ORACIÓN MUNDIAL POR LA PAZ

La parroquia del Corazón de María se ha unido este jueves, día 4, de 9 a 10 de la noche, a la llamada de la ORACIÓN MUNDIAL POR LA PAZ. Este iniciativa ha surgido del Santuario de Fátima en el día del centenario de la muerte del santo pastorcito Franscisco. Nuestra capilla no tuvo cabida para tantas hermanos nuestros que escucharon esta llamada.
La celebración tuvo dos momentos, Adoración al Santísimo y rezo del Santo Rosario. Toda la celebración estuvo orientada por las intenciones y mensajes de la Virgen en Fátima.
El próximo año, 20 de febrero de 2020, estaremos convocados de nuevo con motivo del centenario de la muerte de la otra santa
pastorcita Jancienta.
¡Que la Virgen ruegue por la paz y la conversión entre nosotros y en todo el mundo!

Libérate del miedo de hablar de Dios a los demás




https://odresnuevos.es/2019/03/01/calendario-cuaresma-2019/

Día 31º de cuaresma  #OdresNuevos #Cuaresma2019

Pero ¿dónde están los otros?

La mayoría de nosotros hemos sido educados para creer que tenemos el derecho a poseer todo lo que nos viene honradamente, tanto por nuestro propio trabajo como por legítima herencia. Sin importar lo cuantiosa que pueda ser la riqueza, es nuestra, con tal de que no defraudemos a ninguno a lo largo del camino. En conjunto, esta creencia ha sido consagrada en las leyes de nuestros países democráticos y por lo general creemos que está moralmente sancionada por el Cristianismo. Eso es parcialmente cierto, y aquí se necesita  matizar  mucho.
Esta no es de hecho la visión de nuestras escrituras cristianas, ni de las enseñanzas sociales de la Iglesia Católica. No todo lo que adquirimos honradamente a través de nuestro propio y duro trabajo es nuestro sin más.  No somos islas y no andamos solos por la vida, como si ser solícitos por el  bienestar de otros fuera algo que resultase moralmente opcional. El poeta y ensayista francés Charles Peguy sugirió una vez que, cuando lleguemos a las puertas del cielo, a todos nos preguntarán: “Mais ou sont les autres?” (“Pero ¿dónde están los otros?”). Esta pregunta surge tanto de nuestra humanidad como de nuestra fe. Pero ¿qué hay de los otros? Es una ilusión y una falta en nuestro discipulado pensar que todo lo que podemos poseer a través de nuestro propio y duro trabajo es nuestro por derecho. Pensar de este modo es vivir la vida parcialmente examinada.
Bill Gates Sr., escribiendo en Sojourners hace unos quince años, desafía no sólo a su famoso hijo sino también al resto de nosotros con estas palabras: “La sociedad tiene un enorme derecho sobre las fortunas de los ricos. Esto está enraizado no sólo es la mayoría de las tradiciones religiosas, sino también en una honrada contabilidad de la inversión sustancial de la  sociedad al originar un campo fértil para la creación de riqueza. El Judaísmo, el Cristianismo y el Islamismo -todos ellos- afirman el derecho de la posesión individual y propiedad privada, pero hay límites morales impuestos sobre la absoluta posesión privada de la riqueza y la propiedad. Toda tradición afirma que no somos individuos solitarios sino que existimos en comunidad: una comunidad que tiene derechos sobre nosotros. La opinión de que `todo es mío´ es una violación  de estas enseñanzas y tradiciones”. El derecho de la sociedad sobre la riqueza individual acumulada “está enraizada en el reconocimiento de la inversión directa e indirecta de la sociedad en el éxito del individuo. En otras palabras, no llegamos allí por nuestra propia cuenta”. (Sojourners, Ene-Feb., 2003).
Nadie llega allí por su propia cuenta; y así, una vez allí, necesita reconocer que lo que ha acumulado  es el resultado no sólo de su propio trabajo sino también de la infraestructura de la sociedad entera en la que vive. En consecuencia, lo que ha acumulado no es totalmente suyo, como si su propio y duro trabajo lo hubiera labrado él solo.
Más allá de eso, también hay algo que Benjamin Hales llama “el velo de la opulencia”, lo que nos permite creer ingenuamente que cada uno de nosotros merece todo lo que conseguimos. No es así, dice Hales. Mucha suerte  ciega está envuelta en determinar quién logra poseer qué: “El velo de la opulencia” -dice- “insiste en que la gente imagina que los recursos y las oportunidades y los talentos están libremente disponibles para todos, que tales bienes son ampliamente abundantes, que no hay ningún elemento de casualidad o suerte que pueda impactar negativamente a aquellos que luchan por tener éxito pero tristemente fracasan aunque no por su propia culpa. … Eso hace la vista gorda a la adversidad en la que -fijémonos bien- cierta gente nace. Al insistir en que consideremos la política pública desde la perspectiva de lo más ventajoso, el velo de la opulencia oscurece los caprichos de la suerte salvaje. Pero espera; puede ser que estés pensando: ¿Qué supone el mérito? ¿Qué hay de todos esos que han trabajado y se han fatigado y levantado sobre sus botas para mejorar sus vidas y las de sus familias? Esta es una importante pregunta, en verdad. Mucha gente trabaja duramente por su dinero y se merece retener lo que gana. Una respuesta es ofrecida por ambas doctrinas de la justicia. El velo de la opulencia asume que el campo de juego es el nivel, que todas las ganancias son conseguidas justamente, que no hay adversidad cósmica. Al hacerlo así, es parcial a la fortuna. … Es una ilusión de la prosperidad creer que cada uno de nosotros merece todo lo que conseguimos.” (New York Times, 12 Agosto 2012).
La escritura y la enseñanza social católica lo resumiría de esta manera: Dios proyectó la tierra y todo de ella por el bien de todos los seres humanos. Así, en justicia, los bienes creados deberían discurrir de modo justo para todos. Todos los otros derechos están subordinados a este principio. Tenemos derecho a la propiedad privada y ninguno puede nunca privarnos de este derecho, pero tal derecho está subordinado al bien común, al hecho de que los bienes están proyectados para todos. La riqueza y las posesiones deben ser entendidas como nuestras para administrarlas más bien que para poseerlas absolutamente. Finalmente -quizás lo más desafiante de todo- ninguna persona puede tener excedente si otros no tienen las necesidades básicas. En cualquier acumulación de riqueza y posesiones, tenemos que afrontar perennemente la pregunta: “Mais ou sont les autres?” 
Ron Rolheiser (Trad. Benjamin Elcano, cmf) - Lunes

Pide hoy por tu comunidad, por tus hermanos en la fe, con gratitud



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Día 28º de cuaresma  #OdresNuevos #Cuaresma2019

Mater Fátima



El jueves , 4 de abril, desde las 21:00 horas a las 22:00 horas, la Parroquia del Corazón de María, se unirá a la iniciativa mundial “Mater Fátima”:

Con motivo del centenario de la muerte del pastorcillo San Francisco, se invita al mundo a realizar una hora de adoración eucarística, desde las 21:00 horas a las 22:00 horas, en donde se rezará el rosario y al final se hará la consagración al Inmaculado Corazón de María.

Únete en oración con el mundo desde la Parroquia del Corazón de María!



Para ver más información sobre la misma, puede pinchar en el siguiente enlace: www.materfatima.org


Acepta el incomprensible e inmenso amor de Dios por ti



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Día 26º de cuaresma  #OdresNuevos #Cuaresma2019

Nuestra lucha por la celebración adecuada

No sabemos celebrar las cosas como deben ser celebradas. Queremos hacerlo, pero por lo común no sabemos cómo. Generalmente lo celebramos mal. ¿Cómo lo celebramos de ordinario? Exagerando las cosas; realizando muchas de las cosas que hacemos ordinariamente: bebiendo, comiendo, conversando, cantando y divirtiendo, y llevando esto a la exageración. Para casi todos nosotros, la celebración significa comer demasiado, beber exageradamente, cantar demasiado alto, contar un chiste a demasiados y confiar en que en algún punto de todo ese exceso encontraremos el secreto de hacer extraordinaria esta ocasión.
Tenemos esta rara idea de que podemos encontrar especial gozo y placer empujando las cosas más allá de sus límites normales. Pero hay en esto un pequeño y precioso placer verdadero. El mejor disfrute consiste en conectar con otros más profundamente, en sentir nuestras vidas expandidas y en experimentar el amor y la jovialidad de un modo especial. Pero eso no sucede en un devaneo. De ahí que nuestras celebraciones son generalmente seguidas por una resaca física y emocional. ¿Por qué? ¿Por qué resulta tan difícil hacer una auténtica celebración?
Quizás la razón principal sea que nosotros luchamos congénitamente para disfrutar simplemente de las cosas, para tomar simplemente la vida, el placer, el amor y el disfrute como generosos y gratuitos regalos de Dios, puros y simples. No es que carezcamos de esta capacidad para esto. Dios nos ha hecho este regalo. Más en cuestión está el hecho de que nuestra capacidad para disfrutar está mezclada frecuentemente con iniciados sentimientos de culpa por experimentar placer (y cuanto mayor es el placer tanto más profundo es nuestro sentimiento de culpa). Entre otras cosas, a causa de esto, con frecuencia luchamos por gozar de lo que legítimamente nos es dado por Dios, porque, consciente o inconscientemente, sentimos que nuestra experiencia de placer es de alguna manera “robarle a Dios”. Esta es una inquietud que aflige particularmente a las almas sensibles y morales. De algún modo, en nombre de Dios, luchamos con el fin de darnos total permiso para disfrutar, y esto nos deja propensos al exceso (que es invariablemente un sustituto del auténtico disfrute).
Cualesquiera que sean las razones, luchamos con esto, y así muchos de nosotros vamos por la vida privados de una sana capacidad de gozar y, ya que la naturaleza aún tendrá su camino, acabamos alternando entre el disfrute rebelde (“el placer que le robamos a Dios”, pero del que nos sentimos culpables) y la sumisa disciplina (que hacemos sin mucho agrado). Pero raramente somos capaces de celebrar genuinamente. Raramente encontramos el genuino deleite que buscamos en la vida, y esto nos empuja a una pseudo-celebración, esto es, al exceso. Dicho simplemente, porque luchamos por darnos permiso para gozar, irónicamente tendemos a buscar demasiado el deleite; y, con frecuencia, no del modo adecuado. Confundimos el placer con el deleite, el exceso con el éxtasis, y la extinción de la conciencia con la conciencia realzada. Dado que no podemos gozar simplemente, vamos al exceso, deshacemos nuestros normales límites  y confiamos que, borrando nuestra consciencia, lo realzaremos.
Y aun así, tenemos que celebrar. Poseemos una innata necesidad de celebrar, porque ciertos momentos y acontecimientos de nuestras vidas (por ejemplo, un cumpleaños, una boda, una graduación, un compromiso, un éxito, o incluso un funeral) simplemente lo requieren. Requieren ser rodeados de rituales que eleven e intensifiquen su significado y requieren ser compartidos con otros de manera especial y destacada. Lo que dejamos de celebrar dejaremos pronto de apreciar.
Lo mismo se da con algunos de nuestros más profundos momentos cariñosos, bulliciosos y creativos. También ellos requieren ser celebrados: destacados, ampliados y compartidos con otros. Tenemos una indomable necesidad de celebrar; eso es bueno. Verdaderamente, la necesidad de éxtasis está conectada con nuestro mismo ADN. Pero el éxtasis es conciencia realzada, no conciencia borrada. La celebración debe intensificar nuestra conciencia, no amortiguarla. El objeto de la celebración es destacar ciertos acontecimientos y sentimientos como para compartirlos con otros de manera extraordinaria. Pero, dados nuestros malentendidos acerca de la celebración, generalmente hacemos pseudo-celebración, esto es, extralimitamos las cosas hasta un punto en que llevamos fuera de la igualdad nuestra conciencia y nuestra conciencia de la ocasión.
Tenemos mucho que vencer en nuestra lucha por llegar a una genuina celebración. Aún necesitamos aprender que el elevado disfrute no se encuentra en el exceso, una comunidad más profunda no se encuentra en la intimidad negligente, y la conciencia realzada no se encuentra en un loco adormecimiento de nuestra conciencia. Hasta que aprendamos esa lección,  mayormente caminaremos a casa tambaleándonos, más vacíos, más cansados y más solos que antes de la fiesta. Una resaca es un signo seguro de que, en algún lugar de nuestro camino de vuelta, perdimos una señal. Luchamos por saber cómo celebrar, pero debemos continuar intentándolo.
Jesús vino y declaró una fiesta de boda, una celebración, en el centro de la vida. Ellos lo crucificaron no por ser demasiado asceta, sino porque nos dijo que deberíamos gozar de nuestras vidas, asegurándonos que Dios y la vida nos darán más bondad y disfrute de lo que podemos soportar, si podemos aprender a recibirlos con la debida reverencia y sin el indebido temor.   
Ron Rolheiser (Trad. Benjamin Elcano, cmf) - Lunes

Perdona a esa persona que te pone nervioso, que te enfada, a la que guardas rencor





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Día 21º de cuaresma  #OdresNuevos #Cuaresma2019