El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

 



Domingo XXI del Tiempo Ordinario


Hasta en el gesto, aparentemente magnánimo, de quien distribuye a los invitados para la comida o la cena se puede esconder un sentimiento de egoísmo, a saber: cuando la elección de los invitados está sugerida sólo por motivos de obligación, de conveniencia social, de mera simpatía o de interés. Es obvio que el tema sugerido por la lectura evangélica -que encuentra también cierta resonancia en el final de la primera lectura- es el de la gratuidad, acompañado y reforzado por la "opción preferencial por los pobres", que no es un descubrimiento de los cristianos de hoy, sino la quintaesencia del Evangelio. Con todo, es menester liberar este término de un significado puramente material, como quizás estemos inclinados a hacer hoy, dada nuestra sensibilidad al valor económico de nuestras acciones y nuestros gestos: todo lo que hacemos, todo lo que producimos, no puede dejar de tener -incluso debe tener- un valor económico. Sin embargo, Jesús quiere educarnos para que procedamos a una evaluación también espiritual, es decir, integral y más completa, de nuestras acciones y de nuestras opciones.

Así, gratuidad significa e implica prestar más atención a los otros que a nosotros mismos, reconocer en los otros un valor objetivo, porque cada uno lleva en su propio ser la imagen y la semejanza de Dios, de ahí que sea, por sí mismo, digno de atención, de estima y de amor.

Comprendemos así el sentido de la bienaventuranza que proclama Jesús al final de este texto evangélico y, sobre todo, la promesa de una recompensa que, según la lógica de Dios, nos será asegurada "cuando los justos resuciten".


 Gracias a: Rezando Voy,Santa Clara de Estella y Ciudad Redonda


Martirio de san Juan Bautista.

Celebramos hoy el martirio, por degollación, de san Juan, el precursor del Señor, que le preparó el camino, lo anunció y señaló, lo bautizó, y luego fue mártir de la verdad y la justicia. Los evangelios nos dicen que Herodes Antipas encarceló a Juan en la fortaleza de Maqueronte porque lo acusaba de vivir con Herodías, mujer de su hermano Felipe. En la fiesta de su cumpleaños, le gustó tanto a Herodes el baile de Salomé, hija de Herodías, que prometió darle lo que le pidiera. La joven, instigada por su madre, pidió la cabeza del Bautista, y Herodes, aunque a disgusto, mandó que lo decapitaran en la cárcel y le entregaran la cabeza en una bandeja a la joven, la cual se la llevó a su madre. Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron y fueron a contárselo a Jesús. De esta suerte, el Precursor del Señor, como lámpara encendida y resplandeciente, tanto en la muerte como en la vida dio testimonio de la verdad. La fecha de hoy recuerda tal vez la dedicación de la antigua basílica erigida en Sebaste (Samaría) en honor del precursor del Mesías.- Oración: Señor, Dios nuestro, tú has querido que san Juan Bautista fuese el precursor del nacimiento y de la muerte de tu Hijo; concédenos, por su intercesión, que, así como él murió mártir de la verdad y la justicia, luchemos nosotros valerosamente por la confesión de nuestra fe. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

1 Tesalonicenses 4,1-8 1 Por lo demás, hermanos, os rogamos y os exhortamos en el nombre de Jesús, el Señor, a que pongáis en práctica lo que aprendisteis de nosotros en lo que al comportaros y agradar al Señor se refiere, para que progreséis más y más cada día.
2 Sabéis qué normas os dimos de parte de Jesús, el Señor.
3 Porque ésta es la voluntad de Dios: que viváis como consagrados a él y huyáis de la impureza.
4 Que cada uno de vosotros viva santa y decorosamente con su mujer,
5 sin dejarse arrastrar por la pasión, como se dejan arrastrar los paganos, que no conocen a Dios.
6 Y que en este punto nadie haga injuria o agravio a su hermano, porque el Señor toma venganza de todo esto, como ya os lo dejamos dicho y recalcado.
7 Pues no nos llamó Dios a vivir impuramente, sino como consagrados a él. 8 Por tanto, el que desprecia esta norma de conducta no desprecia a un hombre, sino a Dios, que es quien os da su Espíritu Santo.
Tras haber recordado el pasado, agradeciendo a Dios todo lo que ha tenido a bien obrar en la comunidad, Pablo mira ahora hacia el futuro. Para ello recurre sobre todo al lenguaje de la exhortación.
La "santificación" (haghiasmós) de la que se habla en este fragmento de la carta consiste precisamente en el proceso que tiene como resultado final la haghiosyne, o sea, la "santificación" auténtica. Nos encontramos en la definición de una actividad que todavía está en pleno desarrollo, en la que concurren, por un lado, el compromiso y la libre adhesión del creyente y, por otro, la obra del Espíritu Santo, que interviene configurando a la criatura a imagen de Dios. Todo esto tiene lugar en el "cuerpo" del hombre, está inscrito en su carne y habla el lenguaje que le corresponde desde la creación.
El santo, por consiguiente, no es alguien que viva fuera de la realidad terrena, en una dimensión inmaterial. Es más bien alguien que toma sobre sí, día a día, la voluntad de Dios, haciendo que toda su vida se adhiera a ella. El tema de la pornéia se refiere a todo lo que tiene que ver con las pasiones carnales en el ámbito sexual; se trata, por tanto, de algo muy concreto en lo que el cristiano está llamado a practicar una opción que va a contracorriente, según la mentalidad del tiempo, y a custodiar su cuerpo como un don recibido de Dios, preparándolo ya desde ahora para recibir en plenitud el Espíritu Santo en la vida eterna.
 Marcos 6,17-29 En aquel tiempo, 17 Herodes había mandado prender a Juan y lo había condenado metiéndolo en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien él se había casado.
18 Pues Juan le decía a Herodes: -No te es lícito tener la mujer de tu hermano.
19 Herodías detestaba a Juan y quería matarlo, pero no podía,
20 porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre recto y santo, y lo protegía. Cuando le oía, quedaba muy perplejo, pero lo escuchaba con gusto.
21 La oportunidad se presentó cuando Herodes, en su cumpleaños, ofrecía un banquete a sus magnates, a los tribunos y a la nobleza de Galilea.
22 Entró la hija de Herodías y danzó, gustando mucho a Herodes y a los comensales. El rey dijo entonces a la joven: -Pídeme lo que quieras y te lo daré.
23 Y le juró una y otra vez: -Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.
24 Ella salió y preguntó a su madre: -Qué le pido? Su madre le contestó: -La cabeza de Juan el Bautista.
25 Ella entró enseguida y a toda prisa donde estaba el rey y le hizo esta petición: -Quiero que me des ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.
26 El rey se entristeció mucho, pero a causa del juramento y de los comensales no quiso desairarla.
27 Sin más dilación envió a un guardia con la orden de traer la cabeza de Juan. Éste fue, le cortó la cabeza en la cárcel,
28 la trajo en una bandeja y se la entregó a la joven, y la joven se la dio a su madre.
29 Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.
          El relato evangélico del martirio de Juan el Bautista está situado en el camino de Jesús hacia Jerusalén como una etapa fundamental. Con él no sólo se concluye el ciclo de la vida del Bautista, sino que también es preludio del martirio de Jesús.
         No debemos dejarnos impresionar sólo por los detalles narrativos, muy sugestivos por otra parte, que nos presenta esta página de Marcos. Al evangelista no le interesa poner de manifiesto ni el vicio de Herodes ni la malicia de Herodías, ni siquiera la ligereza de su hija.
         Su intención es proporcionar el debido relieve a la figura de Juan el Bautista, el "mentor" -podríamos decir del Nazareno, y mostrar cómo este gran profeta pone término a su vida del mismo modo y por los mismos motivos que morirá Jesús.
         Éste es el pequeño "misterio pascual" de Juan el Bautista, el cual, tras haber conocido la adversidad de los enemigos del Evangelio, conoce ahora el silencio del sepulcro en espera de la resurrección.

MEDITATIO: Los recuerdos bíblicos relativos a Juan el Bautista nos invitan a meditar sobre el don de la profecía, en particular sobre la figura del profeta. Cuál es exactamente su función en el pueblo de Dios? Cuáles son las opciones que le califican claramente como profeta? De qué modo se sitúa ante sus contemporáneos como signo de una presencia superior, como portavoz de una Palabra divina?

         El profeta se manifiesta como tal por su modo de hablar, por el estilo que caracteriza su predicación. La palabra no lo es todo, pero ya es capaz de manifestar el sentido de una presencia, incómoda pero ineludible, con la que todos deben contar. El profeta se manifiesta como tal, también y sobre todo, con las opciones de vida que lleva a cabo. De este modo demuestra que ha percibido que el tiempo en el que vive es precisamente aquel en el que Dios le llama a ser-para-los-otros. No se puede sustraer a esta llamada (deberíamos leer, a este respecto, el c. 17 de Jeremías), so pena de ser infiel a su misión. Por último, el profeta manifiesta la autenticidad de su misión con el valer de dar la vida por aquel que le ha llamado y por aquellos a quienes ha sido enviado. O se es profeta con la vida, con la vida entregada por amor, o no se es profeta en absoluto.
 ORATIO: "Levántate y les dirás todo lo que te ordene".
"No tengas miedo: he aquí que te pongo como ciudad fortificada".
"Yo estoy contigo para salvarte".
"Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo".
"No te es lícito tener la mujer de tu hermano".
"!Raza de víboras! Quién os ha enseñado a escapar del juicio inminente?".
"Dad frutos que prueben vuestra conversión".
"El amigo del esposo exulta de alegría a la voz del esposo".
"Ahora mi alegría es completa".
"Él debe crecer; yo, en cambio, disminuir".
 CONTEMPLATIO: Todo lo que [Juan] dijo dio testimonio de la verdad o sirvió de reproche a los que se le oponían; sus obras de justicia las respetaban incluso los que no le amaban.
         Acaso el respeto del modo de vida de los hombres le hizo desviarse, ni siquiera un poco, a él, que llevó una vida solitaria desde niño, de la vía de la virtud? Y, sin embargo, ese hombre acabó su vida derramando su sangre, tras pasar un largo tormento de cárcel.
         Predicaba la libertad de la patria celestial y fue encarcelado por los impíos; había venido a dar testimonio de la luz, había merecido que le llamaran lámpara ardiente y resplandeciente precisamente de la luz que es Cristo, y fue encerrado en la oscuridad de la cárcel; nadie entre los nacidos de mujer había sido más grande que él, y fue decapitado a petición de unas mujeres sumamente perversas, y fue bautizado con su propia sangre aquel a quien se le había dado bautizar al Redentor del mundo, escuchar la voz del Padre sobre él, ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él (Beda el Venerable, Omelie sulvangelo).
LECTURA: "Vos estáis obligado -añadió el arzobispo de Canterbury- a deponer la duda de vuestra insegura conciencia que recusa el juramento, y a tomar el partido seguro de obedecer a vuestro príncipe, y jurar".
         Entonces, aunque yo era de la opinión de que este argumento no podía adaptarse a mi caso, se me presentó, no obstante, de improviso tan sutil y, sobre todo, sostenido por tanta autoridad, al venir de la boca de un tan noble prelado, que no pude replicar nada, a no ser que estaba íntimamente seguro de que así no habría obrado bien, porque en mi conciencia era éste uno de esos casos en que mi deber era no obedecer a mi príncipe, sea cual fuere la opinión de los otros (cuya conciencia y doctrina no habría condenado ni habría aceptado juzgar) a este respecto: en mi conciencia la verdad se me presentaba diferente.
         Entonces el abad de Westminster me dijo que de cualquier modo que la cuestión apareciera en mi mente, tenía motivos para temer que precisamente mi mente estuviera en el error, con sólo que considerara que el Parlamento del reino se pronunciaba en sentido opuesto, y que, por consiguiente, debía cambiar la posición de mi conciencia. A esto respondí que si sólo fuera yo el que sostenía mi tesis y todo el Parlamento sostuviera la otra, verdaderamente tendría miedo de apoyarme en mi parecer, yo solo contra tantos. Mas, por otra parte, sucede que para algunos de los motivos por los que me niego a jurar tengo yo de mi parte -como confío tener- un consejo igualmente grande, e incluso más, y entonces no estoy ya obligado a cambiar mi conciencia y conformarla al consejo de un reino, contra el consejo general de la cristiandad (Tomás Moro). Gracias a Santa Clara de Estella.

Suicidio y el descenso de Jesús al infierno. Artículo.

En un libro titulado Peculiar Treasures (Tesoros peculiares), el reconocido novelista y escritor espiritual Frederick Buechner reflexiona sobre la figura de Judas, el hombre que traicionó a Jesús con un beso y luego murió por suicidio.

Buechner, quien había perdido a su propio padre por suicidio, especula sobre las razones por las que Judas muere por suicidio. Recurriendo a una antigua tradición de la Iglesia, sugiere que quizás Judas eligió el suicidio por esperanza y no por desesperación; es decir, que se sintió condenado y confió en la misericordia de Jesús después de la muerte, pensando que tal vez “el infierno podría ser su última oportunidad de llegar al cielo”.

Luego, imaginando el descenso de Jesús al infierno, Buechner escribe:
“Es una escena para evocar. Una vez más se encontraron en las sombras, los dos viejos amigos, ambos un poco maltrechos después de todo lo ocurrido, solo que esta vez fue Jesús quien dio el beso, y esta vez no fue el beso de la muerte el que se dio.”
(Jeffrey Munroe, Reading Buechner, InterVarsity Press)

Como cristianos, como parte misma de nuestra fe profesada en los Credos, creemos que después de su muerte Jesús “descendió a los infiernos”. ¿Qué significa esto?

La concepción popular de esto —reflejada en el lenguaje de nuestra catequesis, en nuestra iconografía y en la piedad cristiana— podría resumirse así:
Después del pecado de Adán y Eva, el llamado “pecado original”, las puertas del cielo quedaron cerradas, de modo que desde el tiempo de Adán y Eva hasta la muerte de Jesús, nadie podía entrar en el cielo. Sin embargo, con su muerte, Jesús expió nuestros pecados y, durante el tiempo entre su muerte el Viernes Santo y su resurrección el Domingo de Pascua, fue a ese lugar en el inframundo, el Sheol, donde estaban esperando todas las personas buenas que habían muerto a lo largo de la historia, y las condujo al cielo. Ese fue su “descenso a los infiernos”.

Pero, más allá de la literalidad de esa concepción popular, hay una poderosa verdad teológica que sustenta esta doctrina. En esencia, es la siguiente:
El amor y la compasión que Jesús manifestó en su muerte tienen el poder de llegar hasta el mismo infierno; es decir, no hay ningún “infierno” (físico, psicológico o espiritual) que podamos crear del que el amor de Cristo no pueda penetrar para ofrecer sanación a la herida misma que causó ese infierno.

El amor, la sanación y el perdón de Dios pueden penetrar cualquier infierno que podamos crear y sanar la herida que lo provocó.

Quizás esta sea la doctrina más consoladora, no solo del cristianismo, sino de todas las religiones. Cuando estamos impotentes para ayudar a otros o a nosotros mismos, Dios aún puede ayudarnos.

Por esta razón, los cristianos no creemos en la reencarnación. No es necesaria. No necesitamos estar completamente en orden para ir al cielo. Cuando estamos impotentes, Dios puede hacer por nosotros lo que no podemos hacer por nosotros mismos.

Eso es un profundo consuelo, porque no todos mueren una muerte feliz. Muchos de nosotros morimos con enojo, con amargura, sin reconciliarnos del todo con los demás, con asuntos pendientes del alma. Y algunos mueren por suicidio, encerrados en un infierno privado en el que, debido a una enfermedad o herida más que a una culpa moral, creen que su muerte es su única vía hacia la vida.

La doctrina del descenso de Jesús a los infiernos es particularmente útil para comprender cómo Dios acoge a quienes mueren por suicidio. Durante demasiado tiempo hemos vivido con una angustia falsa al respecto, temiendo que el suicidio sea una grave falla humana y moral, un acto de desesperación, imperdonable (al menos en esta vida). Sin embargo, en la mayoría de los casos, se trata de una enfermedad, no de una elección libre. Al igual que el cáncer, un infarto o un accidente, el suicidio saca a una persona de la vida en contra de su voluntad consciente. Por esta razón, se nos invita a no usar más la expresión “se suicidó”. Nadie “comete” cáncer o “comete” un infarto. Uno “sucumbe” ante ellos. Lo mismo sucede con la mayoría de los suicidios.

Con esto en mente, podemos apreciar mejor la imagen que Frederick Buechner utiliza al reflexionar sobre el suicidio de Judas y su encuentro con Jesús en el infierno.

En esencia, esta es la imagen de Buechner: Después de traicionar a Jesús, Judas desciende a un infierno privado en el que siente que lo que ha hecho no puede ser perdonado y que está condenado para siempre a vivir en esa oscuridad. Esa falsedad, esa enfermedad, esa lógica fatalmente equivocada le dice que ir al infierno es su última oportunidad de ir al cielo. Entonces, se quita la vida. Después de su muerte, Jesús lo encuentra en las sombras de ese infierno mal entendido y lo besa, no con condena ni con juicio, sino con amor incondicional, comprensión y perdón.

Esta imagen, creo, puede ayudarnos a comprender lo que ocurre en el suicidio: la lógica equivocada de quienes se quitan la vida, y el amor compasivo y perdonador de Dios que desciende a su infierno privado, donde creen erróneamente que su muerte es un favor para sus seres queridos y que “el infierno podría ser su última oportunidad de ir al cielo.” Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés.

Vendrán de oriente y occidente, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.

 



Domingo XXI del Tiempo Ordinario

La página evangélica de hoy nos presenta dos grandes imágenes que sólo esperan ser interpretadas a la luz del contexto que las envuelve. Por una parte, está la imagen de la puerta estrecha, por la que hemos de esforzarnos en pasar, si queremos entrar; por otra, está la imagen del gran cortejo que se forma desde todas las partes de la tierra hacia aquella ciudad bendita en la que tiene lugar el banquete del Reino de Dios.

Con la primera imagen, Jesús no intenta ofrecernos una respuesta directa a los que le han preguntado si "son pocos los que se salvan"; se limita a invitarnos a la lucha, al compromiso, a la resistencia. Y es bastante significativo que, en este contexto, Lucas no pase, como Mateo, de la "puerta estrecha" a la "puerta ancha", sino de la "puerta estrecha" a la "puerta cerrada", con lo que acentúa el carácter dramático de un desenlace que podría revelarse absolutamente negativo. Jesús afirma una vez más con claridad que seguirle por el camino del Evangelio es una cosa muy seria, algo que requiere una opción fundamental y, sobre todo, un esfuerzo continuado. El verbo griego correspondiente a "esforzaos", en modo imperativo además, expresa la idea de lucha, de prontitud y de urgencia. No sólo es menester hacer acopio de todas las energías posibles, sino que no podemos perder ni un segundo de tiempo.

La segunda imagen le sirve al evangelista para desarrollar un segundo pensamiento, el que contrapone las pretensiones de unos pocos a la sorpresa de muchos. También aquí detectamos un tono polémico en las palabras de Jesús: ya tuvo que reaccionar otras veces contra la jactancia de los judíos, que se enorgullecían de sus tradiciones y, sobre todo, de su identidad nacional. Y es que para Jesús ya no existe ahora ninguna situación de vida que pueda poner a alguien por encima de otro. Dios mismo no hace acepción de personas (cf. Hch 10,34; véase también Le 20,21). Ni siquiera tiene importancia el conocimiento personal del Jesús terreno; lo único que vale es seguirle con todo el esfuerzo, con plena libertad y con una disponibilidad total. La escena final, tan bien dibujada por esta página evangélica, nos pone ante una gran peregrinación en la que pueden participar todos los que, aunque no tengan vínculos de sangre con Abrahán, han heredado el don de la fe.



 Gracias a: Rezando Voy,Santa Clara de Estella y Ciudad Redonda



El purgatorio como purificación a través del amor. Artículo.

Imagina haber nacido ciego y vivir hasta la adultez sin haber visto nunca la luz ni los colores. Luego, gracias a una operación milagrosa, los médicos logran devolverte la vista. ¿Qué sentirías al abrir los ojos por primera vez? ¿Asombro? ¿Desconcierto? ¿Éxtasis? ¿Dolor? ¿Alguna combinación de todo ello?

Hoy en día conocemos la respuesta a esa pregunta. Este tipo de operaciones para devolver la vista ya se han realizado, y sabemos algo sobre cómo reacciona una persona al ver la luz y el color por primera vez. Lo que sucede puede sorprendernos. Así lo describe J.Z. Young, experto en el funcionamiento del cerebro:

“El paciente, al abrir los ojos, experimenta poco o ningún disfrute; de hecho, encuentra la experiencia dolorosa. Informa solo de una masa giratoria de luz y colores. Resulta ser completamente incapaz de tomar objetos con la vista, reconocerlos o nombrarlos. No tiene una noción del espacio con objetos en él, aunque por el tacto conoce perfectamente los objetos y sus nombres. ‘Por supuesto’, dirás, ‘debe tomarse un tiempo para aprender a reconocerlos con la vista’. No un poco de tiempo, sino mucho tiempo, de hecho, años. Su cerebro no ha sido entrenado en las reglas de la visión. No somos conscientes de que existen tales reglas; pensamos que vemos, como solemos decir, de forma natural. Pero en realidad hemos aprendido todo un conjunto de reglas durante la infancia.” (Ver: Emilie Griffin, Souls in Full Flight, pp. 143-144)

¿Podría ser esta una analogía útil para entender lo que nos ocurre en lo que los católicos romanos llaman purgatorio? ¿Podría comprenderse la purificación que experimentamos después de la muerte de forma análoga, es decir, como una apertura de nuestra visión y nuestro corazón hacia una luz y un amor tan plenos, que nos obligan a un dolorosa reaprendizaje y a una nueva conceptualización, como en el caso descrito? ¿Podría entenderse el purgatorio precisamente como el ser abrazados por Dios de una manera tal que la calidez y la luz perfectas empequeñecen por completo nuestros conceptos terrenales de amor y conocimiento, de modo que, como una persona nacida ciega que recibe la vista, necesitamos luchar, incluso dentro del éxtasis de esa luz, para adaptarnos a una forma radicalmente más profunda de pensar y amar? ¿Y si el purgatorio no fuera ausencia de Dios ni castigo o retribución por el pecado, sino lo que nos ocurre cuando finalmente somos plenamente abrazados —en éxtasis— por Dios, amor perfecto y verdad perfecta?

De hecho, ¿no es esto hacia lo que ya nos orientan en esta vida la fe, la esperanza y la caridad, las tres virtudes teologales? ¿No es la fe un saber más allá de lo que podemos conceptualizar? ¿No es la esperanza un anclarnos en algo que está más allá de lo que podemos controlar y garantizar por nosotros mismos? ¿Y no es la caridad un salir más allá de lo que afectivamente nos resulta natural?

San Pablo, al describir nuestra condición en la tierra, nos dice que en esta vida solo vemos “como en un espejo, oscuramente”, pero que después de la muerte veremos “cara a cara”. Claramente, al describir nuestra situación presente, está destacando una cierta ceguera, una oscuridad congénita, una incapacidad de ver realmente las cosas como son. Es significativo notar también que lo dice en un contexto en el que afirma que ya ahora, en esta vida, la fe, la esperanza y la caridad ayudan a disipar esa ceguera.

Claro que todo esto son solo preguntas, quizás inquietantes tanto para protestantes como para católicos. Muchos protestantes y evangélicos rechazan el mismo concepto de purgatorio alegando que, bíblicamente, solo existen dos destinos eternos: cielo e infierno. Muchos católicos, por otro lado, se sienten incómodos cuando el purgatorio parece alejarse de la concepción popular como un lugar o estado separado del cielo. Pero el purgatorio entendido de esta manera —como una apertura total de nuestros ojos y corazones que causa una dolorosa nueva comprensión de la realidad— podría hacer el concepto más aceptable para protestantes y evangélicos, y ayudar a eliminar algunas connotaciones populares erróneas dentro de la piedad católica.

La verdadera purificación solo puede suceder a través del amor, porque solo cuando experimentamos el auténtico abrazo del amor podemos ver claramente nuestro pecado por lo que es, y recibir la gracia para superarlo.
Solo la luz disipa la oscuridad, y solo el amor expulsa el pecado.

Teresa de Lisieux solía orar a Dios diciendo: “¡Castígame con un beso!”
El abrazo del amor pleno es la única purificación posible del pecado, porque solo cuando somos abrazados por el amor comprendemos realmente qué es el pecado y, solo entonces, se nos da el deseo, la visión y la fuerza para vivir en el amor y en la verdad.

Pero esa irrupción del amor y de la luz puede ser, todo al mismo tiempo, deliciosa y desconcertante, extática e inquietante, maravillosa y desgarradora, eufórica y dolorosa — nada menos que el purgatorio. Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés / Imágen Depostitphotos

Santa María Virgen y Reina. 22 de agosto.

Celebramos a María, la madre de Jesucristo y madre nuestra, glorificada por el Padre como Reina junto a su Hijo. 

Aunque el título de Reina se atribuye a María desde antiguo -recuérdese la Salve Regina, el Regina coeli o las letanías lauretanas- su fiesta fue instituida por Pío XII en 1954. 

Desde el año siguiente, la Iglesia la celebraba el 31 de mayo, como coronación del mes mariano. 

En la última reforma litúrgica, la celebración se ha trasladado al 22 de agosto, octava de la Asunción, para subrayar el vínculo de la realeza de María con su participación especial en la obra de la redención y en el misterio de la Asunción. 

Dice el Concilio Vaticano II en su Constitución dogmática: «María fue asunta a la gloria celestial y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemeje de forma más plena a su Hijo»

Oración: Dios todopoderoso, que nos has dado como Madre y Reina a la Madre de tu Unigénito, concédenos que, protegidos por su intercesión, alcancemos la gloria de tus hijos en el reino de los cielos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. Fuente: santaclaradeestella.es


Poesía y espiritualidad. Artículo.

¿Quién lee poesía hoy en día? En esta era digital, en un tiempo donde lo práctico y comprobable ha reemplazado en gran parte a lo espiritual, ¿qué valor tiene la poesía? ¿Qué aporta?

Uno de los grandes pensadores de nuestra época, Charles Taylor, responde a esta pregunta en su libro Conexiones cósmicas. La poesía en la era del desencanto. Según él, la poesía está hecha para volver a encantarnos, para ayudarnos a ver más allá del aburrimiento de lo cotidiano y redescubrir la conexión profunda que existe entre todas las cosas.

Taylor dice que cuando somos niños estamos en contacto natural con ese orden profundo del universo, pero al crecer lo vamos perdiendo. Aun así, sentimos que nos falta algo, un deseo vago de volver a sentirnos completos.

Ahí es donde la buena poesía puede ayudarnos.

Cuando vivimos una experiencia, no solo la recibimos como una cámara que toma una foto. Le damos sentido. En palabras de Taylor: “No solo registramos cosas; recreamos su significado”. Así, como toda buena obra de arte, la poesía tiene la tarea de transformar una escena para que su orden más profundo se haga visible. El poeta francés Stéphane Mallarmé decía que el arte no debe pintar algo en sí, sino pintar el efecto que causa.

Para Taylor, un buen poema puede hacer eso. ¿Cómo? Ayudándonos a ver desde una perspectiva más amplia.

Cuando estamos muy metidos en nuestras propias vidas, estamos demasiado cerca como para entender bien lo que sentimos. La poesía le da forma a lo que vivimos, lo convierte en historia, en drama, y eso nos permite verlo con más claridad y dignidad. Por ejemplo, cuando se expresa poéticamente una emoción dolorosa, podemos mirarla desde fuera. El trabajo del poeta es hacer poesía con lo que normalmente no lo es. Como decía William Wordsworth, la poesía es “emoción recordada en tranquilidad”.

Para eso, el poeta necesita usar un lenguaje diferente.

Taylor lo explica así:

“La poesía es una ‘traducción’ de la comprensión en un lenguaje más sutil. Lo que no se puede explicar bien con palabras técnicas –como el valor, la moral, el amor, la belleza o el arte– necesita otros lenguajes para poder explorarse”.

El lenguaje práctico o científico sirve para describir el mundo de forma útil y clara, pero ya no lo vemos como un lugar donde habita el espíritu o la magia. Vemos el universo como un sistema de leyes que se pueden medir y controlar.

Taylor señala que hay una gran diferencia entre ese lenguaje práctico, que sirve para nombrar y manejar cosas, y el lenguaje de la poesía y del arte, que revela la esencia profunda de lo que nos rodea. El lenguaje poético nos hace sentir que algo nos llama, que no estamos solos, que hay alguien o algo ahí fuera.

La poesía, como la música, va más allá de las palabras comunes. Pero, ¿qué tiene todo esto que ver con la espiritualidad, especialmente con la espiritualidad cristiana? ¿No son la poesía y el arte algo subjetivo y, por tanto, sin valor moral?

Taylor no está de acuerdo. Él afirma que el buen arte y la buena poesía no son solo una cuestión de gustos, sino que tocan algo más profundo. Los significados que descubrimos en ellos tienen su lugar junto a las exigencias morales y éticas. ¿Por qué? Porque, según Taylor, la buena poesía nos da alegría, no solo placer.

¿La diferencia?

El placer intenso puede encerrarnos más en nosotros mismos.
La alegría, en cambio, aparece cuando descubrimos o recordamos algo bueno con sentido espiritual o ético.

La alegría, dice Taylor, despierta una intuición sentida que no es solo subjetiva. Es una apertura a lo esencial, a Dios.

Finalmente, Taylor cita al poeta Baudelaire, que decía:

“Es por y a través de la poesía y la música que el alma vislumbra el esplendor que hay más allá de la muerte; y cuando un poema hermoso nos hace llorar, esas lágrimas no son prueba de un placer excesivo, sino la señal de una tristeza inquieta, de una naturaleza que se siente fuera de lugar en este mundo y que desea alcanzar, aquí y ahora, un paraíso revelado.”

Entonces, ¿qué tiene que ver la poesía con la espiritualidad? Parafraseando a San Agustín:

“Nos hiciste, Señor, para ti, y cuando la poesía y la música agitan nuestro corazón con esa tristeza inquieta, entendemos que nuestro descanso verdadero solo está en ti.” 

Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés

He venido a arrojar un fuego sobre la tierra

 



Domingo XX del Tiempo Ordinario

Esta página, en el contexto del capítulo 12 del evangelio de Lucas, está también al servicio del gran tema de la espera. El cristiano, para poder decir que vive realmente esperando a Aquel que viene, no sólo debe adoptar las actitudes de la vigilancia (Lc 12,35-40) y de la fidelidad (Lc 12,41-48), sino que también debe darse cuenta del carácter trágico del momento que está viviendo: éste es el tema de la liturgia de la Palabra de hoy (Lc 12,49-53), al que el evangelista le añade el otro tema, igualmente importante, de la obligación de discernir los llamados "signos de los tiempos", una tarea de la que el cristiano no puede sustraerse en absoluto.

El carácter trágico de la espera lo expresa Lucas con las imágenes del fuego y del bautismo: Jesús expresa su vivo deseo de pasar a través de las aguas purificadoras del sacrificio de la cruz y de este modo se presenta como el modelo al que debemos atender y adecuarnos como creyentes. En efecto, de nada valdría darse cuenta del carácter trágico del momento histórico si no nos decidiéramos a seguirle a él con las mismas intenciones y con la misma determinación que le sostuvieron durante toda su vida terrena. Yendo más allá de las imágenes, Jesús concede a sus discípulos una nueva posibilidad de interpretar el sentido de su presencia en el mundo: "Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues no, sino división" (v. 51). No podría haber palabras más claras para hacernos comprender el carácter dramático del momento, tanto para nosotros como para él.

No obstante, para sostener esta descomunal tarea, Jesús ofrece a la gente de su tiempo una clave de lectura, con la finalidad de vencer una serpenteante y difusa "ignorancia y ofrecer un criterio hermenéutico seguro para la lectura de los "signos de los tiempos". El tono de estas palabras de Jesús es, en verdad, un tanto polémico: Jesús no se ocupa aquí de la ciencia meteorológica, en aquel tiempo tal vez menos desarrollada que en nuestros días, sino que pone de manifiesto la distancia que existe entre ésta y el verdadero conocimiento de este  tiempo, enriquecido con la presencia de Jesús y, por ello, decisivo para la salvación. Para Jesús, la de sus interlocutores no es sólo incapacidad, sino que es hipocresía, porque los signos están ahí -y clarísimos-; sin embargo, muchas personas de su tiempo, como del nuestro, se niegan a verlos e interpretarlos. Los signos del tiempo, en efecto, se dejan captar y comprender no en el sol, en la luna y en las estrellas, sino en la vida de Jesús, sobre todo en su misterio pascual. Y quien no posee esta clave de lectura nunca conseguirá captar el sentido de la historia.



 Gracias a: Rezando Voy,Santa Clara de Estella y Ciudad Redonda

Fiesta de los Beatos Mártires de Barbastro. 13 de agosto.

Un Dios Prohibido. Película completa.

Celebramos el 13 de agosto, la fiesta de los Beatos Mártires de Barbastro: 51 sacerdotes, hermanos y novicios claretianos asesinados en agosto de 1936 por militantes de la CNT. El 88% del clero de la diócesis de Barbastro fue martirizado, incluidos 39 seminaristas.

Imagen en blanco y negro de una persona

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El 20 de julio de 1936, durante la Guerra Civil española, unos sesenta milicianos irrumpieron armados en el seminario de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (o Claretianos) de Barbastro. Querían requisar las armas que había en él. Naturalmente en el Seminario no había armas. Era la excusa.

Capturaron y encarcelaron a toda la comunidad misionera y, sin juicio previo, la condenaron a muerte por la única razón de que sus miembros eran religiosos. Quienes presenciaron la detención cuentan que, en la calle, se vivió una mezcla de emociones: “Muchos insultaban y amenazaban a los Misioneros, que caminaban pacíficamente, sin un mal gesto, sin una mala palabra, con la mirada serena y fija en el suelo. Pero bastantes se compadecieron de aquellos jóvenes, diciendo 'son tan jóvenes...'”. Así lo contaban los más ancianos del lugar.

Consiguieron sacar del Seminario el Santísimo, en un pequeño maletín, y consiguen comulgar durante el día, gracias al cocinero A diario, este preparaba el desayuno y ponía entre el pan y el chocolate, trocitos de la Sagrada Forma, hasta que se terminaron. Y algunos se guardaban ese trocito, se ponían de acuerdo entre ellos, para luego poder hacer adoración. ¿Dónde está la fuerza del cristiano? en Jesús, en la Eucaristía.

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Gracias a los italianos Atilio-Cecilio Parussini, natural de Rosario (Argentina), de 22 años y a Pablo Hall, natural de Cuatraché, (Pampa, Argentina), de 25 años que al ser extranjeros pudieron salvarse, pusieron a salvo objetos personales de los mártires y la llamada Carta de despedida de los seminaristas a la Congregación que escribió Faustino Pérez fechada el 13 de agosto de 1936 en un envoltorio de chocolate:

“Querida Congregación. Anteayer, día 11, murieron, con la generosidad con que mueren los mártires, 6 de nuestros hermanos; hoy, 13, han alcanzado la palma de la victoria 20, y mañana, 14, esperamos morir los 21 restantes. ¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios! ¡Y qué nobles y heroicos se están mostrando tus hijos, Congregación querida! Pasamos el día animándonos para el martirio y rezando por nuestros enemigos y por nuestro querido Instituto; cuando llega el momento de designar las víctimas hay en todos serenidad santa y ansia de oír el nombre para adelantarse y ponerse en las filas de los elegidos; esperamos el momento con generosa impaciencia, y cuando ha llegado, hemos visto a unos besar los cordeles con que les ataban, y a otros dirigir palabras de perdón a la turba armada; cuando van en el camión hacia el cementerio, les oímos gritar ¡Viva Cristo Rey! El populacho responde ¡Muera! ¡Muera! Pero nada los intimida. ¡SON TUS HIJOS, CONGREGACIÓN QUERIDA, estos que entre pistolas y fusiles se atreven a gritar serenos cuando van a la muerte VIVA CRISTO REY! Mañana iremos los restantes y ya tenemos la consigna de aclamar, aunque suenen los disparos, al Corazón de nuestra Madre, a Cristo Rey, a la Iglesia Católica y a Ti, MADRE COMÚN DE TODOS NOSOTROS. Me dicen mis compañeros que yo inicie los vivas y que ellos responderán. Yo gritaré con toda la fuerza de mis pulmones, y en nuestros clamores entusiastas adivina tú, Congregación querida, el amor que te tenemos, pues te llevamos en nuestros recuerdos hasta estas regiones de dolor y muerte. Morimos todos contentos sin que nadie sienta desmayos ni pesares; morimos todos rogando a Dios que la sangre que caiga de nuestras heridas no sea sangre vengadora, sino sangre que entrando roja y viva por tus venas, estimule su desarrollo y expansión por todo el mundo. ¡Adiós, querida Congregación! Tus hijos, mártires de Barbastro, te saludan desde la prisión y te ofrecen sus dolorosas angustias en holocausto expiatorio por nuestras deficiencias y en testimonio de nuestro amor fiel, generoso y perpetuo. Los mártires de mañana, 14, recuerdan que mueren en vísperas de la Asunción; ¡y qué recuerdo éste! Morimos por llevar la sotana y morimos precisamente en el mismo día en que nos la impusieron. Los mártires de Barbastro, y en nombre de todos, el último y el más indigno, Faustino Pérez, cmf. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de María! ¡Viva la Congregación! Adiós, querido Instituto. Vamos al cielo a rogar por ti. ¡Adiós! ¡Adiós!”.

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Les ofrecieron la libertad a cambio de renunciar a su fe. Todos prefirieron permanecer fieles aun sabiendo que esta elección les costaría la vida. Un hombre, que estaba de guardia, se acercó a un seminarista, Salvador Pigen. Le conocía desde que trabajó en el Hotel Centro de Gerona, donde trabajaban unos familiares de Salvador. El guardia le propuso sacarlo por la noche, y salvarlo del fusilamiento, relató el sacerdote. Salvador le contestó “si me salvas con los demás, acepto". A Manuel Torras le pasó lo mismo. Un miliciano, del mismo pueblo, incluso de la misma calle, le reconoce y le intentó sacar por la noche. Manuel respondió "Si es con todos, sí". Miguel Massip, que tampoco aceptó la propuesta si no era liberado junto a sus compañeros. Los seminaristas claretianos declinaron la oferta. Respondieron "o salen todos, o no hay nada que hacer. No podemos abandonar a nuestros compañeros".

A pesar del sufrimiento que padecieron, los Mártires vivieron aquellos días con alegría y compañerismo. Nunca perdieron la sonrisa durante su cautiverio, aunque vivieron momentos muy tensos en la cárcel. En el ambiente había muchos gritos, pues la gente se asomaba por las ventanas, insultando y burlándose de los seminaristas.

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Antes de ser ejecutados, intentaron que los 41 jóvenes seminaristas claretianos apostataran de la Iglesia, para hacerles «disfrutar de los goces de la vida», introdujeron prostitutas en la improvisada cárcel en la que permanecieron una semana. Ninguno lo hizo.

Todos murieron de rodillas, gritando “¡Viva Cristo Rey!" y perdonando a sus verdugos. Fueron beatificados en 1992 por San Juan Pablo II. En palabras de San Juan Pablo II murieron "por ser discípulos de Cristo, por no querer renegar de su fe y de sus votos religiosos".

Los Mártires de Barbastro se llamaban: Felipe de Jesús Munárriz Juan Díaz Nosti Leoncio Pérez (los tres 3 superiores del Seminario) Sebastián Calvo Pedro Cunill José Pavón Nicasio Sierra Wenceslao Claris Gregorio Chirivás Secundino Ortega Juan Echarri Javier Luis Bandrés Pedro García José Brengaret Hilario Llorente Manuel Buil Alfonso Miquel Antolín María Calvo Ramón Novich Tomás Capdevila José María Ormo Esteban Casadevall Salvador Pigen Eusebio Codina Teodoro Ruiz de Larrinaga Juan Codinachs Juan Sánchez Antonio Dalmau Manuel Torras Luis Masferrer Francisco Castán José María Amorós Luis Escalé José María Badía José Figuero Juan Baixeras Ramón Illa José María Blasco Eduardo Ripoll Luis Lladó Francisco Roura Miguel Massip José María Ros Manuel Martínez Jarauta Alfonso Sorribes Faustino Pérez Agustín Viela Sebastián Riera Rafael Briega Morales Jaime Falgarona Atanasio Vidaurreta. Fuente: Universitarios Católicos