De verdad nos vamos a ir casi todos al infierno? ¿Es eso lo que insinúa el texto? ¡Para nada! Eso no es lo que Jesús nos está enseñando aquí. Hace falta desmenuzar un poco estas palabras.
En primer lugar, cuando Jesús dice que «es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo encuentran», no se refiere tanto a ir al cielo o al infierno, sino a nuestra vida aquí y ahora, en el presente.
En el fondo, todos nos sentimos identificados con la idea de que esa puerta es estrecha y cuesta encontrarla. ¿Por qué? Basta con hacernos una pregunta: ¿Cuántas veces en la vida experimentamos un momento —ya no digamos una larga temporada— en el que no tengamos bajones, arrepentimientos, inquietudes absurdas, celos o frustraciones? ¿Cuántas veces dejamos de sentir que nos falta algo y, en cambio, sentimos en el alma que hemos alcanzado el sentido más profundo de la existencia, que hemos descubierto el gran secreto y que ya no nos queda nada más por lo que pelear?
A veces tenemos momentos así, momentos en los que cruzamos esa puerta estrecha que lleva a la vida, aunque lo normal es que sigamos lidiando el día a día para intentar llegar ahí.
Esto lo vemos también al mirar a los demás. Sin ánimo de juzgar a nadie, ¿cada cuánto miramos la vida de otra persona, a nivel profundo, desde el alma, y nos decimos: «¡Lo ha encontrado! ¡Ahí está! ¡Eso es una vida plena!»? La verdad es que lo decimos de muy poca gente.
Entonces, ¿qué es exactamente esa puerta y por qué es tan estrecha?
Dicho de forma sencilla: la puerta que lleva a la vida, a la felicidad más auténtica y plena, es la invitación que Jesús nos hace en el Sermón de la Montaña (Mateo 5-7). Para Jesús, lo que llena la vida de verdad es esto: ser pobres de espíritu; conectar con las heridas del mundo y con las nuestras; ser mansos; tener hambre y sed de justicia; ser misericordiosos; ser limpios de corazón; trabajar por la paz; sufrir por hacer lo correcto y, sobre todo, amar a quienes nos odian.
Esa es la puerta estrecha. Y nos cuesta la misma vida cruzarla porque casi todo en nuestro entorno va en dirección contraria. El mundo nos vende que lo mejor es ser ricos, que la mansedumbre y la empatía son debilidades, y que podemos odiar con la conciencia tranquila a quienes nos odian. Nuestro propio instinto nos dice lo mismo. Tanto el mundo como nuestros impulsos nos invitan a pasar por una puerta bien ancha, donde es legítimo devolver el insulto y aplicar el «ojo por ojo».
El Sermón de la Montaña propone una puerta estrecha que se vuelve todavía más angosta al final, cuando Jesús nos invita a ser compasivos como nuestro Padre celestial es compasivo, y nos detalla lo que eso significa.
La compasión de Dios, al contrario que nuestros instintos, se vuelca por igual en los malos y en los buenos, igual que el sol sale sin distinción para la mala hierba y para las hortalizas. Dios ama de la misma manera a los pecadores que a los justos.
Y nosotros tenemos que hacer lo mismo. Nuestra bondad, dice Jesús, tiene que calar más hondo que nuestros instintos naturales, esos que nos empujan a amar solo a quienes nos aman, a odiar a los que nos odian, a maldecir a los que nos maldicen y a cerrarnos en banda a perdonar a quien nos hace daño.
La puerta estrecha que conduce a una vida plena es la puerta de la compasión infinita. Cruzamos ese umbral cuando somos capaces de amar a quienes nos aborrecen, bendecir a los que nos insultan y perdonar a quienes nos hieren de gravedad.
Por desgracia, gran parte de nuestro interior y de nuestra sociedad se resiste a pasar por ahí.
Por eso, cuando Jesús advierte que «es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo encuentran», no nos está diciendo que la mayoría vayamos camino del infierno y solo unos pocos elegidos se salven. Nos está hablando de nuestra vida actual. Nos hace ver con una lucidez tremenda qué es lo que de verdad trae la felicidad aquí abajo: encarnar el Sermón de la Montaña, especialmente esa parte que nos desarma y nos pide amar, bendecir y perdonar. Esa es la puerta por la que a todos nos cuesta tanto pasar. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org
Dejadlos crecer juntos hasta la siega.
La predicación de Jesús sobre el Reino de los Cielos trasciende las expectativas de sus contemporáneos y transparenta una imagen nueva del rostro de Dios. Es cuanto emerge de las tres parábolas del evangelio de hoy. Contrariamente a lo esperado, el Reino de Dios no tendrá una dimensión triunfal en la historia; la victoria sobre los opositores y las fuerzas del mal no se llevará a cabo en este mundo. Esto no significa que Dios, el sembrador de la buena semilla, de alguna manera sea derrotado. Más bien, porque es dueńo de la situación, puede frenar la impaciencia de sus siervos (vv. 28-30). Ciertamente, la buena semilla comienza a crecer junto con la cizańa; en nuestra historia, e1 bien siempre estará obstaculizado por el mal. Pero Dios ve el tiempo desde la perspectiva de la eterna meta final (vv. 39-43): solo con la siega tendrá lugar el discernimiento definitivo.
Es una lección de sabia paciencia ante fariseos y zelotas de cualquier generación, partidarios, de distintas formas, de una pureza religiosa y nacionalista que excluye sin apelación a los <<otros". Y también lo es para nosotros, dispuestos a constituimos rápidamente en jueces y verdugos.
Otra enseńanza <<contra corriente" viene de la parábola siguiente (v. 31ss): el Reino de los Cielos no tiene la apariencia desbordante que se esperaba. Esta cerca y presente (cf Mc 1,15), pero es insignificante en su aspecto, como el grano de mostaza. Sin embargo, desde este estado incipiente germinara una exuberante realidad vital. Dios realiza cosas admirables sirviéndose de instrumentos y materiales humildes. Es la enseńanza gemela que también se desprende de la parábola de la levadura (v. 33): el Reino de los Cielos es una pequeńa cosa en este mundo, esta oculto y amasado con los acontecimientos de la historia humana, y contiene en si una potencialidad y un dinamismo irresistibles. Los <<hijos del Reino" (v. 38) nunca deben separarse del resto de la humanidad, sino fermentar desde el interior las situaciones, seguros de que nada les impedirá producir frutos desde el amor, que subsistirá eternamente (vv. 30b.43; cf 1 Cor 13,13).
La liturgia actual nos invita a abandonar los esquemas habituales de pensamiento para asumir los pensamientos de Dios, que sobrepasan a los nuestros, como el cielo dista de la tierra (cf Is 55,8ss). Cuántas veces, viendo que el mal quedaba impune, nos hemos preguntado: donde esta la justicia de Dios. Cuantas veces, al surgimos absurdas dificultades, hemos exclamado: << !hasta cuándo...!".
La Palabra, hoy nos muestra la paciencia de Dios y nos ayuda a comprender mejor la realidad de su Reino. Para nosotros, es fuerte quien supera cualquier dificultad, tiene éxito y esta seguro. Para Dios, la fuerza esta en el amor, hasta el punto de que el Omnipotente es, por decirlo así, el <<Omni-paciente". Espera, otra vez, de nuevo y siempre, a que cada uno de sus hijos se arrepienta: la puerta de la casa paterna siempre esta entreabierta para todos hasta el día definitivo. Y aun mas, no se limita a esperan sino que sale al encuentro, haciéndose débil con los débiles, para conducir a la humanidad hacia la redención plena, la nueva creación, la realización del Reino.
A través de la cruz de Cristo y de los gemidos del Espíritu, que habita en nosotros, el Padre acompańa, sostiene y sustenta el peregrinar del hombre a lo largo de la historia. El enemigo nos obstaculizara, pero no podrá frustrar el plan de Dios. De nosotros depende apresurar el paso. Cómo? Haciendo nuestro, en las situaciones concretas, el modo de actuar divino; evitando los inexorables juicios condenatorios, apagando el ferviente deseo de erradicar el mal con la fuerza.
Aprendamos a cosechar en las realidades más humildes e insignificantes las grandes ocasiones de caridad que se nos presentan. Entonces, el tiempo de los hombres fermentara con la levadura del amor de Dios; entonces, el Reino de los Cielos crecerá desmesuradamente en nuestra historia; entonces, el gemido del Espíritu se convertirá en canto de alabanza impetuosa de toda la creación.
Seńor, tu eres bueno y siembras a la luz del día en el campo de la Iglesia, en cada uno de nosotros, amor, paz y alegría. Y después, viene el enemigo durante la noche y esparce la cizańa: pensamientos, deseos, sentimientos hostiles y traiciones ocultas que envuelven en tinieblas nuestro corazón.
Danos el Espíritu de vigilancia y que no nos asalte el malvado; haznos fuertes en la tentación y humildes en la reprensión de nuestras caídas. Haz que no pretendamos de los otros una perfección que ni nosotros mismos tenemos; danos ojos que sepan ver, además de la cizańa, la buena semilla; concédenos un corazón que sepa amar como el tuyo, con humildad y paciencia, incansable,
¿En qué consiste ser padre? Artículo.
Hace cincuenta y seis años, mi padre murió a altas horas de una noche de diciembre. Recuerdo el frío intenso con la misma claridad que su muerte. En menos de un día, la temperatura bajó a cuarenta grados bajo cero.
Yo todavía era joven; demasiado joven (pensé en aquel momento) para perder a un padre. Más tarde, me daría cuenta de que estaba equivocado. Nadie es demasiado joven para perder a un padre, aunque perderlo antes de que ciertas cosas puedan darse y recibirse puede dejar sus cicatrices.
Nosotros, la familia de este padre, tuvimos bastante suerte. Tuvimos mucho tiempo para prepararnos para su muerte. Murió tras un año de lucha contra el cáncer y murió con su fe, su generosidad y su sentido del humor intactos; y nos había dado su bendición. Además, murió sin amargura, agradecido, bendiciendo la vida. Hay formas peores de morir y formas peores de perder a un padre. En nuestras oraciones familiares siempre habíamos pedido una buena muerte. Unos meses después de su fallecimiento, con un clima más cálido, me di cuenta de que había tenido una buena muerte.
Pero este recuerdo en el Día del Padre, más de cincuenta años después de aquel día de frío intenso, no pretende ser un elogio fúnebre (algo con lo que él se sentiría incómodo), ni una homilía sobre lo que constituye una buena muerte. Pretende ser una reflexión sobre qué es un padre, un papá, y cómo nos conecta, nos forma y, a veces, nos deforma una figura así.
¿Qué es un padre? ¿Qué debe hacer un padre, más allá de ser simplemente el compañero biológico que nos trae al mundo? ¿Cómo nos afecta su cuidado o su abandono, su amor o su indiferencia?
Varias escuelas de psicología y antropología sugieren que tu padre y tu madre tienen papeles muy diferentes en la formación de tu persona. Es la madre quien supone tu vínculo simbiótico con la vida y es de ella, mucho más que de tu padre, de quien recibes la sensación de ser amado, deseado, acunado y valorado. Entre todos los mamíferos, es la madre quien, metafóricamente, debe lamer al recién nacido y liberarlo de todo lo que lo oprime al nacer. La madre, después del nacimiento, abre tu cuerpo a la vida. Es ella quien gesta, lleva en su vientre y luego acuna y alimenta al niño. Ningún niño o adulto olvida esto en algún nivel de conciencia, y nuestra sensación de sentirnos amados o no está muy ligada a nuestras madres.
Pero es el padre quien da al niño tanto el permiso para disfrutar de la vida como el reto de la disciplina. Es el padre quien debe, especialmente a través de su propia forma de vivir, ser un modelo para el niño de la combinación correcta entre el placer y la renuncia. Es de él, más que de la madre, de quien el niño aprende la combinación entre soltar y controlar, la sumisión a las normas y la libertad de seguir el propio camino.
Y esta tarea es clave para iniciarnos en la edad adulta, para ayudarnos a dejar de ser el niño o la niña pequeña, y encaminarnos hacia el adulto, el hombre o la mujer. Un padre debe hacer esto, en primer lugar, mostrándonos en su propia vida cómo nuestra energía para el amor y nuestra energía para confrontar y proteger deben formar una armonía; de este modo, las energías caóticas de nuestro interior se contienen, se enfocan, se combinan y se abren creativamente al servicio de Dios y de los demás. Un padre debe mostrar cómo el disfrute y la creatividad se combinan con la necesaria renuncia a uno mismo, y cómo nuestra energía para amar y nuestra energía para luchar y proteger a la comunidad (especialmente a sus miembros más débiles) pueden trabajar juntas sin ser enemigas. Un padre debe enseñarnos a ser, a la vez, amantes y luchadores.
Mi propio padre, imperfecto como todos los padres humanos, no siempre encontró, ni irradió, el equilibrio perfecto entre el disfrute y la disciplina, entre ser amante y luchador, entre disfrutar y sacrificarse. Como uno de sus hijos, yo tampoco sé siempre cómo caminar por esa cuerda floja, y a veces hay un desorden en mi vida que oscila entre la pereza y el exceso de trabajo, el amor y la ira, el darme todos los caprichos y el castigarme en exceso. A veces soy capaz de proteger a la comunidad y otras veces ni siquiera puedo protegerme a mí mismo.
Sin embargo, la mayoría de las veces tengo la firmeza de mi padre, más allá de mis tropiezos. Tuve un buen papá. Amó y luchó, aunque a veces fue demasiado duro consigo mismo y otras veces disfrutó plenamente de su vida.
Han pasado más de cincuenta años desde aquel día a cuarenta grados bajo cero en el que murió, y a veces mi espíritu todavía siente el frío de aquella jornada y vuelvo a ser un niño pequeño, un pre-adulto, solo, esperando a que mi padre me guíe hacia la madurez, inseguro de cómo integrar el disfrute y la disciplina.
Pero, cuando busco a mi padre, a su espíritu, no entre los huesos de los antepasados, sino en la comunión de los santos, lo encuentro caminando todavía por esa delicada cuerda floja por la que caminó en vida. Y su espíritu se acerca para ayudarme en mi lucha con el amor y el conflicto, con el disfrute y la renuncia, y entonces me siento un poco más firme como adulto. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org












