Los niños de la parroquia representan el pacto de Dios con Noé

Al finalizar la misa dominical de catecisno, los niños han representado el Pacto o Alinanza de Dios con Noé, significado en el Arco Iris.
Dios prometió fidelidad, amor y salvación a su pueblo. 
Los niños, al construir el arcoris, con las cintas, prometían algo a Jesús para la Cuaresma.

SIRVE: préstate a hacer lo que cuesta, lo que nadie quiere hacer...



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Día 6º de cuaresma #odresnuevos #CalendarioCuaresma2018

San Claudio de la Colombiere. 15 de febrero

La Iglesia Católica conmemora a San Claudio de la Colombiere, sacerdote jesuita francés del siglo XVII, que escribió sobre las visiones del Sagrado Corazón de Jesús de otra gran santa: Margarita María Alacoque.
Cuando canonizó a Claudio en 1992, el entonces Beato Juan Pablo II lo presentó como modelo jesuita, recordando cómo "se entregó por completo al Sagrado Corazón, 'siempre abrasado de amor.' Incluso practicó olvido de sí mismo con el fin de alcanzar la pureza del amor y de elevar el mundo a Dios". Fuente. / Para saber más.

¿Qué lugar tiene Dios en tu tiempo?



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No presumas. Ponte al servicio de los demás



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Miércoles de Ceniza

Con la imposición de las cenizas, se inicia una estación espiritual particularmente relevante para todo cristiano que quiera prepararse dignamente para la vivir el Misterio Pascual, es decir, la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús.
Tradición: En la Iglesia primitiva, variaba la duración de la Cuaresma, pero eventualmente comenzaba seis semanas (42 días) antes de la Pascua. Esto sólo daba por resultado 36 días de ayuno (ya que se excluyen los domingos). En el siglo VII se agregaron cuatro días antes del primer domingo de Cuaresma estableciendo los cuarenta días de ayuno, para imitar el ayuno de Cristo en el desierto.
Era práctica común en Roma que los penitentes comenzaran su penitencia pública el primer día de Cuaresma. Ellos eran salpicados de cenizas, vestidos en sayal y obligados a mantenerse lejos hasta que se reconciliaran con la Iglesia el Jueves Santo o el Jueves antes de la Pascua. Cuando estas prácticas cayeron en desuso (del siglo VIII al X), el inicio de la temporada penitencial de la Cuaresma fué simbolizada colocando ceniza en las cabezas de toda la congregación.
Hoy en día en la Iglesia, el Miércoles de Ceniza, el cristiano recibe una cruz en la frente con las cenizas obtenidas al quemar las palmas usadas en el Domingo de Ramos previo. Esta tradición de la Iglesia ha quedado como un simple servicio en algunas Iglesias protestantes como la anglicana y la luterana. La Iglesia Ortodoxa comienza la cuaresma desde el lunes anterior y no celebra el Miércoles de Ceniza.
Significado simbólico de la Ceniza: La ceniza, del latín "cinis", es producto de la combustión de algo por el fuego. Muy fácilmente adquirió un sentido simbólico de muerte, caducidad, y en sentido trasladado, de humildad y penitencia. En Jonás 3,6 sirve, por ejemplo, para describir la conversión de los habitantes de Nínive. Muchas veces se une al "polvo" de la tierra: "en verdad soy polvo y ceniza", dice Abraham en Gén. 18,27. El Miércoles de Ceniza, el anterior al primer domingo de Cuaresma (muchos lo entenderán mejor diciendo que es le que sigue al carnaval), realizamos el gesto simbólico de la imposición de ceniza en la frente (fruto de la cremación de las palmas del año pasado). Se hace como respuesta a la Palabra de Dios que nos invita a la conversión, como inicio y puerta del ayuno cuaresmal y de la marcha de preparación a la Pascua. La Cuaresma empieza con ceniza y termina con el fuego, el agua y la luz de la Vigilia Pascual. Algo debe quemarse y destruirse en nosotros -el hombre viejo- para dar lugar a la novedad de la vida pascual de Cristo.
Mientras el ministro impone la ceniza dice estas dos expresiones, alternativamente: "Arrepiéntete y cree en el Evangelio" (Cf Mc1,15) y "Acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver" (Cf Gén 3,19): un signo y unas palabras que expresan muy bien nuestra caducidad, nuestra conversión y aceptación del Evangelio, o sea, la novedad de vida que Cristo cada año quiere comunicarnos en la Pascua. Fuente: aciprensa (artículo completo) / Otras fuentes sugeridas: http://webcatolicodejavier.org/ceniza.html y http://blogs.periodistadigital.com/pedro-langa.php/2017/02/26/miercoles-de-ceniza-202

Operación Clavel: un donativo y un clavel. Campaña contra el hambre de Manos Unidas


   Este segundo fin de semana de febrero ha tenido lugar la Campaña contra el Hambre organiza Manos Unidas. 
   Nuestra parroquia, con la colaboración de los jóvenes, llevó a cabo, un año más, la Operación Clavel: un donativo y un clavel. 
   Acompañados los jóvenes por el grupo de Manos Unidas recaudaron 2.000 euros para colaborar en la construcción de un pabellón de urgencias de un hospital misionero en Malawi.

San Valentín: Si hay algo de tu físico que no te gusta ¡abre los ojos!

Este San Valentín descubre tu belleza, por que para poder amar a alguien, el primer paso es amarse uno mismo. Amantes son los que se aman.




Fe y superstición

El poder de una cláusula subordinada, un matiz en una frase… y todo adquiere un significado diferente.
Ese es el caso que se da en una reciente novela, brillante pero provocativa, The ninth hour (“La hora nona”), de Nina McDermott. Cuenta una historia que, entre otras cosas, se centra en un grupo de monjas de Brooklyn que trabajan con los pobres. Los tiempos son duros, la gente está necesitada, y las monjas, que trabajan principalmente en el cuidado de la casa en favor de los pobres, se muestran totalmente ajenas a intereses personales en su dedicación. Nada -según parece- puede apartarlas de su misión de entregar su todo, cada onza de su energía, para ayudar a los pobres. Y en esta línea, McDermott les reconoce lo que se les debe. Igualmente, para alguien familiarizado con lo que se vive en una comunidad religiosa, el retrato que McDermott hace de estas monjas es a la vez detallado y preciso. No todas monjas son del mismo estilo. Cada una tiene su propia y única historia, temperamento y personalidad. Algunas son maravillosamente cercanas y bondadosas; otras alimentan sus propias heridas y no siempre son claros paradigmas del amor y misericordia de Dios. Y ese es el caso de las monjas que describe aquí McDermott. Pero, rasgos de personalidad individual aparte, como comunidad, las monjas que ella describe sirven a los pobres, y su total testimonio está más allá de cualquier reproche.
Pero entonces, después de contar esta historia de fe y dedicación, y de reflexionar sobre cómo hoy existen pequeños grupos de monjas que aún viven tan radicalmente un compromiso, McDermott, por la voz de su narrador, introduce la cláusula subordinada  subversiva: “Las santas monjas que navegaban por la casa cuando éramos jóvenes eran una raza a extinguir aun entonces. … La llamada a la santidad y al auto-sacrificio, el engaño y superstición que ello requirió, desapareció del mundo incluso entonces”. 
¡Uau! El engaño y la superstición que ello requirió. Como si esta  especie de radical auto-sacrificio pueda ser sólo el producto de un falso temor. Como si todas generaciones de auto-sacrificio cristiano, celibato votado y entera dedicación de pensamiento puedan ser desechadas, a posteriori, como afirmadas finalmente en engaño y superstición.
¿Qué hay de verdad en eso?
Crecí en el mundo que McDermott describe, donde las monjas eran así y donde una poderosa forma común de vida católica las mantenía y declaraba que lo que ellas estaban haciendo no era más que engaño y superstición. Se admite que eran otros tiempos, y mucho de esa común forma de vivir no ha soportado la prueba del tiempo, y verdaderamente una gran parte ha sucumbido al crudo poder de la secularidad. Y así, McDermott tiene razón, parcialmente. Algo de esa abnegación se basó sobre un insano temor del fuego del infierno y de la ira de Dios. Hasta cierto punto también se basó sobre una noción de fe que creía que Dios no quiere de hecho que prosperemos mucho aquí en la tierra sino que nuestras vidas deben ser principalmente una sombría preparación para el otro mundo. Quizás esto no es exactamente engaño y superstición, sino que es mala teología, y ello ayudó a suscribir algo de la vida religiosa en el mundo que McDermott describe y en el mundo católico de mi juventud.
Pero había también algo más que aseguraba esta común forma de vivir, y yo lo inhalé profundamente en mi juventud y de un modo que grabó a fuego mi alma para bien, como ninguna otra cosa he respirado nunca en este mundo. A pesar de algunos falsos temores, había dentro de eso una fe bíblica, un crudo mandato, que enseñaba que tu propio confort, tus propios deseos e incluso tus propios anhelos legítimos por la prosperidad humana, la  sexualidad, el matrimonio, los hijos, la libertad y tener lo que todos los demás tienen, están sujetos a un proyecto más alto, y tal vez te pidan que los sacrifiques todos, tus legítimos anhelos, para servir a Dios y a otros. Era una fe que creía que nacías con una vocación dada por Dios y que tu vida no era tuya propia.
Vi esto primeramente en mis propios padres, que creían que la fe  hacía esas demandas sobre ellos, que aceptaron eso y que consecuentemente tenían la autoridad moral para pedir esto de otros. Vi esto también en las monjas ursulinas que me instruyeron en la escuela, mujeres con toda su roja sangre corriendo por sus venas pero que sacrificaron estos anhelos para llegar a las escuelas públicas de nuestras remotas áreas rurales y educarnos. Lo vi también en la pequeña comunidad de la pradera que me crió en mi juventud, una total comunidad que, en conjunto, vivió siempre esta abnegación.
Hoy vivo en un mundo que valora la sofisticación sobre todo lo demás, pero donde como sociedad total ya no estamos seguros  de lo que son “noticias falsas” como opuestas a aquello en lo que creemos y confiamos. En este mundo inestable, la fe de mi juventud, de mis padres, de las monjas que sacrificaron sus sueños para educarme y de las monjas a las que Nina McDermott describe en The ninth hour, puede tener mucha apariencia de engaño y superstición. A veces, es engaño, se admite; pero otras veces no lo es; y, en mi caso, la fe que mis padres me dieron, con su creencia de que tu vida y tu sexualidad no son tuyas propias, es -según creo yo- la cosa más verdadera y no-supersticiosa de todo.

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2018

«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12) 
Queridos hermanos y hermanas:
Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión»[1], que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida.
Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12).
Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.
Los falsos profetasEscuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas? Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.
Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.
Un corazón frío: Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo[2]; su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?
Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos[3]. Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.
También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.
El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero[4].
¿Qué podemos hacer?Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.
El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos[5], para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.
El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?[6]
El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.
Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos.
El fuego de la Pascua: Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.
Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.
En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu»[7], para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.
Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí. Francisco

La lección del florero de porcelana


El maestro de novicios de un monasterio reunió a sus alumnos para la lección de hoy.  
- Voy a presentarles un problema - dijo el Maestro- a ver quién es el más habilidoso entre ustedes.  Terminado su corto discurso, colocó un banquito en el centro de la sala. Encima, puso un florero de porcelana, seguramente carísimo, con una rosa roja que lo decoraba.
- Este es el problema - dice el Maestro -resuélvanlo-.
Los novicios contemplaron perplejos el "problema", por lo que veían los diseños sofisticados y raros de la porcelana, la frescura y la elegancia de la flor. ¿Qué representaba aquello? ¿Qué hacer? ¿Cuál sería el enigma?
Pasó el tiempo sin que nadie atinase a hacer nada salvo contemplar el "problema", hasta que uno de los novicios se levantó, miró al maestro y a los alumnos, caminó resolutamente hasta el florero y lo tiró al suelo, destruyéndolo.
- ¡¡Al fin alguien que lo hizo !! - exclamó el Maestro- Empezaba a dudar de la formación que les estamos proporcionando este año!! .
Al volver a su lugar el alumno, el Maestro explicó:
- Yo fui bien claro: dije que ustedes estaban delante de un "problema". No importa cuán bello y fascinante sea un problema, tiene que ser eliminado. Un problema es un problema; puede ser un florero de porcelana muy caro, un lindo amor que ya no tiene sentido, un camino que precisa ser abandonado, por más que insistimos en recorrerlo porque nos trae confort... "
Solo existe una manera de lidiar con un problema: atacándolo de frente. En esas horas, no se puede tener piedad, ni ser tentado por el lado fascinante que cualquier conflicto acarrea consigo. Recuerden que un problema, es un problema. No tiene caso tratar de "acomodarlo" y darle vueltas, si al fin y al cabo ya no es otra cosa más que "un problema". Déjalo, hazlo a un lado y continúa disfrutando de lo hermoso y lo que vale la pena en la vida. No huyas de él... acaba con él.
Pídele a Dios que te de sabiduría para enfrentarte a los problemas y para saber resolverlos adecuadamente. Fuente

¿Cómo actúa Dios en nuestro mundo?

Hay una singularidad en los evangelios que pide una explicación: Jesús -según parece- no quiere que la gente conozca su verdadera identidad como el Cristo, el Mesías. Continúa avisando a la gente que no revele que él es el Mesías. ¿Por qué?
Algunos eruditos se refieren a esto como “el secreto mesiánico”, sugiriendo que Jesús no quería que otros conocieran su verdadera identidad hasta que las condiciones maduraran para ello. Hay algo de verdad en eso, hay un  momento oportuno para cada cosa, pero eso deja aún la cuestión sin responder: ¿Por qué? ¿Por qué Jesús quiere mantener su verdadera identidad en secreto? ¿Qué constituirían las condiciones idóneas en las que debería ser revelada su identidad?
Esa cuestión es el escenario central en el evangelio de Marcos, en Cesarea de Filipo, cuando Jesús pregunta a sus discípulos: “¿Quién decís vosotros que soy yo?” Pedro responde: “Tú eres el Cristo”. Entonces, en lo que parece ser una respuesta sorprendente, Jesús, más bien que elogiar a Pedro por su respuesta, le advirtió severamente de que no dijera a nadie sobre lo que acaba de confesar. Pedro aparentemente le ha dado la cabal respuesta, y en cambio Jesús inmediatamente, y en serio, le advierte de que se guarde eso para sí. ¿Por qué?
Dicho simplemente, Pedro tiene la respuesta adecuada, pero también la comprensión equivocada de esa respuesta. Tiene una noción falsa de lo que significa ser el Mesías. En los siglos que condujeron al nacimiento de Jesús y entre los contemporáneos de Jesús hubo numerosas nociones de aquello a lo que el Cristo se parecería. No sabemos qué noción tenía Pedro; pero, obviamente, no era la correcta, porque Jesús inmediatamente le para. Lo que Jesús dice a Pedro es no tanto “No digas a nadie que yo soy el Cristo” sino más bien “No digas a nadie que yo soy lo que tú piensas que debería ser el Cristo. Eso no es lo que yo soy”.
Como virtualmente todos de sus contemporáneos y no a diferencia de nuestras fantasías de lo que un Salvador debería parecer, Pedro sin duda pintó al Salvador que iba a venir como un Superman, un Superstar que vencería al mal por un triunfo mundano en el cual simplemente dominaría mediante poderes milagrosos todo lo que fuera reprochable. Tal Salvador no estaría sujeto a ninguna debilidad, humillación, sufrimiento ni muerte, y su superioridad y gloria tendrían que ser conocidas por todos, quisieran o no. No habría acreedores inflexibles; su demostración de poder no dejaría lugar a duda u oposición. Triunfaría por encima de todo y reinaría en un a gloria tal como el mundo concibe la gloria, esto es, como el Último Ganador, como el Último Campeón: el ganador de la medalla olímpica, de la Copa Mundial, la Super Bowl, la Academia Premiada, el Premio Nobel, el ganador del gran trofeo o el espaldarazo que sitúa a uno definitivamente sobre otros.
Cuando Pedro dice “¡Tú eres el Cristo!”, manifiesta su opinión sobre eso, como gloria terrena, triunfo mundano, como un hombre tan poderoso, fuerte, atractivo e invulnerable que todos simplemente tendrían que caer a sus pies. De ahí que Jesús replica severamente: “¡No digáis a nadie nada sobre eso!”  
Jesús entonces continúa para advertir a Pedro, y al resto de nosotros, quién es de hecho un Salvador. No es un Superman ni Superstar en este mundo, ni un hacedor de milagros que probará su poder a través de  espectaculares acciones. ¿Quién es, pues?
El Mesías es un Mesías que muere y resucita, alguien que en su propia vida y cuerpo demostrará que el mal no se supera por milagros sino por perdón, magnanimidad y nobleza de alma y que estas se obtienen no aplastando a un enemigo sino amándole más plenamente. Y la ruta para esto es paradójica: La gloria del Mesías no se demuestra dejándonos estupefactos con espectaculares obras. Más bien se demuestra en Jesús dejándole ser transformado a través de la aceptación, con el propio amor y gracia, de la ineludible  paciencia, humillación, rebajamiento y muerte que finalmente lo encontró. Esa es la parte que muere. Pero cuando uno muere como eso o acepta alguna humillación o rebajamiento de este modo hay siempre una subsiguiente  ascensión a la verdadera gloria, esto es, a la gloria de un corazón tan ampliado y alargado que es ahora capaz de transformar el mal en bien, el odio en amor, la amargura en perdón la humillación en gloria. Ese es el propio trabajo de un Mesías.
En el Evangelio de Mateo, se recoge este mismo suceso y se hace esta misma pregunta, y Pedro da la misma respuesta, pero la respuesta de Jesús a él es aquí muy diferente. En el relato de Mateo, después que Pedro dice “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Vivo”, más bien que advertirle que no hable de ello, Jesús alaba la respuesta de Pedro. ¿Por qué esa diferencia? Porque Mateo reconstruye la escena para que, en su versión, Pedro entienda al Mesías correctamente.
¿Cómo nos imaginamos al Mesías? ¿Cómo nos imaginamos el triunfo? ¿Imaginar la gloria? Si Jesús nos mirase fijo a los ojos y preguntase, como preguntó a Pedro, “¿Cómo me entiendes?”, ¿nos alabaría nuestra respuesta o nos diría “¡No digas a nadie nada de eso!”? 

Cena del Hambre



CENA DEL HAMBRE

VIERNES 9 DE FEBRERO- 8:30 PM

PARROQUIA DEL CORAZÓN DE MARÍA DE OVIEDO

¡TE ESPERAMOS