Sobre auto-aversión y culpa

Recientemente, en el popular programa de televisión Saturday Night Live, un cómico tuvo una ocurrencia pintoresca a una respuesta que Nancy Pelosi había dado a un periodista que la había acusado de odiar al Presidente. Pelosi había asegurado que, como católica romana, no odiaba a nadie; y esto inspiró al cómico a expresar esta ocurrencia: “Como católica, sé que siempre hay una persona a quien odias: a ti misma”.
Yo no soy alguien que se moleste fácilmente por los chistes religiosos. Se supone que el humor tiene un margen, y los cómicos juegan un importante papel arquetípico aquí, el del “Bufón de la Corte”, cuya tarea es desinflar todo lo que sea pomposo. La religión es frecuentemente un juego limpio. Desde luego, yo aprecié la gracia de esta ocurrencia. Sin embargo, algo me molesta de esta particular pulla, porque se sitúa dentro de un cierto estereotipo que es, desgraciadamente, muy común hoy que la gente de todas clases de procedencias religiosas (esto no es específico de los católicos romanos) acusan a su educación religiosa de las luchas que tienen con la auto-aversión y los sentimientos de culpa.
¿Qué hay de cierto en esto? ¿Es nuestra educación religiosa la causante de nuestras luchas con la auto-aversión y los sentimientos de culpa?
Obviamente, nuestra educación religiosa juega algún papel aquí, pero es demasiado simplista (y no ayuda particularmente) reprochar todo esto, o siquiera la mayor parte, sobre nuestra educación religiosa. Los psicólogos y los antropólogos nos aseguran que la fuente de la auto-aversión y la culpa flotante es infinitamente más compleja, especialmente desde que la vemos agotando las energías en gente de cualquier clase de procedencia religiosa como también en gente que de ninguna manera tiene unos antecedentes religiosos. Las luchas con la auto-aversión y la culpa no son particularmente un fenómeno católico romano, ni protestante, ni judío, ni musulmán; son un fenómeno universal que se hace sentir en casi todas personas sensibles. Por otra parte, esa lucha no siempre es malsana.
Cualquier persona moralmente sensible, a diferencia de la que es moralmente insensible, estará constantemente auto-evaluando, con frecuencia ansioso en cuanto a si está siendo egoísta más bien que buena, y preocupándose constantemente de que algunas de sus palabras y acciones pueden haber herido a otros y perjudicado su relación con Dios. Experimentar esta clase de ansiedad es estar precisamente luchando con los sentimientos de auto-aversión y culpa; pero, a cierto nivel, esto es de hecho sano. Cuando estamos auto-evaluándonos ansiosamente, hay mucho menos peligro de que queramos tomar a otros, tomar el don de la vida o tomar la bondad de Dios por supuesta. La sensibilidad moral es una virtud; y, como la sensibilidad estética, te mantiene sanamente temeroso para que, en ignorancia e insensibilidad, no pintes un bigote a la Mona Lisa.
Algo de esto, por supuesto, es malsano. Como Freud nos enseñó, nuestra conciencia no nos dice lo que está bien y lo que está mal, sólo nos dice cómo nos sentimos acerca de nuestras acciones. Y, cuando tenemos sentimientos de culpa sobre lo que acabamos de hacer o dejado de hacer, esos sentimientos son, sin duda, con frecuencia influidos poderosamente por las normas sociales y morales que han sido puestos en nosotros cuando niños por nuestros padres, nuestros maestros, nuestra cultura y nuestra educación religiosa. Nuestra educación religiosa y moral nos deja luchando con alguna culpa falsa.
Pero, admitido eso, hay causas más profundas como por qué luchamos con la auto-aversión y la flotante culpa, y por qué nunca nos sentimos suficientemente bien.
Si pudiéramos repasar nuestras vidas en un video, veríamos las incontables veces en las que, de todas maneras, nos dijeron que no fuimos buenos, ni correctos, ni amables, ni valorados, ni apreciados. Veríamos las incontables veces que nos sentimos avergonzados por nuestro entusiasmo; y esto -pienso yo- más que cualquier otro factor, se apoya en la raíz de nuestra auto-aversión, nuestros flotantes sentimientos de culpa y el rencor que tan frecuentemente sentimos hacia otros.
Esto empieza en la silla de niño cuando, como niños pequeños, en nuestra ciega energía, comemos demasiado ansiosamente y nos dicen que no comamos como un cerdo. Igualmente, como niños pequeños, llenos de comida y satisfacción, gritamos y tiramos algo de comida al suelo y nos dicen que no lo hagamos, que nos callemos, que nuestras energías naturales no son sanas. Entonces, como a un preescolar, nos avergüenza aún más nuestro entusiasmo. Al fin, las cosas pasan al patio de recreo, a la clase y a los círculos familiares, donde nuestra singularidad y nuestro alto precio con frecuencia no son suficientemente reconocidos ni valorados, donde con frecuencia somos ignorados, humillados, tratados injustamente, intimidados, hechos conscientes de nuestras inferioridades y fracasos, y, de maneras sutiles y no sutiles, nos dicen que no somos lo suficientemente buenos. Esto nos pasa por el rechazo que asimilamos en nuestra adultez, por los celos que sentimos cuando las vidas de otros parecen mucho más ricas que la propia nuestra, por la callada amargura que alimentamos por nuestras propias inadecuaciones y a causa de la culpa que sentimos por nuestras traiciones.
No es principalmente por nuestra educación religiosa el hecho de que nos odiemos y nos obsesionemos por muchas culpas flotantes.
Sí, la mayoría de nosotros, católicos, nos odiamos. Tristemente, ojalá fuera de otra manera; así también lo hagan todos los demás. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - 

Esconder la felicidad

En el principio de los tiempos, se reunieron varios demonios para hacer una maldad. Uno de ellos dijo: "Debemos quitarles algo a los hombres, pero, ¿qué les quitamos?".

Después de mucho pensar uno dijo: "¡Ya sé!, vamos a quitarles la felicidad, pero el problema va a ser dónde esconderla para que no la puedan encontrar". Propuso el primero: "Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo", a lo que inmediatamente repuso otro: "No, recuerda que tienen fuerza. Alguna vez, alguien puede subir y encontrarla, y si la encuentra uno, ya todos sabrán dónde está".

Luego propuso otro: "Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar", y otro contestó: "No, recuerda que tienen curiosidad. Alguna vez alguien construirá algún aparato para poder bajar y entonces la encontrará".

Uno más dijo: "Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra". Y le dijeron: "No, recuerda que tienen inteligencia y un día, alguien construirá una nave en la que pueda viajar a otros planetas y la descubrirá, y entonces todos tendrán felicidad".

El último de ellos era un demonio que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás. Analizó cada una de ellas y entonces dijo: "Creo saber donde ponerla para que realmente nunca la encuentren".

Todos se giraron asombrados y preguntaron al mismo tiempo: "¿Dónde?". El demonio respondió: "La esconderemos dentro de ellos mismos, estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán". Todos estuvieron de acuerdo y desde entonces ha sido así: el hombre se pasa la vida buscando la felicidad sin saber que la lleva consigo. Fuente

Campamentos de verano 2020, organizados por la parroquia.

Queremos informarles que, debido a la situación que estamos viviendo con el COVID-19, nos vemos obligados a aplazar el periodo previsto de inscripciones a partir del 15 de Abril. Este aplazamiento se realiza sin fecha fija a expensas de los acontecimientos que se vayan sucediendo, ya que ahora mismo es muy difícil predecir nada. Esperamos que sepan entender la situación . Desde Doney pedimos a Dios y les deseamos salud, fuerza  y esperanza ante esta difícil situación. Un saludo. El coordinador y los monitores de Doney.

El Padre Sotillo, desde la parroquia del Corazón de María de Oviedo, organiza diversos turnos de campamentos de verano en Doney de la Requejada, en la Alta Sanabria, cerca de el Lago de Sanabria, Zamora. 

Si quieres ASEGURAR TU PLAZA, desde Oviedo, inscríbete antes del 1 de abril. Documentos PDF

Según se puede leer en los documentos adjuntos, pueden ir niños desde 3º de primaria hasta jóvenes de 2º bachillerato.
El campamento consta de una zona de acampada, donde se levantan las tiendas de lona, con rejillas de madera y colchonetas, que es donde duermen los niños, y de un amplio albergue para zona de comedor-usos múltiples, baños-duchas de chicos y chicas, etc.
También se dispone en el entorno de albergue de amplias zonas cimentadas para juegos y actividades. 
Se encuentra ubicado al lado del río Negro, para darse algunos chapuzones. Todo el entorno es precioso: montañas, bosques, valles, etc.
Para informase e inscribirse desde Asturias: Padre. Sotillo, Plaza. de América, nº 12, parroquia del Corazón de María, tfnos. 985230496 y 661173472

Inadecuación, daño y reconciliación

Aun con las mejores intenciones, aun sin malicia en nosotros, aun cuando seamos fieles, a veces no podemos dejar de hacernos daño mutuamente. En ocasiones, nuestra situación humana es simplemente demasiado compleja para que no nos lastimemos unos a otros.
Un ejemplo: Soren Kierkegaard, que pasó toda su vida intentando ser escrupulosamente fiel a lo que Dios le estaba pidiendo, le hizo una vez un daño muy notable a una mujer. De joven, se había enamorado de una mujer, Regine, la cual, a su vez, le amó hondamente. Pero, según se acercaba la fecha de su matrimonio, Kierkegaard se vio afectado por una crisis interna, psicológica y moral, en la que percibió que su matrimonio iba a ser, a largo plazo, la causa de una profunda desgracia para ambos, y canceló el compromiso. Esa decisión produjo a Regina una herida profunda y permanente. Ella nunca le perdonó; y él, por su parte, se obsesionó para el resto de su vida por el hecho de que la había herido de tan mala manera. Inicialmente, él le escribió algunas cartas tratando de explicar su decisión y excusándose por haberle hecho daño, confiando en su comprensión y perdón. Al fin, él desistió, a pesar de que escribió página tras página en sus diarios privados cuestionándose a sí mismo, castigándose, y luego, a la inversa, tratando de justificarse una y otra vez en su decisión de no casarse con ella.
Cerca de diez años después de esa fatal decisión, con Regina casada entonces con otro, pasó semanas intentando dirigirle la carta adecuada: pidiéndole perdón, dándole nuevas explicaciones por lo que había hecho y solicitando una nueva oportunidad de hablar con ella. Se esforzó por encontrar las palabras adecuadas, algo que pudiera generar una comprensión. Finalmente lo concretó en esta carta:
Fui cruel, es verdad. ¿Por qué? Verdaderamente, no lo sabes.
He estado callado, es cierto. Sólo Dios sabe lo que he sufrido. ¡Dios conceda que, aun ahora, no hable demasiado pronto, después de todo!
Yo no podría casarme. Aunque tú fueras aún libre, yo no podría.
Sin embargo, tú me has amado, como yo te he amado. Yo te debo mucho; y ahora tú estás casada. Bien, te ofrezco por segunda vez lo que puedo y me atrevo y debería ofrecerte: la reconciliación.
Hago esto al escribir con el fin de no sorprenderte ni confundirte. Quizás mi personalidad hizo una vez tener demasiado fuerte un efecto; eso no debe suceder de nuevo. Pero por amor de Dios que está en el cielo, por favor, considera seriamente si te atreves a volver a estar envuelta en esto; y, si estás, si prefieres hablar conmigo cuanto antes o más bien cruzaríamos algunas cartas primero.
Si la respuesta es ‘NO’, por favor, entonces recordarás, por el bien de un mundo mejor, que yo di este paso también.
En cualquier caso, como al principio
así hasta ahora, sincera, completa
devotamente, tu S. K.
(Clare Carlisle, The heart of a Philosopher, Penguin Book, c2019, 215)
Bueno, la respuesta fue “no”. Él había incluido su carta en otra carta que envió al esposo de ella, rogándole que decidiera si entregarla o no a su esposa. Fue devuelta sin ser abierta, pero acompañada por una furiosa nota; su oferta de reconciliación fue amargamente rechazada.
¿Qué moraleja hay aquí? Simplemente esta: Nos hacemos daño unos a otros; a veces por egoísmo, a veces por descuido, a veces por infidelidad, a veces por intención cruel; pero, otras veces, también cuando no hay egoísmo, ni descuido, ni traición, ni intención cruel sino sólo crueldad de la circunstancia, inadecuación y limitación humana. En ocasiones, nos hacemos daño unos a otros tan profundamente por ser fieles como por ser infieles, aunque de diferente manera. Pero al margen de si hay falta moral, traición o una crueldad intencionada, hay siempre profundo daño, a veces tan profundo que, en este mundo, no tendrá lugar ninguna sanación.
Ojalá fuera de otra manera. Ojalá Kierkegaard pudiera haberse explicado tan enteramente que Regine le hubiese entendido y perdonado; ojalá todos nosotros pudiéramos explicarnos tan enteramente que siempre fuésemos comprendidos y perdonados; y ojalá todas nuestras vidas pudieran acabar como una conmovedora película donde, antes de los créditos de cierre, todo queda entendido y reconciliado.
Pero ese no siempre es el modo de acabar; en realidad, ni siquiera es el modo como acabó para Jesús. Murió siendo considerado un criminal, como un blasfemo religioso, como alguien que se había equivocado. Su oferta de reconciliación fue también devuelta sin abrir, acompañada por una amarga nota.
Una vez, visité a un joven que estaba muriendo de cáncer a la edad de 56 años. Ya postrado en cama y cuidado en un hospital para terminales pero con su mente aún clara, me comunicó esto: “Me estoy muriendo con este consuelo: Si tengo un enemigo en este mundo, no sé quién es. No puedo pensar en una sola persona con la que necesite reconciliarme”.
Pocos de nosotros somos tan afortunados. Casi todos estamos aún mirando sobres que han sido devueltos sin ser abiertos.  Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - 

Un hombre pregunta... ¿Dónde está Dios?...

Un hombre pregunta...

¿Dónde está Dios?... Se ve, o no se ve.
Ahí está Dios, en ti;
pero tienes que verle tú.
De nada vale quién te le señale,
quien te diga que está en la ermita,
de nada.

Huye de las manos del que reza, y no ama;
del que va a misa, y no enciende a los pobres
una vela de esperanza.
Suele estar en el suburbio a altas horas de la madrugada,
en el Hospital, y en la casa enrejada.

Dios está en eso tan sin nombre que te sucede
cuando algo te encanta.
Pero, de nada vale que te diga
que Dios está en cada ser que pasa.

Si te angustia ese hombre que se compra alpargatas,
si te inquieta la vida del que sube y no baja,
si te olvidas de ti y de aquéllos, y te empeñas en nada,
si sin porqué una angustia se te enquista en la entraña,
si amaneces un día silbando a la mañana
y sonríes a todos y a todos das las gracias,
Dios está en ti, debajo mismo de tu corbata.

(Gloria Fuertes. Fragmentos “Un hombre pregunta” - de Antología, incluida en  Obras completas, editorial Cátedra, 1984) Publicado por dominicos.org

El caminito

Casi todos nosotros hemos oído hablar de santa Teresa de Lisieux, una mística francesa que murió a la edad de 24 años en 1897 y que es quizás la santa más popular de los dos últimos siglos. Es famosa por muchas cosas, y no lo menos por una espiritualidad que ella denominó su “caminito”. ¿Qué es su “caminito”?
La opinión popular ha envuelto frecuentemente a Teresa y su “caminito” con una simple piedad que no hace justicia a la profundidad de su persona o su espiritualidad. Con demasiada frecuencia su “caminito” es entendido simplemente para dar a entender que hacemos pequeños, ocultos, humildes actos de caridad en favor de otros en nombre de Jesús, sin esperar nada a cambio. En esta interpretación popular, lavamos la ropa, pelamos patatas y sonreímos a la gente antipática para agradar a Jesús. De alguna manera, por supuesto, esto es verdad; sin embargo su “caminito” merece un conocimiento más profundo.
Sí, eso nos pide hacer trabajos humildes y ser amables unos con otros en nombre de Jesús, pero hay dimensiones más profundas. Su “caminito” es un itinerario a la santidad basado en tres cosas: Pequeñez, anonimato y una motivación particular.
Pequeñez : Para Teresa, la “pequeñez” no se refiere ante todo a la pequeñez del acto que estamos haciendo, como las humildes tareas de lavar la ropa, pelar patatas o simplemente sonreír a alguien que es antipático. Se refiere a nuestra propia pequeñez, a nuestra propia pobreza radical ante Dios. Delante de Dios, somos pequeños. Aceptar y actuar fuera de eso constituye la humildad. Nos movemos hacia Dios y los otros en su “caminito” cuando hacemos pequeños actos de caridad en favor de los demás, no más allá de nuestra fuerza y la virtud que sentimos en ese momento, sino más bien por encima de una pobreza, impotencia y vaciedad que permita a la gracia de Dios actuar a través de nosotros, de modo que, al hacer lo que estamos haciendo, estemos atrayendo a los otros a Dios y no a nosotros mismos.
También, nuestra pequeñez nos hace conscientes de que, en su mayor parte, no podemos hacer las grandes cosas que determina la historia del mundo. Pero podemos cambiar el mundo más humildemente, sembrando una semilla oculta, siendo un oculto antibiótico de salud en el alma de la humanidad y descomponiendo el átomo del amor en nosotros mismos. Y, sí, también, el “caminito” trata de hacer cosas pequeñas, humildes, ocultas.
Anonimato . El “caminito” de Teresa se refiere a lo que está oculto, a lo que se hace en secreto, de modo que lo que el Padre vea en lo secreto será recompensado en secreto. Y lo que está oculto no es nuestro acto de caridad, sino nosotros, nosotros mismos, que estamos haciendo el acto. En el “caminito” de Teresa, nuestros pequeños actos de caridad pasarán en su mayor parte inadvertidos, no tendrán al parecer ningún verdadero impacto en la historia del mundo y no nos traerán ningún reconocimiento. Permanecerán ocultos e inadvertidos; pero, en el Cuerpo de Cristo, lo que está oculto, desinteresado, inadvertido, modesto y aparentemente insignificante y sin importancia es el vehículo más vital de todos para la gracia a un nivel más profundo. Como Jesús no nos salvó por medio de milagros sensacionales ni obras dignas de titulares sino por la desinteresada obediencia a su Padre y silencioso martirio, así también nuestras obras pueden permanecer ocultas de modo que nuestras muertes y el espíritu que dejamos atrás puedan llegar a ser nuestra verdadera riqueza.
Finalmente, su “caminito” se apoya en una motivación particular. Somos invitados a actuar más allá de nuestra pequeñez y anonimato, y hacer pequeños actos de amor y servicio a otros por una particular razón, esto es, enjugar -metafóricamente- el rostro de Cristo doliente. ¿Cómo?
Teresa de Lisieux fue una persona extremadamente bendecida y agraciada. A pesar de mucha tragedia en su temprana vida, fue amada (por su propio reconocimiento y testimonio de otros) de una manera que fue tan pura, tan profunda y tan admirablemente afectuosa que deja a la mayoría de la gente con envidia. Fue también una chica muy atractiva y estuvo rodeada de amor y seguridad en el seno de una numerosa familia en la que todas sus sonrisas y lágrimas eran advertidas, honradas (y con frecuencia fotografiadas). Pero cuando creció en madurez no tardó en observar que lo que era verdad en su vida no era verdad en muchos de los otros. Sus sonrisas y lágrimas pasaban generalmente inadvertidas y no eran honradas. Su “caminito” se apoya, por tanto, en esta motivación particular. En sus propias palabras:
Un Domingo, mirando un cuadro de Nuestro Señor en la Cruz, quedé impresionada por la sangre que fluía de una de sus divinas manos. Sentí una angustia de gran dolor mientras pensaba que esta sangre estaba cayendo en el suelo sin que nadie se apresurara a recogerla. Decidí permanecer en espíritu al pie de la Cruz y recibir su rocío. Oh, no quiero que esta preciosa sangre se pierda. Emplearé mi vida recogiéndola para el bien de las almas. Vivir de amor es secar tu rostro”.
Vivir su “caminito” es observar y honrar las inadvertidas lágrimas que caen de los dolientes rostros de los demás. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - 

Reyes 2020

En la fiesta de la Epifanía o de los Reyes Magos, la misa de las 8 de la tarde de nuestra parroquia, tuvimos la presencia del Belén Viviente y de los Reyes Magos, acompañados de angelitos y pastores. Todos estos papeles estuvieron interpretados por los niños de la catequesis parroquial. Un precioso coro de jóvenes animó esta fiesta. Fue una celebración muy concurrida y muy alegre. Damos gracias a todos los colaboradores y pedimos a Jesús que se siga "manifestando" en nuestra parroquia. Ver álbum

Diálogo matrimonial

El matrimonio es un proyecto de amor entre un hombre y una mujer; es aventura de amor. Como tal, se vive en un proceso de desarrollo y de crecimiento. El amor va pasando de la posesión a la donación. Es un largo itinerario biográfico. Ese proceso no se improvisa; tampoco es un destino. Está hecho a base de pasión y de decisión. El amor conyugal requiere verbalizar lo que se siente y sentir lo que se verbaliza desde el fondo del alma. Marca un hito el día en que solemnemente se dicen: te quiero a ti como esposo/a. La relación conyugal incluye un profundo nivel de comunicación personal. Para ello es preciso tener en cuenta:
1. Saberse a sí mismo
Para una buena comunicación es requisito previo el conocimiento de sí mismo. Se requiere dejar la ignorancia y la autocomplacencia narcisista. Si uno no está reconciliado y en contacto con su propia realidad, si no está conectado consigo mismo, mirará al otro como rival, como amenaza. Comunicarse requiere relacionarse de adulto a adulto. La posición de padre crítico suscitará el niño rebelde o sumiso. Y a la inversa. Comunicarse es dar pasos para salir de la autosuficiencia individualista para encontrarse con el otro. En lugar de autoprotegerse, uno se hace vulnerable.
2. Saber dar y recibir
La comunión es expresión de la identidad humana; estamos hechos para el encuentro y la relación. Existir es un proceso de dar y recibir. Nuestros padres nos han dado la vida. La hemos recibido. Nos han enseñado a vivir. Es así desde los estratos más materiales de nuestra vida como el comer, beber, hasta los estratos más afectivos y espirituales: dar y recibir amor. Se aprende a ser persona bajo la mirada amorosa del otro. La sexualidad humana es relacional. Cada cónyuge ha aprendido a dar y recibir la ternura desde la infancia.
3. Saber hablar
Una buena comunicación comienza por una buena emisión de los mensajes, sean estos meramente rituales, informaciones, opiniones, sentimientos. Consiste en hablar sin censurar, sin juzgar ni culpabilizar. Requiere poner entre paréntesis los propios prejuicios. El emisor tiene que mantenerse en el mensaje yo; reconocer la alteridad del otro y mostrarse auténtico y congruente. Necesita discernir la oportunidad, el cuándo y el cómo de la comunicación que va a hacer. La comunicación fracasa si el mensaje no es claro y diáfano.
4. Saber callar
Callar cuando el otro habla. Es la forma de prestarle toda la atención. No cortar ni interrumpir. En la comunicación no es solo importante el mensaje explícitamente codificado en palabras; forma parte de la ella, también la comunicación no-verbal, es decir, los gestos, las miradas, las distancias, los tonos de voz. Así mismo, los silencios constituyen un elemento importante en el proceso de la comunicación. De suyo no son enemigos de la comunicación, sino que sirven para prestar atención a las palabras y a las personas.
5. Saber oír
Es un elemento primario de la buena comunicación. Se trata de oír bien el mensaje en su contenido real. Ya sabemos que no se da la pura objetividad; que la comunicación sucede en un proceso de interpretación y de proyección. Para contralar estas trampas de la buena comunicación es menester el esfuerzo de oír los mensajes en su materialidad. Ello requiere favorables condiciones externas de lugar, de cercanía física, de tiempo sosegado. El cónyuge es diferente, tiene experiencias e ideas diferentes. Oír y comprender lleva a enriquecer la parte de verdad que ya sabía.
6. Saber escuchar
Escuchar es mucho más que oír; se escucha con la mente y, sobre todo, con el corazón. La buena escucha evita las interrupciones, los juicios y los prejuicios. No trata de consolar ni de educar al otro dándole consejos y soluciones. Escuchar es diferente, es permitir que la persona que se comunica se sienta libre e invitada a expresarse a un nivel profundo de su vida. Una buena escucha evita los bloqueos; no se pone a la defensiva. No confunde su verdad con la verdad. Expresa el interés por el otro incluso en las posturas, el porte, los gestos. Una buena escucha no consiste en dar la razón al cónyuge, ni en hacer lo que el hijo adolescente se empeña en hacer. Una buena escucha consiste en acoger a la persona en la situación en que se encuentra.
7. Saber confiar
Es un momento esencial de la buena escucha y comunicación. Confiar es creer que tu cónyuge te ama. Cuando realmente confiamos, no fijamos al otro según nuestros prejuicios o las etiquetas que la persona llega consigo. Dicho negativamente: no confiar en el otro es reducirlo a objeto; es decirle: tú eres así; tú no puedes cambiar. Tú no tienes futuro. Por el contrario, confiar implica amar al otro. Y eso le da la posibilidad de crecer, de madurar la propia existencia. Aquí tenemos grandes posibilidades en nuestras manos para acompañar al cónyuge en su crecimiento. Para darle estímulo y motivación.
8. Saber sentir (empatía)
El objeto del diálogo no es ni convencer ni dejarse convencer. No consiste en una lucha por ver quién tiene la razón. Los pensamientos son importantes. Pero los sentimientos representan la fibra y vibración de cada persona. Dialogar es hacerse transparente. Es ver la realidad a través de los ojos del otro. En la comunicación lo más importante no es lo que se dice, sino el hecho de que las personas hablen y se expresen.
9. Saber cambiar
El proceso de comunicación no deja a la persona en la misma situación; no la deja en actitud de espera, mano sobre mano. La manera de hacer que el otro no cambie es pretender obligarle a cambiar. Supone acoger las diferencias; superar miedos y agresividad personales. La empatía es imprescindible para que la persona se sienta escuchada. Excluye las órdenes y los mandatos.
10. Saber celebrar
Tener la oportunidad de compartir la intimidad del cónyuge produce unidad y gozo. Genera momentos memorables. Hace resonar las palabras bíblicas: serán “dos en una sola carne”. Además, la comunicación matrimonial tiene otra fuente de gozo. Se trata de la Gracia. La fe cristiana sana el amor humano que había quedado herido por la inclinación al egoísmo. Lo redime y lo libera. Lo expande. Le confiere significación sacramental en el pueblo de Dios. Lo convierte en grito de resurrección y vida para siempre. Anticipa la fiesta definitiva del gran encuentro. Bonifacio Fernández, cmf -