Ángeles con hoces y la cólera de Dios

 

Ron Rolheiser (Trad. Benjamin Elcano, cmf) - 
Hay un impactante texto en el Libro del Apocalipsis donde la imagen poética que se usa, a pesar de toda su belleza, puede despistar peligrosamente. El autor  escribe allí: “Así que el ángel metió su hoz sobre la tierra y la tierra quedó segada. Echó las uvas en el gran lagar de la cólera de Dios”.  ¡Un fiero ángel purificando el mundo! ¡Dios en ardiente ira! ¿Cómo se debe entender eso?
Como tantas otras cosas en la escritura, ésta se debe tomar en serio, pero no al pie de la letra. Claramente, el texto, como otros textos en la escritura que hablan de los celos, la ira y la venganza de Dios, tiene algo importante que enseñar, pero, como otros textos que muestran a Dios celoso y airado, puede ser peligrosamente malentendido. Lo que no enseña es que Dios se enfada, que Dios se enfurece con nosotros y que Dios castiga con la desolación sobre el planeta a causa del pecado. Lo que enseña es que los hijos siempre vuelven a casa a descansar, que nuestras acciones tienen consecuencias, que el pecado castiga con la desolación en el planeta y en nuestras propias almas, induciéndonos a la ira, a odiarnos a nosotros mismos y a la falta de auto-perdón, y que esto nos hace sentir como que Dios está airado y nos está castigando.
Dios no se enfada; es puro y simple. Dios no es una criatura, otra más existente entre nosotros, un ser como nosotros. Los caminos de Dios no son nuestros caminos. Esto se afirma desde Isaías a lo largo de 2000 años de tradición cristiana. No podemos proyectar en Dios nuestro modo de ser, pensar y amar. Y en ningún lugar es esto más cierto que cuando imaginamos a Dios como poniéndose airado. La misericordia, el amor y el perdón no son atributos de Dios de la manera como son para nosotros. Constituyen la naturaleza de Dios. Dios no se enfada, como nosotros nos enfadamos.
La escritura y la tradición cristiana, por supuesto, hablan como que Dios se enfada; pero eso, como la teología cristiana claramente enseña, es antropomorfismo, esto es, una proyección del pensamiento y sentimiento humano en Dios. Diciendo cosas tales como que Dios está airado con nosotros o que Dios nos castiga por nuestros pecados, no estamos diciendo, en esencia, cómo Dios se siente con nosotros, sino más bien cómo nosotros, en ese momento, nos sentimos con Dios y cómo nos sentimos con nosotros mismos y con nuestras acciones.
Por ejemplo, al decir san Pablo que cuando pecamos sentimos “la ira de Dios”, no nos está diciendo que Dios se enfada con nosotros cuando pecamos. Más bien nosotros nos enfadamos con nosotros mismos cuando pecamos. El concepto de ira de Dios es una metáfora, ilustrada, por ejemplo, por una resaca: Si uno es inmoderado en su uso del alcohol, Dios no se incomoda y le manda un dolor de cabeza a esa persona. La rabia nace del acto mismo: El excesivo alcohol deshidrata el cerebro, causando el dolor de cabeza. El dolor no viene de Dios, aunque se sienta como castigo divino, como enfado de Dios por nuestra irresponsabilidad. Pero esto es una proyección por nuestra parte, antropomorfismo.
Nos adulamos a nosotros mismos y no hacemos ningún favor a Dios cuando decimos que ofendemos a Dios y que Dios se enfada con nosotros. Dios no es sólo la razón de nuestro ser, nuestro Creador, el Motor Inmóvil. Dios es también una persona que nos ama individual y apasionadamente, y así es natural imaginar que Dios a veces se enfada, es natural proyectar nuestros propios límites en Dios. Pero el amor y la misericordia de Dios empequeñecen infinitamente nuestros propios pensamientos y sentimientos y capacidades limitadas para actualizar el amor en nuestras vidas. Imaginad, por ejemplo, a un encantador abuelo cogiendo a su nieto recién nacido: ¿Hay algo que ese recién nacido pueda hacer para ofender a ese abuelo? La madurez, comprensión y amor de Dios empequeñecen lo de cualquier abuelo. ¿Cómo se va a ofender Dios?
Y en cambio, ¿no es el lenguaje de la cólera de Dios una parte vital de nuestra tradición, nuestras escrituras, nuestras oraciones, nuestros salmos y nuestra liturgia? Todos ellos nos hablan como ofendiendo a Dios y como enfadándose Dios. ¿Deben éstos ser suprimidos, sin más? No.  Enseñan una importante verdad, aun cuando deben ser interpretados por lo que son, antropomorfismos. Intentan desafiar al alma como la indigestión desafía al cuerpo. Dios no nos castiga por comer las cosas inapropiadas ni por comer en exceso. Nuestra propia biología lo hace y, haciéndolo, manda una desagradable señal de que hemos hecho algo equivocado. Hablando metafóricamente, la indigestión viene a ti como un ángel vengativo y te arroja al gran lagar de la cólera biológica.
Dios no nos odia cuando hacemos algo equivocado, sino que nosotros nos odiamos; Dios no descarga su ira en nosotros cuando pecamos, sino que nos herimos a nosotros mismos cuando lo hacemos; y Dios nunca nos niega el perdón a pesar de lo que hayamos hecho, sino que nosotros encontramos muy difícil perdonarnos nuestras propias transgresiones. Verdaderamente hay una angélica navaja de afeitar y un lagar de la cólera de Dios, pero esos son nombres para experimentar el descontento y auto-odio de nuestro interior siempre que dejamos de ser fieles; ellos no tienen nada que ver con la naturaleza de Dios.