La historia de lo acontecido en Cova da Iria y las revelaciones posteriores a Sor Lucía constituyen un camino de fe que, aunque se despliega en diversos momentos y lugares, se encuentra profundamente unificado por una promesa de victoria definitiva: El triunfo del Inmaculado Corazón de María.
Este itinerario de salvación comenzó en 1916 con las apariciones del Ángel de la Paz, quien preparó a los pastores enseñándoles oraciones fundamentales de reparación.
Entre ellas, destaca la súplica de adoración trinitaria: "Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te adoro profundamente y te ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido y por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de la Virgen María te pido por la conversión de los pobres pecadores". (Coronilla de Reparación Eucarística completa y orígenes)
Durante las apariciones de 1917, la Virgen María entregó peticiones concretas para la vida cotidiana de todo fiel. La Madre de Dios insistió en el rezo diario del Santo Rosario por la paz del mundo y solicitó que, al final de cada misterio, se añadiera la jaculatoria:
"Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu divina misericordia".
Junto a esta oración, la Virgen mostró la realidad del infierno para despertar en nosotros un deseo ardiente de ofrecer sacrificios, ayunos y penitencias por la conversión de los pecadores. Como signo de protección y consagración personal, en su última aparición el 13 de octubre, se presentó portando el Escapulario del Carmen, invitando a todos los bautizados a revestirse de su protección maternal.
El mensaje de Fátima se completó años después con directrices específicas para alcanzar la paz. A través de Sor Lucía, la Virgen pidió la práctica de la devoción de los Cinco Primeros Sábados, que consiste en confesarse, recibir la Sagrada Comunión, rezar el Rosario y hacer quince minutos de meditación sobre sus misterios, todo ello con la intención de reparar las ofensas a su Corazón Inmaculado: (PDF: en profundidad) (libro recomendado)
1) Blasfemias contra su Inmaculada Concepción.
2) Blasfemias contra su virginidad.
3) Blasfemias contra su maternidad divina y rechazando al mismo tiempo recibirla como madre de los hombres.
4) Los que procuran públicamente infundir en los corazones de los niños la indiferencia, el desprecio y hasta el odio hacia esta Madre Inmaculada.
5) Los que la ultrajan directamente en sus sagradas imágenes.
Asimismo, solicitó la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón, realizada por el Papa en unión con los obispos del mundo, como medio para detener los errores doctrinales y la violencia.
Todas estas prácticas —la oración, la reparación y el sacrificio— convergen en la promesa que sostiene nuestra esperanza asegurándonos que el amor de Dios, a través de María, tendrá la última palabra en la historia:
"Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará".
(La frase se sitúa inmediatamente después de la visión del infierno y la petición de la devoción al Inmaculado Corazón y la consagración de Rusia. Representa la garantía de la victoria de la gracia sobre el pecado y los errores del mundo. El texto íntegro de esta revelación fue consignado por Sor Lucía en su Cuarta Memoria, escrita en 1941 por mandato del obispo de Leiría-Fátima. El entonces Cardenal Joseph Ratzinger, en el comentario teológico publicado por la Congregación para la Doctrina de la Fe en el año 2000, aclaró que el "triunfo" del Corazón de María significa que el Corazón abierto a Dios es más fuerte que las armas o el mal, reafirmando la libertad del hombre para corresponder a la gracia divina.)


