Hasta en el gesto, aparentemente magnánimo, de quien distribuye a los invitados para la comida o la cena se puede esconder un sentimiento de egoísmo, a saber: cuando la elección de los invitados está sugerida sólo por motivos de obligación, de conveniencia social, de mera simpatía o de interés. Es obvio que el tema sugerido por la lectura evangélica -que encuentra también cierta resonancia en el final de la primera lectura- es el de la gratuidad, acompañado y reforzado por la "opción preferencial por los pobres", que no es un descubrimiento de los cristianos de hoy, sino la quintaesencia del Evangelio. Con todo, es menester liberar este término de un significado puramente material, como quizás estemos inclinados a hacer hoy, dada nuestra sensibilidad al valor económico de nuestras acciones y nuestros gestos: todo lo que hacemos, todo lo que producimos, no puede dejar de tener -incluso debe tener- un valor económico. Sin embargo, Jesús quiere educarnos para que procedamos a una evaluación también espiritual, es decir, integral y más completa, de nuestras acciones y de nuestras opciones.
Así, gratuidad significa e implica prestar más atención a los otros que a nosotros mismos, reconocer en los otros un valor objetivo, porque cada uno lleva en su propio ser la imagen y la semejanza de Dios, de ahí que sea, por sí mismo, digno de atención, de estima y de amor.
Comprendemos así el sentido de la bienaventuranza que proclama Jesús al final de este texto evangélico y, sobre todo, la promesa de una recompensa que, según la lógica de Dios, nos será asegurada "cuando los justos resuciten".
Celebramos
hoy el martirio, por degollación, de san Juan, el precursor del Señor,
que le preparó el camino, lo anunció y señaló, lo bautizó, y luego fue
mártir de la verdad y la justicia. Los evangelios nos dicen que Herodes
Antipas encarceló a Juan en la fortaleza de Maqueronte porque lo acusaba
de vivir con Herodías, mujer de su hermano Felipe. En la fiesta de su
cumpleaños, le gustó tanto a Herodes el baile de Salomé, hija de
Herodías, que prometió darle lo que le pidiera. La joven, instigada por
su madre, pidió la cabeza del Bautista, y Herodes, aunque a disgusto,
mandó que lo decapitaran en la cárcel y le entregaran la cabeza en una
bandeja a la joven, la cual se la llevó a su madre. Sus discípulos
recogieron el cadáver, lo enterraron y fueron a contárselo a Jesús. De
esta suerte, el Precursor del Señor, como lámpara encendida y
resplandeciente, tanto en la muerte como en la vida dio testimonio de la
verdad. La
fecha de hoy recuerda tal vez la dedicación de la antigua basílica
erigida en Sebaste (Samaría) en honor del precursor del Mesías.- Oración: Señor, Dios nuestro, tú has querido que san Juan Bautista fuese el
precursor del nacimiento y de la muerte de tu Hijo; concédenos, por su
intercesión, que, así como él murió mártir de la verdad y la justicia,
luchemos nosotros valerosamente por la confesión de nuestra fe. Por
Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
1 Tesalonicenses 4,1-81Por
lo demás, hermanos, os rogamos y os exhortamos en el nombre de Jesús,
el Señor, a que pongáis en práctica lo que aprendisteis de nosotros en
lo que al comportaros y agradar al Señor se refiere, para que progreséis
más y más cada día. 2Sabéis qué normas os dimos de parte de Jesús, el Señor. 3Porque ésta es la voluntad de Dios: que viváis como consagrados a él y huyáis de la impureza. 4Que cada uno de vosotros viva santa y decorosamente con su mujer, 5sin dejarse arrastrar por la pasión, como se dejan arrastrar los paganos, que no conocen a Dios. 6Y
que en este punto nadie haga injuria o agravio a su hermano, porque el
Señor toma venganza de todo esto, como ya os lo dejamos dicho y
recalcado. 7Pues no nos llamó Dios a vivir impuramente, sino como consagrados a él. 8Por tanto, el que desprecia esta norma de conducta no desprecia a un hombre, sino a Dios, que es quien os da su Espíritu Santo.
Tras haber recordado el pasado, agradeciendo a Dios todo lo que ha
tenido a bien obrar en la comunidad, Pablo mira ahora hacia el futuro.
Para ello recurre sobre todo al lenguaje de la exhortación. La "santificación" (haghiasmós) de la que se habla en este fragmento de la carta consiste precisamente en el proceso que tiene como resultado final la haghiosyne, o
sea, la "santificación" auténtica. Nos encontramos en la definición de
una actividad que todavía está en pleno desarrollo, en la que concurren,
por un lado, el compromiso y la libre adhesión del creyente y, por
otro, la obra del Espíritu Santo, que interviene configurando a la
criatura a imagen de Dios. Todo esto tiene lugar en el "cuerpo" del hombre, está inscrito en su carne y habla el lenguaje que le corresponde desde la creación. El santo, por consiguiente, no es alguien que viva fuera de la realidad
terrena, en una dimensión inmaterial. Es más bien alguien que toma
sobre sí, día a día, la voluntad de Dios, haciendo que toda su vida se
adhiera a ella. El tema de la pornéia se refiere a todo lo que tiene
que ver con las pasiones carnales en el ámbito sexual; se trata, por
tanto, de algo muy concreto en lo que el cristiano está llamado a
practicar una opción que va a contracorriente, según la mentalidad del
tiempo, y a custodiar su cuerpo como un don recibido de Dios,
preparándolo ya desde ahora para recibir en plenitud el Espíritu Santo
en la vida eterna.
Marcos 6,17-29 En aquel tiempo, 17Herodes
había mandado prender a Juan y lo había condenado metiéndolo en la
cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien
él se había casado. 18 Pues Juan le decía a Herodes: -No te es lícito tener la mujer de tu hermano. 19 Herodías detestaba a Juan y quería matarlo, pero no podía, 20 porque
Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre recto y santo, y lo
protegía. Cuando le oía, quedaba muy perplejo, pero lo escuchaba con
gusto. 21 La
oportunidad se presentó cuando Herodes, en su cumpleaños, ofrecía un
banquete a sus magnates, a los tribunos y a la nobleza de Galilea. 22 Entró
la hija de Herodías y danzó, gustando mucho a Herodes y a los
comensales. El rey dijo entonces a la joven: -Pídeme lo que quieras y te
lo daré. 23 Y le juró una y otra vez: -Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino. 24 Ella salió y preguntó a su madre: -Qué le pido? Su madre le contestó: -La cabeza de Juan el Bautista. 25 Ella
entró enseguida y a toda prisa donde estaba el rey y le hizo esta
petición: -Quiero que me des ahora mismo en una bandeja la cabeza de
Juan el Bautista. 26 El rey se entristeció mucho, pero a causa del juramento y de los comensales no quiso desairarla. 27 Sin más dilación envió a un guardia con la orden de traer la cabeza de Juan. Éste fue, le cortó la cabeza en la cárcel, 28 la trajo en una bandeja y se la entregó a la joven, y la joven se la dio a su madre. 29Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.
El relato evangélico del martirio de Juan el Bautista está situado
en el camino de Jesús hacia Jerusalén como una etapa fundamental. Con él
no sólo se concluye el ciclo de la vida del Bautista, sino que también
es preludio del martirio de Jesús.
No debemos dejarnos impresionar sólo por los detalles narrativos,
muy sugestivos por otra parte, que nos presenta esta página de Marcos.
Al evangelista no le interesa poner de manifiesto ni el vicio de Herodes
ni la malicia de Herodías, ni siquiera la ligereza de su hija.
Su intención es proporcionar el debido relieve a la figura de Juan el
Bautista, el "mentor" -podríamos decir del Nazareno, y mostrar cómo este
gran profeta pone término a su vida del mismo modo y por los mismos
motivos que morirá Jesús.
Éste es el pequeño "misterio pascual" de Juan el Bautista, el cual,
tras haber conocido la adversidad de los enemigos del Evangelio, conoce
ahora el silencio del sepulcro en espera de la resurrección.
MEDITATIO:Los recuerdos bíblicos relativos a Juan el Bautista nos invitan a
meditar sobre el don de la profecía, en particular sobre la figura del
profeta. Cuál es exactamente su función en el pueblo de Dios? Cuáles son
las opciones que le califican claramente como profeta? De qué modo se
sitúa ante sus contemporáneos como signo de una presencia superior, como
portavoz de una Palabra divina?
El profeta se manifiesta como tal por su modo de hablar, por
el estilo que caracteriza su predicación. La palabra no lo es todo,
pero ya es capaz de manifestar el sentido de una presencia, incómoda
pero ineludible, con la que todos deben contar. El profeta se manifiesta
como tal, también y sobre todo, con las opciones de vida que lleva a cabo. De
este modo demuestra que ha percibido que el tiempo en el que vive es
precisamente aquel en el que Dios le llama a ser-para-los-otros. No se
puede sustraer a esta llamada (deberíamos leer, a este respecto, el c.
17 de Jeremías), so pena de ser infiel a su misión. Por último, el
profeta manifiesta la autenticidad de su misión con el valer de dar la vida por
aquel que le ha llamado y por aquellos a quienes ha sido enviado. O se
es profeta con la vida, con la vida entregada por amor, o no se es
profeta en absoluto. ORATIO: "Levántate y les dirás todo lo que te ordene". "No tengas miedo: he aquí que te pongo como ciudad fortificada". "Yo estoy contigo para salvarte". "Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". "No te es lícito tener la mujer de tu hermano". "!Raza de víboras! Quién os ha enseñado a escapar del juicio inminente?". "Dad frutos que prueben vuestra conversión". "El amigo del esposo exulta de alegría a la voz del esposo". "Ahora mi alegría es completa". "Él debe crecer; yo, en cambio, disminuir". CONTEMPLATIO: Todo lo que [Juan] dijo dio testimonio de la verdad o sirvió de
reproche a los que se le oponían; sus obras de justicia las respetaban
incluso los que no le amaban.
Acaso el respeto del modo de vida de los hombres le hizo desviarse, ni
siquiera un poco, a él, que llevó una vida solitaria desde niño, de la
vía de la virtud? Y, sin embargo, ese hombre acabó su vida derramando su
sangre, tras pasar un largo tormento de cárcel.
Predicaba la libertad de la patria celestial y fue encarcelado por los
impíos; había venido a dar testimonio de la luz, había merecido que le
llamaran lámpara ardiente y resplandeciente precisamente de la luz que
es Cristo, y fue encerrado en la oscuridad de la cárcel; nadie entre los
nacidos de mujer había sido más grande que él, y fue decapitado a
petición de unas mujeres sumamente perversas, y fue bautizado con su
propia sangre aquel a quien se le había dado bautizar al Redentor del
mundo, escuchar la voz del Padre sobre él, ver la gracia del Espíritu
Santo que descendía sobre él (Beda el Venerable, Omelie sulvangelo). LECTURA: "Vos estáis obligado -añadió el arzobispo de Canterbury- a deponer la
duda de vuestra insegura conciencia que recusa el juramento, y a tomar
el partido seguro de obedecer a vuestro príncipe, y jurar".
Entonces, aunque yo era de la opinión de que este argumento no podía
adaptarse a mi caso, se me presentó, no obstante, de improviso tan sutil
y, sobre todo, sostenido por tanta autoridad, al venir de la boca de un
tan noble prelado, que no pude replicar nada, a no ser que estaba
íntimamente seguro de que así no habría obrado bien, porque en mi
conciencia era éste uno de esos casos en que mi deber era no obedecer a
mi príncipe, sea cual fuere la opinión de los otros (cuya conciencia y
doctrina no habría condenado ni habría aceptado juzgar) a este respecto:
en mi conciencia la verdad se me presentaba diferente.
Entonces el abad de Westminster me dijo que de cualquier modo que la
cuestión apareciera en mi mente, tenía motivos para temer que
precisamente mi mente estuviera en el error, con sólo que considerara
que el Parlamento del reino se pronunciaba en sentido opuesto, y que,
por consiguiente, debía cambiar la posición de mi conciencia. A esto
respondí que si sólo fuera yo el que sostenía mi tesis y todo el
Parlamento sostuviera la otra, verdaderamente tendría miedo de apoyarme
en mi parecer, yo solo contra tantos. Mas, por otra parte, sucede que
para algunos de los motivos por los que me niego a jurar tengo yo de mi
parte -como confío tener- un consejo igualmente grande, e incluso más, y
entonces no estoy ya obligado a cambiar mi conciencia y conformarla al
consejo de un reino, contra el consejo general de la cristiandad (Tomás
Moro).Gracias a Santa Clara de Estella.
En un libro titulado Peculiar Treasures (Tesoros peculiares), el reconocido novelista y escritor espiritual Frederick Buechner reflexiona sobre la figura de Judas, el hombre que traicionó a Jesús con un beso y luego murió por suicidio.
Buechner, quien había perdido a su propio padre por suicidio, especula sobre las razones por las que Judas muere por suicidio. Recurriendo a una antigua tradición de la Iglesia, sugiere que quizás Judas eligió el suicidio por esperanza y no por desesperación; es decir, que se sintió condenado y confió en la misericordia de Jesús después de la muerte, pensando que tal vez “el infierno podría ser su última oportunidad de llegar al cielo”.
Luego, imaginando el descenso de Jesús al infierno, Buechner escribe: “Es una escena para evocar. Una vez más se encontraron en las sombras, los dos viejos amigos, ambos un poco maltrechos después de todo lo ocurrido, solo que esta vez fue Jesús quien dio el beso, y esta vez no fue el beso de la muerte el que se dio.” (Jeffrey Munroe, Reading Buechner, InterVarsity Press)
Como cristianos, como parte misma de nuestra fe profesada en los Credos, creemos que después de su muerte Jesús “descendió a los infiernos”. ¿Qué significa esto?
La concepción popular de esto —reflejada en el lenguaje de nuestra catequesis, en nuestra iconografía y en la piedad cristiana— podría resumirse así: Después del pecado de Adán y Eva, el llamado “pecado original”, las puertas del cielo quedaron cerradas, de modo que desde el tiempo de Adán y Eva hasta la muerte de Jesús, nadie podía entrar en el cielo. Sin embargo, con su muerte, Jesús expió nuestros pecados y, durante el tiempo entre su muerte el Viernes Santo y su resurrección el Domingo de Pascua, fue a ese lugar en el inframundo, el Sheol, donde estaban esperando todas las personas buenas que habían muerto a lo largo de la historia, y las condujo al cielo. Ese fue su “descenso a los infiernos”.
Pero, más allá de la literalidad de esa concepción popular, hay una poderosa verdad teológica que sustenta esta doctrina. En esencia, es la siguiente: El amor y la compasión que Jesús manifestó en su muerte tienen el poder de llegar hasta el mismo infierno; es decir, no hay ningún “infierno” (físico, psicológico o espiritual) que podamos crear del que el amor de Cristo no pueda penetrar para ofrecer sanación a la herida misma que causó ese infierno.
El amor, la sanación y el perdón de Dios pueden penetrar cualquier infierno que podamos crear y sanar la herida que lo provocó.
Quizás esta sea la doctrina más consoladora, no solo del cristianismo, sino de todas las religiones. Cuando estamos impotentes para ayudar a otros o a nosotros mismos, Dios aún puede ayudarnos.
Por esta razón, los cristianos no creemos en la reencarnación. No es necesaria. No necesitamos estar completamente en orden para ir al cielo. Cuando estamos impotentes, Dios puede hacer por nosotros lo que no podemos hacer por nosotros mismos.
Eso es un profundo consuelo, porque no todos mueren una muerte feliz. Muchos de nosotros morimos con enojo, con amargura, sin reconciliarnos del todo con los demás, con asuntos pendientes del alma. Y algunos mueren por suicidio, encerrados en un infierno privado en el que, debido a una enfermedad o herida más que a una culpa moral, creen que su muerte es su única vía hacia la vida.
La doctrina del descenso de Jesús a los infiernos es particularmente útil para comprender cómo Dios acoge a quienes mueren por suicidio. Durante demasiado tiempo hemos vivido con una angustia falsa al respecto, temiendo que el suicidio sea una grave falla humana y moral, un acto de desesperación, imperdonable (al menos en esta vida). Sin embargo, en la mayoría de los casos, se trata de una enfermedad, no de una elección libre. Al igual que el cáncer, un infarto o un accidente, el suicidio saca a una persona de la vida en contra de su voluntad consciente. Por esta razón, se nos invita a no usar más la expresión “se suicidó”. Nadie “comete” cáncer o “comete” un infarto. Uno “sucumbe” ante ellos. Lo mismo sucede con la mayoría de los suicidios.
Con esto en mente, podemos apreciar mejor la imagen que Frederick Buechner utiliza al reflexionar sobre el suicidio de Judas y su encuentro con Jesús en el infierno.
En esencia, esta es la imagen de Buechner: Después de traicionar a Jesús, Judas desciende a un infierno privado en el que siente que lo que ha hecho no puede ser perdonado y que está condenado para siempre a vivir en esa oscuridad. Esa falsedad, esa enfermedad, esa lógica fatalmente equivocada le dice que ir al infierno es su última oportunidad de ir al cielo. Entonces, se quita la vida. Después de su muerte, Jesús lo encuentra en las sombras de ese infierno mal entendido y lo besa, no con condena ni con juicio, sino con amor incondicional, comprensión y perdón.
Esta imagen, creo, puede ayudarnos a comprender lo que ocurre en el suicidio: la lógica equivocada de quienes se quitan la vida, y el amor compasivo y perdonador de Dios que desciende a su infierno privado, donde creen erróneamente que su muerte es un favor para sus seres queridos y que “el infierno podría ser su última oportunidad de ir al cielo.” Ron RolheiserOMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés.
La página evangélica de hoy nos presenta dos grandes imágenes que sólo esperan ser interpretadas a la luz del contexto que las envuelve. Por una parte, está la imagen de la puerta estrecha, por la que hemos de esforzarnos en pasar, si queremos entrar; por otra, está la imagen del gran cortejo que se forma desde todas las partes de la tierra hacia aquella ciudad bendita en la que tiene lugar el banquete del Reino de Dios.
Con la primera imagen, Jesús no intenta ofrecernos una respuesta directa a los que le han preguntado si "son pocos los que se salvan"; se limita a invitarnos a la lucha, al compromiso, a la resistencia. Y es bastante significativo que, en este contexto, Lucas no pase, como Mateo, de la "puerta estrecha" a la "puerta ancha", sino de la "puerta estrecha" a la "puerta cerrada", con lo que acentúa el carácter dramático de un desenlace que podría revelarse absolutamente negativo. Jesús afirma una vez más con claridad que seguirle por el camino del Evangelio es una cosa muy seria, algo que requiere una opción fundamental y, sobre todo, un esfuerzo continuado. El verbo griego correspondiente a "esforzaos", en modo imperativo además, expresa la idea de lucha, de prontitud y de urgencia. No sólo es menester hacer acopio de todas las energías posibles, sino que no podemos perder ni un segundo de tiempo.
La segunda imagen le sirve al evangelista para desarrollar un segundo pensamiento, el que contrapone las pretensiones de unos pocos a la sorpresa de muchos. También aquí detectamos un tono polémico en las palabras de Jesús: ya tuvo que reaccionar otras veces contra la jactancia de los judíos, que se enorgullecían de sus tradiciones y, sobre todo, de su identidad nacional. Y es que para Jesús ya no existe ahora ninguna situación de vida que pueda poner a alguien por encima de otro. Dios mismo no hace acepción de personas (cf. Hch 10,34; véase también Le 20,21). Ni siquiera tiene importancia el conocimiento personal del Jesús terreno; lo único que vale es seguirle con todo el esfuerzo, con plena libertad y con una disponibilidad total. La escena final, tan bien dibujada por esta página evangélica, nos pone ante una gran peregrinación en la que pueden participar todos los que, aunque no tengan vínculos de sangre con Abrahán, han heredado el don de la fe.
Imagina haber nacido ciego y vivir hasta la adultez sin haber visto
nunca la luz ni los colores. Luego, gracias a una operación milagrosa,
los médicos logran devolverte la vista. ¿Qué sentirías al abrir los ojos
por primera vez? ¿Asombro? ¿Desconcierto? ¿Éxtasis? ¿Dolor? ¿Alguna
combinación de todo ello?
Hoy en día conocemos la respuesta a esa pregunta. Este tipo de
operaciones para devolver la vista ya se han realizado, y sabemos algo
sobre cómo reacciona una persona al ver la luz y el color por primera
vez. Lo que sucede puede sorprendernos. Así lo describe J.Z. Young,
experto en el funcionamiento del cerebro:
“El paciente, al abrir los ojos, experimenta poco o
ningún disfrute; de hecho, encuentra la experiencia dolorosa. Informa
solo de una masa giratoria de luz y colores. Resulta ser completamente
incapaz de tomar objetos con la vista, reconocerlos o nombrarlos. No
tiene una noción del espacio con objetos en él, aunque por el tacto
conoce perfectamente los objetos y sus nombres. ‘Por supuesto’, dirás,
‘debe tomarse un tiempo para aprender a reconocerlos con la vista’. No
un poco de tiempo, sino mucho tiempo, de hecho, años. Su cerebro no ha
sido entrenado en las reglas de la visión. No somos conscientes de que
existen tales reglas; pensamos que vemos, como solemos decir, de forma
natural. Pero en realidad hemos aprendido todo un conjunto de reglas
durante la infancia.” (Ver: Emilie Griffin, Souls in Full Flight, pp. 143-144)
¿Podría ser esta una analogía útil para entender lo que nos ocurre en
lo que los católicos romanos llaman purgatorio? ¿Podría comprenderse la
purificación que experimentamos después de la muerte de forma análoga,
es decir, como una apertura de nuestra visión y nuestro corazón hacia
una luz y un amor tan plenos, que nos obligan a un dolorosa
reaprendizaje y a una nueva conceptualización, como en el caso descrito?
¿Podría entenderse el purgatorio precisamente como el ser abrazados por
Dios de una manera tal que la calidez y la luz perfectas empequeñecen
por completo nuestros conceptos terrenales de amor y conocimiento, de
modo que, como una persona nacida ciega que recibe la vista, necesitamos
luchar, incluso dentro del éxtasis de esa luz, para adaptarnos a una
forma radicalmente más profunda de pensar y amar? ¿Y si el purgatorio no
fuera ausencia de Dios ni castigo o retribución por el pecado, sino lo
que nos ocurre cuando finalmente somos plenamente abrazados —en éxtasis—
por Dios, amor perfecto y verdad perfecta?
De hecho, ¿no es esto hacia lo que ya nos orientan en esta vida la
fe, la esperanza y la caridad, las tres virtudes teologales? ¿No es la
fe un saber más allá de lo que podemos conceptualizar? ¿No es la
esperanza un anclarnos en algo que está más allá de lo que podemos
controlar y garantizar por nosotros mismos? ¿Y no es la caridad un salir
más allá de lo que afectivamente nos resulta natural?
San Pablo, al describir nuestra condición en la tierra, nos dice que
en esta vida solo vemos “como en un espejo, oscuramente”, pero que
después de la muerte veremos “cara a cara”. Claramente, al describir
nuestra situación presente, está destacando una cierta ceguera, una
oscuridad congénita, una incapacidad de ver realmente las cosas como
son. Es significativo notar también que lo dice en un contexto en el que
afirma que ya ahora, en esta vida, la fe, la esperanza y la caridad
ayudan a disipar esa ceguera.
Claro que todo esto son solo preguntas, quizás inquietantes tanto
para protestantes como para católicos. Muchos protestantes y evangélicos
rechazan el mismo concepto de purgatorio alegando que, bíblicamente,
solo existen dos destinos eternos: cielo e infierno. Muchos católicos,
por otro lado, se sienten incómodos cuando el purgatorio parece alejarse
de la concepción popular como un lugar o estado separado del cielo.
Pero el purgatorio entendido de esta manera —como una apertura total de
nuestros ojos y corazones que causa una dolorosa nueva comprensión de la
realidad— podría hacer el concepto más aceptable para protestantes y
evangélicos, y ayudar a eliminar algunas connotaciones populares
erróneas dentro de la piedad católica.
La verdadera purificación solo puede suceder a través del amor,
porque solo cuando experimentamos el auténtico abrazo del amor podemos
ver claramente nuestro pecado por lo que es, y recibir la gracia para
superarlo.
Solo la luz disipa la oscuridad, y solo el amor expulsa el pecado.
Teresa de Lisieux solía orar a Dios diciendo: “¡Castígame con un beso!”
El abrazo del amor pleno es la única purificación posible del pecado,
porque solo cuando somos abrazados por el amor comprendemos realmente
qué es el pecado y, solo entonces, se nos da el deseo, la visión y la
fuerza para vivir en el amor y en la verdad.
Pero esa irrupción del amor y de la luz puede ser, todo al mismo
tiempo, deliciosa y desconcertante, extática e inquietante, maravillosa y
desgarradora, eufórica y dolorosa — nada menos que el purgatorio. Ron RolheiserOMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés / Imágen Depostitphotos
Desde el
año siguiente, la Iglesia la celebraba el 31 de mayo, como coronación del mes
mariano.
En la
última reforma litúrgica, la celebración se ha trasladado al 22 de agosto,
octava de la Asunción, para subrayar el vínculo de la realeza de María con su
participación especial en la obra de la redención y en el misterio de la
Asunción.
Dice el Concilio Vaticano II en su Constitución dogmática: «María fue
asunta a la gloria celestial y fue ensalzada por el Señor como Reina universal
con el fin de que se asemeje de forma más plena a su Hijo»
Oración:
Dios todopoderoso, que nos has dado como Madre y Reina a la Madre de tu
Unigénito, concédenos que, protegidos por su intercesión, alcancemos la gloria
de tus hijos en el reino de los cielos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. Fuente: santaclaradeestella.es
¿Quién lee poesía hoy en día? En esta era digital, en un tiempo donde
lo práctico y comprobable ha reemplazado en gran parte a lo espiritual,
¿qué valor tiene la poesía? ¿Qué aporta?
Uno de los grandes pensadores de nuestra época, Charles Taylor,
responde a esta pregunta en su libro Conexiones cósmicas. La poesía en
la era del desencanto. Según él, la poesía está hecha para volver a
encantarnos, para ayudarnos a ver más allá del aburrimiento de lo
cotidiano y redescubrir la conexión profunda que existe entre todas las
cosas.
Taylor dice que cuando somos niños estamos en contacto natural con
ese orden profundo del universo, pero al crecer lo vamos perdiendo. Aun
así, sentimos que nos falta algo, un deseo vago de volver a sentirnos
completos.
Ahí es donde la buena poesía puede ayudarnos.
Cuando vivimos una experiencia, no solo la recibimos como una cámara
que toma una foto. Le damos sentido. En palabras de Taylor: “No solo
registramos cosas; recreamos su significado”. Así, como toda buena obra
de arte, la poesía tiene la tarea de transformar una escena para que su
orden más profundo se haga visible. El poeta francés Stéphane Mallarmé
decía que el arte no debe pintar algo en sí, sino pintar el efecto que
causa.
Para Taylor, un buen poema puede hacer eso. ¿Cómo? Ayudándonos a ver desde una perspectiva más amplia.
Cuando estamos muy metidos en nuestras propias vidas, estamos
demasiado cerca como para entender bien lo que sentimos. La poesía le da
forma a lo que vivimos, lo convierte en historia, en drama, y eso nos
permite verlo con más claridad y dignidad. Por ejemplo, cuando se
expresa poéticamente una emoción dolorosa, podemos mirarla desde fuera.
El trabajo del poeta es hacer poesía con lo que normalmente no lo es.
Como decía William Wordsworth, la poesía es “emoción recordada en
tranquilidad”.
Para eso, el poeta necesita usar un lenguaje diferente.
Taylor lo explica así:
“La poesía es una ‘traducción’ de la comprensión en un lenguaje más
sutil. Lo que no se puede explicar bien con palabras técnicas –como el
valor, la moral, el amor, la belleza o el arte– necesita otros lenguajes
para poder explorarse”.
El lenguaje práctico o científico sirve para describir el mundo de
forma útil y clara, pero ya no lo vemos como un lugar donde habita el
espíritu o la magia. Vemos el universo como un sistema de leyes que se
pueden medir y controlar.
Taylor señala que hay una gran diferencia entre ese lenguaje
práctico, que sirve para nombrar y manejar cosas, y el lenguaje de la
poesía y del arte, que revela la esencia profunda de lo que nos rodea.
El lenguaje poético nos hace sentir que algo nos llama, que no estamos
solos, que hay alguien o algo ahí fuera.
La poesía, como la música, va más allá de las palabras comunes. Pero,
¿qué tiene todo esto que ver con la espiritualidad, especialmente con
la espiritualidad cristiana? ¿No son la poesía y el arte algo subjetivo
y, por tanto, sin valor moral?
Taylor no está de acuerdo. Él afirma que el buen arte y la buena
poesía no son solo una cuestión de gustos, sino que tocan algo más
profundo. Los significados que descubrimos en ellos tienen su lugar
junto a las exigencias morales y éticas. ¿Por qué? Porque, según Taylor,
la buena poesía nos da alegría, no solo placer.
¿La diferencia?
El placer intenso puede encerrarnos más en nosotros mismos.
La alegría, en cambio, aparece cuando descubrimos o recordamos algo bueno con sentido espiritual o ético.
La alegría, dice Taylor, despierta una intuición sentida que no es solo subjetiva. Es una apertura a lo esencial, a Dios.
Finalmente, Taylor cita al poeta Baudelaire, que decía:
“Es por y a través de la poesía y la música que el alma
vislumbra el esplendor que hay más allá de la muerte; y cuando un poema
hermoso nos hace llorar, esas lágrimas no son prueba de un placer
excesivo, sino la señal de una tristeza inquieta, de una naturaleza que
se siente fuera de lugar en este mundo y que desea alcanzar, aquí y
ahora, un paraíso revelado.”
Entonces, ¿qué tiene que ver la poesía con la espiritualidad? Parafraseando a San Agustín:
“Nos hiciste, Señor, para ti, y cuando la poesía y la
música agitan nuestro corazón con esa tristeza inquieta, entendemos que
nuestro descanso verdadero solo está en ti.”
Esta página, en el contexto del capítulo 12 del evangelio de Lucas, está también al servicio del gran tema de la espera. El cristiano, para poder decir que vive realmente esperando a Aquel que viene, no sólo debe adoptar las actitudes de la vigilancia (Lc 12,35-40) y de la fidelidad (Lc 12,41-48), sino que también debe darse cuenta del carácter trágico del momento que está viviendo: éste es el tema de la liturgia de la Palabra de hoy (Lc 12,49-53), al que el evangelista le añade el otro tema, igualmente importante, de la obligación de discernir los llamados "signos de los tiempos", una tarea de la que el cristiano no puede sustraerse en absoluto.
El carácter trágico de la espera lo expresa Lucas con las imágenes del fuego y del bautismo: Jesús expresa su vivo deseo de pasar a través de las aguas purificadoras del sacrificio de la cruz y de este modo se presenta como el modelo al que debemos atender y adecuarnos como creyentes. En efecto, de nada valdría darse cuenta del carácter trágico del momento histórico si no nos decidiéramos a seguirle a él con las mismas intenciones y con la misma determinación que le sostuvieron durante toda su vida terrena. Yendo más allá de las imágenes, Jesús concede a sus discípulos una nueva posibilidad de interpretar el sentido de su presencia en el mundo: "Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues no, sino división" (v. 51). No podría haber palabras más claras para hacernos comprender el carácter dramático del momento, tanto para nosotros como para él.
No obstante, para sostener esta descomunal tarea, Jesús ofrece a la gente de su tiempo una clave de lectura, con la finalidad de vencer una serpenteante y difusa "ignorancia y ofrecer un criterio hermenéutico seguro para la lectura de los "signos de los tiempos". El tono de estas palabras de Jesús es, en verdad, un tanto polémico: Jesús no se ocupa aquí de la ciencia meteorológica, en aquel tiempo tal vez menos desarrollada que en nuestros días, sino que pone de manifiesto la distancia que existe entre ésta y el verdadero conocimiento de este tiempo, enriquecido con la presencia de Jesús y, por ello, decisivo para la salvación. Para Jesús, la de sus interlocutores no es sólo incapacidad, sino que es hipocresía, porque los signos están ahí -y clarísimos-; sin embargo, muchas personas de su tiempo, como del nuestro, se niegan a verlos e interpretarlos. Los signos del tiempo, en efecto, se dejan captar y comprender no en el sol, en la luna y en las estrellas, sino en la vida de Jesús, sobre todo en su misterio pascual. Y quien no posee esta clave de lectura nunca conseguirá captar el sentido de la historia.
Celebramos el 13 de agosto, la fiesta de los Beatos Mártires
de Barbastro: 51 sacerdotes, hermanos y novicios claretianos asesinados en
agosto de 1936 por militantes de la CNT. El 88% del clero de la diócesis de
Barbastro fue martirizado, incluidos 39 seminaristas.
El 20 de julio de 1936, durante la Guerra Civil española,
unos sesenta milicianos irrumpieron armados en el seminario de los Misioneros
Hijos del Inmaculado Corazón de María (o Claretianos) de Barbastro. Querían
requisar las armas que había en él. Naturalmente en el Seminario no había
armas. Era la excusa.
Capturaron y encarcelaron a toda la comunidad misionera y,
sin juicio previo, la condenaron a muerte por la única razón de que sus
miembros eran religiosos. Quienes presenciaron la detención cuentan que, en la
calle, se vivió una mezcla de emociones: “Muchos insultaban y amenazaban a los
Misioneros, que caminaban pacíficamente, sin un mal gesto, sin una mala
palabra, con la mirada serena y fija en el suelo. Pero bastantes se
compadecieron de aquellos jóvenes, diciendo 'son tan jóvenes...'”. Así lo contaban
los más ancianos del lugar.
Consiguieron sacar del Seminario el Santísimo, en un pequeño
maletín, y consiguen comulgar durante el día, gracias al cocinero A diario,
este preparaba el desayuno y ponía entre el pan y el chocolate, trocitos de la
Sagrada Forma, hasta que se terminaron. Y algunos se guardaban ese trocito, se
ponían de acuerdo entre ellos, para luego poder hacer adoración. ¿Dónde está la
fuerza del cristiano? en Jesús, en la Eucaristía.
Gracias a los italianos Atilio-Cecilio Parussini, natural de
Rosario (Argentina), de 22 años y a Pablo Hall, natural de Cuatraché, (Pampa,
Argentina), de 25 años que al ser extranjeros pudieron salvarse, pusieron a
salvo objetos personales de los mártires y la llamada Carta de despedida de los
seminaristas a la Congregación que escribió Faustino Pérez fechada el 13 de
agosto de 1936 en un envoltorio de chocolate:
“Querida Congregación. Anteayer, día 11, murieron, con la
generosidad con que mueren los mártires, 6 de nuestros hermanos; hoy, 13, han
alcanzado la palma de la victoria 20, y mañana, 14, esperamos morir los 21
restantes. ¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios! ¡Y qué nobles y heroicos se están
mostrando tus hijos, Congregación querida! Pasamos el día animándonos para el
martirio y rezando por nuestros enemigos y por nuestro querido Instituto;
cuando llega el momento de designar las víctimas hay en todos serenidad santa y
ansia de oír el nombre para adelantarse y ponerse en las filas de los elegidos;
esperamos el momento con generosa impaciencia, y cuando ha llegado, hemos visto
a unos besar los cordeles con que les ataban, y a otros dirigir palabras de
perdón a la turba armada; cuando van en el camión hacia el cementerio, les
oímos gritar ¡Viva Cristo Rey! El populacho responde ¡Muera! ¡Muera! Pero nada
los intimida. ¡SON TUS HIJOS, CONGREGACIÓN QUERIDA, estos que entre pistolas y
fusiles se atreven a gritar serenos cuando van a la muerte VIVA CRISTO REY!
Mañana iremos los restantes y ya tenemos la consigna de aclamar, aunque suenen
los disparos, al Corazón de nuestra Madre, a Cristo Rey, a la Iglesia Católica
y a Ti, MADRE COMÚN DE TODOS NOSOTROS. Me dicen mis compañeros que yo inicie
los vivas y que ellos responderán. Yo gritaré con toda la fuerza de mis
pulmones, y en nuestros clamores entusiastas adivina tú, Congregación querida,
el amor que te tenemos, pues te llevamos en nuestros recuerdos hasta estas
regiones de dolor y muerte. Morimos todos contentos sin que nadie sienta
desmayos ni pesares; morimos todos rogando a Dios que la sangre que caiga de
nuestras heridas no sea sangre vengadora, sino sangre que entrando roja y viva
por tus venas, estimule su desarrollo y expansión por todo el mundo. ¡Adiós,
querida Congregación! Tus hijos, mártires de Barbastro, te saludan desde la
prisión y te ofrecen sus dolorosas angustias en holocausto expiatorio por
nuestras deficiencias y en testimonio de nuestro amor fiel, generoso y
perpetuo. Los mártires de mañana, 14, recuerdan que mueren en vísperas de la
Asunción; ¡y qué recuerdo éste! Morimos por llevar la sotana y morimos
precisamente en el mismo día en que nos la impusieron. Los mártires de
Barbastro, y en nombre de todos, el último y el más indigno, Faustino Pérez,
cmf. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de María! ¡Viva la Congregación! Adiós,
querido Instituto. Vamos al cielo a rogar por ti. ¡Adiós! ¡Adiós!”.
Les ofrecieron la libertad a cambio de renunciar a su fe.
Todos prefirieron permanecer fieles aun sabiendo que esta elección les costaría
la vida. Un hombre, que estaba de guardia, se acercó a un seminarista, Salvador
Pigen. Le conocía desde que trabajó en el Hotel Centro de Gerona, donde
trabajaban unos familiares de Salvador. El guardia le propuso sacarlo por la
noche, y salvarlo del fusilamiento, relató el sacerdote. Salvador le contestó
“si me salvas con los demás, acepto". A Manuel Torras le pasó lo mismo. Un
miliciano, del mismo pueblo, incluso de la misma calle, le reconoce y le
intentó sacar por la noche. Manuel respondió "Si es con todos, sí".
Miguel Massip, que tampoco aceptó la propuesta si no era liberado junto a sus
compañeros. Los seminaristas claretianos declinaron la oferta. Respondieron
"o salen todos, o no hay nada que hacer. No podemos abandonar a nuestros
compañeros".
A pesar del sufrimiento que padecieron, los Mártires
vivieron aquellos días con alegría y compañerismo. Nunca perdieron la sonrisa
durante su cautiverio, aunque vivieron momentos muy tensos en la cárcel. En el
ambiente había muchos gritos, pues la gente se asomaba por las ventanas,
insultando y burlándose de los seminaristas.
Antes de ser ejecutados, intentaron que los 41 jóvenes
seminaristas claretianos apostataran de la Iglesia, para hacerles «disfrutar de
los goces de la vida», introdujeron prostitutas en la improvisada cárcel en la
que permanecieron una semana. Ninguno lo hizo.
Todos murieron de rodillas, gritando “¡Viva Cristo
Rey!" y perdonando a sus verdugos. Fueron beatificados en 1992 por San
Juan Pablo II. En palabras de San Juan Pablo II murieron "por ser
discípulos de Cristo, por no querer renegar de su fe y de sus votos
religiosos".
Los Mártires de Barbastro se llamaban: Felipe de Jesús
Munárriz Juan Díaz Nosti Leoncio Pérez (los tres 3 superiores del Seminario)
Sebastián Calvo Pedro Cunill José Pavón Nicasio Sierra Wenceslao Claris
Gregorio Chirivás Secundino Ortega Juan Echarri Javier Luis Bandrés Pedro
García José Brengaret Hilario Llorente Manuel Buil Alfonso Miquel Antolín María
Calvo Ramón Novich Tomás Capdevila José María Ormo Esteban Casadevall Salvador
Pigen Eusebio Codina Teodoro Ruiz de Larrinaga Juan Codinachs Juan Sánchez Antonio
Dalmau Manuel Torras Luis Masferrer Francisco Castán José María Amorós Luis
Escalé José María Badía José Figuero Juan Baixeras Ramón Illa José María Blasco
Eduardo Ripoll Luis Lladó Francisco Roura Miguel Massip José María Ros Manuel
Martínez Jarauta Alfonso Sorribes Faustino Pérez Agustín Viela Sebastián Riera
Rafael Briega Morales Jaime Falgarona Atanasio Vidaurreta. Fuente: Universitarios Católicos