¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

 



     Domingo  II de Pascua 

 

*" Estos dos episodios, próximos y relacionados con un mismo tema -el de la fe- son, el eco fiel de cuanto ha sucedido en los corazones de los apóstoles tras la muerte de Jesús.

En el primero de ellos (vv. 19-22), el Resucitado se aparece a los once, que, a pesar del anuncio de María Magdalena (v. 18), están encerrados todavía en el cenáculo por miedo a los judíos. Jesús supera las barreras que se le interponen: pasa a través de las puertas, manifestando que su condición es completamente nueva, aunque no ha desaparecido nada de los sufrimientos que padeció en la carne. La insistente referencia al costado traspasado de Jesús es propia de Juan, que, de este modo, quiere indicar el cumplimiento de las profecías en Jesús (Ez 47,1; Zac 12,10.14). El tradicional saludo de paz asume también en sus labios un sentido nuevo: de augurio -"la paz esté con vosotros"- se convierte en presencia -"la paz está con vosotros". La paz, don mesiánico por excelencia, que incluye todo bien, es, por tanto, una persona: es el Señor crucificado y resucitado en medio de los suyos ("se presentó": vv. 19b.26b y, antes, v. 14). Al verlo, los discípulos quedan colmados de alegría y confirmados en la fe. El Espíritu que Jesús sopla sobre ellos, principio de una creación nueva (Gn 2,7), confiere los apóstoles una misión que prolonga la suya en el tiempo y en el espacio y les concede el poder divino de liberar del pecado.

El segundo cuadro (vv. 24-29) personaliza en Tomás las dudas y el escepticismo que atribuyen los sinópticos, de manera genérica, a "algunos" de los Doce, y que pueden surgir en cualquiera. Tomás ha visto la agonía de su Maestro y se niega a creer ahora en una realidad que no sea concreta, tangible, en cuanto al sufrimiento del que ha sido testigo (v. 25). Jesús condesciende a la obstinada pretensión del discípulo (v. 27), pues es necesario que el grupo de los apóstoles se muestre firme y fuerte en la fe para poder anunciar la resurrección al mundo.

Precisamente a Tomás se le atribuye la confesión de fe más elevada y completa: "!Señor mío y Dios mío!" (v. 28). Aplica al Resucitado los nombres bíblicos de Dios, YHWH y Elohím, y el posesivo "mío" indica su plena adhesión de amor, más que de fe, a Jesús. La visión conduce a Tomás a la fe, pero el Señor declara, de manera abierta, para todos los tiempos: bienaventurados aquellos que crean por la palabra de los testigos, sin pretender ver.

Éstos experimentarán la gracia de una fe pura y desnuda que, sin embargo, es confirmada por el corazón y lo hace exultar con una alegría inefable y radiante (1 Pe 1,8). Los vv. 30s constituyen la primera conclusión del evangelio de Juan: se trata de un testimonio escrito que no pretende ser exhaustivo, sino sólo suscitar y corroborar la fe en que "Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios" (cf. Mc 1,1).


     



Vio y creyó.

 



     Domingo de Resurrección del Señor 

 

Los discípulos, antes de encontrar al Señor resucitado, pasan por la dolorosa experiencia de la tumba vacía: constatan la ausencia del cuerpo de Jesús. El cuarto evangelista subraya sobremanera este elemento, introduciendo una dialéctica de visión-fe-visión espiritual que recorre de manera creciente los capítulos 20-21, interpelando también al lector y a todos aquellos que creen sin haber visto (20,29). En esta perícopa se expresa esto mismo mediante el uso de tres verbos diferentes, traducidos en nuestro texto por "ver y comprobar", y que indican matices diferentes (vv. 1.5; v. 7; v. 8).

Los relatos de la resurrección se abren con dos precisiones cronológicas: "El domingo por la mañana" "muy temprano, antes de salir el sol". El día inicial de una nueva semana se convertirá así en el comienzo de una creación nueva, en verdadero "día del Señor" (dies dominica), en el que la fe amorosa, no iluminada todavía por la luz del Resucitado, camina, a pesar de todo, en la oscuridad y va más allá de la muerte.

María Magdalena es el prototipo de esta fidelidad. Al llegar al sepulcro -probablemente no sola, como muestra el plural del v. 2b- "captó con la mirada" (blépei, v. 1) que la piedra que tapaba la entrada había sido rodada.

Como dominada por la realidad que ve, no se da cuenta de nada más, y corre enseguida a denunciar la ausencia del Señor a Pedro -cuya importancia en los acontecimientos pascuales es realzada por toda la tradición y "al otro discípulo a quien Jesús tanto quería", probablemente el mismo Juan a quien remonta la tradición del cuarto evangelio. Este último fue el primero en llegar al sepulcro, pero no entró enseguida; también él "captó con la mirada" (blépei, v. 5) primero las vendas mortuorias de lino. Llega Pedro, entra y "se detiene a contemplar" {theoréi, v. 6) las vendas "mortuorias" -lo que permite pensar que se habían quedado en su sitio, aflojadas por estar vacías del cuerpo que contenían- y el sudario que cubría el rostro, enrollado en un lugar aparte.

El evangelista nos suministra unas notas preciosas. Resulta significativa la diferencia entre estos detalles y los correspondientes a la resurrección de Lázaro (11,44). El lento examen a que somete la mirada de Pedro cada detalle particular dentro del sepulcro vacío crea un clima de gran silencio, de expectante interrogación... "Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro. Vio y creyó" (v. 8). El verbo usado aquí es éiden; para comprender su significado basta con pensar que de él procede nuestra palabra "idea". Ahora el discípulo, al ver, intuye lo que ha sucedido. Pasa de la realidad que tiene delante a otra más escondida, llega a la fe, aunque se trata aún de una fe oscura, como muestran el v. 9 y la continuación del relato. De éste se desprende que la fe no es, para el hombre, una posesión estable, sino el comienzo de un camino de comunión con el Señor, una comunión que ha de ser mantenida viva y en la que hemos de ahondar más y más, para que llegue a la plenitud de vida con él en el reino de la luz infinita.


     



Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

 


     Domingo de Ramos en la Pasión del Señor 

 

Renovamos nuestro propósito de seguir a Jesús con una fe pura y sencilla. Los episodios evangélicos que la liturgia quiere que revivamos hoy nos ponen frente a dos escenas claramente opuestas entre sí. La multitud que sigue a Jesús con entusiasmo, poco después cae en la desilusión y se muestra indiferente o temerosa al cambiar la situación. Antes, cantaba gozosa: "Hosanna", y luego, en el momento de la pasión, mira desde lejos, muda, impotente, incluso a veces grita: "!Crucifícalo!".

Pues bien, si por nuestra debilidad, en tantos momentos de nuestra existencia nos hemos quedado también nosotros mirando al Señor de lejos, en vez de seguirle animosamente por el camino de la cruz, por lo menos ahora deseemos renovarnos interiormente, pidiendo participar intensamente en su pasión. Y si no se nos ha concedido llevar en el cuerpo los signos de esta comunión, que podamos al menos aceptar en silencio, por su amor, cualquier humillación y aceptar con mansedumbre todas las pruebas de la vida

Mantengamos viva en el corazón la esperanza, como María, que permaneció firme a los pies de la cruz, segura de que las tinieblas del Viernes Santo se desgarrarían en el alba de la resurrección.


     



Noches oscuras del corazón. Artículo.

Hay momentos en que nuestro mundo se desmorona. ¿Quién no ha tenido esa sensación? «¡Me estoy desmoronando! ¡Esto me supera! ¡Mi corazón está roto! ¡Me siento traicionado por todo! ¡Nada tiene sentido! ¡La vida está patas arriba!»

Jesús tenía una imagen cósmica para esto. En los Evangelios, habla de cómo el mundo tal como lo experimentamos algún día terminará: «El sol se oscurecerá, la luna no dará su luz, las estrellas caerán del cielo y los poderes del cielo serán sacudidos». Cuando Jesús dice esto, no está hablando tanto de cataclismos cósmicos como de cataclismos del corazón. A veces, nuestro mundo interior se sacude, se pone patas arriba; se oscurece en pleno día, hay un terremoto en el corazón; experimentamos el fin del mundo tal como lo conocíamos.

Sin embargo, en esta agitación, Jesús nos asegura que una cosa permanece segura: la promesa de fidelidad de Dios. Eso no se pone patas arriba y en nuestra desilusión se nos da la oportunidad de ver lo que realmente es sustancial, permanente y digno de nuestras vidas. Así, idealmente al menos, cuando nuestro mundo de confianza se pone patas arriba, se nos da la oportunidad de crecer, de ser menos egoístas y de ver la realidad con mayor claridad.

Los místicos cristianos llaman a esto «una noche oscura del alma» y lo expresan como si Dios estuviera activamente poniendo nuestro mundo patas arriba y causando deliberadamente todo el dolor para purificarnos y limpiarnos.

El gran místico español Juan de la Cruz lo expresa de esta manera: Dios nos da temporadas de fervor y luego las quita. En nuestras temporadas de fervor, Dios nos da consuelo, placer y seguridad dentro de nuestras relaciones, nuestra oración y nuestro trabajo (a veces con considerable pasión e intensidad). Este es un regalo de Dios y está destinado a ser disfrutado. Pero Juan nos dice que, en cierto punto, Dios quita el placer y el consuelo y experimentamos una cierta noche oscura en la que, donde una vez sentimos fuego, pasión, consuelo y seguridad, ahora sentiremos sequedad, aburrimiento, desilusión e inseguridad. Para Juan de la Cruz, todas las lunas de miel eventualmente terminan.

¿Por qué? ¿Por qué haría Dios esto? ¿Por qué no puede durar una luna de miel para siempre?

Porque eventualmente, aunque no inicialmente, nos impide ver con claridad. Inicialmente, todos esos sentimientos maravillosos que sentimos cuando nos enamoramos por primera vez, cuando comenzamos a orar profundamente por primera vez y cuando comenzamos a encontrar nuestro camino en el mundo por primera vez. Estos son parte del plan de Dios y la forma en que Dios nos atrae hacia adelante. La pasión y el consuelo que sentimos nos ayudan a salir de nosotros mismos, más allá del miedo y el egoísmo. Pero, eventualmente, los buenos sentimientos mismos se convierten en un problema porque podemos quedarnos atascados en ellos en lugar de en lo que hay detrás de ellos.

Las lunas de miel son maravillosas; pero, en una luna de miel, con demasiada frecuencia estamos más enamorados de estar enamorados y de toda la energía maravillosa que esto crea, que enamorados de la persona detrás de todos esos sentimientos. Lo mismo ocurre con la fe y la oración. Cuando comenzamos a orar seriamente por primera vez, a menudo estamos más enamorados de la experiencia de orar y de lo que está haciendo por nosotros, que enamorados de Dios. En cualquier luna de miel, no importa cuán intensos y puros parezcan los sentimientos, esos sentimientos todavía son en parte sobre nosotros mismos en lugar de puramente sobre la persona que creemos amar. Lamentablemente, es por eso que muchas lunas de miel cálidas y apasionadas eventualmente se convierten en una relación fría y sin pasión.

Hasta que somos purificados, y somos purificados precisamente a través de noches oscuras de desilusión, todavía nos buscamos demasiado a nosotros mismos en el amor y en todo lo demás. Teresa de Lisieux solía advertir: «¡Ten cuidado de no buscarte a ti mismo en el amor, terminarás con el corazón roto de esa manera!» Tendríamos menos dolores de corazón si entendiéramos eso. Además, antes de que seamos purificados por la desilusión, la mayoría de las lágrimas que derramamos, no importa cuán real sea el dolor o la pérdida, a menudo dicen más sobre nosotros que sobre la persona o situación que supuestamente estamos lamentando.

En todo esto, hay malas y buenas noticias: La mala noticia es que casi todo lo que sentimos como precioso algún día nos será arrebatado. Todo es crucificado, incluyendo cada sentimiento de calidez y seguridad que tenemos. Pero la buena noticia es que todo será devuelto de nuevo, más profundamente, más puramente e incluso con más pasión que antes.

Lo que hacen las noches oscuras del alma, los cataclismos del corazón, es quitar todo lo que se siente como tierra sólida para que terminemos en una caída libre, incapaces de aferrarnos a nada que alguna vez nos sostuvo. Pero, al caer, nos acercamos a la roca madre, a Dios, a la realidad, a la verdad, al amor, a los demás, más allá de las ilusiones, más allá del egoísmo y más allá del amor interesado que puede disfrazarse de altruismo. La claridad en la vista viene después de la desilusión, la pureza de corazón viene después del desamor y el amor real viene después de que la luna de miel ha pasado. Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés / Imágen: Depositphotos  

El amor y la fe como fidelidad. Artículo.

Hace varios años, un amigo mío hizo una propuesta de matrimonio muy poco romántica a su prometida. Tenía poco más de cuarenta años y había sufrido varias desilusiones amorosas, algunas de ellas, según su propia confesión, fueron su culpa, resultado de cambios inesperados en sus sentimientos. Ahora, en la mitad de su vida y luchando por no desilusionarse del amor y el romance, conoció a una mujer a la que respetaba y admiraba mucho, con quien sentía que quería construir una vida. Pero, inseguro de sí mismo, fue humilde en su propuesta.

En esencia, esta fue su propuesta: «Quisiera pedirte que te cases conmigo, pero necesito poner las cartas sobre la mesa. No pretendo saber lo que significa el amor. Hubo un tiempo en mi vida en el que pensé que lo sabía, pero he visto mis propios sentimientos y los de los demás cambiar con demasiada frecuencia, de formas que me han hecho perder confianza en mi comprensión del amor. Así que seré honesto: no puedo prometerte que siempre sentiré amor por ti. Pero sí puedo prometer que siempre seré fiel, que siempre te trataré con respeto, que siempre haré todo lo posible por estar a tu lado para ayudarte a alcanzar tus propios sueños y que siempre seré un compañero honesto en la construcción de una vida juntos. No puedo garantizar cómo me sentiré siempre, pero sí puedo prometer que nunca te traicionaré con infidelidad.»

Esta no es precisamente el tipo de propuesta de matrimonio que vemos en nuestras películas y novelas románticas, las cuales se basan en la creencia ingenua de que la pasión y la emoción que experimentamos cuando nos enamoramos permanecerán así para siempre. Su propuesta es madura, una que no promete ingenuamente algo que no puede cumplir.

Además de guiarnos hacia una comprensión más madura del amor, esta historia también es una buena imagen de cómo funciona la fe. La fe, al igual que el amor, al final es más cuestión de fidelidad en nuestras acciones que de fervor en nuestros sentimientos. Aquí hay un ejemplo.

Cuando estaba en el seminario, un compañero mío se fue un verano a hacer un retiro de treinta días. Su objetivo era intentar adquirir una fe que sintiera con más fervor, que afectivamente le calentara el corazón. Sufría de lo que describía como una fe «estoica», una sensación interna de la realidad y el amor de Dios, pero que no se traducía en sentimientos cálidos de seguridad sobre la existencia y el amor de Dios. Según su propia confesión, le faltaba afectividad, fuego, emoción y calidez en su fe, y se fue en busca de eso.

Regresó del retiro aún estoico, aunque cambiado de todos modos: «Nunca obtuve lo que pedí,» dijo, «pero obtuve otra cosa. Aprendí a aceptar que mi fe tal vez siempre será estoica, y aprendí también que esto está bien. No necesariamente tengo que tener sentimientos cálidos e imaginativos sobre mi fe. No necesito estar lleno de emoción y fuego. Solo necesito ser fiel en mis acciones, no traicionar lo que creo. Para mí, la fe ahora significa que debo vivir mi vida con caridad, respeto, paciencia, castidad y generosidad. Solo tengo que hacerlo; no necesito sentirlo siempre.»

La fe y el amor se identifican con demasiada facilidad con sentimientos emocionales, pasión, fervor, afectividad y fuego romántico. Y esos sentimientos son parte del misterio del amor, una parte que estamos llamados a abrazar y disfrutar. Pero, por maravillosos que sean esos sentimientos, como la experiencia lo demuestra, son frágiles y efímeros. Nuestro mundo puede cambiar en quince segundos, porque podemos enamorarnos o desenamorarnos en ese tiempo. Los sentimientos apasionados y románticos son parte del amor y de la fe, aunque no la parte más profunda, y no una parte sobre la que tengamos mucho control emocional.

Así que, aunque no sea romántico, me gusta el enfoque estoico que expresa la propuesta de matrimonio de mi amigo, especialmente en lo que respecta a la fe. Para algunos de nosotros, la fe nunca será, excepto en períodos breves, algo que encienda nuestras emociones y nos llene de calidez. Sabemos cuán efímeros pueden ser los sentimientos.

Al igual que mi compañero con la fe «estoica», algunos de nosotros tal vez tengamos que conformarnos con una fe que le diga a Dios, a los demás y a nosotros mismos: «No puedo garantizar cómo me sentiré en un día cualquiera. No puedo prometer que siempre tendré pasión emocional por mi fe, pero sí puedo prometer que siempre seré fiel, que siempre actuaré con respeto y que siempre haré todo lo posible, dentro de mis limitaciones humanas, para ayudar a los demás y a Dios.»

El amor y la fe se manifiestan más en la fidelidad que en los sentimientos. No podemos garantizar cómo nos sentiremos siempre, ¡pero sí podemos vivir con la firme determinación de no traicionar lo que creemos!  Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés / Imágen: Depositphotos

Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

 



     Domingo V de Cuaresma

 

El quinto domingo de cuaresma tiene como característica peculiar la intensidad de la voz del Justo rodeado por sus perseguidores. Es un presagio de la pasión. Jesús está cada vez más solo. Está solo sobre todo porque ha decidido llevar a cabo su misión hasta sus últimas consecuencias llegando donde nadie ha llegado y nadie le puede ayudar fuera del Padre. Es admirable que, precisamente en esta hora de mayor soledad, él manifieste plenamente la grandeza de su amor por los hermanos, su capacidad de cargar con todo el peso del pecado de los hombres para expiarlo. Tenemos una prueba patente en el evangelio que nos ofrece la liturgia de hoy, y que podemos vivirlo como protagonistas.

La escena es impresionante: escribas y fariseos someten a Jesús a una especie de proceso poniéndole delante la mujer adúltera. En el silencio se oyen graves palabras..., los acusadores se alejan bajo el peso de su orgullo y su mentira. Sólo se queda la mujer, pobre pecadora, bajo la mirada misericordiosa de Jesús. Así puede recibir el perdón y ser renovada en su amor: "Anda, y no peques más".

También nosotros debemos presentarnos a él, junto con nuestros hermanos, para pedir no la condena, sino el perdón. El perdón nos hace fieles al "mandamiento nuevo", nos hace pasar a la "novedad" de vida, convirtiéndonos en testigos de esperanza, fuertes por la ayuda del Señor. Nos es necesaria la constancia para perseverar en nuestro camino de conversión y llegar a la pascua con plenitud de gozo.


     




Nuestra lucha con el amor. Artículo.

Hace varios años, un ministro presbiteriano al que conozco desafió a su feligresía a abrir más plenamente sus puertas y su corazón a los pobres. Al inicio, la feligresía respondió con entusiasmo, y fueron presentados   algunos de los programas para invitar a la gente de las áreas económicas menos privilegiadas de la ciudad, e incluso a alguna de la calle, a acudir a su iglesia.

Pero el romance pronto se esfumó, a la vez que empezaban a desaparecer tazas de café y otros artículos sueltos, eran sustraídos algunos bolsos, y dejaban  frecuentemente la iglesia y el lugar de encuentro desordenados y sucios. Algunos feligreses empezaron a quejarse y pidieron acabar con el experimento. “¡Esto no es lo que esperábamos! ¡Nuestra iglesia ya no está limpia ni segura! ¡Queríamos acercarnos a esta gente, y esto es lo que  logramos! ¡Esto se encuentra demasiado desordenado como para continuar!”

Pero el ministro no se desanimó, e indicó que sus expectativas eran ingenuas, que lo que estaban experimentando era cabalmente parte de lo que costaba el acercamiento a los pobres, y que Jesús nos advierte de que amar es inseguro y desordenado, no sólo al acercarse a los pobres sino al acercarse a cualquiera.

Pensando en nosotros, nos gusta imaginarnos amables y cercanos; pero, a decir verdad, eso frecuentemente es expresado con una noción ingenua de amor. Luchamos por amar como Jesús nos invita a amar, o sea, amarnos unos a otros como yo os he amado. La última cláusula de la frase contiene el auténtico desafío. Jesús no dice: amaos unos a otros de acuerdo con las reacciones espontáneas de vuestro corazón; ni tampoco, amaos unos a otros como la sociedad define el amor, sino esto: amaos unos a otros como yo os he amado.

Y, generalmente, nos esforzamos por hacer eso.

. Luchamos por amar a nuestros enemigos, por ofrecer la otra mejilla y por llegar a abrazar a los que nos odian. Luchamos por orar por los que se oponen a nosotros.

. Luchamos por perdonar a los que nos hacen daño, por perdonar a los que asesinan a nuestros seres queridos. Luchamos por pedir a Dios que perdone a los que nos están haciendo daño. Luchamos por creer, como Jesús,  que en realidad no saben lo que están haciendo.

. Luchamos por ser de gran corazón y tomar la actitud correcta cuando hemos sido desdeñados o ignorados, y luchamos entonces por permitir que la comprensión y la empatía reemplacen a la amargura y nuestro impulso a separarnos. Luchamos por dejar que los resentimientos se alejen.

. Luchamos por ser vulnerables, por arriesgarnos a la humillación y rechazo en nuestras ofertas de amor. Luchamos por vencer nuestro miedo a sentirnos incomprendidos, a no quedar bien, a mostrarnos débiles y sin  autoridad. Luchamos por salir descalzos, por amar sin seguridad en nuestros bolsillos.

. Luchamos por abrir nuestros corazones lo bastante  como para imitar el abrazo universal e indiscriminante de Jesús, por ensanchar nuestros corazones con el fin de ver a cada uno como hermano o hermana, sin que importe la raza, el color o la religión. Luchamos por dejar de fomentar el secreto de que nuestras propias vidas y las vidas de nuestros seres queridos son de más precio que las de los demás.

. Luchamos por hacer una opción preferente a favor de los pobres, por invitar a los pobres a nuestras mesas, por abandonar nuestra tendencia a preferir a la gente guapa e influyente.

. Luchamos por sacrificarnos hasta el punto de perder todo por la causa de los demás, dar la vida en realidad por nuestros amigos –y aun por nuestros enemigos-. Luchamos por estar preparados para morir por los que se oponen a nosotros y están tratando de crucificarnos.

. Luchamos por amar con pureza de corazón, por no buscarnos sutilmente a nosotros mismos en las relaciones con los demás. Luchamos por vivir castamente para respetar del todo y no violar a nadie más.

. Luchamos por caminar con paciencia, dando a los demás todo el espacio que necesitan para relacionarse con nosotros de acuerdo con los propios dictados de su interior. Luchamos por sudar sangre con el fin de ser fieles. Luchamos por permanecer con la paciencia precisa, en el tiempo cabal de Dios, a la espera de su juicio sobre lo correcto y lo incorrecto.

. Luchamos por repeler nuestra tendencia natural a juzgar a otros, para no imputar motivos. Luchamos por reservar el juicio a Dios.

. Finalmente -no lo menos importante- luchamos por amarnos y perdonarnos a nosotros mismos, sabiendo que ningún error que cometamos nos corta la relación con Dios. Luchamos por confiar en que el amor de Dios es suficiente y que estamos por siempre bien asidos a su infinita misericordia.

Sí, el amor es una lucha.

Después de que muriera su esposa Raissa, Jaques Maritain editó un libro con sus diarios. En el prefacio de presentación de ese libro, describe su lucha con la enfermedad que al fin acabó con ella. Severamente debilitada  e incapaz de hablar, luchó valientemente en sus postreros días. Su sufrimiento, a la vez, puso a prueba y maduró la propia fe de Maritain. Notablemente sereno al ver los sufrimientos de su esposa, escribió: “Sólo dos clases de personas piensan que el amor es fácil: los santos, que a lo largo de sus numerosos años de autosacrificio han logrado un hábito de virtud, y las personas ingenuas que no saben de lo que están tratando”. Tenía razón. Sólo los santos y los que son ingenuos piensan que el amor es fácil. Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés / Imágen: Depositphotos