Ángeles con hoces y la cólera de Dios

 

Ron Rolheiser (Trad. Benjamin Elcano, cmf) - 
Hay un impactante texto en el Libro del Apocalipsis donde la imagen poética que se usa, a pesar de toda su belleza, puede despistar peligrosamente. El autor  escribe allí: “Así que el ángel metió su hoz sobre la tierra y la tierra quedó segada. Echó las uvas en el gran lagar de la cólera de Dios”.  ¡Un fiero ángel purificando el mundo! ¡Dios en ardiente ira! ¿Cómo se debe entender eso?
Como tantas otras cosas en la escritura, ésta se debe tomar en serio, pero no al pie de la letra. Claramente, el texto, como otros textos en la escritura que hablan de los celos, la ira y la venganza de Dios, tiene algo importante que enseñar, pero, como otros textos que muestran a Dios celoso y airado, puede ser peligrosamente malentendido. Lo que no enseña es que Dios se enfada, que Dios se enfurece con nosotros y que Dios castiga con la desolación sobre el planeta a causa del pecado. Lo que enseña es que los hijos siempre vuelven a casa a descansar, que nuestras acciones tienen consecuencias, que el pecado castiga con la desolación en el planeta y en nuestras propias almas, induciéndonos a la ira, a odiarnos a nosotros mismos y a la falta de auto-perdón, y que esto nos hace sentir como que Dios está airado y nos está castigando.
Dios no se enfada; es puro y simple. Dios no es una criatura, otra más existente entre nosotros, un ser como nosotros. Los caminos de Dios no son nuestros caminos. Esto se afirma desde Isaías a lo largo de 2000 años de tradición cristiana. No podemos proyectar en Dios nuestro modo de ser, pensar y amar. Y en ningún lugar es esto más cierto que cuando imaginamos a Dios como poniéndose airado. La misericordia, el amor y el perdón no son atributos de Dios de la manera como son para nosotros. Constituyen la naturaleza de Dios. Dios no se enfada, como nosotros nos enfadamos.
La escritura y la tradición cristiana, por supuesto, hablan como que Dios se enfada; pero eso, como la teología cristiana claramente enseña, es antropomorfismo, esto es, una proyección del pensamiento y sentimiento humano en Dios. Diciendo cosas tales como que Dios está airado con nosotros o que Dios nos castiga por nuestros pecados, no estamos diciendo, en esencia, cómo Dios se siente con nosotros, sino más bien cómo nosotros, en ese momento, nos sentimos con Dios y cómo nos sentimos con nosotros mismos y con nuestras acciones.
Por ejemplo, al decir san Pablo que cuando pecamos sentimos “la ira de Dios”, no nos está diciendo que Dios se enfada con nosotros cuando pecamos. Más bien nosotros nos enfadamos con nosotros mismos cuando pecamos. El concepto de ira de Dios es una metáfora, ilustrada, por ejemplo, por una resaca: Si uno es inmoderado en su uso del alcohol, Dios no se incomoda y le manda un dolor de cabeza a esa persona. La rabia nace del acto mismo: El excesivo alcohol deshidrata el cerebro, causando el dolor de cabeza. El dolor no viene de Dios, aunque se sienta como castigo divino, como enfado de Dios por nuestra irresponsabilidad. Pero esto es una proyección por nuestra parte, antropomorfismo.
Nos adulamos a nosotros mismos y no hacemos ningún favor a Dios cuando decimos que ofendemos a Dios y que Dios se enfada con nosotros. Dios no es sólo la razón de nuestro ser, nuestro Creador, el Motor Inmóvil. Dios es también una persona que nos ama individual y apasionadamente, y así es natural imaginar que Dios a veces se enfada, es natural proyectar nuestros propios límites en Dios. Pero el amor y la misericordia de Dios empequeñecen infinitamente nuestros propios pensamientos y sentimientos y capacidades limitadas para actualizar el amor en nuestras vidas. Imaginad, por ejemplo, a un encantador abuelo cogiendo a su nieto recién nacido: ¿Hay algo que ese recién nacido pueda hacer para ofender a ese abuelo? La madurez, comprensión y amor de Dios empequeñecen lo de cualquier abuelo. ¿Cómo se va a ofender Dios?
Y en cambio, ¿no es el lenguaje de la cólera de Dios una parte vital de nuestra tradición, nuestras escrituras, nuestras oraciones, nuestros salmos y nuestra liturgia? Todos ellos nos hablan como ofendiendo a Dios y como enfadándose Dios. ¿Deben éstos ser suprimidos, sin más? No.  Enseñan una importante verdad, aun cuando deben ser interpretados por lo que son, antropomorfismos. Intentan desafiar al alma como la indigestión desafía al cuerpo. Dios no nos castiga por comer las cosas inapropiadas ni por comer en exceso. Nuestra propia biología lo hace y, haciéndolo, manda una desagradable señal de que hemos hecho algo equivocado. Hablando metafóricamente, la indigestión viene a ti como un ángel vengativo y te arroja al gran lagar de la cólera biológica.
Dios no nos odia cuando hacemos algo equivocado, sino que nosotros nos odiamos; Dios no descarga su ira en nosotros cuando pecamos, sino que nos herimos a nosotros mismos cuando lo hacemos; y Dios nunca nos niega el perdón a pesar de lo que hayamos hecho, sino que nosotros encontramos muy difícil perdonarnos nuestras propias transgresiones. Verdaderamente hay una angélica navaja de afeitar y un lagar de la cólera de Dios, pero esos son nombres para experimentar el descontento y auto-odio de nuestro interior siempre que dejamos de ser fieles; ellos no tienen nada que ver con la naturaleza de Dios.   

Nuestra inseguridad más honda

 

Ron Rolheiser - 
¿Por qué no somos más felices? ¿Por qué estamos atrapados por frustraciones, tensiones, iras y resentimientos?
Las razones son demasiadas para nombrarlas. Cada día, como Jesus nos dice de sí mismo, trae suficientes problemas. Somos infelices por demasiadas razones como para contarlas. Aun así, algunas veces, puede ser de ayuda el preguntarnos ¿Por qué permanezco crónicamente sentado fuera de las puertas de la felicidad?
Nuestra respuesta inicial probablemente no se centraría en las tensiones que hay en nuestras vidas que tienen que ver con los cansancios, con nuestra salud, con el stress en nuestras relaciones, stress en nuestro trabajo y ansiedad sobre nuestra seguridad. ¡Siempre hay algo! Una segunda reflexión, sospecho, nos arrastraría a razones más profundas: decepciones no reconocidas sobre cómo han resultado nuestras vidas, sobre cómo han discurrido nuestras vidas, y sobre los muchos sueños que teníamos y se han frustrado.
Pero todavía, creo que hay una reflexión más profunda que podría iluminar algo así, algo que descansa más allá del stress ordinario y es más profundo que las decepciones que hay en nuestras vidas. Esto, presumo, podría manifestar una subyacente y no admitida inseguridad que funciona volviendo permanentemente lo positivo en negativo que habitualmente nos lleva a maldecir más que a bendecir, y nos mantiene proyectando negatividad y amargura hacia el Dios la religión en la que creemos. ¿Qué es esta inseguridad?
Esta inseguridad es, en la raíz, el sentimiento de que no somos suficientemente bienvenidos a este mundo, que Dios y el universo son de alguna manera hostiles a nosotros, que no somos amados y perdonados incondicionalmente. Y, a causa de esto, albergamos una cierta paranoia y hostilidad hacia los otros. Su energía es una amenaza a la acogida que deseamos.
Así es como diagnostica todo esto Thomas Merton. Hablando sobre la negatividad en la política, en las iglesias, en las comunidades de su tiempo, ofrece esta razón para la amargura y la división: “En un ambiente que no es de vida y misericordia, sino de muerte y condenación, las culpas personales y colectivas, las personas y los grupos guerrean unos con otros hasta la muerte. Hombres, tribus, naciones, sectas, partidos se erigen a sí mismos en la acusación mutua como forma de existencia. De esta manera sobreviven y se autoafirman viviendo demoniacamente, porque el demonio es el “acusador de los hermanos”. Una existencia demoniaca es aquella en la que insistentemente se diagnostica lo que no se puede curar, lo que no se desea curar, que busca sólo alcanzar su máximo potencial en orden a causar la muerte de su víctima. Sin embargo, esta es la tentación que acosa en la situación existencial de pecado del ser humano para quien una existencia resentida implica la necesidad y decisión de acusar y condenar las otras existencias”
Y, cuando esto es verdad, Merton dice, “Dios se convierte en un tótem tribal, una magnificación de la existencia egoísta que se esfuerza por fundamentar su autonomía sobre su propio vacío. ¿Puede ser otra cosa este Dios que no sea sino la encarnación de resentimientos, odios y temores? Es en la presencia de tales ídolos donde la venganza y las ortodoxias mortíferas florecen. Estos dioses del partido y la secta, la raza y la nación, son necesariamente dioses de guerra”, … Y esto solo tiene remedio “cuando la gente se da cuenta de todos ellos son deudores, y esa deuda es impagable”.
¿Y hoy, es esto verdad? ¡Cuán viciados, demonizados, polarizados y paralizados están nuestros procesos políticos, nuestras Iglesias y comunidades! ¡Qué resentidos estamos! ¡En qué medida hemos convertido a nuestro Dios en la encarnación de nuestros resentimientos, odios y miedos! ¡Cómo estamos vendiendo ortodoxias mortíferas como si fuera religión! ¡En qué medida nuestras comunidades e iglesias están creando sus propios dioses tribales! Vemos todo esto, por supuesto, de una manera clara en los terroristas que ponen bombas y matan en nombre de Dios, pero nadie está exento. Todos nos esforzamos en creer en un Dios que ama a todos, y que no es únicamente nuestra exclusiva deidad tribal. En efecto, parte de la razón histórica para el terrorismo religioso de hoy tiene que ver con nuestra antigua paranoia y cómo hemos proyectado nuestros propios resentimientos, miedos y odios en el Dios en el que creemos y en la religión que practicamos.
Pero Merton comparte también el secreto de cómo ir más allá de todo esto, de cómo dejar de proyectar nuestros propios resentimientos y miedos en Dios y en nuestras iglesias. ¿Su respuesta? Las cosas cambiarán cuando, en la raíz de nuestro ser, aceptemos que todos somos deudores y que la deuda es impagable. Entonces finalmente nos aceptaremos, no tendremos más resentimiento hacia los otros. Es sólo cuando experimentamos nuestra propia acogida que puede dejar fluir fuera de nuestras vidas aceptación y no juicio. Y entonces, y sólo entonces, podremos dejar que nuestro Dios sea también en Dios de otros.
En la raíz de nuestro resentimiento más profundo se asienta una gran inseguridad sobre nuestra acogida en el mundo y con ella el fracaso en el entender la naturaleza verdadera de Dios, que, dado que nos sentimos amenazados, creamos invariablemente un Dios y una religión que nos protege en contra los otros.

Bregando con el sentimiento de superioridad

 

Vivimos en un mundo donde casi todo alimenta nuestros sentimientos de superioridad, y más aún, cada vez se nos dan menos herramientas para combatirlos. 

Hace varios años, Robert L. Moore escribió un libro muy interesante titulado Frente al dragón. El dragón que más nos amenaza es -según él- el dragón de nuestros sentimientos de superioridad, esa sensación interior que nos mantiene en la creencia de que somos singularmente especiales y destinados a ser superiores a los demás. Esta condición nos bloquea. Dicho simplemente, todos nosotros, los siete mil millones que estamos en este planeta, no podemos menos que sentir que somos el centro del universo. Y, dado que esto es mayoritariamente desconocido y que, generalmente, estamos mal equipados para tratar de ello, contribuye a una situación espantosa. No es una receta para la paz y la armonía, sino para la desconfianza y el conflicto.
Sin embargo, esta condición no es culpa nuestra, ni es en sí misma una lacra en nuestra naturaleza. Nuestro sentimiento de superioridad viene por la manera como Dios nos hizo. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Esta es la verdad más fundamental y dogmática en la comprensión judeo-cristiana de la persona humana. Sin embargo, no se debe entender simplistamente, como un bello icono estampado en nuestras almas. Más bien necesita ser entendido de esta otra manera: Dios es fuego, fuego infinito, una energía que inexorablemente busca abrazar y comunicar a toda la creación. Y ese fuego está dentro de nosotros, creando un sentimiento de piedad, una intuición de que también nosotros tenemos energías divinas, y una presión para ser singularmente especiales y obtener alguna forma de superioridad.
Más aún, pareciera que ser hecho a imagen y semejanza de Dios fuera como tener el micro-chip de la divinidad dentro de nosotros. Esto constituye nuestra dignidad más  grande, pero también crea nuestros más grandes problemas.  Lo infinito no se asienta fácilmente en lo finito. Porque tenemos energía divina en nosotros, no vivimos fácilmente la paz con este mundo; nuestros anhelos y deseos son demasiado grandes. No sólo vivimos en esa perpetua inquietud que Agustín destacó en su famosa frase: “¡Nos has hecho para ti, Señor, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en ti!”, sino que este innato deseo de superioridad alimenta la creencia de que somos especiales, destinados de una manera única y nacidos para sobresalir de algún modo y ser reconocidos y señalados por nuestra especificidad.
Y así, un gen divino nos impulsa para hacer de algún modo un especie de declaración con nuestras vidas, para crear de alguna manera un especie de inmortalidad personal y crear de algún modo algo en lo que seamos especiales y que el mundo entero tenga que tomar nota. Esto no es un concepto abstracto; es algo concreto. La evidencia de esto se comprueba en cada noticiario, en cada bombardeo, en cada truco temerario, en cada situación en la que alguien busca sobresalir. Se ve también en la universal hambre de fama, en el anhelo de ser conocido y en la necesidad de ser reconocido como único y especial.
Pero este sentimiento de superioridad, de suyo, no es un fallo nuestro, ni es necesariamente una  falta moral. Viene del modo como estamos hechos, irónicamente de lo que hay en nosotros mismos más grande y mejor. El problema es que, hoy, generalmente no nos dan las herramientas con las que manejarlo provechosamente. Más y más, vivimos en un mundo en el que, por incontables razones, nuestros sentimientos de superioridad son sobrealimentados, aun cuando esto no esté siendo reconocido y aun cuando nos estén dando cada vez menos herramientas religiosas y psicológicas con las que lidiar con ello. ¿Cuáles son estas herramientas?
Psicológicamente, necesitamos imágenes de la persona humana que nos permitan entendernos saludablemente, pero de unas maneras que incluyan la aceptación de nuestras limitaciones, de nuestras frustraciones, de nuestra anonimia y del hecho de que nuestras vidas deban ser un espacio digno para la vida de cualquier otro. Psicológicamente, nos tienen que dar las herramientas para entender nuestra propia vida, reconocida como única y especial, pero también como una vida entre millones de otras vidas únicas y especiales. Psicológicamente, necesitamos mejores herramientas para manejar nuestros sentimientos de superioridad.
Religiosamente, nuestra fe y la iglesia deben darnos una comprensión de la persona humana que nos ofrezca perspectiva y la disciplina (discipulado) para permitirnos vivir nuestra unicidad y nuestra ser especial, al mismo tiempo que aceptamos pacificamente con nuestra propia mortalidad, nuestras limitaciones, nuestras frustraciones, nuestra anonimia, y creamos espacio para el reconocimiento del ser unico y especial de la vida de cualquier otra persona. En esencia, la religión tiene que darnos las herramientas para acceder sanamente al fuego divino que hay dentro de nosotros y actuar saludablemente con arreglo a los talentos y dones con los que Dios nos ha enriquecido, pero con la añadida capacidad para conocer humildemente que estos dones no son propios nuestros sino que vienen de Dios, y que todo lo que somos y llevamos a cabo es por gracia de Dios. Sólo entonces no seremos destruidos por el fracaso ni hinchados por el éxito. La tarea en la vida -indica Robert Lax- no es tanto encontrar un camino en el bosque como encontrar un ritmo para que caminar.

Ron Rolheiser, OMI (Trad. Benjamín Elcano) - 

¡Nosotros primero!

 

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - 
“Yo soy ciudadano, no de Atenas ni de Grecia, sino del mundo”. Sócrates escribió esas palabras hace más de veinticuatro siglos.  Hoy más que nunca éstas son palabras que necesitaríamos apropiarnos porque, más y más, nuestro mundo y nosotros mismos estamos sumergiéndonos en formas perjudiciales de tribalismo donde nos importa en primer lugar tener cuidado de nosotros mismos.
Hoy vemos esto por todos sitios. Tendemos a pensar que esto vive sólo en círculos de extremismo, pero está siendo defendido virtualmente, con un  fervor moral  siempre intensivo, en todos los lugares del mundo. Eso suena así:¡América primero! ¡Inglaterra primero! ¡Mi país primero! ¡Mi estado primero! ¡Mi iglesia primero! ¡Mi familia primero! ¡Yo primero! Más y más, estamos haciéndonos la prioridad y definiéndonos de maneras que no sólo van contra el Evangelio sino también nos están haciendo inferiores en  espíritu y más avaros de corazón. ¿Qué hay que decir sobre esto?
Lo primero de todo, va contra el Evangelio, contra casi todo lo que enseñó Jesús. Si los Evangelios son claros en todo, hablan claro de que todas las personas de este mundo son iguales a los ojos de Dios, que todas las personas de este mundo son hermanos nuestros, que se nos pide compartir liberalmente los bienes de este mundo con todos, especialmente con los pobres, y, lo más importante, que no estamos para ponernos los primeros, sino que estamos siempre para considerar las necesidades de otros antes que las nuestras propias. Todos los eslóganes que de alguna manera ponen primero “yo”, “nosotros”, “lo mío”, “mi grupo”, “mi país”, niegan esto. Además, esto no se aplica sólo a pequeño nivel, donde volvemos amablemente a la delicadeza de permitir a otro entrar en un lugar delante de nosotros; se aplica, y especialmente así, a nosotros como conjunto de naciones. Para nosotros, como naciones, hay una cierta inmoralidad e inmadurez al pensar primero, y primariamente, en nuestros propios intereses, como contrario a pensar como ciudadanos del mundo, comprometidos en el bien de todos.
Y la verdad de esto se encuentra no sólo en Jesús y los Evangelios, sino también en lo que hay más grande y mejor en nosotros. La auténtica definición de tener un gran corazón se afirma precisamente alzándose sobre el auto-interés y queriendo sacrificar nuestros propios intereses en aras del bien de otros y del bien de una comunidad más amplia. Lo mismo vale para ser amplio de miras. Somos amplios de miras exactamente en la medida en que somos sensibles  a una imagen más amplia y podemos integrar en nuestro pensar las necesidades, heridas e ideologías de todos, no sólo las de su propia clase. Eso es lo que significa entender, más bien que simplemente ser inteligente. Cuando somos mezquinos, somos incapaces de entender más allá de nuestras propias necesidades, nuestras propias heridas y nuestras propias ideologías.
Esto lo sabemos también por experiencia. En nuestros mejores días, nuestros corazones y mentes están más abiertos, más dispuestos a abrazar más ampliamente, más dispuestos a aceptar las diferencias y más dispuestos a sacrificar el auto-interés por el bien de otros. En nuestros mejores días, somos amables, de gran corazón y comprensión, y, en esos días, es impensable para nosotros decir: ¡Yo primero! Sólo nos ponemos primeros y dejamos que nuestros intereses aventajen a nuestra propia bondad de corazón los días en que nuestras frustraciones, heridas, cansancio y contagios ideológicos nos abruman. Y aun cuando volvamos a la mezquindad, parte de nosotros sabe que esto no es lo mejor para nosotros  sino que somos más de lo que nuestras acciones delatan en ese momento. Bajo nuestras heridas y dolencias ideológicas, permanecemos afianzados en la verdad de que somos, primero, ciudadanos del mundo. Aún late un corazón sano bajo el nuestro herido e infectado.
Por desgracia, hoy casi todo en nuestro mundo induce  a esto. Somos hijos adultos de René Descartes, que ayudó a modelar la mente moderna con su famoso dicho: ¡Pienso, luego existo! Nuestros propios dolores de cabeza y pesares son lo que nos resulta más real, y ajustamos la realidad y el valor a otros en primer lugar en relación a nuestra propia subjetividad. Por eso podemos decir tan fácilmente: ¡Yo primero! ¡Mi país primero! ¡Mis pesares primero! 
Pero no puede haber paz, ni comunidad mundial, ni verdadera fraternidad, ni real comunidad eclesial mientras no nos definamos, en primer lugar,  como ciudadanos del mundo, y sólo en segundo lugar, como miembros de nuestra propia tribu.
Se entiende que necesitemos tener cuidado de nuestras propias familias, de nuestros propios países y de nosotros mismos. La justicia pide que también nos tratemos convenientemente. Pero, al fin, la tensión aquí es falsa, esto es, las necesidades de otros y nuestras propias necesidades no están en competencia. Atenas y el mundo son de una misma pieza. Nos servimos de la mejor manera a nosotros mismos  cuando servimos a otros. Somos lo más amables para con nosotros cuando somos amables con los otros. Sólo siendo buenos ciudadanos del mundo somos buenos ciudadanos en nuestros propios países.
Ponernos a nosotros primero va contra el Evangelio. Es también una pobre estrategia: Jesús nos dice que, al fin, los primeros serán los últimos.

San Pedro y San Pablo. Tan diferentes en su origen, en su camino, en su manera de ver las cosas... y los dos son pilares de la Iglesia

Comentario al Evangelio de hoy 
Querido amigo/a:
Hoy es una fiesta grande. Celebramos la vida de dos personas, dos personajes, que son dos “grandes” del cristianismo: San Pedro y San Pablo. Tan diferentes en su origen, en su camino, en su manera de ver las cosas... y los dos son pilares de la Iglesia...
Pedro... pescador, llano, del pueblo. La misma impulsividad para confesarle –“Tú eres el Mesías”- que para rechazar sus caminos de cruz. La misma generosidad para dejarle la barca que para ofrecerse a dar la vida por él. La misma sinceridad para intentar salvar el pellejo negándole que para llorar amargamente por haberle negado... Jesús le llamó “piedra”, pero también “satanás”. Al final, esa mirada que lo comprende todo y nada condena le rehabilitó, le levantó y le puso en su sitio: ni tan arriba, ni tan abajo. Y desde ahí, como hermano de sus hermanos, pudo seguir caminando, sirviendo a la Iglesia, hablando, discutiendo, haciendo las obras de Jesús, luchando, entregándose...
Pablo... judío donde los haya. Fariseo y perseguidor de la Iglesia en sus orígenes. Lo tenía todo muy claro... hasta que Dios le tocó el corazón y los ojos y todo quedó patas arriba. Tardó un tiempo en re-colocarse. Pero cuando lo hizo, abrazó el nuevo camino con el mismo ardor que el anterior. Predicó a unos y a otros. Escribió a muchos. Hizo equipo con otros. Discutió y concilió. Suscitó y acompañó la fe de muchas comunidades. Y cuando le tocó dar la vida, no se la guardó...
Pedro y Pablo. Tan distintos... Al final, la vida les unificó: en su amor a Cristo, en su celo por llevar a otros la Buena Noticia, en su muerte violenta a causa de la fe.
Hoy también hay muchos cristianos/as que caminan, caen, se levantan... que combaten su combate y corren hacia la meta. Con distintos acentos. Unidos en la diversidad, comulgando en lo importante.
Seguro que tú también eres uno de ellos. Por eso, hoy también es tu día.

Fuente:


De armas y pacifismo. Artículo de Ron Rolheiser

 

Los Evangelios nos cuentan que, después de la muerte del rey Herodes, un ángel se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: “Levántate. Toma al Niño y a su Madre y vete a la tierra de Israel, porque ya han muerto aquellos que atentaban contra la vida del Niño” (Mt. 2, 19-20). El ángel, al parecer, habló prematuramente; el Niño Jesús estaba todavía en peligro, está aún en peligro, está amenazado de muerte y todavía le siguen la pista, aun hoy día. 


Dios todavía se halla vulnerable e indefenso en nuestro mundo y está siempre bajo amenaza. Todas formas de violencia, de agresión, de intimidación, de acoso, de desfile del ego, de la obtención de ventajas, aún están tratando de matar al niño. Y el Niño es amenazado también de formas menos evidentes, a saber: Siempre que hacemos la vista gorda sobre los que se hallan indefensos y expuestos a la guerra, la pobreza y la injusticia económica, continuamos matando al Niño. Tal vez Herodes esté muerto, pero tiene muchos amigos. El niño está por siempre amenazado.

Muchos de nosotros estamos familiarizados con la historia de los monjes trapenses de Argelia que fueron martirizados por terroristas en 1996. Algunos meses antes de ser tomados cautivos y ejecutados, habían sido visitados por los terroristas; irónicamente, la víspera de Navidad, justo mientras se estaban preparando para celebrar la Eucaristía de Nochebuena. Los terroristas, bien pertrechados con armas, se marcharon después de un tenso callejón sin salida en donde los monjes no accederían a darles las provisiones médicas que estaban demandando. Pero los monjes  fueron zarandeados de mala manera. ¿Cuál fue su respuesta? Marcharon inmediatamente a su capilla y cantaron la misa de Navidad, poniendo especial énfasis en cómo Jesús entró radicalmente  vulnerable e indefenso en este mundo, y estuvo inmediatamente bajo amenaza. Su calculada y eventual respuesta honró esta inmediata reacción: Viviendo bajo la amenaza de muerte, rehuyeron armarse o aceptar protección militar, creyendo que había una infranqueable incongruencia entre lo que ellos habían votado y la presencia de armas dentro del monasterio. Además, después de este inicial encuentro con terroristas armados, su abad, Christian de Cherge, introdujo un especial mantra en su oración diaria: ¡Desármame, Señor, desármame! Viviendo bajo la amenaza de armas, él instó diariamente por permanecer desarmados, físicamente indefensos contra el posible ataque, para ser como un niño recién nacido,  como el recién nacido Jesús, expuesto e indefenso ante la amenaza de violencia.

Pero eso no es algo fácil de imitar, dado que especialmente hoy casi todo  en nuestro mundo nos señala hacia su contrario, a saber, a armarnos, a responder a toda amenaza, arma por arma, a hacer frente a toda posible  amenaza con la resistencia armada. Son los tiempos: Como Christian de Cherge y su comunidad de monjes, nosotros también vivimos bajo la amenaza del terrorismo y la violencia generalizada. Y nuestra paranoia se acrecienta mientras, diariamente, nuestras nuevas informaciones nos dan imágenes de disparos terroristas, bombardeos, decapitaciones, tiroteos masivos, violencia callejera y violencia doméstica. Vivimos en tiempos de violencia. Comprensiblemente, hay una cierta comezón por armarnos.

Así, ¿qué realista es renunciar a armarnos? ¿Qué realista es orar por estar desarmados?

La Cristiandad siempre ha defendido la justificada auto-defensa y la justa guerra. Incluso más allá de esto, ninguna sociedad prudente elegiría nunca desarmar su fuerza policial y militar, y estas, necesariamente, llevan pistolas y otras armas. En verdad podría decirse que aquellos que arguyen a favor de un pacifismo radical pueden hacerlo solamente porque están  ya protegidos por la policía y soldados con armas. No es demasiado difícil decir que, excepto por las armas que nos protegen, todos nosotros quedamos indefensos ante los criminales y psicópatas de este mundo. Pero eso necesita algún matiz.

Entre otras cosas, aún hay un caso poderoso que ser hecho por permanecer personalmente desarmado. El antiguo cardenal de Chicago, Francis George, arguyó de esta manera: Necesitamos pacifistas del mismo modo que necesitamos célibes religiosos con votos, esto es, necesitamos personas inspiradas en el evangelio para dar un particular -a veces singular- testimonio de lo que el Evangelio finalmente señala, a saber, un lugar más allá de nuestra imaginación corriente, un cielo en el que nos relacionaremos unos con otros en una intimidad que aún no podemos imaginar y donde no habrá armas. En el cielo, estaremos totalmente indefensos ante unos y otros. No habrá armas en el cielo.

Esta realidad está ya figurada en el Cristo recién nacido, indefenso y vulnerable, y ya tan amenazado.

Está también figurada en los pacifistas de nuestros días; de Dorothy Day a Martin Luther King, de Madre Teresa a Christian de Cherge, de Daniel Berrigan a Larry Rosebaugh, hemos sido agraciados por el testimonio de personas inspiradas en el Evangelio, las cuales, ante la amenaza y violencia físicas, eligieron arriesgar sus vidas antes que empuñar un arma. Los tiempos están forzándonos también a escoger: ¿Nos armamos o no?

Porque esos que buscan la vida del niño aún están a nuestro alrededor, gente paranoica, como el rey Herodes, que matan indiscriminadamente por miedo a que un niño indefenso pudiera amenazar pronto su trono y su privilegio.

Ron Rolheiser (Trad. Benjamin Elcano, cmf) - Lunes, 27 de junio de 2016