Santa Margarita María Alacoque. 16 de octubre

Santa Margarita María Alacoque, virgen, monja de la Orden de la Visitación de la Virgen María, que progresó de modo admirable en la vía de la perfección y, enriquecida con gracias místicas, trabajó mucho para propagar el culto al Sagrado Corazón de Jesús, del que era muy devota. Murió en el monasterio de Paray-le-Monial, en la región de Autun, en Francia, el día diecisiete de octubre.
A pesar de los grandes santos y del inmenso número de personas piadosas que hubo en Francia en el siglo XVII, no se puede negar que la vida religiosa de dicho país se había enfriado, en parte debido a la corrupción de las costumbres y, en parte, a la mala influencia del jansenismo, que había divulgado la idea de un Dios que no amaba a toda la humanidad. Pero, entre 1625 y 1690, florecieron en Francia tres santos, Juan Eudes, Claudio de la Colombiére y Margarita María Alacoque, quienes enseñaron a la Iglesia, tal como la conocemos actualmente, la devoción al Sagrado Corazón como símbolo del amor sin límites que movió al Verbo a encarnarse, a instituir la Eucaristía y a morir en la cruz por nuestros pecados, ofreciéndose al Padre Eterno como víctima y sacrificio.
Margarita, la más famosa de los «santos del Sagrado Corazón» nació en 1647, en Janots, barrio oriental del pueblecito de L'Hautecour, en Borgoña. Margarita fue la quinta de los siete hijos de un notario acomodado. Desde pequeña, era muy devota y tenía verdadero horror de «ser mala». A los cuatro años «hizo voto de castidad», aunque ella misma confesó más tarde que a esa edad no entendía lo que significaban las palabras «voto» y «castidad». Cuando tenía unos ocho años, murió su padre. Por entonces, ingresó la niña en la escuela de las Clarisas Pobres de Charolles. Desde el primer momento, se sintió atraída por la vida de las religiosas, en quienes la piedad de Margarita produjo tan buena impresión, que le permitieron hacer la primera comunión a los nueve años. Dos años después, Margarita contrajo una dolorosa enfermedad reumática que la obligó a guardar cama hasta los quince años; naturalmente, tuvo que retornar a L'Hautecour. Desde la muerte de su padre, se habían instalado en su casa varios parientes y una de sus hermanas, casada, había relegado a segundo término a su madre y había tomado en sus manos el gobierno de la casa. Margarita y su madre eran tratadas como criadas. Refiriéndose a aquella época de su vida, la santa escribió más tarde en su autobiografía: «Por entonces, mi único deseo era buscar consuelo y felicidad en el Santísimo Sacramento; pero vivíamos a cierta distancia de la iglesia, y yo no podía salir sin el permiso de esas personas. Algunas veces sucedía que una me lo daba y la otra me lo negaba». La hermana de Margarita afirmaba que no era más que un pretexto para salir a hablar con algún joven del lugar. Margarita se retiraba entonces al rincón más escondido del huerto, donde pasaba largas horas orando y llorando sin probar alimento, a no ser que alguno de los vecinos se apiadase de ella. «La mayor de mis cruces era no poder hacer nada por aligerar la de mi madre».
Dado que Margarita se reprocha amargamente su espíritu mundano, su falta de fe y su resistencia a la gracia, se puede suponer que no desperdiciaba las ocasiones de divertirse que se le presentaban. En todo caso, cuando su madre y sus parientes le hablaron de matrimonio, la joven no vio con malos ojos la proposición; pero, como no estuviese segura de lo que Dios quería de ella, empezó a practicar severas penitencias y a reunir en el huerto de su casa a los niños pobres para instruirlos, cosa que molestó mucho a sus parientes. Cuando Margarita cumplió veinte años, su familia insistió más que nunca en que contrajese matrimonio; pero la joven, fortalecida por una aparición del Señor, comprendió lo que Dios quería de ella y se negó rotundamente. A los veintidós años recibió el sacramento de la confirmación y tomó el nombre de María. La confirmación le dío valor para hacer frente a la oposición de su familia. Su hermano Crisóstomo le regaló la dote, y Margarita María ingresó en el convento de la Visitación de Paray-le-Monial, en junio de 1671. La joven se mostró humilde, obediente, sencilla y franca en el noviciado. Según el testimonio de una de sus connovicias, edificó a toda la comunidad «por su caridad para con sus hermanas, a las que jamás dijo una sola palabra que pudiese molestarlas, y por la paciencia con que soportó las duras reprimendas y humillaciones a las que fue sometida con frecuencia». En efecto, el noviciado de la santa no fue fácil. Una religiosa de la Visitación debe ser «extraordinaria, en lo ordinario», y Dios conducía ya a Margarita por caminos muy poco ordinarios. Por ejemplo, era absolutamente incapaz de practicar la meditación discursiva: «Por más esfuerzos que hacía yo por practicar el método que me enseñaban, acababa siempre por volver al método de mi Divino Maestro (es decir, la oración de simplicidad), aunque no quisiese». Cuando Margarita hizo la profesión, Dios la tomó por prometida suya «en una forma que no se puede describir con palabras». Desde entonces, «mi divino maestro me incitaba continuamente a buscar las humillaciones y mortificaciones». Por lo demás, Margarita no tuvo que buscarlas cuando fue nombrada ayudante en la enfermería. La hermana Catalina Marest, la directora, era una mujer activa, enérgica y eficiente, en tanto que la santa era callada, lenta y pasiva. Ella misma se encargó de resumir la situación en las siguientes palabras: «Sólo Dios sabe lo que tuve que sufrir allí, tanto por causa de mi temperamento impulsivo y sensiIde como por parte de las creaturas y del demonio». Hay que reconocer, sin embargo, que si bien la hermana Marest empleaba métodos demasiado enérgicos, también ella tuvo que sufrir no poco. Durante esos dos años y medio, Margarita María sintió siempre muy cerca de sí al Señor y le vio varias veces coronado de espinas.
El 27 de diciembre de 1673, la devoción de Margarita a la Pasión fructificó en la primera gran revelación. Hallábase sola en la capilla, arrodillada ante el Santísimo Sacramento expuesto y de pronto, se sintió «poseída» por la presencia divina, y Nuestro Señor la invitó a ocupar el sitio que ocupó san Juan (cuya fiesta se celebraba ese día) en la última Cena, y habló a su sierva «de un modo tan sencillo y eficaz, que no me quedó duda alguna de que era Él, aunque en general tiendo a desconfiar mucho de los fenómenos interiores». Jesucristo le dijo que el amor de su Corazón tenía necesidad de ella para manifestarse y que la había escogido como instrumento para revelar al mundo los tesoros de su gracia. Margarita tuvo entonces la impresión de que el Señor tomaba su corazón y lo ponía junto al Suyo. Cuando el señor se lo devolvió, el corazón de la santa ardía en amor divino. Durante dieciocho meses, el Señor se le apareció con frecuencia y le explicó claramente el significado de la primera revelación. Le dijo que deseaba que se extendiese por el mundo el culto a su corazón de carne, en la forma en que se practica actualmente esa devoción, y que ella estaba llamada a reparar, en la medida de lo posible, la frialdad y los desvíos del mundo. La manera de efectuar la reparación consistía en comulgar a menudo y fervorosamente, sobre todo el primer viernes de cada mes, y en velar durante una hora todos los jueves en la noche, en memoria de su agonía y soledad en Getsemaní. (Actualmente la devoción de los nueve primeros viernes y de la hora santa se practican en todo el mundo católico). Después de un largo intervalo, el Señor se apareció por última vez a Santa Margarita, en la octava del Corpus de 1675 y le dijo: «He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, sin ahorrarse ninguna pena, consumiéndose por ellos en prueba de su amor. En vez de agradecérmelo, los hombres me pagan con la indiferencia, la irreverencia, el sacrilegio y la frialdad y desprecian el sacramento de mi amor». En seguida, pidió a Margarita que trabajase por la institución de la fiesta de su Sagrado Corazón, que debía celebrarse el viernes siguiente a la octava del Corpus. De esa suerte, por medio del instrumento que había elegido, Dios manifestó al mundo su voluntad de que los hombres reparasen la ingratitud con que habían correspondido a su bondad y misericordia, adorando el Corazón de carne de su Hijo, unido a la divinidad, como símbolo del amor que le había llevado a morir para redimirlos.
Nuestro Señor había dicho a santa Margarita: «No hagas nada sin la aprobación de tus superiores, para que el demonio, que no tiene poder alguno sobre las almas obedientes, no pueda engañarte». Cuando Margarita habló del asunto con la madre de Saumaise, su superiora, ésta «hizo cuanto pudo por humillarla y mortificarla y no le permitió poner en práctica nada de lo que el Señor le había ordenado, burlándose de cuanto decía la pobre hermana». Santa Margarita comenta: «Eso me consoló mucho y me retiré con una gran paz en el alma». Pero esos sucesos afectaron su salud y enfermó gravemente. La madre de Saumaise, que deseaba una señal del cielo, dijo a la santa: «Si Dios os devuelve la salud, lo tomaré como un signo de que vuestras visiones proceden de Él y os permitiré que hagáis lo que el Señor desea, en honor de su Sagrado Corazón». La santa se puso en oración y recuperó inmediatamente la salud; la madre de Saumaise cumplió su promesa. Sin embargo, como algunas de las religiosas se negaban a prestar crédito a las visiones de Margarita, la superiora le ordenó someterlas al juicio de ciertos teólogos; desgraciadamente esos teólogos, que carecían de experiencia en cuestiones místicas, dictaminaron que se trataba de meras ilusiones y se limitaron a recomendar que la visionaria comiese más. Nuestro Señor había dicho a la santa que le enviaría un director espiritual comprensivo. En cuanto el P. de la Colombiére se presentó en el convento como confesor extraordinario, Margarita comprendió que era el enviado del Señor. Aun que el P. de la Colombicre no estuvo mucho tiempo en Paray, su breve estancia le bastó para convencerse de la autenticidad de las revelaciones de Margarita María, por quien concibió un gran respeto; además de confirmar su fe en las revelaciones, el P. de la Colombiére adoptó la devoción al Sagrado Corazón. Poco después partió para Inglaterra (donde no encontró «Hijas de María, ni mucho menos a una hermana Alacoque») y Margarita atravesó el período más angustioso de su vida. En una visión, el Señor la invitó a ofrecerse como víctima por las faltas de la comunidad y por la ingratitud de algunas religiosas hacia su Sacratísimo Corazón. Margarita resistió largo tiempo y pidió al Señor que no le diese a beber ese cáliz Finalmente. Jesucristo le pidió que aceptase públicamente la prueba, y la santa lo hizo así, llena de confianza, pero al mismo tiempo apenada porque el Señor había tenido que pedírselo dos veces. Ese mismo día, 20 de noviembre de 1677, la joven religiosa, que sólo llevaba cinco años en el convento, obtuvo de su superiora la autorización de «decir y hacer lo que el Señor le pedía» y, arrodillándose ante sus hermanas, les comunicó que Cristo la había elegido como víctima por sus faltas. No todas las religiosas tomaron aquello con el mismo espíritu de humildad y obediencia. La santa comenta: «En aquella ocasión, el Señor me dio a probar el amargo cáliz de su agonía en el huerto». Se cuenta que, a la mañana siguiente, los confesores que había en Paray no fueron suficientes para escuchar las confesiones de todas las religiosas que acudieron a ellos. Desgraciadamente, existen razones para pensar que no faltaron religiosas que mantuvieron su oposición a santa Margarita María por muchos años.
Durante el gobierno de la madre Greyfié, que sucedió a la madre de Soumaise, santa Margarita recibió grandes gracias y sufrió también duras pruebas interiores y exteriores. El demonio la tentó con la desesperación, la vanagloria y la compasión de sí misma. Tampoco las enfermedades escasearon. En 1681, el P. de la Colombiére fue enviado a Paray por motivos de salud y murió allí en febrero del año siguiente. Santa Margarita tuvo una revelación acerca de la salvación del P. de la Colombiére y no fue ésa la única que tuvo de ese tipo. Dos años después, la madre Melin, quien conocía a Margarita desde su ingreso en el convento, fue elegida superiora de la Visitación y nombró a la santa como ayudante suya, con la aprobación del capítulo. Desde entonces, la oposición contra Margarita cesó o, por lo menos, dejó de manifestarse. El secreto de las revelaciones de la santa llegó a la comunidad en forma dramática (y muy molesta para Margarita), pues fue leído incidentalmente en el refectorio en un libro escrito por el beato de la Colombiére. Pero el triunfo no modificó en lo más mínimo la actitud de Margarita. Una de las obligaciones de la asistenta consistía en hacer la limpieza del coro; un día en que cumplía ese oficio, una de las religiosas le pidió que fuese a ayudar a la cocinera y ella acudió inmediatamente. Como no había tenido tiempo de recoger el polvo, las religiosas encontraron el coro sucio. Esos detalles eran los que ponían fuera de sí a la hermana de Marest, la enfermera y, probablemente, debió acordarse entonces con una sonrisa de la que fuera su discípula doce años antes. Santa Margarita fue nombrada también maestra de novicias y desempeñó el cargo con tanto éxito, que aun las profesas pedían permiso para asistir a sus conferencias. Como su secreto se había divulgado, la santa propagaba abiertamente la devoción al Sagrado Corazón y la inculcaba a sus novicias. En 1685, se celebró privadamente en el noviciado la fiesta del Sagrado Corazón. Al año siguiente, los parientes de una antigua novicia acusaron a Margarita María de ser una impostora y de introducir novedades poco ortodoxas, lo que suscitó nuevamente la oposición durante algún tiempo; pero el 21 de junio de ese año, toda la comunidad celebró en privado la fiesta del Corazón de Jesús. Dos años más larde, se construyó allí una capilla en honor del Sagrado Corazón, y la devoción empezó a propagarse por todos los conventos de las visitandinas y por diversos sitios de Francia.
En octubre de 1690, después de haber sido elegida asistenta de la superiora por un nuevo período, Margarita cayó enferma. «No viviré mucho -anunció-, pues ya he sufrido cuanto podía sufrir». Sin embargo, el médico declaró que la enfermedad no era muy seria. Una semana después, la santa pidió los últimos sacramentos: «Lo único que necesito es estar con Dios y abandonarme en el Corazón de Jesús». Cuando el sacerdote le ungía los labios, Margarita María expiró. Su canonización tuvo lugar en 1920.
En la biografía escrita por el P. A. Hamon, Vie de Ste Marguerite-Marie (1907), que es muy completa, hay casi treinta páginas consagradas al estudio de las fuentes y la bibliografía. Nosotros nos contentaremos con mencionar la semblanza autobiográfica, escrita por la santa cinco años antes de su muerte, a petición de su director espiritual, así como las 133 cartas suyas y las notas espirituales escritas de su mano. Existen, además, un interesante memorial escrito por la madre Greyfié y los testimonios de sus hermanas, con miras a la beatificación. El primer resumen biográfico de la santa fue publicado en 1691; el P. Croiset lo incluyó en forma de apéndice en su libro sobre la "Devoción al Sagrado Corazón". A este resumen siguió una cuidadosa biografía escrita por Mons. Languet, obispo de Soissons (1729). Generalmente se citan las obras de la santa, refiriéndose a Vie et Oeuvres, publicado por las religiosas de la Visitación de Paray-le-Monial en 1876.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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Memoria de Santa Teresa de Jesús

Hoy celebramos la memoria de Santa Teresa de Jesús. Mujer práctica y decidida, donde las haya. Reformadora del Carmelo, a pesar de mucha gente. Desde luego, seguro que la santa de Ávila tuvo la oportunidad de experimentar en su vida que Jesús alivia los cansancios, que su yugo es llevadero y su carga ligera. Luchando contra los prejuicios, contra la incomprensión y contra la falta de perspectiva, Teresa logró cambiar cosas que parecían intocables.
Todo sobre Sta. Teresa
Sobre todo, no podemos dejar de notar que Teresa de Jesús tuvo, durante muchos años, problemas con la oración. El que no haya tenido nunca problemas con la oración, que tire la primera piedra… Pero, a pesar de todo, perseveró, siguió rezando, y al final Dios le premió su perseverancia con visiones místicas. Nosotros quizá no entendemos muy bien qué es eso de la levitación y de la transverberación, pero sí podemos decidir si queremos seguir rezando cada día o no. Podemos optar por pedirle a Jesús que nos ayude a entender que nuestra carga es ligera, o podemos simplemente dejar de rezar, pasar de todo y lamentarnos porque nuestra suerte es aciaga. Y, que no se nos olvide, estas cosas les son reveladas a los sencillos y a los humildes. Santa Teresa no tenía muchos doctorados y ningún master, pero es Doctora de la Iglesia. Porque se abrió a la Sabiduría, para entender que no se puede vivir dividido, un rato aquí, un rato allá, de 10 a 11 cristiano, en la iglesia, de 12 a 14 pagano, con los amigos, de 17 a 19 exaltado fan de un equipo de fútbol… Somos una unidad, no podemos vivir en compartimentos estancos. Esto lo entendió muy bien Teresa, y decidió ser sólo de Jesús. Termino con algunos pensamientos de la Santa:
Darse del todo al Todo, sin hacernos partes.
Juntos andemos Señor, por donde fuisteis, tengo que ir; por donde pasastes (sic en el original), tengo que pasar.
Todo el daño nos viene de no tener puestos los ojos en Vos, que si no mirásemos otra cosa que el camino, pronto llegaríamos...
Es imposible... tener ánimo para cosas grandes, quien no entiende que está favorecido de Dios
Para saber algo de su vida, si tienes tiempo, pincha aquí , si andas un poco justo, pincha aquí, que es más breve. 

Hace 100 años ocurrió el “Milagro del sol” de la Virgen de Fátima

centenario del milagro del sol, fátima
El 13 de octubre de 1917, ante miles de peregrinos que llegaron a Fátima (Portugal), se produjo el denominado “Milagro del sol”, en el que, luego de la última aparición de la Virgen María a los pastorcitos Jacinta, Francisco y Lucía, se pudo ver al sol temblar, en una especie de “danza”, según relataron los que estaban ahí.
Luego de una intensa lluvia, las oscuras nubes se abrieron y dejaron ver el sol, que según los testigos lucía como un suave disco de plata. Entonces, la luz del sol tomó diferentes colores y el sol pareció caer sobre las miles de personas, que se habían ya puesto de rodillas.
El periodista del diario portugués O Século, Avelino de Almeida, estimó entre los 30 mil a 40 mil personas, las presentes al momento del milagro, mientras que el profesor de ciencias naturales de la Universidad de Coimbra Joseph Garrett, que al igual que el periodista De Almeida estuvo en el lugar ese día, estimó el número de testigos en 100 mil.
El milagro duró alrededor de tres minutos. Además del “Milagro del sol”, los pastorcitos dijeron haber visto imágenes de Jesús, la Virgen María y San José bendiciendo a la multitud. La Virgen se presentó como la Señora del Rosario.
En la actualidad, cada 13 de octubre también se inicia la Novena a San Juan Pablo II, aquel “Santo Padre” del que se habló en el tercer secreto de Fátima.
* * *
Sor Lucía hace de ella el siguiente relato en su Memoria IV (1941).
El trece de octubre- 6ª aparición
Día 13 de octubre de 1917. Salimos de casa bastante temprano, contando con las demoras del camino. El pueblo estaba en masa. Caía una lluvia torrencial. Mi madre, temiendo que fuese el último día de mi vida, con el corazón partido por la incertidumbre de lo que iba a suceder, quiso acompañarme. Por el camino se sucedían las escenas del mes pasado, más numerosas y conmovedoras. Ni el barro de los caminos impedía a esa gente arrodillarse en la actitud más humilde y suplicante. Llegados a Cova de Iría, junto a la carrasca, transportada por un movimiento interior, pedí al pueblo que cerrase los paraguas para rezar el Rosario. Poco después, vimos el reflejo de la luz y, seguidamente, a Nuestra Señora sobre la encina.
–¿Qué es lo que quiere Vd. de mí? –Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor; que soy la Señora del Rosario; que continúen rezando el Rosario todos los días. La guerra va a acabar y los soldados volverán con brevedad a sus casas.
–Tenía muchas cosas que pedirle: si curaba a algunos enfermos y si convertía a algunos pecadores; etc… –Unos, sí; a otros no. Es preciso que se enmienden; que pidan perdón por sus pecados.
Y tomando un aspecto más triste:
–No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.
Y, abriendo sus manos, las hizo reflejarse en el sol. Y, mientras se elevaba, continuaba el reflejo de su propia luz proyectándose en el sol.
He aquí, Exmo. Señor Obispo, el motivo por el cual exclamé que mirasen al sol. Mi fin no era llamar la atención de la gente hacia él, pues ni siquiera me daba cuenta de su presencia. Lo hice sólo llevada por un movimiento interior que me impulsaba a ello.
Desaparecida Nuestra Señora en la inmensa lejanía del firmamento, vimos al lado del sol, a S. José con el Niño y a Nuestra Señora vestida de blanco con un manto azul. S. José con el Niño parecían bendecir al Mundo, con unos gestos que hacían con la mano en forma de cruz.
Poco después, desvanecida esta aparición, vimos a Nuestro Señor y a Nuestra Señora, que me daba idea de ser Nuestra Señora de los Dolores. Nuestro Señor parecía bendecir el Mundo de la misma forma que S. José.
Al desvanecerse esta aparición me pareció ver todavía a Nuestra Señora en forma parecida a Nuestra Señora del Carmen.
Fuente: Aciprensa — 13/10/201

Cursillos prematrimoniales del mes de octubre


El próximo lunes día 16 de octubre, da comienzo en la Parroquia del Corazón de María de Oviedo, el Cursillo Prematrimonial para aquellos Novios que se quieran casar por la Iglesia en los próximos meses.

El horario será de 20 a 21,15 horas desde el Lunes al Viernes, ambos inclusive. 


Los temas que se tratarán seran: 
Lunes y martes: Experiencias con Matrimonios 
Miércoles: Psicología de la Pareja,
Jueves: La sexualidad en el Matrimonio Cristiano
Viernes: Sacramento del Matrimonio y vídeo del Rito de la Boda.

Para apuntarse llamar al teléfono 985230496 de la Parroquia.

Sano e insano temor de Dios

Como teólogo, sacerdote y predicador, me pregunto con frecuencia: “Por qué  la iglesia ya no predica más del temor de Dios? ¿Por qué no predicamos más sobre los peligros de ir al infierno? Por qué no predicamos más sobre la ira de Dios y el fuego del infierno? 
No es difícil responder a eso. No predicamos mucho sobre el temor porque hacerlo así -a no ser que seamos extremadamente cuidadosos en nuestro mensaje- es simplemente disparatado. Se reconoce que el temor puede hacer a la gente cambiar su conducta, pero también pueden hacerlo la intimidación y el lavado de cerebro. El solo hecho de que algo sea efectivo no significa que sea bueno. El temor de Dios sólo puede ser predicado en un contexto de amor. 
La Escritura misma nos da aparentemente un mensaje mezclado: Por una parte, nos dice que “el temor de Dios es el principio de la sabiduría”, aunque nos indica que virtualmente cada vez que Dios aparece en la historia humana, las primeras palabras de parte de Dios son siempre: “¡No tengáis miedo!” Esa frase, viniendo de la boca de Dios o de la boca del mensajero de Dios, aparece más de 300 veces en la escritura. Las primeras palabras que oímos cada vez que Dios aparece en nuestras vidas son: “¡No tengáis miedo!” Así pues, tenemos que ser cuidadosos cuando predicamos del temor de Dios. El temor del castigo no es el verdadero mensaje que oímos cuando Dios entra en nuestras vidas.
Entonces, ¿cómo se explica que el temor de Dios sea el principio de la sabiduría? En nuestra relación con Dios, como en nuestras relaciones de unos con otros, hay a la vez temores sanos e insanos. ¿Qué es un temor  sano?
El temor sano es un temor de amor: Cuando amamos a alguien, nuestro amor contendrá algunos temores sanos, algunas áreas en las que estaremos sanamente cautelosos y reticentes: Tendremos miedo de ser irrespetuosos, miedo de despojar del regalo, miedo de ser egoísta, miedo de ser irreverentes.
Todo amor sano contiene el temor de no dejar a la otra persona ser totalmente libre. La reverencia, el miedo y el respeto son una forma de temor. Pero esa clase  de temor no se debe confundir con estar asustado, intimidado o temiendo alguna especie de castigo. Metafóricamente, el temor de amor es el temor con el que Dios desafía a Moisés ante la zarza ardiendo: ¡Descálzate, porque la tierra que estás pisando es un terreno sagrado!
¿Cómo debemos entender el temor de Dios como el principio de la sabiduría? Somos sabios y estamos en el camino correcto cuando nos mantenemos descalzos ante el misterio de Dios (y del amor), a saber, en reverencia, en miedo, en respeto, en desconocimiento, sin indebido orgullo, humilde ante una inmensidad que nos empequeñece y abiertos a dejar que el gran misterio nos disponga para sus propios proyectos eternos. Pero eso es muy diferente -casi la antítesis- del temor que experimentamos cuando estamos aterrorizados de algo o alguien que nos amenaza, porque la persona o cosa es percibida como que está exigiendo inmerecidamente o como que es arbitrario y punitivo.
Hay también un sano temor de Dios que se siente en nuestro temor de violar lo que hay de bueno, verdadero y bello en este mundo. Algunas religiones llaman a esto temor ante la “ley del karma”. Jesús, por su parte, nos invita a esta clase de santo temor cuando nos avisa de que la medida con que midamos la usarán con nosotros. Hay una estructura moral inherente en el universo, en la vida y en cada uno de nosotros. Todo tiene un perfil moral que necesita ser respetado. Resulta sano tener miedo de violar cualquier bondad, verdad o belleza.
Necesitamos predicar esta clase de sano temor más bien que ese Dios  temido a causa del castigo que podría dispensar al fin en alguna esfera legalista y exigente. Siempre que predicamos esta clase de temor, de un Dios que castiga con el fuego del infierno, estamos también casi siempre predicando un Dios que no es muy inteligente, compasivo, comprensivo y perdonador. Un Dios que tiene que ser temido por sus amenazas de castigo es un Dios con el que nunca encontraremos una cálida intimidad. La amenaza no tiene lugar en el amor, excepto si es un santo temor de hacer algo que despreciará y quitará. Predicar el fuego del infierno puede ser efectivo como una táctica para ayudar a cambiar de conducta, pero es equivocado referido al Evangelio.
El temor es un don. Es también uno de los instintos más profundos y defensores de la vida que hay en ti. Sin temor no vivirás mucho tiempo. Pero el temor es un fenómeno complejo y polifacético. Algunos temores te ayudan a permanecer vivo, mientras otros te deforman y aprisionan. Hay cosas en la vida que necesitas temer. Un acoso de patio de colegio o el tirano arbitrario pueden matarte, incluso si todos ellos están equivocados. Muchas cosas pueden matarte, y merecen ser temidas.
Pero Dios no es una de esas cosas. Dios no es ni un acoso de patio de colegio ni un tirano arbitrario. Dios es amor y una constante invitación a la intimidad. Hay mucho que ser temido en esto, pero nada de lo que estar temeroso.      

¡Todo debido al Rosario rezado en voz baja por una buena mujer!

«Cuando era niña, nuestra familia vivía en una pequeña casa, donde la abuelita venía a visitarnos; solía estar dos o tres semanas, y nosotras nos disputábamos el privilegio de estar en su compañía. Por ser yo la mayor, conseguí dormir en una cama cerca de la suya.

Cada noche, después de apagar las luces y quedar todo en silencio, la oía cuchichear suavemente: estaba rezando. Parecía que no iba a acabar nunca y pronto me esforcé por entender lo que decía. Supe que rezaba el rosario, y de esta manera aprendí el Padrenuestro, el Avemaría y otras oraciones de su uso particular.

La abuelita era irlandesa, católica. Nuestra madre abandonó la religión al casarse con nuestro padre. Siempre hemos ido a escuelas no católicas; en casa no había religión, excepto la de nuestra abuelita, cuando nos visitaba.   

Me casé y no me acerqué más a la iglesia. Pero nueve años más tarde sentí la necesidad de una base espiritual. Acudí a la biblioteca, estudié varias religiones Y siempre por la noche recordaba los rezos de la abuelita. Leí libros sobre el Catolicismo, que daban respuestas a todas mis dudas. Encontré un sacerdote, me instruyó en lo necesario y recibí el Bautismo.

Yo rezaba por mi marido y por mis padres. Un año después de ser católica, mi esposo anunció que iba a prepararse para el Bautismo. Nuestra madre se reconcilió con la iglesia. Tuvimos un hijo y lo bautizamos según el rito católico. Mi cuñada y su esposo, al ver cuán felices éramos con nuestra nueva religión, se hicieron católicos, y mi marido y yo somos padrinos de sus tres hijos.

¡Todo debido al Rosario rezado en voz baja por una buena mujer!

Las témporas de acción de gracias y de petición. Iglesia Católica.

A pesar de que, globalmente, nuestra sociedad está marcada por la industrialización y la técnica, y no tanto por la cultura agrícola, es bueno celebrar hoy esta fiesta. Leemos en el Misal que pueden dedicarse hasta 3 días de la semana, para recoger los tres aspectos fundamentales de esta celebración: la acción de gracias, la petición y la conversión. Son días que la comunidad cristiana ofrece a Dios, terminadas las vacaciones y la recolección de las cosechas, al reemprender la actividad habitual.
Sea cual sea nuestro trabajo, vivamos más o menos de la tierra, hoy es un momento oportuno para reconocer, como dice el Deuteronomio en la primera lectura, que es el Señor quien nos conduce año tras año a una tierra buena; es Él quien nos saca de la esclavitud de la vida, atravesando desiertos de alacranes, y nos da la fuerza para cultivar nuestras riquezas. Es momento para reconocer la inmensa dignidad de nuestra pequeñez, pues estando todo en manos de Dios, en las nuestras confía cuanto ha creado.
Las sequías que agostan los sembrados, las tormentas tropicales y el agua que se impone con violencia llenado todo de muerte y destrucción, el calentamiento de la atmósfera, la sobrecarga de edificaciones o de talas de árboles en algunas zonas... Todos estos son signos de lo poco conscientes que somos de pertenecer a la Creación, como el agua, el aire o los pájaros. Nos recuerdan que no somos los dueños del mundo, por mucha potencia económica o armamentística que tengamos, sino simples administradores de Dios.
Y al leer el Evangelio de hoy desde esta perspectiva, desechamos anuncios apocalípticos de un Dios que castiga no sé qué pecados con muertes indiscriminadas, fenómenos naturales descontrolados o falta de cosechas que producen enormes hambrunas. Parece ser que el Dios de Jesús es el Padre respetuoso que da sobradamente cuanto le pedimos, y está esperando, justamente eso, que sus hijos se dirijan a Él, le busquen y le llamen.
Aunque en algunos lugares del mundo no es época de cosecha ni de recomenzar la actividad habitual, unámonos todos hoy en la oración y en una asombrada acción de gracias por tanto bien recibido. Que en la escasez  se acreciente nuestra esperanza activa para seguir adelante y en la abundancia aumente nuestra humildad para repartir lo que gratuitamente se nos ha dado.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (7,7-11):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!»

Palabra del Señor

Fuente: 

San Francisco de Asís. 4 de octubre.


   Se ha dicho que san Francisco entró en la gloria desde antes de morir y que es el único santo a quien todas las generaciones hubiesen canonizado unánimemente. 

   Estas exageraciones, que no carecen de fundamento, nos permiten afirmar con la misma verdad que san Francisco es el único santo de nuestros días a quien todos los no católicos estarían de acuerdo en canonizar.




Una oración por la quietud

Deteneos y sabed que yo soy Dios. La escritura nos asegura que, si estamos en sosiego, lograremos conocer a Dios; pero llegar a la quietud… es más fácil decirlo que hacerlo.
Como Blaise Pascal aseguró una vez: “Todas las miserias de la persona humana vienen de que nadie puede permanecer en sosiego durante una hora”. Lograr la tranquilidad parece que está más allá de nosotros mismos, y esto nos deja con un cierto dilema: necesitamos quietud para encontrar a Dios, pero necesitamos la ayuda de Dios para encontrar la quietud. Con esto en mente, ofrezco una oración por la quietud.
Dios de la quietud y el sosiego…
  • Calma la agitación de mi juventud: aquieta esa hambre que me haría estar por doquiera, esa hambre de estar conectado a todos, que quiere ver y gustar todo lo que hay, que me priva de la paz la noche del viernes. Calma esos grandiosos sueños que me quieren hacer sobresalir, ser especial. Dame la gracia de vivir más gozosamente dentro de mi propia piel.
  • Calma la fiebre que respiro de toda la energía que me envuelve, que hace sentir pequeña mi vida. Déjame saber que mi propia vida es bastante, que no necesito hacer una afirmación de mí mismo, aun cuando todo el mundo señale esto de mí desde un millón de pantallas electrónicas. Dame la gracia de apoyarme en la paz en mi propia vida.
  • Calma mi sexualidad, ordena mis deseos de promiscuidad, mis concupiscencias, mi dolor polimorfo, mi implacable necesidad de más intimidad. Acalla y ordena mis deseos terrenos sin quitarlos. Dame la gracia de ver a otros sin un egoísta color sexual.
  • Calma mi ansiedad, mis angustias, mis inquietudes, y líbrame de estar siempre fuera del momento presente. Que las inquietudes de cada día sean suficientes en sí mismas. Dame la gracia de saber que tú has pronunciado mi nombre con amor, que mi nombre está escrito en el cielo, que soy libre de vivir sin ansiedad.
  • Calma mi implacable necesidad de estar ocupado todo el tiempo, de ocuparme de mí mismo, de estar siempre planeando para mañana, de llenar todo minuto con alguna actividad, de buscar alboroto más bien que silencio.  Alivia la desconocida ira que siento por no llevar a cabo mucho de lo que he deseado en mi vida, el fracaso que siento ante todo lo que he dejado sin experimentar ni acabar. Calma en mí la amargura que viene del fracaso. Líbrame de los celos que vienen sin ser llamados cuando acepto de mala gana los límites de mi vida. Dame la gracia de aceptar lo que la circunstancia y el fracaso me han dejado.
  • Calma en mí el temor de mi propia sombra, el temor que siento ante las poderosas y oscuras fuerzas que inconscientemente me amenazan. Dame el coraje de afrontar mi oscuridad como también mi luminosidad. Dame la gracia de no tener miedo ante mi propia complejidad.
  • Calma en mí el congénito miedo de que no soy amado, de que no soy digno de ser amado, de que el amor tiene que ser ganado, de que necesito ser más digno. Acalla en mí la persistente sospecha de que nunca se me tiene en cuenta, de que soy raro, un extraño, de que las cosas son injustas y de que no soy respetado ni reconocido por quien soy. Dame la gracia de saber que soy un hijo amado de un Dios cuyo amor no necesita ser ganado.
  • Calma en mí mi falso temor de ti, mi propensión a una piedad mal dirigida, mi necesidad de tratarte como a un dignatario distante y temido más bien que como a un amigo cercano. Dame la gracia de relacionarme contigo de una manera intensa, como un confiado amigo con el que puedo bromear, competir y relacionarme con humor e intimidad.
  • Calma mis implacables pensamientos, los rencores que alimento de mi pasado, de las traiciones que he sufrido, de la negatividad y abusos a los que he estado sujeto. Acalla en mí la culpa que cargo de mis propias traiciones. Calma en mí todo lo que está herido, no resuelto, amargo  e incapaz de perdonar. Dame la tranquilidad que viene del perdón.
  • Calma en mí mis dudas, mis ansiedades sobre tu existencia, sobre tu interés y sobre tu fidelidad. Acalla en mí la compulsión a dejar una marca, a plantar un árbol, a tener un hijo, a escribir un libro, a crear alguna forma de inmortalidad para mí mismo. Dame la gracia de confiar, aun en la oscuridad y duda, en que me darás la inmortalidad.
Calma mi corazón para que pueda saber que tú eres Dios, para que pueda saber que tú creas y sustentas cada aliento mío, que en cada segundo llamas a la existencia al universo entero -yo mismo no menos que todos los demás soy tu amado- que quieres que nuestras vidas florezcan, que deseas nuestra felicidad, que nada cae fuera de tu amor y cuidado, y que todo y todos están seguros en tus amorosas y cuidadosas manos, en este mundo y en el futuro.   

Los santos Ángeles de la Guarda. 2 de Octubre

Celebramos hoy la fiesta del Santos Ángeles . Una fecha que nos recuerda cuando éramos niños, y en la cama, por las noches, rezábamos aquella tierna oración que decía: “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no nos desampares, ni de noche ni de día”. Cuando somos niños no nos preguntamos mucho por el porqué de las cosas, o si lo hacemos, lo hacemos más bien como un juego intelectual. Nos gusta el misterio y convivimos con él con naturalidad.  Cuando crecemos intentamos desvelar los misterios, o menos intentamos hacerlos "razonables".

¿Porqué la fe cristiana habla de los Ángeles, como esos seres que nos acompañan personalmente, que nos protegen por los senderos de la vida?

Podríamos responder que son simplemente símbolos del amor providente de Dios, provenientes de un contexto cultural en el que se usaba este tipo de lenguaje figurativo para hablar de realidades misteriosas. Pero despachando la cuestión de esta manera no seríamos fieles a la fe de la Iglesia que quiere ser fiel a la Palabra de Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica se sirve San Agustín para decirnos quienes son: "El nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel" (Psal. 103, 1, 15). Con todo su ser, los ángeles son servidores y mensajeros de Dios. Porque contemplan "constantemente el rostro de mi Padre que está en los cielos" (Mt 18, 10), son "agentes de sus órdenes, atentos a la voz de su palabra" (Sal 103, 20). Cfr. Catecismo Nº 329.

Los Angeles son un reflejo misterioso del rostro de Dios en nuestra realidad, y de hecho, cuando alguien de una manera especial nos muestra una conducta desinteresada, sana y alegre solemos decir que “es un angel”. Si somos lo suficientemente sensibles, seguro que tenemos experiencia de ese paso protector de Dios por nuestra vida, expresado a través de estos seres misteriosos y por supuesto a través de personas de carne y hueso que también son destellos de Dios para cada uno de nosotros. Fuente: 
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Hoy celebramos la memoria de los Ángeles Custodios. Hacía tiempo que fariseos y saduceos mantenían una acalorada disputa sobre si los ángeles existen o no; decían los saduceos que éstos no eran otra cosa que quimeras, fantasías de ignorantes.

Jesús, como de pasada, quiso dejar bien clara la doctrina. «Llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: ‘(...) Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos’» (Mt 19,2-3.10). La existencia de los ángeles «es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición» (Catecismo de la Iglesia, n. 328).
—Yo, Jesús, nunca he dudado sobre la existencia de los ángeles. Ya de niño, mi madre me lo recordaba cada mañana al ir a la escuela. Él ha guiado todos mis pasos hasta conducirme al sacerdocio. De nuevo, el Catecismo enseña: «Desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión. ‘Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida’ (San Basilio)» (n. 336).
San Josemaría recomendaba no solamente tenerles devoción, sino también amistad: «Ten confianza con tu Ángel Custodio. —Trátalo como un entrañable amigo —lo es— y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día».
—Con frecuencia le pido ayuda y nunca me ha desatendido: «Te pasmas porque tu Ángel Custodio te ha hecho servicios patentes. —Y no debías pasmarte: para eso le colocó el Señor junto a ti». Y cuando voy por la calle pienso: Éste quizá no sabe que tiene cerca un ángel. ¡Ángel, ayúdale! Es cosa aprendida también de san Josemaría: «Acostúmbrate a encomendar a cada una de las personas que tratas a su Ángel Custodio».
De ahí que, «toda la vida de la Iglesia se beneficie de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles», nos dice el Catecismo (n. 334). —¡Cuántos motivos tengo para dar gracias a Dios y a su Madre, Reina de los Ángeles!

Texto del Evangelio (Mt 18,1-5.10): 
En una ocasión se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?». Él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos».
«Sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos» Fuente: evangeli.net

Santa Teresita del niño Jesús. Patrona de las misiones. 1 de Octubre.

Teresa Martin nació en Alençon, Francia, el 2 de enero de 1873. Dos días más tarde fue bautizada en la Iglesia de Nôtre-Dame, recibiendo los nombres de María Francisca Teresa. Sus padres fueron Luis Martin y Celia Guérin, ambos beatos en la actualidad. Tras la muerte de su madre, el 28 de agosto de 1877, Teresa se trasladó con toda la familia a Lisieux.

A finales de 1879 recibió por vez primera el sacramento de la Penitencia. El día de Pentecostés de 1883, recibió la gracia especial de ser curada de una grave enfermedad por la intercesión de Nuestra Señora de las Victorias (la Virgen de la Sonrisa). Educada por las Benedictinas de Lisieux, recibió la primera comunión el 8 de mayo de 1884, después de una intensa preparación, culminada con una fuerte experiencia de la gracia de la íntima comunión con Cristo. Algunas semanas más tarde, el 14 de junio del mismo año, recibió la Confirmación, con plena conciencia de acoger el don del Espíritu Santo mediante una participación personal en la gracia de Pentecostés.

Su deseo era abrazar la vida contemplativa, al igual que sus hermanas Paulina y María, en el Carmelo de Lisieux, pero su temprana edad se lo impedía. Durante un viaje a Italia, después de haber visitado la Santa Casa de Loreto y los lugares de la Ciudad Eterna, el 20 de noviembre de 1887, en la audiencia concedida por el Papa León XIII a los peregrinos de la diócesis de Lisieux, pidió al Papa con filial audacia autorización para poder entrar en el Carmelo con 15 años.

El 9 de abril de 1888 ingresó en el Carmelo de Lisieux. Tomó el hábito el 10 de enero del año siguiente e hizo su profesión religiosa el 8 de septiembre de 1890, fiesta de la Natividad de la Virgen María.

Familia Martin GuerinEn el Carmelo comenzó el camino de perfección trazado por la Madre Fundadora, Teresa de Jesús, con auténtico fervor y fidelidad, y cumpliendo los diferentes oficios que le fueron confiados (fue también maestra de novicias). Iluminada por la Palabra de Dios, y probada especialmente por la enfermedad de su queridísimo padre, Luis Martin, que falleció el 29 de julio de 1894, emprendió el camino hacia la santidad, inspirada en la lectura del Evangelio y poniendo el amor al centro de todo. Teresa nos ha dejado en sus manuscritos autobiográficos no sólo los recuerdos de la infancia y de la adolescencia, sino también el retrato de su alma y la descripción de sus experiencias más íntimas. Descubre y comunica a las novicias confiadas a sus cuidados; el camino de la infancia espiritual; recibe como don especial el encargo do acompañar con la oración y el sacrificio a dos hermanos misioneros (el Padre Roulland, misionero en China y el Padre Belliére). Penetra cada vez más en el misterio de la Iglesia y siente crecer su vocación apostólica y misionera para arrastrar consigo a los demás, movida por el amor de Cristo, su Único Esposo.

El 9 de junio de 1895, en la fiesta de la Santísima Trinidad, se ofreció como victima inmolada al Amor misericordioso de Dios. Por entonces escribe el primer manuscrito autobiográfico, que entregó a la Madre Inés el día de su onomástica, el 21 de enero de 1896.

Algunos meses más tarde, el 3 de abril, durante la noche del jueves al viernes santo, sufrió una hemotisis, primera manifestación de la enfermedad que la llevaría a la muerte, y que ella acogió como una misteriosa visita del Esposo divino. Entró entonces en una prueba de fe que duraría hasta el final de su vida, y de la que ofrece un emotivo testimonio en sus escritos. Durante el mes de septiembre concluye el manuscrito B, que ilustra de manera impresionante el grado de santidad al que había llegado, especialmente por el descubrimiento de su vocación en el corazón de la Iglesia.

Mientras empeora su salud y continúa el tiempo de prueba, en el mes de junio comienza el manuscrito C, dedicado a la Madre María de Gonzaga; entretanto, nuevas gracias la llevan a madurar plenamente en la perfección y descubre nuevas luces para la difusión de su mensaje en la Iglesia, en bien de las almas que seguirán su camino. El 8 de julio es llevada a la enfermería, donde otras religiosas recogen sus palabras, a la vez que se le tornan más intensos los dolores y las pruebas, que soporta con paciencia hasta su muerte, acaecida en la tarde del 30 de septiembre de 1897, a las 19:20 h. "Yo no muero, entro en la vida"   había escrito a su hermano espiritual misionero, P. Mauricio Belliére. Sus últimas palabras, "Dios mío, te amo", sellan una vida que se extinguió en la tierra a los 24 años, para entrar, según su deseo, en una nueva fase de presencia apostólica en favor de las almas, en la comunión de los Santos, para derramar una "lluvia de rosas" sobre el mundo (lluvia de favores y beneficios, especialmente para amar más a Dios).

Lluvia de RosasFue canonizada por Pío XI el 17 de mayo de 1925, y el mismo Papa, el 14 de diciembre de 1927, la proclamó Patrona Universal de las Misiones, junto con San Francisco Javier.

Su doctrina y su ejemplo de santidad han sido recibidos con gran entusiasmo por todas las categorías de fieles de este siglo, y también más allá de la Iglesia Católica y del Cristianismo.

Con ocasión del Centenario de su muerte, el Papa Juan Pablo II la declaró Doctora de la Iglesia por la solidez de su sabiduría espiritual, inspirada en el Evangelio, por la originalidad de sus intuiciones teológicas, en las cuales resplandece su eminente doctrina, y por la acogida en todo el mundo de su mensaje espiritual, difundido a través de la traducción de sus obras en una cincuentena de lenguas diversas. La ceremonia del nombramiento tuvo lugar el 19 de octubre de 1.997, precisamente en el domingo en el que se celebra la Jornada Mundial de las Misiones