Invitación a la oración litúrgica. Artículo.

Todos somos sacerdotes desde nuestro bautismo, y con ello viene una invitación, a que oremos por el mundo como sacerdotes a través de la oración de Cristo y de la Iglesia. ¿Qué significa esto en concreto?

Invitación a la oración litúrgicaTodo bautizado cristiano está bautizado en el sacerdocio de Jesucristo. El sacerdocio se otorga a todos los cristianos bautizados y no es sólo prerrogativa y responsabilidad de los que están oficialmente ordenados para el ministerio, y con ello viene una invitación a todos los cristianos adultos.

Esta invitación es algo muy concreto. No tenemos que pensar en lo que debemos hacer o inventarnos algo. Más bien, se nos invita a unirnos a una práctica que comenzó en la primitiva comunidad apostólica y que ha llegado hasta nuestros días, es decir, la práctica de rezar diariamente dos series de oraciones de un conjunto ritual de oraciones que reciben diversos nombres: Oficio Divino de la Iglesia, Liturgia de las Horas, Horas Canónicas o Breviario. Desde la época de los primeros monjes cristianos, estas oraciones han sido un elemento clave en la oración de la Iglesia, tanto católica como no católica.

Hay ocho conjuntos de oraciones, cada uno destinado a ser rezado en un momento diferente del día y relacionado con el estado de ánimo y la luz de la hora. Los ocho grupos de oraciones son Laudes (rezadas como oración de la mañana); Prima y Tercia (rezadas en distintos momentos de la mañana); Sexta (rezadas al mediodía); Ninguna (rezadas a media tarde); Vísperas (rezadas al terminar la jornada laboral); Completas (rezadas como oración de la noche); y Vigilias (rezadas en algún momento de la noche). Nótese lo apropiado del nombre Liturgia de las Horas.

Aunque hay ocho series de estas oraciones, sólo los monjes y monjas de las órdenes contemplativas las rezan todas. Los sacerdotes, diáconos, hombres y mujeres de órdenes religiosas que se dedican plenamente al ministerio, ministros protestantes y evangélicos, y laicos que rezan estas «horas», normalmente rezan sólo dos de ellas, Laudes (Oración de la mañana) y Vísperas (Oración de la tarde).

Y hay que distinguir estas oraciones de nuestras oraciones privadas. No son meditaciones privadas, sino lo que se llama oración pública, oración litúrgica, oración de la Iglesia, oración de Cristo por el mundo. Idealmente, están pensadas para ser rezadas, incluso celebradas comunitariamente, pero siguen siendo la oración pública de la Iglesia incluso cuando se rezan a solas. La intención al rezarlas es unirse a la oración oficial de la Iglesia y rezar una oración que está siendo rezada en esa misma hora por miles (quizás millones) de cristianos de todo el mundo que, como Cuerpo de Cristo, están rezando la oración sacerdotal de Cristo por el mundo.

Además, puesto que éstas son las oraciones de la Iglesia, y no nuestra propia oración, no somos libres de cambiarlas o sustituirlas por otras oraciones según nuestro temperamento, piedad o gusto teológico. Estas oraciones no tienen por qué ser personalmente significativas para nosotros cada día. Estamos rezando como sacerdotes, ofreciendo una oración por el mundo, y eso es profundamente significativo en sí mismo, independientemente de si es afectivamente significativo para nosotros en un día determinado o incluso durante todo un período de nuestras vidas. Cumplir con una responsabilidad no siempre es afectivamente muy significativo. Al rezar estas oraciones, estamos asumiendo una de nuestras responsabilidades como cristianos adultos, es decir, rezar con la Iglesia, por medio de Cristo, por el mundo.

Las dos horas (Laudes y Vísperas) que se nos invita a rezar cada día siguen una estructura sencilla: tres salmos, una breve lectura bíblica, un antiguo himno cristiano (el Benedictus o el Magnificat), una breve serie de peticiones, el Padrenuestro y una oración final.

Así pues, ésta es la invitación: como cristiano adulto, como sacerdote desde tu bautismo, como mujer u hombre preocupado por el mundo y la Iglesia, te invito a unirte a miles y miles de cristianos de todo el mundo y rezar cada día la oración matutina de la Iglesia (Laudes) y la oración vespertina de la Iglesia (Vísperas). Así, como Cristo, como sacerdote, estarás ofreciendo sacrificios por el mundo. Después, cuando veas las noticias del mundo y te sientas desanimado e impotente ante todo lo que no está bien en el mundo y te preguntes, ¿qué puedo hacer? Pues harás algo muy real: rezar con Cristo y la Iglesia por el mundo.

¿Dónde encontrar estas oraciones, Laudes y Vísperas? Los libros que las contienen pueden comprarse en casi cualquier editorial religiosa, católica o protestante. De hecho, ni siquiera es necesario comprarlos. Hoy están disponibles (gratis) en Internet. Basta con activar el buscador y teclear La Liturgia de las Horas o ibreviario para encontrarlas.

Al rezar estas oraciones cada día, ya sea solo o (idealmente) con otras personas, estarás asumiendo un poder especial y una responsabilidad que te fueron dados en tu bautismo y estarás haciendo un importante regalo al mundo. Y nunca más tendrás que luchar con la pregunta, ¿cómo debo rezar hoy? Artículo original en Ingles  Ron Rolheiser OMI (Trad. Benjamín Elcano, cmf). Fuente: Ciudad Redonda.org

El Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios

 





La Ascensión del Señor


Los verbos de la fiesta de la ascensión tienen todos, de una manera implícita o explícita, el sentido de elevación y nos invitan de este modo a mirar a lo alto, a elevar el corazón, a dirigir los ojos al cielo, a trasladar nuestro corazón al lugar donde se encuentra Cristo a la derecha del Padre. Así, la solemnidad de la ascensión nos revela nuestra pertenencia, ya desde ahora, a la Jerusalén celestial, nuestro habitar en el cielo, "todavía no" con el cuerpo, pero sí "ya" con el espíritu y el corazón.

Cristo, al ascender al cielo, se llevó consigo el trofeo de su victoria sobre la muerte: su humanidad glorificada, la naturaleza que tiene en común con nosotros, con sus hermanos de carne y de sangre. Nos ha hecho prisioneros, dice Pablo. Cómo lo ha hecho? Ha hecho prisionero nuestro corazón ligando a Él nuestro deseo, nuestro amor; en efecto, el corazón se encuentra allí donde se encuentra el objeto que ama. "Si me amarais -afirma incesantemente Jesús-, os alegrarías de que suba al Padre".

En la medida en que nos humillemos y muramos con él, ascenderemos con él al Padre, seremos liberados de la esclavitud y llegaremos a ser hombres cada vez más libres. La espera del Cristo glorioso puede resultar difícil si sólo tenemos en cuenta los acontecimientos dolorosos de la vida humana, de la historia; sin embargo, es preciso cultivar, como lo hacían las primeras generaciones cristianas, el sentido de la inminencia. Nuestros ojos deben saber mirar al cielo sin alejarse de la tierra; más aún, recogiendo a los hermanos de sus dispersiones, para hacer converger también sus miradas hacia lo alto. Nuestra manera de trabajar y de cansarnos debería permitirnos también reposar ya con Cristo en el cielo.

Nuestro modo de vivir, de sufrir, de morir, debería manifestar con claridad que el misterio de la redención se va cumpliendo en nosotros.




¿Quiénes son nuestros verdaderos compañeros de fe?. Artículo.

Trabajo y me muevo dentro de los círculos eclesiásticos y encuentro que la mayoría de las personas que están allí son honestas, comprometidas y, en su mayor parte, irradian su fe positivamente. La mayoría de los fieles no son hipócritas. Sin embargo, lo que me parece perturbador en los círculos eclesiásticos es que muchos de nosotros podemos ser amargados, mezquinos y criticones a la hora de defender los valores que más apreciamos.

Fue Henri Nouwen el primero en destacarlo, comentando con tristeza que muchas de las personas amargadas e ideológicamente motivadas que conocía, las había conocido dentro de círculos eclesiales y espacios de pastoral. En los círculos eclesiásticos, a veces parece que casi todo el mundo está enfadado por algo. Además, dentro de los círculos eclesiásticos, es demasiado fácil racionalizar eso en aras de la profecía, como una pasión justa por la verdad y la moralidad.

El algoritmo funciona así: porque estoy verdaderamente preocupado por una cuestión moral, eclesial o de justicia importante, puedo excusar cierto grado de ira, alarmismo y juicio negativo, porque puedo pensar que mi opinión, dogmática o moral, es tan importante que justifica mi mezquindad, es decir, que tengo derecho a ser severo y duro porque se trata de una verdad muy importante.

Y así justificamos un espíritu mezquino revistiéndolo de un manto profético, creyendo que somos guerreros de Dios, de la verdad y de la moral cuando, en realidad, estamos luchando de igual manera con nuestras propias heridas, inseguridades y miedos. De ahí que a menudo miremos a los demás, incluso a iglesias enteras formadas por personas sinceras que intentan vivir el Evangelio, y en lugar de ver a hermanos y hermanas que luchan, como nosotros, por seguir a Jesús, veamos a «gente equivocada», «relativistas peligrosos», «paganos de la nueva era», » farsantes religiosos» y, en nuestros momentos más generosos, «pobres almas descarriadas». Pero pocas veces nos fijamos en lo que este tipo de juicio está diciendo sobre a cerca de nosotros, sobre la salud de nuestra propia alma y sobre nuestro seguimiento de Jesús.

No me malinterpreten: la verdad no es relativa, las cuestiones morales son importantes, y la verdad correcta y la moral adecuada, como todos los reinos, están bajo asedio permanente y deben ser defendidas. No todos los juicios morales son iguales, y tampoco lo son todas las instituciones.

Pero la verdad de eso no anula todo lo demás ni nos da una excusa para justificar un espíritu ruin. Debemos defender la verdad, defender a quienes no pueden defenderse a sí mismos y ser fieles a las tradiciones de nuestras iglesias. Sin embargo, la verdad y la moral correctas no nos convierten por sí mismas en discípulos de Jesús. ¿Qué es lo que lo hace?

Lo que nos hace auténticos discípulos de Jesús es vivir dentro de su Espíritu, el Espíritu Santo, y esto no es algo abstracto y vago. Si buscáramos una fórmula única para determinar quién es cristiano y quién no, podríamos recurrir al capítulo 5 de la Epístola a los Gálatas. En ella, San Pablo nos dice que podemos vivir según el espíritu de la carne o según el del Espíritu Santo.

Vivimos según el espíritu de la carne cuando vivimos en la amargura, el juicio a nuestro prójimo, el sectarismo y la ausencia de perdón. Cuando estas cosas caracterizan nuestras vidas, no debemos engañarnos y pensar que estamos viviendo dentro del Espíritu Santo.

Por el contrario, vivimos dentro del Espíritu Santo cuando nuestras vidas se caracterizan por la caridad, la alegría, la paz, la paciencia, la bondad, la templanza, la constancia, la fe, la mansedumbre y la castidad. Si nuestras vidas no se caracterizan por esto, no deberíamos abrigar la falsa ilusión de que estamos dentro del Espíritu de Dios, independientemente de la pasión que sintamos por la verdad, el dogma o la justicia.

Esto puede ser algo cruel de decir, y tal vez más cruel no decirlo, pero a veces veo más caridad, alegría, paz, paciencia, bondad y dulzura entre las personas que son unitarias o de la Nueva Era (personas que a veces son juzgadas por otras Iglesias como superficiales y que no defienden absolutamente nada) de lo que veo entre aquellos de nosotros que defendemos tan firmemente ciertas cuestiones eclesiales y morales que nos volvemos mal intencionados y poco caritativos a pesar de nuestras convicciones. Cuando tengo que elegir a quién me gustaría tener como vecino o, más profundamente, con quién querría pasar la eternidad, a veces me siento en conflicto. ¿Quién es mi verdadero compañero de fe? ¿El fanático mezquino en guerra por Jesús o la misión, o el alma bondadosa que es tachada de insípida o «new age«? A fin de cuentas, ¿quién vive más dentro del Espíritu Santo?

Creo que debemos ser más autocríticos con nuestra indignación, nuestros juicios severos, nuestro espíritu miserable, nuestro exclusivismo y nuestro desdén por otros caminos espirituales y morales. Como dijo una vez T.S. Eliot: La última tentación que es la mayor traición es hacer lo correcto por la razón equivocada. Podemos tener la verdad y la moral recta de nuestra parte, pero nuestra indignación y nuestros juicios severos hacia quienes no comparten nuestra verdad y nuestra moral pueden hacer que nos quedemos fuera de la casa del Padre, como el hermano mayor del hijo pródigo, resentidos tanto por la misericordia de Dios como por quienes, aparentemente sin méritos, la están recibiendo. Ron Rolheiser OMI (Trad. Benjamín Elcano, cmf). Fuente: Ciudad Redonda.org Artículo Original en Ingles

Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos.





Domingo  6º de Pascua


La liturgia de hoy -como siempre- nos habla sólo de amor. "Dios es amor", y, por consiguiente, qué otra cosa podría decirnos su Palabra o darnos su acción?. Sin embargo, si la escuchamos con atención, hoy –y cualquier otro día-, este motivo único resuena con tonos nuevos. Sigámoslo a través de las lecturas para aprender a cantarlo con la vida.

El amor por parte del hombre empieza con la atención, con una intensa expectación dirigida a Dios y suscitada además por él. Empieza por el darse cuenta de que Dios nos ha amado primero, desde siempre, y no porque lo mereciéramos. Descubrirse amado significa, al mismo tiempo, reconocerse pecador perdonado. Este perdón no ha tenido para Dios -!el Omnipotente!- un precio irrisorio, pero precisamente así es como se ha manifestado el amor: "Dios nos ha manifestado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único, para que vivamos por él... envió a su Hijo para librarnos de nuestros pecados". El rostro amante de Dios nos ha sido revelado por el rostro de dolor y de gloria de Cristo. Y él nos invita a permanecer en su amor -el más grande, porque es la vida entregada- para poder gustar la comunión con el Padre.

Se nos pide, una vez más, que estemos "atentos": el amor entregado y recibido nos implica en su dinamismo a cada uno de nosotros. Debe convertirse en nuestra entrega: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado", con una atención activa y constante para no dejar prevalecer la naturaleza egoísta en nuestro modo de sentir, pensar, hablar, obrar; con la tensión gozosa de poner al principio de todo el divino mandamiento. No es fácil para nadie en concreto... Pero para eso precisamente se nos ha dado el Espíritu.

Se nos propone una nueva atención de amor: intentar intuir en cada circunstancia los caminos que el Espíritu nos va abriendo delante, para que pueda desplegarse el amor y llegar a todo hombre. También Pedro se despojó a fondo de inveteradas convicciones para abrazar el designio de Dios: atento al Espíritu y a los hermanos, indicó a la Iglesia naciente el nuevo itinerario de amor, dejándonos a todos nosotros una huella de luz.




El civismo ha abandonado el edificio. Artículo.

¿Por qué ya no nos llevamos bien unos con otros? ¿Por qué se da una polarización tan amarga en nuestros países, nuestros vecindarios, nuestras iglesias e incluso en nuestras familias? ¿Por qué nos sentimos tan inseguros en muchas de nuestras conversaciones en las que nos ponemos constantemente en precaución para no pisar ninguna mina política, social ni moral?

Todos tenemos nuestras propias teorías sobre las causas de esto, y conectamos principalmente con nuestros canales de noticias y amigos a fin de asegurar nuestros modos de ver las cosas. ¿Por qué? ¿Por qué se da esta amarga polarización y prevención entre nosotros?

Bueno, dejadme sugerir una respuesta tomada de una antigua fuente, la Escritura. En las Escrituras hebreas (nuestro Antiguo Testamento), el profeta Malaquías nos ofrece esta visión acerca de los orígenes de la polarización, la división y el odio. Haciéndose eco de la voz de Dios, escribe: “Así pues, os he hecho despreciables y viles ante todo el pueblo, porque no seguís mis caminos, sino que mostráis parcialidad en vuestras decisiones. ¿No tenemos todos el único Padre? ¿No nos ha creado el único Dios? ¿Por qué rompemos la alianza unos con otros?”

¿No es esto particularmente aplicable a nosotros hoy, dada toda la polarización y odio que hay en nuestras casas de gobierno, nuestras iglesias, nuestras comunidades y nuestras familias, en muchas de las cuales ya no nos respetamos unos a otros ni siquiera luchamos por ser corteses entre nosotros? Hemos roto la alianza que teníamos unos con otros. El civismo ha abandonado el edificio.

Además, esto influye en ambos bandos del espectro ideológico, político, social y eclesial. Ambos lados tienen sus particulares alas ideológicas que son desdeñosamente despectivas para con los que no comparten sus puntos de vista, paranoicas respecto a conspiraciones ocultas, rígidamente inflexibles, e irrespetuosas y desdeñosas para con cualquiera que no comparte su perspectiva. Y casi todos predican, defienden y practican el odio, creyendo que todo esto se hace al servicio de Dios, la verdad, la causa moral, la instrucción, la libertad o el nacionalismo.

Alguien dijo una vez que no todo puede ser reparado ni curado, pero sí debería ser llamado con propiedad. Ese es el caso que tenemos aquí. Necesitamos decir bien alto que esto en un disparate. Necesitamos decir bien alto que nada de esto se puede hacer en nombre del amor. Y necesitamos decir bien alto que nunca podemos racionalizar el odio ni la descortesía en nombre de Dios, la Biblia, la verdad, la causa moral, la libertad, la instrucción ni cualquier otra cosa.

Esto necesita ser señalado, sin tener en cuenta dónde nos encontramos entre todos los debates divisorios y llenos de odio que dominan hoy el discurso público. Cada uno de nosotros  necesita examinarse frente a nuestra parcialidad, o sea, qué poco queremos entender al otro bando, cuánta descortesía tenemos hacia cierta gente, cómo el civismo está frecuentemente ausente de nuestro discurso, y cuánto odio se ha deslizado inconscientemente en nuestras vidas.

Después de esto, necesitamos un segundo autoescrutinio. La palabra “sincero” procede de dos palabras latinas (sine: sin, y cere: cera). Ser sincero es estar “sin cera”, ser en verdad tú mismo, fuera de la influencia de los demás. Pero eso no resulta fácil. La manera como nos imaginamos a nosotros mismos, nuestras creencias y nuestra visión acerca de casi todo en un momento  determinado están fuertemente afectadas por nuestra historia personal, nuestras heridas, aquellos con los que vivimos, el trabajo que hacemos, los que son nuestros compañeros y amigos, el país en el que vivimos, y las ideologías políticas, sociales y religiosas que inhalamos con el aire que respiramos. No resulta fácil saber lo que en realidad pensamos o sentimos sobre una determinada cuestión. ¿Soy sincero o, por lo contrario, está mi reacción más condicionada por quienes son mis amigos y compañeros, y la fuente de donde logro mis noticias? En el núcleo de mi ser, ¿qué soy yo en realidad, sin nada de cera?

Dada nuestra lucha por la sinceridad, de modo particular en nuestro actual clima de división, descortesía y odio, podríamos preguntarnos: ¿Cuánto de lo que estoy suficientemente apasionado por generar odio en mi interior está en realidad enraizado en la sinceridad y es opuesto a la ideología o a mi instintiva reacción emocional o intelectual hacia algo que me disgusta?

Esto no es fácil de responder, cosa que se comprende. Somos patológicamente complejos como personas humanas, y la indagación por la sinceridad es la indagación de toda una vida. A pesar de eso, mientras estamos en ese viaje hacia la sinceridad, tenemos algunas reglas humanas y espirituales que no son negociables. El profeta bíblico Malaquías señala una de ellas: “No mostréis parcialidad en vuestras decisiones y no rompáis la alianza unos con otros”. Cuando analizamos eso, ¿qué dice?

Entre otras cosas, esto: Tenéis derecho a luchar, a estar en desacuerdo con otros, a ser apasionados de la verdad, a estar enfadados a veces, y (sí) incluso a sentiros odiosos ocasionalmente (ya que el odio no es lo opuesto al amor; la indiferencia, sí). Pero nunca podéis predicar el odio ni la división, ni tampoco defenderlos en nombre de la bondad; al contrario, en ese lugar de vuestro interior donde reside la sinceridad, necesitáis nutrir una congénita desconfianza para con cualquiera que defienda proactivamente el odio y la división. Ron Rolheiser OMI (Trad. Benjamín Elcano, cmf). Fuente: Ciudad Redonda.org  Artículo en Inglés

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos






Domingo  5º de Pascua



Para estar unidos a Cristo y dar frutos de santidad y de paz es preciso morir y resucitar con él, llegar a ser una criatura nueva, liberada del pecado. Para ser sarmientos puros, auténticos, que producen fruto, debemos aceptar la ley de la necesaria purificación; el sufrimiento y la poda realizada por el Padre. Jesús dice que el mismo Padre, con sus manos, poda la vid; corta lo superfluo de los sarmientos no para mortificar y disminuir su vitalidad, sino para aumentarla, para que den más fruto. Se trata siempre de la ley de la semilla que muere: por eso es importante que aprendamos a leer nuestra vida en clave de fe: nos hace falta creer que el sufrimiento, si se acepta de este modo -no porque en sí mismo sea un bien, sino porque lo vivimos por amor, con amor-, da fruto de vida, de salvación y de alegría.

Como es obvio, se trata de ese sufrimiento que es participación en la pasión de Cristo, de ese que es querido y permitido según el designio divino de amor.

Por desgracia, podemos ser también sarmientos que producen infección en la vid. De ahí que debamos desear cada vez más ser purificados, limpiados. La poda consiste en dejar cortar de nosotros el pecado y todo lo que no es según Dios: ése es el sufrimiento que da fruto.



La exuberante energía de Dios. Artículo.

Visto todo, creo que crecí con un concepto de Dios relativamente sano. El Dios de mi juventud, el Dios en que fui catequizado, no era indebidamente castigador, arbitrario ni justiciero. Por supuesto, era omnipresente, a fin de que todos nuestros pecados fueran constatados y anotados; pero, en definitiva, era justo, cariñoso, personalmente interesado por cada uno de nosotros y maravillosamente protector, hasta el extremo de procurarnos un ángel de la guarda personal. Ese Dios me permitió vivir sin demasiado temor ni neurosis religiosa particularmente mutiladora.

Pero eso sólo te guía hasta cierto momento de la vida. No tener una malsana noción de Dios no quiere decir necesariamente que tengas una noción particularmente sana. El Dios en el que fui educado no era especialmente severo ni justiciero, pero tampoco era muy alegre, divertido, ingenioso ni humorista. De modo especial, no era sexual, y mantenía un ojo particularmente vigilante e intransigente en esa área. Esencialmente, era sombrío, pesado y no muy cercano. A su alrededor, tenías que estar solemne y reverente. Recuerdo que el Director Asistente de nuestro noviciado oblato nos decía que nunca se había registrado un solo caso en que Jesús hubiera reído.

Con tal Dios, tenías permiso para estar esencialmente sano. Con todo, en el grado en que lo tomaras en serio, caminabas por la vida no del todo fuerte, y tu relación con él sólo podía ser solemne y reverente.

Después, a partir de hace más de una generación, se dio una fuerte reacción en muchas iglesias y en la cultura a este concepto de Dios. La teología y la espiritualidad del pueblo iniciaron la corrección de esto, a veces con un indebido vigor. Lo que presentaron en su lugar  fue un Jesús sonriente y un Dios danzante, y aun cuando esto no estaba exento de valor, incluso nos dejó pidiendo una literatura más profunda sobre la naturaleza de Dios y lo que eso  podría significar para nosotros en cuanto a salud y relaciones.

Esa literatura no será fácil de escribir, porque Dios es inefable y también porque la energía de Dios es igualmente inefable. ¿Qué es, en verdad, la energía? Raramente hacemos esta pregunta, porque tomamos la energía como algo tan primario que no se puede definir, sino sólo tomado como algo dado, como evidente por sí mismo. Vemos la energía como la fuerza básica que se halla en el corazón de cada cosa que existe, animada e inanimada. Además, sentimos la energía, poderosamente, en nosotros mismos. Conocemos la energía, sentimos la energía, pero raramente reconocemos sus orígenes, su prodigalidad, su alegría, su bondad, su efervescencia y su exuberancia. A la vez, raramente reconocemos lo que nos dice acerca de Dios. ¿Qué nos dice?

La primera cualidad de la energía es su prodigalidad. Es pródiga más allá de nuestra imaginación, y esto habla algo sobre Dios. ¿Qué clase de creador hace miles de millones de universos desechables después de su uso? ¿Qué clase de creador hace trillones y trillones de especies de vida, millones de las cuales nunca serán vistas por el ojo humano? ¿Qué clase de padre o madre tiene miles de millones de hijos?

Y ¿qué dice sobre nuestro creador la exuberancia en la energía de los jóvenes? ¿Qué sugiere su jovialidad sobre lo que debemos hallar también dentro de la energía sagrada? ¿Qué nos dice   la energía de un cachorrito sobre lo que es sagrado? ¿Qué nos dicen acerca de Dios la risa, el ingenio y la ironía?

No hay duda, la energía que vemos en torno a nosotros y sentimos indudablemente en nuestro interior nos dice que en el fondo, previo y debajo de todo lo demás, circula una fuerza sagrada, física y espiritual, que está en su raíz, gozosa, feliz, bulliciosa, exuberante, efervescente y profundamente personal y amorosa. Dios es el fundamento de esa energía. Tal energía habla de él y nos dice por qué nos hizo y qué clase de permisos nos está dando para mantener nuestras vidas.

Dios es inefable; esa es la primera verdad que mantenemos acerca de él. Eso significa que no podemos imaginar ni circunscribir a Dios en un concepto. Todas imágenes sobre él son inadecuadas; pero, admitiendo eso, podríamos intentar imaginar las cosas de esta manera. En  el verdadero núcleo de cada cosa se halla una inimaginable energía que no es una fuerza impersonal, sino una persona, una mente y corazón amorosos y autoconscientes. De este fundamento -esta persona- brota toda energía, toda creatividad, todo poder, todo amor, todo sustento y toda belleza. Además, esa energía, en su sagrada raíz, no sólo es creativa,  inteligente, personal y amorosa; es también alegre, brillante, ingeniosa, bulliciosa, humorística, erótica y exuberante en su misma esencia. Vivir en ella es sentir una constante invitación a la gratitud.

El desafío de nuestras vidas es vivir en el interior de esa energía de un modo que honre a ambos: a ella y sus orígenes. Eso significa descalzarnos ante la zarza ardiendo mientras respetamos su sacralidad, así como ella nos permite constantemente ser fuertes, libres, alegres, humorísticos y bulliciosos, sin tener la sensación de que estamos robando el fuego de los dioses.  Ron Rolheiser OMI (Trad. Benjamín Elcano, cmf). Fuente: Ciudad Redonda.org  Artículo en Inglés

Escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.






Domingo  4º de Pascua



El Seńor se presenta a nosotros como el buen pastor, como aquel que defiende del peligro a sus ovejas y las lleva a los pastos de la vida, invitándolas a seguirle con confiada seguridad por el camino sobre el que las precede y las acompańa. Es ésta una imagen demasiado obsoleta para hablar a los hombres de nuestro tiempo?

En realidad, las dos características que connotan a Jesús como el verdadero, como el buen pastor, nos ayudan a practicar un discernimiento entre las múltiples propuestas que la sociedad de hoy nos avanza, encontrándonos desprevenidos con frecuencia.

Jesús afirma, en primer lugar, que el buen pastor "da la vida por las ovejas" no sólo de palabra, sino con los hechos. Cuántas doctrinas, cuántos maestros de sabiduría o de ciencia se asoman al escenario y prometen llevarnos lejos, hacia una realización plena... Ahora bien, quién puede liberar al hombre de la más pesada y desconocida esclavitud, de la que derivan todas las demás, y que es la esclavitud del pecado? Jesús ofrece su vida para despertarnos a una vida de horizontes infinitos, llena de esperanza y de belleza. Más aún, "conoce a sus ovejas", establece con ellas una relación que es como la que le une a él con el Padre, una relación de amor tan oblativo y total que personaliza al otro, que lo hace existir en su verdad y en su alteridad, que lo hace capaz de expresarse en plenitud a través de la entrega de sí mismo. Si recibimos la vida que el buen pastor ofrece por nosotros, si queremos dejarnos conducir por él a una relación de conocimiento-comunión de amor, podremos descubrir, ya desde ahora, la maravilla de ser realmente hijos del Padre, y nos encontraremos semejantes a él en la eternidad. No endurezcamos nuestro corazón, descartando la piedra angular que ha puesto Dios como fundamento de la nueva humanidad: Cristo es la única salvación verdadera del hombre; pongamos nuestros pasos en sus huellas seguras.



Volvernos locos o volvernos santos. Artículo.

En un poema titulado Serenata, la poetisa brasileña Adélia Prado habla de un atormentado dolor que sentimos en nuestro interior mientras esperamos siempre que algo o alguien venga y nos complete. ¿Qué estamos esperando? ¿El amor? ¿A un alma gemela? ¿A Dios? No importa, la frustración nos apremia por fin hacia una opción: volvernos locos o volvernos santos.

Estoy empezando a desesperarme
y veo sólo dos opciones:
o volverme loco o volverme santo.
Y cuando ese alguien o algo llega por fin:
¿Cómo abriré la ventana, a no ser que esté loco?
¿Cómo la cerraré, a no ser que sea santo?

O volverme loco o volverme santo. Cuanto más viejos nos hacemos, tanto más nos damos cuenta de qué verdad es eso, cómo finalmente esa es la opción impuesta a todos nosotros, tanto por la manera de que estamos hechos como por las limitaciones inherentes a la vida misma. ¿Por qué? ¿Hay algo equivocado en la vida y en nosotros? ¿Por qué no podemos encontrar en alguna parte un espacio tranquilo, entre lo loco y lo santo?

Bueno, el predicador bíblico del Libro del Eclesiastés ofrece una razón. Después de redactar ese bello texto, frecuentemente citado, sobre cómo hay un tiempo para cada cosa –tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de cosechar; tiempo de enfermar y tiempo de sanar; tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de hacer duelo y tiempo de danzar; tiempo de abrazar y tiempo de soltarse; tiempo de callar y tiempo de hablar; tiempo de amar y tiempo de odiar; tiempo de guerra y tiempo de paz- nos ofrece esto. Dios ha proyectado un hermoso ritmo para la vida y ha hecho todo hermoso a su debido tiempo, pero Dios ha puesto la infinitud en el corazón humano, de modo que estemos fuera de sincronía con las estaciones de principio a fin. Dios ha marcado a la naturaleza un hermoso ritmo; pero nosotros, a diferencia de los elementos físicos y las plantas y los animales, que no tienen infinitud en sus almas, nunca nos ajustamos a ese ritmo. Estamos sobrecargados en favor de la vida en este planeta. (Eclesiastés 3, 1-11)

Encontráis expresiones de esto en la literatura universal, tanto en círculos religiosos como seculares. Por ejemplo, el renombrado teólogo alemán Karl Rahner solía afirmar que en el tormento de la insuficiencia de todo lo accesible, aprendemos que aquí en esta vida no hay ninguna sinfonía acabada. En eso, se hace eco de la famosa frase de san Agustín que es tan verdadera y actual hoy como fue hace mil setecientos años, cuando la escribió: Nos has hecho para ti, Señor, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en ti. Esta sola frase expresa una innegociable comprensión de la persona humana y un innegociable camino que esta debe recorrer. No tenemos un definitivo hogar aquí y, por eso, al fin y al cabo no hay más opción que volvernos locos o volvernos santos. No es sorprendente que Ruth Burrows, la renombrada escritora de espiritualidad, empiece su autobiografía con estas palabras: Nací a este mundo con una sensibilidad atormentada, y mi camino no ha sido nada fácil.

Aun cuando este motivo está por dondequiera presente en la literatura religiosa, está también presente en el pensamiento de muchos poetas, novelistas y filósofos seculares. Por ejemplo, después de que Albert Camus, ateo manifiesto, ganara el premio Nobel de Literatura, fue interrogado por un periodista sobre si creía en Dios. Respondió: No, no creo en Dios, pero eso no significa que yo no esté obsesionado con la cuestión de Dios. ¿Por qué esa obsesión? Porque, en su pensamiento, no podía dar explicación del mundo ni encontrar en él un lugar plenamente razonable para los humanos, a no ser que hubiera un Dios.

Sin un Dios, la existencia humana no puede hacer la paz consigo misma. Comparó la condición del que está en este mundo con la de un prisionero en ciertas prisiones medievales, donde situaban al recluso en una celda tan pequeña que nunca podía colocarse totalmente de pie ni estirarse del todo. La constante sensación de estar encajonado -según se creía- quebraría el espíritu del prisionero. Para Camus, esta es la situación que sufrimos en la vida. De hecho, nunca podemos colocarnos de pie totalmente ni estirarnos del todo. Al fin, esto quiebra nuestro espíritu y, consecuentemente, o nos volvemos locos o nos volvemos santos. Esa es también la visión fundamental de otros existencialistas ateos como Martin Heidegger y Jean-Paul Sartre.

¡Volvernos locos o volvernos santos! Richard Rohr nos ofrece una tercera opción: volvernos amargados. Señala que, una vez que accedemos a cierta edad, sólo nos dejan abiertas tres opciones: cualquiera de nosotros puede volverse un patético viejo tonto; o puede volverse un amargado viejo tonto; o puede volverse un santo viejo tonto. Notad bien lo que no es negociable. Al final, todos nos volveremos viejos tontos. La única opción que nos queda es qué clase de viejos tontos seremos: patéticos, amargados o santos. Ron Rolheiser OMI (Trad. Benjamín Elcano, cmf). Fuente: Ciudad Redonda.org  Artículo original en Inglés

Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona.

 





Domingo  3º de Pascua



Por este camino por el que andamos siempre peregrinos -con el peso de la soledad en el corazón- vienes tú, el Viviente entre los muertos, a nuestro encuentro y partes el pan del amor. En este largo camino, donde, a la puesta del sol, se extienden nuestras sombras, enciende, oh Viajero envuelto de misterio, el vivido vivaque de tu Palabra y sabremos, por su fuego ardiente, que nuestra esperanza ha resucitado más viva, más fuerte.

Sí, abre nuestra mente para comprender la Palabra, porque sólo ella puede disipar las dudas que aún surgen en nuestro corazón. !Cuántas veces, incapaces de reconocerte, hemos renegado de ti también nosotros! Pero tú, el Justo, con manso padecer te has hecho víctima de expiación por nuestros pecados. No nos dejes ahora vacilantes y turbados: que tu presencia infunda en nosotros la paz, que tu espíritu despeje nuestra mirada y nos haga alegres testigos de tu amor.



El silencio de Dios ante el mal. Artículo.

En ocasiones, los teólogos tratan de expresar el significado de la resurrección de Jesús en una sola frase: En la resurrección de Jesús, Dios vindicó a Jesús: su vida, su mensaje y su fidelidad.

¿Qué significa eso?

Jesús entró en nuestro mundo predicando la fe, el amor y el perdón, pero el mundo no aceptó eso. Al contrario, lo crucificó y, por eso,  deshonró aparentemente su mensaje. Vemos esto de la manera más clara en la cruz cuando Jesús es vilipendiado, despreciado y desafiado: ¡Si tú eres el hijo de Dios, baja de ahí! ¡Si tu mensaje es verdadero, deja que Dios confirme eso ahora mismo! Si tu fidelidad es algo más que simple obstinación e ignorancia humana, entonces ¿por qué estás muriendo vergonzosamente?

¿Cuál fue la respuesta de Dios a esos vilipendios? Aparentemente nada, ningún  comentario,  ninguna defensa, ninguna alegación, ningún contradesafío; tan sólo silencio. Jesús muere en silencio. Ni él, ni el Dios en quien él creía trataron de llenar ese dolorosísimo vacío por medio de consoladoras palabras ni aclaraciones que desafiaran a la gente a tener una visión de conjunto más amplia o a mirar un lado más claro de las cosas. Nada de eso. Únicamente silencio.

Jesús murió en silencio, en el silencio de Dios y en la incomprensión del mundo. Y podemos permitirnos ser escandalizados por ese silencio, justo como podemos permitirnos ser escandalizados por el aparente triunfo del mal, del dolor y del sufrimiento que hay en nuestro mundo. El aparente silencio de Dios ante el mal y la muerte puede escandalizarnos para siempre: en el holocausto judío, en los genocidios étnicos, en las brutales e insensatas guerras, en los terremotos y tsunamis que matan a miles de personas y devastan países enteros, en las muertes de incontables personas arrancadas de esta vida por el cáncer y la violencia, en qué injusta puede ser en ocasiones la vida, y en el casual modo en que esos que no tienen  conciencia pueden violar áreas completas de vida sin consecuencias aparentes. ¿Dónde está Dios en todo esto? ¿Cuál es la respuesta de Dios?

La respuesta de Dios es la resurrección, la resurrección de Jesús y la perenne resurrección de la bondad en la vida misma. Pero la resurrección no es necesariamente liberación. Dios no nos libera necesariamente de los efectos del mal, ni siquiera de la muerte. El mal hace lo que hace, los desastres naturales son lo que son, y esos que no tienen conciencia pueden violar aun cuando estén alimentándose del sagrado fuego de la vida. Por lo general, Dios no interviene. La división del Mar Rojo no es un suceso semanal. Dios permite que sus seres queridos sufran y mueran, exactamente como Jesús permitió que muriera su querido amigo Lázaro, y Dios dejó morir a Jesús. Dios redime, nos levanta después, en una vindicación más profunda, más duradera. Además, la verdad de esa declaración puede ser comprobada incluso empíricamente.

A veces, a pesar de toda apariencia de lo contrario, finalmente, el amor triunfa sobre el odio. La paz triunfa sobre el caos. El perdón triunfa sobre la amargura. La esperanza triunfa sobre el cinismo. La fidelidad triunfa sobre la desesperación. La virtud triunfa sobre el pecado. La conciencia triunfa sobre la dureza de corazón. La vida triunfa sobre la muerte, y el bien triunfa sobre el mal siempre. Mohandas K. Gandhi escribió una vez: “Cuando me desespero, recuerdo que, a través de la historia, el camino de la verdad y el amor siempre ha ganado. Ha habido asesinos y tiranos; y, durante cierto tiempo, parecen invencibles. Pero, al fin, desfallecen. Pensadlo bien, siempre”.

La resurrección, de la manera más poderosa, insiste en este punto. Al fin, Dios tiene la última palabra. La resurrección de Jesús es la última palabra. Desde las cenizas de la vergüenza, de la aparente derrota, fracaso y muerte, irrumpe perennemente una vida nueva, más profunda y eterna. Nuestra fe empieza en el punto mismo donde parece que debería acabar, en el aparente silencio de Dios ante el mal.

¿Y qué nos pide esto?

Primero, simplemente, que pongamos nuestra confianza en la verdad de la resurrección. La resurrección nos pide que creamos lo que Gandhi afirmó, a saber, que al fin el mal no tendrá la última palabra, sino caerá estrepitosamente. El bien, en definitiva, triunfará.

Más en concreto, nos pide que hagamos rodar los dados sobre la confianza y la verdad, esto es, confiando en que lo enseñado por Jesús es verdad. La virtud no es ingenua, aun cuando sea avergonzada. El pecado y el cinismo son ingenuos, aun cuando parezca que triunfan. Los que se arrodillan ante Dios y los demás encontrarán sentido y gozo en conciencia, aun cuando sean privados de algunos de los placeres del mundo. Los que beben y manipulan la sagrada energía sin conciencia no encontrarán sentido en la vida, aun cuando gusten el placer. Los que viven honradamente, sin importar el coste, encontrarán la libertad. Los que mienten y racionalizan se encontrarán prisioneros de su propio odio. Los que viven en confianza hallarán el amor. El silencio de Dios puede ser confiado, aun cuando muramos en él. Necesitamos permanecer fieles en el amor, el perdón y la conciencia, a pesar de que todo lo que sugiere sea ingenuo. Nos llevarán a lo más profundo de la vida. En definitiva, Dios vindica la virtud. Dios vindica el amor. Dios vindica la conciencia. Dios vindica el perdón. Dios vindica la fidelidad. Por fin, Dios vindicó a Jesús y nos vindicará a nosotros también si permanecemos fieles.  Ron Rolheiser OMI (Trad. Benjamín Elcano, cmf). Fuente: Ciudad Redonda.org