Calendario de Cuaresma
Calendario de Cuaresma
Recuerdo escucharle decir esto ante el público de una parroquia. Al terminar, alguien planteó una objeción con fuerza: «Soy un hombre casado, ¿qué pasa si mi alma me pide tener una aventura?». La respuesta de Moore fue tajante: «Tu alma nunca te diría eso. Tu alma es tu sistema inmunitario moral y espiritual». Del mismo modo que tu sistema inmunitario físico nunca te pedirá que hagas algo perjudicial para tu salud corporal, tu alma jamás te impulsará a hacer algo malo para tu salud moral y espiritual. Tu alma, igual que tu cuerpo, tiene sus propias defensas para proteger tu bienestar.
Lo que Moore afirma sobre el alma individual se aplica también al alma de este mundo. La realidad tiene un sistema inmunitario, una «curvatura moral» que protege nuestra salud y nos avisa cuando la estamos dañando.
Esto tiene varias expresiones. Por ejemplo, Jesús lo enseñó con claridad: «La medida que uséis la usarán con vosotros» (Marcos 4, 24). Lo que esto implica es que la realidad tiene una estructura moral, cimentada en última instancia en el amor, que no puede violarse sin consecuencias. La vida nos devuelve lo que damos, recompensando el bien con bien y la malicia con malicia. El aire que exhalamos es el mismo que volveremos a respirar (lo cual es cierto incluso en sentido literal).
En el budismo y el hinduismo, esto se expresa a través de la llamada «Ley del Karma». En lenguaje de la calle, el Karma dice que «quien siembra, recoge». La realidad está estructurada de tal forma que, tarde o temprano, siempre cosechamos las consecuencias de nuestros actos. Cuando actuamos con altruismo, nos suceden cosas buenas; cuando somos egoístas, recogemos amargura. En esencia, nadie se va de rositas y ningún acto virtuoso se queda sin recompensa.
Tanto Jesús como la Ley del Karma nos enseñan que, al igual que nuestro cuerpo físico tiene defensas que nos guían y protegen, la realidad posee una estructura moral inviolable. Al final, recogemos lo que sembramos, sin excepciones. La virtud es su propio premio; el pecado, su propio castigo.
Sin embargo, a simple vista no siempre parece verdad. A veces da la impresión de que el pecado es recompensado y la virtud castigada. Pero eso ocurre sobre todo a nivel emocional. Es natural sentir envidia de quien no tiene escrúpulos. Nikos Kazantzakis lo describió de forma muy plástica: «La virtud se sienta sola en lo alto de un desfiladero desolado. Por su mente pasan todos los placeres prohibidos que nunca ha probado… ¡y llora!».
Vemos esa misma envidia en el hermano mayor del Hijo Pródigo. Le molesta que su hermano se entregara al hedonismo mientras él se mantenía en el camino moral. Le parecía que su hermano pequeño le había pegado un buen bocado a la vida, mientras que él, por timidez, se la estaba perdiendo.
No obstante, las palabras de su padre buscan disipar su envidia (y la nuestra). El Padre del hijo pródigo, que es Dios, le dice que no envidie la vida desenfrenada de su hermano. Por fuera podía parecer «vida», pero el padre sentencia: «¡Tu hermano estaba muerto!».
Hay una curvatura moral en toda la creación, un sistema inmunitario diseñado para proteger al universo y a todos nosotros. La virtud se premia a sí misma y el pecado se castiga a sí mismo. Tanto el Karma como Jesús nos aseguran que recibiremos la misma medida que demos. Ninguna buena acción cae en saco roto y ningún acto egoísta mejora realmente la vida de nadie.
Hice mi tesis doctoral sobre las pruebas de la existencia de Dios. Analicé las famosas «Cinco Vías» de Santo Tomás de Aquino, el intrigante argumento ontológico de San Anselmo, la visión de Descartes y muchísimos comentarios que intentan demostrar que Dios existe. Al final, llegué a la conclusión de que no podemos demostrar la existencia de Dios como quien resuelve una ecuación matemática o una hipótesis científica.
Pero eso no significa que esas pruebas no sirvan. Funcionan de otra manera: te señalan un estilo de vida. No te piden que encuentres a Dios al final de una fórmula, sino que experimentes su realidad viviendo de forma honesta y moral.
Existe una estructura moral en el corazón de la realidad, un sistema inmunitario que, para mí, es la prueba más clara de que Dios existe. Porque nos dice que, en la base de todo, existe un amor personal y generoso que nunca puede ser ignorado. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org / Artículo original en Inglés
Calendario de Cuaresma 38 de 40.
En el musical Los Miserables, hay una canción especialmente desgarradora que canta Fantine, una mujer moribunda a la que la vida ha golpeado con casi todas las injusticias imaginables. Abandonada por su marido, acosada sexualmente por su jefe, sumida en la pobreza extrema, enferma y a las puertas de la muerte —mientras su mayor angustia es qué será de su hija pequeña—, lanza este lamento:
Pero hay sueños que no pueden ser
y tormentas que no podemos capear.
Soñé que mi vida sería
muy distinta a este infierno que vivo,
tan diferente a lo que parecía.
Ahora la vida ha matado
el sueño que soñé.
Durante siglos, en nuestra cultura popular, la desesperación se entendía como el pecado definitivo e imperdonable contra Dios y contra la naturaleza. No siempre sabíamos definirla con exactitud, pero la veíamos como alguien que se rendía ante la vida, ante Dios, ante el amor y ante el sentido de todo. El suicidio se consideraba a menudo su ejemplo máximo: la desesperación absoluta.
Esta idea necesita una revisión radical, no solo por nuestro propio consuelo cuando vemos a seres queridos hundirse en lo que parece una desesperación total, sino también porque menosprecia a Dios.
La idea popular de que alguien que aparentemente se rinde ante la vida y ante Dios, y muere en ese estado, es culpable de un pecado que no puede ser perdonado y está condenado a una eternidad fuera de la comunidad del amor, se basa en graves malentendidos. ¿Cuáles son?
Primero, lo mejor que hay en nosotros no cree esto en absoluto. Nuestra parte más noble comprende la debilidad humana y cómo se produce el colapso del alma. Y esa parte mejor de nosotros tiende la mano con empatía a quienes se desmoronan así, precisamente porque comprendemos su fragilidad.
Segundo, la noción de que un colapso del alma (esa aparente desesperación) sea de algún modo un acto contra la vida misma y contra el Dios que nos la dio, es teológicamente falsa. Va en contra del principio fundamental que recorre toda la Escritura: que Dios tiene un amor especial y preferencial por los débiles, por los que no tienen fuerzas para mantenerse en pie, por los que se han derrumbado bajo el peso de la vida.
Aún más importante: la idea de que alguien que se rinde de esta manera se sitúa irrevocablemente fuera de la misericordia de Dios es un insulto a Dios, un menosprecio de su persona y de su amor. Se basa en la creencia errónea de que, si nosotros no nos aferramos a Dios, Dios no se aferrará a nosotros. Que si nos rendimos con Dios, Dios se rendirá con nosotros. Eso es totalmente falso y una falta de respeto a la fidelidad de Dios.
En el corazón mismo de lo que Jesús encarnó y reveló sobre el Padre reside esta verdad: Dios no nos abandona, especialmente cuando, destrozados de cuerpo y espíritu, nos rendimos ante Él. Dios nunca nos dejará porque seamos demasiado débiles o estemos demasiado heridos para seguir sujetándonos a su mano.
Es más, como cristianos creemos (y así lo afirmamos en el Credo) que Jesús descendió a los infiernos, no solo una vez tras su muerte el Viernes Santo, sino para siempre. Cada vez que Cristo ve a alguien cuyas circunstancias y heridas lo han llevado a un infierno personal del que no ve salida y se entrega a la desesperanza, Cristo nunca dice: «¡Como tú te rendiste conmigo, yo me rindo contigo!». No, ese no es el Dios en el que creemos. Al contrario, Cristo baja a ese infierno y exhala perdón y paz. No hay infierno, ni colapso del alma, ni desesperación en la que Cristo no pueda entrar para infundir paz. Si hay alguien en el infierno, es por soberbia, no por debilidad.
No es casualidad que la Iglesia canonice a ciertas personas y declare con nombre y apellidos que están en el cielo, mientras que nunca ha declarado nominalmente que nadie esté en el infierno, ni siquiera Judas, que traicionó a Jesús con un beso y luego (aparentemente desesperado) se quitó la vida.
En un libro titulado Peculiar Treasures, el reconocido novelista y escritor espiritual Frederick Buechner reflexiona sobre la muerte de Judas. Buechner, que perdió a su propio padre por suicidio, especula sobre las razones por las que Judas muere en lo que exteriormente parece desesperación. Sugiere que quizá Judas eligió el suicidio por esperanza y no por desesperación; es decir, se sintió condenado y confió en la misericordia de Jesús tras la muerte, pensando que quizá «el infierno sería su última oportunidad de llegar al cielo».
Imaginando el encuentro de Jesús con Judas tras la muerte, Buechner escribe: «Es una escena para imaginar. Una vez más se encontraron en las sombras, los dos viejos amigos, ambos un poco maltrechos después de todo lo sucedido, solo que esta vez fue Jesús quien dio el beso, y esta vez no fue un beso de muerte».
Resulta extraño y asombroso: para alguien totalmente destrozado por la vida, el infierno podría ser su última oportunidad de alcanzar el cielo. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org / Artículo original en Inglés
Calendario de Cuaresma 37 de 40.
Calendario de Cuaresma 36 de 40.
Calendario de Cuaresma 35 de 40.
Lunes de la V semana de cuaresma
Yo soy la luz del mundo.
La Cuaresma: Dios salva, no condena.
Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.
Calendario de Cuaresma 34 de 40.
V domingo de cuaresma
El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.
Entender y vivir los sentimientos de Dios en Jesús.
El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Calendario de Cuaresma 33 de 40. 2025.
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La perícopa de la "resurrección de Lázaro", que prepara directamente los acontecimientos pascuales, explicita uno de los aspectos fundamentales de la cristología joanea. En un crescendo lento, en el relato se pasa de la narración de la enfermedad (vv. 1-6), la muerte y la sepultura (vv. 7-37) hasta la resurrección al cuarto día (vv. 38-44). Entre líneas aparece la humanidad llena de ternura de Jesús que no reprime las lágrimas ni los sollozos (vv. 33.35)-, la confidencialidad de la amistad (vv. 21-24.32.39s) y el misterio de la filiación divina (vv. 4-6.14-15.41s).
El "credo" de Marta sintetiza magistralmente esta rica realidad: "Seńor... tú eres el Mesías (el mesías esperado en el judaísmo), el Hijo de Dios (título cristológico helenístico), el que tenia que venir al mundo (hoerchómenos vibrante de espera escatológica)". El punto más revelador aparece en los vv. 25s, lapidario como la revelación del nombre de "YHWH" del que es una explicación: "Yo soy la resurrección y la vida". El potente grito con que Jesús llama a Lázaro (v. 43) tiene la fuerza de la llamada a la vida del primer Adán (cf. Gn 2,7) y, a la vez, el dramatismo de la emisión del Espíritu por parte del nuevo Adán en la cruz (cf. Lc 23,46). En la "casa de aflicción" o "casa del pobre" (= Betania), efectivamente "YHWH ayuda", según el significado del nombre "Lázaro". Cómo? Dándose misericordiosamente a sí mismo y dando su vida como medicina de inmortalidad.
Se da una conexión progresiva en los grandes textos de Juan leídos a lo largo de estos últimos domingos de cuaresma. Después de haber hablado del don de Dios (el agua viva), Jesús, verdadera Luz, ha abierto los ojos al ciego de nacimiento. Estas acciones simbólicas anunciaban el bautismo, es decir, el renacimiento por el agua y el Espíritu. Hoy, otra acción simbólica nos habla de las consecuencias del bautismo: la vida nueva e imperecedera.
Entre las múltiples consideraciones posibles, nos detenemos en el llanto de Jesús junto a la tumba de su amigo Lázaro. Si sabía que iba a devolverle la vida, por qué llora? Sus lágrimas, tan reales, tienen también un valor simbólico. Se trata de todas las miserias humana -cuyo culmen es la muerte corporal-, que producen en Jesús esas lágrimas de compasión. Todo el misterio de la redención es un misterio de compasión y de amor.
La resurrección de Lázaro provocará directamente la condena a muerte de Jesús, que libra a los demás de la muerte a precio de su propia muerte. Los judíos dirán: "!Ha resucitado a Lázaro, que se salve a sí mismo!". Pero si Jesús se salvara a sí mismo, no podría salvarnos. El amor es don. En Jesús vence el amor precisamente al no salvarse a sí mismo, sino muriendo por nosotros. Pues el amor, para vencer, debe saber perder: ésta es la ley fundamental del cristiano. No podemos obtener ningún bien para los demás sin perder nosotros mismos por amor.
Sábado de la IV semana de cuaresma
Como manso cordero, era llevado al matadero.
La Cuaresma: ¿Qué decimos de Jesús?
Señor, Dios mío, a ti me acojo.
Calendario de Cuaresma 32 de 40.
Viernes de la IV semana de cuaresma
Intentaban agarrarlo, pero todavía no había llegado su hora.
Cuaresma: Elegir el camino del justo perseguido o el de sus perseguidores.
El Señor está cerca de los atribulados.
Calendario de Cuaresma 31 de 40.
«San José, maestro de la vida interior,
enséñame a orar, a sufrir y a callar»
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Al sur de Nazaret se encuentra una caverna llamada Cafisa. Es un lugar escarpado; para llegar a él, casi hay que trepar. Una mañana, antes de la salida del sol, fui allí. No me di cuenta del paisaje, muy bello, ni de las fieras, ni del canto de mil pájaros...
Estaba yo fuertemente abatido; sin embargo, experimentaba en el fondo del corazón que habría de saber algo de parte del Señor.
Entré en la gruta; había un gran vano formado por rocas negras con diferentes ángulos y corredores. Había muchas palomas y murciélagos, pero no hice ningún caso. Solo en aquel recinto severo no exento de majestad, me senté sobre una esterilla que llevaba conmigo. Puse, como Elías, mi cara entre las rodillas y oré intensamente. Tal vez por la fatiga o la tristeza, en cierto momento me adormecí. No sé cuánto tiempo estuve en oración y cuánto tiempo adormecido. Pero allí, en aquella gruta que nunca podré olvidar, durante aquellos momentos de silencio, me pareció ver un ángel del Señor, maravilloso, envuelto en luz y sonriente.
«José, hijo de David -me dijo-, no tengas miedo de acoger a María, tu esposa, y quedarte con ella. Lo que ha sucedido en ella es realmente obra del Espíritu Santo: tú lo sabes. Y debes imponer al niño el nombre de Jesús. Tu tarea, José, es ser el padre legal ante los hombres, el padre davídico que da testimonio de su estirpe... Y has de saber, José, que también tú has encontrado gracia a los ojos del Señor... Dios está contigo». El ángel desapareció. La gruta siguió como siempre, pero todo me parecía diferente, más luminoso, más bello.
«Gracias, Dios mío. Gracias infinitas por esta liberación. Gracias por tu bondad con tu siervo. Has vuelto a darme la paz, la alegría, la vida. Así pues, Jesús, María y yo estaremos siempre unidos, fundidos en un solo y gran amor..., en un solo corazón».
La tempestad había desaparecido, había vuelto el sol, la paz, la esperanza... Todo había cambiado. J. M. Vernet, Tu, Giuseppe. Tú, José, Ediciones STJ. Fuente: santaclaradeestella.es