Calendario de Cuaresma. IV domingo de cuaresma «laetare» Gustad y ved qué bueno es el Señor.


Calendario de Cuaresma. IV domingo de cuaresma «laetare»
Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido.
Dios nos reconcilió consigo por medio de Cristo.
Gustad y ved qué bueno es el Señor.
Calendario de Cuaresma 26 de 40.

Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo

 



     Domingo IV de Cuaresma

 

Dirijamos nuestro corazón y nuestros deseos a Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros. Todas las lecturas hablan de retorno. Se trata de una palabra importante para un cristiano, estrechamente unida a otra: conversión. Todo retorno, para ser auténtico, exige una purificación, un cambio, la renovación del corazón.

En la parábola del hijo pródigo se describe el viaje de cada uno de nosotros desde la lejanía, cansados por el pecado, a la semejanza creada por el amor. Este regreso se realiza recorriendo el camino que el mismo Padre ha abierto a los hombres, Jesús, el mediador, el sacerdote eterno. Jesús se revela como "el hombre para los demás": es camino para todos y todos pueden caminar por él. Por este camino que es el mismo Cristo va el hijo pródigo después de decidir "levantarse". El pecado, de hecho, envilece, humilla, quita dignidad. En este hijo está representado el género humano; en él estamos todos.

Quizás no nos alejamos físicamente, sino sólo en nuestro interior: en esto nos parecemos más al hijo mayor. Quizás hemos ido tan lejos que ya ni siquiera sabemos dónde estamos: hemos perdido el sentido de la orientación cuando en nuestro entorno nada nos recuerda algo familiar, cuando nos pesa la soledad; entonces se siente el más sincero deseo, que brota desde lo más hondo del corazón; es la voz del Padre, que nunca nos ha abandonado. Es la hora de decidir. Uniéndonos a Cristo, también nosotros, pecadores perdonados, deberemos ser unos con otros el cordero que se inmola. Y, al mismo tiempo, deberemos evitar protestar como el hijo mayor, pues no es ésta la actitud propia de un cristiano. Si sentimos que la protesta brota en nuestro interior, invoquemos inmediatamente la ayuda del Señor, porque, de lo contrario, nos alejaremos de la casa de la comunión. Quien está unido a Cristo se convierte en salvación para los demás y participa en la fiesta no como espectador, sino ofreciéndola personalmente, con alegría.


     





Solemnidad de la Anunciación: Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

Lo esencial no se enseña.
Se revela a cada uno en lo íntimo,
como una anunciación que la esperanza murmura.
Sólo lo descubre aquél que secretamente tiene una gran intuición,
y a menudo desde que se es joven.

Lecturas y comentario del día
Gracias a: Dominicos.org

Madre del Redentor, virgen fecunda,
puerta del cielo siempre abierta,
estrella del mar,
ven a librar al pueblo que tropieza y quiere levantarse.

Ante la admiración de cielo y tierra,
engendraste a tu santo Creador,
y permaneces siempre virgen.
Recibe el saludo del ángel Gabriel,
y ten piedad de nosotros, pecadores.
De la antífona mariana "Alma Redemptoris Mater"

Gracias a: Rezando Voy

Si no os convertís, todos pereceréis

 





     Domingo III de Cuaresma

 

Siempre hay un lugar y una hora exacta en la que el Señor quiere encontrarse con nosotros. Es el momento que marca el comienzo de la conversión o del rechazo radical. Esa conversión es un camino que exige constancia y una decisión siempre renovada de proseguir el viaje a pesar de todo. Si en la antigua alianza el pueblo caminaba bajo la guía de Moisés, para nosotros el camino a seguir es el mismo Hijo de Dios, Jesucristo. Él es quien nos saca de la esclavitud del pecado, quien nos saca de nosotros mismos.

El sentido de la vida eclesial es ayudarse fraternalmente a caminar por las sendas de la conversión, o sea, ayudarse a buscar y seguir a Jesús. Hay que desear ardientemente que ninguno se extravíe, que ninguno se retrase o se aleje. A esto precisamente nos invita el Evangelio de hoy, que concluye con la parábola de la higuera estéril. El labrador que ruega que no la corten todavía es Jesús. Como intercesor nuestro, dirá hasta el final de los tiempos: "Espera un poco, un poco todavía, que la cuidaré más". Todos los cuidados que Jesús nos prodiga con su Palabra, con los sacramentos, con sus intervenciones providenciales -y lo son también los acontecimientos dolorosos-, son ofertas de conversión. Dejémosle, pues, que nos cultive. La Palabra sagrada es como un arado, y también como una semilla sembrada para que pueda producir fruto.


     






Solemnidad de San José.

«San José, mi predilecto,
ven a mi casa, que te espero.
Ven y mira, tú sabes qué falta,
ven y fíjate, trae lo que falta.
Y si algo no es para mi casa,
ven y llévatelo...»

«San José, maestro de la vida interior,
enséñame a orar, a sufrir y a callar»

¿Qué es #UnPadreDeVerdad?

Al sur de Nazaret se encuentra una caverna llamada Cafisa. Es un lugar escarpado; para llegar a él, casi hay que trepar. Una mañana, antes de la salida del sol, fui allí. No me di cuenta del paisaje, muy bello, ni de las fieras, ni del canto de mil pájaros...

Estaba yo fuertemente abatido; sin embargo, experimentaba en el fondo del corazón que habría de saber algo de parte del Señor.

Entré en la gruta; había un gran vano formado por rocas negras con diferentes ángulos y corredores. Había muchas palomas y murciélagos, pero no hice ningún caso. Solo en aquel recinto severo no exento de majestad, me senté sobre una esterilla que llevaba conmigo. Puse, como Elías, mi cara entre las rodillas y oré intensamente. Tal vez por la fatiga o la tristeza, en cierto momento me adormecí. No sé cuánto tiempo estuve en oración y cuánto tiempo adormecido. Pero allí, en aquella gruta que nunca podré olvidar, durante aquellos momentos de silencio, me pareció ver un ángel del Señor, maravilloso, envuelto en luz y sonriente.

«José, hijo de David -me dijo-, no tengas miedo de acoger a María, tu esposa, y quedarte con ella. Lo que ha sucedido en ella es realmente obra del Espíritu Santo: tú lo sabes. Y debes imponer al niño el nombre de Jesús. Tu tarea, José, es ser el padre legal ante los hombres, el padre davídico que da testimonio de su estirpe... Y has de saber, José, que también tú has encontrado gracia a los ojos del Señor... Dios está contigo». El ángel desapareció. La gruta siguió como siempre, pero todo me parecía diferente, más luminoso, más bello.

«Gracias, Dios mío. Gracias infinitas por esta liberación. Gracias por tu bondad con tu siervo. Has vuelto a darme la paz, la alegría, la vida. Así pues, Jesús, María y yo estaremos siempre unidos, fundidos en un solo y gran amor..., en un solo corazón».

La tempestad había desaparecido, había vuelto el sol, la paz, la esperanza... Todo había cambiado. J. M. Vernet, Tu, Giuseppe. Tú, José, Ediciones STJ. Fuente: santaclaradeestella.es

“El día en que el avión se partió en dos”

Éste es mi Hijo elegido; escuchadle.

 



     Domingo II de Cuaresma

 


*"• Como en los otros evangelios sinópticos, también en el de Lucas la trasfiguración está en relación con los acontecimientos precedentes (vv. 18-27). Son los mismos hechos, pero se relatan con una perspectiva particular que ayuda a profundizar en su significado. Jesús sube al monte con los tres discípulos privilegiados "para orar" (v. 28). También los acontecimientos precedentes estaban enmarcados en la oración de Jesús "aparte" con los suyos. Después de orar, el Maestro había preguntado a los discípulos para saber hasta qué punto habían comprendido su identidad y enseñarles lo referente a ello. Ahora en la oración ofrece la confirmación extraordinaria a su palabra: el coloquio orante con el Padre transfigura a Jesús y su aspecto es "otro". Su resplandor hace que lo reconozcamos como el Hijo del hombre profetizado y esperado.

Moisés y Elías, la Ley y los Profetas son los testimonios de la veracidad del evento. Hablan con Jesús de su éxodo: como los dos grandes reveladores de Dios, también Jesús está llamado a "salir", a pasar decididamente unos límites. Para él será el límite extremo, el de la vida terrena. Un sopor se apodera de los discípulos, como sucederá en Getsemaní: el hombre no puede soportar el peso de lo divino en sus manifestaciones, sean de gloria o de sufrimiento.

La nube que cubre con su sombra a los presentes indica que Jesús es el cumplimiento de la historia y los ritos de Israel: ahora es él la tienda del encuentro de Dios con el hombre. La voz divina desde la nube lo proclama Hijo elegido: es el título del Siervo de YHWH en Is 42,1, título atribuido al Hijo del hombre en la apocalíptica judía contemporánea a Jesús. Así es como el Padre testimonia la identidad y misión de Cristo, mandando que lo escuchemos. Cuando se desvanece la visión, Jesús se queda solo con los suyos. De nuevo el camino de la fe, una fe que nace de la escucha-obediencia (Rom 10,17) y se lleva a la práctica en la fidelidad del seguimiento.       






No tentarás al Señor, tu Dios


     Domingo I de Cuaresma

 

La prueba, la salvación, la profesión de fe, son los temas que podemos entresacar de las lecturas de la liturgia de hoy, y nos interrogan sobre nuestra realidad de Iglesia, sobre nuestra vida de creyentes. !Cuántas veces hemos experimentado en la tribulación, en la tentación, que el Señor es nuestra fuerza, el único que puede librarnos! Recordar las maravillas de gracia que Dios ha hecho por nosotros no es sólo una exigencia del corazón, sino una tarea imprescindible, una misión, un testimonio que se ofrece a los hermanos para que también ellos conozcan la alegría de ser salvados invocando el nombre del Señor.

!Tenemos todos tanta necesidad de ser protegidos de las insidias del diablo! El Evangelio hoy nos lo manifiesta mostrándonos a Jesús sometido a tentaciones que son la raíz de cualquier tentación y se revisten de nobles apariencias. El fin es encomiable y los medios propuestos se diría que son los más adecuados... Jesús ha experimentado la debilidad humana que tan fácilmente doblega la voluntad y ofusca nuestra capacidad de discernimiento. Pero precisamente en su debilidad ha vencido al Maligno, en el desierto y en la cruz, indicándonos el camino de la victoria. Como él, debemos retener la Palabra de Dios en el corazón, convirtiéndola en norma de nuestra vida, en lámpara de nuestros pasos. Si no tememos profesarla con franqueza, podremos experimentar que el Señor es nuestra fuerza, nuestro escudo salvador (Sal 17,3).

       







De lo que rebosa el corazón habla la boca





     Domingo VIII del Tiempo Ordinario

 

La comparación del árbol y sus frutos es un hilo conductor que atraviesa las lecturas de hoy, incluido el salmo responsorial. Está presente también muchas otras veces en la Biblia, empezando por el árbol de la vida y de la muerte (Gn 2,16ss; 3,1-24). En realidad, en ellas es el corazón del hombre el que transforma el árbol "del conocimiento del bien y del mal", que de por sí es fuente de vida, en un árbol de muerte. En el evangelio de hoy Jesús enlaza ambos temas, a fin de hacernos entender que sólo quien tiene un corazón bueno puede ser el árbol bueno que produce frutos buenos.

Es notable la insistencia de Jesús en la necesidad de apuntar a la interioridad del hombre, o sea, a su corazón, y superar la mera exterioridad, típica de los fariseos, que él denuncia con frecuencia (Mt 5,20; 12,2-7; 15,1-20; 23,2-8; etc.). Es, efectivamente, en el corazón, entendido en sentido bíblico, donde se engendran, según Jesús, las decisiones más profundas del hombre, esas que determinan la orientación radical de la vida.

Si esta orientación está profundamente arraigada en Dios y en su Palabra, no puede producir más que frutos buenos. El corazón se convierte así en la fuente de la que brotan las actitudes, las palabras y las acciones verdaderamente "buenas". San Agustín había comprendido bien esta orientación evangélica cuando escribió: "Ama y haz lo que quieras". De un corazón que ama en serio, es decir, que quiere verdaderamente el bien, no puede brotar, efectivamente, más que el bien. "Allí donde está tu tesoro, allí está también tu corazón ", gritó Jesús a los cuatro vientos en su sermón del monte (Mt 6,21). Su corazón estaba ciertamente en Dios y en su magno proyecto de amor en favor de los hombres. Por eso fue Jesús el árbol bueno por excelencia, el que produjo los mejores frutos de vida para sí y para toda la humanidad. Hemos de preguntarnos si también nuestro corazón está donde el suyo y no en otra parte, en las mi cosas exteriores de la vida. Si hacemos nuestro su mismo tesoro, nuestra fatiga, a buen seguro, no será vana, según el deseo de Pablo (1 Cor 15,58), porque produciremos los mismos frutos que él produjo.