Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces

 



 Domingo de Ramos en la Pasión del Señor


La pasión de Jesús es paradójicamente -en la narración de Mateo- la pasión del Hijo del hombre, del Seńor de la gloria, del Juez, universal destinado a dar cumplimiento a la historia de la humanidad. El evangelista refleja esta contradicción en una narración de intensa, aunque siempre comedida, dramaticidad, manifestada en los detalles propios de su evangelio (por ejemplo, la desesperación y el suicidio de Judas: 27,3-16) y en la tensión continua entre poder y mansedumbre. El que podría haber recurrido a más de doce legiones de ángeles para librarse de las manos de los hombres se deja capturar inerme (26,50b-54); calla ante los "grandes" sin utilizar manifestaciones sobrenaturales (27,14.19). Su muerte rubrica el paso a una condición totalmente nueva desde el punto de vista religioso, humano y cósmico (27,50-54); sin embargo, Jesús no es un superhombre.

Mateo subraya particularmente su soledad en Getsemaní (triple separación, triple vuelta a los suyos...), la humildad de su oración al Padre ("Si es posible...") y su confesión a los discípulos, a los que confía no sólo su tristeza mortal, sino también la debilidad de su carne (26,41b). De acuerdo con la perspectiva de su evangelio, Mateo, más que los otros evangelistas, insiste en el cumplimiento de las Escrituras -explícitamente o por medio de citas- para indicar que la pasión entra de lleno en el plan salvífico de Dios.

A pesar de todo, el pueblo elegido no lo ha comprendido y se hace culpable de la sangre del Inocente (27,4.25), esa sangre que sanciona "la nueva y eterna alianza" (26,28), la única que puede redimir de todo pecado.

La pasión del Seńor nos pone en silencio. Un silencio más profundo que las múltiples voces que nos rodean y que habitualmente nos invaden. De lo hondo del corazón brota una pregunta que no podemos evitar: por qué?

La respuesta nos la da el mismo Jesús, que dice: "Esta es mi sangre derramada por todos, para el perdón de los pecados"(Mt 26,28). Contemplemos al Hijo del hombre, al Seńor glorioso, humillado por nosotros, injuriado, perseguido. Miremos al Hijo de Dios, que no baja de la cruz para salvarse a sí mismo, sino que se queda crucificado para salvarnos a todos nosotros. Fiel al designio del Padre, fiel al amor al hombre, ha asumido el abandono extremo debido al pecado, para que nosotros, libres, pudiésemos gustar la alegría de la comunión con Dios.

Que se conmueva la tierra por nuestra habitual indiferencia, que se despedacen las rocas de los corazones empedernidos. Hoy se nos brinda la gracia de la pasión de Cristo. Al nombre de Jesús, también nosotros doblamos las rodillas y, en silencio, humildemente, dejamos nuestro pecado a los pies de su cruz gloriosa, de su cruz de amor.



Todas las vidas importan. Artículo.

Theodore Roethke comienza su poema En un tiempo oscuro con estas palabras: «En un tiempo oscuro, el ojo empieza a ver». Vivimos un tiempo oscuro, asediado por el odio, divisiones amargas y guerras que, diariamente, traen muerte y un trauma incalculable a millones de personas. Pero, ¿están empezando a ver nuestros ojos?

A veces, en un tiempo oscuro, el humor irreverente puede ayudarnos a ver. He aquí un ejemplo: Hace poco dirigía un retiro en un centro de renovación cerca de una playa. Dando un paseo por la playa durante uno de nuestros descansos, vi a tres jóvenes sentados en la parte trasera de una camioneta. El estéreo de la camioneta atronaba con música que se oía a cientos de metros, y los tres jóvenes, con sus gorras de béisbol del revés, alzaban alegremente latas de cerveza y saludaban felices a todos los que les rodeaban. Y sobre la camioneta ondeaba una gran bandera que rezaba: ¡Las vidas de los borrachos importan! Su alegre irreverencia me levantó el ánimo, como también lo hizo a los participantes del retiro cuando compartí la historia con ellos.

Sí, a veces vemos que incluso las vidas de los borrachos importan. Todas las vidas importan.

Que todas las vidas importan es algo que hay que resaltar ahora mismo porque hoy estamos recibiendo la fuerte impresión, por parte de algunos de nuestros altos funcionarios del gobierno y otros, de que algunas vidas no importan, al menos no tanto como las nuestras y las de nuestros seres queridos. He aquí la cuestión:

Durante las últimas semanas, Estados Unidos e Israel han estado en guerra con Irán, una guerra que ha desestabilizado millones de vidas. Durante estas semanas ha habido 15.000 ataques con bombas en Irán y Líbano, e Irán ha tomado represalias con innumerables ataques dirigidos contra intereses de Estados Unidos e Israel.

Se han perdido varias vidas estadounidenses e israelíes y varios cientos de estadounidenses e israelíes han resultado heridos. Y hemos llorado debidamente esas muertes y heridas, llorado que estas preciosas vidas se perdieran o resultaran heridas. Nuestra empatía nos hizo ver que estas vidas eran preciosas y que un oxígeno insustituible abandonó el planeta cuando cada uno de ellos murió. Reconocimos que sus vidas importaban. Y eso va en nuestro crédito.

Sin embargo, durante este tiempo, se han perdido más de 2000 vidas en Irán y Líbano y a cientos de miles se les ha destrozado la vida irrevocablemente, y (al menos públicamente) no les hemos concedido la misma empatía que dimos a los nuestros. Para nosotros, al parecer, sus vidas no eran tan preciosas como las nuestras.

Quizás esto pueda excusarse (o al menos entenderse) por el hecho de que no vemos estas otras vidas de primera mano. Están lejos de nosotros, son abstractos, sin rostro, sin nombre, iraníes y libaneses.

Sin embargo, lo que no es excusable es la forma tan frívola e insensible en que algunos líderes del gobierno y otros a su alrededor están hablando de esta guerra y esas muertes. Su lenguaje ante todas estas muertes y el desplazamiento de millones es el lenguaje de la celebración; lo que uno podría escuchar en un partido de fútbol cuando tu equipo local está humillando a un rival odiado. ¡Les estamos ganando! ¡Les estamos humillando! ¡Les estamos bombardeando hasta el olvido! ¡Hurra!

¿Dónde está nuestra empatía por su sufrimiento, por sus muertos, por los millones de vidas que ahora están siendo destrozadas por la muerte, el desplazamiento y el dolor? Es como si las muertes iraníes y libanesas no fueran reales, como los asesinatos virtuales en un videojuego. Incluso el título de esta guerra apesta a videojuego: ¡Furia Épica! Pero esto no es un videojuego. Personas reales están muriendo. Cientos están muertos y millones viven con corazones que se rompen o en la desesperación.

Estamos llamados por lo mejor que hay en nosotros a tocar esa parte de nuestro corazón donde nos preocupamos por más que solo los nuestros. Necesitamos tocar esa parte empática más profunda dentro de nosotros que puede decir (y decir en voz alta): ¡Las vidas iraníes importan! ¡Las vidas libanesas importan! ¡Todas las vidas importan! Cada vida es tan preciosa como la mía.

Por supuesto, también necesitamos seguir diciendo que las vidas estadounidenses y las vidas israelíes importan.

Todas las vidas humanas son igualmente preciosas a los ojos de Dios. Como dice San Pablo en su Carta a los Gálatas (3,28): «No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús». En efecto, eso dice que en Cristo no hay estadounidense ni iraní, no hay israelí ni libanés, no hay vidas que no importen o importen menos que otras vidas.

La guerra es la guerra e incluso puede haber guerras justas, y comprensiblemente la gente muere en las guerras. Eso puede aceptarse.

Pero, tenemos mejores corazones que caer en la empatía selectiva. Tenemos mejores corazones que celebrar la muerte y la destrucción de vidas como celebraríamos el triunfo de nuestro equipo deportivo favorito demoliendo a un rival odiado. Tenemos mejores corazones que ver las muertes y la destrucción de innumerables vidas como no totalmente reales, como los muertos en los videojuegos. ¡Somos mejores que eso! Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org

Sábado de la V semana de cuaresma. Para reunir a los hijos de Dios dispersos.

 

Sábado de la V semana de cuaresma
Para reunir a los hijos de Dios dispersos.
La Cuaresma: Subir con Jesús a Jerusalén para reunir a todos los hombres
El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.

Calendario de Cuaresma

El sistema inmunitario de la realidad. Artículo.

Thomas Moore, autor de «El cuidado del alma», nos enseña que nuestra tarea espiritual más importante es escuchar los impulsos de nuestra propia alma. Si la escuchamos con honestidad, ella nos guiará, nos protegerá y nos mantendrá sanos.

Recuerdo escucharle decir esto ante el público de una parroquia. Al terminar, alguien planteó una objeción con fuerza: «Soy un hombre casado, ¿qué pasa si mi alma me pide tener una aventura?». La respuesta de Moore fue tajante: «Tu alma nunca te diría eso. Tu alma es tu sistema inmunitario moral y espiritual». Del mismo modo que tu sistema inmunitario físico nunca te pedirá que hagas algo perjudicial para tu salud corporal, tu alma jamás te impulsará a hacer algo malo para tu salud moral y espiritual. Tu alma, igual que tu cuerpo, tiene sus propias defensas para proteger tu bienestar.

Lo que Moore afirma sobre el alma individual se aplica también al alma de este mundo. La realidad tiene un sistema inmunitario, una «curvatura moral» que protege nuestra salud y nos avisa cuando la estamos dañando.

Esto tiene varias expresiones. Por ejemplo, Jesús lo enseñó con claridad: «La medida que uséis la usarán con vosotros» (Marcos 4, 24). Lo que esto implica es que la realidad tiene una estructura moral, cimentada en última instancia en el amor, que no puede violarse sin consecuencias. La vida nos devuelve lo que damos, recompensando el bien con bien y la malicia con malicia. El aire que exhalamos es el mismo que volveremos a respirar (lo cual es cierto incluso en sentido literal).

En el budismo y el hinduismo, esto se expresa a través de la llamada «Ley del Karma». En lenguaje de la calle, el Karma dice que «quien siembra, recoge». La realidad está estructurada de tal forma que, tarde o temprano, siempre cosechamos las consecuencias de nuestros actos. Cuando actuamos con altruismo, nos suceden cosas buenas; cuando somos egoístas, recogemos amargura. En esencia, nadie se va de rositas y ningún acto virtuoso se queda sin recompensa.

Tanto Jesús como la Ley del Karma nos enseñan que, al igual que nuestro cuerpo físico tiene defensas que nos guían y protegen, la realidad posee una estructura moral inviolable. Al final, recogemos lo que sembramos, sin excepciones. La virtud es su propio premio; el pecado, su propio castigo.

Sin embargo, a simple vista no siempre parece verdad. A veces da la impresión de que el pecado es recompensado y la virtud castigada. Pero eso ocurre sobre todo a nivel emocional. Es natural sentir envidia de quien no tiene escrúpulos. Nikos Kazantzakis lo describió de forma muy plástica: «La virtud se sienta sola en lo alto de un desfiladero desolado. Por su mente pasan todos los placeres prohibidos que nunca ha probado… ¡y llora!».

Vemos esa misma envidia en el hermano mayor del Hijo Pródigo. Le molesta que su hermano se entregara al hedonismo mientras él se mantenía en el camino moral. Le parecía que su hermano pequeño le había pegado un buen bocado a la vida, mientras que él, por timidez, se la estaba perdiendo.

No obstante, las palabras de su padre buscan disipar su envidia (y la nuestra). El Padre del hijo pródigo, que es Dios, le dice que no envidie la vida desenfrenada de su hermano. Por fuera podía parecer «vida», pero el padre sentencia: «¡Tu hermano estaba muerto!».

Hay una curvatura moral en toda la creación, un sistema inmunitario diseñado para proteger al universo y a todos nosotros. La virtud se premia a sí misma y el pecado se castiga a sí mismo. Tanto el Karma como Jesús nos aseguran que recibiremos la misma medida que demos. Ninguna buena acción cae en saco roto y ningún acto egoísta mejora realmente la vida de nadie.

Hice mi tesis doctoral sobre las pruebas de la existencia de Dios. Analicé las famosas «Cinco Vías» de Santo Tomás de Aquino, el intrigante argumento ontológico de San Anselmo, la visión de Descartes y muchísimos comentarios que intentan demostrar que Dios existe. Al final, llegué a la conclusión de que no podemos demostrar la existencia de Dios como quien resuelve una ecuación matemática o una hipótesis científica.

Pero eso no significa que esas pruebas no sirvan. Funcionan de otra manera: te señalan un estilo de vida. No te piden que encuentres a Dios al final de una fórmula, sino que experimentes su realidad viviendo de forma honesta y moral.

Existe una estructura moral en el corazón de la realidad, un sistema inmunitario que, para mí, es la prueba más clara de que Dios existe. Porque nos dice que, en la base de todo, existe un amor personal y generoso que nunca puede ser ignorado. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org / Artículo original en Inglés

Viernes de la V semana de cuaresma. El Señor es mi fuerte defensor.

 

Viernes de la V semana de cuaresma
El Señor es mi fuerte defensor.
La Cuaresma: El Señor está con nosotros.
En el peligro invoqué al Señor, y él me escuchó.

Calendario de Cuaresma 38 de 40.

Tormentas que no podemos capear. Artículo.

En el musical Los Miserables, hay una canción especialmente desgarradora que canta Fantine, una mujer moribunda a la que la vida ha golpeado con casi todas las injusticias imaginables. Abandonada por su marido, acosada sexualmente por su jefe, sumida en la pobreza extrema, enferma y a las puertas de la muerte —mientras su mayor angustia es qué será de su hija pequeña—, lanza este lamento:

Pero hay sueños que no pueden ser
y tormentas que no podemos capear.
Soñé que mi vida sería
muy distinta a este infierno que vivo,
tan diferente a lo que parecía.
Ahora la vida ha matado
el sueño que soñé.

Durante siglos, en nuestra cultura popular, la desesperación se entendía como el pecado definitivo e imperdonable contra Dios y contra la naturaleza. No siempre sabíamos definirla con exactitud, pero la veíamos como alguien que se rendía ante la vida, ante Dios, ante el amor y ante el sentido de todo. El suicidio se consideraba a menudo su ejemplo máximo: la desesperación absoluta.

Esta idea necesita una revisión radical, no solo por nuestro propio consuelo cuando vemos a seres queridos hundirse en lo que parece una desesperación total, sino también porque menosprecia a Dios.

La idea popular de que alguien que aparentemente se rinde ante la vida y ante Dios, y muere en ese estado, es culpable de un pecado que no puede ser perdonado y está condenado a una eternidad fuera de la comunidad del amor, se basa en graves malentendidos. ¿Cuáles son?

Primero, lo mejor que hay en nosotros no cree esto en absoluto. Nuestra parte más noble comprende la debilidad humana y cómo se produce el colapso del alma. Y esa parte mejor de nosotros tiende la mano con empatía a quienes se desmoronan así, precisamente porque comprendemos su fragilidad.

Segundo, la noción de que un colapso del alma (esa aparente desesperación) sea de algún modo un acto contra la vida misma y contra el Dios que nos la dio, es teológicamente falsa. Va en contra del principio fundamental que recorre toda la Escritura: que Dios tiene un amor especial y preferencial por los débiles, por los que no tienen fuerzas para mantenerse en pie, por los que se han derrumbado bajo el peso de la vida.

Aún más importante: la idea de que alguien que se rinde de esta manera se sitúa irrevocablemente fuera de la misericordia de Dios es un insulto a Dios, un menosprecio de su persona y de su amor. Se basa en la creencia errónea de que, si nosotros no nos aferramos a Dios, Dios no se aferrará a nosotros. Que si nos rendimos con Dios, Dios se rendirá con nosotros. Eso es totalmente falso y una falta de respeto a la fidelidad de Dios.

En el corazón mismo de lo que Jesús encarnó y reveló sobre el Padre reside esta verdad: Dios no nos abandona, especialmente cuando, destrozados de cuerpo y espíritu, nos rendimos ante Él. Dios nunca nos dejará porque seamos demasiado débiles o estemos demasiado heridos para seguir sujetándonos a su mano.

Es más, como cristianos creemos (y así lo afirmamos en el Credo) que Jesús descendió a los infiernos, no solo una vez tras su muerte el Viernes Santo, sino para siempre. Cada vez que Cristo ve a alguien cuyas circunstancias y heridas lo han llevado a un infierno personal del que no ve salida y se entrega a la desesperanza, Cristo nunca dice: «¡Como tú te rendiste conmigo, yo me rindo contigo!». No, ese no es el Dios en el que creemos. Al contrario, Cristo baja a ese infierno y exhala perdón y paz. No hay infierno, ni colapso del alma, ni desesperación en la que Cristo no pueda entrar para infundir paz. Si hay alguien en el infierno, es por soberbia, no por debilidad.

No es casualidad que la Iglesia canonice a ciertas personas y declare con nombre y apellidos que están en el cielo, mientras que nunca ha declarado nominalmente que nadie esté en el infierno, ni siquiera Judas, que traicionó a Jesús con un beso y luego (aparentemente desesperado) se quitó la vida.

En un libro titulado Peculiar Treasures, el reconocido novelista y escritor espiritual Frederick Buechner reflexiona sobre la muerte de Judas. Buechner, que perdió a su propio padre por suicidio, especula sobre las razones por las que Judas muere en lo que exteriormente parece desesperación. Sugiere que quizá Judas eligió el suicidio por esperanza y no por desesperación; es decir, se sintió condenado y confió en la misericordia de Jesús tras la muerte, pensando que quizá «el infierno sería su última oportunidad de llegar al cielo».

Imaginando el encuentro de Jesús con Judas tras la muerte, Buechner escribe: «Es una escena para imaginar. Una vez más se encontraron en las sombras, los dos viejos amigos, ambos un poco maltrechos después de todo lo sucedido, solo que esta vez fue Jesús quien dio el beso, y esta vez no fue un beso de muerte».

Resulta extraño y asombroso: para alguien totalmente destrozado por la vida, el infierno podría ser su última oportunidad de alcanzar el cielo. Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org / Artículo original en Inglés

Jueves de la V semana de cuaresma. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

 

Jueves de la V semana de cuaresma
Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día.
La Cuaresma: Guardar la palabra es no conocer la muerte.
El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

Calendario de Cuaresma 37 de 40.

Miércoles de la V semana de cuaresma. ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!

Miércoles de la V semana de cuaresma
Si el Hijo os hace libres, sois realmente libres.
La Cuaresma: La fidelidad libera.
¡A ti gloria y alabanza por los siglos!

Calendario de Cuaresma 36 de 40.


Solemnidad de la Anunciación: Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

Lo esencial no se enseña.
Se revela a cada uno en lo íntimo,
como una anunciación que la esperanza murmura.
Sólo lo descubre aquél que secretamente tiene una gran intuición,
y a menudo desde que se es joven.

Lecturas y comentario del día
Gracias a: Dominicos.org

Madre del Redentor, virgen fecunda,
puerta del cielo siempre abierta,
estrella del mar,
ven a librar al pueblo que tropieza y quiere levantarse.

Ante la admiración de cielo y tierra,
engendraste a tu santo Creador,
y permaneces siempre virgen.
Recibe el saludo del ángel Gabriel,
y ten piedad de nosotros, pecadores.
De la antífona mariana "Alma Redemptoris Mater"

Gracias a: Rezando Voy



V domingo de cuaresma. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

 

V domingo de cuaresma
El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.
Entender y vivir los sentimientos de Dios en Jesús.
El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Calendario de Cuaresma 33 de 40. 2025.


Yo soy la resurrección y la vida

 



V Domingo de Cuaresma


 La perícopa de la "resurrección de Lázaro", que prepara directamente los acontecimientos pascuales, explicita uno de los aspectos fundamentales de la cristología joanea. En un crescendo lento, en el relato se pasa de la narración de la enfermedad (vv. 1-6), la muerte y la sepultura (vv. 7-37) hasta la resurrección al cuarto día (vv. 38-44). Entre líneas aparece la humanidad llena de ternura de Jesús que no reprime las lágrimas ni los sollozos (vv. 33.35)-, la confidencialidad de la amistad (vv. 21-24.32.39s) y el misterio de la filiación divina (vv. 4-6.14-15.41s).

El "credo" de Marta sintetiza magistralmente esta rica realidad: "Seńor... tú eres el Mesías (el mesías esperado en el judaísmo), el Hijo de Dios (título cristológico helenístico), el que tenia que venir al mundo (hoerchómenos vibrante de espera escatológica)". El punto más revelador aparece en los vv. 25s, lapidario como la revelación del nombre de "YHWH" del que es una explicación: "Yo soy la resurrección y la vida". El potente grito con que Jesús llama a Lázaro (v. 43) tiene la fuerza de la llamada a la vida del primer Adán (cf. Gn 2,7) y, a la vez, el dramatismo de la emisión del Espíritu por parte del nuevo Adán en la cruz (cf. Lc 23,46). En la "casa de aflicción" o "casa del pobre" (= Betania), efectivamente "YHWH ayuda", según el significado del nombre "Lázaro". Cómo? Dándose misericordiosamente a sí mismo y dando su vida como medicina de inmortalidad.

Se da una conexión progresiva en los grandes textos de Juan leídos a lo largo de estos últimos domingos de cuaresma. Después de haber hablado del don de Dios (el agua viva), Jesús, verdadera Luz, ha abierto los ojos al ciego de nacimiento. Estas acciones simbólicas anunciaban el bautismo, es decir, el renacimiento por el agua y el Espíritu. Hoy, otra acción simbólica nos habla de las consecuencias del bautismo: la vida nueva e imperecedera.

Entre las múltiples consideraciones posibles, nos detenemos en el llanto de Jesús junto a la tumba de su amigo Lázaro. Si sabía que iba a devolverle la vida, por qué llora? Sus lágrimas, tan reales, tienen también un valor simbólico. Se trata de todas las miserias humana -cuyo culmen es la muerte corporal-, que producen en Jesús esas lágrimas de compasión. Todo el misterio de la redención es un misterio de compasión y de amor.

La resurrección de Lázaro provocará directamente la condena a muerte de Jesús, que libra a los demás de la muerte a precio de su propia muerte. Los judíos dirán: "!Ha resucitado a Lázaro, que se salve a sí mismo!". Pero si Jesús se salvara a sí mismo, no podría salvarnos. El amor es don. En Jesús vence el amor precisamente al no salvarse a sí mismo, sino muriendo por nosotros. Pues el amor, para vencer, debe saber perder: ésta es la ley fundamental del cristiano. No podemos obtener ningún bien para los demás sin perder nosotros mismos por amor.