Convertíos,porque está cerca el reino de los cielos

 



III Domingo del Tiempo Ordinario


El texto litúrgico está tejido con cuatro unidades pequeńas: el sentido teológico del regreso de Jesús a Galilea (vv. 12-16); el comienzo y el contenido esencial de su predicación (v. 17); la llamada de los primeros cuatro discípulos (vv. 18-22); y el resumen de la predicación, que está acompańado de signos prodigiosos (v. 23).

Texto común con Marcos y Lucas, la indicación geográfica - estamos en Galilea (v. 12)- encuentra amplia resonancia en Mateo: la asocia con una preciosa cita y le otorga una orientación particular (vv. 15ss) con la cita de Isaías, algo adaptada (cf primera lectura), el evangelista apunta que Jesús fija su residencia en Cafarnaun. La luz brilla en <<Galilea de los paganos" (v 15), es decir entre los gentiles, superando un mezquino nacionalismo que pretendía confinar los beneficios de Dios a los estrechos limites de Israel.

El primer anuncio de Jesús es parco, pero esencial: <<Arrepentíos, porque está llegando el Reino de los Cielos" (v. 17). La conversión, entendida como una adaptación continua a la voluntad de Dios, es condición y requisito para divisar el Reino de los Cielos. Antes de enunciar el programa detallado de la predicación (cf 5,1ss) y antes de hacer milagros, Jesús elige a algunas personas para que lo sigan. La prioridad de tal acción se comprende: es necesaria la presencia de testigos que experimenten cuanto Jesús ha dicho y ha hecho, para que un día puedan comunicárselo a otros y entren ellos también en comunión con Jesús. Galilea, territorio de paganos, es terreno fértil de vocaciones.

El v. 23 cierra el presente texto litúrgico y recoge de modo sintético la actividad de Jesús: las palabras y hechos milagrosos. Palabras y hechos portentosos, en efecto, son el armazón del evangelio. La predicación se desarrolla en las sinagogas. Esta dirigida a los judíos, quienes necesitan ayuda para comprender la situación de absoluta novedad que están viviendo: Jesús se presenta no sólo como el enviado de Dios anunciado por los profetas, sino aun mas: como el propio Dios. Todo el evangelio se volcará en desvelar la identidad de Jesús.

Las lecturas actuales facilitan una reflexión profunda sobre la Iglesia, pues presentan sus elementos constitutivos: una, santa, católica y apostólica.

Una. La Iglesia es una porque tiene en Cristo a su Seńor. Todas las comunidades cristianas se reconocen como parte de la única Iglesia fundada por Cristo. Existe un solo bautismo, una sola fe, que une a los creyentes con Cristo. Por eso Pablo combate vigorosamente a los Espíritus sectarios y las manipulaciones grupales. Es una tentación reiterada pensar que un grupo sea la mediación exclusiva o privativa de la salvación. Los grupos son instrumentos, medios, no mas, y deben resistirse al sutil engańo de la monopolización.

Santa. La Iglesia o comunidad es santa porque <<está bautizada" en Cristo. La santidad es ante todo don gracioso, absolutamente gratuito. Después, es respuesta generosa que toma el nombre de conversión, en continua armonía con la voluntad del Padre, como Cristo la ha dado a conocer y como el Espíritu continuamente la propone.

Católica. La llamada a las tribus del norte, Zabulón y Neftali; la incesante llamada a Galilea, zona poblada o transitada por paganos, le recuerda a la Iglesia su vocación de estar abierta al mundo. Jesús ha elegido vivir e iniciar su vida publica en Galilea para evidenciar la proximidad geográfica con los últimos y los excluidos, preludio de cercanía moral, para que todos se reconozcan como hermanos. <<En la Iglesia, ningún hombre es extranjero", recordaba Juan Pablo II en el Día del Emigrante, el 5 de septiembre de 1995.

Apostólica. El único fundamento, Cristo, toma forma histórica en los apóstoles y en sus sucesores (los obispos), en comunión con el obispo de Roma, el papa. La explícita llamada de los apóstoles (los primeros cuatro del evangelio de hoy) expresa la voluntad concreta de Jesús de organizar la Iglesia de este modo. Llamados a seguirlo para ser testigos de la Palabra y los milagros del Maestro. La apostolicidad de la Iglesia esta en estrecha relación con su catolicidad; entre las tareas principales de los apóstoles y sus sucesores destaca la de anunciar a Cristo a todos los pueblos.

 



San Francisco de Sales. 24 de enero. El hombre más amable después de Jesucristo.


El Santo de las pequeñas virtudes:
Resulta difícil imaginarse a un santo obispo que, familiarmente, pertenece a la nobleza, se ha relacionado con la grandeza de su tiempo, es reconocido como doctor de la Iglesia y, sin embargo, pueda caracterizarse como el santo de las pequeñas virtudes. «Sobre todo —escribía en una de sus cartas de dirección espiritual— a mí me gustan estas tres virtudes insignificantes: la dulzura de corazón, la pobreza de espíritu y la sencillez de la vida; y estos ejercicios pocos vistosos: visitar a los enfermos, servir a los pobres, consolar a los afligidos y, todo ello, sin darle importancia y haciéndolo en plena libertad» (Oeuvres, XII, 205).
Juan Pablo II, en su exhortación apostólica Christifideles laici, decía de él: «Podemos concluir releyendo una hermosa página de San Francisco de Sales, que tanto ha promovido la espiritualidad de los laicos. Hablando de la «devoción», es decir, de la perfección cristiana o «vida según el espíritu», presenta de manera simple y espléndida la vocación de todos los cristianos a la santidad y, al mismo tiempo, el modo específico con que cada cristiano la realiza: En la creación Dios mandó a las plantas producir sus frutos, cada una según su especie. El mismo mandamiento dirige a los cristianos, que son plantas vivas de su Iglesia, para que produzcan frutos de devoción, cada una según su estado y condición. La devoción debe ser practicada en modo diverso por el hidalgo, por el artesano, por el sirviente, por el príncipe, por la viuda, por la mujer soltera y por la casada. Pero esto no basta; es necesario además conciliar la práctica de la devoción con las fuerzas, con las obligaciones y deberes de cada persona (..). Es un error —mejor dicho, una herejía— pretender excluir el ejercicio de la devoción del ambiente militar, del taller de los artesanos, de la corte de los príncipes, de los hogares de los casados (...). Por eso, en cualquier lugar que nos encontremos, podemos y debemos aspirar a la vida perfecta»
El Santo del amor de Dios: La obra espiritual más importante de Francisco de Sales es el Tratado del amor de Dios. El papa Pío XI decía que en esta obra -el santo doctor, como si intentase escribir una historia del amor de Dios, narra cuál fue su origen y su desarrollo y también por qué empezó a enfriarse y languidecer en el ánimo de los hombres; después expone cómo podríamos ejercitarnos y crecer en él. Cuando la ocasión se presenta, explica lúcidamente cuestiones difíciles como la gracia eficaz, la predestinación, la vocación de la fe; y para que el discurso no aparezca conceptual y frío lo adoba con tan festiva gracia y con un aroma tan grande de piedad, y lo reviste con tal variedad de comparaciones y tales ejemplos y citas apropiadas sacadas con frecuencia de las Sagradas Escrituras, que el libro parece brotar, no tanto de su mente cuanto de sus entrañas y de su corazón» (encíclica Rerum Omnium, del 26 de enero de 1923). En efecto, se podría decir que este libro es el diario del alma de dos santos: Francisco de Sales y Juana de Chantal.
Un tema fundamental de la espiritualidad salesiana, magníficamente expuesto en esta obra, es la búsqueda y cumplimiento de la voluntad de Dios: Nada pedir y nada rehusar, decía frecuentemente el santo obispo. En efecto, quien se sabe hecho a imagen y semejanza de Dios, busca identificarse con él, aceptando el proyecto divino sobre su persona, tratando de agradar a Dios en todo su obrar, deseando siempre le bon plaisir de Dieu.
      A veces se ha dicho que Francisco de Sales ofrece una espiritualidad poco austera e, incluso, algo festiva: una oración poco exigente, ausencia de disciplina, pocas mortificaciones, etc. ¡Qué poco han leído las obras del santo obispo de Ginebra quienes así hablan! Él sabe bien que si en el Tabor hubo más claridad, fue en el Calvario donde hubo mayor salvación. El Calvario -decía- es el monte de los amantes. Y puesto que el Señor invita a todos sus discípulos a tomar cada día la propia cruz, una y mil veces aconsejaba que había que abrazarse a la cruz. Pero no la cruz que cada uno quisiera labrarse, sino la que Dios nos manda cada día: Prefiero llevar una cruz de paja, que el Señor me envíe, que una cruz muy pesada, pero que yo eligiera.[...] Valentín Viguera Franco S.D.B. Texto de: Martínez Puche, José A., dominicos.org. Imagen: Desde la FE
       Señor, Dios nuestro, tú has querido que el santo obispo Francisco de Sales se entregara a todos generosamente para la salvación de los hombres; concédenos, a ejemplo suyo, manifestar la dulzura de tu amor en el servicio a nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Señor, pastor de los pastores, forma y modelo de la caridad pastoral para todos los tiempos, deseamos contemplar la belleza de tu entrega de la vida con plena y absoluta gratuidad, sin ningún interés, a no ser el de la salvación de todos. Todos hemos pasado por la experiencia de lo fácil que es ir a menos en nuestras responsabilidades pastorales hasta caer en el cierre mercenario por la fragilidad de nuestras personas y por los miedos que nos asaltan. Sin embargo, la contemplación de la belleza de tu vida entregada y sacrificada, oh Cristo, nos implica en el don, sin perezas ni acaparamientos personales, sin volvernos atrás y sin huir. Que tu Espíritu Santo nos abra los ojos sobre las raíces mercenarias que llevamos dentro y nos llene de valor y nos guíe, como hizo con el dulcísimo y al mismo tiempo firmísimo pastor Francisco de Sales, a quien hoy recordamos.
        Como él, te pedimos el don de la paciencia, para aceptar las largas demoras de la respuesta del corazón rebelde y complicado del hombre de hoy; el don de la humildad, para ser suficientemente realistas y no ceder a ninguna presunción o ambición en la misión evangelizadora que tú nos confías; el don del amor verdadero, constante y desinteresado, ese amor puro que tanto fascinaba al obispo de Ginebra. Haz que dejemos en el mundo la huella profunda de pastores generosos según tu corazón. Nos confiamos a la intercesión de san Francisco de Sales. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
        Piensa en el amor con el que Jesucristo, nuestro Señor, tanto sufrió en este mundo, de modo particular en el huerto de los Olivos y en el monte Calvario: !ese amor te miraba a ti! !Dios mío, con qué profundidad deberíamos imprimir en nosotros todo esto! Acaso es posible que yo haya sido amado con tanta dulzura por el Salvador, hasta el punto de que él haya pensado en mí personalmente, incluso en todas las pequeñas circunstancias a través de las cuales me ha atraído a él? Es verdaderamente maravilloso: el corazón repleto de amor de mi Dios pensaba en mí, me amaba y me procuraba mil medios de salvación, como si no hubiera tenido otra persona en el mundo en la que pensar. Pero cuándo empezó a amarte? Desde que empezó a ser Dios, es decir, desde siempre... (Francisco de Sales, Filotea V, 13ss).
       Venerables hermanos: os sugiero y os pido que tengáis el propósito de recuperar Ginebra. Por medio de la caridad es como debemos desmantelar las murallas de Ginebra, por medio de la caridad invadirla, recuperarla.
        No os propongo ni el hierro, ni esa pólvora cuyo olor y sabor recuerdan el horno infernal. Queréis un método fácil para conquistar al asalto una ciudad? Os ruego que aprendáis del ejemplo de Holofernes. Al asediar Betulia, cortó el acueducto y puso bajo guardia todas las fuentes. También nosotros –os conjuro a ello- debemos usar el método del que él dio ejemplo.
        Hay un acueducto que alimenta y reanima a todos los tipos de herejes: son los ejemplos, las palabras, la iniquidad de todo, pero en particular de los eclesiásticos. Por nuestra causa se blasfema el nombre del Señor día tras día entre las naciones.
        Es preciso derribar las murallas de Ginebra por medio de oraciones ardientes, y asediarla con la caridad fraterna. Por medio de esta caridad es como deben hacer fuerza nuestras tropas de asalto.
        El jefe supremo de esta fortaleza, Cristo, nuestro Señor, cederá sus riquezas a quien la haya conquistado por medio de esas armas. En efecto, el Reino de los Cielos sufre violencia, y son los violentos quienes lo arrebatan... Adelante, pues, y ánimo, óptimos hermanos: todo cede a la caridad; el amor es fuerte como la muerte, y al que ama nada le es difícil (Francisco de Sales, "Discorso ai canonici di Ginevra", en G. Papasogli, Come piace a Dios, Roma 1981, pp. 143-147, passim). Gracias a Santa Clara de Estella

Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.





II Domingo del Tiempo Ordinario


La solemne apertura del evangelio había presentado a la Palabra eterna del Padre entrando en la historia de los hombres y convirtiéndose en Jesús de Nazaret. Era necesario encontrar un nexo para que Jesús pudiera vincularse concretamente en la historia. Todos los profetas habían hablado de él. El último, dotado de un carisma particular el <<precursor>>, se llama Juan: el portavoz del actual texto evangélico. En un estupendo primer plano, el Bautista es presentado como el testigo leal. Ese que empeńa todo su ser en hablar de Jesús, reconociéndolo como el Mesías y proporcionando las credenciales fundamentales. Su testimonio se expresa con tres frases de recia teología: Jesús es <<el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (v. 29); el Espíritu se ha posado sobre el y permanece de forma estable (v. 32);

Jesús es el elegido de Dios, es decir, el <<Hijo de Dios" (v. 34). Són tres afirmaciones, ligadas entre si, que desvelan la idea que tiene Juan sobre el Mesías. Las tres imágenes encuentran correspondencia parcial en los cantos del <<Siervo de YHWH" y el porque de su elección como primera lectura.

La obra principal de Jesús consiste en << quitar el pecado del mundo". Para Juan, el evangelista, existe un único pecado: rechazar la Luz que ha venido al mundo para iluminar a todos los hombres (Jn 1,9). Rechazar a Cristo es el mayor y único pecado; las demás transgresiones (pecados) son manifestaciones incompletas. Jesús cumplirá esta colosal obra de reconciliación entre Dios y el hombre porque él mismo es Dios. El texto lo dice claramente. La escena del bautismo sirve para mostrar la presencia del Espíritu, que desciende sobre Jesús y permanece sobre él.

Aunque hay pluralidad de funciones o diversidad de llamadas, el fin debe ser común: la realización de si mismos y la gloria de Dios. Puesto que la vocación viene de Dios, él, que es unidad y amor convoca a todos a la plena realización. El siervo de la primera lectura ha sido enviado para llevar la luz a todos los pueblos. Ya no existen barreras, ni muros divisorios, sino un único y gran proyecto: construir la familia humana, ligada por la misma ley que le une con Dios, dador de todo bien.

Pablo, en la segunda lectura, se dirige a la comunidad - y a nosotros actualmente - presentándose como apóstol que ha recibido una misión que cumplir. Toma consigo al hermano Sóstenes - idealmente, a todo hermano en la fe- recordando que todos tienen como encargo un servicio apostólico. Desde la pluralidad de papeles, es común el empeńo de dar a conocer y amar a Jesucristo. A través de ellos, la comunidad de Corinto tiene la <<gracia" de descubrir a Jesucristo y, en él, encontrar la novedad de vida que adquiere el nombre teológico de <<salvación" o <<redención". Pablo es el instrumento elegido por la Providencia para hacer llegar a numerosos pueblos el mensaje del Evangelio.

El texto evangélico muestra la peculiar vocación de Juan, ser el precursor y mensajero que anuncia la presencia de Jesús. El Bautista no se limita a una atestación física (<<esta aquí, es aquél de allí"). Ofrece un cuadro teológico de hondo espesor. Esto significa que toda verdadera vocación, incluida la nuestra, antes de ser testimonio externo, es descubrimiento interior de la realidad de Cristo. El es <<el Cordero que quita el pecado del mundo". El carga con nuestras miserias y transforma la iniquidad en santidad. En él, todos podemos esperar un nuevo nacimiento, del agua y del Espíritu, para construir una sociedad donde la fraternidad sea el estatuto y el amor la única regla de convivencia.

En Cristo, con Cristo y por Cristo, tiene hueco y sentido nuestra vocación; conservamos la propia originalidad, que debe desarrollarse autónoma y completamente; encontrarnos el tiempo y el modo apropiado para relacionarnos con Dios. Insertados en Cristo, el bautizado se realiza en la singularidad exclusiva de su ser y en la comunión de una humanidad que, con Cristo, camina al encuentro del Padre para rendirle eterna alabanza.



Rezar por Israel y Jerusalén. Artículo.

Hace tiempo viví en comunidad durante varios años con un hermano oblato que era maravillosamente generoso y extremadamente piadoso. Pero le costaba captar los símbolos y las metáforas. Se tomaba las cosas al pie de la letra. Para él, ¡lo que decían las palabras era exactamente lo que significaban!

Esto le provocaba una confusión y un malestar considerables cuando, al rezar los salmos cada día, pedíamos por Jerusalén e Israel y, ocasionalmente, por la caída de alguna otra nación. Al terminar la oración, preguntaba: «¿Por qué rezamos por Jerusalén? ¿Por Israel? ¿Qué hace que esos lugares sean más especiales a los ojos de Dios que otras ciudades y otros países? ¿Por qué Dios odia a algunos países y ciudades?».

Intentábamos por todos los medios hacerle entender que estos nombres no debían tomarse al pie de la letra, como lugares en un mapa, sino más bien como símbolos. Con mayor o menor acierto, a veces le decía: «Hermano, siempre que leas la palabra ‘Jerusalén’ o ‘Israel’, interprétalo simplemente como la ‘Iglesia’, y siempre que se nombre una nación o una ciudad que Dios parece odiar, interprétalo como que Dios odia el pecado».

Quizá esbocemos una sonrisa ante su piedad y su literalismo, pero no estoy seguro de que no sigamos luchando todos con nuestro propio literalismo para entender lo que realmente quieren decir las Escrituras con palabras como Jerusalén, Israel, Pueblo Elegido y los elegidos de Dios. De hecho, como cristianos, ¿qué queremos decir con las palabras cristiano, Iglesia y Cuerpo de Cristo?

¿Por quién rezamos cuando pedimos por Jerusalén e Israel?

Lo que vemos en la Escritura es una progresiva «desliteralización» de los nombres y lugares. Al principio, Israel significaba una nación histórica, Jerusalén significaba una ciudad histórica, el Pueblo Elegido significaba una raza genética, y los elegidos de Dios eran literalmente esa nación, esa ciudad y esa raza genética. Pero a medida que se despliega la revelación, estos nombres y conceptos se vuelven cada vez más simbólicos.

Al menos esto es cierto para la mayor parte del judaísmo. La mayoría de las corrientes del judaísmo entienden estas palabras simbólicamente, aunque algunas todavía las entienden literalmente. Para ellas, Jerusalén significa la ciudad actual de Jerusalén, e Israel significa una franja de tierra real en Palestina.

Los cristianos reflejan eso mismo. La teología cristiana mayoritaria se ha negado desde sus mismos orígenes a identificar esos nombres y lugares de una manera en la que (simplista) Jerusalén signifique la Iglesia cristiana y los cristianos sean la Raza Elegida.

Sin embargo, como ocurre con partes del judaísmo, muchos cristianos, aun quitando el sentido literal de estas palabras de sus raíces judías, ahora las toman literalmente para referirse a las iglesias cristianas históricas y a sus miembros confesos explícitamente. De hecho, mi respuesta a mi hermano oblato («Jerusalén significa la Iglesia, Israel significa el cristianismo») parece sugerir exactamente eso.

No obstante, las palabras Iglesia y cristianismo necesitan a su vez ser «desliteralizadas». La Iglesia es una realidad mucho más amplia e inclusiva que sus miembros explícitos, visibles y bautizados. Su aspecto visible e histórico es real, es importante y nunca debe ser denigrado; pero (desde Jesús a través de la historia del dogma y la teología cristiana) el cristianismo siempre ha creído y enseñado claramente que el misterio de Cristo es a la vez visible e invisible. En parte podemos verlo y en parte no. En parte está visiblemente encarnado en la historia y en parte es invisible. El misterio de Cristo se encarna en la historia, pero no todo él puede verse. Algunas personas están bautizadas visiblemente, y otras lo están solo de formas invisibles.

Además, esto no es teología nueva o liberal. Jesús mismo enseñó que no son necesariamente los que dicen «Señor, Señor» sus verdaderos creyentes, sino más bien aquellos que realmente viven su enseñanza (aunque sea inconscientemente) quienes son sus verdaderos seguidores. La teología cristiana siempre ha enseñado que el misterio completo de Cristo es mucho más grande que su manifestación histórica en las iglesias cristianas.

Kenneth Cragg, un misionero cristiano, después de vivir y ejercer su ministerio durante años en el mundo musulmán, ofreció este comentario: Creo que harán falta todas las iglesias cristianas para dar una expresión completa del Cristo total.

A esto yo añadiría que no solo harán falta todas las iglesias cristianas para dar una expresión completa del misterio de Cristo, sino que también harán falta todas las personas de voluntad sincera, más allá de todas las fronteras religiosas, y más allá de toda etnia, para dar expresión al misterio de Cristo.

Cuando mi piadoso hermano oblato, a quien le costaba entender la metáfora y el símbolo, me preguntó por qué rezábamos siempre por Jerusalén e Israel, y yo le respondí que simplemente podía sustituir esos términos por las palabras Iglesia y cristianismo, mi respuesta (tomada literalmente) fue en sí misma excesivamente piadosa, simplista y una comprensión demasiado estrecha del misterio de Cristo.

Esos términos, Iglesia y cristianismo, como vemos en el progresivo despliegue de la revelación en la Escritura, deben ser ellos mismos «desliteralizados». ¿Por quién rezamos cuando pedimos por Jerusalén o por Israel? Rezamos por todas las personas sinceras, de todas las fes, de todas las denominaciones, de todas las razas, de todas las edades. Ellas son la nueva Jerusalén y el nuevo Israel. Ron Rolheiser OMI  / Artículo original en Inglés

¿Cómo Sabemos que Dios Existe? Artículo

Recientemente, estaba escuchando un programa de radio de entrevistas religiosas cuando un oyente preguntó: ¿Cómo sabemos que Dios existe? Una buena pregunta.

El presentador de radio respondió diciendo que lo sabemos a través de la fe. Esa no es una mala respuesta, excepto que lo que hay que desglosar es cómo sabemos esto a través de la fe.

Primero, ¿qué significa saber algo? Si creemos que saber algo significa ser capaz de imaginarlo, comprenderlo e imaginar su existencia de alguna manera, entonces, de este lado de la eternidad, nunca podremos conocer a Dios. ¿Por qué?

Porque Dios es inefable. Esa es la primera verdad innegociable que debemos aceptar sobre Dios y significa que Dios, por definición, está más allá de nuestra imaginación. Dios es infinito y lo infinito nunca puede ser circunscrito o capturado en un concepto. Intenta imaginar el número más alto al que es posible contar. La naturaleza y la existencia de Dios nunca pueden ser conceptualizadas o imaginadas. Pero sí puede ser conocida.

El conocimiento no siempre está en la cabeza, algo que podamos explicar, poseer en una imagen y expresar con palabras. A veces, particularmente con cosas que tocan los misterios más profundos de la vida, sabemos más allá de nuestra cabeza y nuestro corazón. Este conocimiento está en nuestras entrañas, algo que se siente como un imperativo moral, un empujón, una llamada, una obligación, una voz que nos dice lo que debemos hacer para mantenernos fieles. Es ahí donde conocemos a Dios, más allá de cualquier comprensión imaginativa, intelectual o incluso afectiva.

Las verdades reveladas sobre Dios en las Escrituras, en la tradición cristiana y en el testimonio de las vidas de mártires y santos, simplemente dan expresión a algo que ya conocemos, como dicen los místicos, de una manera oscura.

¿Cómo Podríamos Probar la Existencia de Dios?

Escribí mi tesis doctoral exactamente sobre esa pregunta. En esa tesis, abordo las pruebas clásicas de la existencia de Dios tal como las vemos articuladas en la filosofía occidental. Por ejemplo, Tomás de Aquino trató de probar la existencia de Dios en cinco argumentos separados.

Aquí tienes uno de esos argumentos: Imagina caminar por un camino y ver una piedra y preguntarte, ¿cómo llegó allí? Dada la realidad bruta de una piedra, simplemente puedes responder: siempre ha estado allí. Sin embargo, imagina caminar por un camino y ver un reloj que todavía marca la hora. ¿Puedes seguir diciendo que siempre ha estado allí? No, no puede haber estado siempre allí porque tiene un diseño inteligente que alguien debe haber incorporado en él, y está marcando las horas, lo que significa que no puede haber existido desde siempre.

Aquino luego nos pide que apliquemos esto a nuestra propia existencia y al universo. La Creación tiene un diseño increíblemente inteligente y, como sabemos por la física contemporánea, no ha existido siempre. Algo o alguien con inteligencia nos ha dado a nosotros y al universo un comienzo histórico y un diseño inteligente. ¿Quién?

¿Cuánto peso tiene un argumento como este? Hubo un famoso debate en la radio BBC en Inglaterra entre Frederick Copleston, un renombrado filósofo cristiano, y Bertrand Russell, un brillante pensador agnóstico. Después de todo el intercambio en su debate, ambos estuvieron de acuerdo, como ateo y creyente, en una cosa: Si el mundo tiene sentido, entonces Dios existe. Como ateo, Russell estuvo de acuerdo con eso, pero luego continuó diciendo que, en última instancia, el mundo no tiene sentido.

La mayoría de los ateos reflexivos aceptan que el mundo «no tiene sentido»; pero luego, como Albert Camus, luchan con la pregunta: ¿cómo puede no tener sentido? Si no hay un Dios, entonces, ¿cómo podemos decir que es mejor ayudar a un niño que abusar de él? Si no hay un Dios, ¿cómo podemos fundamentar la racionalidad y la moralidad?

El Verdadero Conocimiento de Dios

Al final de mi tesis, concluí que la existencia de Dios no puede probarse mediante un argumento racional, un silogismo lógico o una ecuación matemática, si bien todos ellos pueden ofrecer algunas pistas convincentes sobre la existencia de Dios.

Sin embargo, a Dios no se le encuentra al final de un argumento, un silogismo o una ecuación. La existencia, la vida y el amor de Dios son conocidos (son experimentados) dentro de una cierta forma de vivir.

En pocas palabras, si vivimos de cierta manera, de la manera en que todas las religiones dignas de ese nombre (y no menos el cristianismo) nos invitan a vivir —es decir, con compasión, altruismo, perdón, generosidad, paciencia, longanimidad, fidelidad y gratitud—, entonces conoceremos la existencia de Dios por la participación en la vida misma de Dios, y si tenemos o no un sentido imaginativo de la existencia de Dios no tiene importancia.

¿Por qué creo en Dios? No porque me sienta particularmente persuadido por las pruebas de grandes mentes filosóficas como Aquino, Anselmo, Descartes, Leibnitz o Hartshorne. Encuentro sus pruebas intelectualmente intrigantes, pero existencialmente menos persuasivas.

Creo en Dios porque siento Su presencia a nivel visceral, como una voz silenciosa, como una llamada, una invitación, un imperativo moral que, cada vez que es escuchado y obedecido, trae comunidad, amor, paz y propósito.

Esa es la verdadera prueba de la existencia de Dios. Ron Rolheiser OMI  / Artículo en inglés

Se bautizó Jesús y vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él







Bautismo del Señor


El pasaje narra el bautismo de Jesús en el Jordán por obra del Bautista. Tal gesto ritual de penitencia para la remisión de los pecados suscitó una vivaz polémica entre los primeros cristianos, que pensaban que Jesús no tenía necesidad de semejante bautismo y además podía parecer que Juan Bautista fuese superior a Jesús. Pero el plan de Dios preveía también esto, y Jesús, Hijo obediente, se somete dócilmente a la voluntad del Padre, haciéndose solidario con los hombres y cargando con sus pecados (v. 15; cf. Mt 26,42; Jn 1,29; 2 Cor 5,21).

Al mismo tiempo, en el gesto de recibir el bautismo, Cristo se revela "Siervo" manso y humilde, que se entrega en adhesión total a la condición de debilidad humana, sin reservas ni privilegios de clase (cf. Is 42,1-3). La teofanía del bautismo, además, evidencia algunos rasgos característicos de la misión de Jesús: la participación celeste en el mundo humano, la bajada del Espíritu sobre Jesús en forma de "paloma" y la proclamación del Padre, que se complace en el Hijo y lo inviste como Mesías (w. 16-17). La imagen de la paloma, símbolo de Israel, se convierte también en símbolo de la generación del nuevo pueblo de Dios, al que Jesús da comienzo y que constituye el fruto maduro de la venida del Espíritu a los hombres. Con Jesús se inicia la época de la purificación, del verdadero conocimiento de Dios por el Espíritu Santo, de la definitiva unión entre Dios y el hombre.


Cuál es la diferencia entre el bautismo de Jesús y nuestro bautismo? El bautismo recibido por Jesús en el Jordán es un rito de penitencia para la remisión de los pecados y, en cuanto tal, Jesús no tenía propiamente necesidad de él. La manifestación del Padre con la bajada del Espíritu Santo, durante la cual es proclamado "Hijo predilecto" (cf. Mt 3,27) y es investido de la misión profética, real y sacerdotal, es la que lo lleva a tomar sobre sí nuestros pecados y los del mundo entero. Es el inicio del bautismo de la Iglesia, del nuevo pueblo de Dios que, con Jesús, sale del agua, sale de la esclavitud del pecado para entrar en la libertad de la vida del Espíritu.

Por su parte el bautismo que nosotros hemos recibido de nińos en el nombre de Cristo es la revelación en nosotros del amor de la Trinidad, es el éxodo del pecado a la nueva vida divina, es entrar a formar parte de la comunidad de la Iglesia, cuerpo de Cristo, y así convertirnos en hijos de Dios a todos los efectos.

Todo bautizado es el hijo esperado sobre el que se posa el Espíritu del Seńor. Y así nosotros creyentes somos llamados, como la primera comunidad cristiana, a dar testimonio del camino recorrido por Jesús, que es el único que salva al hombre y lo conduce a la comunión con Dios. Se trata de vivir un nuevo estilo de vida, que es identificación con una vida en Cristo y en el Espíritu, a la que se accede en la fe, que se experimenta en el amor y llena de esperanza, se hace visible en la cotidianidad de la vida eclesial. Por tanto, una vida de auténtica conversión a Dios y a los hermanos, que nos lleva a vivir una existencia guiada por el Espíritu Santo.


Un rey, un Dios y un hombre. Tres maneras de aproximarnos a Jesús.


Epifanía del Señor


PORQUE LLEGÓ NAVIDAD
Por José Luis Perales. “Hacer de nuestra casa un altar”.

MEDITATIO: Epifanía quiere decir "manifestación" y la Palabra de Dios en esta solemnidad está centrada toda sobre Jesús Mesías, Rey y Salvador universal de las naciones. No ha venido sólo para Israel, sino también para los paganos, es decir, para toda la familia humana. La venida de los Magos es el inicio de la unidad de las naciones, que se realizará plenamente en la fe en Jesús, cuando todos los hombres se sientan hijos del mismo Padre y hermanos entre ellos. Los Magos, como primeros "escuchadores" y testigos de Cristo, son tipo y preludio de una más grande multitud de "verdaderos adoradores", que constituirá la mies espiritual de los tiempos mesiánicos. Jesús es el sembrador, que trae la buena semilla, de la Palabra para todos; el Espíritu ha hecho madurar la semilla y la Iglesia está invitada a recoger el abundante fruto sembrado con la revelación de Jesús y fecundado con su muerte.

        Como de la vida de comunión y de amor entre el Padre y el Hijo ha derivado la misión de Jesús, así de la intimidad entre Jesús y la Iglesia surge la misión de los discípulos: crear la unidad entre las razas, pueblos y lenguas. Es la Palabra la que crea la unidad en el amor entre los creyentes de todos los tiempos. A través de ella nace la fe y se establece en el corazón del hombre abierto a la verdad en una existencia vital en Dios, que hace al hombre contemporáneo pertenencia de Cristo. A quienes lo buscan con corazón sincero, Jesús les ofrece unidad en la fe y en el amor. En este ambiente vital todos se hacen "uno" en la medida en que acogen a Jesús y creen en su palabra: "Seremos una sola cosa no por poder creer sino porque habremos creído" (san Agustín).

        En Jesús todos pueden ser una sola cosa y descubrir que la plenitud de la vida consiste en entregarse a Cristo y a los hermanos, y esto es amar en la unidad.

 

ORATIO: Padre santo, que nos has enviado a tu Hijo como salvador universal de los pueblos, te alabamos por la manifestación de Jesús, nuestro rey. Es un rey sin corona, o más aún, con corona de espinas, porque es en su pasión donde se puede comprender el auténtico significado de su soberanía, una realeza bastante distinta de la que buscan los hombres.

        Te bendecimos, Padre, por Jesús salvador universal. Vino para salvar a todos y para reunir a los hijos de Dios dispersos. No más ya una comunidad dividida y contrapuesta, sino una familia reunida, que camina en la luz y el esplendor de tu gloria. Todos, judíos y paganos, estamos "llamados en Cristo a participar de la misma herencia, a formar un mismo cuerpo(Ef 3,6), y la venida de los Magos constituye el inicio de esta paz universal de las naciones.

        Señor, queremos comprender cada vez mejor que la solución de la tensión entre universalidad y elección que tantas veces nos ha puesto unos contra otros se resuelve en el entender que la elección es servicio a todo hombre.

        Haz, Señor, que la Iglesia entera sepa, como los Magos, caminar siempre hacia Belén para adorar al rey universal de las gentes pero, al mismo tiempo, sepa desde Belén dirigirse al mundo para desempeñar la misión que Jesús le ha confiado, esto es, la de ir al encuentro de todos. Para que la comunidad cristiana, mientras va en busca de los alejados y de quienes se sienten excluidos, sepa llamarlos a la esperanza y a la vida, sin olvidar que la violencia que pueda sufrir de parte de los hombres forma parte de la misma misión.

 

CONTEMPLATIO: La estrella se detuvo sobre el lugar en que se encontraba el Niño. Al ver la estrella de nuevo, los Magos se llenaron de inmensa alegría. Acojamos también nosotros en nuestro corazón ese gran gozo. La misma alegría anuncian los ángeles a los pastores. Adorémosle junto con los Magos, démosle gloria con los pastores, exultemos con los ángeles, "porque nos ha nacido un Salvador: Cristo, el Señor" (Le 2,11). "Dios, el Señor, es nuestra luz(Sal 118,27): no en la forma de Dios, para no aterrorizar nuestra debilidad, sino en forma de siervo, para traer la libertad a quien yacía en la esclavitud. Es fiesta para toda la creación: el cielo ha sido dado a la tierra, las estrellas miran desde el cielo, los Magos dejan su país, la tierra se concentra en una gruta. No hay uno que no lleve algún presente, ninguno que no vaya agradecido.

        Celebremos la salvación del mundo, la Navidad del género humano. Unámonos a cuantos acogieron festivos al Señor. Y sea concedido también a nosotros encontrarnos con ellos para contemplar con mirada pura, como reflejada en un espejo, la gloria del Señor, para ser transformados también nosotros de gloria en gloria, por gracia y bondad de nuestro Señor Jesucristo. A él la gloria y la soberanía por los siglos de los siglos. Amén (San Basilio Magno, Homilías, 6).

!Levántate, brilla, porque viene tu luz!

Tú que estás por encima de nosotros,

Tú que eres uno de nosotros,

Tú que estás también en nosotros,

puedan todos verte también en mí,

pueda yo prepararte el camino,

pueda yo darte gracias por cuanto me sucede.

Pueda yo no olvidar en ello las necesidades de los otros.

Mantenme en tu amor

como quieres que todos vivan en el mío.

Que todo en mi ser se encamine a tu gloria

y que yo no desespere jamás.

Porque estoy en tus manos,

y en ti todo es fuerza y bondad.

Dame sentidos puros, para verte...

Dame sentidos humildes, para oírte...

Dame sentidos de amor, para servirte...

Dame sentidos de fe, para morar en ti... (Dag Hammarskjóld).

La tierna leyenda del cuarto Rey Mago que no llegó al nacimiento de Jesús ni a conocerle, pero...

Podemos encontrar 3 versiones diferentes de esta hermosa leyenda. Te mostramos la siguiente por ser la más breve y también puedes leer la obra completa: El cuarto Rey MagoHenry V.Dyke o
También te ofrecemos otra versión comentada
"...Así, nuestro Cuarto Rey, cabalgó raudo y veloz al encuentro de sus compañeros, sin dejar siquiera que el caballo recuperara fuerzas con las aguas del río Éufrates. Y ocurrió que cuando llegaba a las afueras de la ciudad, Artabán se encontró con un hombre malherido, desnudo, casi agonizante, el cual había sido atracado por unos ladrones que además de robarle sus pertenencias le propinaron una buena paliza. Un comerciante que recibió las atenciones de Artabán, que lavó sus heridas con vino y entablilló sus destrozadas piernas y brazos. Cuando el hombre recuperó el aliento y la consciencia, informó de que había sido totalmente desvalijado, habiéndole robado los malhechores toda la bolsa del dinero. Nuestro rey, como era de esperar, se apiadó del vendedor y le regaló el diamante de Méroe.
Lamentablemente, cuando quiso entrar en la ciudad y acudir al lugar indicado, los Reyes Magos ya se habían marchado, aunque le dejaron una nota en la que podía leerse: “Te hemos estado esperando mucho tiempo y no podemos dilatar más nuestro viaje. Sigue nuestra senda por el desierto y que la estrella te guíe”. Tras leer la corta misiva, arreó su caballo y cabalgó sin descanso, hasta la extenuación, trayendo como resultado la muerte de su brioso alazán. Pero nada podía detenerle y continuó el duro trayecto a pie, soportando tormentas de arena que ajaban el rostro y frenaban el paso.
Cuando quiso llegar a Belén de Judá sus vestimentas habían perdido el lustre y su cuerpo se mostraba enjuto y famélico. Allí, ninguna señal de Melchor, Gaspar y Baltasar, aunque sí se topó con la carnicería que ordenó llevar el legendario y cruel Herodes. Porque, como todo el mundo sabe, el tal Herodes, temeroso por los augurios, mandó asesinar a todos los recién nacidos, en una matanza de inocentes que tiñó de sangre las casas y las calles de Belén. Escenas que presenció Artabán en primera persona y que le llevaron a ofrecer su rubí a un soldado para que no atravesara con su espada a un niño. Pero un capitán se percató de la jugada y ordenó la detención del Cuarto Rey, que fue enviado a las mazmorras del palacio de Jerusalén.
Y más de treinta años estuvo en prisión, lamentándose de su mala suerte, sufriendo todo tipo de vejaciones y llegando a perder casi la cordura. Pero Artabán, en sus escasos y tenues momentos de lucidez, todavía tuvo tiempo para suplicar redención y piedad al procurador Poncio Pilatos, quien finalmente le otorgó la carta de libertad. Encontrado el perdón, dirigió sus pasos torpes por las pobladas calles de la ciudad, tropezándose con miles de personas que se dirigían hacia un lugar llamado el Gólgota. Una masa humana que deseaba presenciar la crucifixión de un falso profeta, un irreverente que había blasfemado contra Dios.
Artabán se dejó arrastrar por la multitud, cruzando por una plaza en la que estaban subastando a una bella doncella de rubios cabellos. Rebuscó entre sus andrajos y con el custodiado trocito de jaspe que todavía conservaba (en la esperanza de entregárselo algún día al Señor), compró la libertad de la joven. La mujer, en agradecimiento, besaba sus manos cuando la tierra tembló, rompiéndose en dos el templo, rasgándose los sepulcros. Con tan mala fortuna, que una piedra golpeó fuertemente la cabeza de Artabán, quedando tumbado en el suelo, desmayado. Y al recobrar el conocimiento vio como un hombre le sujetaba por los hombros y le miraba firmemente. Un joven que probablemente tenía la misma edad que él tenía cuando emprendió el viaje y que le decía: “Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste”.
“¿Cuándo hice yo lo que decís”?, preguntó sin apenas respiración mientras miraba sus manos vacías de jaspe, diamantes y rubíes. “Cuanto hiciste por mis hermanos, lo has hecho por mí”, fue la respuesta. Y Artabán expiró, emprendiendo un nuevo viaje que le llevó a la eternidad del universo, al infinito del horizonte, fundiéndose con las estrellas y dejando la estela del que fue el Cuarto Rey Mago de Oriente." Fuente

El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros





II Domingo de Natividad


El prólogo de Juan, a diferencia de los relatos de los evangelios de la infancia, no narra las vivencias históricas del nacimiento y primera infancia de Jesús, sino que describe, en forma poética, el origen de la Palabra en la eternidad de Dios y su persona divina en el amplio horizonte bíblico del plan de salvación que Dios ha trazado para el hombre. Esta presentación de Jesús-Palabra se hace en tres momentos.

Primeramente la "preexistencia" de la Palabra (w. 1-5), real y en comunión de vida con Dios; él nos puede hablar del Padre porque posee la eternidad, la personalidad y la divinidad (v. 1). Después, la venida histórica de la Palabra entre los hombres (w. 6-13) de cuya luz fue testigo el Bautista (w. 6-8); esta luz pone al hombre ante una opción de vida: rechazo o acogida, incredulidad o fe (w. 9-11); sólo la acogida favorable permite la filiación divina, que no procede ni de la carne ni de la sangre, esto es, de la posibilidad humana (w. 12-13). Y finalmente la encamación de la Palabra (v. 14) como punto central del prólogo. Esta Palabra, que había entrado por primera vez en la historia humana con la creación, viene ahora a morar entre los hombres con su presencia activa: "Y el Verbo se hace carne", es decir, se ha hecho hombre en la debilidad, fragilidad e impotencia del rostro de Jesús de Nazaret para mostrar el amor infinito de Dios. En él la humanidad creyente puede contemplar la gloria del Seńor (v. 16), no una gloria como la de Moisés, revelador imperfecto de la Ley que puede hacer esclavos, sino la de Jesús, el Revelador perfecto y escatológico de la Palabra que hace libres, el verdadero Mediador humano-divino entre el Padre y la humanidad, el único que nos manifiesta a Dios y nos lo hace conocer,

Las lecturas bíblicas de este domingo evidencian que Jesús es el icono visible de Dios Padre. El Hijo, en efecto, mira incesantemente al Padre, que es la fuente de su misión. Todo le viene del Padre: la enseńanza, la actividad, el poder sobre la vida y sobre la muerte. "Mi doctrina no es mía, sino de Aquel que me ha enviado" (Jn 7,16). "La Palabra que habéis escuchado no es mía, sino del Padre que me ha enviado" (Jn 14,24). El Hijo no hace nada por sí sólo, sino "como me ha enseńado el Padre, así hablo" (Jn 8,28). Jesús está a la escucha del Padre con mirada de contemplación interior y transmite sus palabras, es más, comunica tan bien la Palabra del Padre que Él mismo es, para el evangelista, la Palabra del Padre (Jn 1,1-2). Así Jesús es el perfecto revelador del amor del Padre, porque está siempre a la escucha de Dios, y es igualmente la Palabra misma del Padre.

El culmen, sin embargo, de la revelación que Jesús ha transmitido no está en lo que ha enseńado con palabras, sino en la obra que ha testimoniado con su vida. Ha cumplido hasta el fondo la obra que el Padre le había confiado. Y la obra que expresa el don de sí, la cumple Jesús entregando su vida sobre la cruz, haciéndonos así hijos adoptivos del mismo Padre. Es desde la colina en que se alza la cruz desde donde la humanidad toma conciencia de la calidad del amor que Jesús de Nazaret le revela: un amor que supera toda lógica humana y viola las fronteras de Dios.