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Le pediré al Padre que os dé otro Paráclito

 



VI Domingo de Pascua 


En el "discurso de despedida", Jesús ayuda a sus discípulos a comprender el sentido y el valor de su "ir al Padre", y les consuela por la pena que esta separación produce en ellos. Ese consuelo toma el significado concreto de una salida de sí para adherirse plenamente a la voluntad de Dios. La pascua estará completa si también los discípulos hacen su éxodo como Cristo. El éxodo que deben realizar no es ya de naturaleza geográfica, sino de orden espiritual, y se condensa en una actitud de obediencia: "Si me amáis, obedeceréis mis mandamientos" (v. 15).

        El amor a Jesús no es un sentimiento, sino una vida fiel a su Palabra; tampoco es un sentimiento el amor de Jesús por los hombres. El amor es una persona, es Dios mismo, es el Espíritu Santo, que une al Hijo con el Padre en la eternidad y que ha sido derramado en el corazón de los creyentes (cf. Rom 5,5). En el cuarto evangelio se designa al Espíritu con un término tomado del vocabulario forense: Paráclito, "abogado defensor" o, mejor aún -puesto que esta función era desconocida para el derecho judío-, el "testigo a favor". De ahí la traducción: "Consolador". Jesús es el primer "paráclito" enviado por el Padre: tras su partida intercederá ante Dios para que envíe "otro paráclito", que permanecerá para siempre con los suyos. El "mundo" ignora su presencia, porque no es perceptible a los sentidos, aunque quienes están atentos a las cosas de Dios la conocen.

En la vida de la Iglesia todo se mueve al son del Espíritu: él es quien ora en los que oran; él es quien guía a la verdad completa; es también él quien mueve al arrepentimiento a los que han caído en pecado y abre los corazones a la conversión; él es quien hace comprender la inefable unidad entre el Padre y Jesús, y quien introducirá en ella a los discípulos (v. 20). Su presencia es para cada hombre la prenda de la misma vida eterna (v. 19), de la manifestación plena del rostro de Dios y de la comunión total con él: "El que acepta mis preceptos y los pone en práctica, ése me ama... y me manifestaré a él" (v. 21).

En el orden cotidiano de nuestra vida no tenemos siempre presente el motivo de nuestra alegría y de nuestra esperanza. Para que eso ocurra es preciso vivir con la mirada del corazón dirigida a Cristo, que repite más veces: "Si me amáis...". Todo depende de este "si".

Sin embargo, amar es lo que más difícil nos resulta, porque prevalece en nosotros la yesca del egoísmo y del orgullo, del repliegue en nosotros mismos, por encima del impulso a ofrecernos a los otros. A menudo, víctimas de nuestro mismo egoísmo, pecamos contra Dios y contra los hermanos. El amor está herido por nuestros rechazos y por nuestras avaricias. !Cuántas veces nos encontramos haciendo cálculos o dispuestos a amar sólo hasta cierto punto, sólo si vemos alguna utilidad práctica, algún resultado efectivo; en resumidas cuentas, sólo si, en definitiva, podemos sacar alguna ganancia!

Sin embargo, es siempre el amor mismo, en su gratuidad más total, la mayor ventaja. Sólo quien ama vive de verdad. Quien no ama está en la muerte. Así se revela el misterio de la alegría. Vivir la pascua significa redescubrir cada día que estamos llamados al amor y a la comunión. Que aunque somos débiles y con frecuencia nos sentimos aplastados por muchas preocupaciones y sufrimientos, se nos conceda no perder nunca el deseo de ser testigos del amor. Que cada día podamos decirle al Seńor: "Concédeme, hoy, ser motivo de consuelo para mis hermanos, en especial para los más tristes y los que pasan por las pruebas más difíciles". "Concédeme, hoy, hacer brillar un rayo de luz en el camino de quienes no conocen la belleza de la vida". Que cada día podamos decir: he aquí la pascua. Que cada mańana podamos ponernos en camino impulsados por el Espíritu de amor, y así ya nada podrá asustarnos: hasta el dolor y la muerte se volverán acontecimientos de amor, acontecimientos pascuales, pasos a la vida nueva.



Yo soy el camino, la verdad y la vida

 




V Domingo de Pascua 


Se trata de una perícopa tomada de los "discursos de despedida" que Jesús dirigió a los suyos durante la última cena, palabras que ahora se dirigen a la Iglesia.

El clima está cargado de dolorosa sorpresa por la predicción de la traición de uno de los apóstoles y de la triple negación de Pedro, y, al mismo tiempo, está invadido por un atormentado afecto a causa de la inminente separación. De ahí que Jesús consuele a los discípulos invitándoles a que tengan una fe más grande (v. 1) no sólo en Dios, sino también en él, que es el Hijo amado de Dios. Su "éxodo" ha de pasar, ciertamente, a través de la muerte y el descenso a los infiernos, pero tendrá como meta la "casa del Padre". Y precisamente en ella se detiene ahora Jesús. También es posible hacer frente al camino de la pasión con la mirada fija en el cielo. Él "se va", pero su partida no es definitiva; se va a preparar "un lugar" para ellos (v. 2). De este modo explica el sentido de su muerte de cruz y anuncia al mismo tiempo su retorno, aludiendo tanto a la resurrección -que, para los creyentes, ya es desde ahora anticipo de la vida eterna- como a la parusía, o sea, al retorno glorioso al final de los tiempos.

Con todo, el discurso de Jesús sigue estando oscuro para los discípulos, y sus preguntas inician un diálogo que nos ofrece revelaciones significativas por parte de Jesús. En el v. 7, por ejemplo, afirma Jesús su unidad perfecta con el Padre, hasta el punto de que verle a él es ver a Dios. Es Dios quien le ha enviado, y Jesús le obedece en todo (v. 10b), lo que le permite revelarlo de un modo completamente transparente. Sus "obras" dan testimonio de ello (v. 11). Del mismo modo, quien crea en él participará de su mismo poder divino y así se hará manifiesta la plena reconciliación acaecida entre el cielo y la tierra.

Jesús se manifiesta como camino, verdad y vida, y se entrega a nosotros a fin de que podamos alcanzar la verdadera y plena libertad ofrecida a los hijos de Dios para entrar en la heredad eterna. Se dirige a nosotros interrogándonos sobre la profundidad de nuestra relación con él. Es posible, en efecto, ser cristiano, comulgar, participar en todas las peregrinaciones y en todas las iniciativas y, sin embargo, no llegar nunca a conocer a Jesús, permaneciendo siempre en la superficie. Conocer a Jesús significa, más bien, experimentarlo interiormente, reconocer que él es el Hijo enviado por el Padre para salvarnos, la expresión del amor infinito de Dios por nosotros.

Todo eso es posible sólo mediante la fe. Creer es confiarse. No es comprender racionalmente; es acoger, dar crédito, encontrarse con el Seńor y considerarlo en verdad como aquel que mueve los hilos de nuestra vida y dispone el desarrollo de todos los acontecimientos. Hasta que no lleguemos a esta experiencia de comunión -es decir, de abandono de nosotros mismos en aquel que nos ha incorporado a sí mismo en el bautismo- no podremos decir que conocemos plenamente a Jesús y, en él, al Padre. Ahora bien, para esto nos ha sido dado el Espíritu Santo. Él nos permite caminar por el sendero de Dios seguros de que lo dispone todo para nuestro bien.



Yo soy la puerta de las ovejas





IV Domingo de Pascua 


El capítulo 10 del evangelio de Juan, un capítulo dominado por la figura del buen pastor, deber ser leído en el contexto que le corresponde para comprenderlo más a fondo. En efecto, en el capítulo 9, se había revelado Jesús como "luz del mundo" a través de la curación del ciego de nacimiento, y, al realizar ese milagro, puso asimismo de relieve la ceguera espiritual de los jefes de los judíos (9,40s). Ahora bien, el Henoc etíope -un texto apócrifo contemporáneo- describe toda la historia de Israel hasta la venida del Mesías como una alternación de momentos de ceguera y de posesión de la vista por parte de las ovejas, en virtud de los sucesivos representantes de Dios, los pastores de su pueblo. Eso significa que Jesús, después de haber mostrado que tiene el poder de devolver la vista, puede afirmar que es el único pastor que lleva las ovejas a la salvación, el Mesías esperado.

Todo el pasaje está compuesto con materiales tradicionales y heterogéneos. En su origen debieron figurar fragmentos inconexos y unidos sólo con sistemas mnemónicos: eso explica la fluidez de las imágenes y la dificultad para coordinar los discursos en una secuencia lógica. En este primera perícopa se identifica Jesús, de manera implícita, con el pastor de las ovejas que entra en el recinto (en griego, aulé) pasando por la puerta. Dado que el término aulé significa también el patio del templo donde se reúne el pueblo de Dios, Jesús asume legítimamente la guía del mismo con una autoridad que le viene de Dios, a diferencia de los "ladrones y salteadores". Como los pastores de Palestina, que lanzaban una llamada característica para hacerse reconocer por su propio rebańo, también Jesús conoce a sus ovejas, y estas reconocen su voz. El buen pastor las saca fuera el Mesías guía al pueblo en un éxodo salvífico- "y las ovejas le siguen" con una intuición segura (vv. 4s). Dado que los oyentes no le comprenden, recurre Jesús a una nueva imagen (vv. 6-10): él es "la puerta de las ovejas", del mismo modo que es el camino, esto es, "el único mediador entre Dios y los hombres" (1 Tim 2,5).

Quien pasa a través de su mediación encontrará la salvación, la seguridad y el "sustento", o sea, la plenitud de la vida. La misión del pastor es precisamente ponerse al servicio de las ovejas, en contraposición a cuantos se arrogan una autoridad sobre el pueblo que Dios no les ha conferido (vv. 9s) y, por eso, se convierten en una explotación egoísta, en atropello, en violencia.

Todas las lecturas de hoy tienen como fondo la presencia de Cristo, buen pastor, enviado por el Padre a reunir la grey. El Evangelio define también al pastor como la "puerta" que introduce en el redil. Él es quien hace entrar en la intimidad y en la comunión de vida con el Padre. Ésta es la orientación de toda la vida de los hombres: volver a casa, al seno del Padre, de donde ha venido Cristo y a donde ha vuelto tras haber realizado su misión de salvarnos.

En consecuencia, el tiempo presente es un tiempo de camino, de retorno, de búsqueda, de nostalgia, y lodo lo que nos sucede tiene un sentido referido a la meta que debemos alcanzar. Pues bien, el designio de Dios se presenta, justamente, como un ir a buscar a los hombres dispersos para llevarlos a la salvación, a la vida. Y Jesús es la puerta por la que es preciso que entremos: la puerta de la salvación, de la vida, de la esperanza. Es todo eso y mucho, mucho más.

Sin embargo, !qué difícil resulta tener la humildad de reconocer su voz de verdadero pastor, que nos invita a salir de las estrecheces de nuestro egoísmo para introducirnos en el Reino de la verdadera libertad! Toda nuestra vida se juega en nuestra decisión de escuchar, seguir y entrar en Jesús.



Lo reconocieron al partir el pan

 






III  Domingo de Pascua 


En esta aparición del Resucitado pone Lucas de relieve un rasgo fundamental: la importancia que tiene la Sagrada Escritura para encontrar de verdad a Cristo resucitado. Para intuir su misterio es necesario recordar y creer la Palabra (vv. 25-27.32; cf. asimismo los vv. 6b.44s), puesto que en ella se ha revelado el designio divino que Cristo debía cumplir, a través del sufrimiento y do la muerte, para entrar en la gloria (v. 26). De este modo realiza, más allá de toda mesura, la esperanza de redención alimentada por toda la humanidad (v. 21). Jesús mismo, el desconocido compańero de camino, explica las escrituras a quien se pone a la escucha con un vivo inicies (v. 29a). A lo largo del camino se produce así el paso de la tristeza desalentada (v. 17b) a la alegría que pone ardiente el corazón (v. 32), hasta que llegan al reconocimiento del Resucitado a través de un gesto tan cotidiano como significativo: la fracción del pan (vv. 30.35). El modo de realizar ciertos gestos revela, en efecto, la identidad del que los hace. Por eso desaparece el peregrino. Sin embargo, ahora ha dejado de ser un desconocido: es el Seńor, el Maestro, el Pan vivo siempre presente en medio de los suyos; éstos, a su vez, de simples viajeros se vuelven testigos, misioneros, adoradores en espíritu y en verdad.

No será inútil subrayar que toda celebración eucarística vuelve a proponer el mismo camino de los discípulos de Emaús: desde los ritos iniciales, pasando por la escucha de la Palabra y la liturgia eucarística, hasta la despedida final, se lleva a cabo, por obra de la gracia, un encuentro cada vez más profundo y real con Jesús crucificado y resucitado.

El reconocimiento de Jesús resucitado tiene lugar en un instante, mediante una intuición resplandeciente; a continuación, todo vuelve a la normalidad. Así fue también con los discípulos de Emaús. Después de aquel instante intuitivo, tras aquella mirada que penetra más allá del velo de la carne, desaparece Jesús y todo vuelve a ser, aparentemente, como antes: la posada, la mesa, el pan, los compańeros. Todo igual, pero, sin embargo, todo es ahora distinto. Se trata de una experiencia inexpresable. También hoy todas las personas y todas las cosas nos reservan sorpresas, porque en todas ellas podemos encontrar a Jesús. Ser cristiano significa vivir en medio de un estupor siempre renovado, en un estado de continua espera de sorpresas. Cada momento puede ser el de la revelación del misterio, porque nuestra vida está ahora ligada indisolublemente a Jesús, invisible a los ojos, pero realmente presente entre nosotros. Toda realidad es epifanía de su presencia como "Emmanuel". A nosotros nos corresponde purificar de continuo nuestra mirada en la adoración para poder vislumbrarlo en la llama de los acontecimientos más pobres y cotidianos. Es él, siempre él, el que viene a nosotros a través de todo aquello que acogemos con fe.


A los ocho días, llegó Jesús

  



II  Domingo de Pascua 


Estos dos episodios, próximos y relacionados con un mismo tema -el de la fe- son, el eco fiel de cuanto ha sucedido en los corazones de los apóstoles tras la muerte de Jesús.

En el primero de ellos (vv. 19-22), el Resucitado se aparece a los once, que, a pesar del anuncio de María Magdalena (v. 18), están encerrados todavía en el cenáculo por miedo a los judíos. Jesús supera las barreras que se le interponen: pasa a través de las puertas, manifestando que su condición es completamente nueva, aunque no ha desaparecido nada de los sufrimientos que padeció en la carne. La insistente referencia al costado traspasado de Jesús es propia de Juan, que, de este modo, quiere indicar el cumplimiento de las profecías en Jesús (Ez 47,1; Zac 12,10.14). El tradicional saludo de paz asume también en sus labios un sentido nuevo: de augurio -"la paz esté con vosotros"- se convierte en presencia -"la paz está con vosotros". La paz, don mesiánico por excelencia, que incluye todo bien, es, por tanto, una persona: es el Seńor crucificado y resucitado en medio de los suyos ("se presentó": vv. 19b.26b y, antes, v. 14). Al verlo, los discípulos quedan colmados de alegría y confirmados en la fe. El Espíritu que Jesús sopla sobre ellos, principio de una creación nueva (Gn 2,7), confiere los apóstoles una misión que prolonga la suya en el tiempo y en el espacio y les concede el poder divino de liberar del pecado.

El segundo cuadro (vv. 24-29) personaliza en Tomás las dudas y el escepticismo que atribuyen los sinópticos, de manera genérica, a "algunos" de los Doce, y que pueden surgir en cualquiera. Tomás ha visto la agonía de su Maestro y se niega a creer ahora en una realidad que no sea concreta, tangible, en cuanto al sufrimiento del que ha sido testigo (v. 25). Jesús condesciende a la obstinada pretensión del discípulo (v. 27), pues es necesario que el grupo de los apóstoles se muestre firme y fuerte en la fe para poder anunciar la resurrección al mundo.

Precisamente a Tomás se le atribuye la confesión de fe más elevada y completa: "!Seńor mío y Dios mío!" (v. 28). Aplica al Resucitado los nombres bíblicos de Dios, YHWH y Elohím, y el posesivo "mío" indica su plena adhesión de amor, más que de fe, a Jesús. La visión conduce a Tomás a la fe, pero el Seńor declara, de manera abierta, para todos los tiempos: bienaventurados aquellos que crean por la palabra de los testigos, sin pretender ver. Éstos experimentarán la gracia de una fe pura y desnuda que, sin embargo, es confirmada por el corazón y lo hace exultar con una alegría inefable y radiante (1 Pe 1,8). Los vv. 30s constituyen la primera conclusión del evangelio de Juan: se trata de un testimonio escrito que no pretende ser exhaustivo, sino sólo suscitar y corroborar la fe en que "Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios" (cf. Me 1,1).

Jesús quiere que expresemos nuestra unión con él y que correspondamos a su amor viviendo en comunión entre nosotros, dejándonos plasmar de verdad como criaturas nuevas que no viven aisladas, sino unidas, por haber sido incorporadas todas a él. Ése es el fruto de la pascua del Seńor. Los que han nacido del mismo seno de la Iglesia forman una sola familia. La novedad consiste precisamente en poder vivir con un solo corazón y una sola alma en el amor.

En el evangelio se aparece Jesús a los discípulos cuando están reunidos. Los abraza con su mirada, les da la paz, les entrega el Espíritu Santo y les muestra sus llagas, signos de la crucifixión. Jesús les hace constatar a través de las dudas de Tomás que el que está delante de ellos es de verdad el Seńor resucitado. También nosotros estamos reunidos hoy para tocar las llagas de Jesús, unas llagas gloriosas ahora, aunque siguen visibles en su cuerpo glorificado, como signo de su amor. Aparecen justamente como la declaración escrita, en su cuerpo, del amor que le llevó a morir por nosotros en la cruz.

Bienaventurados nosotros si, aunque no lo veamos con los ojos del cuerpo, creemos en el Seńor, creemos en su amor y besamos sus llagas. Cómo? Besaremos a Jesús cuando también nosotros seamos traspasados por clavos, por esas espinas que son las pruebas de la vida. Porque es siempre él quien sufre en nosotros, es siempre él quien es crucificado en nuestra humanidad, una humanidad que debe pasar también por el crisol del dolor. Es siempre él: es él quien ya ha sido glorificado en nosotros y, por consiguiente, está lleno de alegría; es él quien sigue sufriendo y, por consiguiente, gime. Por eso, si tenemos fe, también nosotros podremos sufrir juntos y alegrarnos, porque siempre estaremos unidos a él, en su misterio.



Fiesta de la Divina Misericordia. Segundo Domingo de Pascua. Indulgencia plenaria.

La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia.

La Fiesta de la Divina Misericordia tiene como fin principal hacer llegar a los corazones de cada persona el siguiente mensaje: Dios es Misericordioso y nos ama a todos ... "y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia" (Diario, 723). En este mensaje, que Nuestro Señor nos ha hecho llegar por medio de Santa Faustina, se nos pide que tengamos plena confianza en la Misericordia de Dios, y que seamos siempre misericordiosos con el prójimo a través de nuestras palabras, acciones y oraciones... "porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil" (Diario, 742).
Con el fin de celebrar apropiadamente esta festividad, se recomienda rezar la Coronilla y la Novena a la Divina Misericordia; confesarse -para la cual es indispensable realizar primero un buen examen de conciencia-, y recibir la Santa Comunión el día de la Fiesta de la Divina Misericordia.
En el domingo de la Divina Misericordia pueden obtener la indulgencia plenaria de la siguiente forma: confesando, comulgando, rezando una oración por el Papa (padrenuestro, credo o avemaría) y asistiendo a la Misa de celebración de la Divina Misericordia. Detalles
¿En qué consiste esta devoción? ¿Cuál es su origen? ¿Cómo se reza la Coronilla de la Divina Misericordia? Detalles / Infografía: PíldorasdeFe

La esencia de la devoción
1. Debemos confiar en la Misericordia del Señor.
Jesús, por medio de Sor Faustina nos dice: "Deseo conceder gracias inimaginables a las almas que confían en mi misericordia. Que se acerquen a ese mar de misericordia con gran confianza. Los pecadores obtendrán la justificación y los justos serán fortalecidos en el bien. Al que haya depositado su confianza en mi misericordia, en la hora de la muerte le colmaré el alma con mi paz divina".
2. La confianza es la esencia, el alma de esta devoción y a la vez la condición para recibir gracias.
"Las gracias de mi misericordia se toman con un solo recipiente y este es la confianza. Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá. Las almas que confían sin límites son mi gran consuelo y sobre ellas derramo todos los tesoros de mis gracias. Me alegro de que pidan mucho porque mi deseo es dar mucho, muchísimo. El alma que confía en mi misericordia es la más feliz, porque yo mismo tengo cuidado de ella. Ningún alma que ha invocado mi misericordia ha quedado decepcionada ni ha sentido confusión. Me complazco particularmente en el alma que confía en mi bondad".
3. La misericordia define nuestra actitud ante cada persona.
"Exijo de ti obras de misericordia que deben surgir del amor hacia mí. Debes mostrar misericordia siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo ni excusarte ni justificarte. Te doy tres formar de ejercer misericordia: la primera es la acción; la segunda, la palabra; y la tercera, la oración. En estas tres formas se encierra la plenitud de la misericordia y es un testimonio indefectible del amor hacia mí. De este modo el alma alaba y adora mi misericordia".
4. La actitud del amor activo hacia el prójimo es otra condición para recibir gracias.
"Si el alma no practica la misericordia de alguna manera no conseguirá mi misericordia en el día del juicio. Oh, si las almas supieran acumular los tesoros eternos, no serían juzgadas, porque la misericordia anticiparía mi juicio".
5. El Señor Jesús desea que sus devotos hagan por lo menos una obra de misericordia al día.
"Debes saber, hija mía que mi Corazón es la misericordia misma. De este mar de misericordia las gracias se derraman sobre todo el mundo. Deseo que tu corazón sea la sede de mi misericordia. Deseo que esta misericordia se derrame sobre todo el mundo a través de tu corazón. Cualquiera que se acerque a ti, no puede marcharse sin confiar en esta misericordia mía que tanto deseo para las almas".
La Santa Sede decreta día de la Divina Misericordia
Una propuesta de Santa Faustina Kowalska
La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos publicó el 23 de mayo del 2000 un decreto en el que se establece, por indicación de Juan Pablo II, la fiesta de la Divina Misericordia, que tendrá lugar el segundo domingo de Pascua. La denominación oficial de este día litúrgico será «segundo domingo de Pascua o de la Divina Misericordia».
Ya el Papa lo había anunciado durante la canonización de Sor Faustina Kowalska, el 30 de abril: «En todo el mundo, el segundo domingo de Pascua recibirá el nombre de domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al genero humano en los años venideros».
Sin embargo, el Papa no había escrito estas palabras, de modo que no aparecieron en la transcripción oficial de sus discursos de esa canonización.
Santa Faustina, que es conocida como la mensajera de la Divina Misericordia, recibió revelaciones místicas en las que Jesús le mostró su corazón, fuente de misericordia y le expresó su deseo de que se estableciera esta fiesta. El Papa le dedicó una de sus encíclicas a la Divina Misericordia («Dives in misericordia»).
Los apóstoles de la Divina Misericordia están integrados por sacerdotes, religiosos y laicos, unidos por el compromiso de vivir la misericordia en la relación con los hermanos, hacer conocer el misterio de la divina misericordia, e invocar la misericordia de Dios hacia los pecadores. Esta familia espiritual, aprobada en 1996, por la archidiócesis de Cracovia, está presente hoy en 29 países del mundo.
El decreto vaticano aclara que la liturgia del segundo domingo de Pascua y las lecturas del breviario seguirán siendo las que ya contemplaba el misal y el rito romano. Fuente 

Coronilla explicada a los niños

El Regina Coeli es el ángelus del tiempo pascual

El Regina Coeli se reza durante los 50 días siguientes al Domingo de Resurrección hasta el día de la Ascensión del Señor. (Pascua de Resurrección)

Reina del cielo, alégrate, aleluya,
porque el Señor, a quien mereciste llevar, aleluya,
ha resucitado, según su palabra, aleluya.
Ruega a Dios por nosotros, aleluya.
Gózate y alégrate, Virgen María, aleluya.
Porque resucitó verdaderamente el Señor, aleluya.

Video del Papa Benedicto XVI cantando "Regina Coeli"

V. Regina coeli, laetare, alleluia.
R. Quia quem meruisti portare, alleluia.
V. Resurrexit, sicut dixit, alleluia.
R. Ora pro nobis Deum, alleluia.
V. Gaude et laetare, Virgo Maria, alleluia.
R. Quia surrexit Dominus vere, alleluia.
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No debe confundirse con la Salve en latín
El Papa Juan Pablo II canta Salve Regina 
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Salve Regina (tono simple) 450 voces – coro virtual

Secuencia de Pascua. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

¿Qué significa el cirio pascual? ¿Y sus adornos?

El significado más importante del cirio pascual es recordarnos la victoria sobre la muerte de Jesucristo a través de la resurrección.
La resurrección de Cristo es simbolizada por la luz, por el fuego nuevo, que ahuyenta las tinieblas de la muerte y resucita victorioso. La luz, elemento natural, se convierte en símbolo de vida, felicidad, alegría y esperanza.
Entonces, iluminar la noche con el cirio pascual es representar la victoria de Cristo sobre la muerte, y estar envueltos en la luz de Cristo que nos llena de gozo y esperanza.
Jesús ya no yace en el sepulcro. Él es la luz del mundo, el vencedor de la muerte que nos ha obtenido la salvación. Y así como Cristo es luz del mundo, todos los cristianos estamos llamados también a serlo, con la luz de Cristo, a disipar la oscuridad de nuestro corazón y llenarnos de ella, pues sólo esta luz puede iluminarnos y guiarnos por el camino verdadero que nos lleva a la vida, sólo la luz de Cristo puede eliminar nuestra oscuridad interior y hacernos llevar una vida de acuerdo a nuestro ser como cristianos.

Bendición del cirio pascual

El ritual de la bendición se realiza en las parroquias cada año en la Vigilia Pascual, la noche del Sábado Santo, “la madre de todas las santas Vigilias” (san Agustín).
Su nombre proviene de la palabra hebra “pasach“, usada para referirse a la fiesta de la Pascua Judía.
El ritual de la bendición y encendido del cirio comienza con los fieles, cada uno con una vela, reunidos en torno a una hoguera o Fuego Santo. La iglesia está a oscuras como representación de la oscuridad que reinaba en el sepulcro dónde estaba el cuerpo de Cristo después de haber sido crucificado.
Después de bendecir el fuego, se marcan unas señales en el cirio: una cruz, las letras “Alfa” y “Omega” y las cifras del año en los ángulos de la cruz.
La cruz es tradicionalmente el símbolo de Jesús. En un cirio de Pascua representa a Cristo y la luz eterna que nos da a todos nosotros, sirviéndonos de guía en las penumbras.
La letra griega alfa (ubicada en la parte superior del Cirio) y la letra omega (ubicada en la parte inferior del Cirio), son, respectivamente, primera letra y la última del alfabeto griego. En un cirio pascual representan que Cristo es el comienzo y el fin de todas las cosas. También nos recuerdan que la palabra de Dios es eterna (Apocalipsis 1:08: “Yo soy el Alfa y el Omega, dice el Señor, quien es, quien fue y quien ha de venir, el Todopoderoso”). Además nos hablan de que ahora y siempre Cristo está vivo en su Iglesia, y le da fuerza para afrontar una año más.
El año es colocado en el Cirio Pascual como símbolo de la presencia de Dios aquí y ahora. Puede ser situado en cada uno de los huecos de los brazos de la Cruz o en la parte inferior del Cirio.
El sacerdote dice:
1. Cristo ayer y hoy; se traza la raya vertical
2. Principio y fin; se traza la línea horizontal
3. Alfa; se traza la letra alfa sobre la línea vertical
4. Y Omega; se traza la letra omega abajo de la línea vertical
5. Suyo es el tiempo; se traza el primer número del año en curso, el el ángulo superior izquierdo de la cruz
6. Y la eternidad; se traza el segundo número del año en el ángulo superior derecho
7. A Él la gloria y el poder; se traza el tercer número del año en el ángulo inferior izquierdo
8. Por los siglos de los siglos. Amén; se traza el cuarto número del año en el ángulo inferior derecho
            (Aunque en muchos trazados artísticos, esta forma a veces cambia).
A continuación se incrustan cinco granos de incienso en forma de cruz (primero el palo vertical, luego el horizontal), que simbolizan las cinco llagas de Cristo muerto y resucitado, mientras se dice:
1. Por sus llagas
2. santas y gloriosas
3. nos proteja
4. y nos guarde
5. Jesucristo nuestro señor. Amén
Entonces se enciende el cirio con el fuego nuevo diciendo:
            Que la Luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu.
Si el encendido se ha realizado en el exterior de la iglesia, se lleva el cirio de Pascua en procesión al interior de la iglesia, que todavía en penumbras recibe Luz del Señor.
La llama del cirio pascual, como representación de la resurrección de Cristo, es utilizada para encender las velas de todos los fieles. Una vez realizado este acto se coloca el cirio de Pascua en el presbiterio. Su luz presidirá la ceremonia litúrgica de la Vigilia Pascual, donde todos proclamaran la victoria de Cristo sobre la muerte con su resurrección.
El cirio pascual es encendido todos los días hasta el día de la Ascensión. También se enciende durante bautismos, como signo de la promesa de Juan el Bautista del Espíritu Santo a los bautizados en Cristo. Sor Mª Trinitat Cabrero, osh – Monasterio de Santa Maria de Refet (España) FuenteAleteia Team | Abr 17, 2017

El Aleluya del Mesías de Haendel para festejar la Resurrección de Cristo

La obra clásica que por excelencia se asocia con la Resurrección de Cristo es el Aleluya del Mesías de Haendel. Se estrenó en el Covent Garden, de Londres. Durante el concierto, el rey Jorge II se emocionó tanto que, al llegar la parte de los coros del Aleluya, se puso en pie. Sus súbditos hicieron lo mismo y, desde entonces, se hizo costumbre el ponerse de pie cada vez que es interpretada esa parte.

Otras versiones, menos ortodoxas, pero también sentidas y emocionantes...
Proyecto "Libros para la Paz": Recogida de libros para hacer una biblioteca en la población de General Artigas (Paraguay) Concierto improvisado el 21 de mayo de 2017 en el Parque de Roma de Madrid.

La agrupación coral canadiense Niagara Chorus irrumpe un día cualquiera de noviembre –flashmob mediante– en un centro de comidas para sorprender

Aleluya Concierto Participativo. Palau. Barcelona

Letra del Aleluya / Hallelujah Lyrics

Inglés (Original) Español (Traducción)
Hallelujah, hallelujah, hallelujah, hallelujah, hallelujah! ¡Aleluya, aleluya, aleluya, aleluya, aleluya!
For the Lord God Omnipotent reigneth. Porque el Señor Dios Omnipotente reina.
Hallelujah, hallelujah, hallelujah, hallelujah! ¡Aleluya, aleluya, aleluya, aleluya!
The kingdom of this world is become the kingdom of our Lord, and of His Christ; El reino de este mundo ha pasado a ser el reino de nuestro Señor y de su Cristo;
And He shall reign for ever and ever. Y Él reinará por siempre jamás.
King of Kings, and Lord of Lords. Rey de Reyes, y Señor de los Señores.
Hallelujah, hallelujah, hallelujah, hallelujah, hallelujah! ¡Aleluya, aleluya, aleluya, aleluya, aleluya!