Exaltación de la Santa Cruz y en Oviedo del 14 al 21 de septiembre "Perdonanza" o Jubileo de la Santa Cruz de los Ángeles 2022

El Jubileo de la Santa Cruz, o Perdonanza, comenzará en la Catedral de Oviedo el día 14 de septiembre, día de la Exaltación de la Santa Cruz.
Este año con la mirada puesta en el Año Santo Compostelano, por lo que en esta ocasión la Santa Misa Jubilar estará presidida por párrocos de pueblos que se encuentran en el Camino de Santiago: Grado, Salas, Tineo, Pola de Allande, Grandas de Salime.
El Santo Sudario se mostrará en los días tradicionales, al finalizar las eucaristías del día 14 y del 21.

Al finalizar la eucaristía del día 21, se procederá al reparto del agua bendita de la hidria.

Todos los días en el Altar Mayor presidirá la Cruz de los Ángeles, ya que a ella se hace referencia en las bulas de concesión del Jubileo por parte de la Santa Sede. 
Las banderas rojas volverán también, como antiguamente, a ondear en lo alto de la torre, señalando la celebración del Jubileo.

Entre los días 14 y 20 se celebrará la Eucaristía jubilar a las 18:30h.

  • El miércoles 14 de septiembre presidirá la Misa el Sr. D. Reinerio García, Párroco de San Pedro de Grado.
  • El jueves 15 de septiembre presidirá la Misa el Sr. D. Alejandro Sanzo, Párroco de Santa María de Salas.
  • El viernes 16 de septiembre presidirá la Misa el Sr. D. Alfredo de Diego, Párroco de San Pedro de Tineo.
  • El sábado 17 de septiembre presidirá la Misa el Sr. D. Jorge Juan Fernández, Vicario General.
  • El domingo 18 de septiembre presidirá la Misa el Sr. D. Javier Suárez, Delegado Episcopal de Peregrinaciones.
  • El lunes 19 de septiembre presidirá la Misa el Sr. D. César Gustavo Acuña, Párroco de San Andrés de Allande.
  • El martes 20 de septiembre presidirá la Misa el Sr. D. Allan Eduardo Cerdas, Párroco de Grandas de Salime.

El miércoles 21 de septiembre la Eucaristía solemne será a las 12:00h y estará presidida por Monseñor Jesús Sanz Montes, Arzobispo de Oviedo. Esta celebración pondrá fin al Jubileo de la Santa Cruz de 2021.

Para ganar la Perdonanza es necesario cumplir las siguientes condiciones:

1º Visita piadosa a la Santa Iglesia Catedral de Oviedo y rezo del Padrenuestro y Credo.
2º Confesión sacramental. (Todos los días, a partir de las 18:00 habrá confesores en la Catedral)
3º Comunión eucarística.
4º Oración por las intenciones del Sumo Pontífice: Padrenuestro y Ave María, u otra piadosa oración).

Las condiciones 2ª, 3ª y 4ª pueden practicarse varios días antes o después de la visita a la Catedral. Fuente.

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

Para la Iglesia es una fiesta del Señor, en la que celebramos el misterio de la cruz, la obra realizada por Cristo en ella. La imagen predominante es la de Jesús elevado en la cruz, que marca profundamente la vida y espiritualidad de los cristianos. Según la tradición, hoy es el aniversario del hallazgo de la santa Cruz (14 de septiembre del 320, por Santa Elena, madre del emperador Constantino) y de la dedicación de la basílica constantiniana levantada en el mismo lugar de la crucifixión del Señor. Cada año se celebraban en Jerusalén solemnes ceremonias que culminaban con la elevación del sagrado leño para que lo contemplase y adorase la multitud de fieles que se congregaba. En mayo del 614, Cosroas, rey de los persas, saqueó Jerusalén y se llevó la cruz a su país. Pero el emperador Heraclio derrotó a los persas, recuperó la cruz y la entregó solemnemente al patriarca de Jerusalén el 3 de mayo del 630. Esta recuperación llenó de entusiasmo a la Iglesia y particularmente a los latinos, que no tardaron en celebrar la fiesta de la santa Cruz en esta última fecha.- Oración: Señor, Dios nuestro, que has querido realizar la salvación de todos los hombres por medio de tu Hijo, muerto en la cruz, concédenos, te rogamos, a quienes hemos conocido en la tierra este misterio, alcanzar en el cielo los premios de la redención. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

El primer signo que la Iglesia traza sobre el recién nacido y el último con el que conforta y bendice al moribundo es siempre el santo signo de la cruz. No se trata de un gesto simbólico, sino de una gran realidad.

 La vida cristiana nace de la cruz de su Señor, el cristiano es engendrado por el Crucificado, y sólo adhiriéndose a la cruz de su Señor, confiando en los méritos de su pasión, puede salvarse.

Ahora bien, la fe en Cristo crucificado debe hacernos dar otro paso. El cristiano, redimido por la cruz, debe convencerse de que su misma vida debe estar marcada - y no sólo de una manera simbólica- por la cruz del Señor, o sea, que debe llevar su impronta viva. Si Jesús ha llevado la cruz y en ella se inmoló, quien quiera ser discípulo suyo no puede elegir otro camino: es el único que conduce a la salvación porque es el único que nos configura con Cristo muerto y resucitado.

 La consideración de la cruz nunca debe ser separada de la consideración de la resurrección, que es su consecuencia y su epílogo supremo. El cristiano no ha sido redimido por un muerto, sino por un Resucitado de la muerte en la cruz; por eso, el hecho de que Jesús llevara la cruz debe ser confortado siempre con el pensamiento del Cristo crucificado y por el del Cristo resucitado. Fuente

Una fórmula bíblica para el perdón. Artículo.

Nada es tan importante como el perdón. Es la clave de la felicidad y el imperativo espiritual más importante de nuestra vida. Necesitamos perdonar, hacer las paces con las heridas e injusticias que hemos sufrido para no morir enfadados y amargados. Antes de morir, necesitamos perdonar, a los demás, a nosotros mismos y a Dios, por lo que nos ha pasado en esta vida.

Pero, eso no es fácil de hacer; es más, a veces es imposible de hacer. Es necesario decirlo porque hoy en día hay mucha literatura bien intencionada, en todo tipo de círculos, que da la impresión de que el perdón es simplemente una cuestión de quererlo y seguir adelante. Dejarlo pasar y seguir adelante.

No funciona así, como todos sabemos. Las heridas del alma tardan tiempo, mucho tiempo, en sanar, y el proceso es insoportablemente lento, algo que no puede apresurarse. De hecho, el trauma de una herida emocional suele afectar a nuestra salud física. La curación requiere tiempo.

Al examinar la cuestión de la curación y el perdón, podemos sacar una valiosa y por mucho tiempo olvidada comprensión de la espiritualidad judía y cristiana del sábado. La santidad del sábado no se limita a honrar un determinado día de la semana, sino que también es una fórmula de perdón. Así es como funciona.

La teología y la espiritualidad del sábado nos enseñan que Dios creó el mundo en seis días y luego descansó en el séptimo día, el sábado. Además, Dios no sólo descansó en el sábado, sino que declaró este día de descanso para todos para siempre, y con ello Dios estableció un cierto ritmo para nuestras vidas. Ese ritmo se supone que funciona así:

  •     Trabajamos durante seis días, luego descansamos un día.
  •     Trabajamos durante siete veces siete años, cuarenta y nueve años, y luego tenemos un jubileo en el que el mundo mismo se toma un año sabático.
  •     Trabajamos durante siete años, luego descansamos un año (un sabático).
  •     Trabajamos durante toda la vida, y luego disfrutamos de una eternidad de sabático.

Ahora bien, ese ritmo también sirve para que avancemos hacia el perdón:

Podemos guardar un mini-rencor de siete días, pero luego tenemos que desistir.

Podemos guardar un rencor mayor durante siete años, pero luego tenemos que dejarlo. (El "estatuto de limitaciones" se basa en esto).

Podemos mantener una gran herida en el alma durante cuarenta y nueve años, pero luego tenemos que renunciar a ella.

Podemos mantener una herida profunda que nos desgarre el alma hasta nuestro lecho de muerte, pero entonces tenemos que renunciar a ella.

Esto pone de relieve algo que con demasiada frecuencia está ausente en los ámbitos terapéuticos y espirituales de hoy en día, a saber, que necesitamos tiempo para poder perdonar, y que el tiempo necesario depende de la profundidad de la herida. Así, por ejemplo:

Cuando un colega nos desautoriza en una reunión, necesitamos un poco de tiempo para enfadarnos por esa injusticia, pero normalmente unos días pueden ayudar a relativizarla y permitirnos dejarla pasar.

Cuando un empleador injusto nos despide fríamente de un trabajo, siete días o siete semanas no suelen ser suficientes para ponerlo en perspectiva, dejarlo pasar y perdonar. Siete años es un plazo más realista. (Nótese que el "estatuto de limitaciones" frente a esta visión bíblica).

Hay traumas que sufrimos que dejan heridas mucho más profundas que las que deja un empleador que nos trató injustamente. Hay heridas que sufrimos por abuso, negligencia y años de injusticia que necesitan más de siete años para procesarse. Puede que tardemos cuarenta y nueve años, medio siglo, en hacer las paces con el hecho de que nos acosaron de niños o de que sufrimos abusos emocionales o sexuales en nuestra juventud. 

Hay heridas tan profundas y traumáticas que sólo en nuestro lecho de muerte podemos hacer las paces con el hecho de que nos han ocurrido, dejarlas ir y perdonar a la persona o personas responsables de ellas.

Por último, puede haber heridas demasiado profundas, demasiado destructivas y demasiado dolorosas para procesarlas en esta vida. Para ellas, afortunadamente, tenemos el misericordioso abrazo sanador de Dios después de la muerte.

La capacidad de perdonar depende más de la gracia que de la fuerza de voluntad. Errar es humano, pero perdonar es divino. Este pequeño eslogan encierra una verdad más profunda de lo que es inmediatamente evidente. Lo que hace que el perdón sea tan difícil, existencialmente imposible a veces, no es principalmente que nuestros egos estén magullados y heridos. Más bien, la verdadera dificultad es que una herida en el alma funciona igual que una herida en el cuerpo; nos despoja de nuestra fuerza.

Esto es especialmente cierto en el caso de los traumas que desgarran y destrozan el alma y que tardan cuarenta y nueve años o toda una vida en curarse, o a veces nunca pueden curarse en esta vida. Las heridas de este tipo nos restan energía de forma radical, sobre todo hacia la persona que nos hizo esto, lo que hace que nos resulte muy difícil perdonar.

Necesitamos una espiritualidad del sábado para ayudarnos. Ron Rolheiser - 

El Magnificat. Artículo.

Un viejo y sabio sacerdote agustino compartió una vez esto en clase. Hay días en mi vida en los que todo, desde las presiones de mi trabajo, hasta el cansancio, la depresión, la distracción o la pereza, me dificultan la oración. Pero, pase lo que pase, siempre intento rezar al menos un Padre Nuestro sincero y concentrado cada día.

En los Evangelios, Jesús nos deja el Padre Nuestro. Es la más preciosa de las oraciones cristianas. Sin embargo, los Evangelios también nos dejan otra preciosa oración cristiana, que no es tan conocida ni practicada como el Padre Nuestro. Se trata de la oración que los Evangelios ponen en boca de María, la Madre de Jesús. Conocida como el Magnificat es, para mí, la oración cristiana más preciosa que tenemos después del Padre Nuestro.

El Evangelio de Lucas pinta la escena. María, embarazada de Jesús, va a visitar a su prima Isabel, que está embarazada de Juan el Bautista. Tradicionalmente llamamos a esto "La visitación" y lo que ocurre entre estas dos mujeres es mucho más de lo que parece a primera vista. No se trata de una simple fiesta de revelación de género. Escrita más de ochenta años después de que se produjera el acontecimiento, es una reflexión posterior a la resurrección sobre el significado de lo que cada una de estas mujeres llevaba en su vientre, que cambia el mundo. Además, las palabras que se dirigen unas a otras también hablan de una realidad posterior a la resurrección. En este contexto, los Evangelios hacen que María pronuncie las palabras del Magnificat. ¿Qué son esas palabras?

Son palabras que agradecen y alaban a Dios por haberse puesto del lado de los pobres, los humildes, los hambrientos y los oprimidos de este mundo, por haberlos levantado y haberles dado la victoria, incluso cuando derribó a los poderosos de sus tronos y los humilló. Sin embargo, su oración pone todo esto en tiempo pasado, como si ya fuera un hecho consumado, ya una realidad en nuestro mundo.

Sin embargo, como el personaje de los dibujos animados, Ziggy, recordó una vez a Dios en una oración: "¡Los pobres siguen siendo apaleados aquí abajo!". En gran parte, esto parece ser así. Si observamos nuestro mundo, vemos que la brecha entre ricos y pobres es cada vez mayor, cientos de millones de personas se acuestan con hambre cada noche, la corrupción y el crimen están por todas partes, y los poderosos aparentemente pueden simplemente tomar lo que quieran sin repercusiones. Tenemos casi cien millones de refugiados en nuestras fronteras en todo el mundo, y las mujeres y los niños siguen siendo víctimas de todo tipo de violencia en todas partes. Y lo que es peor, parece que las cosas van a peor, no a mejor. Entonces, ¿dónde vemos que Dios ha derribado a los poderosos de sus tronos, ha levantado a los humildes, ha colmado de bienes a los hambrientos y ha despedido a los ricos con las manos vacías?

Lo vemos en la resurrección de Jesús y en la visión de esperanza que nos da esa realidad. Lo que María afirma en el Magnificat es una verdad profunda que sólo podemos captar en la fe y la esperanza, a saber, que aunque en el presente parezcan reinar la injusticia, la corrupción y la explotación de los pobres, habrá un último día en el que esa piedra opresora rodará de la tumba y los poderosos se derrumbarán. El Magnificat es la última oración de esperanza, y la última oración por los pobres.

Tal vez sea mi edad, tal vez sea el desánimo que siento la mayoría de las tardes al ver las noticias, o tal vez sean ambas cosas, pero, a medida que envejezco, hay dos oraciones (aparte de la Eucaristía) que me resultan muy valiosas: el Padre Nuestro y el Magnificat. Al igual que mi viejo mentor agustino, ahora me aseguro de que no pase ningún día en el que la presión, el cansancio, la distracción o la pereza me impidan rezar al menos dos oraciones con concentración y atención, el Padrenuestro y el Magnificat.

No siempre ha sido así. Durante años, miraba el Magnificat y veía allí sólo la exultación de la María de la piedad, todas las letanías y alabanzas de María agrupadas en una sola. No es que haya nada de malo en ello, ya que la María de la piedad es alguien a quien millones y millones, sobre todo los pobres, acuden en busca de la guía, el consuelo y la simpatía de una madre. Pocos discutirían la bondad de esto, ya que constituye una rica mística de los pobres, y de los pobres de espíritu.

Sin embargo, el Magnificat no trata tanto de la exaltación personal de María como de la exaltación de los pobres. En esta oración, ella da voz a cómo Dios responde en última instancia a la impotencia y la opresión de los pobres. Henri Nouwen escribió una vez que ver las noticias de la noche y ver el sufrimiento en nuestro mundo puede dejarnos deprimidos e impotentes. Deprimidos por la injusticia que vemos, impotentes porque parece que no hay nada que podamos hacer al respecto.

¿Qué podemos hacer? Podemos rezar el Magnificat cada día dando voz a cómo Dios responde en última instancia a la impotencia de los pobres. Ron Rolheiser, OMI- 

Ver lo que está cerca de nuestras puertas. Artículo.

Henri Nouwen sugirió una vez que si quieres entender la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, puedes leer cien libros de historia y ver mil horas de documentales en vídeo, o puedes leer el Diario de Ana Frank. En esa memoria única de la joven encarcelada y posteriormente ejecutada por los nazis, verás, de primera mano, la tragedia de la guerra y lo que la guerra hace al alma humana.

Lo mismo podría decirse de la crisis de los refugiados que se está produciendo ahora en las fronteras de todo el mundo. Según las estadísticas de las Naciones Unidas, hay hoy en día más de ochenta millones de refugiados, desplazados, sin hogar, sin nación, asustados y a menudo hambrientos en las fronteras de todo el mundo. Dos tercios de ellos son mujeres y niños, y la gran mayoría no están allí por elección, buscando una mejor oportunidad económica en otro país. La gran mayoría de ellos han sido expulsados de sus hogares y de sus países por la guerra, la violencia, el hambre, la limpieza étnica y religiosa, y por el miedo a perder sus vidas.

Para muchos de nosotros, se trata de un problema abstracto y sin rostro. Sentimos una simpatía genérica por su situación, pero no lo suficientemente profunda como para quitarnos el sueño, inquietar nuestra conciencia o hacer que estemos dispuestos a sacrificar parte de nuestra propia comodidad y seguridad para hacer algo por ellos o presionar a nuestros gobiernos para que actúen. De hecho, con demasiada frecuencia somos excesivamente protectores de nuestras fronteras y de la vida acomodada y cómoda que llevamos dentro de nuestras sociedades. ¡Este es nuestro país! ¡Nuestro hogar! Hemos trabajado duro para conseguir lo que tenemos. ¡Es injusto para nosotros tener que lidiar con esta gente! Deberían volver a sus países y dejarnos en paz.

Necesitamos una llamada de atención. Un libro reciente, una novela, de Jeanine Cummins, “American Dirt”, nos ofrece un relato ficticio de una joven mexicana que, debido a la violencia y al miedo a la muerte, tuvo que dejar atrás su vida y huir con su hijo pequeño en un intento de llegar a las fronteras de Estados Unidos como inmigrante indocumentada. A decir verdad, el libro ha sido muy criticado por muchos porque no siempre se ajusta a los hechos exactos. A la inversa, también ha sido muy alabado por muchos otros. Sea como fuere, la conclusión es que se trata de una historia impactante y una llamada de atención, que pretende despertarnos a la tragedia real de quienes, por razones de pobreza, violencia, hambruna, miedo y desesperanza, se ven obligados a huir de sus países en busca de una vida mejor (¡o de cualquier vida!) en otro lugar. Independientemente de las imperfecciones del libro, ayuda a romper la abstracción en la que podemos apoyarnos para protegernos frente del tema de los refugiados hoy en día.

Hay que reconocer que la cuestión no es sencilla. La protección de nuestras fronteras y la entrada libre de millones de personas en nuestros países son cuestiones extremadamente complejas. Sin embargo, como hombres y mujeres que comparten una humanidad y un planeta común con estos refugiados, ¿podemos seguir siendo insensibles a su situación? Además, como cristianos, ¿aceptamos ese principio fundamental y no negociable dentro de la doctrina social cristiana que dice que el mundo pertenece a todos por igual y no podemos sostener ninguna creencia nacionalista que diga, explícita o implícitamente, que nuestro país es nuestro y no tenemos obligación de compartirlo con los demás? Defender esto es anticristiano y va en contra de las claras enseñanzas de Jesús.

Creo que todos podríamos contemplar cierta parábola de Jesús (Lucas 16, 19-31) en la que cuenta la historia de un hombre rico que ignoró a un hombre pobre sentado en su puerta y se negó a compartir su comida con él. El pobre muere y se encuentra en el seno de Abraham. El rico también muere y se encuentra atormentado por la sed en el Hades. Le ruega a Abraham que envíe al pobre, al que había ignorado durante su vida, para que le traiga agua para saciar su sed, pero resulta que esto no es posible. Jesús nos dice que hay una "brecha insalvable" entre ambos. Siempre hemos asumido de forma simplista que esta brecha insalvable es la brecha entre el cielo y el infierno, pero ese no es exactamente el punto de la parábola. La brecha insalvable es la brecha que ya existe ahora entre los ricos y los pobres, y la lección es que es mejor que intentemos salvar esa brecha ahora, en esta vida.

Fíjate en que Jesús no dice que el rico sea un mal hombre, o que no se haya ganado sus riquezas honestamente, o que no sea un ciudadano honrado, o que no vaya a la iglesia, o que sea infiel a su mujer, o que sea un mal padre para sus hijos. Sólo dice que tenía un defecto, uno mortal: dentro de su riqueza no respondió a un hombre hambriento sentado en los límites de la casa. Ron Rolheriser - 

Haciendo un viaje recesivo. Artículo.

En un pasaje particularmente emotivo de su poema La hoja y la nube, Mary Oliver se imagina ante la tumba de su madre y su padre, reflexionando sobre sus vidas. Ellos distaban mucho de ser perfectos, y ella no endulza sus faltas. Señala abiertamente el abatimiento del alma de su madre y la inmadura fe de su padre. Sabe que muchas de sus propias luchas tienen sus raíces ahí. Pero no está visitando sus tumbas para echarles las culpas. Se encuentra ahí para darles un honrado beso de despedida, finalmente en paz con sus vidas menos que perfectas y su influencia sobre ella. Les da gracias por todo, lo bueno y lo malo, les desea todo lo bueno en la tierra profunda, y después dice: “Pero no les daré el beso de la complicidad. No les haré responsables de mi vida”.

Todos nosotros haríamos bien en realizar esta clase de viaje recesivo en términos de revisar nuestra primera educación religiosa Una tumba llena de interés. Desgraciadamente, muchos de nosotros no siempre permanecemos ahí lo suficiente como para separar de verdad lo que nos bendijo y lo que nos hirió cuando algunos agentes humanos muy falibles nos presentaron a Dios. Hoy es normal (casi de moda) que la gente mire hacia atrás sólo negativamente recordando su primera educación religiosa. Ciertamente muchos hablan de estar “en recuperación” de ello y con frecuencia culpan de toda clase de desgracias y neurosis en sus vidas a esa su primera educación religiosa.

Sin duda, algo de esto es válido; la primera educación religiosa deja una marca permanente en nosotros. Sin embargo, lo debemos a nosotros mismos, a nuestros padres, a nuestros primeros maestros y a la honradez de ordenar lo positivo y negativo de nuestro primer fundamento religioso y, como Mary Oliver, hacer las paces con él, aun cuando no podamos darle el beso de la complicidad.

¿Cuál es mi propia historia? Para mí, el despertar a la conciencia y el despertar a Dios y la iglesia estuvieron intrincadamente enlazados. El Catolicismo Romano de aquel tiempo fue el aire que respiramos cuando niños y este fue el Catolicismo Romano previo al Vaticano II, un Catolicismo repleto de aspectos positivos y negativos. La espiritualidad de mi infancia fue de verdades absolutas, de reglas no negociables, de fuertes demandas, de tribalismo y de estrecha inclusión Nosotros, y sólo nosotros, éramos la única fe verdadera. Además, todo esto era suscrito por un Dios que mantenía una escrupulosa mirada sobre cada acción tuya, no te daba permiso fácilmente para cometer un error, consideraba el sexto mandamiento sobre todos los demás, usaba le vergüenza como arma y estaba frunciendo el ceño la mayor parte del tiempo.

Pero eso distaba de ser todo. Había otro lado del todo diferente. La familia, la comunidad y la iglesia que me cristianó tenían vínculos comunales que la mayoría de las comunidades hoy sólo pueden envidiar. Tú eras ciertamente parte de un cuerpo, una familia y una comunidad que encarnaba un sentido de trascendencia que hacía de la fe algo natural y de la comunidad parte de tu verdadera identidad. Sabías que eras hijo de Dios y sabías también que eras criatura moral con auténticas responsabilidades para con los demás y para con Dios. Conocías tu significación eternal, tu dignidad esencial y la responsabilidad moral que venía con eso, y no podías eximirte de ello.

Lo que todo esto realizó fue cimentarte existencialmente en una verdad humana, moral y religiosa muy fundamental y no negociable, esto es, que tu vida no era simplemente tuya en propiedad para hacer con ella todo lo que quisieras. Sabías de alguna manera que no podías ignorar, a no ser a modo de infidelidad, que eras constitutivamente social, interdependiente, eclesial, y que Dios te colocaba en esta tierra no sólo para proporcionarte una vida buena. Tenías una vocación, un cierto deber que servir, y Dios, la familia, la comunidad y la iglesia podían pedirte que entregaras tu vida. Hoy veo esta señal particular en mi alma como uno de los más preciosos de todos los dones que recibí de la espiritualidad de mi niñez. Cualesquiera demonios que vinieron con eso no importaron por demás.

Además los demonios pueden ser arrojados fuera, y la mayoría de ellos enterrados en la catequesis de mi infancia han sido exorcizados poco a poco a través de los años. ¿Qué factor hizo eso? Muchas cosas: años de estudio y enseñanza de teología, leer buena literatura, tener buenos directores espirituales, ver una robusta y gozosa salud en mujeres y hombres de fe, perseverar en mi propio intento obstinado (y lejos de ser perfecto) por ser fiel a la oración, la Eucaristía y la comunidad eclesial durante seis décadas, y sobre todo, la gracia de Dios.

Hoy miro hacia atrás sobre mi primera educación religiosa de una manera en la que los aspectos negativos son eclipsados por los positivos. Estoy agradecido por todo ello, incluso su rigidez inicial, la timidez, el tribalismo, la pusilanimidad y los falsos temores de Dios, porque algo en todo eso me cimentó y me enseñó lo que en definitiva es importante. Ciertamente, la rigidez, la timidez, el tribalismo y el exceso de precaución no son un mal lugar desde donde empezar, porque después de que aflojan su empuñadura, eres libre para el resto de tu vida. ¡No hay regalo pequeño!.Ron Rolheriser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - 

Desarmado y peligroso. Artículo.

Después de su primer arresto, el activista pacífico Daniel Berrigan pasó a la clandestinidad. Tras cuatro meses, fue capturado, pero clandestino durante esos meses, aunque sin ninguna amenaza para nadie, le pusieron en la lista de los Diez más buscados del FBI. Aquí se dio cierta ironía que no pasó desapercibida. Alguien publicó un cartel de él con este pie de foto: ¡Se busca: Notorio consagrante de pan y vino. Perturbador de guerras y perverso quemador de papel! Se ha sabido que el fugitivo lleva el Nuevo Testamento y habría que acercarse a él con extrema precaución. Desarmado y peligroso.

¡Desarmado y peligroso! Por ridículo que pueda sonar, expresa la verdadera amenaza a la injusticia, violencia y guerra. El desarme es peligroso. Alguien que está genuinamente inerme es en definitiva el que plantea el mayor peligro de desorden, inmoralidad y violencia. La violencia puede resistir la violencia, pero puede ser abatida por la no-violencia. He aquí algunos ejemplos.

En nuestra propia generación, tenemos el ejemplo de Christian de Cherge, uno de los siete monjes cistercienses que fueron secuestrados y más tarde asesinados por extremistas islamistas en Argelia en 1996. Su itinerario, y el de los otros monjes que murieron con él, está relatado en algunos libros (incluso algunas de sus propias cartas y diarios) y en la galardonada película De dioses y hombres. Viviendo en una pequeña comunidad de nueve monjes en un remoto pueblo musulmán del norte de Argelia, Christian y su comunidad eran muy queridos por esa comunidad musulmana y, siendo ciudadanos franceses y gozando de la protección de esa ciudadanía, su presencia constituía una cierta protección para los habitantes contra los terroristas islamistas. Desgraciadamente, la situación no iba a durar.

La víspera de Navidad, 1995, recibieron una primera visita de los terroristas con el claro aviso de que harían mejor en marcharse antes que llegar a ser sus víctimas. Tanto el gobierno francés como el argelino les ofrecieron protección armada. Christian, actuando por su cuenta al principio, contra el criterio de la mayoría de su propia comunidad, rehusó categóricamente protección armada. En vez de ello, su oración fue esta: Frente a esta violencia, desármanos, Señor. Su respuesta a la amenaza fue el desarme completo. Finalmente, toda su comunidad se le unió en esa actitud.

Seis meses más tarde, fueron secuestrados y asesinados, pero el triunfo fue de ellos. Su testimonio de fidelidad fue el singular don más poderoso que pudieron haber dado a los pobres y vulnerables lugareños a los que buscaban proteger, y su testimonio moral al mundo educará a las generaciones venideras, mucho tiempo después de que este particular género de terrorismo haya tenido su día. Christian de Cherge y su comunidad estaban desarmados y eran peligrosos.

 Existen innumerables ejemplos semejantes de otras personas que estaban desarmadas y eran peligrosas. Rosa Parks, desarmada y aparentemente impotente contra las leyes racistas del momento, fue una de las figuras fundamentales en dar fin a la segregación racial en EE. UU., como lo fue Martin Luther King. La lista de peligrosas personas desarmadas es infinita: Mahatma Gandhi, Thomas Merton, Dorothy Day, Desmond Tutu, Óscar Romero, Franz Jagerstatter, Dorothy Stang, Daniel Berrigan, Elizabeth McAlister, Michael Rodrigo, Stan Rother y Jim Wallis, entre otros. Sobre todo, por supuesto, Jesús.

Jesús estaba desarmado y era tan peligroso que las autoridades de su tiempo vieron necesario matarlo. Su completa no-violencia constituyó la mayor amenaza al orden establecido por esas autoridades. Observad cómo tanto las autoridades civiles como las religiosas del tiempo no temían tanto a un asesino armado cuanto temieron a un Jesús desarmado… ¡Libéranos, Barrabás! ¡Preferimos tratar con un asesino armado que con un hombre desarmado que profesa la no-violencia y que dice a la gente que ofrezca la otra mejilla! Dadles crédito por ser astutos. Inconscientemente, reconocieron la verdadera amenaza, alguien que está desarmado, no-violento y que ofrece la otra mejilla.

Sin embargo, ofrecer la otra mejilla debe ser entendido con propiedad. No es algo pasivo, sumiso. Lo contrario. Al dar este consejo, Jesús especifica que sea la mejilla derecha. ¿Por qué esta especificación aparentemente curiosa? Porque se está refiriendo a una práctica culturalmente sancionada en el tiempo en que un superior podía abofetear ritualmente a un inferior en la mejilla con la intención no tanto de infligir dolor físico cuanto dejar a la otra persona conocer su lugar: ¡Yo soy tu superior, conoce tu lugar! La bofetada se propinaba con el reverso de la mano derecha, mirando a la otra persona, y de esa suerte fuera a parar a la mejilla de la otra persona. Ahora bien, en esa postura, su verdadera violencia quedaría mayormente oculta porque parecería limpia, estética y como algo culturalmente aceptado.

Con todo, si uno estuviera para ofrecer la otra mejilla, la izquierda, la violencia estaría expuesta. ¿Cómo? Primero, porque ahora la bofetada caería torpemente y parecería violenta; segundo, la persona que la recibiera estaría mandando una señal clara. El cambio de postura no sólo expondría la violencia sino también estaría diciendo: aún puedes abofetearme, pero no como superior a inferior; el viejo orden ha acabado.

Desarmado y peligroso. No llevar más armas que la integridad moral es la mayor amenaza a todo lo que no está bien. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) -