Los santos Ángeles de la Guarda. 2 de Octubre

Celebramos hoy la fiesta del Santos Ángeles . Una fecha que nos recuerda cuando éramos niños, y en la cama, por las noches, rezábamos aquella tierna oración que decía: “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no nos desampares, ni de noche ni de día”. Cuando somos niños no nos preguntamos mucho por el porqué de las cosas, o si lo hacemos, lo hacemos más bien como un juego intelectual. Nos gusta el misterio y convivimos con él con naturalidad.  Cuando crecemos intentamos desvelar los misterios, o menos intentamos hacerlos "razonables".

¿Porqué la fe cristiana habla de los Ángeles, como esos seres que nos acompañan personalmente, que nos protegen por los senderos de la vida?

Podríamos responder que son simplemente símbolos del amor providente de Dios, provenientes de un contexto cultural en el que se usaba este tipo de lenguaje figurativo para hablar de realidades misteriosas. Pero despachando la cuestión de esta manera no seríamos fieles a la fe de la Iglesia que quiere ser fiel a la Palabra de Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica se sirve San Agustín para decirnos quienes son: "El nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel" (Psal. 103, 1, 15). Con todo su ser, los ángeles son servidores y mensajeros de Dios. Porque contemplan "constantemente el rostro de mi Padre que está en los cielos" (Mt 18, 10), son "agentes de sus órdenes, atentos a la voz de su palabra" (Sal 103, 20). Cfr. Catecismo Nº 329.

Los Angeles son un reflejo misterioso del rostro de Dios en nuestra realidad, y de hecho, cuando alguien de una manera especial nos muestra una conducta desinteresada, sana y alegre solemos decir que “es un angel”. Si somos lo suficientemente sensibles, seguro que tenemos experiencia de ese paso protector de Dios por nuestra vida, expresado a través de estos seres misteriosos y por supuesto a través de personas de carne y hueso que también son destellos de Dios para cada uno de nosotros. Fuente
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Hoy celebramos la memoria de los Ángeles Custodios. Hacía tiempo que fariseos y saduceos mantenían una acalorada disputa sobre si los ángeles existen o no; decían los saduceos que éstos no eran otra cosa que quimeras, fantasías de ignorantes.

Jesús, como de pasada, quiso dejar bien clara la doctrina. «Llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: ‘(...) Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos’» (Mt 19,2-3.10). La existencia de los ángeles «es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición» (Catecismo de la Iglesia, n. 328).
—Yo, Jesús, nunca he dudado sobre la existencia de los ángeles. Ya de niño, mi madre me lo recordaba cada mañana al ir a la escuela. Él ha guiado todos mis pasos hasta conducirme al sacerdocio. De nuevo, el Catecismo enseña: «Desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión. ‘Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida’ (San Basilio)» (n. 336).
San Josemaría recomendaba no solamente tenerles devoción, sino también amistad: «Ten confianza con tu Ángel Custodio. —Trátalo como un entrañable amigo —lo es— y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día».
—Con frecuencia le pido ayuda y nunca me ha desatendido: «Te pasmas porque tu Ángel Custodio te ha hecho servicios patentes. —Y no debías pasmarte: para eso le colocó el Señor junto a ti». Y cuando voy por la calle pienso: Éste quizá no sabe que tiene cerca un ángel. ¡Ángel, ayúdale! Es cosa aprendida también de san Josemaría: «Acostúmbrate a encomendar a cada una de las personas que tratas a su Ángel Custodio».
De ahí que, «toda la vida de la Iglesia se beneficie de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles», nos dice el Catecismo (n. 334). —¡Cuántos motivos tengo para dar gracias a Dios y a su Madre, Reina de los Ángeles!

Texto del Evangelio (Mt 18,1-5.10): 
En una ocasión se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?». Él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos».
«Sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos» Fuente: evangeli.net