¿Qué hace un buen matrimonio? Artículo.

Ninguna predicación moldea tanto el alma como ver a alguien vivir con honestidad. Si eso es cierto —y lo es—, entonces ningún curso matrimonial enseña tanto sobre el matrimonio como el testimonio de un buen matrimonio.

Lo entendí de primera mano hace algunos años, cuando asistí al 50º aniversario de boda de unos tíos míos. El suyo era un buen matrimonio: armonía, hospitalidad, familia, fe.

Sin embargo —y solo ellos conocían el costo—, no siempre fue fácil. Pasaron los primeros años sin mucho dinero ni comodidades, criando una familia numerosa. Su primer empleo, como dependiente de tienda, apenas le daba para vivir. Ella no encontraba trabajo, porque en aquel pequeño pueblo las mujeres no eran muy buscadas en el mercado laboral.

Además, como en toda familia, hubo incontables luchas. Y, en su caso, incontables horas que ambos dedicaron, más allá de su propio hogar, al servicio en la Iglesia y en la comunidad.

Más de doscientas personas, entre familiares y amigos, nos reunimos para brindar por ellos. Al final del banquete, mi tío se puso de pie para dar las gracias y concluyó así sus palabras:

“Cuando nos casamos, hace cincuenta años, no teníamos mucho. Pero confiábamos, aunque no lo pensáramos demasiado, en que si vivíamos de acuerdo con los Diez Mandamientos y las leyes de la Iglesia, las cosas saldrían bien. Y creo que así fue.”

¡Qué forma tan modesta de decirlo! Las cosas salieron mucho mejor que “bien”.

Creo que un buen matrimonio puede describirse con cuatro imágenes. Y el suyo es ejemplo claro de todas ellas:

  1. Un buen matrimonio es una chimenea encendida. El amor entre dos personas crea un calor real. Ese calor no abriga solo a los esposos; también llega a los hijos, los vecinos, la comunidad y todo el que los encuentra.
  2. Un buen matrimonio es una gran mesa, abundante en comida y bebida. Cuando dos personas se aman de verdad, su amor se convierte en hospitalidad: una mesa donde otros encuentran alimento, en sentido literal y figurado. El amor no solo nutre a quienes lo comparten; siempre hay un excedente que alcanza para los demás. Esto es lo que lo hace sacramento.
  3. Un buen matrimonio es un recipiente que acoge el sufrimiento. Un viejo axioma dice: “Todo puede sobrellevarse si se comparte”. Es cierto. Quien tiene un verdadero compañero de vida puede cargar mucho dolor. En un buen matrimonio, el esposo y la esposa, gracias a su afinidad moral, no solo soportan su propio sufrimiento, sino que también ayudan a llevar el de otros.
  4. Un buen matrimonio es el Cuerpo de Cristo, carne entregada como alimento para la vida del mundo. Cristo nos dejó su Cuerpo para dar vida al mundo. Un buen matrimonio hace precisamente eso: alimenta todo y a todos los que lo rodean. Esto, más que nada, es lo que hace del matrimonio un sacramento.

Muchos de nosotros lo hemos experimentado en algunos matrimonios que hemos conocido. Tenerlos cerca es una fuente constante de alimento moral, psicológico y espiritual.

El matrimonio de mis tíos puede describirse con estas imágenes. Su relación fue una chimenea donde muchos —también yo— encontramos calor. Fue una mesa: sus casas tenían siempre mesas grandes, neveras llenas y puertas abiertas para acoger, alimentar y alegrar a todos los que entraban.

También fue un recipiente para el sufrimiento. Con los años, gracias a su amor, pudieron sobrellevar con fe, dignidad, corazones compasivos y una caridad siempre creciente todo el dolor y la tragedia que les tocó vivir, y al mismo tiempo ayudar a otros a llevar los suyos.

Y, finalmente, su relación fue, en carne humana real, el Cuerpo de Cristo: alimento para la vida del mundo. Casi todos los que se cruzaron con ellos recibieron de alguna manera sustento, fuerza y consuelo para el alma.

En un tiempo que ya no entiende lo que es un sacramento, mirar un matrimonio como éste puede ayudarnos a comprenderlo mejor.

A veces las respuestas que buscamos no están en un libro, sino en la casa de enfrente. A veces la gracia divina llega cuando alguien nos abre una puerta. A veces el consuelo aparece en un amigo que comprende nuestro dolor. Y, a veces, el sacramento que alimenta nuestra alma se encuentra en una sala cálida, en una mesa llena, en la risa compartida que va y viene, y en una pareja felizmente casada. Ron Rolheiser OMI / Artículo original en Inglés

Una herida antinatural. Artículo.

Pocas cosas en la vida son tan difíciles como la muerte de una persona joven, especialmente la de un hijo propio. Hay muchas madres y padres con el corazón roto, que han perdido a una hija, a un hijo o a un nieto. A pesar del paso del tiempo e incluso del consuelo de la fe, con frecuencia queda una herida que no cicatriza.

Hay una razón por la que esta herida es tan persistente, y no radica tanto en una falta de fe, sino en cierta carencia en la propia naturaleza. La naturaleza nos prepara para la mayoría de las situaciones, pero no nos prepara para enterrar a nuestros hijos.

La muerte siempre es dura. Tiene una definitividad e irrevocabilidad que cauterizan el corazón. Esto es cierto incluso si la persona que ha muerto era anciana y había vivido una vida plena. En última instancia, nada nos prepara del todo para aceptar la muerte de quienes amamos.

Pero la naturaleza sí nos prepara mejor para afrontar la muerte de nuestros mayores. Estamos destinados a enterrar a nuestros padres. Así está dispuesto el orden natural de las cosas. Los padres están destinados a morir antes que los hijos, y generalmente así ocurre. Esto trae su propio dolor. No es fácil perder a los padres, al cónyuge, a los hermanos o a los amigos. La muerte siempre pasa factura. Sin embargo, la naturaleza nos ha dado recursos para afrontar esas muertes.

Metafóricamente hablando, cuando mueren nuestros mayores, hay circuitos en nuestro “cableado interno” a los que podemos acceder y a través de los cuales podemos encontrar cierta comprensión y aceptación. Al final, la muerte de un adulto de nuestra generación se limpia con el tiempo y la normalidad regresa, porque es natural, es el modo de la naturaleza, que los adultos mueran. Ese es el orden correcto de las cosas. Una de las tareas de la vida es enterrar a los padres.

Pero no es natural que los padres entierren a sus hijos. Así no lo dispuso la naturaleza, y no nos ha equipado para esa tarea. Usando de nuevo la metáfora, cuando uno de nuestros hijos muere (sea por enfermedad, accidente o suicidio), la naturaleza no nos ha dado los circuitos internos que necesitamos para enfrentar esa situación.

En este caso, a diferencia de la muerte de nuestros mayores, no se trata simplemente de un proceso de duelo, paciencia y tiempo. Cuando muere un hijo, podemos llorar, ser pacientes, dejar pasar el tiempo… y aun así descubrir que la herida no mejora, que el tiempo no cura y que no podemos aceptar del todo lo sucedido.

Hace cien años, Alfred Edward Housman escribió un famoso poema titulado A un atleta que muere joven. En un momento, le dice al joven que ha muerto:

Chico listo, irte a tiempo
de los campos donde la gloria no perdura.

A veces, una muerte temprana congela para siempre la belleza de una persona joven, que con el tiempo inevitablemente se desvanecería. Morir joven es morir en plena flor, en la hermosura de la juventud.

Sin embargo, eso se refiere al que muere joven, no al dolor de quienes quedan atrás. No estoy tan seguro de que ellos, los que quedan, dirían: “Chico listo, irte a tiempo.” Su dolor no se va tan deprisa, porque la naturaleza no les ha dado los circuitos internos que necesitan para procesar lo que deben procesar. Es más probable que sientan una oscuridad de alma como la que W.H. Auden expresó ante la muerte de un ser querido:

Las estrellas no se quieren ya: apáguenlas todas;
guarden la luna y desmonten el sol;
viertan el mar y barran el bosque;
porque ahora nada bueno puede ya suceder. (Doce canciones)

Cuando muere un hijo, es más fácil sentir lo que Auden expresa. Además, incluso entender que es profundamente antinatural tener que enterrar a un hijo no lo devuelve, ni restablece la normalidad, porque es anormal que un padre entierre a su hijo.

No obstante, esa comprensión puede darnos una idea de por qué el dolor es tan profundo y persistente, por qué es natural sentir una pena tan intensa y por qué ningún consuelo fácil o reto moral resulta realmente útil. Al final del día, la muerte de un hijo no tiene respuesta.

También ayuda saber que la fe en Dios, aunque poderosa e importante, no elimina esa herida. No está hecha para hacerlo. Cuando muere un hijo, algo se ha cortado de forma antinatural, como la amputación de un miembro. La fe en Dios puede ayudarnos a vivir con el dolor y con lo antinatural de ser menos que completos, pero no devuelve el miembro ni restaura la totalidad. En efecto, lo que la fe puede hacer es enseñarnos a vivir con la amputación, a abrir esa violación irreparable de la naturaleza a algo y a Alguien más grande que nosotros, para que esta perspectiva más amplia, el corazón de Dios, nos dé el valor para volver a vivir con salud… con una herida antinatural. Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf Artículo original en inglés

Tiene que ser elevado el Hijo del hombre.

 






Exaltación de la Santa Cruz

La fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz nació en Jerusalén y se extendió después por todo el Oriente, donde aún se celebra como la de la Pascua. El 13 de septiembre del ańo 335 fue consagrada la basílica de la Resurrección mandada construir por Elena y Constantino y al día siguiente se recordó al pueblo el significado profundo de la iglesia, mostrando lo que quedaba de la cruz del Salvador. En Roma se conocía ya a comienzos del siglo VI la existencia de una fiesta de la Santa Cruz como recuerdo de la recuperación de la reliquia, pero sólo hacia mediados del siglo VII se empezó a mostrar -el 14 de septiembre- el lignum crucis a la veneración del pueblo, como signo e instrumento de salvación.




 Gracias a: Rezando Voy,Santa Clara de Estella y Ciudad Redonda


¿Qué es la inocencia? Artículo.

Quizá, en su forma ideal, la inocencia podría describirse como un corazón humano despojado de ego y lujuria, algo parecido a lo que James Joyce describe en Retrato del artista adolescente, cuando su protagonista, el joven Stephen, ve a una chica medio desnuda en la playa y, en lugar de sentirse movido por el deseo sexual, se conmueve únicamente por un asombro y una admiración abrumadores.

De manera más práctica, el fallecido Allan Bloom, en El cierre de la mente moderna, sugiere que, en última instancia, la inocencia es castidad, y que la castidad es más que un concepto sexual. Para Bloom, debe haber una “castidad” en toda nuestra experiencia, es decir, debemos experimentar las cosas solo si, y solo cuando, somos capaces de vivirlas de tal manera que conservemos nuestra integridad. En pocas palabras, perdemos la inocencia cuando experimentamos algo de forma que nos “desintegra”, es decir, que de algún modo quiebra nuestra integridad. Y podemos desintegrarnos de muchas maneras: moral, psicológica, emocional, espiritual y físicamente.

Bloom sugiere que hoy la mayoría de nosotros carecemos de castidad y ya estamos, en cierto modo, desintegrados. Esto, afirma, no se manifiesta en primer lugar en el aumento de las crisis emocionales o del abuso de drogas y alcohol, sino más comúnmente en una cierta muerte del alma que nos deja (en sus palabras) “eróticamente lisiados”, sin fuego en los ojos y sin mucho sentido de lo sublime en el corazón o en los sueños.

Además, la inocencia adulta debe distinguirse de la inocencia natural de un niño. Para un adulto, la inocencia ya no puede ser ingenuidad. Debe ser algo que podríamos llamar acertadamente segunda ingenuidad o pos-sabiduría. Hay una gran diferencia entre la niñez —la inocencia espontánea del niño que se basa en parte en la falta de experiencia y de conocimiento— y la infancia espiritual, que es la pos-sabiduría de un adulto informado y experimentado que vuelve a asumir la mirada maravillada del niño.

¿Cómo definió Jesús la inocencia? Señaló dos cosas: el corazón de un niño y el corazón de una virgen. “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”, y “El Reino de los Cielos se parece a diez vírgenes que esperaban al esposo”.

Para Jesús, el corazón de un niño es aquel que está fresco, receptivo, lleno de asombro, y que aún no contiene la dureza y el cinismo que se enquistan en nosotros por las heridas o el pecado. Y para Él, el corazón de una virgen es aquel capaz de vivir con paciencia ante la falta de consumación, sin exigir una sinfonía acabada, sabiendo que, como el niño, muchas de las cosas que desea profundamente no pueden alcanzarse todavía.

El corazón del niño es aquel que aún confía en la bondad; el corazón de la virgen es el que no pone a prueba a su Dios.

En su novela El ángel de piedra, Margaret Laurence describe a una mujer, Hagar Shipley, que un día, tras oír a un niño llamarla vieja bruja, se mira en el espejo y se sorprende y espanta por lo que ve. Apenas reconoce su propio rostro. Lo que ve la asusta. No es solo un rostro envejecido; también se ha vuelto frío y sin vida, carente de entusiasmo e inocencia. Se pregunta cómo pudo suceder esto, porque ella aún se imagina a sí misma como una persona atractiva, amable, íntegra. Pero el espejo le muestra la amarga verdad: ha perdido al niño que había en ella, ha perdido su inocencia.

Esto puede pasarnos a todos, y de hecho nos ocurre a todos en distintos momentos de la vida. Nunca debemos perder el deseo de recuperar la inocencia. Eso sería una de las enfermedades más graves de todas.

Annie Dillard escribió una vez:
“La inocencia no es privilegio de los bebés ni de los cachorros, y mucho menos de las montañas y las estrellas fijas, que no tienen ningún privilegio en absoluto. No la hemos perdido; el mundo es mejor que eso. Como cualquier otro don del espíritu, está ahí si lo deseas, gratis, solo tienes que pedirla, como han recalcado palabras más poderosas que las mías. Es posible perseguir la inocencia como los sabuesos persiguen a las liebres: con determinación, impulsados por una especie de amor, saltando arroyos, gimiendo y perdidos por campos y bosques, girando en círculos, saltando setos y colinas, con los ojos abiertos de par en par, dando voz, sin saberlo, al anhelo más profundo e incomprensible, una llama enraizada en el corazón, y ese canto resonando desde las montañas.”

Estas palabras son un recordatorio conmovedor de que uno de los pilares más profundos de una vida sana (y feliz) es la inocencia; si no su logro, al menos su deseo. Así como un niño sano anhela vivir la experiencia del adulto, un adulto sano anhela el corazón de un niño. Perder el deseo de inocencia es perder el contacto con el alma. De hecho, perder el deseo de inocencia es perder el alma, y perderlo del todo es una de las señales de que se habita en el infierno.  Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf Artículo original en inglés / Imágen Depostitphotos

Homilía en la Festividad de la Virgen de Covadonga.

           Queridos hermanos en el episcopado: Sr. Arzobispo emérito de Madrid, Cardenal Antonio Mª Rouco; Sr. Obispo emérito de Santa Cruz de la Sierra, Mons. Braulio Sáez.  Sr. Vicario General, Sr. Abad de Covadonga, hermanos sacerdotes y diáconos. Excmo. Sr. Alcalde de Cangas de Onís y corporación municipal, Excmo. Sr. Presidente de la Junta General de Asturias, Parlamentarios autonómicos y nacionales. Sr. Presidente del Tribunal Superior de Justicia de Asturias y demás autoridades Judiciales, Civiles, Militares, Académicas, Culturales y Sociales. Miembros de la vida consagrada, seminaristas, fieles cristianos laicos. Hermanos que nos seguís a través de los medios de comunicación: El Señor llene de Paz vuestro corazón y acompañe con Bondad vuestros pasos.

Las campanas de la Basílica rompieron esta mañana el silencio de la noche llenando el valle del Auseva con su llamada que nos convoca a un día de fiesta. Es la cita que nos reúne cada año en este día memorable en el que celebramos la Santina de Covadonga, en un lugar y una fecha que nos congrega a tanta gente de bien que sabe reconocer el significado que tiene este marco de belleza natural entre las montañas de nuestros Picos de Europa, igualmente la historia imborrable de un pueblo cristiano que aquí nace, y un lugar, también, de identidad religiosa y asturiana donde venimos a rendir el sentido homenaje a Nuestra Señora.

Durante la novena hemos peregrinado desde toda Asturias, desde otros sitios de España y desde otros países, cada uno con el fardel de preguntas que nos cuestionan y con las heridas de nuestros pesares, pero también con la certeza de ser esperados por quien tiene las respuestas y el bálsamo que aminora las dolencias. Este año se enmarca en un año santo jubilar, en el que todos los cristianos celebramos los 2025 años del nacimiento de Jesucristo. La esperanza nos está guiando en esta andadura. La esperanza no coincide con la buena fortuna donde aparentemente nunca pasa nada y todo resulta grato y sin problemas, sino con la mirada distinta a cuanto acontece cuando lo vemos y vivimos desde los ojos de Dios y con su gracia. La esperanza es un don que nos evita ser rehenes de cuanto nos duele o acorrala, y más bien nos hace testigos de la discreta y fiel compañía de Dios que nos sostiene y nos levanta. Él hace de nuestras lágrimas su propio llanto y brinda con nuestros gozos la alegría de su fiesta eternamente inacabada.

Hoy aquí en Covadonga, en esta fiesta grande y con gozo celebrada nos encontramos este buen número de cristianos, y a través del canal de televisión de 13TV estamos en toda Asturias y en toda España, llegando incluso a la América hermana con la retransmisión de MaríaVisión, y con el canal del Santuario en YouTube en toda Europa. Dios sea bendito por esta posibilidad que dilata con altura y anchura la fiesta de Covadonga donde la Santina preside desde hace tantos años y seguirá presidiendo el día de Asturias en la Basílica y la Santa Cueva de su montaña.

La palabra de Dios nos ha vuelto a acercar escenas entrañables, como hemos escuchado en el salmo tomado del Cantar de los Cantares con su preciosa cadencia literaria y belleza musical. La roca dura se dejó abrir con una hendidura en su piedra para adentrarnos con nuestras cuitas y cuestiones que nos hacen vulnerables. Pero en la aparente dureza infranqueable de una montaña se hizo sitio la oquedad que se nos brindó como refugio en medio de las tempestades, como lugar seguro cuando por doquier surgen las hostilidades que pretenden acallar nuestra voz y censurar nuestro mensaje. Esta es la experiencia que desde hace tantos siglos se repite una y otra vez en medio de este paisaje que alarga en la historia aquella primera victoria sobre los que intentaron someter a un pueblo, borrar su pretérito e imponer un presente ajeno a cuanto había representado su sentimiento, sus creencias y sus venideros desenlaces.

Es el salmo que pondrá siempre la letra a la música de nuestros momentos claroscuros y agridulces, cuando parece que lo sórdido, lo zafio, lo injusto, lo violento, lo corrupto y ceniciento han ganado la batalla a la verdad, a la bondad y la belleza, introduciendo una maldición de la que no es posible salir. Hay maldiciones de las que se sale, y por eso la tradición cristiana sabe resistir con paciencia y valor, nutriendo a diario lo que sabemos que es fuente de nuestra esperanza que no defrauda ni engaña.

Pero si esto nos decía el salmo cuya hermosura hemos gustado, el Evangelio nos ha traído una escena que tiene como protagonista a la Virgen, a nuestra Señora. Un largo viaje entre Nazaret y Aim Karem para verificar un milagro. María está encinta milagrosamente siendo núbil prometida esposa. Isabel, su prima, está también esperando en su edad avanzada para tan buena esperanza. Es el milagro de la vida, cuando la vida no tocaba todavía en la mocedad intacta o cuando la vida jamás pasó por la puerta de la espera soñada. Pero la vida convocó sorpresivamente y surgió con brío la esperanza verdadera que anida siempre en las entrañas. Dos madres de un milagro levantando acta de cómo los avatares de una historia pueden ser saludados sin el miedo que nos hostiga, sin la impostura que nos aplasta, sin la maldición que nos condena a caminos que no tienen salida en donde parece que no es posible la esperanza. Un relato que puede tener la fecha de nuestros días.

Así fue el testimonio de ese feliz encuentro entre dos mujeres, con parentesco de primas y maternidad compartida ante el asombro que se deja sorprender por un Dios que nunca aburre y que siempre cumple sus promesas sin repetirse jamás. María fue saludada como bendita e Isabel será testigo de cómo lo mejor que tenía en sus entrañas saltará de alegría como un canto de algazara con la más agradecida cantata. Es un requiebro que nos invita a remedar tamaño regalo, siendo portadores de Jesús desde el corazón, como hizo María, y siendo cronistas de una alegría que salta abriendo la esperanza en la vida, como hizo Isabel.

Si venimos ahora a nuestro inmediato recuerdo no podemos dejar de pensar en lo que ha ensombrecido nuestro camino con los incendios que por doquier nos han asolado. Un incendio devastador siempre se lleva por delante el pasado que guardaba la memoria de lo que somos. Cuando hemos visto arder no sólo bosques, sino casas en las que guardábamos tanto que nos recordaba quiénes somos y de dónde venimos, pero hemos visto el pasado reducido a cenizas. Igualmente, el presente ha sido alcanzado por unas llamas que abrasaron a personas cercanas hasta su muerte sumiéndonos en tanto dolor. Un presente donde el fuego nos ha impedido cambiarnos de ropa y ducharnos, compartir una mesa con los que amamos, abrir nuestra casa a los amigos, pero también nos impidió seguir sembrando semillas que darían frutos en las campiñas o los ganados que nos alimentaban: todo ha quedado reducido a tierra quemada de la que no sacaremos nada. Un presente que queda hipotecado ante nuestra incertidumbre más asustada.

Pero hay un espacio y un tiempo a los que las llamas no llegan. Es el futuro de nuestro inmediato mañana. Podemos y debemos lamentar con lágrimas lo perdido por los incendios que han quemado parte de nuestro pasado y nuestro presente, pero tenemos por delante un futuro al que los pirómanos o las inclemencias jamás llegarán con sus fechorías calculadas o fortuitas. No podemos dejar de mirar al futuro con esperanza.

Yo he visto ese futuro como la bendición que recibió María, como el salto alegre en el seno de Isabel, como una hendidura en la dureza de la realidad abriendo caminos de esperanza cuando el túnel sin salida muestra su puerta de entrada a un horizonte infinito. Lo he visto precisamente en los jóvenes que nos han visitado este verano aquí en Covadonga. Fueron más de 400 los que acompañé subiendo al Santuario de la Santina adentrándonos por los bosques el primer sábado de mayo. O los casi 2000 que llenaron de alegría este bendito lugar a primeros de julio en unas jornadas inolvidables. O aquellos más de 2000 que desde Oviedo peregrinaron a Covadonga a fines de julio viniendo de tantos lugares del mundo.

Es la misma esperanza llena de futuro al que las llamas no alcanzan, lo que pudimos compartir con el Papa León en el jubileo de los jóvenes a comienzos de agosto con aquel millón de chavales que dijeron sí a las propuestas cristianas del evangelio de Cristo. Creen en la verdad y saben distinguir a los que a mansalva mienten, creen en la justicia y reconocen a los que la usan torticeramente, creen en la honestidad y se distancian de los que de tantos modos se corrompen, creen en la belleza y evitan a los que la manchan con sus perversiones inmorales, creen en la bondad y se protegen de los que la envilecen en la insidia que divide y enfrenta. Esta juventud tiene otra mirada y se separa de los dioses falsos que denunciaba Th.S. Eliot cuando señalaba los tres ídolos que adoran los que se alejan del verdadero Dios: el dinero, el poder y la lujuria. Esta juventud nos asoma a una Iglesia joven y a una sociedad fresca como recordaba Benedicto XVI, que nos permite pasar página de tantos incendios de diverso tipo ideológico que se llevan nuestro pasado, complican nuestro presente y difuminan nuestro futuro, pero que no destruirán el mañana de la esperanza, aunque lo chamusquen. La esperanza de los jóvenes como los que ayer fueron canonizados en Roma: Pier Giorgio Frassati y Carlo Acutis, que fueron capaces de escribir otra historia desde la bondad, la verdad y la belleza que nutre la esperanza.

Rafael Narbona, en su ensayo titulado “Elogio del amor”, trae a colación un texto precioso de Antoine de St.Exupery cuando éste pedía respeto por el hombre: “La fraternidad es la casa común de todos los que anhelan calentarse con el calor de otro corazón humano. En esa hoguera, los hombres intercambian ideas y sentimientos sin renunciar a sus convicciones. El que piensa de otro modo es como un viajero que nos relata sus aventuras enriqueciendo nuestras vidas con aspectos desconocidos”. Algo que contrasta con las guerras declaradas en este momento crucial de la historia. Por eso pedimos por la paz como nos repite el Papa León XIV cuando pensando especialmente en los escenarios de Gaza, Ucrania y Sudán, nos dice que “la guerra no resuelve los problemas, sino que los amplifica y produce heridas profundas en la historia de los pueblos que tardan generaciones en cicatrizar. Ninguna victoria armada podrá compensar el dolor de las madres, el miedo de los niños, el futuro robado”. Es la paz que nace de la esperanza cristiana.

Día de la Virgen de Covadonga, día de Asturias, en esta fecha y en este lugar, con un abrazo a toda esa España que nos contempla y a todo ese mundo al que queremos de verdad. Amigos y hermanos, gracias por haber venido a esta celebración que tiene las puertas abiertas para quien se quiere acercar. Feliz día de la Virgen de Covadonga, nuestra patrona. Feliz día de Asturias nuestra patria chica y querida. El Señor nos guarde y nos bendiga siempre, y que María nuestra Santina nos siga cuidando. Amén. + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm.

Retransmisión completa de la Misa:

Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío





Domingo XXIII del Tiempo Ordinario


Este fragmento del evangelio de Lucas contiene dos parábolas (w. 28-30 y 31ss) y tres máximas fundamentales de la sabiduría cristiana (w. 26.27.33). La verdadera sabiduría, la que nos enseña Jesús en el evangelio, consiste en abandonarlo todo, en prescindir de todo, en despojarnos de todo, en llegar a ser por fin libres, para seguir a Jesús y sumergirnos en el océano del Amor. El don de la sabiduría consiste precisamente en seguir a Jesús, a nadie más que a él. Las parábolas nos enseñan, en efecto, que la sabiduría del cristiano consiste en ir a Jesús "renunciando a todo lo que tiene", como sugiere Lucas: "Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío" (v. 25). Esto es lo que se exige para seguir a Jesús. Jesús exige para él, por ser el Hijo de Dios, "todo el corazón, todas las fuerzas". Nada puede oponerse a este amor. Jesús quiere ser amado como el único amor, como la única riqueza y el único proyecto que llena el corazón. Quien no "renuncia a todo lo que tiene" (v. 33) no puede pretender ser discípulo suyo. Está incluido aquí todo lo que podamos poseer: no sólo los bienes materiales, sino también las relaciones con otras personas, como los parientes más próximos. En el fondo, la sabiduría cristiana está toda aquí: desvincularnos de todo lo que nos aleja o nos separa dé Dios, para llegar a vivir nuestra vocación de discípulos.

            Las parábolas nos enseñan en última instancia que, para seguir- a Jesús, es menester tener la sagacidad de los hombres de este mundo. El que construye una casa se pregunta antes de empezar las obras si le van a salir las cuentas. Igualmente, el rey que se compromete en una batalla calcula bien si podrá hacer frente al enemigo con los medios de que dispone. Jesús extrae de estos ejemplos la siguiente conclusión: "Del mismo modo, aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío" (v. 33). Seguir a Jesús es una empresa dura. Es menester reflexionar antes, con seriedad, si estamos dispuestos a renunciar a todos los bienes para construir el edificio cristiano, y a combatir únicamente con la sabiduría divina y no con nuestra propia astucia. Por otra parte, Jesús nos pide que realicemos esta reflexión en silencio.

            Debemos preguntarnos si estamos dispuestos verdaderamente a abandonar todo y a esperar, con buen ánimo, toda la fuerza únicamente de Dios, dejando que sea él quien disponga de toda nuestra vida/Abandonar no significa huir a un desierto, sino, simplemente, soltar los dedos aferrados a cualquier cosa que considero una "pertenencia", para ofrecerle todo al Señor.


 Gracias a: Rezando Voy,Santa Clara de Estella y Ciudad Redonda



El empujoncito de Dios dentro de nosotros. Artículo.

La presencia de Dios dentro de nosotros y en nuestro mundo rara vez es dramática, abrumadora, sensacional o imposible de ignorar. Dios no actúa de esa manera. Más bien, su presencia es algo que permanece en silencio y parece indefensa dentro de nosotros. Rara vez hace un gran alboroto.

Deberíamos saberlo solo con mirar la forma en que Dios nació en nuestro mundo. Jesús, como sabemos, vino al mundo sin fanfarrias ni poder, un bebé indefenso acostado en un pesebre, un niño más entre millones. Nada espectacular a los ojos humanos rodeó su nacimiento. Luego, durante su ministerio, nunca realizó milagros para demostrar su divinidad, sino solo como actos de compasión o para revelar algo sobre Dios. Su ministerio, al igual que su nacimiento, no fue un intento de probar que era Dios ni de demostrar la existencia de Dios. Su intención era enseñarnos cómo es Dios y cómo nos ama incondicionalmente.

En esencia, la enseñanza de Jesús sobre la presencia de Dios en nuestras vidas deja claro que esa presencia es mayormente silenciosa y subterránea: una planta que crece en silencio mientras dormimos, una levadura que fermenta la masa de manera invisible, la primavera que lentamente vuelve verde un árbol seco, una insignificante semilla de mostaza que termina sorprendiéndonos con su crecimiento, un hombre o una mujer que perdona a un enemigo. Dios actúa de formas aparentemente ocultas que pueden pasar desapercibidas para nuestros ojos. El Dios que Jesús encarna no es ni dramático ni llamativo.

Y hay una lección importante en esto. En pocas palabras: Dios habita dentro de nosotros, muy dentro, pero de una manera que casi no se siente, que muchas veces pasa desapercibida y que puede ignorarse fácilmente. Sin embargo, aunque esa presencia nunca es abrumadora, lleva en sí un imperativo suave pero constante, una especie de compulsión, que nos invita a acudir a ella. Y si lo hacemos, brota en nosotros como un manantial infinito que nos instruye, nos alimenta y nos llena de vida y energía.

Esto es fundamental para comprender cómo Dios está presente en nosotros. Dios se encuentra dentro de nosotros como una invitación que siempre respeta nuestra libertad y nunca nos impone nada, pero que tampoco desaparece. Está ahí, precisamente como un bebé indefenso acostado en el heno, que nos llama suavemente, pero que en sí mismo no puede obligarnos a tomarlo en brazos.

Por ejemplo, C.S. Lewis compartió esto al explicar por qué, a pesar de una fuerte resistencia emocional e intelectual, acabó haciéndose cristiano («el converso más reacio en la historia de la cristiandad»). Se convirtió en creyente, dice, porque finalmente no pudo ignorar una voz interior, callada pero persistente, que, por ser suave y respetuosa de su libertad, pudo ignorar durante mucho tiempo. Pero nunca desapareció.

En retrospectiva, comprendió que esa voz siempre había estado allí como un empujoncito constante, llamándolo a acudir a ella, un imperativo suave pero firme, una “compulsión” que, si se obedecía, conducía a la liberación.

Ruth Burrows, carmelita británica y mística, describe una experiencia similar. En su autobiografía Ante el Dios vivo, relata la historia de sus años finales de adolescencia, cuando apenas pensaba en la religión o en la fe. Sin embargo, con el tiempo no solo se tomó en serio la religión, sino que acabó siendo carmelita y una brillante escritora espiritual. ¿Qué ocurrió?

A raíz de una serie de circunstancias fortuitas, un día se encontró en una capilla donde, casi en contra de su voluntad consciente, se abrió a una voz interior que hasta entonces había ignorado, precisamente porque nunca se le había impuesto. Pero una vez que la tocó, esa voz brotó como lo más profundo y real dentro de ella y marcó el rumbo de su vida para siempre.

Al igual que C.S. Lewis, una vez que se abrió a esa voz, la sintió como una compulsión moral firme que la llevó a una liberación definitiva.

Esto también es verdad en mi caso. Cuando tenía diecisiete años y estaba por graduarme de la secundaria, no sentía ningún deseo natural de convertirme en sacerdote católico. Pero, a pesar de una fuerte resistencia interior, sentí el llamado a ingresar en una orden religiosa y ser sacerdote. Y aunque me resistía, obedecí ese llamado, esa compulsión. Hoy, sesenta años después, miro atrás y reconozco que fue la decisión más clara, desinteresada, basada en la fe y portadora de vida que he tomado. Pude haber ignorado esa llamada. Estoy eternamente agradecido de no haberlo hecho.

Fredrick Buechner sugiere que Dios está presente dentro de nosotros como una gracia subterránea. La gracia de Dios está “bajo la superficie; no está ahí como una banda de música anunciándose, pero llega y nos toca y nos sacude de maneras que nos dejan libres para no darnos cuenta o para apartarnos”.

Dios nunca intenta abrumarnos. Más que nadie, Dios respeta nuestra libertad. Dios está en todas partes, dentro de nosotros y a nuestro alrededor, casi imperceptible, en gran medida desapercibido y fácilmente ignorado, como un suave empujoncito; pero, si respondemos a él, es la fuente suprema de amor y vida.  Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf Artículo original en inglés

Fray Jesús. Artículo.

Un arzobispo que no es el tibio del Apocalipsis y cuya ideología es la del Evangelio

No fue el olor fétido de los leprosos, cuidados amorosamente por los franciscanos, lo que más movió a Jesús Sanz Montes a tomar los hábitos, que también. Fue el hondo dolor al comprobar que a los familiares de esos enfermos solo les interesaban sus pobres pagas. En un lazareto de La Alcarria decidió un buen día que su destino vital era el que luego ha sido. Dejó para serlo una situación acomodada, con trabajo en un gran banco, novia incluida, en el pijo barrio de Salamanca, para entregarse a los que más lo necesitaban. En Cantabria había barruntado siendo niño ese profundo sentimiento religioso, en unas convivencias veraniegas en las que soñaba ser como los buenos jóvenes seminaristas que les atendían. La prematura muerte de su querida madre le impactó, y desde entonces tuvo aún más claro que su vocación iría más allá de lo físico.

Nadie le tiene que explicar a Fray Jesús lo que es el sufrimiento. Sabe bien lo que significa. Y es de los que no tiene en su bolsillo una calculadora para ver lo que puede o no decir. Es consciente, como responsable episcopal europeo del asunto cultural, que esto va de enfrentar con la verdad cristiana lo que corresponde. Sanz sigue a su maestro, el primado Marcelo González Martín, al llamar al pan, pan y al vino vino, y presumo que le da más o menos igual lo que la gente pueda pensar sobre lo que sostiene, aunque la crítica le agrade poco cuando falta al respeto.

Le he dicho a don Jesús que al César lo que es del César. Y me ha contestado que a Dios lo que es de Dios. Considera que hemos de introducir en nuestra vida pública las enseñanzas del Nazareno. Y en eso está. Entiende que resulta necesario dar la batalla al que viene a imponer sus criterios, y no deja de tener razón. Su arrojo suena al de su hermano en la fe Maximiliano Kolbe, pero tiene también tintes colchoneros, el equipo de su corazón madrileño.

Sanz no suelta lo primero que se le pasa por la cabeza. Es persona leída, estudiada y viajada. Por eso no suele pensar dos veces lo que va a decir para no decir nada. Sus intervenciones suenan a polémica porque su contenido trasciende esa totalitaria cultura de la cancelación en la que llevamos tiempo metidos, que solo admite una manera de ver las cosas. El señor arzobispo no milita en más formación que en la que lleva perteneciendo desde sus años de seminarista en Toledo. Su trayectoria desde entonces no conoce colores o banderías diferentes, porque su ideología es la del evangelio, del que no se despega. Insiste en ser coherente con él, caiga quien caiga. Y es profundo en sus convicciones, de ahí que sea tarea inútil hacerle comulgar con ruedas de molino.

Animo a quien no conozca a Fray Jesús a tratarlo. Un encuentro con él, por breve que sea, despeja cualquier prejuicio. Y permite descubrir a alguien que no es el tibio del Apocalipsis, sino una personalidad con corazón y cabeza, que tiene claro el camino a seguir y no se pierde por las curvas. Un corajudo empeñado en llamar a las cosas por su nombre, guste o disguste, porque aquí ha venido a lo que ha venido y presumo que así será hasta el final. 

Javier JuncedaJavier Junceda Fuente: LNE / www.lne.es/ Artículo original

El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

 



Domingo XXI del Tiempo Ordinario


Hasta en el gesto, aparentemente magnánimo, de quien distribuye a los invitados para la comida o la cena se puede esconder un sentimiento de egoísmo, a saber: cuando la elección de los invitados está sugerida sólo por motivos de obligación, de conveniencia social, de mera simpatía o de interés. Es obvio que el tema sugerido por la lectura evangélica -que encuentra también cierta resonancia en el final de la primera lectura- es el de la gratuidad, acompañado y reforzado por la "opción preferencial por los pobres", que no es un descubrimiento de los cristianos de hoy, sino la quintaesencia del Evangelio. Con todo, es menester liberar este término de un significado puramente material, como quizás estemos inclinados a hacer hoy, dada nuestra sensibilidad al valor económico de nuestras acciones y nuestros gestos: todo lo que hacemos, todo lo que producimos, no puede dejar de tener -incluso debe tener- un valor económico. Sin embargo, Jesús quiere educarnos para que procedamos a una evaluación también espiritual, es decir, integral y más completa, de nuestras acciones y de nuestras opciones.

Así, gratuidad significa e implica prestar más atención a los otros que a nosotros mismos, reconocer en los otros un valor objetivo, porque cada uno lleva en su propio ser la imagen y la semejanza de Dios, de ahí que sea, por sí mismo, digno de atención, de estima y de amor.

Comprendemos así el sentido de la bienaventuranza que proclama Jesús al final de este texto evangélico y, sobre todo, la promesa de una recompensa que, según la lógica de Dios, nos será asegurada "cuando los justos resuciten".


 Gracias a: Rezando Voy,Santa Clara de Estella y Ciudad Redonda


Martirio de san Juan Bautista.

Celebramos hoy el martirio, por degollación, de san Juan, el precursor del Señor, que le preparó el camino, lo anunció y señaló, lo bautizó, y luego fue mártir de la verdad y la justicia. Los evangelios nos dicen que Herodes Antipas encarceló a Juan en la fortaleza de Maqueronte porque lo acusaba de vivir con Herodías, mujer de su hermano Felipe. En la fiesta de su cumpleaños, le gustó tanto a Herodes el baile de Salomé, hija de Herodías, que prometió darle lo que le pidiera. La joven, instigada por su madre, pidió la cabeza del Bautista, y Herodes, aunque a disgusto, mandó que lo decapitaran en la cárcel y le entregaran la cabeza en una bandeja a la joven, la cual se la llevó a su madre. Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron y fueron a contárselo a Jesús. De esta suerte, el Precursor del Señor, como lámpara encendida y resplandeciente, tanto en la muerte como en la vida dio testimonio de la verdad. La fecha de hoy recuerda tal vez la dedicación de la antigua basílica erigida en Sebaste (Samaría) en honor del precursor del Mesías.Oración: Señor, Dios nuestro, tú has querido que san Juan Bautista fuese el precursor del nacimiento y de la muerte de tu Hijo; concédenos, por su intercesión, que, así como él murió mártir de la verdad y la justicia, luchemos nosotros valerosamente por la confesión de nuestra fe. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

1 Tesalonicenses 4,1-8 1 Por lo demás, hermanos, os rogamos y os exhortamos en el nombre de Jesús, el Señor, a que pongáis en práctica lo que aprendisteis de nosotros en lo que al comportaros y agradar al Señor se refiere, para que progreséis más y más cada día.
2 Sabéis qué normas os dimos de parte de Jesús, el Señor.
3 Porque ésta es la voluntad de Dios: que viváis como consagrados a él y huyáis de la impureza.
4 Que cada uno de vosotros viva santa y decorosamente con su mujer,
5 sin dejarse arrastrar por la pasión, como se dejan arrastrar los paganos, que no conocen a Dios.
6 Y que en este punto nadie haga injuria o agravio a su hermano, porque el Señor toma venganza de todo esto, como ya os lo dejamos dicho y recalcado.
7 Pues no nos llamó Dios a vivir impuramente, sino como consagrados a él. 8 Por tanto, el que desprecia esta norma de conducta no desprecia a un hombre, sino a Dios, que es quien os da su Espíritu Santo.
Tras haber recordado el pasado, agradeciendo a Dios todo lo que ha tenido a bien obrar en la comunidad, Pablo mira ahora hacia el futuro. Para ello recurre sobre todo al lenguaje de la exhortación.
La "santificación" (haghiasmós) de la que se habla en este fragmento de la carta consiste precisamente en el proceso que tiene como resultado final la haghiosyne, o sea, la "santificación" auténtica. Nos encontramos en la definición de una actividad que todavía está en pleno desarrollo, en la que concurren, por un lado, el compromiso y la libre adhesión del creyente y, por otro, la obra del Espíritu Santo, que interviene configurando a la criatura a imagen de Dios. Todo esto tiene lugar en el "cuerpo" del hombre, está inscrito en su carne y habla el lenguaje que le corresponde desde la creación.
El santo, por consiguiente, no es alguien que viva fuera de la realidad terrena, en una dimensión inmaterial. Es más bien alguien que toma sobre sí, día a día, la voluntad de Dios, haciendo que toda su vida se adhiera a ella. El tema de la pornéia se refiere a todo lo que tiene que ver con las pasiones carnales en el ámbito sexual; se trata, por tanto, de algo muy concreto en lo que el cristiano está llamado a practicar una opción que va a contracorriente, según la mentalidad del tiempo, y a custodiar su cuerpo como un don recibido de Dios, preparándolo ya desde ahora para recibir en plenitud el Espíritu Santo en la vida eterna.
 Marcos 6,17-29 En aquel tiempo, 17 Herodes había mandado prender a Juan y lo había condenado metiéndolo en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien él se había casado.
18 Pues Juan le decía a Herodes: -No te es lícito tener la mujer de tu hermano.
19 Herodías detestaba a Juan y quería matarlo, pero no podía,
20 porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre recto y santo, y lo protegía. Cuando le oía, quedaba muy perplejo, pero lo escuchaba con gusto.
21 La oportunidad se presentó cuando Herodes, en su cumpleaños, ofrecía un banquete a sus magnates, a los tribunos y a la nobleza de Galilea.
22 Entró la hija de Herodías y danzó, gustando mucho a Herodes y a los comensales. El rey dijo entonces a la joven: -Pídeme lo que quieras y te lo daré.
23 Y le juró una y otra vez: -Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.
24 Ella salió y preguntó a su madre: -Qué le pido? Su madre le contestó: -La cabeza de Juan el Bautista.
25 Ella entró enseguida y a toda prisa donde estaba el rey y le hizo esta petición: -Quiero que me des ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.
26 El rey se entristeció mucho, pero a causa del juramento y de los comensales no quiso desairarla.
27 Sin más dilación envió a un guardia con la orden de traer la cabeza de Juan. Éste fue, le cortó la cabeza en la cárcel,
28 la trajo en una bandeja y se la entregó a la joven, y la joven se la dio a su madre.
29 Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.
          El relato evangélico del martirio de Juan el Bautista está situado en el camino de Jesús hacia Jerusalén como una etapa fundamental. Con él no sólo se concluye el ciclo de la vida del Bautista, sino que también es preludio del martirio de Jesús.
         No debemos dejarnos impresionar sólo por los detalles narrativos, muy sugestivos por otra parte, que nos presenta esta página de Marcos. Al evangelista no le interesa poner de manifiesto ni el vicio de Herodes ni la malicia de Herodías, ni siquiera la ligereza de su hija.
         Su intención es proporcionar el debido relieve a la figura de Juan el Bautista, el "mentor" -podríamos decir del Nazareno, y mostrar cómo este gran profeta pone término a su vida del mismo modo y por los mismos motivos que morirá Jesús.
         Éste es el pequeño "misterio pascual" de Juan el Bautista, el cual, tras haber conocido la adversidad de los enemigos del Evangelio, conoce ahora el silencio del sepulcro en espera de la resurrección.

MEDITATIO: Los recuerdos bíblicos relativos a Juan el Bautista nos invitan a meditar sobre el don de la profecía, en particular sobre la figura del profeta. Cuál es exactamente su función en el pueblo de Dios? Cuáles son las opciones que le califican claramente como profeta? De qué modo se sitúa ante sus contemporáneos como signo de una presencia superior, como portavoz de una Palabra divina?

         El profeta se manifiesta como tal por su modo de hablar, por el estilo que caracteriza su predicación. La palabra no lo es todo, pero ya es capaz de manifestar el sentido de una presencia, incómoda pero ineludible, con la que todos deben contar. El profeta se manifiesta como tal, también y sobre todo, con las opciones de vida que lleva a cabo. De este modo demuestra que ha percibido que el tiempo en el que vive es precisamente aquel en el que Dios le llama a ser-para-los-otros. No se puede sustraer a esta llamada (deberíamos leer, a este respecto, el c. 17 de Jeremías), so pena de ser infiel a su misión. Por último, el profeta manifiesta la autenticidad de su misión con el valer de dar la vida por aquel que le ha llamado y por aquellos a quienes ha sido enviado. O se es profeta con la vida, con la vida entregada por amor, o no se es profeta en absoluto.
 ORATIO: "Levántate y les dirás todo lo que te ordene".
"No tengas miedo: he aquí que te pongo como ciudad fortificada".
"Yo estoy contigo para salvarte".
"Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo".
"No te es lícito tener la mujer de tu hermano".
"!Raza de víboras! Quién os ha enseñado a escapar del juicio inminente?".
"Dad frutos que prueben vuestra conversión".
"El amigo del esposo exulta de alegría a la voz del esposo".
"Ahora mi alegría es completa".
"Él debe crecer; yo, en cambio, disminuir".
 CONTEMPLATIO: Todo lo que [Juan] dijo dio testimonio de la verdad o sirvió de reproche a los que se le oponían; sus obras de justicia las respetaban incluso los que no le amaban.
         Acaso el respeto del modo de vida de los hombres le hizo desviarse, ni siquiera un poco, a él, que llevó una vida solitaria desde niño, de la vía de la virtud? Y, sin embargo, ese hombre acabó su vida derramando su sangre, tras pasar un largo tormento de cárcel.
         Predicaba la libertad de la patria celestial y fue encarcelado por los impíos; había venido a dar testimonio de la luz, había merecido que le llamaran lámpara ardiente y resplandeciente precisamente de la luz que es Cristo, y fue encerrado en la oscuridad de la cárcel; nadie entre los nacidos de mujer había sido más grande que él, y fue decapitado a petición de unas mujeres sumamente perversas, y fue bautizado con su propia sangre aquel a quien se le había dado bautizar al Redentor del mundo, escuchar la voz del Padre sobre él, ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él (Beda el Venerable, Omelie sulvangelo).
LECTURA: "Vos estáis obligado -añadió el arzobispo de Canterbury- a deponer la duda de vuestra insegura conciencia que recusa el juramento, y a tomar el partido seguro de obedecer a vuestro príncipe, y jurar".
         Entonces, aunque yo era de la opinión de que este argumento no podía adaptarse a mi caso, se me presentó, no obstante, de improviso tan sutil y, sobre todo, sostenido por tanta autoridad, al venir de la boca de un tan noble prelado, que no pude replicar nada, a no ser que estaba íntimamente seguro de que así no habría obrado bien, porque en mi conciencia era éste uno de esos casos en que mi deber era no obedecer a mi príncipe, sea cual fuere la opinión de los otros (cuya conciencia y doctrina no habría condenado ni habría aceptado juzgar) a este respecto: en mi conciencia la verdad se me presentaba diferente.
         Entonces el abad de Westminster me dijo que de cualquier modo que la cuestión apareciera en mi mente, tenía motivos para temer que precisamente mi mente estuviera en el error, con sólo que considerara que el Parlamento del reino se pronunciaba en sentido opuesto, y que, por consiguiente, debía cambiar la posición de mi conciencia. A esto respondí que si sólo fuera yo el que sostenía mi tesis y todo el Parlamento sostuviera la otra, verdaderamente tendría miedo de apoyarme en mi parecer, yo solo contra tantos. Mas, por otra parte, sucede que para algunos de los motivos por los que me niego a jurar tengo yo de mi parte -como confío tener- un consejo igualmente grande, e incluso más, y entonces no estoy ya obligado a cambiar mi conciencia y conformarla al consejo de un reino, contra el consejo general de la cristiandad (Tomás Moro). Gracias a Santa Clara de Estella.