Encontrar nuestra vocación. Artículo.

Muchos conocemos esa famosa frase de C.S. Lewis quien, al escribir sobre su conversión al cristianismo, confesó que fue «el converso más reacio de toda la historia de la cristiandad». Cuando se arrodilló por primera vez, no lo hizo con un fervor entusiasta, sino con la sensación de que era algo que tenía que hacer. ¿Qué le dio esa sensación? Sus propias palabras lo explican: [Me arrodillé venciendo mi resistencia] porque me había dado cuenta de que la fuerza de Dios es nuestra liberación.

¿Qué es esa «fuerza» o apremio de Dios? Es ese sentido moral profundo e irreprimible que llevamos dentro y que nos dice lo que debemos hacer, en lugar de lo que queremos hacer. Y esto puede ser de gran ayuda para encontrar nuestra vocación y nuestro lugar en la vida.

¿Qué es una vocación y cómo encontramos la nuestra? Una vocación, como sugiere David Brooks, es un factor irracional por el cual escuchas una voz interior tan fuerte que se vuelve impensable darle la espalda; donde intuyes que no tienes elección y solo puedes preguntarte: ¿cuál es mi responsabilidad aquí?

Esta es la historia de mi propia vocación al sacerdocio y a la vida religiosa. La comparto aquí no porque sea especial; no lo es. Es de lo más normal, una entre millones. La comparto con la esperanza de que pueda ayudar a alguien a discernir su propia vocación en la vida. Aquí va mi historia.

Crecí en una cultura católica que, en aquel entonces, básicamente pedía a cada chico y chica que se planteara si se sentía llamado a la vida religiosa consagrada o al sacerdocio. Se lo oí decir claramente a mis padres y a las monjas ursulinas que me dieron clase, y lo respiré en el ambiente de la cultura católica de la época.

Pero siempre sentí una fuerte resistencia interior. ¡Eso no era lo que yo quería hacer con mi vida! No quería ser cura. Mantuve esa resistencia durante mis años de instituto y me gradué con la intención de ir a la universidad, idealmente para ser psicólogo. Pero había una voz en mi interior que no se callaba.

Pasé el verano después de graduarme trabajando en dos granjas: la nuestra y la de un vecino. Casi siempre trabajaba al aire libre, a menudo solo, pasando largas horas subido a un tractor en el campo. Y en esas largas horas, el apremio de Dios empezó a desgastar mi resistencia. La idea de que estaba llamado a ser sacerdote simplemente no se silenciaba, por mucho que lo intentara. Recuerdo una tarde en concreto, trabajando solo en el tractor, que intenté espantar ese pensamiento cantando a pleno pulmón, pero la voz de Dios no se calla tan fácilmente.

Todo esto estalló a finales de verano, justo dos semanas antes de la fecha en que debía irme a la universidad. Volví a casa una tarde después de otra jornada solitaria con el tractor. Mis padres no estaban, así que intenté distraerme jugando al fútbol con mi hermano pequeño. La paz no llegó en ese momento. Llegó más tarde, cuando me iba a la cama, después de haber tomado la decisión de intentar ser sacerdote. A la mañana siguiente les conté mi decisión a mi padre y a mi madre. Sonrieron y me llevaron a ver al párroco del pueblo, un Oblato de María Inmaculada.

Para ser justos, el sacerdote me dijo que, aunque él era Oblato, yo tenía otras opciones, como ser cura diocesano o jesuita. Elegí a los Oblatos porque era lo que conocía y porque ya tenía un hermano mayor en la orden. Dos semanas después, ¡estaba en el noviciado de los Oblatos como uno de los novicios más reacios de su historia!

Pero, desde el primer día, me sentí bien. Sabía que era donde se me pedía estar. De eso hace ya sesenta años y, a pesar de las dificultades que haya podido tener en mi ministerio, nunca he dudado de que esta era mi vocación: el sacerdocio y los Misioneros Oblatos de María Inmaculada.

Y Dios, la vida, el ministerio y los Oblatos me han dado mucha más vida de la que merezco. El ministerio ha estado lleno de gracia más allá de toda medida, y los Oblatos me han regalado una comunidad sana, oportunidades educativas excepcionales, ministerios maravillosos y el orgullo de compartir el carisma de nuestra congregación de servir a los pobres.

Tras sesenta años en esta vocación, solo puedo decir esto: Gracias, Dios mío, por llevarme a donde yo no quería ir.

Tomé esa decisión a los diecisiete años. Hoy en día, nuestra cultura diría que una decisión así no puede tomarse con suficiente madurez y claridad a una edad tan temprana. Pues bien, nunca he dudado seriamente de mi elección, y ahora la veo como la decisión más clara, generosa y vital que he tomado nunca. Esta es mi historia, pero hay muchas otras historias llenas de vida diferentes a la mía. El apremio de Dios tiene infinitas maneras de presentarse. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org / Artículo original en Inglés

Viernes de la II semana de cuaresma. Este es el heredero: venid, lo matamos.

 
Viernes de la II semana de cuaresma.
Este es el heredero: venid, lo matamos.
La Cuaresma: Acoger el reino y no rechazar al enviado.
Recordad las maravillas que hizo el Señor.
Calendario de Cuaresma. Día 17 de 40.

Su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

 





II Domingo de Cuaresma


En el texto de Mateo, la narración de la transfiguración comienza con una indicación cronológica -"Seis días después"- que lo vincula con lo precedente, es decir, con la profesión de fe de Pedro, con el primer anuncio claro por parte de Jesús de su pasión y con la declaración de que para ser discípulos es necesario seguirle por el camino de la cruz. "Seis días después" el Maestro lleva a tres de sus discípulos a una montańa alta para concederles la experiencia anticipada de la gloria prometida después de padecer.

En aquella elevada soledad Jesús les muestra su aspecto divino "cambiando de aspecto" (v. 2). Mateo insiste particularmente en la luz y el fulgor que emanan de él, evocando la figura del Hijo del hombre de Dn 10 y la narración de la manifestación de YHWH en la cumbre del Sinaí (Ex 34,29-33).

Las continuas alusiones a las teofanías del Antiguo Testamento (Ex 19,16; 24,3; 1 Re 19,11) indican que está pasando algo extremadamente importante: en Jesús la antigua alianza va a transformarse en "nueva y eterna alianza". La aparición de Moisés y Elías testimonia que Jesús es el cumplimiento de la Ley y los Profetas, el que guiará al pueblo a la verdadera tierra prometida y lo restablecerá en la integridad de la le en Dios.

La intervención de Pedro (v. 4) indica el contexto litúrgico de la fiesta de los Tabernáculos, la más alegre y resplandeciente de luces, que conmemoraba el tiempo del Éxodo, cuando Dios bajaba en medio de su pueblo morando también él en una tienda, la tienda del encuentro. La Nube de la Presencia (shck/ünah), que ahora desciende y envuelve a los presentes, actualiza y lleva a la plenitud la liturgia: como declara la voz que se oye desde el cielo, Jesús es el profeta "más grande" preanunciado por el mismo Moisés (Di I S, I 5), y lo es por ser el Hijo predilecto de Dios.

Ante esta manifestación extraordinaria de gloria, un gran temor se apodera de los discípulos. Jesús los reanima con su gesto y su palabra (v. 7) como el Hijo del hombre de la visión de Daniel. Se vuelve más desconcertante e incomprensible a los discípulos lo que Jesús, ya sólo, les dice: el Hijo del hombre - la figura gloriosa esperada como conclusión de la historia deberá afrontar la muerte y resucitar.

La liturgia de hoy nos pide caminar por un sendero estrecho y áspero. Es el camino de la fe obediente que exigió a Abrahán unas rupturas concretas y dirigirse a metas desconocidas. Es el camino de la difícil perseverancia que exige a Timoteo vencer el desaliento y una  generosidad renovada del don de sí. Es el camino del sufrimiento y de la muerte que Jesús recorre plenamente consciente, preparando a sus discípulos para que también lo afronten con fortaleza. Sin embargo, es el único camino que conduce a la verdadera vida, a la gloria auténtica, a la luz sin ocaso.

Ya desde ahora se nos concede pregustar un poco aquel esplendor para proseguir con nuevo impulso caminando. La promesa de la bendición divina colmó de esperanza la vida de Abrahán; la fuerza de Dios ayuda a Timoteo a obtener la gracia de Cristo para difundir el Evangelio con entusiasmo; la visión de Cristo transfigurado corrobora a los discípulos en la hora de la ignominia y de la cruz. El Espíritu Santo no deja nunca de alentarnos.

El sufrimiento es fiel compańero en el camino de la vida, pero en la prueba no estamos solos: Jesús está a nuestro lado como "varón de dolores que conoce bien lo que es sufrir", como el primero que ha llevado el peso de la cruz. Esto basta para mantenernos confiados en que su poder se manifiesta plenamente en nuestra debilidad; nos inyecta ánimo para asumir estas opciones en el camino hacia la pascua y para dar testimonio de la resurrección.

 



Quinto Domingo: La huida a Egipto (7 Domingos de San José)

La Sagrada Familia se convierte en refugiada.

  • El Dolor: La necesidad de huir precipitadamente de noche hacia Egipto porque Herodes quería matar al Niño. El miedo y la fatiga del exilio en tierra extraña.

  • El Gozo: Tener a Dios mismo (Jesús) bajo su cuidado constante y ver, según la tradición, cómo los ídolos de Egipto caían ante la presencia del Salvador.

            Padrenuestro, Avemaría y Gloria              o bien, 7 Padrenuestros y Avemarías en honor a los 7 dolores y gozos

  • Oración Final: "Oh Dios, que con inefable providencia te dignaste elegir al bienaventurado San José por esposo de tu Santísima Madre; concédenos, te rogamos, que merezcamos tener por intercesor en el cielo al que veneramos como protector en la tierra. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén." "San José, ruega por nosotros."