El día del juicio

Todos tenemos miedo al juicio. Tememos ser vistos con todo lo que hay dentro de nosotros, algo de lo cual no queremos que sea expuesto a la luz. Por otra parte, tememos ser malentendidos, no ser vistos a plena luz, no ser vistos como el que somos. Y lo que más tememos es quizás el juicio final, la suma revelación de nosotros mismos. Tanto si somos religiosos como si no, la mayoría de nosotros tememos tener que comparecer un día ante nuestro Hacedor, el día del juicio. Tememos presentarnos desnudos a plena luz donde nada se esconde y todo lo que está en tinieblas dentro de nosotros es traído a la luz.
Lo curioso de estos temores es que tememos ser conocidos como el que somos, aun cuando tememos no ser conocidos como el que en realidad somos. Tenemos miedo al juicio, incluso cuando lo anhelamos. Quizás eso sea porque ya intuimos lo que será nuestro juicio final y cómo tendrá lugar. Quizás ya intuimos que, cuando al fin nos expongamos desnudos a la luz de Dios, también seremos finalmente entendidos, y esa reveladora luz no sólo expondrá nuestras negligencias sino también hará visibles nuestras virtudes.
Esa intuición tiene un sentido divino en nosotros y refleja la realidad de nuestro juicio final. Cuando todos nuestros secretos sean conocidos, nuestra secreta bondad también será conocida. La luz pone de manifiesto todas las cosas. Por ejemplo, así es como el renombrado poeta y escritor espiritual Wendell Berry prevé el juicio final: “Podría imaginarme a los muertos despertándose, deslumbrados en una luz sin sombra, en la cual se conocen estando todos juntos por primera vez. Es una luz inmisericorde hasta que aceptan su misericordia; por eso, son al mismo tiempo condenados y redimidos. Es el infierno hasta que sea el cielo. Viéndose en esa luz, si quieren, ven cuánto han faltado a la única justicia de amarse unos a otros. Y aun así, al sufrir la terrible claridad de la luz, al verse dentro de ella, ven su perdón y su belleza, y son consolados”.
De muchas maneras, esto lo capta maravillosamente: Cuando un día nos encontremos a plena luz de Dios, desnudos de alma, moralmente indefensos, expuesto todo lo que hemos hecho en la vida, esa luz -sospecho yo- será verdaderamente un poco de infierno antes de que se torne en cielo. Expondrá todo lo que haya de egoísta e impuro en nosotros y todas las maneras como hemos hecho daño a otros con nuestro egoísmo, aunque también expondrá su contrario, a saber, todo lo que hay de generoso y puro en nosotros. Ese juicio traerá consigo una cierta condenación aun cuando traiga al mismo tiempo una comprensión, perdón y consuelo tales como nunca antes hemos conocido. Ese juicio será, como sugiere Berry, momentáneamente amargo pero al fin consolador.
El único matiz que añadiría al pensamiento de Berry es algo tomado de Karl Rahner. La imagen que tiene Rahner de nuestro juicio que Dios hará después de la muerte es muy similar a la de Berry, excepto que, para Rahner, el agente de ese juicio no será tanto la luz de Dios como el amor de Dios. Para Rahner, la idea no es tanto que nos expondremos ante una implacable luz que marchita y penetra a través de nosotros sino, más bien, que seremos abrazados por un amor tan incondicional, tan comprensivo y tan agraciado que, dentro de eso, conoceremos instantáneamente todo lo que hay de egoísta e impuro dentro de nosotros, pero también conoceremos todo lo que hay de puro y generoso. Teresa de Lisieux solía pedir perdón a Dios con estas palabras: “¡Castígame con un beso!” El día del juicio será exactamente eso. Seremos “castigados” por un beso, al ser amados de una manera que nos hará dolorosamente conscientes del pecado que hay en nosotros, aun cuando eso nos deje conocer que somos buenos y dignos de ser amados.
Para aquellos de nosotros que somos católicos romanos, esta noción del juicio es también -creo yo- lo que queremos decir con nuestro concepto de purgatorio. El purgatorio no es un lugar que esté separado del cielo, a donde uno va por un tiempo a hacer penitencia por los pecados propios y a purificar su corazón. Nuestros corazones son purificados al ser abrazados por Dios, no al ser separados de Dios por un tiempo como para ser hechos dignos de ese abrazo. Igualmente, como Teresa de Lisieux quiere decir, el castigo por nuestro pecado está en el abrazo mismo. El juico final tiene lugar al ser abrazado incondicionalmente por el Amor. Cuando eso suceda en la medida que somos pecadores y egoístas, ese abrazo de pura bondad y amor nos hará dolorosamente conscientes de nuestro propio pecado y eso será el infierno hasta que sea el cielo.
Como un poema lírico de Leonard Cohen dice: Mirad las puertas de la misericordia, en espacio arbitrario, y ninguno de nosotros está mereciendo la crueldad ni la gracia. Está en lo cierto. Ninguno de nosotros merece ni la crueldad ni la gracia que experimentamos en este mundo. Y sólo nuestro juicio final, el abrazo de amor incondicional, el beso de Dios, nos hará conscientes de lo crueles que hemos sido y de lo buenos que en realidad somos. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - 

¡Sorpréndete! Eres hijo de Dios


“María, signo de salvación y esperanza”. Oración del Papa a la Virgen de...



“María, signo de salvación y esperanza”. Oración del Papa a la Virgen del Divino Amor, ante la emergencia del Coronavirus...
Oh María, Tú resplandeces siempre en nuestro camino como signo de salvación y esperanza. Nosotros nos encomendamos a Ti, salud de los enfermos, que ante la Cruz fuiste asociada al dolor de Jesús manteniendo firme tu fe.
Tú, Salvación del Pueblo Romano, sabes lo que necesitamos y estamos seguros de que proveerás para que, como en Caná de Galilea, pueda regresar la alegría y la fiesta después de este momento de prueba.
Ayúdanos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a la voluntad del Padre y a hacer lo que nos dirá Jesús, que ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos. Y ha tomado sobre sí nuestros dolores para llevarnos, a través de la Cruz, al gozo de la Resurrección. Amén.
Bajo tu protección, buscamos refugio, Santa Madre de Dios. No desprecies las súplicas de los que estamos en la prueba y líbranos de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!


Abre los ojos, Dios se presenta en todos, hasta en quien menos esperas


POR 25 CENTAVOS

POR 25 CENTAVOS

Hace años un sacerdote se mudó a Houston, Texas. Al llegar, subió un autobús para ir al centro de la ciudad. Al sentarse, descubrió que el chofer le había dado una moneda de 25 centavos de más en el cambio. Mientras consideraba qué hacer, pensó para sí mismo:
"¡Bah!, olvídalo, son solo 25 centavos. ¿Quién se va a preocupar por tan poca cantidad? Acéptalo como un regalo de Dios".
Pero cuando llegó a su parada, se detuvo y, pensando de nuevo, decidió darle la moneda al conductor diciéndole:
"Tome, me dio usted 25 centavos de más". El conductor, con una sonrisa, le respondió: "Sé que es el nuevo sacerdote del pueblo. Estaba pensando regresar a la Iglesia y quería ver qué haría usted si yo le daba cambio de más".
Se bajó el sacerdote sacudido por dentro y pensó: "¡Oh, Dios mío!, por poco te vendo por 25 centavos."
Web católico de Javier

Escucha a los Lázaros que hay en tu vida. Son la cara de Dios.



Nuestra congénita complejidad

La renombrada escritora espiritual Ruth Burrows empieza su autobiografía con estas palabras: “Nací en este mundo con una torturada sensibilidad. Durante mucho tiempo he tratado de resolver las causas de mi angustia psicológica”.
Tristemente, para desgracia nuestra, no empiezan demasiadas biografías así, o sea, reconociendo desde el principio mismo la desconcertante complejidad patológica de nuestra propia naturaleza. No somos sencillos de corazón, de mente y de alma, ni siquiera de cuerpo. Todos tenemos en nosotros suficiente complejidad para escribir nuestro propio tratado sobre psicología anormal.
Y esa complejidad no sólo debe ser reconocida; necesita ser respetada y tratada santamente porque no deriva de lo que es peor en nosotros sino de lo que es mejor. Somos complejos porque lo que nos seduce dentro y nos tienta en todas direcciones no es, primeramente, la astucia del demonio sino más bien la imagen y semejanza de Dios. Dentro de nosotros hay un fuego divino, una grandeza, que nos da profundidad infinita, deseos insaciables y suficiente luminosidad para desconcertar a todo psicólogo. La imagen y semejanza de Dios en nosotros -como escribe Juan de la Cruz- hace las “cavernas” de nuestros corazones, mentes y almas demasiado profundas para ser en todo caso reemplazadas o totalmente entendidas.
Creo que la espiritualidad cristiana, al menos en su predicación popular y catequesis, no ha tomado demasiado frecuentemente esto con suficiente seriedad. En resumen, se ha dado demasiado la impresión de que el discipulado cristiano no debería ser complicado: ¡Por qué se da toda esta resistencia en ti! ¡Qué te pasa! Pero, como sabemos por nuestra propia experiencia, nuestra innata complejidad está por siempre lanzando complicaciones y resistencias para llegar a ser santo, para “desear la única cosa”. Además, porque nuestra complejidad no ha sido reconocida ni honrada espiritualmente, nos sentimos con frecuencia culpables de ello: ¿Por qué soy tan complicado? ¿Por qué tengo todas estas preguntas? ¿Por qué soy confundido con tanta frecuencia? ¿Por qué es el sexo un impulso tan poderoso? ¿Por qué tengo tantas tentaciones?
La simple respuesta: Porque nacemos con un fuego divino en el interior. Así la fuente de tantas de nuestras confusiones, tentaciones y resistencias proviene tanto de lo mejor que tenemos dentro como de las artimañas de Satanás y del mundo.
¿Qué deberíamos hacer ante nuestra desconcertante complejidad?
Algunos consejos para el largo recorrido:
. Honra y trata santamente tu complejidad: Acepta que dentro de ti tienes un don dado por Dios; y, al final del día, es lo mejor que hay en ti. Es lo que te distingue de las plantas y los animales. Su naturaleza es simple, pero tener un alma inmortal e infinita tiende a muchas complicaciones mientras luchas por vivir toda tu vida en la finitud que te cerca.
. Nunca subestimes tu complejidad, aun cuando te resistas a darle masaje: Reconoce y respeta los “demonios y ángeles” que vagan libremente en tu corazón y tu mente. Pero tampoco des masaje a tu complejidad, imaginándote a ti mismo como el artista atormentado o como el existencialista que está heroicamente fuera de sintonía con la vida.
. Protege tu sombra: Es la luminosidad que has separado. Despacio, con la precaución y protección idóneas, empieza a afrontar las cosas internas que te espantan.
. Trata santamente el poder y el lugar de tu sexualidad en ti: Eres irremediablemente sexual, y por una razón divina. Nunca niegues ni denigres el poder de la sexualidad, aun cuando la lleves con una castidad adecuada.
. Da nombre a tus heridas, duélete de ellas, lamenta su incomunicación: Cualesquiera heridas de las que no te duelas, al fin te darán un mordisco. Acepta y lamenta el hecho de que aquí, en esta vida, no hay ninguna sinfonía acabada.
. Nunca permitas que el “impulso trascendental” que hay dentro de ti venga a ser narcotizado ni aprisionado . Tu complejidad continuamente te deja saber que estás hecho para más que esta vida. Nunca amortigües este impulso que hay dentro de ti. Aprende a reconocer, por medio de tus frustraciones y fantasías, las maneras como a menudo lo aprisionas.
. Trata de encontrar un “amor superior” por el que trascender el más inmediato poder de tus instintos naturales. Todos milagros empiezan con el enamoramiento. Trata santamente tus espontáneos impulsos y tentaciones buscando ese amor superior y valor más alto hacia los que están señalando. Ofrecer a otros tu altruismo y la mirada de admiración será tan bueno y justo que traerá a cumplimiento lo que de hecho estás anhelando.
. Permite que tu propia complejidad te enseñe comprensión y empatía. Estando en contacto con tu propia complejidad, al fin aprenderás que nada te es extraño y que lo que ves cada día en los noticiarios refleja lo que hay dentro de ti.
. Perdónate a ti mismo con frecuencia. Tu complejidad te causará algún traspié con frecuencia y así necesitarás perdonarte a ti mismo muchas veces. Vive, sabiendo que la misericordia de Dios es un pozo que nunca se agota.
. Vive bajo la paciencia y comprensión de Dios. Dios es tu constructor, el arquitecto que te construyó y el que es responsable de tu complejidad. Confía en que Dios comprende. Confía en que Dios está más ansioso por ti de lo ansioso que tú estás por ti mismo. El Dios que conoce todas las cosas sabe y aprecia también por qué luchas tú. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - 

Ama. Entrega tu amor y ternura a quienes te rodean