Por lo general, intento cuidar el uso de un lenguaje políticamente correcto, aunque a veces esto puede resultar desesperante debido a ciertas hipersensibilidades que hacen que la gente se ofenda con demasiada facilidad. Sencillamente, hoy en día cualquiera puede sentirse herido por casi cualquier palabra. Sin embargo, a pesar de que a veces nos agote esa susceptibilidad exagerada, debemos reconocer que en el pasado fuimos demasiado descuidados e insensibles a la hora de llamar a las cosas por su nombre. Nuestro vocabulario solía herir precisamente a quienes más estaban sufriendo. Teníamos demasiados términos despectivos y humillantes para referirnos a quienes eran diferentes o a quienes padecían alguna discapacidad.
Con esto en mente, me gustaría hacer una sugerencia sobre cómo hablamos del suicidio. La expresión más común es decir que alguien «cometió» suicidio. Ese verbo debe ser borrado de nuestro vocabulario cuando tocamos este tema.
Muy pocas personas que mueren por suicidio lo «cometen». Para ser más exactos, «sucumben» a él, de la misma manera que alguien sucumbe al cáncer, a un derrame cerebral o a un ataque al corazón. Hace quince años me diagnosticaron un cáncer. Yo no «cometí» el cáncer; simplemente, este superó mi sistema inmunológico en contra de mi voluntad. Lo mismo ocurre con un derrame o un infarto. Uno no «comete» un infarto; este desborda nuestra resistencia natural.
Físicamente tenemos un sistema inmunitario que, como una patrulla de policía, vigila nuestra salud. Busca bacterias, virus y células malignas para destruirlos antes de que puedan arraigar, multiplicarse, acabar con nuestra salud y causarnos la muerte. Pero, como sabemos, a veces y por razones muy diversas, una enfermedad maligna puede desbordar nuestras defensas. Nuestra salud se quiebra y morimos porque nuestra protección natural contra la enfermedad se ve superada por bacterias, virus, el fallo de un órgano vital o células cancerosas. Morimos no por elección, sino por una fuerza mayor que nos arrastra. No «cometemos» una enfermedad.
Lo mismo ocurre con nuestra salud mental. Psicológicamente también tenemos un sistema inmunitario que, al igual que esa policía de patrulla, vela por nuestro equilibrio emocional y psicológico. Pero, al igual que ocurre con el cuerpo, a veces un factor o una combinación de ellos (la genética, un trauma, una depresión clínica, una circunstancia vital trágica) puede desbordar nuestras defensas psicológicas. Es entonces cuando podemos sucumbir a una enfermedad (no buscada ni deseada) llamada suicidio.
Sostengo que esto es lo que le ocurre a la mayoría de las personas que mueren por suicidio. Por supuesto que hay excepciones, pero son eso, excepciones, no la norma. Alguien sí puede «cometer» suicidio cuando, en realidad, no está sucumbiendo debilitado por una enfermedad, sino que toma una decisión proactiva desde una posición de fuerza. Por eso, podemos distinguir entre lo que podría llamarse «quitarse la vida» frente a «sucumbir al suicidio».
Alguien puede quitarse la vida por orgullo, soberbia y arrogancia: «¡Soy demasiado especial y digno como para compartir la vida con el resto de vosotros! La vida no ha estado a la altura de lo que merezco. ¡Prefiero morir antes que seguir en este mundo!». Esa es la diferencia entre un suicidio al estilo de Hitler y el de un alma hipersensible, demasiado rota y herida como para seguir luchando por vivir. El primero elige el suicidio desde la fuerza; el segundo muere a causa de su debilidad. (Aunque, para ser justos, ni siquiera deberíamos juzgar a Hitler. ¿Quién sabe qué males ocultos desbordaron su sistema inmunitario mental?).
Dicho esto, permitidme reiterar algunas verdades esenciales sobre el suicidio que deben ser dichas una, otra y otra vez, hasta que ya no sea necesario repetirlas.
En la mayoría de los casos de suicidio:
- Estamos ante una persona muy sensible o profundamente herida, demasiado rota como para que podamos tocarla o demasiado dañada para responder ya a nuestra ayuda.
- Quien muere por suicidio lo hace en contra de su propia voluntad.
- Su forma de morir se parece a la de alguien que salta por la ventana de un rascacielos porque su ropa está en llamas.
- Su muerte es el equivalente a un cáncer, un derrame o un infarto de tipo emocional.
- En muchos casos, la depresión suicida tiene raíces bioquímicas.
- El suicidio no es un acto de desesperación. Uno no elige perder la esperanza, sino que la herida y la enfermedad aplastan esa esperanza.
- El suicidio no es un acto de egoísmo, aunque a veces pueda parecerlo.
- No debemos estar angustiados por la salvación eterna de quienes mueren por suicidio. La empatía y la comprensión de Dios son infinitamente más profundas que las nuestras.
Cuando alguien a quien conocemos y amamos muere por suicidio, una de nuestras tareas es redimir su memoria. Debemos evitar que el regalo que supuso su vida para el mundo quede empañado o borrado por el hecho de que ahora miremos toda su existencia a través del prisma de cómo murió.
Morir de un ataque al corazón, de cáncer o de un derrame cerebral puede ser triste y trágico, pero no es vergonzoso. Lo mismo ocurre con el suicidio. Es triste y trágico, pero no es deshonroso. De hecho, puede que sea la muerte más humilde y desprovista de glamour de todas, y por eso mismo merece una empatía y una comprensión muy especiales.
Cuando hablemos del suicidio, nuestro vocabulario debe reflejar esa compasión especial. Y para lograrlo, lo primero que debemos hacer es eliminar la frase: «Alguien cometió suicidio». Ron Rolheiser OMI en ciudadredonda.org









El programa responde al mismo de años anteriores. Comenzará este mismo viernes por la tarde, el sábado estará dedicado principalmente a los talleres que elijan los propios jóvenes, por la noche la Vigilia y el domingo, la eucaristía. Si el año pasado la figura del joven santo Carlo Acutis fue referente en el encuentro, este año serán los Mártires de Barbastro. «Ellos serán los protectores y patronos de la JEMJ, modelos para los jóvenes participantes, junto a la figura de Pier Giorgio Frassati, también canonizado el año pasado. La historia de estos 51 jóvenes seminaristas claretianos y sus formadores era conocida pero su testimonio se difundió con más amplitud con la película «Un Dios prohibido», de Pablo Moreno, que narra su martirio. «Casi todos, menos los formadores, rondaban entre los 21 y los 25 años y todos prefirieron morir antes de renegar de su fe, de su vocación, de su amor a Jesucristo», explica la hna. Beatriz. «En la película se ve un momento particularmente conmovedor –cuenta– cuando ya han muerto más de 30 de esos claretianos, uno de ellos, Faustino Pérez, que se queda un poco como el «líder» de estos jóvenes y escribe una carta de despedida a su congregación, a los claretianos, la comunidad que les ha formado pues estaban a punto de ser ordenados sacerdotes. La carta de despedida es conmovedora y en ella muestra su amor a Jesucristo, a la congregación, se ve cómo perdonan, que es uno de los distintivos de estos mártires, y cuánto se han querido entre ellos en los días que han estado prisioneros. La JEMJ tendrá presente una reliquia de los mártires, que nos han concedido generosísimamente los propios claretianos». Con este motivo estará presente en Covadonga el Provincial de los Claretianos con el Superior de la Comunidad de Oviedo, para asistir a la obra musical orquestada con la historia de los mártires que han preparado un grupo de voluntarios y que se presentará el viernes por la noche. «Será una noche espectacular, conociendo la historia de estos mártires tan generosos y con esta obra que se ha preparado con tanto cariño y la presencia de un maestro excepcional, Julio Maroto, que vendrá a dirigir la orquesta. La obra musical orquestada es un género poco conocido, pero de gran impacto a la hora de presentar historias con emociones fuertes –explica la hna. Beatriz Liaño–».
Este año, además, con la reciente visita del Papa a España, será especialmente ilusionante escuchar el mensaje que ha escrito León XVI a los jóvenes participantes y que leerá el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz, durante la eucaristía de clausura el domingo, una noticia que se ha dado a conocer precisamente este mismo jueves. Junto con el Arzobispo de Oviedo estarán presentes también en el encuentro el Obispo de Lugo, Mons. Alfonso Carrasco y el Obispo de Getafe, Mons. Ginés del Río. Pero no habrá exclusivamente presencia española en el encuentro. Estados Unidos, Irlanda, Portugal o República Checa son países que aportan un gran número de participantes. No es una novedad, siempre han acudido jóvenes de otros países pero en esta ocasión el número es mayor que en años anteriores. Y es que la JEMJ nació «al conocer los resultados de una encuesta realizada por Obispos en Estados Unidos, en la que descubrieron que, prácticamente el 70% de los jóvenes católicos del país lo desconocía todo sobre la eucaristía», explica la hna. Beatriz. «Los Obispos reaccionaron rápidamente planteando una campaña de reavivamiento eucarístico nacional que realmente ha dado frutos muy bonitos en Estados Unidos y aún está en marcha». «La JEJM es un eco de ese clamor, de esa necesidad que hay de dar a conocer a los jóvenes el tesoro que tenemos en el Sagrario y para ayudar a que los jóvenes tengan un encuentro con Jesús en la eucaristía, de la mano de aquella que mejor nos puede conducir a Él, que es la Virgen María», explica la religiosa, que reconoce que «el Arzobispo de Oviedo nos animó a que ese evento, la JEMJ, sucediera en Covadonga, junto a la Santina, y así ha sido, desde el 2024, con una respuesta de los jóvenes sorprendente».


