LECTIO: Sábado
Santo: día de la sepultura de Dios. No es acaso, de forma
impresionante, nuestro día? No comienza nuestro siglo a ser un gran
Sábado Santo, día de la ausencia de Dios en el que incluso los
discípulos experimentan un vacío que aletea en el corazón, que se
extiende cada vez más, y por esta razón se preparan llenos de vergüenza y
angustia a volver a casa y se encaminan sombríos y apesadumbrados en su
desesperación hacia Emaús, sin darse cuenta de que aquel que creían
muerto está en medio de ellos?
"Descenso
al infierno" -esta confesión del Sábado Santo- significa que Cristo ha
sobrepasado la puerta de la soledad, que ha tocado el fondo inalcanzable
e insuperable de nuestra condición de soledad. Significa que aun en la
noche externa, no franqueada por palabra alguna, en la que todos somos
como niños expulsados, llorando, se oye una voz que nos llama, una mano
que nos coge y nos guía. La soledad insuperable del hombre ha sido
superada desde el momento en que él ha pasado por esta soledad.
El
infierno ha sido vencido desde que el amor ha entrado en la región de
la muerte y la "tierra de nadie" de la soledad ha sido habitada por él
(J. Ratzinger y VV. Congdon, // Sabato della storia)
ORATIO: Padre
nuestro, que estás en los cielos y nos miras a nosotros, pequeñas
criaturas de la tierra, reaviva nuestra fe y nuestra esperanza ante el
misterio de la muerte.
También
tú, junto con tu Hijo, has querido experimentar el gélido silencio del
sepulcro. También tú, que eres el eterno Viviente, has querido -por amor
y compasión- ser como una semilla enterrada en la tierra. Por tu
desconcertante humildad y empatía, concédenos la gracia de saber aceptar
con entereza y serenidad la ley natural de la muerte como paso a la
vida resucitada (A. M. Cánopi, Via Cnicis sotto lo sguardo del Padre).
CONTEMPLATIO: Un
José te protegió siendo niño. Otro José te desclava dulcemente de la
cruz. En sus manos estás más abandonado que un niño en brazos de su
madre. Introduce en el seno de la roca la reliquia de tu cuerpo
inmaculado. Se rueda la piedra, todo es silencio. Es el shabbáth
misterioso.
Todo calla, la creación contiene la respiración.
Cristo
desciende al vacío total de amor. Pero lo hace como vencedor. Arde con
el fuego del Espíritu. A su contacto se queman las cuerdas que atan a la
humanidad.
Oh vida, cómo puedes morir? Muero para destruir el poder de la muerte y resucitar a los muertos del infierno.
Todo
calla. Pero concluyó la gran batalla. El que divide ha sido vencido.
Bajo tierra, en lo hondo de nuestras almas, ha prendido una chispa de
fuego. Vigilia de pascua. Todo calla, pero en esperanza. El último Adán
tiende la mano al primer Adán. La madre de Dios enjuga las lágrimas a
Eva. En torno a la roca mortal, florece el jardín (Bartolomé I, cit. en
Via Crucis al Colosseo).
LECTURA: La
tierra está extenuada. Todo duerme y espera. También reposa el cuerpo
de Jesús. Como en el caso de Lázaro, la muerte de Jesús no es más que un
sueño. Mientras su alma descendía a llevar la victoria a lo más hondo
de los infiernos, su cuerpo duerme pacíficamente en la tumba, esperando
las maravillas de Dios.
Y
es que este Gran Sábado no es como otros. Algo ha cambiado
radicalmente. El velo del Templo se rasgó hace poco, brutalmente,
dejando al descubierto al Santo de los Santos. El Templo ya no está en
su lugar. El sábado ya no está en el sábado. Ni la pascua en la pascua.
Todo
está en otro sitio. Todo está aquí cerca, cerca del cuerpo que duerme
en la tumba. Todo es espera, ahora debe suceder todo. La Iglesia, esposa
de Jesús, no se desorienta. Sigue !unto a la tumba que encierra el
cuerpo amado. El amor no flaquea, no se desespera. El amor todo lo
puede, todo lo espera. Sabe ser mas fuerte que la muerte.
Qué
no habría hecho en aquella hora de tinieblas el amor de algunos, entre
ellos el de la Virgen María, para que Jesús fuera arrancado de la
muerte? Sólo Dios lo sabe. Alguno ha presentido la densidad de vida que
colma este cadáver y esta tumba, como jardín en primavera, donde incluso
la noche es un crujido de vida y de savia que fluye? Nosotros no lo
sabemos. Sólo sabemos que José de Arimatea hizo rodar una gran piedra
hasta la boca de la tumba antes de irse, mientras María Magdalena y la
otra María estaban allí, firmes junto a la tumba. Seguramente, no saben
nada todavía, pero perseveran en el amor. El vacío que se ha creado de
repente entre ellas es tan grande que sólo Dios puede llenarlo. Con
ellas, toda la Iglesia espera en el amor (A. Louf, Solo l'amore v!
bastera.). Fuente: santaclaradeestella.es