Recapacitó y fue.





Domingo XXVI  del Tiempo Ordinario


La parábola, referida por Jesús durante su actividad en Jerusalén, antes de la pasión y de la muerte, muestra, ante la voluntad explicita e imperativa del padre y la reacción de cada uno de los dos hijos, no solo la diferencia y la distancia entre las palabras y los hechos, sino el cambio y la transformación interior en el modo de pensar.

El primero de los hijos da la impresión de ser sincero, y, de forma veraz, le comunica al padre su voluntad: <<No quiero". Pero después de la respuesta use arrepintió" (v. 29), y obedeció, <<y fue" (v 29). El segundo hijo escucha formalmente las palabras del Padre y respetuosamente le dice: <<Voy Seńor>> (v 30). Pero no tiene intención de hacer efectivas sus palabras, y desobedeció, <<y no fue" (v. 3o). El primer hijo reconsidera la decisión de cumplir la voluntad del Padre y cambia de actitud; Jesús lo subraya: <<Se arrepintió". El Maestro, con una pregunta, implica a los presentes para que se pronuncien sobre el distinto comportamiento de los dos hijos: <<Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?". Los interpelados le contestaron; <<El primero".

Jesús había dicho: <<No todo el que me dice: !Seńor; Seńor! entrará en el Reino de [os Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Muchos me dirán aquel día: !Seńor; Seńor! No profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Pero yo les responderé: No os conozco de nada. Apartaos de mi malvados" (Mt 7,21-23). Y Jeremías, a propósito del sentido de la circuncisión (4,4): <<Circuncidaos para consagraros al Seńor; quitad el prepucio de vuestro corazón, habitantes de Judd y de Jerusalén, no sea que estalle mi ira como fuego y arda sin que nadie pueda apagarla, por la maldad de vuestras acciones".

Puede parecer que el arrepentimiento y la conversión brotan de un <<conocimiento>> de la ley que dicta normas de comportamiento. En realidad, tienen la raíz en el corazón de la persona que reconoce en el legislador no a un amo, sino a un padre. En la persona que ve en la ley la expresión de la voluntad del padre - de un padre que quiere hacer feliz al hijo (pues hasta la ley le supone al hijo esfuerzo y sacrificio).

 <<Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que vosotros en el Reina de Dios. Porque vino Juan a mostraros el camino de la salvación y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y vosotros, a pesar de verlo, no os arrepentisteis ni creísteis en él" (Mt 21,31-32).

La referencia básica de la lectura es el <<arrepentimiento", la conversión del corazón. <<Arrepentirse para creer>>. Jesús ha invertido intencionadamente el orden de los verbos. No es sélo <<creer para arrepentirse". Arrepentirse para creer consiste, ante todo, en no considerarse ni justos, ni rectos, ni Santos. Ni tampoco pensar que por observar tal o cual ley no somos como el resto de los hombres que no la observan.

Tener conciencia de ser pecadores nos pone en actitud de conversión. Creernos justos nos impide encauzar los pasos por el camino de la conversión. Quien nos hace justos, rectos y santos es Sólo Dios (la parábola del fariseo y del publicano de Lc 18,9-14 no deja lugar a dudas ni a equívocos). Arrepentirse para creer consiste en no ser nosotros quienes determinemos qué es bueno o malo, justo o injusto, recto o torcido, santo o profano, sino el Seńor

El discurso de Ezequiel, entre Dios e Israel, arranca con un interrogante: ,Acaso no es justo mi proceder? No es mas bien vuestro proceder el que es injusto? Es lícito -y necesario- preguntarse: Qué sabe Israel de <<rectitud"? La respuesta Sólo la puede dar Dios: la iniquidad es causa de muerte; la justicia y la rectitud son causa de vida. Pasar de la iniquidad a la justicia y a la rectitud es pasar de la muerte a la vida. Quién determina este paso? Dios.

Concédeme, benignísimo Jesús, tu gracia para que esté conmigo, y obre conmigo, y persevere conmigo hasta el fin.

Dame que desee y quiera siempre lo que te es mas acepto y agradable a ti.

Tu voluntad sea la mía, y mi voluntad siga siempre la tuya y se conforme en todo con ella.

Tenga yo un querer y no querer contigo, y no pueda querer y no querer sino lo que tu quieres y no quieres.

Dame, Seńor que muera a todo lo que hay en el mundo, y dame que desee por ti ser despreciado y olvidado en este siglo.

Dame, sobre todo, lo que se puede desean descansar  en Ti y aquietar mi corazón en ti.

Tu eres la verdadera paz del corazón, tu el único descanso; fuera de ti todas las cosas son molestas e inquietas.

En esta paz permanente, esto es, en ti, sumo y eterno Bien, dormiré y descansaré. Amen (Tomas de Kempis, La imitación de Cristo, III,15,3).