Se trata de una perícopa tomada de los "discursos de despedida" que Jesús dirigió a los suyos durante la última cena, palabras que ahora se dirigen a la Iglesia.
El clima está cargado de dolorosa sorpresa por la predicción de la traición de uno de los apóstoles y de la triple negación de Pedro, y, al mismo tiempo, está invadido por un atormentado afecto a causa de la inminente separación. De ahí que Jesús consuele a los discípulos invitándoles a que tengan una fe más grande (v. 1) no sólo en Dios, sino también en él, que es el Hijo amado de Dios. Su "éxodo" ha de pasar, ciertamente, a través de la muerte y el descenso a los infiernos, pero tendrá como meta la "casa del Padre". Y precisamente en ella se detiene ahora Jesús. También es posible hacer frente al camino de la pasión con la mirada fija en el cielo. Él "se va", pero su partida no es definitiva; se va a preparar "un lugar" para ellos (v. 2). De este modo explica el sentido de su muerte de cruz y anuncia al mismo tiempo su retorno, aludiendo tanto a la resurrección -que, para los creyentes, ya es desde ahora anticipo de la vida eterna- como a la parusía, o sea, al retorno glorioso al final de los tiempos.
Con todo, el discurso de Jesús sigue estando oscuro para los discípulos, y sus preguntas inician un diálogo que nos ofrece revelaciones significativas por parte de Jesús. En el v. 7, por ejemplo, afirma Jesús su unidad perfecta con el Padre, hasta el punto de que verle a él es ver a Dios. Es Dios quien le ha enviado, y Jesús le obedece en todo (v. 10b), lo que le permite revelarlo de un modo completamente transparente. Sus "obras" dan testimonio de ello (v. 11). Del mismo modo, quien crea en él participará de su mismo poder divino y así se hará manifiesta la plena reconciliación acaecida entre el cielo y la tierra.
Jesús se manifiesta como camino, verdad y vida, y se entrega a nosotros a fin de que podamos alcanzar la verdadera y plena libertad ofrecida a los hijos de Dios para entrar en la heredad eterna. Se dirige a nosotros interrogándonos sobre la profundidad de nuestra relación con él. Es posible, en efecto, ser cristiano, comulgar, participar en todas las peregrinaciones y en todas las iniciativas y, sin embargo, no llegar nunca a conocer a Jesús, permaneciendo siempre en la superficie. Conocer a Jesús significa, más bien, experimentarlo interiormente, reconocer que él es el Hijo enviado por el Padre para salvarnos, la expresión del amor infinito de Dios por nosotros.
Todo eso es posible sólo mediante la fe. Creer es confiarse. No es comprender racionalmente; es acoger, dar crédito, encontrarse con el Seńor y considerarlo en verdad como aquel que mueve los hilos de nuestra vida y dispone el desarrollo de todos los acontecimientos. Hasta que no lleguemos a esta experiencia de comunión -es decir, de abandono de nosotros mismos en aquel que nos ha incorporado a sí mismo en el bautismo- no podremos decir que conocemos plenamente a Jesús y, en él, al Padre. Ahora bien, para esto nos ha sido dado el Espíritu Santo. Él nos permite caminar por el sendero de Dios seguros de que lo dispone todo para nuestro bien.
