Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.

 





Domingo 2º de Adviento

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¿Qué puedo aprender de Juan el Bautista en este Adviento?

Comentario


Una metáfora domina las lecturas de hoy: es la del "camino". Correlativa a la del camino, aparece la idea de Iglesia como nuestro ser pueblo que se forma poniéndose en camino. Isaías se dirige a un pueblo desconfiado, con necesidad de consuelo y ayuda para ponerse en marcha; necesitamos profetas capaces de hablar al corazón, profetas de confianza, no de desventuras. Ante la devastación de nuestras conciencias, bombardeadas por mensajes negativos y nihilistas, es importante para cada uno de nosotros el aliento que nos llega del mensaje profético.

También las palabras del Bautista apuntan en esta dirección, preparando nuestro corazón a la venida del que bautizará con Espíritu. Ciertamente su figura austera y penitente no deja de ir contra nuestro estilo de vida cuando ya no sentimos necesidad de conversión: una consolación "barata" no nos enriquecería con frutos duraderos.

Es indispensable sobre todo nuestro testimonio inspirado en una fe honda en la salvación que nos ofrece Dios, nuestro querer ser pueblo de Dios atraídos por la promesa del Bautista, para después convencer a los demás de la salvación inminente. Por otra parte, siempre nos acuciará la pregunta de los escépticos: żes que vale la pena? La Palabra de Dios nos responde que sí vale la pena. La carta de Pedro nos recuerda que éste es un tiempo lleno de la presencia de Dios y sólo podemos verlo así creyendo de verdad y comprometiéndonos con nuestra existencia: la promesa de Ťcielos nuevos y tierra nuevať genera en el que cree una vida de auténtica santidad, y ella misma es anuncio y signo tangible de aquel mundo nuevo.

 


Revisa los cimientos de tu fe y vida...

Calendario de Adviento


#OdresNuevos #CalendarioDeAdviento #PatriyNacho  

Richard “Rick” Gaillardetz – RIP. Artículo

 

Ninguna comunidad tendría que subestimar sus muertes. Es Mircea Eliade quien dijo eso. Lo que subraya su sabiduría aquí es la verdad de que aquello que dejamos de celebrar, pronto dejaremos de apreciar.

Contando con eso, me gustaría destacar lo que nosotros, la comunidad religiosa y también la secular, necesitamos celebrar y apreciar al lamentar la reciente muerte de Richard Gaillardetz.

Richard, conocido por “Rick”, fue esposo, padre, amigo para muchos y (en opinión de la mayoría) el mejor eclesiólogo del mundo angloparlante. Enseñó en Boston College, pero dio conferencias en otros muchos lugares, tanto como catedrático como orador popular. Más allá de su talla como académico, tenía una humanidad, una recia sensatez, un agudo entendimiento, una cordialidad natural, una afabilidad y un sentido del humor que hacían su presencia agradable y estabilizante. Traía calma y sensatez al lugar.

¿Qué hay que decir sobre el hecho de destacar lo que aportó? ¿Qué tendríamos que aprovechar al procesar su muerte? ¿Qué tenemos que celebrar de manera que continuemos su aprecio?

Muchas cosas podrían ser destacadas, todas ellas positivas, pero me gustaría fijarme en estos cuatro extraordinarios dones que nos aportó.

Primero, fue un teólogo que trabajó activamente salvando la brecha existente entre la academia y el banco de la iglesia. Rick fue un académico altamente respetado. Nadie cuestionó su alta erudición. Aun así, era muy solicitado como conferenciante popular en espiritualidad y nunca comprometió su erudición en servicio de la popularidad. Esa combinación de ser entendido y respetado en la academia y en el banco de la iglesia es cosa rara (resulta difícil ser simple sin ser simplista) y un enorme riesgo (ser orador popular generalmente te hace sospechoso entre tus colegas académicos). Rick asumió ese riesgo porque quería que su erudición sirviera a la comunidad entera y no sólo a aquellos no poco afortunados de estar en las aulas de posgrado.

Segundo, fue un eclesiólogo que usó su erudición para unir más bien que para dividir. La eclesiología trata sobre la iglesia, y es el denominacionalismo de la iglesia lo que aún nos divide como cristianos. Las divisiones que hay entre nosotros son en gran parte eclesiales. En casi todas las otras cosas, estamos juntos. Participamos de Jesús; compartimos una escritura común; participamos (en diferentes modalidades) de la Eucaristía; compartimos una lucha común al intentar ser fieles a las enseñanzas de Jesús; y participamos en muchas luchas humanas, morales y sociales comunes. La espiritualidad nos une, pero la eclesiología todavía divide. El trabajo de Rick en eclesiología en un aliento de aire fresco para ayudarnos a acabar con siglos de división. Apreciaba su propia denominación, el Catolicismo Romano, aun cuando era totalmente apreciador de otras denominaciones. ¿Su secreto? No se redujo a hacer una teología de la iglesia; también hizo una espiritualidad de la iglesia.

Tercero, era un hombre que amaba a la iglesia, a pesar de que, en ese amor, sabía ser sanamente crítico de ella cuando esta lo merecía. Asistí a su última conferencia pública, habida en Septiembre del año pasado, y empezó su intervención con estas palabras: Fui católico por nacimiento; después, por opción; y ahora, por amor. Siguió contándonos cómo la iglesia católica era el amor más grande de su vida y cómo, a la vez, le ha traído continua desilusión y dolor. Nos desafió a amar a la iglesia y, de igual modo, a ser críticos para con ella; ambas cosas al mismo tiempo. Eso pone de manifiesto un gran corazón y una gran mente. Algunos son capaces de amar a la iglesia y nunca ver sus fallos; otros son capaces de ver sus fallos pero nunca amar a la iglesia. Rick llegó a hacer ambas cosas.

Finalmente, fue un hombre que afrontó su muerte con una fe, un coraje y una dignidad que pueden servir de paradigma para el resto de nosotros, quienes algún día tendremos que afrontar -todos- lo que él afrontó. Hace alrededor de año y medio, a Rick diagnosticaron un cáncer pancreático terminal. Él sabía que, a no ser por un milagro, probablemente tenía menos de dos años de vida. Fuera lo que fuera su propia angustia y lucha interior para llegar a la paz con eso, todo lo que dijo, hizo y enseñó durante el año y medio siguiente a ese diagnóstico manifestó paz, confianza, coraje y compromiso por los demás. Mantuvo un diario de sus pensamientos durante este periodo y esos diarios van a ser publicados pronto y constituirán el último gran don de Rick a la iglesia y al mundo.

Me gustaría acabar este homenaje con una pequeña anécdota que Rick mismo -estoy seguro- apreciaría, dado que añade un poco de color a un reconocimiento que de otra manera estaría demasiado sombrío. Hace unos años, fui a oír a Rick dar una conferencia pública en una de las universidades locales de aquí, en la ciudad. Un teólogo suficientemente conocido, el marianista  Bernard J. Lee, estaba presentándolo. Después de enumerarnos la lista de realizaciones académicas de Rick a los que componíamos la audiencia, Lee se dirigió a él y le preguntó: “Richard, ¿cómo diablos llegas a pronunciar G-a-i-l-l-a-r-d-e-t-z según este deletreo?”

Cualesquiera que sean el deletreo y la pronunciación, Richard Gaillardetz fue un tesoro teológico al que perdimos excesivamente pronto.  Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) Fuente Ciudad Redonda.org Image by Joe from Pixabay

¡Velad!

 




Domingo 1º de Adviento

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Señor, ayúdame a vivir con atención cada día que me regalas

Comentario



     El relato evangélico comienza y concluye con la misma invitación: ŤVigiladť (w. 33.37). Siguen dos enseńanzas, la primera indica el "porqué" de la vigilancia: ŤVigilad, pues no sabéis cuándo es el momento precisoť (v. 33). Una lectura superficial podría parecemos como una imposición tiránica: Jesús no revela el día y la hora, para que los cristianos vivan en continuo temor. Al contrario, no se indica la hora porque todas las horas son buenas para abrirse al evangelio de suerte que comprometa la existencia. Jesús desea vitalizar a una comunidad para que no esté obsesionada con el deseo de conocer el final, sino que se preocupe por vivir y discernir tiempos y momentos en la escucha y la obediencia. Y esto en la espera de la última cita que nos introducirá definitivamente en el Reino; ciertamente es una espera continua e intensa, pero no ansiosa ni temerosa, sino que rebosa confianza.

La segunda enseńanza está en el "estilo" de la vigilancia. Marcos, al narrar la parábola del hombre que se marcha de viaje lejos, indica que deja su Ťcasať al cuidado de sus criados (v. 34). Es posible ver en la casa una imagen de la comunidad cristiana. Cualquier creyente es, en su fidelidad cotidiana al Seńor, responsable de su construcción. La vigilancia se caracteriza como "vigilancia de la casa", de la que, mientras espera a su Seńor, el cristiano debe cuidar desempeńando la tarea que Dios ha confiado a cada uno.




Presta atención. ¿Dejas que el ritmo del mundo te adormezca?

 
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El banco de la iglesia y la academia. Artículo.

Vivo a ambos lados de una frontera, no geográfica sino una que separa el banco de la iglesia de las salas de sesiones académicas de teología.

Fui educado como católico romano conservador. A pesar de que mi padre colaboró políticamente en el Partido Liberal, la mayor parte de mi educación fue conservadora, particularmente lo tocante a la religión. Fui un católico romano adicto en casi todos aspectos. Crecí bajo el gobierno papal de Pío XII (y el hecho de que mi hermano más joven se llame Pío os dirá lo leal que era nuestra familia a la interpretación de las cosas dimanadas del papa). Creíamos en el Catolicismo Romano como la única religión verdadera y en la necesidad, por parte de protestantes y evangélicos, de convertirse y retornar a la fe verdadera. Aprendí de memoria el catecismo católico romano y defendí cada palabra suya. También, además de ser fieles seguidores de la iglesia, mi familia se daba a la piedad y las devociones: cada día rezábamos juntos el rosario en familia; teníamos imágenes y cuadros piadosos por toda la casa; llevábamos medallas bendecidas colgadas del cuello; rezábamos las letanías a María, a José y al Corazón de Jesús en determinados meses; y manteníamos una ferviente devoción a los santos. Era maravilloso. Siempre estaré agradecido por ese fundamento religioso.

Marché de mi hogar familiar al seminario a la tierna edad de diecisiete años, y mis primeros años de seminario consolidaron lo que me había dado mi familia. Los profesores eran buenos y nos estimulaban a leer a los grandes pensadores en cada disciplina. Pero este aprendizaje superior estaba aún sólidamente establecido en el código y valores católicos romanos que honraban mi origen religioso y devocional. Mis primeros estudios universitarios eran todavía amigos de mi piedad. Mi mente estaba abriéndose, aunque mi piedad permanecía intacta.  

Pero el hogar es desde donde partimos. Gradualmente, a lo largo de los años, mi mundo ha cambiado. Estudiar en diferentes escuelas de graduados, enseñar en facultades de posgrado, convivir en contacto diario con otras expresiones de la fe, leer a novelistas y pensadores contemporáneos, y tener colegas académicos como apreciados amigos -lo confieso- ha puesto cierta tirantez en la piedad de mi juventud. A decir verdad, ya no rezamos con frecuencia el rosario, ni las letanías a María, ni al Sagrado Corazón en las clases de posgrado ni en las asambleas de facultad.

A pesar de todo, las aulas académicas y las asambleas de facultad proporcionan algo más, algo necesitado vitalmente en los bancos de la iglesia y en los círculos de piedad, esto es, una visión y unos principios teológicos críticos para mantener sin ataduras la piedad, el fundamentalismo ingenuo y el mal orientado fervor dentro de los límites apropiados. Lo que he aprendido en los círculos académicos es también maravilloso, y estoy agradecido por siempre, ya que he tenido el privilegio de estar en círculos académicos durante casi toda mi vida adulta.

Pero, desde luego, esa es una fórmula para la tensión, aunque saludable. Dejadme emplear la voz de algún otro para explicar esto. En su libro Silence and Beauty (“Silencio y belleza”) el artista japonés-norteamericano Makoto Fujimura cuenta este incidente tomado de su propia vida. Saliendo de la iglesia un domingo, su pastor le pidió que añadiera su nombre a una lista de gente que había acordado boicotear la película La última tentación de Cristo. Fujimura apreciaba a su pastor y deseaba complacerlo firmando la petición, pero no se sentía decidido a firmar, por razones que, en ese momento, no podía explicar con claridad. Su esposa, en cambio, pudo. Antes de que él pudiera firmar, ella lo explicó diciendo: “Puede ser que los artistas tengan otros papeles que desempeñar en vez de boicotear esta película”. Él entendió lo que ella quería decir. No firmó la petición.

Pero su decisión lo dejó considerando la tirantez que había entre boicotear semejante película y su papel como artista. He aquí cómo lo explica: “Con frecuencia, un artista es atraído en dos direcciones. Las personas religiosamente conservadoras tienden a contemplar la cultura como sospechosa en el mejor de los casos; y, cuando se hacen manifestaciones culturales para transgredir la realidad normativa que mantienen con amor, la reacción a la que se consideran obligados es oponerse y boicotear. Las personas pertenecientes a una comunidad artística más liberal contemplan estos pasos transgresivos como necesarios para su ‘libertad de expresión’. Un artista como yo, que valora la religión y el arte, será excluido de ambas. Yo intento retener juntos ambos compromisos, pero resulta una lucha”.

Esa es también mi lucha. La piedad de mi juventud, de mis padres y de esa rica rama del Catolicismo es real y vivificadora; pero así es también la teología iconoclasta crítica (a veces, agitadora) de la academia. Las dos se necesitan desesperadamente; aun así, uno que trata de ser leal a ambas puede, como Fujimura, acabar sintiéndose excluido de las dos. Los teólogos tienen también otros papeles que desempeñar en vez de boicotear películas.

Las personas a quienes tomo como mentores en esta área son hombres y mujeres que, según pienso, pueden hacer ambas cosas: como Dorothy Day, que era capaz de estar igualmente cómoda dirigiendo el rosario o la marcha de la paz; como Jim Wallis, que es capaz de defender exactamente con igual pasión el compromiso social radical o la intimidad personal con Jesús; y como Tomás de Aquino, cuyo entendimiento era capaz de intimidar a intelectuales aun cuando también era capaz de orar con la piedad de un niño. Los círculos de piedad y la academia de teología no son enemigos. Necesitan amistarse unos con otros. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) Fuente: ciudad Redonda.org Imagen de Matthias Böckel en Pixabay

Éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

 





Domingo 34º del Tiempo Ordinario

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Los miro y te veo, Señor. Contigo seguiré construyendo e iluminando tu Reino.

Comentario



Estamos frente a la clásica visión del juicio final, que Mateo pone como conclusión del <<discurso escatológico>> y de todos los discursos de Jesús. En realidad, Jesús no pronuncio este discurso con la intención de describirnos los acontecimientos finales relativos al juicio definitivo. Sin embargo, leyendo los hechos de su tiempo, Jesús si ha querido inculcarnos los medios concretos para salir victoriosos en la prueba final de la vida, cuando toda la humanidad se encuentre frente a él, como rey universal restaurando su Reino. La página evangélica posee una fuerza extraordinaria tanto por el mensaje en si como por lo sugestivo de la escena. El texto se encuentra articulado en tres partes: una, la introducción, que presenta la llegada del Hijo del hombre, la convocación de los pueblos y la separación de los mismos (vv. 31-33); otra, el dialogo del rey con los de un lado, quienes entraran y tomaran posesión de su Reino, 34 a continuación, con los del otro lado, los excluidos (vv. 34-45); y la ultima, la conclusión, que reanuda y ejecuta las distintas sentencias (v. 46).

La parte más importante del texto es la que se fija, y con insistencia, en las actitudes de amor o indiferencia, es decir en la acogida amorosa o en el rechazo de los pobres y los necesitados. Las obras misericordiosas y gratuitas son premiadas por Dios. Esta claro que este rey y juez escatológico, que cumple las profecías antiguas, es Jesús de Nazaret, el crucificado, aquel que experimento el hambre, la desnudez, la soledad, el dolor. Este rey y Seńor que se identifica con los pequeńos y los pobres, vive escondido y oculto en <<sus hermanos más pequeńos




El desamparo en cuanto fructífero. Artículo.

A veces somos lo más útiles y vivificantes en los precisos momentos en que nos encontramos lo más desamparados. Todos hemos estado en esa situación. Asistimos a un funeral y no encontramos nada que decir para mitigar la pena de alguien que ha perdido a un ser querido. Nos sentimos torpes e impotentes. Nos encantaría decir o hacer algo, pero no encontramos nada que decir ni hacer, a no ser estar allí, abrazar al que está soportando la pena, y compartir nuestra impotencia. Parecerá extraño, pero es nuestra misma impotencia lo que resulta más útil y generativo en esa situación. Nuestra pasividad es más provechosa y generativa que si nos halláramos realizando algo.

Vemos un ejemplo de esto en Jesús. Entregó su vida y su muerte en favor nuestro, pero en diferentes momentos. Entregó su vida por nosotros gracias a su actividad, y su muerte por nosotros gracias a su pasividad, esto es, por medio de lo que absorbió en impotencia. A propósito, podemos dividir cada uno de los Evangelios en dos partes bien definidas. Hasta su arresto en el Huerto de Getsemaní, Jesús es el activo: enseña, sana, realiza milagros, proporciona comida a la gente. Después, una vez arrestado, no hace nada: es esposado, llevado detenido, encausado, azotado y crucificado. Aun así -y esto es lo misterioso- creemos que nos comunicó más durante ese tiempo en que no pudo hacer nada, que durante todas aquellas ocasiones en que estuvo activo. Somos salvados más gracias a su pasividad e impotencia que gracias a las eficaces acciones realizadas durante su ministerio. ¿Cómo se explica esto? ¿Cómo pueden ser tan generativas la impotencia y la pasividad?

En parte, esto es misterioso, aunque en parte comprendemos algo de ello gracias a la experiencia. Por ejemplo, una cariñosa madre muriendo en un hospital para terminales, en coma e incapaz de hablar: en esa situación puede a veces cambiar los corazones de sus hijos más eficazmente de lo que jamás había podido hacerlo durante todos los años en los que había hecho tanto por ellos. ¿Qué lógica hay aquí? ¿Por qué metafísica se explica esto?

Dejadme empezar abstractamente y dar un rodeo a esta pregunta antes de aventurarme a responderla. Los pensadores ateos de la Ilustración (Nietzsche, Feuerbach, Marx y otros) presentan una crítica muy agresiva de la religión y la experiencia religiosa. Según su opinión, toda experiencia religiosa es simplemente proyección subjetiva, nada más. Para ellos, en nuestra fe y prácticas religiosas, siempre  estamos creando un dios a nuestra propia imagen y semejanza para servir a nuestro propio interés. (La antítesis misma de lo que creen los cristianos). Para Nietzsche, por ejemplo, no existe revelación alguna que venga de fuera de nosotros, ni Dios alguno en el cielo que nos revele la verdad divina. Todo se reduce a nosotros, que proyectamos nuestras necesidades y creamos un  dios para servir esas necesidades. Toda religión es proyección humana y egoísta.

¿En qué grado es verdad esto? Uno de los más influyentes profesores que tuve en mis estudios, el jesuita Michael Buckley, replica así ante esa crítica: Estos pensadores tienen razón en un 90%. Pero están equivocados en un 10%; y ese 10% marca toda la diferencia.

Buckley comentó esto mientras enseñaba lo que Juan de la Cruz llama noche oscura del alma. ¿Qué es una noche oscura del alma?  Es una experiencia en la que ya no podemos sentir a Dios ni imaginativa ni afectivamente, cuando el verdadero sentido de la existencia de Dios se seca en nuestro interior y estamos desamparados en una oscuridad agnóstica, incapaces (en la cabeza, el corazón y las entrañas) de evocar cualquier sentido de Dios.

Con todo -y este es el punto- precisamente porque estamos desamparados e incapaces de evocar cualesquiera conceptos imaginativos o sentimientos afectivos sobre Dios, Dios puede ahora fluir puramente en nuestro interior sin que seamos capaces de colorear ni contaminar esa experiencia. Cuando todos nuestros esfuerzos son vanos, la gracia puede finalmente tomar posesión y fluir en nuestro interior con pureza. En verdad, ese es el modo como toda auténtica revelación entra en nuestro mundo. Cuando la impotencia humana nos hace incapaces de conseguir que Dios sirva a nuestro propio interés, Dios puede entonces fluir en nuestras vidas sin contaminación.

Ahora bien, esto es también aplicable al amor humano. Mucho de nuestro amor mutuo -al margen de nuestra sinceridad- está desvirtuado por el interés propio y es, en algún punto, egoísta. De alguna manera, formamos a nuestra imagen y semejanza a aquellos a quienes amamos. Sin embargo, como sucede con la crítica hecha por Buckley a los pensadores ateos de la Ilustración, este no es siempre el caso. Se dan ciertas situaciones en las que de ningún modo podemos manchar el amor ni hacerlo egoísta. ¿Cuáles son esas situaciones? Precisamente aquellas en las que nos encontramos completamente desamparados, mudos, tartamudos, incapaces de decir ni hacer algo que sea útil. En estas particulares “noches oscuras del alma”, cuando nos sentimos completamente impotentes de modelar la experiencia, entonces el amor y la gracia pueden fluir dentro pura y poderosamente. En su clásica obra El medio divino, Pierre Teilhard de Chardin nos desafía a ayudar a los demás por nuestra actividad y también por nuestra pasividad. Está en lo cierto. Podemos ser generativos gracias a lo que hacemos activamente por los demás, y podemos ser particularmente generativos cuando nos quedamos pasivamente con ellos en desamparo. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - Fuente: Ciudad Redonda.org Image by Ernesto Alejandro Pérez from Pixabay

Amor más allá de la muerte. Artículo.

Gilbert K. Chesterton declaró una vez que el Cristianismo es la única democracia donde aun los muertos logran votar. A la luz de eso, cuento dos historias.

Un psicólogo, en una conferencia a la que asistí una vez, contó esta historia: Una mujer vino a verle en considerable necesidad de ayuda. Su inquietud tenía que ver con la última conversación que había mantenido con su marido antes de que este muriera. Ella explicó cuánto habían gozado de un buen matrimonio durante más de treinta años, con un solo pequeño altercado entre ellos. Pero una mañana tuvieron una disputa sobre algo trivial (de lo que ni siquiera era capaz de recordar la causa). Su altercado había acabado en ira, y él se dirigió a la puerta para irse al trabajo… y morir de un ataque de corazón ese día, antes de tener nuevamente una ocasión de conversar.

¡Qué terrible desgracia! Treinta años sin el menor incidente de esta clase, y ahora esto: ¡en sus últimas palabras, enfado mutuo! El psicólogo primeramente, con cierto humor, le aseguró que toda la culpa estaba de parte de su esposo, en su decisión de morir en ese embarazoso momento, ¡abandonándola con esa culpa!

Más seriamente, le preguntó: “Si su esposo se hallara aquí ahora mismo, ¿qué le diría Vd.?” Ella respondió que le excusaría y le aseguraría que, teniendo en cuenta todos sus años vividos en compañía, este diminuto incidente no significaba nada, que su amor mutuo empequeñecía totalmente ese breve momento. Él le garantizó que su esposo estaba aún vivo a causa de la comunión de los santos y seguía con ellos en ese mismo momento. Entonces le añadió: “¿Por qué no se sienta en esta silla y le dice lo mismo que Vd. acaba de contarme, que su fiel amor mutuo olvida por completo su última conversación con él? De verdad, ríanse de su ironía”.

Una segunda historia. Recientemente, visité a una familia cuyo padre había muerto por suicidio hacía veinte años. A lo largo de los años, habían tratado de olvidar eso, aunque, al igual que la mayoría de las familias que pierden a un ser querido por suicidio, quedó vivo algún incómodo residuo. Hacía largo tiempo que lo habían perdonado, que se habían perdonado por cualquier negligencia de su parte y que habían perdonado a Dios por la injusticia de una muerte como la suya. Pero algo quedó inacabado, algo sintieron que no supieron especificar con propiedad (a pesar de veinte años pasados, a pesar del perdón total y a pesar de una comprensión más empática del suicidio). Tampoco yo supe especificarlo con propiedad, pero fui capaz de sugerir un remedio.

Indiqué que tienen una celebración ritual en la que celebrar su amor por él; celebrarían el don que fue su vida y trabajarían por redimir la infortunada manera de su muerte. He aquí lo que sugerí: Elegid un día, quizá su cumpleaños o incluso el aniversario de su muerte. Reuníos como una familia que sois y tened una celebración alegre, incluso con champagne, vino y globos. Compartid historias sobre él, destacando aquellas en las que se mostraba feliz, en las que estaba riendo, en las que su espíritu se animaba y en las que aportaba una especial energía al lugar. Celebrad eso con comida, vino, champagne, risa y amor. Él estará allí con vosotros. Vosotros estáis aún en una comunión de vida con él. Él está feliz ahora. Celebrad eso con él. Arrojad lejos los veinte años de abatimiento. La falta  de esta clase de celebración es lo que aún queda sin tratar entre vosotros y él.

Historias como esta pueden sonar como si fueran imaginarias, ficticias, pero se fundan en una sólida y definida doctrina cristiana, esto es, están enraizadas en una fe que nos manifiesta que estamos en unión viva unos con otros en el Cuerpo de Cristo. Como cristianos que somos, creemos (como doctrina de nuestra fe) que estamos en unidad de unos con otros dentro de un cuerpo viviente (un organismo, no una corporación) y que esta unión en un solo cuerpo nos incluye a todos nosotros, tanto a los vivos como a los difuntos. Podemos comunicarnos unos con otros, disculparnos unos con otros, hacer las paces unos con otros y celebrar la vida y energía de unos y otros, aun después de que uno de nosotros haya muerto. Siendo cristianos, somos invitados a orar por los muertos. No es sorprendente que ciertos cristianos sean reacios a esto, no conformes con que se necesite recordar a Dios que sea misericordioso e indulgente. Están en lo cierto; pero, en definitiva, no es esa la razón por la que oramos a favor de nuestros seres queridos que han fallecido. A pesar del caudal de fórmulas de oración que generalmente usamos para pedir a Dios que sea misericordioso, la verdadera finalidad de nuestra oración por los difuntos es que permanezcamos en contacto, en una comunicación de vida con ellos. La verdadera finalidad de nuestras oraciones y celebraciones rituales por los difuntos es seguir estando en una comunicación más deliberada de vida con ellos, concluir asuntos inacabados, disculparnos con ellos, perdonarlos, pedirles que nos perdonen, permanecer atentos al especial oxígeno que exhalaron en el planeta durante su vida y compartir ocasionalmente con ellos un celebrativo vaso de vino. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - Fuente: Ciudad Redonda.org - Imagen de Ben Kerckx en Pixabay