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No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.








Domingo XXIV  del Tiempo Ordinario


Estamos en el corazón del denominado <<discurso eclesial" (o comunitario) de Mateo, que ocupa todo el capitulo 18. La principal interpelada es la comunidad cristiana, la Iglesia, <<la asamblea de los llamados" (vv 17).

El discurso no esta dirigido a extrańos, sino a hermanos que viven juntos. Se trata de dar consistencia al amor fraterno: <<Seńor: cuántas veces ....? ". La pregunta de Pedro es clara (v. 21). La cuestión es de cálculo, el límite o las fronteras del perdón... <<Siete veces?" Hasta cuántas veces, llegados a un punto, basta, porque la paciencia tiene un limite.

Jesús, como de costumbre, le contesta con una parábola (vv 23-34), y quien quiera entender que entienda. Es un drama, de corte sapiencial, en tres actos, sin paralelo en los otros sinópticos. Los protagonistas, un rey y sus siervos.

El primer acto, estructurado con una lógica extrańa, abre el drama; este rey decide ajustar las cuentas con sus sirvientes. Le presentan a un siervo con una deuda enorme: diez mil talentos. Imposible de saldar Un talento correspondía a 36 kilos, en peso, o a 10.000 denarios, en monedas. Si un denario era el jornal de un obrero, para que el siervo hubiese podido pagar la deuda debería haber trabajado una cantidad inconmensurable de ańos. Y aunque el rey hubiese logrado vender a aquel siervo, con toda su familia y sus bienes (como había amenazado) habría obtenido mas bien poco (la venta de un esclavo oscilaba entre 500 denarios, como mínimo, y 2.000 denarios, como máximo). La propuesta del siervo, <<te lo pagaré todo", es completamente absurda. Sin embargo, lo sorprendente es la reacción del rey-Seńor a la súplica del siervo: <<Tuvo compasi6n". Esta es la primera respuesta a la pregunta de Pedro, y con él - portavoz de la comunidad - a todos los discípulos: reconocerse deudores, totalmente insolventes, aunque beneficiarios de un <<super-don", inmerecido y absolutamente gratuito, procedente de Dios.

El segundo acto del drama, el perdón fraterno, mutuo e ilimitado: <<No te digo siete veces, sino setenta veces siete" (v. 22). El rey-Seńor desaparece de la escena y quedan únicamente los siervos. Un segundo siervo le debe 100 denarios al primero (al siervo que le había sido perdonado el enorme débito); bastaría con tener un poco de paciencia, como legítimamente le pedía el segundo siervo a su compańero, (<<Ten paciencia conmigo y te pagaré") y todo se resolvería. Pero —he aquí el drama- el primer siervo no quiere esperar y reivindica, de manera agresiva, lo que considera suyo, la deuda. Sin acceder a prórroga de ningún tipo, decide zanjar el asunto rompiendo definitivamente cualquier relación con el otro:

<<Lo metió en la cárcel" (M 30).

El último acto de la parábola es la consecuencia del comportamiento mezquino del siervo. Es inútil decirlo. El rey, muy enfadado, emite un juicio (M 32) y concluye formulando una pregunta retórica: <<No debías haber tenido compasión de tu compańero, como yo la tuve de ti? (M 33).

 <Acuérdate de tu fin y deja de odiar" (Sir 28,6). Cuál es el <<fin", las <<cosas últimas", de las que habla la Escritura? Si nos fijamos en la pagina del evangelio de Mateo, el fin se refiere al Reino de los Cielos; y si hojeamos la Carta a los Romanos, coincide con el Seńor (<<Vivimos para el Seńor", 14,8). El Reino de los Cielos es el horizonte ultimo de la historia, Cristo resucitado es el acontecimiento último del hombre. Pues el perdón mira al presente desde el fin, es decir, del novum, del éschatón, de lo definitivo que esta por venir El perdón <<no se sitúa en un plano ético, sino escatológico. El perdón es la profecía del Reino" (E. Bianchi).

En el texto de Mateo, hay dos dimensiones en tensión: la comunidad cristiana que vive en el tiempo, imperfectamente, y el Reino de los Cielos, que domina el fin de los tiempos. El perdón, como posibilidad ilimitada de relación y convivencia fraterna en el presente, también es la condición -gratuitamente ofrecida - de acceso a la comunión con Dios. Allí donde el pecado es ruptura de la relación, el perdón es restablecimiento, reconstrucción y consolidación de vínculos.

Se trata de abrir las puertas de nuestro corazón al amor - mas precisamente, a la misericordia de Dios- y permitirle que vivifique lo que el pecado mata. Se puede decir que la fuerza del perdón es la paciencia, entendida como esperanza, oración y empeńo por la conversión propia y del hermano. Perdonar conlleva, en cierto sentido, participar de la paciencia divina: él es el <<paciente", el <<clemente", el <<compasivo", el <<misericordioso" y el <<fiel" (Ex 34,6). El primer movimiento del perdón es tener paciencia, aceptar las imperfecciones propias y ajenas. El segundo consiste en dar: estar en actitud de disponibilidad (darse) y acogida (ofrecerse) con el ofensor.

Santísimo Padre nuestro: creador, redentor, consolador y salvador nuestro!

Perdónanos nuestras deudas: por tu inefable misericordia, por la virtud de la pasión de tu amado Hijo y por los méritos y la intercesión de la beatísima Virgen y de todos tus elegidos.

Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores: y lo que no perdonamos plenamente, haz tu, Seńor que plenamente lo perdonemos, para que por ti amemos de verdad a los enemigos y en favor de ellos intercedamos devotamente ante ti, no devolviendo a nadie mal por mal (cf 1 Tes 5,15), y para que procuremos ser en ti útiles en todo.

Y no dejes caer en tentación: oculta o manifiesta, imprevista o insistente.

Mas líbranos del mal: pasado, presente y futuro. Gloria al Padre... (Francisco de Asís, <<Paráfrasis del padrenuestro", en San Francisco de Asís.













Si te hace caso, has salvado a tu hermano.







Domingo XXIII  del Tiempo Ordinario


El texto evangélico de hoy pertenece al <<discurso eclesial" de Jesús (o discurso sobre la fraternidad). En el evangelio de Mateo se encuentra después de la parábola de la oveja perdida y la solicitud de Jesús con los <<pequeńos", con las personas mas débiles en la fe y, por lo tanto, mas expuestas al peligro del desaliento o la deserción. El presente relato se puede leer como la ilustración práctica de la búsqueda solicita de la oveja perdida.

Si hacemos una lectura superficial de las palabras de Jesús, nos puede dar la impresión de que se trata de un discurso duro: enumera detalladamente una serie de normas disciplinares y concluye con una sentencia judicial. En realidad, la enseńanza de Jesús responde a una preocupación pastoral: salvar a los hermanos mas frágiles y exhortar a todos para que se responsabilicen del hermano que ha pecado y le ayuden a volver.

El mandato categórico <<ve" (vt 15) sobreentiende que se requiere coraje para corregir al hermano extraviado, que es necesario vencer una resistencia interior para dar este paso, pues el bien del hermano vale mas que el malestar percibido, y a gusto y por él, se sacrifica el propio “bienestar". Jesús sugiere el itinerario a seguir en la corrección fraterna. Se parte con una primera tentativa admonitoria, cara a cara, con delicadeza y discreción, sin intención de humillar o mortificar; sino con el deseo de comunicar el sufrimiento de la comunidad, causado por el pecado y la separación, y a la espera de abrazar afectuosamente al hermano.

Si este intento fracasa, se recurre a la corrección en presencia de dos o tres testigos; y solo en el caso de un ulterior fiasco se hace participe del problema a toda la comunidad. Si a pesar de la intervención de la comunidad el resultado es negativo, queda el reconocimiento oficial de la separación del hermano de la Iglesia. No se trata, propiamente, de una <<excomunión", sino de la declaración explícita de una situación de hecho ya ocurrida: <<considéralo como un pagano o un publicano" (v. 17), es decir, como alguien extrańo a la comunidad.

El hincapié sobre la comunión es insistente en los versículos finales (vv. 19ss): la concordia de los corazónes -en griego, <<sintonía" o <<sinfonía"- puestos de acuerdo para pedir cualquier cosa asegura la acogida de la petición, la comunión <<en el nombre de Jesús".

Es decir, reunirse en torno a la persona de Jesús, adhiriéndose a su Palabra y a su misión en la historia, asegura la presencia de Dios. El texto evangélico podríamos leerlo ahora a partir de estos versículos finales, con cuya luz se ilumina el rostro auténtico de la Iglesia: una comunidad de amor que hunde sus raíces en el misterio de Cristo, el misterio del amor hasta el extremo.

La Palabra de Dios propuesta por la liturgia orienta nuestros pasos y guía nuestra mente y nuestro corazón hasta el mandamiento evangélico de la corrección fraterna: el profeta Ezequiel proclama la responsabilidad personal, el apóstol Pablo recuerda que en el amor mutuo hunde sus raíces y, por ultimo, el evangelista Mateo enseńa a practicarla con el estilo de Jesús.

        Frente a este tema experimentamos una sensación de malestar una cierta resistencia. Y a menudo -así hay que reconocerlo- eludimos la corrección fraterna. Por tanto, es necesario redescubrir el sentido teológico profundo de la corrección fraterna. Contemplemos con mirada atenta el misterio de la cruz de Jesucristo mediante la cruz nos llega la salvación; la cruz es el signo del gran amor que Dios nos tiene; salvándonos, nos hace portadores de su salvación. La auténtica corrección fraterna nace justo <<en ese punto de encuentro donde la salvación obtenida se convierte en salvación entregada, donde un pecador perdonado se convierte en instrumento de perdón redentor de mediación salvadora, y sale al encuentro del hermano pecador como él, para que acoja el do de Dios, igual que él" (A, Cencini).

Si la cruz de Jesús es el centro de la experiencia religiosa personal, también será el centro de la fraternidad que se reúne en su nombre: por la cruz pasará nuestra interrelación. Sólo la cruz de Jesús tiene el poder de juzgar y reconciliar, y si vivo en la escucha humilde y sincera de la Palabra de la cruz, si me dejo <<radiografiar" en mi verdad y forjar en la verdad de Dios-Amor entonces, y sólo entonces, podré ser un instrumento de corrección y reconciliación, libre de cualquier tipo de juicio. Este camino de corrección fraterna evita tanto los excesos de la impotencia como de la prepotencia, excesos -uno y otro— que revelan un escaso sentido de la comunicación y de la disponibilidad para corregir y dejarse corregir fraternalmente.

Todavía resuenan hoy las proféticas palabras de Pablo VI en su exhortación Paterna cum benevolentia: <<La corrección fraterna es un acto de caridad mandado por el Seńor [...]. Su práctica obliga a quien la rea1iza a sacar primero la viga de su ojo (cf Mt 7,5), para que no se pervierta el orden de la corrección. La práctica de la misma se dirige desde el principio como un movimiento a la santidad, que solo puede obtener en la reconciliación su plenitud; consistente no en una pacificación oportunista que disfrazase la peor de las enemistades, sino en la conversión interior y en el amor unificador en Cristo que se deriva" (cap. VI). En esta línea comprendemos 1a grandeza de la corrección fraterna: un instrumento indispensable que ayuda a crecer a la comunidad y a cimentarla en el amor de Cristo.

Ayúdame, Seńor; a permanecer enmudecido a los pies de tu cruz para escuchar tu Palabra y dejarme alcanzar y modelar por ella. Solo la Palabra de tu cruz revela la verdad de mi vida y desvela el disfraz de mi mentira. Tu Palabra me juzga, Seńor, me juzga severamente; ante ella no puedo, ni quiero, esconderme. Descubro con la delicia y la alegría del nińo que, mientras tu Palabra <<hiere, cura>> (cf Job 5,18), de ella nace una vida nueva.

Descubro que <<el Seńor reprende a quien ama, como un padre a su hija predilecto>> (cf Prov 3,12). Descubro que <<él reprende, corrige, enseńa y conduce como un pastor su rebańo" (cf Sir 18,13). Y aun descubro que la Palabra de la cruz me atrae y su potencia divina acoge mi debilidad palmaria y transforma el mal en bien. Seńor, ayúdame a ser según tu Palabra.

















Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a si mismo, cargue con su cruz y me siga.

 








Domingo XXII  del Tiempo Ordinario


Con el reconocimiento del mesianismo de Jesús se abre una nueva etapa en el Camino del evangelio. Mateo lo subraya: <<Desde entonces comenzó Jesús...>> (v. 21) a mostrarles con claridad el destino que le esperaba: el rechazo (<<sufrir mucho>>) por parte de las autoridades judías que constituían el sanedrín (<<los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley >>), la muerte ignominiosa (<<lo matarían>>) y, finalmente, la resurrección (v. 21).

Afrontar un destino semejante es un deber (<<tenía que ir a... >>), una necesidad ineludible que entra en la lógica de la encarnación: compartir hasta el final el camino del hombre pecador. Jesús reproduce con exactitud la antigua profecía del siervo sufriente.

La primera oposición a la meta de Jesús nace desde dentro del grupo de los discípulos. Antes, Pedro, por revelación del Padre, se erigió en portavoz del mesianismo de Jesús; ahora, haciendo valer sus credenciales ante el Maestro, explaya su humanidad (<<carne y sangre>>, Mt 16,17), pretende evitar una misión cuyo resultado es tan desconcertante como ofensivo. Y reacciona <<tomándolo aparte>> (v. 22); Cristo quiere restituir la situación y, públicamente, corrige al apóstol. Reconoce en la propuesta de Pedro la presencia del Tentador y rechaza la tentación con la misma rotundidad que lo había hecho durante su estancia en el desierto: <<!Satanás! Eres para mi un obstáculo>> (M 23; cf Mt 4,10).

La incomprensión de los discípulos pende como una espada de Damocles sobre el seguimiento y culminará con la traición de Judas y la negación de Pedro, quien en esta ocasión <<no ha tenido los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús" (cf Flp 2,5). Llegado el momento, Cristo explica su elección: la vida (!el alma!) se salva haciéndola don y ofrenda. Si la vida tiene un valor absoluto, la vida es la condición imprescindible del seguimiento (cf Mt 10,38ss, donde aparecen los mismos versículos).

Podemos releer el presente fragmento evangélico a la luz del testimonio de Jeremías y la exhortación de Pablo y transformar la vida en un sacrificio Espiritual en constante discernimiento.

Cristo, figura del profeta perseguido (cf Mt 16,14: <<...otros que Jeremías>>), después del discernimiento madurado en la soledad del desierto y del reconocimiento de su mesianismo por boca de Pedro, quiere abrir la mente de los apóstoles al sentido profundo de su misión, según el oráculo del siervo sufriente de Isaías. El camino de la salvación nunca puede ser el de la perdición, pues la desobediencia primera ha sido reemplazada con la obediencia incondicional al designio divino, que ha tomado cuerpo con la encarnación.

El Verbo hecho carne, una vez que asume la naturaleza humana y se adentra en la marańa de la historia, tiene que acoger hasta el final la trayectoria connatural de los acontecimientos humanos. En el caminar de su vida ve reflejado el significado profundo de la existencia humana, llamada a realizarse en la donación de si misma. Y es en esta ofrenda, realizada en la cotidianeidad de la vida, donde el hombre celebra el auténtico culto Espiritual.



Tomad, Seńor y recibid toda mi libertad,

mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad,

todo mi haber y poseer

        Vos me lo disteis, a vos, Seńor, lo torno.

        Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad.

        Dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.














Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos








Domingo XXI  del Tiempo Ordinario


Jesús se encuentra en un extremo del territorio —en la ciudad de Cesarea, fundada por el tetrarca Herodes Filipo, a unos 40 kilómetros al norte del lago Tiberiades— con los discípulos  e, interesado por la opinión que se habían ido formando de él, los <<sondea>>. La gente cree que es un profeta, un título, en aquel entonces, con una clara referencia mesiánica. Tanto es así que <<algunos>> lo consideraban como de los antiguos profetas, que ha resucitado" (cf Lc 9,19) o hasta el mismo Juan el Bautista, <<que ha resucitado de entre los muertos>> (cf Mt 14,2). Esta es la opinión de la gente, y vosotros —enfatiza el Seńor- quién decís que soy yo?> Toma la palabra Simon Pedro, como portavoz del grupo, quien manifiesta tener pleno conocimiento no solo del mesianismo, sino de la divinidad de Cristo. Es verdad que los evangelios han sido escritos después de que los acontecimientos se hayan producido; sin embargo, la bienaventuranza pronunciada por Cristo (<<dichoso tú>) y la razón ofrecida (<<porque eso...>>) testimonian la importancia del reconocimiento: Pedro, desde el principio, es confirmado en el nuevo encargo con el cambio de nombre, Cefas, en arameo, totalmente desconocido hasta entonces (Mt 4,18; cf Jn 1,42).

El reconocimiento de Simon Pedro de la verdadera identidad de Cristo seńala el momento culminante de la experiencia de los apóstoles y de la Iglesia, que tiene en Cristo su fundamento. Pedro, según el texto del cuarto evangelio (6,69), <<cree y conoce>> que Jesús de Nazaret es << es el santo de Dios>>, el consagrado por excelencia, el Mesías—Cristo. Las consecuencias de tal reconocimiento han marcado una historia bimilenaria y todavía activa. Sobre todo, subraya que reconocer a Cristo es fruto de la revelación del Padre acogida con Espíritu de fe (!creído y conocido!). En segundo lugar, un acto semejante es, a su vez, fuente de aquella bienaventuranza que le concede al testimonio cristiano empuje y alegría. En tercer lugar es sobre la roca de Pedro y los apóstoles donde tiene el fundamento la comunidad de Jesús, el nuevo y universal pueblo de Dios. Contra él resultaran impotentes las fuerzas de la muerte (<<las puertas del infierno>>, en el lenguaje bíblico). Pedro y los apóstoles (cf Mt 18,18) ejercen el poder de Cristo (cf Ap 1,18), la triple tarea de gobernar (<<atar>> y <<desatar>>), santificar y enseńar. El estupor de Pablo ante los designios divinos bien puede equipararse al episodio evangélico de la investidura de Pedro y la constitución de la Iglesia como una comunidad cimentada sobre la roca de la fe y -lo recuerda Juan al final del evangelio- del amor.


Concédele a tu Iglesia, Seńor,

que no alimente actitudes soberbias,

sino servicios humildes, agradables a ti.

Que desdeńe el mal

y practique cuanto es recto

con amor y plena libertad













Mujer, qué grande es tu fe.

 





Domingo XX del Tiempo Ordinario


Después de una serie de gestos y palabras que tienen por escenario el lago de Tiberiades, Cristo se adentra en territorio pagano, en la comarca fenicia que forma parte de Siria y es limítrofe con Galilea. Al encuentro le sale una mujer cananea (Marcos habla de una mujer <<sirofenicia>>) y le dirige una suplica en la que reconoce implícitamente el mesianismo (<<Hijo de David>>) y el seńorío de Cristo.

        Habría bastado esta premisa, máxime sabiendo que se trataba de una posesión diabólica (los paganos estaban considerados bajo el dominio de Satanás) y que estaba acompańada de la invocación de la piedad divina, para ganarse favorablemente la voluntad de Cristo. Sin embargo, aunque Jesús haya venido apara destruir <<las obras del diablo>> (1 Jn 3,8), declara su preferencia actual por <<las ovejas perdidas del pueblo de Israel>> (cf Mt 10,6).

La insistencia y los razonamientos de la mujer obtienen el resultado esperado y el Seńor le descubre a la cananea la grandeza de su fe: <<!Qué grande es tu fe!>>, muy superior a la de los observantes judíos, que desde el rechazo y la incomprensión <<se sentían ofendidos al oír las palabras>> del Seńor (Mt 15,12)

Con el episodio de la cananea, la Iglesia de los orígenes afrontaba una cuestión de capital importancia, y no menos decisiva para la Iglesia de hoy: la salvación del que todavía no ha sido alcanzado por el Evangelio de Jesús. La intervención de la mujer se puede formular de la siguiente manera: <<La salvación pasa por el reconocimiento del mesianismo y el seńorío de Cristo>>. El mismo Mateo nos enseńa en el gran cuadro del juicio universal (c. 25) que tal reconocimiento puede ser implícito, ya que esta mas ligado al amor al prójimo que a la pertenencia formal a la Iglesia. Con eso se salvaguarda la unicidad de la salvación, que tiene en Cristo muerto y resucitado a su artífice, y al mismo tiempo, la apertura universal a los dones divinos.

Tal apertura ya fue anunciada proféticamente para la era mesiánica: ver el templo de Dios abierto a toda la gente. Este <<nuevo templo>> es la humanidad misma de Cristo, como recordara la Carta a los Hebreos, donde habita la divinidad, de modo que cada hombre que ore puede considerarse, según Pablo, <<templo de Dios>>, llamado a insertarse como miembro vivo en el cuerpo de Cristo.

Toda la familia humana tiene cabida en el misterio divino que comporta la recapitulación de cada criatura en Jesucristo, el Seńor Así lo enseńa el Concilio Vaticano II: <<Una sola es la vocación última de todos los hombres, es decir; la vocación divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo que solo Dios conoce, se asocien a su misterio pascual>> (Concilio Vaticano II, constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, n. 22, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid *1976, 289-291).

Seńor Jesucristo, hijo de David, acoge nuestra súplica. Aunque no venimos de tierras paganas sometidas por el maligno, siempre somos ovejas extraviadas de tu rebańo. En nuestros corazones pende un pasado de idolatría e infidelidad. Ciertamente, no somos dignos de sentarnos a la mesa de los hijos, pero una migaja de tu pan celeste puede redimirnos de nuestras perversiones y proporcionarnos el don de la salvación. Suscita en nosotros una <<fe grande>>, como la de la cananea, de modo que podamos testimoniar entre los hombres los prodigios de tu amor.









Mándame ir a ti sobre el agua.

 





Domingo XIX del Tiempo Ordinario


" Jesús subió al monte <<para orar a solas" (v. 23). Es una imagen que nos transporta fuera del tiempo y del espacio: todo parece pararse en la quietud eterna del silencio del Hijo en el Padre. Como si no hubiese anochecen esa es la impresión. Mientras, los discípulos  están desconcertados: es de noche y la barca es sacudida por el oleaje (v. 24). Despunta el alba y Jesús se aproxima. Pero esto no significa el final de la turbación. Al contratiempo de los elementos externos y naturales le sucede ahora un acontecimiento fascinante e imprevisible, además estremecedor, que les conmociona interiormente: Jesús se acercó a ellos caminando sobre las aguas (v 25). El evangelio recoge la reacción de los discípulos: <<se pusieron a gritar de miedo" (v. 26). El miedo es la antigua esclavitud del hombre y se contrapone a la fe. La réplica del Seńor: <<!Ánimo! Soy yo, no temáis" (v. 27) parece calmar la atmosfera.

Pedro emprende un acto atrevido, no por fe, sino por verificación, impulsivo. Contesta: <<Serio1; si eres tú>> (v. 28). La iniciativa humana no es suficiente para caminar al encuentro de Jesús. El miedo lo hunde y solo la humildad de la fe lo salva. El acontecimiento tiene su diagnóstico: <<Por qué has dudado?" (v. 31). El desenlace final es de adoración coral. A la luz del día le siguió la calma: <<El viento se calmó" (v 32), es decir, a la luz de la verdad en Cristo, con Cristo y por Cristo, el hombre consigue, después de la prueba, la calma del corazón en Dios.

Los tres textos de la liturgia reflejan el tema de la fe en el Dios-con-nosotros, presente y activo tanto en la historia universal como en los acontecimientos personales de cada uno. Y a su vez, nos proponen una reflexión sobre la continuidad de la experiencia de fe judía y cristiana, de la diferencia de calidad y modos. Elías, Pablo y Pedro son tres campeones con quienes podemos confrontar nuestra experiencia de fe en el Dios trascendente, supremo y santo, que es todo para el hombre; el Dios de los <<padres" envuelto en aureola misteriosa es el Dios que actúa dentro de la historia como el que salva; el Dios cuya esencia es incognoscible, pero cuya voluntad y deseo se inclinan en favor del hombre, en mimarlo y llevarlo cogido de la mano. Esto no permite fáciles abstracciones filosóficas, sino empeńar todo el ser en la opción fundamental de la fe. No son simples mensajes, sino hechos. El Dios <<totalmente otro" no se manifiesta en imágenes, sino que se revela mediante la Palabra y, al llegar la plenitud de los tiempos, en el Hijo unigénito. La fe no puede quedar relegada a la esfera afectiva del hombre. La fe es compromiso y empeńo, pues la historia no es una secuencia de hechos, sino un único acontecimiento salvífico, cuya trama la teje Dios con toda la humanidad.

Concédenos, Seńor la vista que nos permita ver tu amor en el mundo, a pesar de los chascos humanos. Concédenos la fe para confiar en tu bondad, a pesar de nuestra ignorancia y debilidad. Concédenos el conocimiento, para que sigamos orando con un corazón consciente, y muéstranos lo que cada uno de nosotros tiene que hacer para favorecer la llegada del día de la paz universal (los astronautas del Apolo VIII, desde el espacio, el 24 de diciembre de 1968)








Comieron todos hasta quedar satisfechos

 




Domingo XVIII del Tiempo Ordinario


Jesús, informado de la muerte de Juan el Bautista, siente la necesidad de apartarse: <<Se retiró de allí a un lugar tranquilo>> (v. 13). Jesús esta de luto, podría pensarse. La humanidad, representada por el gentío, <<aquel gran gentío>>, acude al lugar desértico y entra en su soledad. El Dios hecho hombre se hace solidario del dolor humano y acoge espontáneamente al hombre en este vía crucis de la existencia, en una historia donde da la impresión que prevalece el sufrimiento y la tribulación. Tres verbos escalonan la intervención del Salvador: <<vio>, <<sintió compasión>> y <<curó>>. El corazón de Dios se estremece ante aquella indigencia humana, que de por si clama al Altísimo. Dos detalles completan la ausencia de cualquier esperanza posible: <<el anochecer>> y <<el lugar desértico>>. Es la hora del <<nada es imposible para Dios>>.

Ante la fe del hombre, la humildad de Dios se convierte en gloria. A los atónitos discípulos  Jesús les dice: <<Dadles vosotros de comer>> (v. 16). Sorprende este <<vosotros>>. Jesús traslada su iniciativa a la actuación de los apóstoles: él podía haber intervenido personalmente. Pero es desde la libertad de la fe cuando pueden actuar, los discípulos  cooperan y todos reciben comida abundantemente.

El hambre y la sed de la humanidad no se sacian con bienes materiales. A lo largo de la historia, la humanidad, fatigada y oprimida por múltiples angustias y problemas, siempre ha experimentado, y cada vez mas, la incapacidad de darse una salvación meramente terrenal, obtener una paz duradera y alcanzar una justicia ecuánime. El hombre, en el fracaso de sus esfuerzos y aspiraciones, aún es mas consciente de que necesita una ayuda de lo alto; y esto, por sus designios trascendentes, no puede ser sino un don. Su gratuidad es tan extraordinaria como inconmensurables son su valor y su obtención. Una es la experiencia inmediata de todo esto; <<Dios es más grande que nuestro corazón>> (1 Jn 3,20). En esta verdad se basa la alianza eterna.

La <<compasión>> de Jesús por la muchedumbre desvela el móvil del don de Dios en el Hijo unigénito para la vida del mundo: una coparticipación viva, palpitante y auténtica. Prefigura la hora del Calvario y compendia completamente el contenido eucarístico del sacrificio del banquete divino ofrecido en símbolo mediante el milagro. El tiempo mesiánico se ha manifestado: Dios sacia a su pueblo <<de balde>>; lo nutre de cosas buenas: gracia y verdad, vida y alegría. Y aún más, lo vincula con una comida que es prenda de eternidad: el Verbo encarnado y entregado por nosotros. En él, cualquier ańoranza humana de Dios es atendida ampliamente mediante el cumplimiento de la promesa y el vínculo perenne con Dios.

El cansancio y la debilidad han oprimido nuestros corazones. No tenemos ni alimento Espiritual, ni descanso corporal, ni consuelo. La nostalgia, la espera y la esclavitud nos estén ahogando. Jesús misericordioso, imploramos tu compasión, nos abrazamos a tu costado abierto. Corazón misericordioso e inflamado de amor; apriétanos con los lazos de la piedad, el amor y la unión. Ayúdanos a regresar pronto a nuestra tierra, para que podamos cumplir mejor, siempre mejor, las tareas encomendadas por el Creador Amén. (jóvenes lituanos en un campo de concentración siberiano).








El tesoro de la sabiduría del Reino...

 


Domingo XVII del Tiempo Ordinario

Textos

Audio

Lecturas

Contigo, Señor, y a tu modo.

Comentario


Gracias a: Ciudad Redonda.org. Rezando Voy. y Dominicos.org

El texto evangélico de hoy es el final del c.13 de Mateo, el capítulo de las parábolas por antonomasia, en que una y otra vez se compara el "Reino de los cielos" con las cosas de este mundo, de la tierra, del campo, de la cizaña. En este caso, nos hemos de fijar en el tesoro del campo y la perla (vv. 44-46). Las dos parábolas narran el descubrimiento de algo tan valioso que los protagonistas (un hombre cualquiera y un comerciante) no dudan en vender todo lo que tienen para adquirirlo; lo hallado es tan extraordinario que están dispuestos a desprenderse de cuanto poseen con tal de apropiárselo. No todos los días tiene uno la suerte de descubrir un tesoro o una perla de inmenso valor. Cualquier hombre sería feliz con un descubrimiento semejante. Por eso, haría todo lo posible por obtenerlo, aunque para ello tuviera que pagar un alto precio. 

Cuando uno encuentra el Reino de Dios entonces todo está en poner en marcha la sabiduría y el coraje de que uno es capaz, los cinco sentidos, arriesgarlo todo, entregar todo lo que uno tiene, por ello.

¿Es que el reino de Dios es un tesoro? Naturalmente que sí. Porque es el acontecimiento de un tiempo nuevo de gracia y salvación, de felicidad y amor que Jesús ha predicado y que ha convertido en causa de su vida y de su entrega. Por eso lo importante de estas dos parábolas es la decisión que toman ambos protagonistas y más todavía la alegría de esta decisión en el caso de tesoro en el campo (extraña que el mercader de perlas no tenga esta reacción primera, aunque sea la misma decisión). No he encontrado mejor conclusión que esta: «El Reino aparece así como un don al alcance de todos, de los afortunados y de los inquietos, de los que sin buscarlo se lo encuentran por casualidad y de los que lo descubren al final de una búsqueda. Para responder adecuadamente a ese don, aceptándolo y haciéndolo suyo, el ser humano ha de estar convencido de que el Reino es lo más valioso que se le puede ofrecer y, en consecuencia, ha de estar dispuesto a anteponerlo a cualquier otro bien» (cf. F. Camacho Acosta, Las parábolas del tesoro y la perla, Isidorianum, 2002). Fuente: domincos.org