Aceptar nuestra falta de reconocimiento. Artículo.

Pocas cosas anhelamos tanto como expresarnos y ser reconocidos. Llevamos dentro un deseo profundo de mostrarnos tal como somos, de ser conocidos, valorados, comprendidos y vistos como seres únicos, dotados y significativos. Cuando un corazón no es conocido ni apreciado en su profundidad, cuando carece de espacios para expresarse y ser reconocido, se llena de inquietud, frustración e incluso amargura. Sin embargo, expresar todo lo que somos no solo es difícil, sino que nunca llega a ser completamente posible.

Para la mayoría de nosotros, nuestras vidas siempre parecen más pequeñas que nuestros sueños y aspiraciones, sin importar dónde estemos o qué logremos. En nuestros momentos de fantasía, soñamos con ser famosos: el escritor aclamado, la bailarina brillante, el atleta admirado, la estrella de cine, el rostro de una portada, el académico influyente, el ganador del Nobel, un nombre que todos recuerdan. Pero, al final, la mayoría vivimos como uno más entre tantos, siendo desconocidos y, en el mejor de los casos, coleccionando algún autógrafo ocasional.

Esto puede hacernos sentir atrapados en una vida demasiado pequeña para lo que llevamos dentro. Nos sabemos extraordinarios, pero vivimos envueltos en lo mundano. Aun así, algo dentro de nosotros sigue clamando por expresarse, por ser reconocido. Sentimos que lo más valioso que poseemos está destinado a morir en la sombra, sin encontrar su propósito. Desde la perspectiva de este mundo, parece que gran parte de lo precioso y único en nosotros vive y muere sin sentido. Solo unos pocos logran la expresión y el reconocimiento que anhelan.

Esta realidad puede vivirse como un martirio. Iris Murdoch dijo una vez: “El arte tiene sus mártires, y no menos importantes son aquellos que han guardado silencio”. No poder expresarnos, ya sea por decisión propia o por circunstancias externas, es una especie de muerte. Pero, como toda muerte, puede entenderse y asumirse de diferentes maneras.

Si lo vemos como una tragedia insuperable, nos lleva a la amargura y al desánimo. Pero si lo aceptamos desde la fe, como una invitación a ser una parte silenciosa y oculta del Cuerpo de Cristo y de la humanidad, podemos encontrar en ello descanso, gratitud y un sentido profundo de propósito que alivia la frustración, la decepción y la tristeza.

Es importante recordar que gran parte de lo que sostiene nuestras vidas no proviene de las personas ricas, famosas o de quienes han logrado grandes cosas reconocidas por la historia. Como señaló George Eliot, no necesitamos hacer gestas grandiosas para dejar una marca importante en el mundo. El bien que crece en la humanidad depende, en gran medida, de actos sencillos y anónimos: “Que las cosas no estén peor para ti y para mí se debe, en parte, a la cantidad de personas que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas sin nombre”.

Qué verdad tan profunda. La historia está llena de ejemplos. Pienso, por ejemplo, en Teresa de Lisieux, quien vivió su vida en un pequeño convento de la Francia rural. Cuando murió a los veinticuatro años, probablemente era conocida por menos de cien personas. Desde la perspectiva del mundo, no logró nada destacado ni dejó una contribución visible. Entró al convento a los quince años y pasó el resto de su vida haciendo tareas simples en la lavandería, la cocina y el jardín. Su única herencia tangible fue un diario, un relato personal con errores ortográficos, donde narraba su vida familiar, su infancia y sus últimos meses enfrentando la muerte.

Sin embargo, ese pequeño diario la ha convertido en una figura reconocida mundialmente, tanto dentro como fuera del ámbito religioso. Su obra, Historia de un alma, ha tocado millones de vidas, a pesar de sus imperfecciones, que incluso tuvieron que ser corregidas por sus hermanas después de su muerte.

Lo que da poder a su diario no es lo grandioso de sus palabras, sino la autenticidad de lo que expresó en la privacidad de su alma. A lo largo de esos años de vida oculta, como niña y como monja, Teresa fue plenamente consciente de su unicidad y valor, pero eligió entregarlos con fe. Creía que sus dones y talentos estaban trabajando en silencio, pero con fuerza, dentro de un cuerpo místico y vivo: el Cuerpo de Cristo y de la humanidad. Ella se entendía a sí misma como una célula en ese cuerpo, aportando lo mejor de sí para el bien del mundo.

El anonimato nos ofrece esta misma invitación. No hay obra más significativa que podamos dar al mundo.

Jesús nos enseñó lo mismo: que hagamos el bien en secreto, sin buscar que nuestra mano izquierda, nuestros vecinos ni el mundo entero sepan lo que hace nuestra mano derecha. Ron Rolheiser OMI / Tradujo para Ciudad Redonda Benjamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés 

Conmemoración de Santo Tomás de Aquino. 28 de enero.

Nació en el seno de la noble familia de Aquino en torno a 1225 y pasó los primeros años de su formación religiosa junto a los benedictinos de Montecassino. Siendo estudiante en la Universidad de Nápoles, entró en contacto con los dominicos, que acababan de ser fundados hacía pocos años. Fascinado por el estilo de éstos en Nápoles, quiso abrazar este tipo de vida, pero tuvo que hacer frente a resistencias familiares.

En Colonia fue alumno predilecto de san Alberto Magno. Cuando apenas contaba treinta años se le concedió el grado de maestro en Teología por la Universidad de París. Su actividad de profesor, predicador, consultor de obispos y papas y defensor de la fe fue enorme. Escribió muchas obras comentando la Sagrada Escritura, obras de teología -las más famosas son la Summa teológica y la Summa contra  gentiles- y obras comentando los principales escritos de Aristóteles y de otros grandes estudiosos del pensamiento filosófico. Estas obras, maravillosa síntesis de armonía entre las conquistas más arduas del pensamiento humano basadas en la filosofía de Aristóteles y de la tradición genuina de la fe católica, continúan orientando todavía hoy el estudio de la teología. Murió el 7 de marzo de 1274 en la abadía de Fossanova mientras iba de viaje para el Concilio de Lyon, en el que iba a tomar parte junto con san Buenaventura, de quien era muy amigo. Fue canonizado el 18 de julio de 1323 por Juan XXII. San Pío V lo proclamó "doctor de la Iglesia» en 1567, y León XIII, patrono de las escuelas católicas en 1879. Oración: Oh Dios, que hiciste de santo Tomás de Aquino un varón preclaro por su anhelo de santidad y por su dedicación a las ciencias sagradas, concédenos entender lo que él enseñó e imitar el ejemplo que nos dejó en su vida. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. Fuente: santaclaradeestella.es

En profundidad (Dominicos.org)

¡Oh, Santísimo Jesús, que aquí sois verdaderamente Dios escondido, concededme desear ardientemente, buscar prudentemente, conocer verdaderamente y cumplir perfectamente en alabanza y gloria de vuestro nombre todo lo que os agrada.
Ordenad, ¡oh Dios mío!, el estado de mi vida; Concededme que conozca lo que de mí queréis y que lo cumpla como es menester y conviene a mi alma. Concededme, oh Señor Dios mío, que no desfallezca entre las prosperidades y adversidades, para que ni en aquéllas me ensalce, ni en éstas me abata.
De ninguna cosa tenga gozo ni pena, sino de lo que lleva a vos o aparta de vos.
A nadie desee agradar o tema desagradar, sino a vos.
Séanme viles, Señor, todas las cosas transitorias y preciosas todas las eternas.
Disgústeme, Señor, todo gozo sin vos, y no ambicione cosa ninguna fuera de vos. Séame deleitoso, Señor, cualquier trabajo por vos y enojoso el descanso sin vos.
Concededme, oh Dios mío, levantar a vos mi corazón frecuente y fervorosamente, hacerlo todo con amor, tener por muerto lo que no pertenece a vuestro servicio, hacer mis obras no por rutina, sino refiriéndolas a vos con devoción.
Hacedme, oh Jesús, amor mío y mi vida, obediente sin contradicción, pobre sin rebajamiento, casto sin corrupción, paciente sin disipación, maduro sin pesadumbre, diligente sin inconstancia, temeroso de vos sin desesperación, veraz sin doblez; haced que practique el bien sin presunción, que corrija al prójimo sin soberbia, que le edifique con palabras y obras sin fingimientos.
Dadme, oh Señor Dios mío, un corazón vigilante que por ningún pensamiento curioso se aparte de vos; dadme un corazón noble que por ninguna intención siniestra se desvíe; dadme un corazón firme que por ninguna tribulación se quebrante; dadme un corazón libre al que ninguna pasión violenta le domine.
Otorgadme, oh Señor Dios mío, entendimiento que os conozca, diligencia que os busque, sabiduría que os halle, comportamiento que os agrade, perseverancia que confiadamente os espere, y esperanza que, finalmente, os abrace.
Concededme que me aflija con vuestras penas aquí por la penitencia, que en el camino de mi vida use de vuestros beneficios por la gracia y que en la patria goce de vuestras alegrías por la gloria. Señor, que vivís y reináis, Dios por todos los siglos de los siglos. Amén. (Oración al Santísimo Sacramento de Sto.Tomás)
 
Es claro que no todos pueden dedicarse a la ciencia con esfuerzo, y por eso Cristo ha dado una ley sencilla que todos puedan conocer y nadie pueda excusarse por ignorancia de su cumplimiento. Ésta es la ley del amor divino: porque pronta y perfectamente cumplirá el Señor su palabra sobre la tierra (Rom 9,28; Is 10,23).
Esta ley debe ser la regla de todos los actos humanos. Del mismo modo que sucede en las cosas artificiales, donde una cosa se dice buena y recta cuando se adecúa a la regla, de la misma manera, pues, cualquier acción del hombre se llama recta y virtuosa cuando concuerda con la regla divina del amor, mientras que cuando está en desacuerdo con ella no es ni recta, ni buena, ni perfecta. Esta ley, la del amor divino, realiza en el hombre cuatro cosas muy deseables.
En primer lugar, es causa en él de la vida espiritual; es claro que ya en el orden natural el que ama está en el amado, y, del mismo modo, también el que ama a Dios lo tiene al mismo dentro de sí: Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1 Jn 4,16). Es propio también naturalmente en el amor que el que ama se transforme en el amado; así, si amamos a Dios nos hacemos divinos: El que se une al Señor es un espíritu con él (1 Cor 6,15). Y como afirma san Agustín, "como el alma es la vida del cuerpo, así Dios es la vida del alma». Paralelamente, el alma obrará virtuosamente y perfectamente sólo cuando actúe por la caridad, mediante la cual Dios habita en ella; en cambio, sin caridad, no podrá actuar: El que no ama permanece en la muerte (1 Jn 3,14). Si alguien tuviera todos los dones del Espíritu Santo, pero no la caridad, no tiene la vida. Sea el don de lenguas, sea la gracia de la fe o cualquier otro, como el don de profecía, si no hay caridad, no dan la vida (1 Cor 3). Aunque al cuerpo muerto se lo revista de oro y piedras preciosas, no obstante siempre estará muerto.
En segundo lugar, es causa del cumplimiento de los mandamientos divinos. Dice san Gregorio que la caridad no es ociosa: si se da, actuará cosas grandes, pero si no se actúa es que no hay allí caridad. Comprobamos cómo el que ama es capaz de hacer cosas grandes y difíciles por el amado, por ello dice el Señor: El que me ama guardará mi palabra (Jn 4,23). El que guarda el mandamiento y ley del amor divino cumple toda la ley.
Lo que hace la caridad en tercer lugar es ser una defensa en la adversidad. Al que posee la caridad ninguna cosa adversa le dañará; es más, se convertirá en utilidad: A los que aman a Dios todo les sirve para el bien (Rom 8,28); aún más, incluso al que ama le parecen suaves las cosas adversas y difíciles, como entre nosotros mismos vemos tan manifiestamente.
En cuarto lugar, la caridad lleva a la felicidad; únicamente a los que tienen caridad se les promete efectivamente la bienaventuranza. Todas las demás cosas, si no van acompañadas de la caridad, son insuficientes. Además, es de saber que la diferencia de bienaventuranza se deberá únicamente a la diferencia de caridad y no en comparación con otras virtudes.  

Puesto que me preguntaste, Juan carísimo en Cristo, de qué modo debes aplicarte para adquirir el tesoro de la ciencia, éste es el consejo:

1º que por los riachuelos y no de golpe al mar procures introducirte, ya que conviene ir a las cosas difíciles a través de las más fáciles;

2º por tanto, este es mi consejo y tu instrucción. Sé tardo para hablar e incorpórate tarde a los coloquios;

3° depura tu conciencia;

4º no abandones el tiempo dedicado a orar;

5º ama permanecer en tu celda, si quieres ser introducido donde está el vino añejo;

6º muéstrate amable con todos;

7º no pretendas conocer con todo detalle las acciones de los demás;

8º con nadie te muestres muy familiar, porque las familiaridades originan desprecios y suministran materia para sustraerse al estudio;

9º en lo que dicen o hacen los mundanos no te impliques de ninguna manera;

10º apártate del discurso que pretende explicarlo todo;

11º no dejes de imitar los ejemplos de los santos y hombres buenos;

12º encomienda a la memoria lo que se diga de bueno, sin importarte a quién oigas;

13º esfuérzate en entender lo que leas y oigas;

14º cerciórate acerca de los asuntos dudosos;

15º y preocúpate de guardar cuanto puedas en el cofre de la mente, como quien ansia llenar un recipiente;

16º no pretendas lo que es más alto que tú.

Siguiendo esas indicaciones, echarás ramas y darás frutos útiles en la viña del Señor Altísimo mientras vivas. Si sigues estos consejos, podrás alcanzar aquello a lo que aspiras (Sto. Tomás de Aquino, Consejos... Fuente: santaclaradeestella.es

Homilía en la festividad de Santo Tomás de Aquino 2025.
Arzobispado Oviedo

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm. Arzobispo de Oviedo.
Seminario Metropolitano, 28 enero de 2025

Drones sobre nuestro mapa. Artículo.

Andamos sobrevolando el mundo dando soplo a la vieja pretensión humana de volar como los pájaros. Primero lo intentamos con el globo, luego con los aeroplanos, después con helicópteros y todo tipo de aviones, con satélites siderales, y ahora más cómodamente con unos sencillos drones que nos filman nuestros recovecos. Es hermoso asomarnos al escenario geográfico, aunque no contenga el otro factor como es el de la historia. Tiempo y espacio son las dos coordenadas que nos sitúan, aprendiendo tanto y de tantos, evitando los errores cometidos mientras agradecemos los resultados logrados.

Dibujar un mapa tendría esos matices de nuestra preciosa naturaleza regalada en la que tuvieron lugar los avatares sucedidos. En esto estamos también los cristianos astures, con nuestros tiempos y espacios en revisión continua. Queda atrás una estela maravillosa que es la herencia que nuestros mayores nos han legado. Pasan los días, los años y los siglos, y vamos escribiendo una historia inacabada. ¡Cuántos momentos vividos con todos sus registros humanos, sociales, políticos, económicos y eclesiales! Aun con fallos y pecados, hemos aportado la caridad más solidaria con los pobres diversos, la fe celebrada en una liturgia bella, y la esperanza que nos abrió horizontes para la confianza.

El paso del tiempo nos señaló innumerables retos que nos desafiaban en cada momento reclamando tomas de postura, decisiones audaces, dejar lo que ya no servía, vislumbrar lo que era necesario, mientras custodiábamos con esmero lo que nos seguía acompañando en la andadura. Así se escriben los renglones de nuestra historia cristiana en estos trece siglos que tuvieron su comienzo en el paso de Jesús por nuestro mundo dejando prendida la llama del Evangelio y la compañía de su amistad, hasta llegar a aquel año 811 en el que comenzamos propiamente como Iglesia en Asturias.

Al asomarnos a nuestra bella geografía, vemos cómo las gentes viven en sus distintos ámbitos: en los pueblos de alta montaña, en los valles profundos, en las villas y ciudades, en los rincones de nuestros trescientos kilómetros de costa marinera. Con ese panorama verdaderamente hermoso, han ido sucediéndose los distintos avatares que han marcado nuestros pasos: momentos de paz o batalla, de prosperidad o penuria, de explosión vivaracha o envejecimiento imparable, de clarividencia cultural o cerrazón enrocada, de apertura a un mundo inabarcable o atrincheramiento en nuestras cosas cotidianas.

La comunidad cristiana ha tenido que habérselas con lo que nos despechaba el ánimo, y las preguntas y certezas de cada generación. Así hemos llegado a este momento en el que ponemos en marcha las llamadas “Unidades Pastorales” como novedad en nuestro mapa. No cambia el Evangelio del que somos heraldos, ni la doctrina de la Iglesia que abrazamos con filial comunión, ni tampoco la llamada a ser santos según la vocación recibida por cada uno. Lo único que cambia es el modo de contarlo, de testimoniarlo y de organizarlo. A esto se deben las Unidades Pastorales de la Diócesis de Oviedo, incluyendo las tres vicarías, los doce arciprestazgos y las 934 parroquias que en nada cambian. Las Unidades Pastorales que se otean desde el dron de la historia contemporánea reorganizan esa vida cristiana implicando a sacerdotes, religiosas y laicos en una labor compartida para anunciar la Buena Noticia en un momento en el que hace tanta falta ante el cansancio y desencanto que asola y acorrala a demasiadas personas defraudadas por la mala política corrupta, la violencia de las guerras, las desgracias naturales que nos hostigan. Con las Unidades Pastorales buscamos una mayor y mejor coordinación para llegar a más gente que espera la luz y la alegría del Evangelio. Una buena ocasión para proponerlo con decisión ilusionada al comienzo del Año Santo Jubilar, que nos invita a ser testigos de la esperanza. Este es nuestro empeño y nuestro calendario. Fuente.

Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír

 



       III Domingo del Tiempo Ordinario

 

El evangelio de hoy nos pone ante los ojos una puesta en práctica del modelo de celebración litúrgica trazado por la primera lectura. En ella es el mismo Jesús el protagonista principal. Es él quien da su sentido acabado a las palabras proféticas que le entregan como texto para proclamar. Lucas pone así de relieve una de las dimensiones más características de la actividad de Jesús en el cumplimiento de su misión mesiánica: la opción en favor de los más menesterosos.

         Basta con echar una mirada, incluso superficial, a los evangelios para darse cuenta de que esta opción preside enteramente su acción. Allí donde Jesús encuentra a un pobre, a un excluido, a un marginado, a un oprimido -tanto por las enfermedades o los malos espíritus como por los otros hombres-, toma posición a favor de él. Así lo hizo con los pecadores, los enfermos, las mujeres, los extranjeros, los niños... Y se explica fácilmente que obrara así, si tenemos presente que su corazón, como el de su Padre del cielo, está lleno de pasión por la vida de todos y, antes que nada, por los que viven peor.

         Como el Padre y con él, también Jesús se enternece ante aquellos que han sido dejados "medio muertos" por los caminos de la vida, como le ocurrió al hombre de la parábola del "buen samaritano" (cf. Le 10,30-35), o ante el hijo que, tras haberse alejado con insolencia de su casa, vuelve a ella cansado y extenuado (Lc 15,11-24). Y de la conmoción pasa a la acción de una tierna y solícita acogida.

        Este modo de comportarse por parte de Jesús nos interpela seriamente. Nos invita a revisar el modo como nosotros mismos nos comportamos en cuanto personas y en cuanto comunidades que declaran ser sus seguidores. Desde hace algunos años, una ola de pauperismo evangélico está sacudiendo a la Iglesia. Se ha desarrollado en muchos -individuos y grupos, comunidades pequeñas o Iglesias continentales enteras- la conciencia de la llamada al servicio de los más pobres, de los últimos. Estamos llamados a nivel universal, como Iglesia, a hacer nuestra la opción de Jesús por los más menesterosos (cf. Sollicitudo rei socialis). Se ha vuelto esto una realidad en nuestra vida personal y comunitaria? Desemboca todo esto, verdaderamente, en un compromiso serio y concreto, como el de Jesús? Sus palabras deben sacudirnos siempre: "No todo el que me dice: !Señor, Señor! entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos" (Mt 7,21).

 

 

       


Gracias a: Rezando VoyCiudad Redonda





De santos a celebridades: nuestra evolución en la admiración e imitación. Artículo.

Cuando yo era niño e iba creciendo en una comunidad católica, la catequesis de aquel tiempo trataba de mover los corazones de los jóvenes con historias de mártires, santos y demás personas que habían vivido altos ideales de virtud y fe. Recuerdo una de esas historias en particular que me llenó de estímulo, la de un mártir cristiano del siglo III: san Tarsicio.

Como la leyenda (o la verdad) cuenta, Tarsicio era un acólito de doce años en tiempo de las primeras persecuciones cristianas. Por entonces, los cristianos de Roma solían celebrar la Eucaristía secretamente en las catacumbas. Acabadas esas misas secretas, un diácono o un acólito llevaba las especies eucarísticas, el Santísimo Sacramento, a los enfermos y los prisioneros. Cierto día, después de una de esas misas secretas, el joven Tarsicio estaba llevando el Santísimo Sacramento camino de una prisión cuando fue acosado por una pandilla callejera. Él se negó a entregar el Santísimo Sacramento, lo protegió con su propio cuerpo y, como consecuencia, fue agredido hasta causarle la muerte.

A mis doce años, esa historia encendió el poder de mi romántica imaginación. Suspiraba por esa clase de ideal en mi vida. En mi juvenil imaginación, Tarsicio fue el tipo de héroe que yo anhelaba ser.

Desde entonces, hemos recorrido un largo camino, en nuestra cultura y en nuestras iglesias. Románticamente, ya no nos mueven mucho los santos de tiempos pasados ni los de hoy. Eso sí, aún les asignamos un espacio oficial en nuestras iglesias y en nuestros ideales abstractos; pero ahora, por supuesto, nos atraen mucho más las vidas de los ricos, los famosos, los guapos, nuestras estrellas del pop, nuestros atletas profesionales, los físicamente dotados, los intelectualmente capacitados. Esos son ahora los que encienden nuestra imaginación y provocan nuestra admiración; y es a ellos a quienes deseamos parecernos.

A comienzos del siglo XIX, Alban Butler, un convertido inglés, recopiló historias de las vidas de los santos y por fin las reunió en una colección de doce volúmenes, famosamente conocida como Vidas de los santos, de Butler. Durante cerca de doscientos años, estos libros sirvieron de estímulo a los cristianos, jóvenes y ancianos. Ahora ya no.

Hoy, Vidas de los santos, de Butler, ha sido reemplazado de hecho por múltiples revistas, podcasts y espacios web que cuentan las vidas de los ricos y famosos, y nos clavan la vista desde nuestros teléfonos, nuestros ordenadores portátiles y desde cada puesto de periódicos y fila de caja de los supermercados.

En realidad, nos hemos pasado de san Tarsicio a Justin Bieber; de Teresa de Lisieux, a Taylor Swift; de Tomás de Aquino, a Tom Brady; de santa Mónica, a Meryl Streep; de san Agustín, a Mark Zuckerberg; de Juliana de Norwich, a Oprah; y del primer santo afro-americano (san Martín de Porres), a Lebron James. Son estas personas quienes encienden nuestra romántica imaginación y a las que más desearíamos parecernos.

No me malinterpretéis: no es que estas personas sean malas ni que sea malo admirarlas. Sin duda, les debemos cierto grado de admiración, porque toda belleza y talento tienen su origen en Dios, que es el autor de todas las cosas buenas. Desde la virtud de un santo hasta la belleza física de una estrella de cine o la destreza de un atleta, sólo hay un único autor en el origen de todo, Dios.

Tomás de Aquino tenía razón al señalar una vez que negar expresiones de admiración a alguien que las merece es un pecado, porque negamos el alimento que la otra persona necesita para seguir viviendo. La belleza, el talento, la destreza necesitan ser reconocidos y manifestados. La admiración no supone dificultad. Más bien, la dificultad  estriba en que, mientras necesitamos admirar y reconocer el talento, la destreza y la belleza, estas cualidades no irradian en sí mismas virtud y santidad. No deberíamos identificar automáticamente la cualidad humana con la virtud moral, aunque esa es la tentación actualmente.

También, una particularidad en nuestras iglesias hoy día es que, a la vez que hemos clarificado y elevado nuestra mentalidad intelectual y ahora tenemos mejores y más logrados estudios teológicos y bíblicos, nos esforzamos por tocar el corazón. Ya que tenemos más poder de satisfacer la inteligencia, nos esforzamos por tocar el corazón, esto es, por lograr que los fieles se enamoren de su fe y especialmente de sus iglesias. Procuramos encender su romántica imaginación como una vez hicimos al recurrir a las vidas de los santos.

¿Adónde podríamos ir con todo esto? ¿Podemos volver a encontrar santos que enciendan nuestros ideales? ¿Puede el meritorio trabajo en hagiografía (sobre las vidas de los santos y otros gigantes morales) que está siendo realizado hoy por Robert Elisberg llegar a ser el nuevo Vidas de los santos, de Butler? ¿Pueden las biografías seculares de algunos gigantes morales de nuestra propia época atraer nuestra imitación? ¿Puede la vida de un Dag Hammarskjold llegar a sernos inspiración de moral y fe? ¿Existe por alguna parte una nueva Teresa de Lisieux?  Hoy, más que nunca, necesitamos historias inspiradoras sobre mujeres y hombres, jóvenes y viejos, que hayan vivido la virtud en grado heroico. Necesitamos ejemplares morales, mentores morales. Si no, nos engañamos al identificar simplistamente la cualidad humana con la virtud moralRon Rolheiser OMI / Tradujo para Ciudad Redonda Benjamín Elcano, cmf / Original en inglés

El cielo no es igual para todos. Artículo.

Daniel Berrigan dijo una vez Antes de tomarte en serio lo de Jesús, piensa detenidamente en lo bien que te vas a ver en el madero.

Esa es una advertencia necesaria porque Jesús nos advirtió que si le seguimos, el dolor fluirá en nuestras vidas y nos uniremos a él en la cruz.

¿Qué significa eso exactamente? ¿Se impone el dolor al discípulo como una especie de prueba? ¿Necesita Jesús que sus seguidores sientan el dolor que él experimentó? ¿Quiere Dios que los seguidores de Jesús sufran dolor para ayudarles a pagar el precio del pecado? ¿Por qué aceptar llevar la cruz con Jesús trae dolor a nuestras vidas?

Es interesante observar que el gran místico Juan de la Cruz utiliza esto, la afluencia de dolor a nuestras vidas, como criterio principal para discernir si estamos siguiendo a Jesús auténticamente o no. Para Juan, sabes que estás siguiendo a Jesús cuando el dolor comienza a fluir en tu vida. ¿Por qué? ¿Acaso Dios impone un dolor especial a los que toman en serio a Cristo?

No. Dios no impone un dolor especial a los que toman en serio a Cristo. El dolor que fluye en nuestras vidas si tomamos a Cristo en serio no viene de Dios. Llega a nosotros gracias a una mayor apertura, una mayor sensibilidad y una nueva profundidad por nuestra parte. El álgebra funciona así: Al abrirnos auténticamente a Cristo, dejamos de ser excesivamente autoprotectores, nos volvemos más vulnerables y más sensibles, de modo que la vida, toda ella, puede fluir en nosotros más libre y profundamente.

Y parte de lo que ahora fluye hacia nosotros es dolor: el dolor de los demás, el dolor de la madre tierra, el dolor de nuestra propia insuficiencia y falta de altruismo, y el dolor causado por el efecto del pecado en todas partes. Este dolor entrará ahora en nosotros más profundamente y lo sentiremos de una forma que nunca antes habíamos sentido porque antes nos protegíamos de él mediante la insensibilidad y el egocentrismo.

Afortunadamente, esto tiene su reverso: Al igual que el dolor fluirá más libre y profundamente en nuestras vidas, también lo harán el sentido y la felicidad. Una vez que dejamos de protegernos mediante el ensimismamiento, tanto el dolor como la felicidad pueden fluir más libre y profundamente en nuestros corazones y podemos empezar a respirar desde una parte más profunda de nosotros mismos.

Freud comentó una vez que a veces las cosas se entienden mejor examinando sus opuestos. Ese es en parte el caso aquí. Lo contrario de alguien que se abre al dolor, que se abre al dolor de la cruz, es una persona insensible e insensible (en argot, alguien «que es duro como una tabla»). Una persona así no sentirá mucho dolor, pero tampoco sentirá gran cosa.

De esto se derivan varias implicaciones.

En primer lugar, Dios no nos inflige dolor cuando nos convertimos en seguidores de Jesús y nos sumergimos más profundamente en el misterio de Cristo y de la cruz. El dolor que sobreviene es intrínseco a la cruz y se siente simplemente porque ahora hemos dejado de protegernos y estamos dejando que la vida, toda ella, fluya en nosotros más libre y profundamente. Felizmente, el dolor se ve compensado con creces por el nuevo sentido y la felicidad que ahora también sentimos.

En segundo lugar, experimentar el dolor que fluye intrínsecamente del discipulado y de la cruz es, como sabiamente dice Juan de la Cruz, uno de los principales criterios que separan el verdadero Evangelio del Evangelio de la Prosperidad. Cuando el dolor de la cruz fluye en nuestras vidas, sabemos que no estamos emplumando nuestro propio interés en nombre del Evangelio.

Tercero, ¡vale la pena ser sensible! Freud dijo una vez que la neurosis (ansiedad malsana) es la enfermedad de la persona normal. Lo que no dijo, pero podría haberlo hecho, es que la antítesis de la ansiedad (sana y malsana) es la insensibilidad bruta, ser grueso como una tabla y protegerse así del dolor, pero también del significado profundo, el amor, la intimidad y la comunidad.

Si eres una persona sensible (quizá incluso demasiado sensible, propensa a la depresión y a todo tipo de ansiedad), consuélate con el hecho de que tu propia lucha indica que no eres una persona insensible y callosa, ni un patán moral.

Por último, una de las implicaciones de esto es que el cielo no es igual para todos. Del mismo modo que el dolor puede ser superficial o profundo, también pueden serlo el sentido y la felicidad. En la medida en que abrimos nuestros corazones a la profundidad, en esa misma medida el sentido profundo y la felicidad pueden fluir en nosotros. Un corazón cerrado da un sentido superficial. Un corazón parcialmente abierto produce un sentido profundo, pero no pleno. En cambio, un corazón totalmente abierto es el que tiene un significado más profundo.

Hay diferentes profundidades para el significado y la felicidad aquí en la tierra y, sospecho, que eso también será cierto en la otra vida. Así que la invitación de Jesús es a aceptar el dolor que viene del madero de la cruz en lugar de ser grueso como un tablónArtículo de Ron Rolheiser OMI / Artículo original en Inglés / Fuente de imagen: Depositphotos /  Tradujo al Español para Ciudad Redonda Benjamín Elcano, cmf

Mons. Sanz Montes y las redes sociales: «Los cristianos no podemos estar callados ni ausentes» Artículo.

En una entrevista concedida a La Nueva España, el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, reflexiona sobre sus quince años al frente de la Iglesia en Asturias. Destaca los avances en el Seminario, los proyectos pastorales y su compromiso con las misiones internacionales, subrayando además la importancia de la presencia cristiana en un mundo polarizado que cada vez se aleja más del Evangelio.

 (LNE/InfoCatólica) Desde Covadonga, un lugar emblemático para la fe en España, el arzobispo Jesús Sanz Montes ha hablado con La Nueva España sobre su labor pastoral y los retos de la Iglesia en un momento de profundos cambios sociales y culturales. Tras quince años al frente de la archidiócesis de Oviedo, Mons. Sanz Montes se muestra agradecido por el camino recorrido y optimista sobre los proyectos en marcha, tanto en la región como en el ámbito internacional.

Archidióceis misionera

Uno de los temas centrales de su labor es el compromiso con las misiones. Tras el cierre de la misión africana de la diócesis, el arzobispo ha puesto el foco en proyectos en tierras hispanohablantes, como México y Cuba. Durante una reciente visita al estado de Guerrero, en México, Sanz Montes vivió de cerca las dificultades que enfrentan las comunidades locales debido a la violencia del narcotráfico.

«He tenido que detener una primera comunión por un tiroteo. Me dijeron que tenía media hora antes de que reanudaran los disparos», relata en la entrevista. Este tipo de situaciones, afirma, requiere una combinación de prudencia y valentía para cumplir con la misión de la Iglesia. Pese a los riesgos, considera esencial no abandonar la tradición misionera que tanto ha marcado la historia de la Iglesia asturiana.

La importancia de las redes sociales y el debate público

Conocido por su activa presencia en las redes sociales, el arzobispo subraya la necesidad de que la Iglesia mantenga una voz activa en la esfera pública. «Los cristianos no podemos estar callados ni ausentes. Mido si mi palabra es adecuada, pero tengo que tener presencia porque detrás de mí hay un pueblo que espera que diga algo», declara. En un entorno marcado por la polarización y la polémica político social, en el que la Iglesia es atacada por sus enseñanzas, Mons. Sanz Montes defiende la necesidad de emitir juicios desde una perspectiva cristiana y moral.

Sin embargo, también reconoce la importancia de no ser «el mensaje», sino un «humilde mensajero» que trabaja en equipo con otros líderes eclesiásticos. El prelado alienta a sus compañeros obispos a ser más activos y visibles, evitando la comodidad que, según él, puede llevar al silencio.

Proyectos locales y el futuro de la diócesis

En Asturias, los avances en el Seminario han sido un motivo de satisfacción para el prelado. Con 40 seminaristas en formación y nuevas titulaciones, como la de Fisioterapia en Medicina del Deporte, la diócesis busca adaptarse a los tiempos sin perder su esencia. Además, el arzobispo destaca el esfuerzo conjunto de las 934 parroquias y sus 315 sacerdotes, que atienden a un millón de cristianos en la región.

Sanz Montes también hace referencia a su deseo de fortalecer los lazos institucionales, subrayando la importancia de la colaboración con las autoridades locales, a pesar de las tensiones puntuales. «Las relaciones no están rotas. Sentí la ausencia de las autoridades en la última celebración en Covadonga, pero confío en que regresen este año», indica.

«Asturias no me cabe en la mirada»

Consciente de que el tiempo como arzobispo tiene un límite, debido a la normativa que fija los 75 años como edad de jubilación, Sanz Montes asegura que su propósito es continuar sirviendo a Asturias en los años que le quedan al frente de la diócesis. «Asturias no me cabe en la mirada. Después de quince años, mi palabra es de gratitud», afirma, destacando la nobleza de las gentes de la región y su profundo arraigo espiritual. Fuente:  Imagen: Monseñor Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo, en Covadonga ©D.Arienza / https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=51415

Biografía: Fr. Jesús Sanz Montes, ofm Arzobispo de Oviedo

Monseñor Jesús Sanz: «Cristo es todo en todas las cosas»

En una reciente entrevista con Mater Mundi, titulada «Un mundo sin Dios es un mundo contra el hombre» el arzobispo Jesús Sanz Montes compartió su profunda y cautivadora historia vocacional, una trayectoria marcada por momentos de adversidad, confianza en Dios y una constante respuesta a la llamada divina.

Nacido en Madrid y siendo el mayor de ocho hermanos, el arzobispo rememoró su infancia en la parroquia de San Jerónimo el Real, donde comenzó su caminar en la fe y su primera experiencia de contacto con la vocación sacerdotal.

Con tan solo siete años, mientras asistía a unas colonias de verano en Noja, Santander, quedó profundamente impresionado por el testimonio de un sacerdote y varios seminaristas. «Yo dije: quiero ser como ellos. No sabía muy bien a qué se dedicaban con conocimiento específico, pero me transmitían una alegría y una esperanza que yo también quería tener», relata.

Un camino marcado por obstáculos y decisiones

A pesar de su temprana decisión de querer ingresar al seminario, su familia inicialmente no estuvo de acuerdo. Su madre lloró de alegría al escuchar su deseo, pero su padre le exigió que primero completara una carrera profesional. Obligado a posponer sus sueños, Jesús Sanz estudió economía, derecho mercantil, y trabajó en el sector financiero. Sin embargo, aunque había logrado estabilidad personal y profesional, algo en su corazón seguía sin resolverse. «Dios te toca el corazón para decir: tienes algo sin resolver», confesó.

Inspirado por el poema de Rilke sobre amar las preguntas, Sanz empezó a enfrentar esa vieja inquietud que había quedado en su interior. Dejó atrás su prometedora carrera y se adentró en el seminario, iniciando un nuevo capítulo de su vida.

Afianzar la vocación

Durante su formación sacerdotal, atravesó una crisis vocacional. Fue en una experiencia en una leprosería franciscana donde encontró la clave para reafirmar su camino. Allí, al enfrentarse al sufrimiento humano y al testimonio de los frailes, descubrió lo que él describe como «el secreto»: la total entrega al Señor que sustenta y guía a quienes se consagran a Él. Esta experiencia lo llevó no solo a confirmar su vocación sacerdotal, sino también a abrazar el carisma franciscano.

Cuando parecía haber encontrado su lugar en la enseñanza universitaria como teólogo, un inesperado giro lo llevó a convertirse en obispo. El papa San Juan Pablo II lo nombró obispo de Huesca y Jaca, y más tarde, arzobispo de Oviedo. En su misión episcopal, eligió el lema «Christus omnia in omnibu» («Cristo es todo en todas las cosas»), inspirado en San Pablo y San Francisco de Asís, una expresión que refleja la centralidad de Cristo en su vida y ministerio.

La misión, una vocación permanente

Para el arzobispo, la misión no es un acto extraordinario limitado a un espacio geográfico exótico, sino un llamado constante en cualquier lugar y circunstancia. Como misionero en África y México, destacó que la misión implica ser un portavoz de la Palabra de Dios, un canal de gracia para los demás y, al mismo tiempo, un aprendiz humilde de las enseñanzas que otros tienen para ofrecer. «El misionero es portador y portavoz de una palabra escuchada y de una gracia recibida», enfatiza.

El compromiso del arzobispo trasciende lo personal. Él aboga por una palabra valiente y comprometida que defienda la dignidad humana, la vida en todas sus etapas, la familia como núcleo esencial y la educación como un proceso integral que respeta la vocación de cada individuo. Es incómodo decir la verdad, pero esa verdad nos hace libres» afirma.

Además Sanz Montes destacó el papel de la Virgen María en su vida espiritual. Como madre al pie de la cruz, María guía y cuida a cada cristiano en su camino hacia la santidad. «Aunque yo a veces sea un torpe hijo, nunca seré un huérfano», reconoce con profunda devoción.  Iglesia. Entrevista completa:

Biografía: Fr. Jesús Sanz Montes, ofm Arzobispo de Oviedo

Los votos que no elegimos. Artículo.

Como miembro de una orden religiosa, los Misioneros Oblatos de María Inmaculada, elegí hacer cuatro votos religiosos: pobreza, castidad, obediencia y perseverancia. Lo hice libremente, sin otra compulsión que un fuerte sentimiento interior de que se me pedía eso. Esa libertad de hacer votos sin presiones externas, es un lujo que millones de hombres y mujeres no tienen. Por su parte, hacen esos mismos votos (aunque en una modalidad diferente) porque las circunstancias les obligan a ello. En efecto, son votos que otro hace por ellos.

William Wordsworth dio una vez esta expresión poética:

Mi corazón estaba lleno; no hice votos, pero los votos
se hicieron por mí; un lazo desconocido para mí
se me dio, para que yo fuera, o pecaría grandemente.

La mayoría de nosotros, sospecho, ha conocido a personas para las que esto es cierto, es decir, personas que sin profesar nunca formalmente votos religiosos, vivieron su propia versión de la obediencia, el celibato, la pobreza y la perseverancia. Durante la mayor parte de sus vidas, las circunstancias los obligaron y, de hecho, les arrebataron su libertad, de modo que nunca fueron capaces de tomar sus propias decisiones sobre a dónde ir en la vida, sobre las oportunidades educativas, sobre dónde vivir, sobre qué trabajo tener y (no menos importante) sobre si casarse o no. Más bien pasaron sus años adultos sin libertad existencial, atados por las circunstancias y el deber, sacrificando sus propios sueños y planes para servir a los demás.

Muchos de nosotros todavía conocemos a personas que, debido a circunstancias como la pobreza, la muerte de uno de sus padres, una situación familiar o una enfermedad personal, han hecho votos por ellos. Varios de mis hermanos mayores entran en esa categoría. Pero, y este es el punto, aunque esos votos no se hagan explícita o públicamente, son votos consagrados, sagrados en el sentido bíblico.

¿Qué significa estar consagrado? ¿Qué es la consagración?

Lamentablemente, hoy en día hemos convertido esta palabra en una «palabra eclesiástica», y hablamos de edificios consagrados (iglesias), copas consagradas (cálices) y personas consagradas (ministros de nuestras iglesias y religiosos con votos). ¿Por qué hablamos de ellos como consagrados? La respuesta está en el sentido original de lo que significa estar consagrado.

Ser consagrado significa simplemente ser «apartado», aunque no en primer lugar para fines eclesiales. Más bien, imagina este escenario: Acabas de salir del trabajo y te diriges a casa cuando te encuentras con un accidente. No estás implicado en el accidente, pero eres el primero en llegar. En ese momento pierdes tu libertad. Ya no eres libre de marcharse sin más. Hay heridos y tú estás allí. Te obligan a responder simplemente porque estás allí. En ese momento te conviertes en una persona consagrada, consagrada por las circunstancias, por la necesidad. En ese momento, en palabras de Wordsworth, se hacen ciertos votos por ti.

Hay un interesante paralelismo con la situación en la que se encuentra Moisés cuando Dios le pide que sea la persona que saque a los israelitas de la esclavitud. Moisés no quiere el encargo, ni se ofrece voluntario para ello. Le da a Dios varias excusas de por qué no es la persona adecuada, y termina preguntándole: «¿Por qué yo? ¿Por qué no mi hermano?». En esencia, la respuesta de Dios es la siguiente: «Porque has visto la opresión del pueblo. Porque la has visto, ya no eres libre. Eres como la primera persona en la escena de un accidente».

Eso es lo que significa estar consagrado, ser llamado, tener una vocación. Aunque sigues siendo radicalmente libre (puedes alejarte del accidente conduciendo), ya no eres libre existencial ni moralmente; de lo contrario, como dice Wordsworth, pecarías gravemente. Tu elección no es si seguir con tu vida o quedarte y ayudar… Tu única pregunta es: ¿cuál es mi responsabilidad aquí? Las circunstancias han hecho un voto por ti.

Puede ser útil entender la vocación, los votos y la consagración a través de esta lente. Una vez elegí libremente entregarme a una vocación que me pedía hacer públicamente una serie de votos, es decir, vivir con cierta sencillez, renunciar al matrimonio y a tener mi propia familia, ponerme a disposición del servicio a los demás y perseverar en ello durante el resto de mi vida. Varios de mis hermanos (y millones de mujeres y hombres) han hecho lo mismo, sin el reconocimiento y el apoyo comunitario que conllevan los votos públicos. También ellos vivieron vidas consagradas, aunque sin reconocimiento público.

Al afirmar esto, no excluyo a las personas casadas, salvo para decir que, en el matrimonio, como yo, hicieron votos públicos y, por tanto, reciben un cierto reconocimiento y el apoyo social que trae consigo; aunque sus votos, salvo el celibato, son los mismos.

Todos nosotros estamos perennemente en el lugar de un accidente, sin libertad para alejarnos, reclutados, atados por votos que se hacen para nosotros. Es lo que se llama tener vocación. Artículo de Ron Rolheiser OMI / Artículo original en Inglés / Imagen: Depositphotos  Tradujo al Español para Ciudad Redonda Benjamín Elcano, cmf

El nacimiento de Cristo en Belén, ¿tranquilizador o inquietante? Artículo.

Nunca me han dejado totalmente tranquilo algunos de mis amigos que envían tarjetas de Navidad con mensajes tales como: Que la paz de Cristo te inquiete. ¿No podemos disponer de un solo día al año para ser felices y celebrarlo sin sentirnos todavía agitados desgraciadamente con más culpa? ¿No es la Navidad un tiempo en que podemos gozar volviendo a ser niños? Además, como una vez afirmó Karl Rahner, ¿no es la Navidad un tiempo en que Dios nos da permiso para ser felices? Así que ¿por qué no?

Bueno, eso es complejo. La Navidad es un tiempo en que Dios nos da permiso para ser felices, cuando la voz de Dios dice: ¡Consolad a mi pueblo! ¿Sed consolados! Decid palabas de consuelo!

Pero la Navidad es también un tiempo que destaca la triste verdad de que, cuando Dios nació en nuestro mundo hace dos mil años, no hubo lugar para ese nacimiento en ninguno de los hogares y espacios normales de entonces. No hubo para él lugar en la posada. Las afanosas vidas y las ocupaciones cotidianas de la gente les dejaron al margen de ofrecerle un lugar para nacer. Eso no ha cambiado. Por tanto, continúa habiendo buenas razones para estar inquietos.

Pero primero, el consuelo. Hace algunos años, participé en un concurrido sínodo diocesano. En un momento determinado, el animador que estaba a su cargo nos indicó que nos dividiéramos en pequeños grupos y, a cada uno de esos grupos, se les ofreció esta pregunta: ¿Cuál es el mensaje más importante que la iglesia necesita hacer llegar al mundo en este preciso momento?

Los grupos informaron y cada uno de ellos refirió algún desafío espiritual o moral importante”¡Necesitamos desafiar a nuestra sociedad a que haya más justicia!” “¡Necesitamos desafiar al mundo a tener una auténtica fe y a no confundir la palabra de Dios con sus propios deseos!” “¡Necesitamos desafiar a nuestro mundo hacia una ética sexual de más responsabilidad!”  Todos ellos, maravillosos desafíos que necesitábamos. Pero ningún grupo recapacitó y dijo: “¡Necesitamos hablar al mundo sobre el consuelo de Dios!”

Por supuesto, hay injusticia, violencia, racismo, sexismo, avaricia, egoísmo, irresponsabilidad sexual y fe egoísta en nuestro derredor; pero la mayoría de los adultos de nuestro mundo están viviendo también en dolor, ansiedad, decepción, fracaso, depresión y culpa sin resolver. Dondequiera que se mire, se ven corazones pesarosos. Además, mucha gente que vive con daño y desánimo no contempla a Dios y a la Iglesia como una respuesta a su dolor, sino más bien como de alguna manera parte de su causa.

De ese modo, al predicar la palabra de Dios, nuestras iglesias necesitan asegurar al mundo el amor de Dios, como también su interés y su perdón. Quizás, antes de hacer algo más, la palabra de Dios nos debe consolar; en realidad, ser la principal fuente de todo consuelo. Sólo cuando el mundo experimente la consolación de Dios, estará más abierto a aceptar el consecuente desafío.

Y ocupar un lugar prominente en ese desafío es reservar alojamiento a Cristo en la posada, esto es, abrir nuestros corazones, nuestros hogares y nuestro mundo como ámbitos donde Cristo pueda venir y vivir, a pesar de lo inconveniente que pueda ser. Desde la distancia de seguridad de dos mil años, nosotros, demasiado ligeramente, emitimos un juicio despiadado sobre la gente que vivía en tiempo del nacimiento de Jesús, por no saber de lo que María y José eran portadores ni preparar un lugar para que Jesús naciera. ¿Cómo pudieron ser tan ciegos?´

Pero ese mismo juicio también puede hacerse de nosotros. Tampoco nosotros estamos dando alojamiento en nuestras propias posadas.

Cuando una nueva persona viene a este mundo, ocupa un espacio que nadie antes había habitado. Algunas veces, esa persona nueva es recibida cordialmente y se crea un espacio acogedor, y todos a su alrededor están felices por esta nueva invasión. Pero no siempre ocurre eso: otras veces, como fue el caso con Jesús, no hay espacio creado para acoger a la nueva persona, y su presencia no es bien recibida.

Hoy vemos esto (que constituirá un juicio contra nuestra generación) en el rechazo, casi por todo el mundo, a acoger a nuevos inmigrantes y darles alojamiento en la posada. Si Cristo está en el pobre, en el extranjero (y los Evangelios nos lo aseguran), entonces Cristo está sin duda en el inmigrante. Hoy tenemos más de cincuenta millones de refugiados en el mundo, gente a la que nadie acogerá. ¿Por qué no?

No somos malas personas; y somos capaces, las más de las veces, de ser maravillosamente generosos. Pero dejar que este aluvión de inmigrantes entrara en nuestras vidas nos molestaría. Nuestras vidas tendrían que cambiar. Perderíamos algunas de nuestras comodidades actuales, algunas de nuestras antiguas confianzas y algunas de nuestras seguridades.

No somos malas personas, ni lo eran aquellos posaderos de hace dos mil años que, desconociendo aquello de lo que se trataba, en ignorancia inculpable, despidieron a María y José. Yo siempre he alimentado una secreta simpatía hacia ellos. Quizás porque, igualmente en ignorancia, todavía estoy haciendo exactamente lo mismo. Mi comodidad y seguridad frecuentemente me hacen decir: No hay lugar en la posada.

Las torcidas circunstancias del nacimiento de Cristo, si son entendidas, no pueden menos que incomodarnos. Que también nos traigan profunda consolaciónArtículo de Ron Rolheiser OMI / Artículo original en inglés / Imágen: Depositphotos  Tradujo al Español para Ciudad Redonda Benjamín Elcano, cmf