Ser hijo de Dios no te hace libre de las tentaciones. Podrás
tener momentos en que te sientas tan bendecido por Dios, tan en Dios, tan
amado, como para olvidar que vives aún en un mundo de potencias y de
principados. Pero tu inocencia de hijo de Dios tiene necesidad de ser
protegida. De otro modo serás fácilmente catapultado fuera de tu verdadero yo y
experimentarás la fuerza devastadora de las tinieblas que te rodean.
Este salir de ti mismo puede sobrevenirte como una gran
sorpresa. Antes que seas plenamente consciente podrás encontrarte derrotado por
la concupiscencia, por la ira, por el resentimiento o por la avidez. Un cuadro,
una persona, un gesto, pueden desencadenar estas emociones fuertes y
destructivas y seducir tu yo ¡nocente.
Como hijo de Dios, debes ser prudente. No puedes andar
sencillamente por el mundo como si nada o nadie pudiese hacerte daño. Continúas
siendo extremadamente vulnerable: La mismas pasiones que te hacen amar a Dios
pueden ser utilizadas por las potencias del mal.
Los hijos de Dios necesitan apoyo, protección, ayudarse unos
a otros cercanos al corazón de Dios. Tú perteneces a una minoría en un mundo
grande y hostil. Haciéndote más consciente de tu verdadera identidad de hijo de
Dios, distinguirás también más claramente las muchas fuerzas que tratan de
convencerte de que todas las realidades espirituales son un falso sustituto de
las cosas reales de la vida (...).
No te fíes de tus pensamientos ni de tus sentimientos cuando
te encuentras fuera de ti mismo. Vuelve rápidamente a tu centro verdadero y no
prestes atención a lo que te ha llevado a engaño. Gradualmente llegarás a estar
mejor preparado para estas tentaciones y ellas tendrán cada vez menos poder
sobre ti. Protege tu inocencia ateniéndote a la verdad: eres hijo de Dios y eres
profundamente amado (H. J. M. Nouwen, La voz interior del amor, Madrid 1998). Fuente: santaclaradeestella.es (LECTIO DIVINA correspondiente al Jueves dentro de la Octava de Navidad)
Jesús
nació fuera de la ciudad, fuera de un hospital, fuera de una casa
normal. Los Evangelios nos dicen que nació en un establo, fuera de la
ciudad, porque no había lugar para ellos en la posada.
Nosotros siempre hemos vilipendiado al infame posadero que despidió a
María y José; y la lección que asumimos de esto fue la necesidad de
menos autopreocupación en nuestras vidas, que no deberíamos estar tan
ocupados y preocupados que no hubiera lugar para que lo divino naciera
en nuestras vidas.
Verdaderamente, hay una lección aquí, una que necesito para mi propia
vida. Dadas las presiones de las pasadas semanas, hasta este momento del
año no he tenido ocasión de dar a la Navidad más que una reflexión
pasajera. ¡No hay ningún lugar en mi posada exactamente ahora! Y así,
fomento mucha simpatía por ese curioso posadero sabiendo qué fácilmente
podemos sobrecargar nuestras vidas de modo que no haya ningún lugar
reservado para acoger a un visitante divino.
Ahora, aun cuando ese es un desafío importante, los eruditos bíblicos
sugieren que hay una lección más profunda en el hecho de que Jesús nació
en un establo fuera de la ciudad porque no había lugar para él en la
posada. La verdadera indicación que los Evangelios está haciendo no es
tanto la aparente dureza de un posadero, sino más bien el hecho de que
Jesús nació fuera de una ciudad, fuera de lo que es cómodo, fuera del glamour
y la fama, fuera del reconocimiento por parte del rico y del poderoso,
fuera de ser noticia del mundo cotidiano. Jesús nació en el anonimato,
pobre, fuera de toda noticia, a no ser por la fe y Dios.
Su nacimiento fuera de la ciudad también prefiguró su muerte y
sepultura. La vida terrena de Jesús acabará como empezó, como un
extraño, un forastero, crucificado fuera de la ciudad, enterrado fuera
de la ciudad, así como nació fuera de la ciudad.
Thomas Merton hizo una vez un comentario particularmente emocionante sobre esto: En
este mundo, esta posada loca, en la que no hay absolutamente ni el
menor espacio para Él, Cristo ha venido sin invitación. Pero como no
puede estar en casa en este mundo, como está fuera de lugar y aun así
debe estar en él, su lugar está con aquellos otros para los que tampoco
hay sitio. Su lugar está con los que no pertenecen, los que son
rechazados por el poder porque son considerados como débiles, aquellos
que están desacreditados, aquellos a los que les niegan el status como
personas, los que son torturados, bombardeados y exterminados. Con esos
para los que no hay lugar, Cristo está presente en el mundo. Está
misteriosamente presente en aquellos para los que parece no haber nada a
no ser el mundo en su peor situación.
Cristo nació en este mundo de forma inadvertida, fuera de la ciudad, al
margen de todas personas y eventos que parecían importantes entonces.
Dos mil años después, ahora reconocemos la importancia de ese
nacimiento. Por cierto, el mundo mide el tiempo por él. Estamos en el
año 2021 desde ese nacimiento inadvertido. Pero entonces apenas nadie se
dio cuenta.
¿Cuál es la lección? ¿Qué sacamos de esto? Entre otras cosas, esto
pretende darnos una perspectiva diferente frente a lo que en definitiva
es importante en este mundo y lo que no es. ¿Quién modela en definitiva
la historia? ¿Los grandes motores y agitadores o los que están en el
exterior?
Bíblicamente hablando, casi todos nosotros nacimos fuera de la ciudad,
lo cual significa que en nuestras vidas seremos para siempre los
forasteros, desconocidos, anónimos, insignificantes, de pueblo pequeño,
personas que son incidentales al panorama general y la gran acción.
Nuestra foto y nuestra historia nunca adornarán los titulares. Nuestros
nombres nunca estarán iluminados, y viviremos y moriremos en el
anonimato básico, no conocidos por muchos de fuera de nuestros propios
círculos minúsculos.
Casi todos nosotros viviremos nuestras vidas en callada oscuridad, en
áreas rurales, en pequeñas ciudades y en los parajes desconocidas de
nuestras ciudades, mirando los grandes eventos de nuestro mundo desde
fuera y viendo siempre a algún otro, además de nosotros, tan importante.
Aparentemente, nosotros permaneceremos desconocidos para siempre y
nuestros talentos y aportaciones no serán conocidas particularmente por
nadie, quizás ni siquiera por nuestros propios familiares. Hablando en
sentido figurado, siempre estaremos “fuera de la ciudad”. Viviremos,
trabajaremos y daremos a luz al amor y a la vida en lugares humildes.
Tal vez lo más doloroso de todo: conoceremos la frustración de ser
incapaces de dar verdaderamente nuestros talentos y dones al mundo;
pero, en vez de eso, encontraremos que las más profundas sinfonías y
melodías que viven en nosotros nunca encontrarán mucha expresión en el
mundo de fuera. Nuestros sueños y nuestras más profundas riquezas nunca
encontrarán mucho de un escenario terrenal. Nunca habrá un lugar en la
posada para que nazca lo que hay mejor en nosotros. Nuestras profundas
riquezas, como el nacimiento de Jesús en nuestro mundo, permanecerán
“fuera de la ciudad”, muriendo al fin por el martirio del anonimato y la
inadecuada autoexpresión (también “fuera de la ciudad”).
María dio a luz al Cristo en un establo fuera de la ciudad porque no
había lugar en la posada. Este comentario se refiere a algo más que la
simple negación de la hospitalidad de un posadero sobrecargado. Es una
importante enseñanza sobre la necesidad de apreciar lo que en definitiva
determina la vida. En esencia, eso nos dice que no son necesariamente
aquellos que en apariencia ocupan la presidencia en el centro de las
cosas (los poderosos, los ricos, los famosos, los líderes de gobierno,
las celebridades de entretenimiento, las cabezas corporativas, los
eruditos, los académicos) quienes tendrán el tiempo medido por sus
vidas. Lo que es más profundo, más significativo y más importante de la
vida nace con frecuencia en el anonimato, inadvertido por los poderosos,
tiernamente envuelto en la fe, fuera de la ciudad. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -
Se celebra el Domingo que cae dentro de la octava de Navidad o, en su defecto, el 30 de diciembre. Fiesta en que celebramos el núcleo familiar en el que «Jesús crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y antes los hombres». Su finalidad es promover y afianzar el desarrollo de la familia desde sus raíces humanas y cristianas con el ejemplo e intercesión de la Familia de Nazaret. «Nazaret -decía Pablo VI- es la escuela donde se comienza a entender la vida de Jesús: la escuela del Evangelio. Una lección de silencio ante todo. Una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe lo que es la familia, su comunión de amor, su austera y sencilla belleza, su carácter sagrado e inviolable. Una lección de trabajo. ¡Nazaret, oh casa del "Hijo del Carpintero"!». El Catecismo comenta: En nuestros días las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el Vaticano II llama a la familia "Iglesia doméstica". En el seno de la familia, los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y su ejemplo. El hogar es la primera escuela de vida cristiana y "escuela del más rico humanismo". Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida.- Oración: Dios, Padre nuestro, que has propuesto a la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo, concédenos, te rogamos, que, imitando sus virtudes domésticas y su unión en el amor, lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. Gracias a: Gracias a: Rezando Voy, Santa Clara de Estella y Ciudad Redonda
Durante
la ocupación nazi de Francia en la Segunda Guerra Mundial, un grupo de
teólogos jesuitas que oponía resistencia a la ocupación publicó un
periódico clandestino, Cahiers du Temoignage Chretien, que tuvo una famosa línea de apertura en su primer número: “Francia, ten cuidado de no perder tu alma”.
Eso trajo a mi memoria un comentario que oí una vez a Peter Hans
Kolvenbach, entonces Superior General de los jesuitas. Hablando sobre
globalización, comentó que una de las cosas que él temía de ella era la globalización de la trivialidad. ¡Clara advertencia!
Hoy estamos siendo testigos de una trivialización del alma en nuestra
cultura. Ya pocas cosas son sublimes, lo cual significa que ya pocas
cosas nos conmueven profundamente. Las cosas que solían tener
significado profundo están relacionadas ahora más casualmente. El sexo,
por ejemplo. Más y más, (con unas pocas iglesias que resisten con
firmeza), la cultura cree que el sexo no necesita ser conmovedor, a no
ser que quieras que lo sea y lo rodees con tal significado. Por ejemplo,
oí recientemente un argumento en el que alguien quitó importancia a la
gravedad moral de un maestro que se acostó con uno de sus estudiantes,
con esta lógica: ¿cuál es la diferencia entre esto y un profesor que
juegue un partido de tenis con su estudiante? ¿Su punto? El sexo no
necesita ser especial, a no ser que quieras que sea especial. ¿Qué hace
al sexo ser diferente de un partido de tenis?
Sólo alguien peligrosamente ingenuo no ve aquí una enorme diferencia conmovedora.
Un partido de tenis no toca el alma en profundidad. El sexo, sí; y no
precisamente porque algunas iglesias lo digan. Vemos esto cuando se da
violación. Freud dijo una vez que entendemos las cosas de la manera más
clara cuando las vemos rotas. Tiene razón, y en nada es más claro que en
la manera como la violencia sexual y el sexo explotador afectan a una
persona. Cuando el sexo es reprochable, hay violación del alma que
empequeñece cualquier cosa que resulta de un partido de tenis. El sexo
no es conmovedor porque lo dicen algunas iglesias. Es conmovedor porque
está conectado al alma de un modo que el tenis no lo está. Irónicamente,
sólo cuando la cultura está trivializando la visión tradicional de la
sociedad sobre el sexo como innatamente conmovedor, las personas que
trabajan con los que sufren trauma sexual están viendo mucho más
claramente cómo el sexo explotador está en un plano radicalmente
diferente, en términos de alma, que jugando al tenis con alguien.
Sin embargo, no es sólo que estemos trivializando lo conmovedor; estamos
también luchando por prestar oído a nuestras almas. Es digno de observa
que hoy este aviso procede no tanto de las iglesias como de una serie
de voces, desde filósofos agnósticos hasta de analistas junguianos. Por
ejemplo, el tema dominante en los escritos del filósofo agnóstico del
alma James Hollis, es que la tarea de la vida es vivir conmovedoramente,
y sólo podemos hacer eso prestando oído de verdad a nuestras almas. Y,
señala que hay mucho en juego aquí. En un libro titulado El suicidio y el alma, sugiere que lo que a veces sucede en un suicidio es que el alma, incapaz de hacer oír sus gritos, al fin mata al cuerpo.
La psicología profunda ofrece puntos de vista semejantes y sugiere que
la presencia en nuestras vidas de ciertos síntomas como la depresión, la
ansiedad excesiva, los trastornos de culpa y la necesidad de
automedicación son con frecuencia los gritos del alma para que sean
tenidos en cuenta. James Hollis sugiere que a veces, cuando tenemos
malos sueños es porque nuestra alma está airada con nosotros, y sugiere
que ante estos síntomas (depresión, ansiedad, culpa, malos sueños)
necesitamos preguntarnos: “¿Qué quiere mi alma de parte mía?”
Verdaderamente, ¿qué quieren de nosotros nuestras almas? Quieren muchas cosas, aunque en esencia, quieren tres: serprotegidas, ser honradas y ser escuchadas.
Primero, nuestras almas necesitan estar protegidas de la violación y la
trivialización. Lo que subyace más profundo dentro de nosotros, en el
centro de nuestras almas, es algo que Thomas Merton describió una vez
como le point vierge (el “punto virgen”). Todo lo más sagrado,
tierno, verdadero y vulnerable que hay en nosotros es alojado ahí, y
mientras nuestras almas nos envían constantes gritos requiriendo
protección, no pueden protegerse a sí mismas. Nos necesitan para
proteger su point vierge.
Segundo, nuestras almas necesitan ser tratadas con honradez, su
inviolabilidad totalmente respetada, su profundidad debidamente
reconocida. Nuestra alma es la “zarza ardiente” ante la cual necesitamos
detenernos descalzos, reverentes. Perder esa reverencia es trivializar
nuestra propia profundidad.
Finalmente, nuestras almas necesitan ser tenidas en cuenta. Sus gritos,
sus llamadas de atención, sus resistencias y los sueños que nos dan
mientras dormimos necesitan ser escuchados. Además, necesitan ser
tenidas en cuenta no sólo cuando están animadas, sino también cuando
están pesadas, tristes y airadas. Igualmente, necesitamos escuchar no
sólo su ruego por motivo de protección, sino también su desafío para que
asumamos riesgos.
El alma es una cosa preciosa digna de protección. Es la voz más profunda
que hay en nuestro interior, hablando por lo que es más importante y
más conmovedor de nuestras vidas, y así necesitamos siempre hacer caso
de la advertencia: tened cuidado de no perder vuestra alma. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -
Yo
nunca podría ser crítico literario; no porque no sepa distinguir la
buena literatura de la mala, sino porque carezco del corte duro. Si no
me gusta un libro, me resisto a decirlo. Por el contrario, si un libro
me gusta, tiendo a ser más su animador que su tasador crítico. Sea como
sea, quiero ponderar vivamente el nuevo libro de Ashlee Eiland, Human(kind): Cómo reivindicar la dignidad humana y abrazar la benevolencia radical nos volverá a juntar.
Esto no es algo sentimental, examinar un buen libro que trata sobre el
grado en que necesitamos ser amables unos con otros. Es más como un
Sermón de la Montaña para nuestro tiempo, o al menos, el modo como
podríamos disponernos a vivir el Sermón de la Montaña. ¿Cómo
permanecemos sensibles, afectuosos y humanos en todas las cosas que
tienden a envanecer o amargar malsanamente nuestros corazones? He aquí
cómo describe su libro.
“Esta es mi historia: la historia de una mujer negra que creció en el
sur y que descubrió algo de integridad y algunos hoyos a lo largo del
camino. Cuando reflexioné sobre mi vida, hubo momentos que recordé muy
vivamente. Al reflexionar, fueron vivos porque hacían al caso. Me
marcaron no sólo bella sino también dolorosamente. Pero cuando me senté
con estos momentos y recuerdos, me di cuenta de que hacían al caso
porque me enseñaban a ser amable conmigo misma. Recordarlos me ayudó a
reconocer los buenos dones que me han dado, los dones que ahora confío
dar a otros, y me capacitó para ver los momentos dolorosos y duros como
oportunidades de ser más plenamente humana, para recordarme el hecho de
recibir la gracia donde ha habido agravio.”
El libro consiste en una serie de historias de su vida, toda ellas
relatadas por una ingeniosa narradora, y todas ellas escritas con una
estética que nunca se sume en el sentimentalismo ni la autocompasión. Y
son historias a la vez de ser agraciada y ser herida. La de Eiland ha
sido una vida de contrastes.
Por una parte, su vida ha sido privilegiada: padres afectuosos, la
oportunidad de una educación de primera clase, nunca desesperada
económicamente y siempre con una protectora familia y una comunidad a su
alrededor. Por otra parte, ha vivido como mujer negra en un mundo de
injusticia y desigualdad. Ha tenido que vivir como quien tiene que ser
siempre consciente del color de su piel, que cada vez que entra en una
habitación necesita mirar alrededor para ver cuántos otros como ella hay
en esa habitación. También tenía que soportar la mayor afrenta racial
de que le gritaran en su cara. Y así, como ella dice, ha sido
profundamente marcada por una cicatriz a la vez bella y dolorosamente.
Por ejemplo, una de sus historias relata un incidente en el que salió a
un restaurante con unos amigos asiáticos para una especialidad coreana:
pudin de pasta relleno de carne de cerdo. La velada se desarrolló bien, y
volviendo del restaurante entre risas con uno y otro en el coche, ella
sintió que se le quitaba un peso para siempre. “Por primera vez, no
sentí como si tuviera que habilitar la conversación con un recordatorio a
mis amigos -o a mí misma- de mi verdadera raza. …Antes de ese día,
sentía que tenía que pasar de puntillas de un mundo a otro. Pero esa
clase de actitud -me di cuenta- está sujeta a la vergüenza. Eso permite
que la narrativa ‘no del todo suficiente’ corra incontroladamente
aterrorizando lo que es con frecuencia lo mejor de compartir nuestras
vidas unos con otros”.
Necesitamos su narrativa. Vivimos en un tiempo de amargura y división en
que el discurso civil y el respeto se han desplomado, en que nos
demonizamos unos a otros, en que la injusticia, la desigualdad y el
racismo aún nos definen más que sus opuestos, y en que la amabilidad es
frecuentemente vista como debilidad. Además, hay una hipersensibilidad
siempre creciente, en la que incluso una palabra bienintencionada es una
potencial mina en la tierra. La paranoia ha reemplazado a la metanoia,
sacando a luz lo peor que hay en nosotros.
Ashlee Eiland nos da una fórmula para sacar lo mejor que hay en
nosotros. ¿Cómo reaccionamos ante la injusticia, la ofensa y la
demonización? Por ejemplo, he aquí cómo reaccionó ella después de
intentar ser buena para con alguien y ser recompensada por su esfuerzo
al ser lanzado a su rostro el último insulto racial: “Humillada,
continué con mi día, haciendo tanto bien como pude durante una tarde…
pero sabiendo que, a veces, ni aun hacer el bien es suficiente. En
ocasiones sólo tenemos que sentarnos con lo que es duro y humillante
respecto al difícil trabajo de la unidad y empeñarnos lo mejor que
podamos en no permitir que eso nos mate. Por el contrario, necesitamos
permitir que nos modele de otra manera que nos vuelva sobrios y nos
fuerce a quitarnos nuestras lentes de color rosa; admitir a veces
movernos más cerca y tratar de hacer el bien y cerrar los resquicios que
hay entre nosotros y los demás, no resuelve el rumbo que queremos.
Pero, aun así, tal vez resulte digno de ser probado”.
Careciendo del corte crítico, no siempre estoy seguro de lo que
constituye la “música soul”, pero todavía puedo reconocer la “literatura
soul”. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -
¿Por
qué hay tanta gente que abandona sus iglesias? No hay una única
respuesta a esta pregunta. La gente es compleja. La fe es compleja. Los
problemas son complejos.
Al considerar la pregunta, puede ser útil distinguir entre varios grupos. Los ningunos, los acabados, los espirituales-pero-no-religiosos, los indiferentes, los airados y los marginados. Aunque hay alguno imbricado entre estos grupos, cada uno tiene su propia serie de problemas con la iglesia.
Los ningunos son aquellos que rehúsan identificarse con alguna
religión o fe. Preguntados en un formulario de censo ¿cuál es tu fe o
religión?, responden: “ninguna”. La suya es una postura agnóstica. No
son necesariamente ateos ni hostiles a la fe, la religión y las
iglesias. Más bien es que, en este momento de sus vidas, rehúsan
identificarse con alguna fe o iglesia explícitas. Algunos son humildes
en relación a esto, otros arrogantes; al fin, la postura es la misma: un
agnosticismo sobre la religión y la fe.
Los acabados son aquellos que, en sus propias palabras, están cansados de la religión y frecuentemente de la fe explícita también. Acabados con ella.
Pueden considerarse acabados por diversas razones, desde haber tenido
una mala experiencia con la religión mientras crecían, hasta enfado
contra la iglesia, hasta el intoxicante poder de una cultura que puede
ofrecerse aparentemente como un sustituto suficiente de la religión. Han
estado ahí, han considerado la religión y han continuado adelante.
Los espirituales-pero-no-religiosos son aquellos que creen en
el valor de la espiritualidad pero no de alguna iglesia. Han optado por
seguir un camino espiritual fuera de cualquier comunidad eclesial,
creyendo que (al menos para ellos) el camino espiritual lo mejor es
hacerlo fuera de la religión organizada. Puede haber muchas razones para
esta clase de actitud, sobre todo la irresistible característica de la
individualidad y la libertad personal que impregna nuestra cultura. Hoy,
en el camino de la fe de uno, la gente prefiere confiar sólo en su
propia búsqueda y experiencia.
Los indiferentes son sólo eso, indiferentes a la religión
(mientras quizás aún estén alimentando alguna fe). Puede haber miles de
razones por las que estas personas se sienten indiferentes a la religión
y quizás también a la fe. Nuestra cultura, a pesar de toda su bondad,
es también un poderoso narcótico que, durante el mayor número de años de
nuestra vida, puede engullirnos enteros en términos de anestesiar
nuestros instintos religiosos y hacernos creer en lo que Charles Taylor
llama un humanismo autosuficiente. Durante largos periodos de nuestras vidas, nuestro mundo puede parecer suficiente para nosotros y, mientras este es el caso, la indiferencia a la religión puede ser una opción real.
Los airados son aquellos que, por razones que pueden señalar,
ya no van a la iglesia. Cualquier número de causas puede estar en juego
aquí: abuso sexual del clero, el trato a las mujeres por parte de la
iglesia, el racismo, el fracaso de la iglesia a vivir la credibilidad de
los evangelios, el envolvimiento o no-envolvimiento de su propia
iglesia en la política, una historia negativa con su iglesia, un mal
pastor, o el maltrato personal en una situación pastoral. Las personas
que están en este grupo a veces acaban buscando un nuevo hogar eclesial
en otra denominación, pero muchas sencillamente se quedan en casa la
mañana del domingo.
Los marginados son aquellos que se sienten fuera de la
comprensión, la empatía y la finalidad espiritual de las iglesias. Esto
incluye a cada uno de los muchos que están dentro de la comunidad LGBTQ,
a los sin techo de nuestras calles, a incontables miles que sienten
(consciente o inconscientemente) que la desorganización de sus vidas les
excluye de alguna manera de la comunidad eclesial. Se sienten
proscritos de la religión y de nuestras iglesias.
La gente está abandonando sus iglesias por muchas razones, y esto pide
algunas preguntas más. Cuando la gente abandona sus iglesias, ¿qué está
abandonando de hecho? Y ¿a dónde van, si es que van a alguna parte?
En un libro reciente, Después del evangelismo: el camino hacia un nuevo cristianismo, David Gushee hace esta pregunta sobre aquellos que abandonan sus iglesias. ¿Tienen claro lo que de hecho están abandonando? ¿Saben
si abandonan la Iglesia, si abandonan sus denominaciones, si abandonan
la fe, si abandonan a Jesús, o si abandonan, sin más?
Más importantemente, pregunta: ¿cómo finalizará eso? ¿Acabarán en otra denominación, o como espirituales-pero-no-religiosos, o como agnósticos, o solo como desilusionados?
Quizás esa cuestión no sea tan importante para los ningunos, los acabados, los espirituales-pero-no-religiosos, los indiferentes y para muchos de los marginados; pero sí es para los airados,
para aquellos que se sienten alienados de parte de sus iglesias.
¿Adónde vais cuando la ira os mantiene lejos de vuestra mesa familiar?
¿Buscáis una familia de mentalidad más afín? ¿Renunciáis a encontrar una
mesa familiar? ¿Permanecéis en casa la mañana del domingo? ¿Estáis de
acuerdo en ir al lecho de muerte estando aún airados? ¿Estáis contentos
de permanecer desilusionados?
Abandonar la Iglesia: dos preguntas nos saltan a la vista. ¿Por qué hay
más y más gente que abandona sus iglesias o, simplemente, no van a
ellas? Y ¿cuál es el futuro religioso de aquellos que ya no van a la
iglesia? La primera es una pregunta para las iglesias mismas, la segunda
es una pregunta para examinar a aquellos que ya no van a la iglesia. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -
El Grupo Misionero comunica a todos los AMIGOS DE LAS MISIONES
CLARETIANAS que su tradicional campaña de RASTRILLO, ubicado en
los salones de la Parroquia, desde el día 26 de noviembre al día 8
de diciembre, tendrá como horario: Mañanas: de 12:00 a 14:00 horas y Tardes: de 18:00 a 21:00 horas.
Un año más, al comenzar el Adviento, en los bajos de la Parroquia del Corazón de María se encuentra el Rastrillo Misionero Claretiano, cuya finalidad es ayudar económicamente a las Misiones Claretianas que se encuentran en diferentes países del mundo.
Lo regentan un grupo de colaboradoras de la parroquia, que año tras año trabajan para mantener este fin. Esto se puede llevar a cabo gracias a las ayudas que reciben de diferentes entidades y comercios locales que con sus aportaciones , tanto donativos como regalos hacen que estas ventas se puedan realizar.
Nuestra mayor fortaleza es con frecuencia nuestra mayor debilidad.La
sensibilidad es un don; pero, como cualquier persona sensible te dirá,
ese don puede ser una bendición híbrida. A veces, una piel tosca e
insensible puede librarte de mucho sufrimiento, particularmente del
dolor de corazón.
El popular escritor espiritual Henri Nouwen fue una persona altamente
sensible. Eso fue a la vez su regalo y su castigo. Sufrió mucho a causa
de su sensibilidad. Por ejemplo, varias veces se enamoró
desesperadamente de alguien; pero, al ser él un célibe con votos y al no
ser correspondidos esos profundos sentimientos, se quedó solo en esa
obsesión, frustrado, emocionalmente paralizado. Estos obsesivos
sentimientos le desbordaron tanto que (para honradez y crédito suyos)
recurrió a ayuda clínica. Como él mismo reconoció, esos fueron los
periodos más oscuros y dolorosos de su vida.
Hay muchos como él en este mundo y hay alguien como él en todo el que es
altamente sensible. En efecto, uno de los héroes de Nouwen fue el
afamado pintor holandés Vincent Van Gogh, quien sufrió de
hipersensibilidad aguda durante buena parte de su vida; y, en cierto
momento, sufriendo una obsesión emocional amorosa, se cortó una de sus
orejas y se la mandó a la persona con la que estaba obsesionado. Otra
persona a la que Nouwen idolatró fue el filósofo danés Soren
Kierkegaard, cuya soledad personal condicionó sus escritos religiosos y
filosóficos. No es extraño que tantas personas altamente creativas
(artistas, escritores, intérpretes) caigan en manos de la obsesión
emocional. Sospecho que, en cierto grado, esto es verdad para todos
nosotros.
¿Qué hay que hacer cuando alguna obsesión emocional literalmente nos paraliza?
He planteado dos veces esta cuestión a los psicólogos. En la primera
ocasión, fue al renombrado psicólogo holandés Antoine Vergote. Dos veces
tuve el privilegio de asistir a su clase; y, en una de ellas, le
formulé esta pregunta. ¿Cómo ayuda a una persona que está muy paralizada
por alguna angustia u otro dolor que la deja suicida? Su respuesta fue
humilde. Empezó diciendo que esta es singularmente la situación más
difícil de la que siempre trataremos en nuestro interior, en nuestras
familias y amistades, y en las situaciones pastorales y consultivas.
Admitió que la psicología estaba aún peleando a brazo partido con lo que
podría ser una respuesta provechosa, y sugirió que podríamos encontrar
algunas perspectivas iluminadoras al leer a los grandes novelistas.
Entonces ofreció esto: La obsesión emocional es una forma de
superconcentración, una fijación que nos atrapa hasta que de alguna
manera rompemos su hechizo. Lo que puede ser provechoso (si algo puede
serlo) es la distracción, cualquier cosa que puede quitar de la mente de
esa persona su fijación. Esto puede sonar impropio, especialmente
cuando nuestro consejo religioso perenne ha sido “confiar tus problemas a
la capilla”. ¿No debería la oración ser la respuesta? Sí, debería
serlo, pero eso también tiene sus peligros. Si estás en la paralizante
garra de una obsesión, solo en una capilla podría hallarse el último
lugar en el que necesitas estar. Solo y emocionalmente paralizado, la
oscuridad bien podría oprimirte. En nuestros momentos más oscuros, es el
Dios encarnado, el toque humano de Dios por medio del cuidado de
alguien, lo que constituye la auténtica capilla a la que necesitamos ir.
El segundo psicólogo al que planteé esta cuestión añadió este consejo: Nunca permanezcas soloen esta clase de oscuridad.
De veras, nunca entres solo. Estate con alguien: un amigo, un mentor,
un médico, un guía, un compañero de fatigas, cualquiera. Recuerdo una
ocasión, hace algunos años, cuando un joven me vino atrapado en este
tipo de obsesión y me indicó que lo que deseaba hacer era marcharse por
su cuenta a las montañas, alquilar una cabaña y “pensarlo despacio”. Yo
le aconsejé insistentemente que eso era lo último que debería hacer,
dado que estar solo y aislado con su obsesión resultaría peligroso. Lo
que necesitaba -le indiqué- eran cosas que podían distraerlo: su
trabajo, sus amigos, sus rutinas, sus escapadas normales.
No todos son Jesús, el cual se introdujo solo en la oscuridad de su
crucifixión. Con la importante salvedad de que no estaba solo: estaba
con su Padre. Si confiamos en nuestra fe lo bastante fuertemente como
para entender que, respecto a cualquier cosa, sabremos que Dios está ahí
por nosotros, entonces podemos arriesgarnos a entrar solos en la
oscuridad. Después podemos llevar nuestra parálisis emocional a la
capilla y a las remotas cabañas de las montañas. Con todo, si tememos
que nosotros mismos heridos podemos volvernos desvalidos y suicidas,
desearemos aferrarnos rápidamente a la mano de un amigo de confianza y
buscar cualquier clase de distracción que pueda disipar la obsesión que
nos está paralizando.
En una de esas ocasiones en que Henri Nouwen había ingresado en una clínica por depresión, escribió un libro, La voz interior del amor, para explicar cómo al fin logró el éxito. Lo que finalmente aprendió es que nuestros corazones son más grandes que nuestras heridas; pero no siempre conocemos eso en la oscuridad. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, CMF) -
“Los catequistas tienen una misión insustituible en la transmisión y profundización de la fe.
El ministerio laical del catequista es una vocación, es una misión. Ser catequista significa que uno ‘es catequista’, no que ‘trabaja de catequista’. Es todo un modo de ser, y hacen falta buenos catequistas que sean a la vez acompañantes y pedagogos.
Hacen falta personas creativas que anuncien el Evangelio, pero que lo anuncien, no digo con sordina pero no con bocina, sino con su vida, con mansedumbre, con un lenguaje nuevo y abriendo caminos nuevos.
Y en tantas diócesis, en tantos continentes, la evangelización fundamentalmente está en manos de un catequista.
Demos las gracias a los catequistas, a las catequistas, por el entusiasmo interior con que viven esta misión al servicio de la Iglesia.
Recemos juntos por los catequistas, llamados a proclamar la Palabra de Dios: para que sean testigos de ella con valentía, con creatividad, con la fuerza del Espíritu Santo, con alegría y con mucha paz”.
El Adviento es una mezcla entre la esperanza y la sorpresa.
Las presentes meditaciones para el Adviento van a mezclar los textos bíblicos de la liturgia de Adviento con el documento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La Nueva Humanidad deseada, se expresa en ambos.