Creo en el Resucitado, Señor de la vida, Jesús de Nazaret, hombre del
pueblo, predicador itinerante.
Creo en el Resucitado, el hijo de María, quien hizo
vida sus palabras del Magníficat, porquellevó la Buena Nueva a los pobres y excluidos.
Creo en el Resucitado, Señor de la Comunidad, quien
para enseñar el amor de Dios llamóalos discípulos para compartir
su vida.
Creo en el Resucitado, el que se ocupó de los que
sufren, conoce el sufrimiento y quiere laliberación y la justicia, el que tuvo compasión de los enfermos, el que
enseña que el Dios dela Vida nace entre
los pobres de este mundo.
Creo en el Resucitadoel que se animó a presentar a Dios vivo, el
que habló conpalabras sencillas.
Creo en el Resucitado, el que entregó la vida, el
que cargó con la cruz, el que vivió el conflicto, la incomprensión y la
persecución por ser fiel. El que nos enseñó que a Dios se le conoce si se
practica su voluntad.
Creo en el Resucitado, que nos llama a seguir sus
pasos y hacer de nuestra vida una Pascuaparalos demás.
Creo en el Resucitado, el que vivió como Dios
quiere que vivamos todos.
Creo en Jesús de Nazaret, porque quiero
vivir como Él.
El 10 de octubre de 1937, Santa Faustina recibió instrucciones del Señor concerniente a otro elemento principal de la devoción a la Divina Misericordia; esto es, la Hora de Gran Misericordia:
A las tres de la tarde en punto, implora Mi misericordia, especialmente por los pecadores; y, aunque sea por un breve momento, sumérgete en Mi pasión, particularmente en Mi abandono al momento de la agonía. Esta es la hora de la gran misericordia para todo el mundo. Yo te permitiré entrar en Mi dolor mortal. En esta hora, Yo no rehusaré nada al alma que Me pida algo en virtud de Mi pasión. (Diario, 1320)
"Te recuerdo, hija Mía, que cuántas veces oigas el reloj dando las tres, sumérgete totalmente en Mi misericordia, adorándola y glorificándola; suplica su omnipotencia para el mundo entero y especialmente para los pobres pecadores, ya que en ese momento se abrió de par en par para cada alma. En esa hora puedes obtener todo lo que pides para ti y para los demás. En esa hora se estableció la gracia para el mundo entero: la misericordia triunfó sobre la justicia" (Diario,1572)
No nos gusta mucho la palabra desilusión.
Normalmente la consideramos negativa, algo peyorativa, y no algo que
nos hace un favor. Y aun así, la desilusión es positiva, significa el
desvanecimiento de una ilusión; y las ilusiones, a no ser que
necesitemos una como tónico temporal, no son buenas para nosotros. Nos
retraen de la verdad, de la realidad.
Hay muchas, muchas implicaciones negativas sobre el actual coronavirus
que está infligiendo una mortal desolación a través del planeta. Pero
hay una positiva: Contra toda forma de resistencia que podemos mostrar,
se está desvaneciendo la ilusión de que tenemos nuestras vidas bajo
control y que, por nuestros propios esfuerzos, podemos hacernos
invulnerables. Esa lección nos ha venido sin ser invitada. Este
imprevisto e inoportuno virus está enseñándonos que, a pesar de nuestra
sofisticación, inteligencia, riqueza, salud o estatus, todos somos
vulnerables, todos estamos a merced de mil contingencias de las que
tenemos poco control. Ningún grado de repulsa cambiará eso.
Por supuesto, a nivel de nuestra conciencia, siempre estamos conscientes
de nuestra vulnerabilidad. Pero a veces, después de haber caminado
sobre un peligroso borde durante un largo tiempo, nos olvidamos del
peligro y ya no somos conscientes de la estrechez del madero sobre el
que estamos caminando. Entonces también nuestra sensación de
vulnerabilidad a cien millones de peligros es, como nuestra sensación de
mortalidad, normalmente bastante abstracta y no muy real. Todos sabemos
que, como los demás, un día moriremos; pero esto normalmente no pesa
mucho en nuestra conciencia. Al contrario, vivimos con la sensación de
que aún no vamos a morir. Nuestras propias muertes no son de hecho
reales para nosotros. No son todavía una amenaza inminente sino sólo una
realidad distante, abstracta.
Generalmente, tal es también la vaguedad de nuestra sensación de
vulnerabilidad. Sí, sabemos abstractamente que somos vulnerables, pero
generalmente nos sentimos bastante seguros. Con todo, mientras este
virus se propaga, ocupa nuestros noticiarios y para el curso de nuestras
vidas normales, nuestra sensación de vulnerabilidad ya no es una
amenaza vaga, abstracta. Ahora somos mucho más conscientes de que todos
vivimos a merced de un millón de contingencias, sobre muchas de las
cuales tenemos escaso control.
Sin embargo, para nuestra defensa, nuestra innata sensación de que
tenemos el control y podemos salvaguardar nuestra propia salud pública y
seguridad, no debería ser juzgada demasiado precipitada ni duramente.
No podemos remediarlo. Es el modo como estamos hechos. Estamos
aparejados instintivamente para odiar nuestra debilidad, nuestra
vulnerabilidad, nuestras limitaciones y nuestra conciencia de propia
pobreza, y estamos aparejados para querer sentirnos seguros, bajo
control, independientes, invulnerables y autosuficientes. Esa es una
merced de gracia y naturaleza porque ayuda a salvarnos del desaliento y
nos ayuda a vivir con un (necesario) sano orgullo. Pero es también una
ilusión; quizás una que necesitamos en largos periodos de nuestras
vidas, pero también una que en momentos de claridad y lucidez debemos
dispersar como para conocer ante Dios y para nosotros mismos que estamos
interdependientes, no autosuficientes ni al fin bajo control. Todo lo
demás acerca de este virus está trayéndonos un momento de claridad y
lucidez, incluso si esto está lejos de ser bienvenido.
Nos dieron la misma lección, efectivamente, con el derribo de las Torres
Gemelas, en New York, el 11 de septiembre de 2001. Al ser testigos de
este singular incidente trágico, pasamos de sentirnos seguros e
invulnerables a saber que no somos capaces, a pesar de todo lo que hemos
llevado a cabo, de garantizar nuestra propia seguridad y la seguridad
de nuestros seres queridos. Mucha gente reaprendió ese día lo que
significaba orar. Muchos de nosotros estamos reaprendiendo lo que
significa orar mientras permanecemos confinados en casa durante este
coronavirus.
Richard Rohr sugiere que el paso de la niñez a la adultez requiere una
iniciación en algunas necesarias lecciones de vida. Una de estas puede
ser resumida de esta manera: ¡No tienes el control! Si eso es
verdad, y lo es, entonces este coronavirus está ayudando a todos a
iniciarnos en una adultez más madura. Estamos haciéndonos más
conscientes de una importante verdad. Sin embargo, no podemos ver ningún
intento divino en esto. Toda voz fundamentalista que sugiera que Dios
nos envió a todos nosotros una lección con este virus, está
peligrosamente equivocado y es un insulto a la verdadera fe. Sin
embargo, necesitamos oír la voz de Dios en él. Dios está hablando todo
el tiempo, pero generalmente no escuchamos; esta suerte de cosas nos
ayudan a servir de micrófonos a un mundo sordo.
Las ilusiones no son fáciles de disipar, y por buenas razones. Nos
unimos a ellas por instinto, y generalmente las necesitamos para caminar
por la vida. Por esta razón, Sócrates, en su sabiduría, una vez
escribió que “no hay nada que requiera un tratamiento tan delicado como
la remoción de una ilusión”. Cualquier otra cosa que no sea delicadeza
sólo nos hace más resistentes.
Este coronavirus es cualquier cosa menos delicado. Pero, dentro de toda
su rudeza, quizás podríamos sentir un delicado golpe de codo que nos
ayudara a disipar la ilusión de que estamos bajo control. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -
Doctor, quiero abortar, dijo una mujer muy asustada, con un bebé en brazos: por favor ayúdeme, tengo un problema muy serio. Mi bebé aún no ha cumplido un año y ya estoy de nuevo embarazada. No quiero tener hijos en tan poco tiempo, prefiero un espacio mayor entre uno y otro...
- El médico pregunta: Muy bien, ¿y qué quiere que yo haga?
- Pues doctor, deseo interrumpir voluntariamente mi embarazo y quiero contar con su ayuda.
- El médico se queda pensando un poco y después de unos segundos le dice: Ummm... Creo que tengo un método mejor para solucionar el problema y es menos peligroso para usted.
La mujer sonrió, pensando que el médico aceptaría ayudarla.
- Él continua: Mire señora, para no tener que estar con dos bebés a la vez en tan corto espacio de tiempo, mejor vamos a matar a este niño que tiene usted en sus brazos. Así, usted primero tendrá un período de descanso hasta que el otro niño nazca, y entonces no va a tener que cuidar a dos sino sólo a uno.
- La mujer se asustó y dijo: ¡No, doctor! ¡Qué horror! ¡Matar a un niño es un crimen!
- Pues bien, si vamos a matar, no hay diferencia entre uno y otro. Y hasta es más fácil sacrificar éste que tiene entre sus brazos, puesto que usted no correrá ningún riesgo.
Finalmente, viendo el efecto de sus palabras en la madre, el médico sonrió y después de algunas consideraciones, vio que su lección surtía efecto.
Convenció a la madre que no hay mucha diferencia entre matar un niño que ya nació y matar a uno que está por nacer, y que está vivo en el seno materno...