El Viernes Santo (El Viernes Bueno). Artículo de Ron Rolheiser.

El Viernes Santo (El Viernes Bueno) fue malo mucho antes de que fuera bueno, al menos por las apariencias externas. Dios estaba siendo crucificado por todo lo que puede ir mal en el mundo: orgullo, celos, desconfianza, ofensa, egoísmo, pecado. No es casual que los Evangelios nos digan que, mientras Jesús estaba muriendo, se hiciera oscuro a mitad del día. Pocas imágenes nos dicen más. Cuando Jesús fue colgado de la cruz, al parecer, la luz dio paso a la oscuridad, el amor al odio, y la vida a la muerte. ¿Cómo eso puede ser bueno?
Además, por morir, Jesús ya no parecía divino, poderoso y en control de las cosas, tanto referido a lo que estaba sucediendo en el mundo como a lo que estaba sucediendo dentro de sí mismo. El mundo estaba hundiéndose en la desconfianza; y, si los Evangelios deben ser creídos, Jesús, el Dios encarnado, parecía estar hundiéndose en una duda personal, tan inquietante que lanzó las palabras: “¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!”. ¿Qué está sucediendo aquí? ¿Cómo eso puede ser bueno?
Para entender lo que sucedió el Viernes Santo, necesitamos separar lo que estaba sucediendo en el exterior de lo que estaba sucediendo en algún lugar más profundo.
Lo acontecido en el exterior era malo, y nunca, por más que se imagine, puede ser llamado bueno. Las personas religiosas sinceras, buenas aunque débiles, por miedo y debilidad, estaban traicionando lo mejor de ellas mismas, bien ayudando a incitar a la ejecución de Jesús o bien permaneciendo pasivamente y permitiendo que sucediera. Efectivamente, a no ser unas pocas mujeres fuertes que no se estaban rindiendo al temor o a la histeria colectiva pero que estaban también desautorizadas para hacer prácticamente algo sobre eso, todos estaban colaborando en la crucifixión de Dios, por ignorancia, celotipia o debilidad. En propias palabras de Jesús, las tinieblas estaban teniendo su momento. El drama humano, social y político que tenía lugar el Viernes Santo no era bueno. Reflejaba a la humanidad en su peor momento, ante el aparente silencio de Dios.
Pero algo más profundo estaba sucediendo el Viernes Santo; un drama estaba teniendo lugar en el interior de la propia alma y conciencia de Jesús, el resultado del cual era antitético a todo lo que estaba sucediendo en el exterior, en la muchedumbre. En su lucha por aceptar lo que estaba sucediendo en esa situación y aceptar lo que se le estaba pidiendo, vemos el último drama moral y religioso: el amor con el que luchaba y luego triunfaba sobre el odio, la confianza con la que luchaba y luego triunfaba sobre la paranoia, y el perdón con el que luchaba y luego triunfaba sobre la amargura.
Vemos primero esa lucha épica, que tiene lugar en su agonía en el huerto de Getsemaní, donde Jesús literalmente suda sangre ante sus opciones, esto es, manteniéndose firme ante toda forma de oposición, odio, ignorancia y malentendido: él debe decidir si entregarse a sí mismo en confianza o huir en autoseguridad. Elige lo primero y -nos dicen- entonces es confortado por una presencia divina.
Pero la aceptación no quiere decir exactamente total rendición; y, al siguiente día, el Viernes Santo, tiene lugar la prueba final. El ángel que le confortó en Getsemaní parece perderse de vista cuando él está en la cruz, y una aplastante noche oscura de duda lo atormenta hasta el punto de hacerle clamar con lo que aparentemente suena como desesperación: “¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!” Su aceptación, dada a su Padre la noche anterior, en este momento crucial, se hace infinitamente más difícil por la aparente ausencia de su Padre, que, hasta ahora, había sido su verdadero aliento. Ante ese aparente abandono, Jesús tuvo que hacer una elección por fe, amor y confianza al nivel más descarnado, en extrema tiniebla. ¿Cuál es la elección? ¿Qué hace Jesús?
En palabras de Karl Rahner, Jesús se permite “hundirse en la incomprensibilidad de Dios”. Se rinde a Dios, al que no puede, en ese momento, sentir o entender, sino sólo confiar. Aquí es donde el Viernes Santo (Viernes Bueno) cambia de malo a bueno: Jesús se rinde no en amargura, avaricia o ira, sino en confianza, gratitud y perdón. En ese rendimiento, la lucha entre el bien y el mal, la más épica de las batallas, es ganada.
Al fin, todo lo malo de nuestro mundo no será derrotado por una violencia moralmente superior, no importa lo virtuosos que sean los que están haciendo la derrota. La buena violencia nunca librará al mundo de la mala violencia. Libraremos nuestro mundo de esos poderes que perennemente crucifican a Dios sólo cuando cada uno de nosotros, como Jesús, podamos permitir a nuestra amargura, avaricia e ira ceder el paso a la confianza, gratitud y perdón. Y, excepto siendo extraordinariamente favorecidos por una gracia especial, todos, como Jesús, tendremos que dejarnos hundir en la incomprensibilidad de Dios, esto es, confiando aun cuando no entendamos, amando aun cuando seamos odiados y perdonando aun cuando seamos ofendidos.

Todos nosotros tendremos nuestros Viernes Santos, no el menor en nuestra experiencia de la muerte. En total apariencia, tendrán mal aspecto; pero, si nos rendimos en confianza, serán buenos.
Ron Rolheiser (Trad. Benjamin Elcano, cmf) - Lunes, 3 de abril de 2017
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Calendario parroquial de la Semana Santa.


9 abril  DOMINGO DE RAMOS:   
12,15 h. Bendición y Procesión               
En las otras Misas, bendición de ramos al principio. No hay procesión            

LUNES 10    MARTES 11     Y     MIÉRCOLES 12    Misas normales                   

13   de  abril    JUEVES SANTO:     
11,00    LAUDES
17,00    EUCARISTÍA
18,30    CENA DEL SEÑOR
22,00    HORA SANTA

14    de  abril   VIERNES SANTO:  
11,00    LAUDES
12,30    Vía Crucis
17,30    LA PASIÓN DEL SEÑOR
20,00    Oración junto a la Cruz

15 de  abril SÁBADO SANTO:       
11,00    LAUDES
12,30    Oración con María
22,00    VIGILIA PASCUAL

16  de  abril DOMINGO DE RESURRECCIÓN: 
Misas de Domingo


¿Qué hacemos en la parroquia del Corazón de María de Oviedo?








Santoral de mes de abril


1
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2
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4
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6
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7
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10
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26
San Isidoro de Sevilla y otros...
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Madre de Dios de Montserrat, Santa Zita, San Pedro Armengol y otros...
28
San Prudencio de Tarazona, San Pedro Chanel, San Luis María Grignon de Montfort y otros...
29
San Hugo abad, Santa Catalina de Siena y otros...
30
San Pío V papa, San José Benito Cottolengo y otros...
Fuente: Santopedia.

Deja tus miedos, abre como María, tu corazón con confianza


Hacer violencia en nombre de Dios

Blaise Pascal escribió una vez: “Los hombres nunca realizan el mal tan completa y alegremente como cuando lo hacen por una convicción religiosa”. ¡Qué cierto! Esto ha continuado sucediendo desde el inicio de los tiempos y está mostrando pocas señales de desaparición a corto plazo. Aún hacemos violencia y daño, y los justificamos en nombre de Dios.
Vemos incontables ejemplos de esto en la historia. Desde el tiempo en que primeramente adquirimos la autoconciencia, hemos hecho violencia en nombre de Dios. Empezó por sacrificar a personas humanas para tratar de obtener el favor de Dios, y eso llevó a todo, desde perseguir activamente a otros por razones religiosas, hasta emprender la guerra en nombre de Dios, quemar a gente por herejía en tiempo de la Inquisición, practicar la pena capital por razones religiosas y, no lo menos, en un momento de la historia, entregar a Jesús para ser crucificado a causa de nuestro equivocado fervor religioso.
Estos son algunos ejemplos históricos llamativos; tristemente, no ha cambiado mucho. Hoy, en su forma más brutal, vemos violencia hecha en nombre de Dios por grupos como Al-Qaida e Isis, que, cualquiera que pudiera ser su motivación, creen que están sirviendo a Dios y purgando el mundo en nombre de Dios por medio del terrorismo y asesinato salvajes. La muerte de miles de personas inocentes puede estar justificada -creen ellos- por el hecho de que esta es la causa de Dios, tan sagrada y urgente que permite el olvido de los patrones básicos de la humanidad, la decencia y la religión normal. Cuando es por causa de Dios, se justifica el mal sin reservas.
Por suerte, nos es imposible a la mayoría de nosotros justificar esta clase de violencia y asesinato en nuestras mentes y corazones, pero la mayoría de nosotros aún justifica esta clase de violencia sagrada en modos más sutiles. Muchos de nosotros, por ejemplo, aún justifican la pena capital en nombre de la justicia divina, creyendo que los planes de Dios demandan que matemos a alguien. Muchos también justifican el aborto con una apelación a nuestras libertades dadas por Dios. No menos, virtualmente, todos nosotros justificamos cierta violencia en nuestro lenguaje y discurso, porque sentimos que nuestra causa es tan especial y sagrada que nos da el derecho a olvidar algunos de los fundamentos de la caridad cristiana cuando tratamos con los que están en desacuerdo con nosotros, a saber, el respeto y la cortesía.
Nuestro lenguaje, en ambos círculos de la derecha y la izquierda, está lleno de violencia que justificamos en nombre de Dios. En la derecha, cuestiones como el aborto y la defensa del dogma son considerados tan importantes como para darnos permiso para demonizar a otros. En la izquierda, las cuestiones de injusticia económica y ecológica, porque afectan tan directamente a los pobres, nos dan permiso de parecida manera para olvidar el respeto y la cortesía. A ambos partidos les gusta justificarse con una apelación a la justa ira de Dios.
Hay una historia en el Evangelio de Juan, deliciosa en su ironía, que ayuda a exponer cómo estamos tan frecuentemente ciegos para con la violencia que hacemos en nombre de Dios. Es el famoso episodio de la mujer sorprendida en adulterio. La traen a Jesús y le dicen que la sorprendieron en el preciso acto de cometer adulterio, y que Moisés mandó, en nombre de Dios, que las mujeres como ella fueran muertas a pedradas. Jesús, por su parte, no dice nada. Se inclina y escribe con su dedo, dos veces, en el suelo, y luego les dice que el que de entre ellos esté sin pecado puede tirarle la primera piedra. Ellos entienden el gesto: por qué escribe en el suelo, por qué escribe dos veces y qué significa eso. ¿Qué significa?
Moisés subió a una montaña, y Dios, con su dedo, escribió los Diez Mandamientos en dos tablas de piedra. Cuando Moisés, a su regreso, se acercó al campamento israelita, llevando las dos tablas de piedra, sorprendió al pueblo en el preciso acto de cometer idolatría. ¿Qué hizo? En un arrebato de fervor religioso, rompió los Mandamientos -literal, físicamente- sobre el becerro de oro y luego recogió los fragmentos y lanzó esas piedras al pueblo.
Así que aquí está la ironía de la cual sacar una lección: Moisés fue la primera persona en romper los Diez Mandamientos. Los rompió en nombre de Dios y luego tomó los fragmentos y apedreó al pueblo. Hizo este acto violento con toda sinceridad, arrebatado en fervor religioso. Por supuesto, después tuvo que subir de nuevo a la montaña y tomar los Mandamientos escritos por segunda vez. Sin embargo, antes de dar a Moisés los Mandamientos por segunda vez, Dios le dio también una lección: ¡No apedrees al pueblo con los Mandamientos! ¡No practiques violencia en mi nombre!
Nosotros hemos sido muy remisos en acoger este mandato y tomarlo en serio. Todavía encontramos toda suerte de justificación moral y religiosa para hacer violencia en nombre de Dios. Estamos aún, como Moisés, aplastando los Mandamientos sobre lo que consideramos idólatra y luego apedreando a otros con los fragmentos. Esto es evidente en dondequiera de nuestro discurso religioso y moral, particularmente en cómo nosotros -como Pascal podría decirlo- en nombre de Dios, olvidamos “completa y alegremente” la caridad en lo que se refiere a la bondad y cortesía.
Ron Rolheiser (Trad. Benjamin Elcano, cmf) - Lunes, 3 de abril de 2017
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