La metanoia y la paranoia se disputan nuestro corazón.

A veces somos un misterio para nosotros mismos, o quizás, más concretamente, algunas veces no nos damos cuenta de la paranoia que cargamos en nosotros mismos. Tantas cosas pueden arruinar nuestro día.
Recientemente acudí a un encuentro y durante la mayor parte del mismo sentí afecto, amistad hacia mis colegas, y positividad hacia todo lo que estaba aconteciendo. Estaba de buen talante y buscando la manera de colaborar en todo. Entonces, cuando faltaba poco para acabar el encuentro, uno de mis colegas hizo un amargo comentario que me pareció ácido e injusto.  Inmediatamente una serie de puertas comenzaron a cerrarse dentro de mí. Mi afecto y empatía rápidamente se convirtieron en dureza y enfado y luché para no obsesionarme con el incidente. Más aun, los sentimientos no pasaron rápidamente. Durante algunos días la frialdad y la paranoia persistieron dentro de mí y evité cualquier clase de contacto con la persona que hizo los comentarios negativos mientras yo cocinaba mi negatividad.
El tiempo y la oración eventualmente propiciaron la sanación, y retornó una perspectiva más saludable. Las puertas que se habían cerrado de golpe en aquel encuentro se abrieron de nuevo y la metanoia sustituyó a la paranoia.
Es significativo que la primera palabra pronunciada por la boca Jesús en los Evangelios Sinópticos sea la palabra “metanoia”. Jesus comienza su ministerio con estas palabras: “Arrepiéntete [metanoia] y cree en el Evangelio” y eso, en esencia, es el resumen de todo su mensaje. Pero ¿cómo se arrepiente uno?
Nuestras traducciones de los Evangelios no hacen justicia a lo que Jesus dice aquí. Traducen “metanoia” con la palabra “arrepentimiento”. Pero, para nosotros, la palabra arrepentimiento tiene diferentes connotaciones desde la intención de Jesús.  En Inglés, arrepentirse (repentance) implica que hemos hecho algo mal y sentidamente debemos repudiarnos a nosotros mismos por tal acción y comenzar a vivir de una manera nueva. La palabra bíblica “metanoia” tiene una connotación más amplia.
La palabra metanoia viene de las dos palabras griegas: Meta, que significa más allá; y Nous, que significa mentalidad. La metanoia nos invita a ir más allá de nuestros instintos normales hacia a una mentalidad más amplia, hacia una mentalidad que se levanta por encima de la tendencia natural al propio interés, a la autoprotección lo cual con frecuencia se mezcla con sentimientos de amargura y negatividad, y de falta de empatía en nuestro interior. La metanoia nos invita a enfrentar todas las situaciones, sean lo injustas que parezcan, con comprensión y un corazón empático. Más aún, la metanoia se sitúa en contraste con la paranoia. En esencia, la metanoia es la no-paranoia, de manera que las primeras palabras de Jesus en los Evangelios Sinópticos debieran ser entendidas mejor así: “No seas paranoico y cree en el Evangelio”. ¡Vive desde la confianza!”.
Henri Nouwen, en un pequeño, pero profundamente significativo libro titulado “Con manos abiertas” describe maravillosamente la diferencia entre metanoia y paranoia. Sugiere que hay dos posturas fundamentales con las cuales podemos ir a lo largo de la vida. Podemos, dice, ir por la vida in la postura de la paranoia. La postura de la paranoia se simboliza con un puño cerrado, con una postura de protección, con la sospecha y desconfianza como actitudes habituales. La paranoia nos hace sentir siempre que necesitamos protegernos a nosotros mismos de la injusticia, que otros nos herirán si mostramos cualquier vulnerabilidad, y que necesitamos afirmar nuestra fuerza y talento para impresionar a los otros. La paranoia rápidamente convierte lo afectivo en frialdad, la comprensión en sospecha y la generosidad en autoprotección.
Por otro lado, la postura de la metanoia, se ve claramente en Jesús crucificado. Ahí, en la cruz, aparece expuesto y vulnerable, sus brazos extendidos en un gesto de abrazar, y sus manos abiertas y atravesadas por los clavos. Esta es la antítesis de la paranoia, donde nuestras puertas interiores del afecto, la empatía, y la confianza espontanea se cierran de golpe cuando percibimos una amenaza. La metanoia, la metacomprensión, el corazón grande, nunca cierra esas puertas.
Para algunos de los primeros padres de la Iglesia todos nosotros tenemos dos entendimientos y dos corazones. Para ellos, cada uno de nosotros tiene una mente amplia y un gran corazón. Ese es el santo que vive dentro de nosotros, la imagen y la semejanza de Dios dentro de nosotros, nuestra parte afectiva, fértil, y empática. Todos abrigamos una verdadera grandeza dentro de nosotros. Pero cada uno también tiene en su interior una mentalidad estrecha y un corazón mezquino. Así es la complejidad de nuestro interior. Somos a la vez grandes corazones y mezquinos, mentes abiertas y fanáticas, confiados y suspicaces, santos y narcisistas, generosos y acaparadores, calientes y fríos. Todo depende de a qué corazón y a qué mente estamos conectados y cómo operan en cada momento determinado. En un momento somos capaces de morir por los otros y un minuto más tarde desearíamos verlos muertos, en un momento queremos darnos a nosotros mismos totalmente por amor, un minuto más tarde decidimos usar nuestros talentos para mostrar nuestra superioridad sobre los demás. La metanoia y la paranoia se disputan nuestro corazón.
Jesus en su mensaje y su persona, nos invita a la metanoia, a movernos hacia ella y permanecer dentro de una mente abierta y un corazón grande, de modo que ante un comentario punzante nuestras puertas del afecto y la confianza no se cierren.
 Ron Rolheiser
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Lunes, 19 de septiembre de 2016