Calendario de Cuaresma.
Gracias a Patricia y Nacho en Odres Nuevos
#OdresNuevos #Cuaresma
Esto postula una pregunta: ¿Dónde estaba el ángel cuando, aparentemente, más lo necesitaba? ¿Por qué no acudió el ángel antes para confortarlo?
Dos historias -creo yo- pueden ser útiles para responder a esto.
La primera procede de Martin Luther King Jr. En los días previos a su asesinato, encontró airada resistencia y empezó a recibir amenazas de muerte. Era valeroso, pero, a la vez, humano. En cierto momento, esas amenazas le llegaron a su persona. He aquí una de las anotaciones de su diario:
“Una noche, hacia finales de Enero, me acosté tarde, después de un día ajetreado. Coretta ya había caído dormida, y justo cuando yo estaba a punto de quedarme somnoliento, sonó el teléfono. Una airada voz dijo: ‘Escucha, neg…, nos hemos llevado todo lo que queremos de ti; antes de la próxima semana estarás lamentándote de haber venido a Montgomery’. Colgué, pero no pude dormir. Parecía que todos mis temores habían caído a la vez sobre mí. Había llegado a un grado de saturación.
Me levanté de la cama y comencé a caminar por el piso. Finalmente, fui a la cocina y me preparé un bote de café. Estaba dispuesto a rendirme. Con mi taza de café aún sin tocar ante mí, intenté pensar en la manera de desaparecer de escena sin mostrarme cobarde.
En este estado de enervamiento, cuando mi ánimo casi se había consumido, decidí confiar mi problema a Dios. Con la cabeza en las manos, me incliné sobre la mesa de la cocina y oré en voz alta. Las palabras que dirigí a Dios en esa medianoche aún están vivas en mi memoria:
‘Aquí estoy tomando una posición por lo que creo que es correcto. Ahora me encuentro con miedo. La gente piensa en mí en busca de liderazgo, y si me sitúo ante ellos sin fortaleza ni ánimo, ellos también titubearán. Estoy al final de mis potestades. No me queda nada. He llegado al punto en que soy incapaz de afrontarlo solo’. “En ese momento experimenté la presencia de lo Divino como nunca antes lo había experimentado”. (Stride Toward Freedom – Paso de gigante hacia la libertad)
Notad en qué momento de su lucha aparece el ángel.
En su autobiografía, The Long Loneliness (“La larga soledad”), Dorothy nos cuenta esta historia: De joven, juntamente con el hombre a quien amaba, había sido algún tanto militante en su increencia. En realidad, su desgana a entrar en la institución matrimonial era entendida como una declaración de su no aceptación de los valores cristianos tradicionales. Después concibió un hijo, y su nacimiento fue para ella el comienzo de una conversión radical. El gozo que sintió al acoger a su bebé la convenció de que había un Dios y que la vida tenía un proyecto amoroso. Se convirtió en católica romana, para disgusto del hombre a quien amaba, el padre de su hijo. Él le dio un ultimátum: Si decides que este hijo sea bautizado, nuestra relación se acaba. Ella hizo que el niño fuera bautizado y perdió esa relación (aunque continuaron como amigos). Pero entonces se encontró madre soltera, sin trabajo y sin verdadera visión, ni plan a donde encaminarse en la vida
En cierto momento, se desesperó. Dejó al niño al cuidado de otros y tomó un tren de la ciudad de New York al santuario de la Inmaculada Concepción de Washington, D. C. En su autobiografía, describe cómo oró ese día, qué desesperada fue su oración. Como Jesús en Getsemaní y Martin Luther King en Montgomery, su oración fue de cruda necesidad y desamparo, reconociendo que ya no poseía la fuerza de continuar. Esencialmente, dijo esto a Dios: He abandonado todo por ti y ahora estoy sola y temerosa. No sé qué hacer y estoy falta de fuerza para continuar en este compromiso.
Rezó esta oración de desamparo, tomó el tren de regreso a New York y, no mucho después, encontró a Peter Maurin sentado en el umbral de su puerta diciéndole que él había oído noticias de ella y que tenía claro lo que debería hacer ahora, a saber, iniciar la publicación del Katholic Worker (“El Trabajador Católico”). Eso fijó el camino para el resto de su vida. El ángel la había visitado y confortado.
Observad en qué momento de estas historias hace su aparición el ángel: cuando la fuerza humana está enteramente agotada. ¿Por qué no antes? Porque hasta el momento de agotamiento, en realidad no le permitimos entrar al ángel, confiando a la vez en nuestra propia fuerza. Pero, como dice Trevor Herriot, “Sólo después de que hayamos permitido al desierto hacer todo su trabajo en nosotros, los ángeles vendrán finalmente y nos servirán”. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Fuente: Ciudad Redonda.org
Domingo 3º de Cuaresma
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Diócesis TV quiere fomentar este ejercicio de piedad popular que es el Vía Crucis con renovados medios como son los vídeos para internet, aunque manteniendo el espíritu de esta devoción cuaresmal como seria meditación sobre los momentos principales de la vida de Jesucristo en su camino hacia el Padre. Todo ello gracias al trabajo que han realizado el dibujante malagueño Pachi en colaboración de su amigo Poe, ambos de la parroquia de la Amargura.
Ver también:
Hace varias semanas murió mi hermano mayor George. Su muerte fue de algún shock, ya que se había mantenido en una salud relativamente buena hasta una semana antes de que muriera. Su historia es digna de contarse. Ninguna comunidad, dijo Mircea Eliade una vez, debería descuidar sus muertes.
Aunque altamente inteligente y motivado, Georg nunca dispuso de oportunidad para la educación superior. Nuestra familia era numerosa y vivía en una pequeña casa de campo que no podía mantenernos. Él, como otros miembros mayores de nuestra familia, acabó pronto su escolaridad para entrar en el mundo laboral, a fin de ayudar a mantener a la familia. En esto, él no fue único. En la comunidad inmigrante de la segunda generación donde crecimos, gran parte de su generación, tanto hombres como mujeres, tuvieron que hacer lo mismo. Su historia, al igual que la de muchos otros como él, fue una en la que tuvo que renunciar a sus propios sueños por el bien de los otros.
Su historia es una historia de dedicación a la fe, a la familia, a la iglesia y a la comunidad. Por lo general, estuvo reclutado por las circunstancias. Aunque era muy brillante, quizá el más brillante de nuestra familia, las circunstancias dictaron que él abandonara la escuela después del grado octavo para ayudar al mantenimiento de la familia. Consecuentemente, nunca tuvo una verdadera oportunidad de hacer lo que quería en la vida, tanto en términos de emprender una carrera como en términos de casarse y formar una familia; y para él, el gran sacrificio no fue la carrera, sino el matrimonio.
Georg nunca proyectó ser soltero de por vida, pero lo fue en realidad porque su vida y compromisos nunca le permitieron tomar del todo en consideración el matrimonio y, en lugar de eso, lo guiaron a una vida de celibato (en gran parte, del mismo modo como esto funciona para un sacerdote o un religioso con votos). A pesar de eso, como a un célibe con votos, al fin, le resultó bien. Acabó con una familia muy numerosa, eso es, con gente de todo el mundo que lo consideró su hermano, su mentor, su amigo de confianza. Tras su muerte, ha habido una riada de cartas, correos electrónicos, textos, llamadas telefónicas y mensajes de personas de todas partes, expresando lo que Georg significó para ellos. Murió célibe, pero murió siendo un hombre amado.
Sin embargo, todo esto tuvo un precio. Los que éramos confidentes de sus frustraciones privadas, conocemos el precio que su alma pagó por su entrega. A veces necesitaba simplemente confidenciar en un lugar seguro, enfrentado a las frustraciones y tensiones que iba cargando, algunos momentos en los que no era capaz de emular plenamente la paciencia y abnegación de Jesús. Con todo, siempre manifestaba sus frustraciones en un lugar seguro donde su desahogo no pudiera herir a nadie. Fue siempre más fuerte que sus frustraciones. La parte más profunda de sí siempre fue bondadosa y con un toque de humor. Llevó la risa a toda estancia donde entró.
Además, fue un hombre de fe y de iglesia. La iglesia era una parte integrante de lo que él pensaba como familia, y se entregó plenamente, tanto a la pequeña comunidad de fe rural con la que vivía como a la iglesia más grande. Durante más de veinte años, ayudó a dirigir un programa de formación de laicos y atendió en el ministerio de la juventud en su diócesis natal. La dedicación y el talento con que enriqueció esos programas fueron reconocidos por muchos. No es de extrañar que, en una ocasión, el obispo local se le acercara y dijera: “Georg, tengo sólo una pregunta para ti: ¿te ordeno ahora, o quieres primero ir al seminario para unos pocos años?” El ministerio sacerdotal habría sido un sueño hecho realidad para él, pero quienes lo conocíamos también sabemos por qué declinó esa invitación. Aún tenía algunos compromisos en la familia y la comunidad que sentía no podía abandonar. Esa elección podría ser cuestionada, pero de nuevo se hizo con entrega y abnegación, anteponiendo las necesidades de los demás a las suyas propias.
En el Evangelio de Juan, el autor describe cómo, después de que Jesús ya estaba muerto, los soldados se acercaron y taladraron su costado con una lanza, e “inmediatamente brotó sangre y agua” fuera de su cuerpo muerto. ¡Interesante imagen! La vida, brotando fuera de un cuerpo muerto. Después de que Jesús murió, sus seguidores se sintieron nutridos por él de una manera aún más profunda que durante su vida. Desde el espíritu que él dejó tras de sí, ellos sintieron una rica emanación de vida y purificación.
Georg dejó también tras de sí esa especie de espíritu. Todos los que le conocieron continuarán bebiendo de su espíritu, su abnegación, su sacrificio de los sueños que tenía por la familia y la iglesia, y su buena voluntad para arrostrar frustraciones y tensiones por la causa de los demás. No menos, seremos nutridos por su humor y la claridad que traía a una estancia donde nos encontrásemos, una cualidad que manifestaba tanto su inteligencia como su encanto por la vida.
Vivió una vida digna. Murió un hombre amado. Será recordado con afecto por una numerosa familia, por la que sacrificó su oportunidad de contraer matrimonio y formar una familia propia. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Fuente: Ciudad Redonda.org
Versión en vídeo por Athenas & Tobías Buteler
La historia bíblica de Saúl es una de las grandes tragedias de toda la literatura. La historia de Saúl da ocasión a que Hamlet se parezca a un personaje de Disney. Hamlet, al menos, tenía poderosas razones para la amargura que le cercaba. A Saúl, dado el comienzo que tuvo, le tenía que haber resultado mejor, mucho mejor.Su historia empieza con el anuncio de que en todo Israel nadie rivalizaba con él en altura, fortaleza, bondad y aceptación. Un líder natural, el primero entre iguales; su extraordinario modo de ser fue reconocido y proclamado por el pueblo. Lo nombraron su rey. El comienzo de su historia es materia de cuento de hadas, y continúa de esta manera durante cierto tiempo.
Sin embargo, en un momento, las cosas empezaron a ir mal. Ese momento fue la llegada de David a escena: un hombre más joven, más agraciado, más dotado y más aclamado que él. Los celos se apoderan de él y la envidia empieza a envenenar el alma de Saúl. Mirando a David, observa sólo una popularidad que eclipsa la suya propia, no la bondad de otro hombre, ni siquiera lo que esa bondad ofrece a otros. Por el contrario, se vuelve amargado, intolerable, hostil, intenta matar a David y, por fin, muere por su propia mano, un hombre airado que ha caído lejos de la inocencia y bondad de su juventud.
¿Qué sucedió aquí? ¿Cómo se entiende que alguien que tiene tanto a favor suyo -bondad, talento, aplausos, poder, bendición- se vuelva un hombre amargado, intolerable que acaba quitándose su propia vida? ¿Cómo sucede esto? La finada Margaret Laurence, en una brillante y sombría novela, The Stone Angel (El ángel de piedra), ofrece una buena descripción de cómo sucede esto y cómo sucede de modo que resulta oculto para aquel que está experimentando la transición.
Su personaje principal, Hagar Shipley, es un estilo de “Saúl”. La historia de Hagar empieza como la suya: es joven, inocente y llena de posibilidades. ¿Qué va a ser de semejante mujer joven, bella, brillante y talentosa? Tristemente, no mucho en realidad. Es arrastrada por todo: la edad adulta, un matrimonio infeliz y una profunda decepción irreconocida y callada que al fin la deja abandonada, fría, amargada y sin energía ni ambición. Lo que resulta tan singular como triste es que ni ella misma ve nada de esto. En su mente, subsiste la chica joven, inocente, bondadosa, popular y atractiva que estuvo una vez en la escuela secundaria. No se hace cargo de qué pequeño ha venido a ser su mundo, de qué pocos amigos verdaderos tiene, de qué poco admira algo o a alguien, ni tampoco en qué abandono físico ha caído.
Su despertar es súbito y cruel. Un día de invierno, andrajosamente vestida con un viejo abrigo con capucha, toca la campanilla de una casa donde ella despacha huevos. Un ocurrente chico responde, y Hagar logra oír que ese chico dice a su madre: ¡Esa horrible vieja de los huevos está a la puerta! El centavo cae.
Aturdida, se marcha de la casa y se dirige a un baño público donde enciende todas las luces y examina su rostro en un espejo. Lo que vuelve sus pensamientos al pasado es un rostro que ella no reconoce, alguien patéticamente en contradicción con quien ella se imagina ser. En realidad ve a la mujer horrible y anciana de los huevos que vio el chico en la puerta, más bien que a la mujer joven, agraciada, atractiva y de gran corazón que ella aún se imagina ser. “¿Cómo puede haber sucedido esto?”, se pregunta. ¿Cómo podemos nosotros, insensibles a nosotros mismos, convertirnos en alguien a quien no conocemos ni nos gusta?
De algún modo, esto nos pasa a todos. No es fácil envejecer, aceptar la caída de lo que soñamos para nosotros mismos, observar a los jóvenes tomar posesión y recibir la popularidad y aclamación que una vez fueron nuestras. Al igual que Saúl, podemos llenarnos de unos celos que no reconocemos, y como Hagar, podemos crecer amargados y feos sin darnos cuenta. Los demás por supuesto que lo notan.
No es que no ganemos algo cuando sucede esto. Normalmente, crecemos más astutos, más inteligentes al modo del mundo y permanecemos siendo gente de buen corazón y generosos. Con todo, tendemos a ser más intratables de lo que éramos antes, a quejarnos demasiado, a sentirnos demasiado pesarosos por nosotros mismos y a darnos más a maldecir que a bendecir a los que nos han reemplazado: los jóvenes, los populares, los aclamados.
Y así, la penúltima tarea espiritual y humana de la segunda mitad de la vida es dejar esa celotipia y fealdad, y retornar de nuevo al amor, a la inocencia y a la bondad de nuestra juventud con el fin de revirginizar, mudarnos hacia una segunda ingenuidad y empezar de nuevo a admirar algo.
Al comienzo del libro del Apocalipsis, Juan, dando a entender que habla de parte de Dios, tiene un consejo para nosotros, al menos para aquellos de nosotros que estamos más allá de la flor de la juventud: “He visto qué duro trabajas. Reconozco tu generosidad y todo el buen trabajo que realizas, pero tengo esto contra ti: ¡Ahora tienes en ti menos amor que cuando eras joven! ¡Vuelve y fíjate desde dónde has caído!”
Podríamos desear oír esto de parte de la escritura antes de que lo oigamos casualmente de alguna joven diciendo a su madre que una persona abatida, amargada y vieja está a la puerta. Ron Roheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -