Sed felices



Al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».

Compasión por el mundo – El Video del Papa 6 – Junio 2020



Muchas personas sufren en el mundo. No solamente por el hecho de la pandemia que vivimos. Como dijo Francisco el mes pasado, también por otras pandemias, como “la pandemia de las guerras, del hambre y muchas otras” (14/05/2020). ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo no caer en la indiferencia? El Papa nos muestra el camino: la compasión. Es la mejor ayuda que podemos ofrecerles, con nuestra oración y vida, acercándoles al Corazón de Jesús para que Él pueda transformar sus vidas.
“Muchas personas sufren por las graves dificultades que padecen.
Nosotros podemos ayudarlas acompañándolas por un camino lleno de compasión, que transforma la vida de las personas y los acerca al Corazón de Cristo que nos acoge a todos en la revolución de la ternura.
Recemos para que aquellos que sufren encuentren caminos de vida, dejándose tocar por el Corazón de Jesús.”
El Video del Papa difunde cada mes las intenciones de oración del Santo Padre por los desafíos de la humanidad y de la misión de la Iglesia.

Amistad fiel

Crecí en una familia muy unida, y una de las cosas más duras que hice en mi vida fue abandonar el hogar y la familia a la edad de diecisiete años para entrar en el noviciado de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada. Ese año de noviciado no fue fácil. Echaba mucho de menos a mis padres y  hermanos, y me mantenía en contacto con ellos en tanto en cuanto las reglas y la comunicación de entonces lo permitían. Escribía una carta a casa cada semana, y mi madre me respondía fielmente con la misma regularidad. Aún conservo y aprecio esas cartas. Había abandonado el hogar, pero me mantenía en contacto, fiel miembro de la familia.

Pero mi vida vino a ser mucho más compleja y socialmente exigente después de eso. Me trasladé a un seminario y empecé a vivir en una comunidad con otros sesenta, con compañeros que entraban y salían constantemente durante mis siete años que estuve allí, de modo que, para cuando había acabado mi formación de seminario, había vivido en una comunidad interna con más de cien compañeros diferentes. Eso trajo sus propios desafíos. Los compañeros junto a los que había crecido abandonarían la comunidad para ser reemplazados por otros, de modo que cada año había una nueva comunidad y nueva amistades.

En los años siguientes al seminario, esa pauta empezó a crecer exponencialmente. Los estudios de graduado me llevaron a otros países y trajeron a mi vida una sucesión completa de nuevas personas, muchas de las cuales llegaron a ser amigos cercanos. En más de cuarenta años de enseñanza, me he encontrado con varios miles de estudiantes y he hecho muchos amigos entre ellos. La profesión de escritor y las conferencias públicas han traído miles de personas a mi vida. Aunque la mayoría de ellas pasaron por mi vida sin ninguna conexión significativa, algunas vinieron a ser amigos de toda la vida.

Comparto esto no porque crea que es único, sino más bien porque es típico. Hoy eso es en realidad la historia de todos. Más y más amigos pasan por nuestras vidas, de modo que en un momento surge necesariamente la pregunta: ¿cómo permanecer fiel a la familia de uno, a los viejos amigos, a los antiguos vecinos, a los antiguos compañeros de clase, a los antiguos estudiantes, a los antiguos colegas y a los viejos conocidos? ¿Qué supone guardarles fidelidad? ¿Visitas ocasionales? ¿Correos electrónicos, textos, llamadas? ¿Recordar cumpleaños y aniversarios? ¿Reuniones de clase? ¿Asistir a bodas y funerales?

Obviamente, hacer estas cosas sería bueno, aunque eso también constituiría una ocupación a tiempo completo. Algo más se nos debe pedir  también aquí, a saber, una fidelidad que no sea accidental en correos electrónicos, textos, llamadas y visitas ocasionales. Pero ¿qué se puede hallar más profundo que el tangible contacto humano? ¿Qué puede haber más real que eso? La respuesta es la fidelidad, la fidelidad como el don de un alma moral compartida, la fidelidad como el don de la confianza y la fidelidad como permanecer auténtico al que eras cuando estabas  en una comunidad humana tangible y al contacto con aquella gente que ya no es parte de tu vida diaria. Eso es lo que significa ser fiel.

Resulta interesante ver cómo las escrituras cristianas definen la comunidad y la fidelidad. En los Hechos de los Apóstoles leemos que, antes de Pentecostés, los que formaban la primera comunidad cristiana estaban todos “encerrados en una habitación”. Y aquí, aunque físicamente juntos, irónicamente no estaban en verdadera comunidad unos con otros, no eran en realidad una familia ni eran de hecho fieles mutuamente. Entonces después de recibir el Espíritu Santo, literalmente se escapan de esa habitación y se dispersan por toda la tierra, de modo que muchos de ellos ya no vuelven a verse más; y ahora, geográficamente distantes unos de otros, irónicamente vienen a ser una verdadera familia, componen una genuina comunidad y viven en fidelidad mutua.  

Al fin y al cabo, la fidelidad no consiste en la frecuencia con que conectas  físicamente con alguien, sino en vivir en un espíritu compartido. La infidelidad no es cuestión de separación por la distancia, de olvidar un aniversario o un cumpleaños, o de no ser capaz de permanecer en contacto con alguien a quien aprecias. La infidelidad es apartarse de la verdad y la virtud que una vez compartiste con esa persona a la que aprecias. La infidelidad es un cambio de alma. Somos infieles a la familia y los amigos cuando nos volvemos una  persona diferente moralmente como para no compartir ya un espíritu común con ellos.

Puedes estar viviendo en la misma casa con alguien, compartir diariamente el pan y la conversación con él o ella, y no ser un miembro fiel de la familia o el amigo; lo mismo que puedes ser un amigo fiel y miembro de la familia y no ver a ese amigo o miembro de la familia durante cuarenta años. Ser fiel en recordar los cumpleaños es admirable, pero la fidelidad consiste más en recordar quién eras tú cuando ese nacimiento fue tan especial para ti. La fidelidad consiste en mantener la afinidad moral.

Buscando la mejor de mis posibilidades, trato de permanecer en contacto con la familia, los viejos amigos, los antiguos compañeros de clase, los antiguos estudiantes, los antiguos colegas y los viejos conocidos. Por lo general, eso me desborda un poco. Por tanto, pongo mi confianza en la fidelidad moral. Como mejor puedo, trato de comprometerme a guardar la misma alma que tenía cuando dejé el hogar siendo joven, lo cual me caracterizó y definió cuando me encontré con toda esa maravillosa gente a lo largo del camino. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - 

FIESTA PATRONA: PARROQUIA DEL CORAZÓN DE MARÍA

Con la solemnidad que nos han permitido las circunstancias, conocidas por todos, hemos celebrado la novena al Inmaculado Corazón de María patrona y titular de nuestra parroquia. Terminamos el sábado 30 de Mayo, haciendo un llamado a todos los grupos de la parroquia para que nos acompañen, en la Eucaristía final, a las 8.00 de la tarde.



CONSAGRACIÓN  FILIAL AL CORAZÓN  DE MARIA

 

¡Oh Virgen y Madre de Dios!
Yo me entrego por hijo tuyo
Me confío a tu amor materno
Para que formes en mí a Jesús.
El Hijo y el enviado del padre,
El ungido por el Espíritu Santo
para anunciar la Buena Nueva a los pobres.
Enséñame a guardar, como tú,
la Palabra en el Corazón
hasta transformarme en Evangelio de Dios.
Pide la fuerza del Espíritu para que sea
testigo de Cristo entre los hombres.
Infúndeme tu amor materno
para que les revele al Padre
y sientan la alegría de tos Hijos de Dios
en comunión fraterna de la Iglesia.
Madre,  aquí tienes a tu hijo. Fórmame.
Madre,  aquí tienes a tu hijo. Envíame.
Madre,  aquí tienes a tu hijo,
Habla por mí Ama por mí.
Guárdame en tu corazón,
En ti, Madre, he puesto toda mi confianza:
Jamás quedaré confundido. Amén.

 

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