Una tradición del corazón – Devociones católicas. Artículo

Crecí en un hogar católico y las devociones fueron siempre una parte vital de nuestra dieta religiosa. Aunque en mi familia la Eucaristía tenía más importancia que las devociones, alimentábamos mucho nuestra vida espiritual con ellas, como lo hacían muchos católicos de aquella época.

Entre otras cosas, rezábamos el rosario todos los días, el ángelus a diario, letanías especiales (a San José en marzo, a María en mayo y octubre, y al Sagrado Corazón de Jesús en junio), el Vía Crucis cada viernes de Cuaresma, asistíamos con ansia a la Eucaristía los primeros viernes y los primeros sábados para obtener promesas especiales de Dios, y recitábamos oraciones particulares para ganar indulgencias.

Además, quienes podían permitírselo hacían peregrinaciones a santuarios marianos, y casi todos llevaban medallas de Lourdes o de Fátima y tenían una devoción especial a esos lugares (en mi familia y en mi parroquia había una especial devoción a Nuestra Señora del Cabo, en Cap-de-la-Madeleine, Quebec). Las devociones eran una parte muy importante de nuestra vida espiritual.

¿Qué se puede decir de las devociones desde un punto de vista teológico y desde la mirada de una cultura que en gran medida desconfía de ellas?

Podemos empezar con la reacción de Martín Lutero y de los grandes reformadores protestantes. Ellos temían dos cosas en las devociones. En primer lugar, que en aquel tiempo algunas devociones estaban descontroladas y eran simplemente mala teología (como la famosa venta de indulgencias). En segundo lugar, consideraban que las devociones no eran necesariamente malas en sí mismas, pero que a menudo desplazaban a Jesús y a la Palabra de Dios como centro y foco principal. Por eso se distanciaron prácticamente de todas las devociones católicas, tanto de las descontroladas como de las sanas.

En gran medida, esa desconfianza protestante y evangélica hacia las devociones católicas ha llegado hasta nuestros días. Aunque hoy esa desconfianza está cediendo en algunas iglesias no católicas, sigue siendo la actitud predominante en la mayoría de los ambientes protestantes y evangélicos. En resumen, desconfían de la mayoría de las devociones porque no solo se ven como una distracción respecto a la centralidad de Jesús y de la Palabra, sino también como posibles contaminantes poco saludables, como comida basura en nuestra dieta espiritual.

¿Qué decir sobre esto?

Es una advertencia justa y necesaria para los católicos (y otros) que alimentan su vida espiritual con devociones. En definitiva, las devociones fácilmente pueden asentarse en una teología frágil y convertirse en comida basura que contamina nuestra dieta espiritual: donde las devociones sustituyen a la Escritura, María sustituye a Jesús como centro, y ciertas prácticas rituales hacen parecer a Dios como un muñeco atado a un hilo.

Ahora bien, admitido esto, como decía Goethe, los peligros de la vida son muchos, y la seguridad es uno de esos peligros. Sí, las devociones pueden ser un riesgo, pero también pueden ser un suplemento rico y saludable en nuestra dieta esencial de Palabra y Eucaristía.

Eric Mascall (el renombrado teólogo anglicano en Oxford, contemporáneo de C. S. Lewis, J. R. R. Tolkien, Dorothy Sayers y Austin Farrer) expone así tanto el peligro de las devociones como el peligro de prescindir de ellas: los reformadores protestantes (Lutero, Calvino, Zwinglio) estaban tan temerosos de la contaminación por las devociones católicas que nos pusieron en una dieta de antisépticos. Cuando uno sigue una dieta de antisépticos, no sufre intoxicaciones alimenticias, pero sí puede sufrir desnutrición.

Ese es un desafío tanto para quienes practican devociones como para quienes las temen. Es cierto que la teología que subyace a ciertas devociones puede ser descuidada (por ejemplo, María no es corredentora junto con Jesús). Sin embargo, en muchas devociones (a María, a los santos, a la adoración eucarística, al Sagrado Corazón) puede encontrarse una rica nutrición que ayuda a alimentar lo central, es decir, la Palabra de Dios y la Eucaristía.

La difunta Wendy Wright, en su libro Sacred Heart: Gateway to God (El Sagrado Corazón: puerta a Dios), hace una preciosa apología de las prácticas devocionales católicas, en particular de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Para ella, las prácticas devocionales católicas son una tradición del corazón. Mientras Jesús sigue siendo el centro y su resurrección el verdadero ancla de nuestra fe, las devociones pueden ofrecernos algo más allá de lo esencial en bruto.

Usando la devoción al Sagrado Corazón de Jesús como ejemplo, escribe:

«En esta devoción, nosotros, Jesús y los santos existimos de alguna manera esencial fuera de la cronología del tiempo histórico. La tradición del corazón lo muestra de manera vívida, incluso grotesca. La correspondencia divino-humana es íntima. Se descubre en la carne. Nuestros corazones de carne están hechos para todo lo que está más allá de la carne al conformarse con el corazón de Jesús. Ese corazón divino-humano es el pasaje entre la tierra y el cielo. Ese corazón es la huella tangible del amor divino en el orden creado. Ese corazón es el anhelo más amplio y más salvaje del propio amor humano».

Los peligros de la vida son muchos, y la seguridad es uno de esos peligros. Las devociones pueden desviarnos de lo que es más central y apoyarse en una teología cuestionable, pero también pueden ser, en palabras de Wendy Wright, un bendito pasaje del corazón entre el cielo y la tierra. Ron Rolheiser OMI / Artículo original en inglés

El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo, no.

 





Este fragmento del evangelio de Lucas es conocido como la parábola del fariseo y el publicano, aunque sería mejor hablar, en este caso, más que de "parábola" de un "relato ejemplar". En él se nos ofrece una enseñanza sobre las condiciones interiores de la oración.

          El fariseo pertenece a la secta de los "separados", de los "puros", de aquellos que se habían arrogado la tarea de representar, con la observancia estricta de los mandamientos y la multiplicación de las obras, al verdadero Israel, a la comunidad del tiempo de la salvación. Todo lo que dice el fariseo de sí mismo es verdadero, pero precisamente esta "justicia" es lo que le vuelve impuro ante Dios, porque se considera autorizado a juzgar a los otros y a sentirse superior a ellos.

          El publicano -el odiado recaudador de los impuestos para el Imperio romano- se encuentra verdaderamente en una situación de pecado. Lo manifiesta asimismo en su actitud exterior. No se atreve a avanzar en el templo ni a levantar los ojos al cielo. Se golpea, en cambio, el pecho en un gesto que manifiesta su conciencia del mal que se esconde en el corazón humano.

          La oración de cada uno de los dos hombres expresa su vida: la autosuficiencia de una pretendida justicia que hace al que así reza superior a los otros y se expresa a través de un extenso elenco de méritos; el pecado que nos hace pequeños ante Dios y los hermanos y que no tiene más palabras que la invocación: "Piedad". Sabemos quién fue grato a Dios y quién es entrañable a su corazón...


Todo está mal en ellos, excepto ellos mismos. Artículo.

Gilbert K. Chesterton, el famoso apologista católico, era gran amigo de George Bernard Shaw, el célebre dramaturgo, aunque Shaw, que era agnóstico, tenía serios problemas con la fe de Chesterton en Dios y, sobre todo, con su decisión de hacerse católico romano. De hecho, cuando se enteró de que Chesterton se había hecho católico, le escribió una carta expresando su decepción.

Fiel a su estilo colorido, Shaw terminaba aquella carta describiendo una visión que tenía de Chesterton yendo a confesarse:
“Vas a tener que ir a confesión la próxima Pascua, y el espectáculo – el confesionario, tu figura corpulenta arrodillada – me parece increíble, monstruoso, cómico… Ahora, sin embargo, me estoy volviendo personal (¿cómo podría ser sincero de otra manera?).”

A pesar de estas diferencias, siguieron siendo grandes amigos. Se respetaban profundamente y se valoraban mutuamente. De hecho, en un momento dado, Chesterton sintió la necesidad de defender a Shaw de algunos cristianos bienintencionados que lo atacaban por ser agnóstico. Y escribió en su defensa:
“Hay una verdad fundamental en la que nunca he estado en desacuerdo con él, ni por un momento. Sea lo que sea, nunca ha sido un pesimista ni un derrotista en cuestiones espirituales. Al menos está del lado de la Vida. Todo está mal en él, excepto él mismo.”

Sospecho que muchos de nosotros tenemos amigos así, personas que ya no caminan con nosotros por el sendero de la fe explícita. Desde un punto de vista cristiano, casi todo está mal en ellos, excepto ellos mismos. No son ateos confesos ni agnósticos declarados, pero tampoco encajan en la descripción de un cristiano practicante. Rara vez van a misa, ignoran en gran medida la enseñanza de la Iglesia sobre la sexualidad, rezan solo en momentos de crisis, piensan que quienes vamos a la iglesia somos ingenuos y están tan metidos en la vida presente que apenas reflexionan sobre Dios, la Iglesia o la eternidad.

Y, sin embargo, irradian vida, a veces de un modo que nos desafía. Hay algo en ellos que es muy correcto, incluso inspirador y que da vida. Puede que sean agnósticos prácticos o “ateos eclesiales”, pero su presencia suele traer energía positiva, bondad, amor, inteligencia, alegría y buen humor a un lugar.

No se entienda mal: esto no significa (como sugiere una idea simplista y bastante común hoy) que los que van a la iglesia y tratan de seguir sus normas sean ingenuos e inmaduros, y que los que no van y se hacen sus propias reglas sean los iluminados y maduros. No. No hay nada de iluminado en apartarse de la Iglesia, pensar que uno está “más allá” de ella, vivir fuera de sus normas o creer que un enfoque apasionado en esta vida justifica descuidar la otra. Eso es un fallo en la religiosidad, y muchas veces también un fallo en la sabiduría y la madurez.

En pocas palabras: la energía maravillosa que vemos en tanta gente buena que ya no va a la iglesia es exactamente eso, energía maravillosa, pero no hay que confundirla con profundidad.

Por ejemplo, pienso en muchos músicos populares talentosos que logran que la gente baile. Eso no es poca cosa; incluso es algo de Dios. Bailamos demasiado poco y con frecuencia llevamos el espíritu demasiado pesado. Pero eso no nos da permiso para confundir esa energía juguetona (“Ob-la-dee, Ob-la-da, la vida sigue”) con sabiduría o profundidad. Es algo precioso hacer que la gente baile, llevar alegría a un lugar, levantar el ánimo de las personas para que disfruten un poco más de la vida. Pero no es todo, ni lo más hondo. Es lo que es: algo bueno en sí mismo, pero solo eso.

Ahora bien, está del lado correcto de las cosas. Está del lado de la vida. Ayuda a traer energía divina a un lugar, y eso necesita ser bendecido. Por eso, como cristianos, debemos bendecir a nuestros buenos amigos agnósticos “eclesiales” y dejarnos bendecir por ellos.

También por eso deberíamos ser más cuidadosos al usar frases como “cultura de la vida” o “cultura de la muerte”. Dios es el autor último de todo lo bueno, ya sea que esa bondad, luz, energía, color y calor aparezca dentro de una iglesia o fuera de ella. Y dondequiera que esa energía sea buena, ahí hay “cultura de la vida”, aunque tal vez también lleve consigo algunos elementos de “cultura de la muerte”.

Richard Rohr dice que no todo puede arreglarse o curarse, pero sí debe nombrarse adecuadamente. Lo que está mal, está mal, y debe llamarse mal; pero lo que es bueno, es bueno, y debe llamarse bueno. Yo miro a algunos de mis amigos “paganos”, su energía, su calor, lo que aportan a un lugar, y eso me levanta el corazón. Todo está mal en ellos, excepto ellos mismos. Dios también creó su alegría y su calidez. No van a la iglesia, y eso no está bien; pero a menudo están del lado de la vida y su fe implícita me ayuda a mí a seguir estando en el lado correcto de las cosas. Y eso sí que está bien.  Ron Rolheiser OMI / Artículo original en inglés

San Antonio María Claret. 24 de octubre.

Obispo, fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. Gran predicador y misionero. Fue confesor de Isabel II y participó en el Concilio Vaticano I siendo uno de los principales defensores de la infalibilidad del Papa

Nacido el 23 de diciembre de 1807 en Sallent (Cataluña). [Estudia y trabaja en Barcelona hasta que decide ingresar en el seminario de Vic, tras descubrir que su primera vocación como cartujo era equivocada. Una vez ordenado se le asigna una parroquia. Después de un periodo de labor pastoral y al ser consciente de las necesidades espirituales de la época, decide fundar una nueva Congregación].

El 16 de julio de 1849, fiesta de la Santa Cruz y de la Virgen del Carmen, en una habitación austera del seminario de Vic se reunen con el padre Claret otros cinco sacerdotes catalanes jóvenes y entusiastas. Después de santiguarse reflexivamente, inicia su plática diciendo: «Hoy comenzamos una gran obra». Aquel día comenzaba, humilde y calladamente su andadura la Congregación de Misioneros Hijos del Corazón de María (claretianos).

Biografía (clic:claret.org)

A modo de síntesis: perfil de su personalidad


Antonio María Claret es un profeta fascinado y polarizado por la misión. Vive la experiencia de los profetas. -Había muchos pasajes (proféticos) que me hacían tan fuerte impresión, que me parecía que oía una voz que me decía a mí lo mismo que leía» (Aut. n. 114). Como los profetas se siente escogido desde el seno materno, llamado (Ga 1, 15). Se siente en todo momento mediación del Espíritu.

De esta conciencia profética nace su espiritualidad, menos preocupada por la perfección personal que por la fidelidad a la misión. Su relación personal con el Señor, con María, sus experiencias eucarísticas, la virtudes que pretende, todo viene determinado por la misión evangelizadora. El vigoroso ejercicio de su misión profética provoca sucesivas persecuciones contra él que rozan lo novelesco. Es difícil encontrar en la historia de la Iglesia un profeta que supere, ni siquiera que iguale, a Claret en la virulencia de las persecuciones sufridas.

Antonio María Claret es un hombre de la Palabra; es el discípulo de la Palabra, acogida, asumida, contemplada, orada y proclamada. Es el hombre centrado en la misión, pero es que entiende que su misión es precisamente el anuncio de la Palabra. «De un modo muy particular me hizo Dios nuestro Señor entender aquellas palabras: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4, 18)» (Aut. n. 118). La suya es una espiritualidad marcadamente bíblica. Se convierte en un gran difusor de la Biblia. Claret derrocha la palabra. Parece como si sufriera una especie de obsesión por predicar, por escribir. Confiesa que no puede callar. Es incansable en el ministerio de la palabra escrita. Escribió más de doscientos libros; escribe para todos los públicos, difunde en cantidad asombrosa para su tiempo. y encauza hacia este destino una buena parte de sus ahorros.

Se siente especialmente enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres (Aut. n. 118). »Dios me ha dado una especial ternura hacia los pobres; y ellos se dan cuenta de lo mucho que les quiero». 'Hay que ahorrar más, hermano José, para poder dar más a los pobres —le reprocha al hermano coadjutor misionero que convive con él y que persiste en ponerle vino en la comida por la delicadeza de su salud—. En Madrid se convierte en el gran limosnero. La visita a los enfermos, a los presos y a los establecimientos de caridad formaba parte de su vida cotidiana.

La evangelización que realiza está llena de lucidez y realismo, sirviéndose de los medios modernos. -Mérito característico suyo —dice Pío XIes haber unido en un solo haz la predicación evangélica, el apostolado de la caridad, la organización misionera y la entrega a la pastoral de medios de comunicación, con el empleo más amplio, más moderno, más vivaz, más genial y popular del libro, del folleto, de la hoja volante». Cuando emprende el ministerio itinerante organiza equipos de misioneros que se reparten el trabajo y sirven a distintos sectores del pueblo de Dios. Es flexible en el uso de los medios; lo único que le importa es que el mensaje del Evangelio llegue al hombre y le libere. Incita a los Misioneros de su congregación a nuevas fronteras, tanto geográficas como pastorales. Les aconseja que «se valgan de todos los medios». Su apostolado es un apostolado organizado, colectivo y eclesial. Una nota característica de sus fundaciones es la corresponsabilidad en la que se articulan la acción de los sacerdotes, seglares y religiosos.

La fantasía que derrochó con los nuevos modelos textiles se convierte en fuente de inspiración de sus múltiples y novedosas actividades apostólicas. Es un hombre que crea, porque es un hombre que cree de verdad. Su creatividad apostólica es asombrosa; va dando respuesta a los nuevos desafíos. Se adelanta a los tiempos modernos y al Vaticano II en el movimiento bíblico; en tiempos de total pasividad laical promueve decididamente el apostolado seglar. Funda organizaciones apostólicas como las bibliotecas populares y parroquiales, la academia de San Miguel y la archicofradía del Corazón de María, organizaciones en las que el protagonismo corresponde a los seglares. Promueve la recuperación del ministerio de las diaconisas. Funda las religiosas en sus casas (hoy Filiación Cordimariana), una forma moderna de vida religiosa precursora de los modernos institutos seculares. Crea la granja modelo, las cajas rurales, instituciones promocionales en favor de los niños desamparados y de los campesinos pobres. Se adelanta a los modernos institutos seculares de sacerdotes promoviendo la comunidad de pastores. Funda también la librería religiosa para promover la buena prensa.

A Claret le corresponde vivir en tiempos caóticos y revolucionarios, tiempos de cambio que requieren mucho equilibrio. Claret tiene los pies en el suelo; evangeliza desde las posibilidades que hay a su alcance. Desde el comienzo de su ministerio se ha propuesto encarnar la vida profética de Jesús y sus apóstoles, lo que él llama, forma de vida apostólica»: ir siempre a pie de pueblo en pueblo, acercarse a la gente humilde y sencilla, ejercer gratuitamente el ministerio, vivir de limosna y en total pobreza; no tiene nunca casa propia, en las comidas es de una austeridad franciscana. Sus grandes aspiraciones son «morir en un hospital como pobre o en un cadalso como mártir», y muere en el destierro, expoliado incluso de su fama. Todo cuando ahorra lo dedica para ayudar a los pobres, a la difusión de la buena prensa y a las necesidades de la Iglesia.

Nuestro santo es un místico «de» la acción. No simplemente un místico «en» la acción. La acción no es para él un viento peligroso que apaga la llama débil de su vitalidad interior, sino un viento benéfico que aviva el fuego de su hoguera. La acción es para él lugar sagrado de encuentro con el Señor, lugar donde experimenta su presencia. Se propone «ser al mismo tiempo (y lo consigue) Marta y María. El mismo Pío XII, en su canonización, destaca este rasgo identificador: «Siempre en la presencia del Señor, aun en medio de su prodigiosa actividad exterior».

En una mirada superficial a la personalidad de Claret resalta su dimensión ascética: es un hombre ordenado y metódico, todo tiene su tiempo prefijado; elabora un detallado plan de vida según el cual no queda tiempo para la improvisación. Sin embargo, es un místico con rostro de asceta. Llega a tener experiencia de todos los fenómenos sobrenaturales, resaltando de un modo especial, en los últimos años de su vida, la permanencia continua de las especies sacramentales en su pecho. A la apariencia predominantemente ascética de Claret contribuye su gran reserva, su pudor y también su torpeza para expresar su interioridad e interpretar los fenómenos místicos.

Junto al rasgo eucarístico de su espiritualidad, hay que resaltar su dimensión mariana. La Madre de Jesús es locura para Claret. Cuando habla de ella exulta y se exalta místicamente. Vive su fe en Jesús cíe Nazaret inseparablemente de María, gracias a la educación familiar y gracias también a la experiencia sobrenatural de su presencia en la hora de la opción radical y vocacional cuando fue tentado. Se siente acompañado y fortalecido en el ministerio profético y apostólico por María. Su pasión mariana no tiene nada de intimista ni sensiblera, sino que es dinamizadora apostólicamente. Ella es para él «la Reina de los apóstoles», que sigue alentándole, acompañándole, implorando para él y sus Misioneros el Espíritu de Jesús que les alienta, ilumina y fortalece en la evangelización. Su Corazón es fragua de apóstoles».

Murió el 24 de octubre de 1870 a la edad de 62 años. El 25 de febrero de 1934 es beatificado por Pío XI, y el 7 de mayo de 1950 canonizado por Pío XII. Sus restos son venerados en el santuario-sepulcro de Vic (Barcelona), levantado en el solar que ocupó la casa-madre de los Misioneros. Su fiesta litúrgica se celebra el 24 de octubre. Dominicos.org Aquilino Bocos Merino, C.M.F. Texto Martínez Puche, José A.

Parábola del aprendiz de brujo.
Meditación en torno a la posmodernidad.

Cuenta esta historia que un !oven aprendiz, en ausencia de su sabio maestro, puso en funcionamiento el artefacto inventado. El funcionamiento fue perfecto. Aquella maquinaria prodigiosa, en justa exhibición del talento que la había creado, iba destrozando todo lo que encontraba a su alrededor. La angustia del joven aprendiz fue creciendo más y más por no saber desactivar los mecanismos que detuvieran el invento. Las consecuencias de aquella curiosidad imprudente y la moraleja de la historia son fáciles de sacar.

Algo parecido le sucede al joven posmoderno. Por un lado se considera heredero de un ingente legado de posibilidades que le posibilitan vivir con el menor esfuerzo. Ahora bien, el manual de instrucciones no se tiene ni se sabe interpretar o no se leen las contradicciones. Aquí está la danza maravillosa de la posmodernidad: los jóvenes disfrutan de todo lo que no se han esforzado en producir, pero también padecen sus más duras consecuencias. (De las fábulas del padre Claret.) Fuente: Santa Clara de Estella

San Juan Pablo II. 22 de octubre.



Karol Józef Wojtyla, conocido como Juan Pablo II desde su elección al papado en octubre de 1978, nació en Wadowice, una pequeña ciudad a 50 kms. de Cracovia (Polonia), el 18 de mayo de 1920. Era el segundo de los dos hijos de Karol Wojtyla y Emilia Kaczorowska. Su madre falleció en 1929. Su hermano mayor Edmund (médico) murió en 1932 y su padre (suboficial del ejército) en 1941.
A los 9 años hizo la Primera Comunión, y a los 18 recibió la Confirmación. Terminados los estudios de enseñanza media en la escuela Marcin Wadowita de Wadowice, se matriculó en 1938 en la Universidad Jagellónica de Cracovia y en una escuela de teatro.
Cuando las fuerzas de ocupación nazi cerraron la Universidad, en 1939, el joven Karol tuvo que trabajar en una cantera y luego en una fábrica química (Solvay), para ganarse la vida y evitar la deportación a Alemania.
A partir de 1942, al sentir la vocación al sacerdocio, siguió las clases de formación del seminario clandestino de Cracovia, dirigido por el Arzobispo de Cracovia, Cardenal Adam Stefan Sapieha. Al mismo tiempo, fue uno de los promotores del "Teatro Rapsódico", también clandestino.

Tras la segunda guerra mundial, continuó sus estudios en el seminario mayor de Cracovia, nuevamente abierto, y en la Facultad de Teología de la Universidad Jagellónica, hasta su ordenación sacerdotal en Cracovia el 1 de noviembre de 1946.
Seguidamente, fue enviado por el Cardenal Sapieha a Roma, donde, bajo la dirección del dominico francés Garrigou-Lagrange, se doctoró en1948 en teología, con una tesis sobre el tema de la fe en las obras de San Juan de la Cruz. En aquel período aprovechó sus vacaciones para ejercer el ministerio pastoral entre los emigrantes polacos de Francia, Bélgica y Holanda.


En 1948 volvió a Polonia, y fue vicario en diversas parroquias de Cracovia y capellán de los universitarios hasta 1951, cuando reanudó sus estudios filosóficos y teológicos. En 1953 presentó en la Universidad Católica de Lublin una tesis titulada "Valoración de la posibilidad de fundar una ética católica sobre la base del sistema ético de Max Scheler". Después pasó a ser profesor de Teología Moral y Etica Social en el seminario mayor de Cracovia y en la facultad de Teología de Lublin.
El 4 de julio de 1958 fue nombrado por Pío XII Obispo Auxiliar de Cracovia. Recibió la ordenación episcopal el 28 de septiembre de 1958 en la catedral del Wawel (Cracovia), de manos del Arzobispo Eugeniusz Baziak.
El 13 de enero de 1964 fue nombrado Arzobispo de Cracovia por Pablo VI, quien le hizo cardenal el 26 de junio de 1967.
Además de participar en el Concilio Vaticano II (1962-65), con una contribución importante en la elaboración de la constitución Gaudium et spes, el Cardenal Wojtyla tomó parte en todas las asambleas del Sínodo de los Obispos.

Desde el comienzo de su pontificado, el 16 de octubre de 1978, el Papa Juan Pablo II realizó 104 viajes pastorales fuera de Italia, y 146 por el interior de este país. Además, como Obispo de Roma ha visitado 317 de las 333 parroquias romanas.
El 13 de Mayo de 1.981, Juan Pablo II sufrió un atentado. El turco Alí Agça le disparó en la propia Plaza de San Pedro. Sin embargo, pudo sobrevivir y recuperarse tras pasar un tiempo en el hospital. El proyectil con el que resultó herido, fue engarzado en la corona de la imagen de Ntra. Sra. de Fátima, que preside el Santuario de Cova de Iría. El propio Papa entregó la bala a Mons. Alberto Cosme, obispo de Leiría.
Entre sus documentos principales se incluyen: 14 Encíclicas, 15 Exhortaciones apostólicas, 11 Constituciones apostólicas y 45 Cartas apostólicas. El Papa también ha publicado cinco libros: "Cruzando el umbral de la esperanza" (octubre de 1994); "Don y misterio: en el quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal" (noviembre de 1996); "Tríptico romano - Meditaciones", libro de poesías (Marzo de 2003); "¡Levantaos! ¡Vamos!" (mayo de 2004) y "Memoria y identidad" (2005).
Juan Pablo II ha presidido 147 ceremonias de beatificación -en las que ha proclamado 1338 beatos- y 51 canonizaciones, con un total de 482 santos. Ha celebrado 9 consistorios, durante los cuales ha creado 231 (+ 1 in pectore) Cardenales. También ha presidido 6 asambleas plenarias del Colegio Cardenalicio.
Desde 1978 hasta 2005, el Santo Padre ha presidido 15 Asambleas del Sínodo de los Obispos: 6 ordinarias (1980, 1983, 1987, 1990, 1994, 2001), 1 general extraordinaria (1985), y 8 especiales (1980, 1991, 1994, 1995, 1997, 1998 [2] y 1999).

Ningún otro Papa se ha encontrado con tantas personas como Juan Pablo II: en cifras, más de 17.600.100 peregrinos han participado en las más de 1160 Audiencias Generales que se celebran los miércoles. Ese número no incluye las otras audiencias especiales y las ceremonias religiosas [más de 8 millones de peregrinos durante el Gran Jubileo del año 2000] y los millones de fieles que el Papa ha encontrado durante las visitas pastorales efectuadas en Italia y en el resto del mundo. Hay que recordar también las numerosas personalidades de gobierno con las que se ha entrevistado durante las 38 visitas oficiales y las 738 audiencias o encuentros con jefes de Estado y 246 audiencias y encuentros con Primeros Ministros.
El 2 de Abril de 2.005, a las 21:37 h., falleció en la Ciudad del Vaticano. mientras concluía el sábado, y ya habíamos entrado en la octava de Pascua y domingo de la Misericordia Divina. Desde aquella noche hasta el 8 de abril, día en que se celebraron las exequias del difunto pontífice, más de tres millones de peregrinos rindieron homenaje a Juan Pablo II, haciendo incluso 24 horas de cola para poder acceder a la basílica de San Pedro.

El 28 de abril de 2005, el Santo Padre Benedicto XVI dispensó del tiempo de cinco años de espera tras la muerte para iniciar la causa de beatificación y canonización de Juan Pablo II. La causa la abrió oficialmente el cardenal Camillo Ruini, vicario general para la diócesis de Roma, el 28 de junio de 2005.
Juan Pablo II fue beatificado por Benedicto XVI en Roma el 1 de Mayo de 2011. El Papa Francisco le canonizó el 27 de abril de 2014. Fuente: webcatolicodejavier fotos: LNE.es

Dios hará justicia a sus elegidos que claman ante él.

 







El evangelista Lucas se muestra muy atento a subrayar en su evangelio los aspectos referentes a la oración, sus modalidades, sus características Y lo hace mostrando antes que nada a Jesús como el gran orante, pero revelándonos también a aquel a quien se dirige la oración de Cristo. La parábola que nos propone revela, en efecto, las disposiciones del corazón de Dios hacia "sus elegidos, que claman a él día y noche". La enseñanza de Jesús -expresada por medio de una parábola- es una invitación a perseverar en la oración sin detenerse, advertencia recogida también por Pablo y propuesta por .él repetidamente (Rom 12,12; 2 Tes 1,11; Col 1,3).

         Dos son los personajes del relato. Un juez que no respeta a nadie y una viuda pobre e indefensa, figura típica de los marginados e indigentes en el mundo bíblico. El que debería administrar justicia es un ser inicuo, y es posible que espere obtener, demorando el asunto, algún regalo de la mujer. Si al final cede, es sólo para alejar a una importuna que se le vuelve insoportable. Paradójica enseñanza de Jesús: él, como los rabinos de su tiempo, usa adrede argumentos capaces de llamar la atención de sus oyentes. Esta vez se trata dé un razonamiento a fortiori. Si este juez inicuo atiende la causa de la viuda, mucho más escuchará Dios las oraciones de los fieles que se encuentran en necesidad. Acaso no dice de él la Escritura que "las lágrimas de la viuda caen por  sus mejillas"? No dice también que el Altísimo dará "satisfacción a los justos" restableciendo la equidad? (cf. Eclo 35,15.8). A diferencia del juez, que demora los asuntos, Dios interviene a buen seguro y de inmediato respecto a los que claman a él día y noche. Lo importante es que cada creyente esté preparado: nadie debe ser encontrado sin esa fe obstinada, que se convierte en oración e invocación incesante, cuando vuelva el Hijo del hombre. !Qué desventura sería no reconocerlo!



 Gracias a: Rezando Voy,Santa Clara de Estella y Ciudad Redonda




Rearmarnos en el día del Desarme. Artículo.

El señor arzobispo don Jesús Sanz Montes, bendecirá el próximo domingo día 19, coincidiendo con los festejos del Desarme, en la misa de las 13.00 horas, las nuevas capillas que se han erigido en la parroquia de la Sagrada Familia con reliquias de los santos del siglo XX.

La instalación de las capillas de santos de nuestro tiempo, obedece al deseo de proponer modelos de santidad cercanos —quizá hemos conocido personalmente a alguno de ellos—, para que nos sirvan como estímulo y ejemplo en nuestra vida cristiana. El Papa León XIV lo recordaba recientemente en la Jubileo de los Jóvenes en Tor Vergata:

Mantengámonos unidos a él, permanezcamos en su amistad, siempre, cultivándola con la oración, la adoración, la comunión eucarística, la confesión frecuente, la caridad generosa, como nos han enseñado los beatos Pier Giorgio Frassati y Carlo Acutis, que próximamente serán proclamados santos. Aspiren a cosas grandes, a la santidad, allí donde estén. No se conformen con menos. Entonces verán crecer cada día la luz del Evangelio, en ustedes mismos y a su alrededor. (Homilía en el jubileo de los jóvenes, Tor Vergata, 3.VIII.2025).

Fue precisamente Carlo Acutis el culpable de todo. En el mes de noviembre de 2024, el cabildo de la Catedral dispuso que la reliquia de san Carlo que había recibido el Arzobispado de Oviedo estuviera en la parroquia de la Sagrada Familia de Ventanielles. Se hizo la entrega formal con una solemne ceremonia en la Catedral. A partir de ahí nos pusimos manos a la obra, y con un grupo de feligreses entusiastas y con las aportaciones de los fieles de la parroquia, hicimos nosotros mismos una capilla donde poder venerar la reliquia de este joven santo.

Poco después nos llegaron otras reliquias y ahí surgió la idea de dedicar los espacios vacíos que tenía el templo en las naves laterales, a otros santos del siglo XX. Nos pusimos a trabajar y logramos hacer las capillas de Carlo Acutis, Juan Pablo II, Josemaría Escrivá, Rafael Arnaiz, Manuel González, capilla de la Divina Misericordia y de santa Faustina Kowalska, Pío de Pietrelcina, Teresa de Calcuta, capilla del Sagrado Corazón y la de la Santina de Covadonga, pendiente aún de remodelar y mejorar.

Para todas ellas hemos conseguido reliquias de primer grado que se exponen en cada capilla para la veneración de los fieles y que, junto con la oración, un libro de firmas, un lampadario para la ofrenda de velas, la fotografía y una breve biografía de cada uno de los Santos, con exposición fotográfica en un sencillo panel informativo, configuran el espacio donde poder rezarle a cada uno de ellos.

Gracias a las capillas se están acercando muchos fieles, venidos incluso de lugares lejanos del Principado y de fuera de Asturias, atraídos por el ejemplo de estas personas que ya están en los altares, lo que sin duda nos está ayudando a acercarnos más a Dios.

También tenemos pendiente y lo haremos en estos próximos meses, la reubicación y limpieza de la bonita imagen de la Sagrada Familia que da título a la Iglesia y la mejora del espacio celebrativo que estamos llevando a cabo en estos días.

Hemos hecho todo este trabajo con la exclusiva aportación de los feligreses, que con su generosidad y dedicación han hecho posible la transformación de esta iglesia, en la que tanto trabajaron mis predecesores párrocos y a los que tan agradecidos estamos.

Ojalá esto sirva para mejorar la vida religiosa de este barrio, con gente tan buena y sencilla, que sin duda está recuperando una fe latente que siempre han conservado. Las grandes necesidades que tenemos poco a poco se van solventando, gracias a la ayuda de instituciones como el Ayuntamiento, que está invirtiendo muchos recursos, interés y se podría decir que también cariño en Ventanielles.

Es meritoria la labor que lleva a cabo Cáritas parroquial y arciprestal con tantas familias —más de 200—, muchas de ellas venidas de otros países, que se sienten acogidas y encuentran aquí calor de hogar y esperanza. A los responsables del despacho de Cáritas, les recuerdo con frecuencia, que además de la asistencia material que les puedan proporcionar, hay que darles también ayuda espiritual. Son ya muchos los que se han acercado a los sacramentos, gracias a la buena labor que realizan.

Ojalá se rearme nuestra fe, en el día en el que festejamos el desarme. Artículo de Opinión en la Nueva España, de D. Jaime Sanz Santacruz. Artículo original.

La bendición de un padre. Artículo.

Mi padre murió cuando yo tenía veintitrés años. Era seminarista, joven, todavía aprendiendo sobre la vida. Perder a un padre es duro a cualquier edad, y mi dolor fue mayor porque apenas empezaba a valorar lo que él me había dado.

Con el tiempo entendí que ya no lo necesitaba, aunque sí lo deseaba mucho. Lo que él tenía para darme ya me lo había entregado. Yo tenía su bendición.

Sabía que contaba con su bendición. Mi vida y el camino que había tomado le agradaban. Como la voz de Dios en el bautismo de Jesús, él ya me había dicho: “Tú eres mi hijo, en ti me complazco”. No todos tienen esa suerte. Y esa es, quizás, la mayor riqueza que un hijo puede recibir de su padre.

¿Y qué nos dejó a mí y a mis hermanos?

Demasiado para mencionarlo todo, pero entre otras cosas, una firmeza moral. Fue de las personas más rectas que he conocido, casi sin permitirse compromisos en lo moral. No aceptaba la idea de que “somos humanos y podemos hacernos excepciones”. Nos repetía con fuerza: “Cualquiera me puede mostrar humanidad; yo necesito que alguien me muestre divinidad”. Esperaba que no falláramos, que viviéramos de acuerdo con la fe y la moral, sin excusas. Esa terquedad moral fue algo que respiramos en casa.

Además, tenía una serenidad constante, casi exagerada. Hoy bromeamos diciendo que la moderación era su único exceso. Nunca había estallidos, ni depresiones, ni euforias, ni altibajos. No hacía falta adivinar en qué estado de ánimo se encontraba.

Con esa estabilidad, y con la presencia de mi madre, nos dio un hogar seguro, un refugio. A veces aburrido, sí, pero siempre seguro. Cuando pienso en la casa donde crecí, pienso en un lugar donde mirar las tormentas desde dentro, abrigado y protegido. No todos tienen esa fortuna.

Y como éramos una familia grande y su cariño debía repartirse entre muchos, nunca lo sentí como “mi” padre, sino como “nuestro” padre. Eso me ayudó a comprender lo primero que enseña el Padrenuestro: que Dios es “Nuestro Padre”, no solo mío, sino compartido con los demás.

Su familia también iba más allá de sus propios hijos. Desde pequeño aprendí a no enfadarme porque él no siempre estuviera en casa. Tenía motivos justos: su trabajo, la comunidad, la parroquia, los hospitales, la escuela, la vida política. Era un padre también para una familia más amplia que la nuestra.

Y, por último, nos transmitió a mí y a mis hermanos el amor por el béisbol. Durante muchos años dirigió un equipo local. Allí encontraba su espacio de descanso y alegría.

Pero ninguna bendición es perfecta. Mi padre era humano, y las mayores virtudes suelen ir unidas también a debilidades. En su fortaleza moral y en su cordura, había también cierta reserva que no le permitía dejarse llevar del todo por la alegría de la vida. Cada hijo observa cómo baila su padre y lo mide con cosas como la soltura, el abandono, la capacidad de dejarse llevar, incluso la imprudencia.

Mi padre no tenía mucha soltura ni abandono en su manera de “bailar la vida”. Y yo he heredado eso. A veces me duele mucho. Hubo momentos, de niño y de adulto, en que hubiera cambiado a mi padre por otro más libre, menos reservado frente a la alegría.

Esa es, en parte, mi lucha para recibir su bendición completa. Me acuerdo del verso famoso de William Blake en Infant Sorrow: “Luchando en las manos de mi padre”. Para mí significa luchar a veces con esa dificultad de mi padre para dejarse llevar y disfrutar plenamente de la vida.

Pero, aunque había cierta reserva, nunca hubo irresponsabilidad en su forma de “bailar”. Incluso si eso significaba quedarse fuera de la pista. El día de su funeral lloré, pero también me sentí orgulloso, orgulloso del respeto que recibió por cómo había vivido. Nadie lo juzgó por su reserva.

Hoy tengo más años de los que él tenía cuando murió. Mis días en la tierra ya superan los suyos en quince años. Pero sigo viviendo dentro de su bendición, consciente o inconscientemente, intentando estar a la altura, honrando lo que me dio. Y casi siempre eso es bueno, aunque también hay momentos en que me descubro fuera de la pista de la vida, mirando el baile desde fuera, reservado, con su mismo gesto en el rostro, y con una cierta envidia hacia quienes bailan con más soltura. Yo, siempre hijo de mi padre. Ron Rolheiser OMI / Artículo original en inglés