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Nuestra Señora de los Dolores (15 de septiembre): La Madre que nos acompaña en la cruz y la esperanza

Cada 15 de septiembre, la Iglesia Católica celebra la memoria de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores. Esta festividad nos invita a contemplar a la Santísima Virgen María de pie junto a la cruz de su Hijo (juxta crucem Jesu), recordándonos que ella comprende perfectamente el dolor humano y permanece como madre y consuelo para todos los que sufren.


Origen e historia de la devoción

La devoción a la Virgen María en sus dolores comenzó a desarrollarse a principios del segundo milenio como una meditación sobre la compasión materna frente al sacrificio de Jesús.

  • Primeros pasos litúrgicos: Tuvo su primera formulación litúrgica en Colonia (Alemania) en el año 1423. Posteriormente, el Papa Sixto IV introdujo en el Misal Romano la memoria de Nuestra Señora de la Piedad.
  • Los Siete Dolores: Con el tiempo, la piedad popular condensó este sufrimiento en la devoción a los Siete Dolores, simbolizados tradicionalmente en las siete espadas que traspasan el corazón de María.
  • Extensión universal: En 1727, la celebración se extendió a toda la Iglesia latina, impulsada especialmente por la Orden de los Siervos de María, quienes ya la festejaban desde 1668.
  • Fecha definitiva: Fue el Papa San Pío X (1903-1914) quien fijó la fecha definitiva de esta memoria litúrgica para el 15 de septiembre, justo al día siguiente de la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

Sentido teológico y espiritual

Es importante distinguir que la denominación de «la Dolorosa» no constituye un dogma de fe (como sí lo son su Inmaculada Concepción, su Maternidad Divina, su Virginidad Perpetua o su Asunción en cuerpo y alma al cielo). El sufrimiento fue una realidad terrenal de María que concluyó con el final de su existencia en la tierra.

Sin embargo, por su participación única y entregada en la Pasión de su Hijo, María cooperó de un modo absolutamente especial en la obra de la salvación. Por ello, aunque ya glorificada en el cielo, sigue ejerciendo una misión maternal: continúa estando presente al lado de quienes sufren en el mundo actual. Al final del artículo ofrecemos una aclaración sobre el término de María como Corredentora..


Llamada a la vida cristiana hoy

Meditar sobre los dolores de María no es un ejercicio del pasado, sino una invitación a mirar con empatía las cruces de nuestro tiempo:

  1. Compasión y acogida: La devoción a la Dolorosa nos compromete con quienes sufren hoy: las familias migrantes que dejan sus tierras en busca de pan y libertad, los enfermos, y tantos padres y madres que lloran la pérdida física o moral de sus hijos.
  2. Ser Cireneos y Verónicas: La vida cristiana nos llama a no ser indiferentes. Debemos ser lugares de consuelo, acompañando a los hermanos golpeados por la vida con gestos de delicadeza (como la Verónica) o ayudándoles a llevar la carga (como el Cirineo).
  3. Palabra para la meditación diaria: «Jesús dijo a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo (Jn 19, 26). En ese instante, María nos recibió a todos como hijos suyos.

Meditación musical: Stabat Mater de Pergolesi

El dolor y la fe de la Virgen al pie de la Cruz han inspirado a los más grandes artistas de la historia. Les invitamos a contemplar este misterio a través del célebre Stabat Mater de Giovanni Battista Pergolesi, una de las composiciones sacras más conmovedoras dedicadas a Nuestra Señora de los Dolores:


Oración a la Virgen de los Dolores

Santa María, mujer del dolor, madre de los vivientes, salve.
Virgen junto a la cruz, donde se consuma el amor y brota la vida.
Enséñanos a permanecer contigo junto a las infinitas cruces donde todavía sigue siendo crucificado tu Hijo; enséñanos a vivir y a atestiguar el amor cristiano, acogiendo en cada hombre a un hermano; enséñanos a renunciar al egoísmo para seguir a Cristo, única luz del hombre.
Virgen de la Pascua, acoge la oración de tus siervos. Amén. 
Fuente../Imagen Rafael Flores 

Secuencia: Stabat Mater (La Madre piadosa)

La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía.

Cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiera espada traspasaba.

¡Oh cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita
de tantos tormentos llena!

Cuando lloraba y sufría,
la pena que padecía
su Hijo divino y santo.

¿Qué hombre no lloraría
si a la Madre contemplara
de Cristo en tanto dolor?

¿Quién no se entristecería
a la Madre contemplando
con su Hijo doliente?

Por los pecados del mundo
vio a Jesús en los tormentos
y sometido al azote.

Vio a su dulce Hijo
que moría desolado
al entregar su espíritu.

Ea, Madre, fuente de amor,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.

Haz que arda mi corazón
en amor de Cristo Dios
para que así le agrade.

Santa Madre, haz esto:
graba profundamente en mi corazón
las llagas del Crucificado.

De tu Hijo lastimado,
que tanto por mí sufrió,
comparte conmigo las penas.

Haz que llore contigo,
que me compadezca del Crucificado
mientras yo viva.

Junto a la cruz quiero estar
y unirme a ti en el llanto.

Virgen insigne entre las vírgenes,
no seas esquiva conmigo,
haz que llore contigo.

Haz que lleve la muerte de Cristo,
hazme participante de su pasión
y que medite sus llagas.

Haz que sea herido con sus llagas,
que me embriague con la cruz
y con la sangre de tu Hijo.

Para que no me queme en las llamas,
defiéndeme tú, Virgen,
en el día del juicio.

Cristo, cuando vaya a salir de esta vida,
concédeme por tu Madre
llegar a la palma de la victoria.

Cuando el cuerpo muera,
haz que a mi alma se le dé
la gloria del paraíso.
Amén. Aleluya.
La Secuencia litúrgica prescrita para la memoria de Nuestra Señora de los Dolores en el Leccionario de la Misa se sitúa inmediatamente antes del Aleluya.

Sentido teológico y precisión sobre la «Corredención» mariana

En el misterio de sus dolores, la Santísima Virgen María ejerce una función espiritual y un verdadero magisterio para la fe. Los sufrimientos padecidos por ella durante su existencia terrena constituyen una participación singular en la pasión de Cristo en beneficio de la Iglesia (cf. Col 1, 24). Su presencia al pie de la cruz representa la forma suprema de cooperación en la obra de la salvación efectuada por su Hijo: en este sentido, la tradición eclesial ha calificado a la Virgen como corredentora, expresión que significa estrictamente que «ha cooperado de un modo absolutamente especial en la obra del Salvador» (Lumen Gentium, 61).

Para evitar cualquier ambigüedad doctrinal en el uso de este término, se deben precisar tres aspectos fundamentales:

  1. Precisión etimológica: El prefijo co- procede de la preposición latina cum («con» o «junto a»), la cual denota compañía y subordinación. Aunque en el lenguaje coloquial contemporáneo el prefijo suele evocar equiparación (como en el término «coautor»), en el vocablo teológico expresa una acción secundaria y dependiente.

  2. Fundamento dogmático: Jesucristo es el único y suficiente Redentor del género humano (cf. 1 Tim 2, 5). La Virgen María de ninguna manera se equipara a su Hijo divino. El título de «Corredentora» no indica igualdad, sino una cooperación humana singularísima, plenamente subordinada a la gracia y a la mediación única de Cristo.

  3. Conclusión doctrinal: La expresión resalta el papel de María como colaboradora humana en el plan divino, sin constituir una fuente de salvación independiente. Solamente Cristo salva; la Santísima Virgen acompaña y participa de modo subordinado en dicha obra redentora. Así que perfectamente se puede decir que María es "corredentora"...

Passion of the Christ Mary dungeon floor. Fuente: thecatholictalks.com

El fotograma seleccionado pertenece a La Pasión de Cristo de Mel Gibson. Muestra la secuencia en la cual la Santísima Virgen María se reclina sobre el pavimento del Pretorio de Pilato, intuyendo por la gracia del Espíritu Santo la presencia de Jesucristo encadenado en la celda subterránea inferior.

Fundamentos Mariológicos

  • Unión Mística y Compasión: La escena explicita la unión espiritual entre la Madre y el Hijo. Representa la compassio mariana, donde la Virgen experimenta interiormente los padecimientos de Cristo.

  • Tipología de la Nueva Eva: La doctrina católica, desde San Ireneo de Lyon hasta la constitución dogmática Lumen Gentium (n. 56), define a María como la Nueva Eva. Mientras la primera mujer cooperó para la caída del género humano, la Virgen coopera activamente junto al Nuevo Adán en la restauración de la gracia.

  • Cooperación en la Redención: La disposición postrada de María manifiesta la perfecta obediencia a la voluntad del Padre, constituyendo el testimonio visual de su cooperación en la obra de la salvación.

No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.








Domingo XXIV  del Tiempo Ordinario


Estamos en el corazón del denominado <<discurso eclesial" (o comunitario) de Mateo, que ocupa todo el capitulo 18. La principal interpelada es la comunidad cristiana, la Iglesia, <<la asamblea de los llamados" (vv 17).

El discurso no esta dirigido a extrańos, sino a hermanos que viven juntos. Se trata de dar consistencia al amor fraterno: <<Seńor: cuántas veces ....? ". La pregunta de Pedro es clara (v. 21). La cuestión es de cálculo, el límite o las fronteras del perdón... <<Siete veces?" Hasta cuántas veces, llegados a un punto, basta, porque la paciencia tiene un limite.

Jesús, como de costumbre, le contesta con una parábola (vv 23-34), y quien quiera entender que entienda. Es un drama, de corte sapiencial, en tres actos, sin paralelo en los otros sinópticos. Los protagonistas, un rey y sus siervos.

El primer acto, estructurado con una lógica extrańa, abre el drama; este rey decide ajustar las cuentas con sus sirvientes. Le presentan a un siervo con una deuda enorme: diez mil talentos. Imposible de saldar Un talento correspondía a 36 kilos, en peso, o a 10.000 denarios, en monedas. Si un denario era el jornal de un obrero, para que el siervo hubiese podido pagar la deuda debería haber trabajado una cantidad inconmensurable de ańos. Y aunque el rey hubiese logrado vender a aquel siervo, con toda su familia y sus bienes (como había amenazado) habría obtenido mas bien poco (la venta de un esclavo oscilaba entre 500 denarios, como mínimo, y 2.000 denarios, como máximo). La propuesta del siervo, <<te lo pagaré todo", es completamente absurda. Sin embargo, lo sorprendente es la reacción del rey-Seńor a la súplica del siervo: <<Tuvo compasi6n". Esta es la primera respuesta a la pregunta de Pedro, y con él - portavoz de la comunidad - a todos los discípulos: reconocerse deudores, totalmente insolventes, aunque beneficiarios de un <<super-don", inmerecido y absolutamente gratuito, procedente de Dios.

El segundo acto del drama, el perdón fraterno, mutuo e ilimitado: <<No te digo siete veces, sino setenta veces siete" (v. 22). El rey-Seńor desaparece de la escena y quedan únicamente los siervos. Un segundo siervo le debe 100 denarios al primero (al siervo que le había sido perdonado el enorme débito); bastaría con tener un poco de paciencia, como legítimamente le pedía el segundo siervo a su compańero, (<<Ten paciencia conmigo y te pagaré") y todo se resolvería. Pero —he aquí el drama- el primer siervo no quiere esperar y reivindica, de manera agresiva, lo que considera suyo, la deuda. Sin acceder a prórroga de ningún tipo, decide zanjar el asunto rompiendo definitivamente cualquier relación con el otro:

<<Lo metió en la cárcel" (M 30).

El último acto de la parábola es la consecuencia del comportamiento mezquino del siervo. Es inútil decirlo. El rey, muy enfadado, emite un juicio (M 32) y concluye formulando una pregunta retórica: <<No debías haber tenido compasión de tu compańero, como yo la tuve de ti? (M 33).

 <Acuérdate de tu fin y deja de odiar" (Sir 28,6). Cuál es el <<fin", las <<cosas últimas", de las que habla la Escritura? Si nos fijamos en la pagina del evangelio de Mateo, el fin se refiere al Reino de los Cielos; y si hojeamos la Carta a los Romanos, coincide con el Seńor (<<Vivimos para el Seńor", 14,8). El Reino de los Cielos es el horizonte ultimo de la historia, Cristo resucitado es el acontecimiento último del hombre. Pues el perdón mira al presente desde el fin, es decir, del novum, del éschatón, de lo definitivo que esta por venir El perdón <<no se sitúa en un plano ético, sino escatológico. El perdón es la profecía del Reino" (E. Bianchi).

En el texto de Mateo, hay dos dimensiones en tensión: la comunidad cristiana que vive en el tiempo, imperfectamente, y el Reino de los Cielos, que domina el fin de los tiempos. El perdón, como posibilidad ilimitada de relación y convivencia fraterna en el presente, también es la condición -gratuitamente ofrecida - de acceso a la comunión con Dios. Allí donde el pecado es ruptura de la relación, el perdón es restablecimiento, reconstrucción y consolidación de vínculos.

Se trata de abrir las puertas de nuestro corazón al amor - mas precisamente, a la misericordia de Dios- y permitirle que vivifique lo que el pecado mata. Se puede decir que la fuerza del perdón es la paciencia, entendida como esperanza, oración y empeńo por la conversión propia y del hermano. Perdonar conlleva, en cierto sentido, participar de la paciencia divina: él es el <<paciente", el <<clemente", el <<compasivo", el <<misericordioso" y el <<fiel" (Ex 34,6). El primer movimiento del perdón es tener paciencia, aceptar las imperfecciones propias y ajenas. El segundo consiste en dar: estar en actitud de disponibilidad (darse) y acogida (ofrecerse) con el ofensor.

Santísimo Padre nuestro: creador, redentor, consolador y salvador nuestro!

Perdónanos nuestras deudas: por tu inefable misericordia, por la virtud de la pasión de tu amado Hijo y por los méritos y la intercesión de la beatísima Virgen y de todos tus elegidos.

Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores: y lo que no perdonamos plenamente, haz tu, Seńor que plenamente lo perdonemos, para que por ti amemos de verdad a los enemigos y en favor de ellos intercedamos devotamente ante ti, no devolviendo a nadie mal por mal (cf 1 Tes 5,15), y para que procuremos ser en ti útiles en todo.

Y no dejes caer en tentación: oculta o manifiesta, imprevista o insistente.

Mas líbranos del mal: pasado, presente y futuro. Gloria al Padre... (Francisco de Asís, <<Paráfrasis del padrenuestro", en San Francisco de Asís.













Si te hace caso, has salvado a tu hermano.







Domingo XXIII  del Tiempo Ordinario


El texto evangélico de hoy pertenece al <<discurso eclesial" de Jesús (o discurso sobre la fraternidad). En el evangelio de Mateo se encuentra después de la parábola de la oveja perdida y la solicitud de Jesús con los <<pequeńos", con las personas mas débiles en la fe y, por lo tanto, mas expuestas al peligro del desaliento o la deserción. El presente relato se puede leer como la ilustración práctica de la búsqueda solicita de la oveja perdida.

Si hacemos una lectura superficial de las palabras de Jesús, nos puede dar la impresión de que se trata de un discurso duro: enumera detalladamente una serie de normas disciplinares y concluye con una sentencia judicial. En realidad, la enseńanza de Jesús responde a una preocupación pastoral: salvar a los hermanos mas frágiles y exhortar a todos para que se responsabilicen del hermano que ha pecado y le ayuden a volver.

El mandato categórico <<ve" (vt 15) sobreentiende que se requiere coraje para corregir al hermano extraviado, que es necesario vencer una resistencia interior para dar este paso, pues el bien del hermano vale mas que el malestar percibido, y a gusto y por él, se sacrifica el propio “bienestar". Jesús sugiere el itinerario a seguir en la corrección fraterna. Se parte con una primera tentativa admonitoria, cara a cara, con delicadeza y discreción, sin intención de humillar o mortificar; sino con el deseo de comunicar el sufrimiento de la comunidad, causado por el pecado y la separación, y a la espera de abrazar afectuosamente al hermano.

Si este intento fracasa, se recurre a la corrección en presencia de dos o tres testigos; y solo en el caso de un ulterior fiasco se hace participe del problema a toda la comunidad. Si a pesar de la intervención de la comunidad el resultado es negativo, queda el reconocimiento oficial de la separación del hermano de la Iglesia. No se trata, propiamente, de una <<excomunión", sino de la declaración explícita de una situación de hecho ya ocurrida: <<considéralo como un pagano o un publicano" (v. 17), es decir, como alguien extrańo a la comunidad.

El hincapié sobre la comunión es insistente en los versículos finales (vv. 19ss): la concordia de los corazónes -en griego, <<sintonía" o <<sinfonía"- puestos de acuerdo para pedir cualquier cosa asegura la acogida de la petición, la comunión <<en el nombre de Jesús".

Es decir, reunirse en torno a la persona de Jesús, adhiriéndose a su Palabra y a su misión en la historia, asegura la presencia de Dios. El texto evangélico podríamos leerlo ahora a partir de estos versículos finales, con cuya luz se ilumina el rostro auténtico de la Iglesia: una comunidad de amor que hunde sus raíces en el misterio de Cristo, el misterio del amor hasta el extremo.

La Palabra de Dios propuesta por la liturgia orienta nuestros pasos y guía nuestra mente y nuestro corazón hasta el mandamiento evangélico de la corrección fraterna: el profeta Ezequiel proclama la responsabilidad personal, el apóstol Pablo recuerda que en el amor mutuo hunde sus raíces y, por ultimo, el evangelista Mateo enseńa a practicarla con el estilo de Jesús.

        Frente a este tema experimentamos una sensación de malestar una cierta resistencia. Y a menudo -así hay que reconocerlo- eludimos la corrección fraterna. Por tanto, es necesario redescubrir el sentido teológico profundo de la corrección fraterna. Contemplemos con mirada atenta el misterio de la cruz de Jesucristo mediante la cruz nos llega la salvación; la cruz es el signo del gran amor que Dios nos tiene; salvándonos, nos hace portadores de su salvación. La auténtica corrección fraterna nace justo <<en ese punto de encuentro donde la salvación obtenida se convierte en salvación entregada, donde un pecador perdonado se convierte en instrumento de perdón redentor de mediación salvadora, y sale al encuentro del hermano pecador como él, para que acoja el do de Dios, igual que él" (A, Cencini).

Si la cruz de Jesús es el centro de la experiencia religiosa personal, también será el centro de la fraternidad que se reúne en su nombre: por la cruz pasará nuestra interrelación. Sólo la cruz de Jesús tiene el poder de juzgar y reconciliar, y si vivo en la escucha humilde y sincera de la Palabra de la cruz, si me dejo <<radiografiar" en mi verdad y forjar en la verdad de Dios-Amor entonces, y sólo entonces, podré ser un instrumento de corrección y reconciliación, libre de cualquier tipo de juicio. Este camino de corrección fraterna evita tanto los excesos de la impotencia como de la prepotencia, excesos -uno y otro— que revelan un escaso sentido de la comunicación y de la disponibilidad para corregir y dejarse corregir fraternalmente.

Todavía resuenan hoy las proféticas palabras de Pablo VI en su exhortación Paterna cum benevolentia: <<La corrección fraterna es un acto de caridad mandado por el Seńor [...]. Su práctica obliga a quien la rea1iza a sacar primero la viga de su ojo (cf Mt 7,5), para que no se pervierta el orden de la corrección. La práctica de la misma se dirige desde el principio como un movimiento a la santidad, que solo puede obtener en la reconciliación su plenitud; consistente no en una pacificación oportunista que disfrazase la peor de las enemistades, sino en la conversión interior y en el amor unificador en Cristo que se deriva" (cap. VI). En esta línea comprendemos 1a grandeza de la corrección fraterna: un instrumento indispensable que ayuda a crecer a la comunidad y a cimentarla en el amor de Cristo.

Ayúdame, Seńor; a permanecer enmudecido a los pies de tu cruz para escuchar tu Palabra y dejarme alcanzar y modelar por ella. Solo la Palabra de tu cruz revela la verdad de mi vida y desvela el disfraz de mi mentira. Tu Palabra me juzga, Seńor, me juzga severamente; ante ella no puedo, ni quiero, esconderme. Descubro con la delicia y la alegría del nińo que, mientras tu Palabra <<hiere, cura>> (cf Job 5,18), de ella nace una vida nueva.

Descubro que <<el Seńor reprende a quien ama, como un padre a su hija predilecto>> (cf Prov 3,12). Descubro que <<él reprende, corrige, enseńa y conduce como un pastor su rebańo" (cf Sir 18,13). Y aun descubro que la Palabra de la cruz me atrae y su potencia divina acoge mi debilidad palmaria y transforma el mal en bien. Seńor, ayúdame a ser según tu Palabra.

















Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a si mismo, cargue con su cruz y me siga.

 








Domingo XXII  del Tiempo Ordinario


Con el reconocimiento del mesianismo de Jesús se abre una nueva etapa en el Camino del evangelio. Mateo lo subraya: <<Desde entonces comenzó Jesús...>> (v. 21) a mostrarles con claridad el destino que le esperaba: el rechazo (<<sufrir mucho>>) por parte de las autoridades judías que constituían el sanedrín (<<los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley >>), la muerte ignominiosa (<<lo matarían>>) y, finalmente, la resurrección (v. 21).

Afrontar un destino semejante es un deber (<<tenía que ir a... >>), una necesidad ineludible que entra en la lógica de la encarnación: compartir hasta el final el camino del hombre pecador. Jesús reproduce con exactitud la antigua profecía del siervo sufriente.

La primera oposición a la meta de Jesús nace desde dentro del grupo de los discípulos. Antes, Pedro, por revelación del Padre, se erigió en portavoz del mesianismo de Jesús; ahora, haciendo valer sus credenciales ante el Maestro, explaya su humanidad (<<carne y sangre>>, Mt 16,17), pretende evitar una misión cuyo resultado es tan desconcertante como ofensivo. Y reacciona <<tomándolo aparte>> (v. 22); Cristo quiere restituir la situación y, públicamente, corrige al apóstol. Reconoce en la propuesta de Pedro la presencia del Tentador y rechaza la tentación con la misma rotundidad que lo había hecho durante su estancia en el desierto: <<!Satanás! Eres para mi un obstáculo>> (M 23; cf Mt 4,10).

La incomprensión de los discípulos pende como una espada de Damocles sobre el seguimiento y culminará con la traición de Judas y la negación de Pedro, quien en esta ocasión <<no ha tenido los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús" (cf Flp 2,5). Llegado el momento, Cristo explica su elección: la vida (!el alma!) se salva haciéndola don y ofrenda. Si la vida tiene un valor absoluto, la vida es la condición imprescindible del seguimiento (cf Mt 10,38ss, donde aparecen los mismos versículos).

Podemos releer el presente fragmento evangélico a la luz del testimonio de Jeremías y la exhortación de Pablo y transformar la vida en un sacrificio Espiritual en constante discernimiento.

Cristo, figura del profeta perseguido (cf Mt 16,14: <<...otros que Jeremías>>), después del discernimiento madurado en la soledad del desierto y del reconocimiento de su mesianismo por boca de Pedro, quiere abrir la mente de los apóstoles al sentido profundo de su misión, según el oráculo del siervo sufriente de Isaías. El camino de la salvación nunca puede ser el de la perdición, pues la desobediencia primera ha sido reemplazada con la obediencia incondicional al designio divino, que ha tomado cuerpo con la encarnación.

El Verbo hecho carne, una vez que asume la naturaleza humana y se adentra en la marańa de la historia, tiene que acoger hasta el final la trayectoria connatural de los acontecimientos humanos. En el caminar de su vida ve reflejado el significado profundo de la existencia humana, llamada a realizarse en la donación de si misma. Y es en esta ofrenda, realizada en la cotidianeidad de la vida, donde el hombre celebra el auténtico culto Espiritual.



Tomad, Seńor y recibid toda mi libertad,

mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad,

todo mi haber y poseer

        Vos me lo disteis, a vos, Seńor, lo torno.

        Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad.

        Dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.














Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos








Domingo XXI  del Tiempo Ordinario


Jesús se encuentra en un extremo del territorio —en la ciudad de Cesarea, fundada por el tetrarca Herodes Filipo, a unos 40 kilómetros al norte del lago Tiberiades— con los discípulos  e, interesado por la opinión que se habían ido formando de él, los <<sondea>>. La gente cree que es un profeta, un título, en aquel entonces, con una clara referencia mesiánica. Tanto es así que <<algunos>> lo consideraban como de los antiguos profetas, que ha resucitado" (cf Lc 9,19) o hasta el mismo Juan el Bautista, <<que ha resucitado de entre los muertos>> (cf Mt 14,2). Esta es la opinión de la gente, y vosotros —enfatiza el Seńor- quién decís que soy yo?> Toma la palabra Simon Pedro, como portavoz del grupo, quien manifiesta tener pleno conocimiento no solo del mesianismo, sino de la divinidad de Cristo. Es verdad que los evangelios han sido escritos después de que los acontecimientos se hayan producido; sin embargo, la bienaventuranza pronunciada por Cristo (<<dichoso tú>) y la razón ofrecida (<<porque eso...>>) testimonian la importancia del reconocimiento: Pedro, desde el principio, es confirmado en el nuevo encargo con el cambio de nombre, Cefas, en arameo, totalmente desconocido hasta entonces (Mt 4,18; cf Jn 1,42).

El reconocimiento de Simon Pedro de la verdadera identidad de Cristo seńala el momento culminante de la experiencia de los apóstoles y de la Iglesia, que tiene en Cristo su fundamento. Pedro, según el texto del cuarto evangelio (6,69), <<cree y conoce>> que Jesús de Nazaret es << es el santo de Dios>>, el consagrado por excelencia, el Mesías—Cristo. Las consecuencias de tal reconocimiento han marcado una historia bimilenaria y todavía activa. Sobre todo, subraya que reconocer a Cristo es fruto de la revelación del Padre acogida con Espíritu de fe (!creído y conocido!). En segundo lugar, un acto semejante es, a su vez, fuente de aquella bienaventuranza que le concede al testimonio cristiano empuje y alegría. En tercer lugar es sobre la roca de Pedro y los apóstoles donde tiene el fundamento la comunidad de Jesús, el nuevo y universal pueblo de Dios. Contra él resultaran impotentes las fuerzas de la muerte (<<las puertas del infierno>>, en el lenguaje bíblico). Pedro y los apóstoles (cf Mt 18,18) ejercen el poder de Cristo (cf Ap 1,18), la triple tarea de gobernar (<<atar>> y <<desatar>>), santificar y enseńar. El estupor de Pablo ante los designios divinos bien puede equipararse al episodio evangélico de la investidura de Pedro y la constitución de la Iglesia como una comunidad cimentada sobre la roca de la fe y -lo recuerda Juan al final del evangelio- del amor.


Concédele a tu Iglesia, Seńor,

que no alimente actitudes soberbias,

sino servicios humildes, agradables a ti.

Que desdeńe el mal

y practique cuanto es recto

con amor y plena libertad













Santa María Reina y Madre.

Dios te salve, Reina y Madre... Reina de los ángeles, Reina de los patriarcas, Reina de los profetas, Reina de los apóstoles, Reina de los mártires, Reina de los que viven su fe, Reina de los que se conservan castos, Reina de todos los santos, Reina concebida sin pecado original, Reina elevada al cielo, Reina del Santísimo Rosario, Reina de la familia, Reina de la paz... y Reina de mi corazón. Madre de Dios y madre nuestra.

María quiso ser Virgen. Y Dios aceptó su deseo y la enriqueció con la maternidad divina, sin perder la virginidad. María nunca pensó en ser Reina. Pero Dios la colocó por encima de todos los coros celestiales, y los hombres de todos los siglos la aclaman como «Reina y Madre» en la «Salve». Y en la letanía lauretana, el título de Reina es la más reiterada proclamación.

Las letanías de la Virgen dejan de ser invocaciones suplicantes para hacerse en el cielo clamores de triunfo. Madre del Salvador, Virgen Poderosa, Espejo de justicia, Rosa mística... Resuena el Avemaría. ¡Dios te salve, llena de gracia...! El final se ha suprimido para siempre, porque en la gloria ya no hay «pecadores, y «la hora de la muerte» pasó ya.

Dios Padre recibe a su hija. Dios Espíritu Santo acoge a su esposa. Dios Hijo dice: «Ven Madre mía. Niño era, y me alimentabas y vestías... Tuve hambre y me diste de comer. Sed, y la apagaste. Después vinieron treinta años de vida oculta en Nazaret, la vida pública, la Cruz... Para ti, como para mí, no faltaron penalidades para así entrar en la gloria del Padre».

Éxtasis de humildad en apoteosis de triunfo

Ahora se entreabre el cielo... Los desterrados de la tierra perciben a lo lejos la sinfonía suavísima de un rumor que se hace imponente. Enajenada de amor y gratitud a María, la Iglesia peregrina y crucificada se agrega jubilosa al coro de la gloria. Llena de ilusión y esperanza, exclama: «Los desterrados hijos de Eva, a ti suspiramos, en ti confiamos... Muéstranos a Jesús después de este destierro... Ruega por nosotros,..

Cesan los cánticos y la Virgen tararea rebosando gratitud estrofas de su himno predilecto: «Glorifica mi alma al Señor y salta de gozo mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque hizo en mí cosas grandes el Todopoderoso». Es el éxtasis de la humildad en la apoteosis del triunfo.

Después de este destierro, muéstranos a Jesús

Jesús subió al cielo el día de la Ascensión, María es elevada a la gloria en su Asunción. Nosotros entraremos también el día de nuestro triunfo. Pensamos muy poco en esta recompensa eterna. El Evangelio para algunos es un quita alegrías. Acervo de múltiples prohibiciones que hipotecan la libertad.

Muchos más bríos sentiríamos al pensar en la felicidad futura para conformarnos con la voluntad de Dios Padre... Miremos no sólo el camino, sino la meta final. La ruta es pedregosa y empinada, pero el fin es esplendoroso. «Poco durará la batalla, pero el fin es eterno... Allí todo se nos hará poco lo que se ha padecido, o nada en comparación de lo que se goza» (Santa Teresa).

»Canta y camina» (San Agustín). En el cielo está preparado tu trono. La palma está a punto. Un poco de paciencia todavía... Llegaremos al tránsito definitivo como hemos llegado al fin de tal año, que nos parecía tan largo. Salvaremos la última etapa como tantas otras dejadas atrás...

Pasará la gran tribulación de la tierra (cf. Ap 7, 14), Este mundo de dolores y muerte dará paso a un universo nuevo. «Nuevos cielos, nueva tierra» (2P 3, 13), en que Dios «será Todo en todos» (cf. 1Co 15, 28).

Canta mientras caminas, mirando a María... 'Hoy, la Virgen Inmaculada, limpia de todo afecto de tierra, llena de pensamientos de cielo, no volvió a la tierra. Siendo ya un cielo animado aquí, es llevada a los celestiales tabernáculos... ¿Cómo iba a morir aquélla de la que nació la Vida para todos? ¿Cómo iba a corromperse el cuerpo que albergó la Vida? Cristo, Verdad y Vida, dijo: Donde yo estoy, allí estará mi servidor. Luego, con mayor razón, la Virgen tenía que estar donde él estuviese" (San ,luan Damasceno).

La fiesta de María Reina fue instituida por el papa Pío XII. La reforma del Calendario Romano de Pablo VI decidió que se celebrara, con rango de memoria obligatoria, el 22 de agosto, octava de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos. Fiesta litúrgica instituida por el Papa Pío XII en 1954 al coronar a la Virgen en la Basílica de Santa María la Mayor, Roma (Italia)Tomás Morales, S. J.

Salve, Reina de los Cielos
y Señora de los ángeles;
salve raíz, salve puerta,
que dio paso a nuestra luz.
Alégrate, Virgen gloriosa,
entre todas la más bella;
salve, agraciada doncella,
ruega a Cristo por nosotros. Amén.

Pluma de Escriba. Hakuna. Salmo 44.

Me brota el corazón Un poema bello Recito mis versos a un rey Mi lengua es ágil pluma de escribano Eres el más bello de los hombres En tus labios se derrama la gracia El señor te bendice eternamente Ciñete al flanco la espada Valiente es tu gala y tu orgullo Cabalga victorioso Por la verdad y la justicia Tu diestra te enseñe a realizar proezas Tu flechas son agudas Los pueblos se te rinden Se acobardan los enemigos del rey Tu trono, Oh Dios os permanece para siempre Centro de rectitud es tu cetro real Has amado la justicia y odiado la impiedad Por eso el Señor tu Dios Te ha ungido con aceite de júbilo Entre todos tus compañeros A mirra, áloe y acacia Huelen tus vestidos Desde los palacios de marfiles Te deleitan las arpas Hijas de reyes salen Salen a tu encuentro De pie a tu derecha esta la reina Enjoyada con oro de ofir Escucha, hija, mira Inclina el oído Olvida tu pueblo y la casa paterna Prendado esta el rey de tu belleza Póstrate ante el que él es tu Señor La ciudad de Tiro viene con regalos Los pueblos más ricos Buscan tu favor Ya entra la princesa Bellísima vestida de perlas y brocado La llevan ante el rey con séquito de vírgenes La siguen sus compañeras Las traen entre alegría y algazara Va entrando en el palacio real A cambio de tus padres tendras hijos Que nombrarás príncipes por toda la tierra Quiero hacer memorable tu nombre Por generaciones y generaciones Y los pueblos te alabarán Por los siglos de los siglos

Mujer, qué grande es tu fe.

 





Domingo XX del Tiempo Ordinario


Después de una serie de gestos y palabras que tienen por escenario el lago de Tiberiades, Cristo se adentra en territorio pagano, en la comarca fenicia que forma parte de Siria y es limítrofe con Galilea. Al encuentro le sale una mujer cananea (Marcos habla de una mujer <<sirofenicia>>) y le dirige una suplica en la que reconoce implícitamente el mesianismo (<<Hijo de David>>) y el seńorío de Cristo.

        Habría bastado esta premisa, máxime sabiendo que se trataba de una posesión diabólica (los paganos estaban considerados bajo el dominio de Satanás) y que estaba acompańada de la invocación de la piedad divina, para ganarse favorablemente la voluntad de Cristo. Sin embargo, aunque Jesús haya venido apara destruir <<las obras del diablo>> (1 Jn 3,8), declara su preferencia actual por <<las ovejas perdidas del pueblo de Israel>> (cf Mt 10,6).

La insistencia y los razonamientos de la mujer obtienen el resultado esperado y el Seńor le descubre a la cananea la grandeza de su fe: <<!Qué grande es tu fe!>>, muy superior a la de los observantes judíos, que desde el rechazo y la incomprensión <<se sentían ofendidos al oír las palabras>> del Seńor (Mt 15,12)

Con el episodio de la cananea, la Iglesia de los orígenes afrontaba una cuestión de capital importancia, y no menos decisiva para la Iglesia de hoy: la salvación del que todavía no ha sido alcanzado por el Evangelio de Jesús. La intervención de la mujer se puede formular de la siguiente manera: <<La salvación pasa por el reconocimiento del mesianismo y el seńorío de Cristo>>. El mismo Mateo nos enseńa en el gran cuadro del juicio universal (c. 25) que tal reconocimiento puede ser implícito, ya que esta mas ligado al amor al prójimo que a la pertenencia formal a la Iglesia. Con eso se salvaguarda la unicidad de la salvación, que tiene en Cristo muerto y resucitado a su artífice, y al mismo tiempo, la apertura universal a los dones divinos.

Tal apertura ya fue anunciada proféticamente para la era mesiánica: ver el templo de Dios abierto a toda la gente. Este <<nuevo templo>> es la humanidad misma de Cristo, como recordara la Carta a los Hebreos, donde habita la divinidad, de modo que cada hombre que ore puede considerarse, según Pablo, <<templo de Dios>>, llamado a insertarse como miembro vivo en el cuerpo de Cristo.

Toda la familia humana tiene cabida en el misterio divino que comporta la recapitulación de cada criatura en Jesucristo, el Seńor Así lo enseńa el Concilio Vaticano II: <<Una sola es la vocación última de todos los hombres, es decir; la vocación divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo que solo Dios conoce, se asocien a su misterio pascual>> (Concilio Vaticano II, constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, n. 22, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid *1976, 289-291).

Seńor Jesucristo, hijo de David, acoge nuestra súplica. Aunque no venimos de tierras paganas sometidas por el maligno, siempre somos ovejas extraviadas de tu rebańo. En nuestros corazones pende un pasado de idolatría e infidelidad. Ciertamente, no somos dignos de sentarnos a la mesa de los hijos, pero una migaja de tu pan celeste puede redimirnos de nuestras perversiones y proporcionarnos el don de la salvación. Suscita en nosotros una <<fe grande>>, como la de la cananea, de modo que podamos testimoniar entre los hombres los prodigios de tu amor.