Nuestros supercomplejos y atormentados egos. Artículo.

Después de todo, nuestras vidas no son tan serenas ni pacíficas. Por decirlo de algún modo, siempre somos algún tanto patéticos. Eso no debería alarmarnos. Patético no es un término peyorativo. La palabra proviene del griego pathos, que significa dolor. Estar patético es vivir dolorido, y todos nosotros vivimos así por el modo mismo como estamos hechos.

Podríais decir que eso no suena bien. ¿No estamos creados a imagen y semejanza de Dios, de modo que cada uno de nosotros, por más descarriadas que pudieran ser nuestras vidas, llevamos en nosotros una dignidad especial y una cierta piedad? Claro que llevamos esa dignidad especial. Con todo, a pesar de eso y en gran medida por ello, nuestras vidas tienden a ser tan complejas como para estar sobradas de dolor. ¿Por qué? 

La piedad no es fácil de llevar. Lo infinito que hay en nuestro interior no se encaja fácilmente en lo finito. Llevamos demasiado fuego divino dentro para encontrar mucha paz en esta vida.

Esa lucha empieza pronto en la vida. Crear una identidad propia cuando aún somos muy niños supone hacer una serie de contracciones mentales que, en definitiva, limitan nuestra conciencia. Primero, necesitamos diferenciarnos de otros (Esa es mamá – yo soy yo); después, necesitamos distinguir entre lo que tiene vida y lo que no (el perrito tiene vida – mi muñeca no); seguidamente, necesitamos distinguir entre lo que es físico y lo que es mental (esto es mi cuerpo – pero pienso con mi mente). Por fin, y críticamente, mientras estamos haciendo todo esto, necesitamos apartar de nuestra luminosidad todo cuanto sobrepase lo que podamos manejar conscientemente. Con eso, creamos una identidad propia, pero también creamos una sombra, o sea, un área en nuestro interior que está apartada de nuestra conciencia.

Notad que nuestra sombra no es principalmente una oscuridad amenazante. Más bien, es toda la luz y energía interior que no podemos manejar conscientemente. A casi todos nosotros -sospecho yo- nos son familiares las palabras de Marianne Williamson que Nelson Mandela hizo famosas en su discurso inaugural: Nuestro temor más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro temor más profundo es que somos poderosos más allá de la mesura. Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que más nos aterra.

Nuestra luz aterra porque no es fácil de llevar. Nos da gran dignidad e infinita profundidad, pero también nos hace patológicamente complejos e inquietos. Ruth Burrows, una de las principales escritoras espirituales de nuestro tiempo, empieza su autobiografía con estas palabras: Nací a este mundo con una sensibilidad torturada, y mi vida no ha sido nada fácil. No esperaríais estas palabras de una mística, de alguien que ha sido una monja fiel durante más de setenta y cinco años. No esperaríais que su lucha en la vida fuera tanto con la luz de su interior como con la oscuridad de su interior y de su entorno. Eso es también cierto para cada uno de nosotros.

Hay  un famoso pasaje en el Libro del Eclesiastés, donde el escritor sagrado nos dice que  Dios ha hecho todas cosas bellas en su propio momento. Pero el pasaje no acaba con un apunte pacífico. Acaba diciéndonos que, a la vez que Dios ha hecho todas las cosas bellas en su propio momento, ha puesto también la infinitud en el corazón humano, de modo que estamos congénitamente fuera de sincronía con el tiempo y con las estaciones desde el principio hasta el fin. Nuestra dignidad y nuestra patológica complejidad tienen sus orígenes en esta anomalía de nuestra naturaleza. En este planeta, estamos sobrecargados de por vida.

San Agustín dio esta declaración clásica en su famosa frase: Nos has hecho para ti, Señor, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en ti. Hay una total antropología y espiritualidad en esa sencilla frase. Nuestra dignidad y nuestra perpetua inquietud tienen una única y misma fuente.

Así pues, necesitáis daros sagrado permiso para ser indómitos de corazón, inquietos de corazón, insaciables de corazón, complejos de corazón e impulsados de corazón. Demasiado frecuentemente, donde la psicología y la espiritualidad os han fallado es al daros la impresión de que deberíais estar viviendo sin confusión ni inquietud en vuestras vidas. Por supuesto que estas pueden perseguiros más sutilmente a causa de la inadecuación moral, pero os perseguirán sin importar lo honrada que sea la vida que estéis llevando. Claro que, si sois personas profundamente sensibles, lo más probable es que sintáis vuestra complejidad más sutilmente que si sois menos sensibles o estáis apagando vuestra sensibilidad con distracciones.

Karl Rahner escribió una vez a un amigo que, a su vez, le había escrito quejándose de que no estaba encontrando la realización que anhelaba en la vida. Su amigo expresó frustración consigo mismo, su matrimonio y su trabajo. Rahner le dio este consejo: En el tormento de la insuficiencia de todo lo accesible, finalmente aprendemos que, en esta vida, no hay ninguna sinfonía acabada. No puede haber ninguna sinfonía acabada en esta vida; no porque nuestras almas sean deficientes, sino porque llevan piedad. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - Fuente: Ciudad Redonda.org

Evita todo signo de violencia, incluso verbal...


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Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.

 





Domingo 2º de Adviento

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¿Qué puedo aprender de Juan el Bautista en este Adviento?

Comentario


Una metáfora domina las lecturas de hoy: es la del "camino". Correlativa a la del camino, aparece la idea de Iglesia como nuestro ser pueblo que se forma poniéndose en camino. Isaías se dirige a un pueblo desconfiado, con necesidad de consuelo y ayuda para ponerse en marcha; necesitamos profetas capaces de hablar al corazón, profetas de confianza, no de desventuras. Ante la devastación de nuestras conciencias, bombardeadas por mensajes negativos y nihilistas, es importante para cada uno de nosotros el aliento que nos llega del mensaje profético.

También las palabras del Bautista apuntan en esta dirección, preparando nuestro corazón a la venida del que bautizará con Espíritu. Ciertamente su figura austera y penitente no deja de ir contra nuestro estilo de vida cuando ya no sentimos necesidad de conversión: una consolación "barata" no nos enriquecería con frutos duraderos.

Es indispensable sobre todo nuestro testimonio inspirado en una fe honda en la salvación que nos ofrece Dios, nuestro querer ser pueblo de Dios atraídos por la promesa del Bautista, para después convencer a los demás de la salvación inminente. Por otra parte, siempre nos acuciará la pregunta de los escépticos: żes que vale la pena? La Palabra de Dios nos responde que sí vale la pena. La carta de Pedro nos recuerda que éste es un tiempo lleno de la presencia de Dios y sólo podemos verlo así creyendo de verdad y comprometiéndonos con nuestra existencia: la promesa de Ťcielos nuevos y tierra nuevať genera en el que cree una vida de auténtica santidad, y ella misma es anuncio y signo tangible de aquel mundo nuevo.

 


Revisa los cimientos de tu fe y vida...

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Richard “Rick” Gaillardetz – RIP. Artículo

 

Ninguna comunidad tendría que subestimar sus muertes. Es Mircea Eliade quien dijo eso. Lo que subraya su sabiduría aquí es la verdad de que aquello que dejamos de celebrar, pronto dejaremos de apreciar.

Contando con eso, me gustaría destacar lo que nosotros, la comunidad religiosa y también la secular, necesitamos celebrar y apreciar al lamentar la reciente muerte de Richard Gaillardetz.

Richard, conocido por “Rick”, fue esposo, padre, amigo para muchos y (en opinión de la mayoría) el mejor eclesiólogo del mundo angloparlante. Enseñó en Boston College, pero dio conferencias en otros muchos lugares, tanto como catedrático como orador popular. Más allá de su talla como académico, tenía una humanidad, una recia sensatez, un agudo entendimiento, una cordialidad natural, una afabilidad y un sentido del humor que hacían su presencia agradable y estabilizante. Traía calma y sensatez al lugar.

¿Qué hay que decir sobre el hecho de destacar lo que aportó? ¿Qué tendríamos que aprovechar al procesar su muerte? ¿Qué tenemos que celebrar de manera que continuemos su aprecio?

Muchas cosas podrían ser destacadas, todas ellas positivas, pero me gustaría fijarme en estos cuatro extraordinarios dones que nos aportó.

Primero, fue un teólogo que trabajó activamente salvando la brecha existente entre la academia y el banco de la iglesia. Rick fue un académico altamente respetado. Nadie cuestionó su alta erudición. Aun así, era muy solicitado como conferenciante popular en espiritualidad y nunca comprometió su erudición en servicio de la popularidad. Esa combinación de ser entendido y respetado en la academia y en el banco de la iglesia es cosa rara (resulta difícil ser simple sin ser simplista) y un enorme riesgo (ser orador popular generalmente te hace sospechoso entre tus colegas académicos). Rick asumió ese riesgo porque quería que su erudición sirviera a la comunidad entera y no sólo a aquellos no poco afortunados de estar en las aulas de posgrado.

Segundo, fue un eclesiólogo que usó su erudición para unir más bien que para dividir. La eclesiología trata sobre la iglesia, y es el denominacionalismo de la iglesia lo que aún nos divide como cristianos. Las divisiones que hay entre nosotros son en gran parte eclesiales. En casi todas las otras cosas, estamos juntos. Participamos de Jesús; compartimos una escritura común; participamos (en diferentes modalidades) de la Eucaristía; compartimos una lucha común al intentar ser fieles a las enseñanzas de Jesús; y participamos en muchas luchas humanas, morales y sociales comunes. La espiritualidad nos une, pero la eclesiología todavía divide. El trabajo de Rick en eclesiología en un aliento de aire fresco para ayudarnos a acabar con siglos de división. Apreciaba su propia denominación, el Catolicismo Romano, aun cuando era totalmente apreciador de otras denominaciones. ¿Su secreto? No se redujo a hacer una teología de la iglesia; también hizo una espiritualidad de la iglesia.

Tercero, era un hombre que amaba a la iglesia, a pesar de que, en ese amor, sabía ser sanamente crítico de ella cuando esta lo merecía. Asistí a su última conferencia pública, habida en Septiembre del año pasado, y empezó su intervención con estas palabras: Fui católico por nacimiento; después, por opción; y ahora, por amor. Siguió contándonos cómo la iglesia católica era el amor más grande de su vida y cómo, a la vez, le ha traído continua desilusión y dolor. Nos desafió a amar a la iglesia y, de igual modo, a ser críticos para con ella; ambas cosas al mismo tiempo. Eso pone de manifiesto un gran corazón y una gran mente. Algunos son capaces de amar a la iglesia y nunca ver sus fallos; otros son capaces de ver sus fallos pero nunca amar a la iglesia. Rick llegó a hacer ambas cosas.

Finalmente, fue un hombre que afrontó su muerte con una fe, un coraje y una dignidad que pueden servir de paradigma para el resto de nosotros, quienes algún día tendremos que afrontar -todos- lo que él afrontó. Hace alrededor de año y medio, a Rick diagnosticaron un cáncer pancreático terminal. Él sabía que, a no ser por un milagro, probablemente tenía menos de dos años de vida. Fuera lo que fuera su propia angustia y lucha interior para llegar a la paz con eso, todo lo que dijo, hizo y enseñó durante el año y medio siguiente a ese diagnóstico manifestó paz, confianza, coraje y compromiso por los demás. Mantuvo un diario de sus pensamientos durante este periodo y esos diarios van a ser publicados pronto y constituirán el último gran don de Rick a la iglesia y al mundo.

Me gustaría acabar este homenaje con una pequeña anécdota que Rick mismo -estoy seguro- apreciaría, dado que añade un poco de color a un reconocimiento que de otra manera estaría demasiado sombrío. Hace unos años, fui a oír a Rick dar una conferencia pública en una de las universidades locales de aquí, en la ciudad. Un teólogo suficientemente conocido, el marianista  Bernard J. Lee, estaba presentándolo. Después de enumerarnos la lista de realizaciones académicas de Rick a los que componíamos la audiencia, Lee se dirigió a él y le preguntó: “Richard, ¿cómo diablos llegas a pronunciar G-a-i-l-l-a-r-d-e-t-z según este deletreo?”

Cualesquiera que sean el deletreo y la pronunciación, Richard Gaillardetz fue un tesoro teológico al que perdimos excesivamente pronto.  Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) Fuente Ciudad Redonda.org Image by Joe from Pixabay

¡Velad!

 




Domingo 1º de Adviento

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Señor, ayúdame a vivir con atención cada día que me regalas

Comentario



     El relato evangélico comienza y concluye con la misma invitación: ŤVigiladť (w. 33.37). Siguen dos enseńanzas, la primera indica el "porqué" de la vigilancia: ŤVigilad, pues no sabéis cuándo es el momento precisoť (v. 33). Una lectura superficial podría parecemos como una imposición tiránica: Jesús no revela el día y la hora, para que los cristianos vivan en continuo temor. Al contrario, no se indica la hora porque todas las horas son buenas para abrirse al evangelio de suerte que comprometa la existencia. Jesús desea vitalizar a una comunidad para que no esté obsesionada con el deseo de conocer el final, sino que se preocupe por vivir y discernir tiempos y momentos en la escucha y la obediencia. Y esto en la espera de la última cita que nos introducirá definitivamente en el Reino; ciertamente es una espera continua e intensa, pero no ansiosa ni temerosa, sino que rebosa confianza.

La segunda enseńanza está en el "estilo" de la vigilancia. Marcos, al narrar la parábola del hombre que se marcha de viaje lejos, indica que deja su Ťcasať al cuidado de sus criados (v. 34). Es posible ver en la casa una imagen de la comunidad cristiana. Cualquier creyente es, en su fidelidad cotidiana al Seńor, responsable de su construcción. La vigilancia se caracteriza como "vigilancia de la casa", de la que, mientras espera a su Seńor, el cristiano debe cuidar desempeńando la tarea que Dios ha confiado a cada uno.




Presta atención. ¿Dejas que el ritmo del mundo te adormezca?

 
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