Venid a mi todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré.

 





Domingo XIV del Tiempo Ordinario


Esta perícopa, casi idéntica a Lc 10,21-22, ha sido definida como <<el Magnificat de Jesús". Los sinópticos dan testimonio de que Jesús tenia conciencia de ser el Hijo de Dios de forma única e inefable. Unos pocos versículos bastan para mostrar el corazón de este Hijo e invitamos a poner en él nuestro cobijo.

El contexto, ligeramente diferente en Mateo y Lucas por motivos redaccionales, destaca en ambos el marcado contraste entre la mentalidad común y los pensamientos de Dios (cf Is 55,8ss). Jesús bendice al Senior del cielo y de la tierra llamándolo familiarmente <<Padre" y alaba el conocimiento que, insondable en su sencillez, no se puede adquirir mediante el esfuerzo o trabajo humano. Este conocimiento es puro don de Dios, revelación de Dios a los sencillos (nepíoi v. 25). Solo los <<pequeńos" son capaces de acoger con naturalidad, los misterios del Reino de los Cielos anunciados por Jesús. El lo subraya con claridad: tal es el plan del Padre.

En esta afirmación, Jesús nos revela su rostro interior perfilado por una adhesión inquebrantable a la voluntad de Dios, de quien recibe todo y al que le devuelve todo con obediencia amorosa (vv. 26-27a). Esta obediencia inaugura una comunión perfecta con Dios, que en el lenguaje bíblico se expresa con el término conocimiento: no un conocer nocional, sino una relación vital, en la que el Hijo puede introducimos (v. 27b).

Retomando la antigua invitación de la Sabiduría (Prov 8,5; 9,5), llama a los oprimidos por el peso de las tribulaciones de la vida y les ofrece un yugo diferente al de la Ley. Acoger las enseńanzas de Jesús no significa, en efecto, cargar con un cúmulo de normas a observar, sino aprender de él la sencillez y humildad de corazón, que hacen mas llevadera la prueba y mas leve la tribulación (vv 28-30). Quien concuerda su corazón con el del Hijo encuentra descanso y sosiego (v. 29b): el peso del Amor alza a quien lo lleva.

La liturgia de la Palabra de hoy, como un sorbo de agua de manantial, reconforta nuestra sed de caminantes. Todo lo sencillo e intacto conserva el poder de encandilamos y renovarnos internamente si por un instante nos detenemos y disfrutamos de ello. Con la sencillez de los pequeńos, Jesús desenmascara los propósitos que nos formamos, quizá de buena fe, pero que no se corresponden con los planes de Dios. Con frecuencia, nos empeńamos en trabajar por el Reino de los Cielos con materiales y utensilios equivocados: nos hacemos una idea del <<éxito" que solo encaja en un horizonte estrecho, abajo el dominio de la carne". La Palabra nos llama a la humildad de Dios y de Cristo, nos conduce a la rectitud que triunfará el día del Seńor nos invita a edificar la paz en nuestro alrededor apaciguando el corazón.

Admitamos que aun no nos hemos aprendido esta lección; verdaderamente, no conocemos ni al Padre ni al Hijo. Ser conscientes de ello es el primer fruto de escuchar la Palabra. Seamos sus discípulos: <<Venid a mi", nos dice la Sabiduría. Despojaos de los sofisticados andamios de vuestra pretendida inteligencia y eficiencia, que terminan aprisionándoos. Descended a las extremas profundidades de mi muerte, y mi Espíritu os resucitaré internamente para una vida nueva y libre. Si la libertad y la paz son valores todavía estimados, su nombre secreto no esta de moda: humildad y sencillez de corazón. Miremos al Dios hecho hombre: contemplémosle y quedaremos radiantes.

Te ruego, Seńor que derribes los andamios de mi ciencia humana; líbrame de la lógica enmarańada de mis razonamientos, de mi orgullosa autosuficiencia, y concédeme la sencillez del nińo, que descubra cada mańana la novedad de todo cuanto sucede, cuando siempre parece igual. Hazme pequeńo y libre, Seńor, que me encuentre entre los dichosos que tienen ojos para ver y oídos para oír las grandes cosas que has revelado. Y entonces comprenderé que el nuevo orden del mundo, el orden de la justicia y de la paz, lo has depositado en mis manos. Amen.