Removiendo las humeantes cenizas de nuestra fe


Cualquiera que haya visto alguna vez un fuego sabe que, en un momento, las llamas decrecen y desaparecen en humeantes carbones que al fin se enfrían y se convierten en fría y gris ceniza. Pero hay un momento en ese proceso, antes de que se enfríen, en el que los carbones pueden ser removidos como para hacerlos romper en llamas de nuevo.
Esa es la imagen que usa san Pablo para animarnos a reavivar los fuegos de nuestra fe cuando parece que están mortecinos: “Os recuerdo que avivéis la llama del don de Dios que una vez se os dio”. Es una imagen muy significativa. Nuestra fe necesita a veces ser removida en sus raíces para hacerla de nuevo viva y afectiva. Pero ¿cómo hay que hacer eso? ¿Cómo avivamos de nuevo el fuego de nuestra fe?
Volvemos a encender nuestra fe al resituarnos en nuestras raíces. A pesar de que la fe es un don divino, a veces puede ser útil volver a andar un trayecto y examinar aquello que las fuerzas terrestres ayudaron a plantar la fe en nosotros.
¿Quién y qué ayudó a darnos la fe? Por supuesto, eso es una cuestión profundamente personal que cada uno de nosotros sólo puede responder  por sí mismo. En cuanto a mí, cuando trato de volver y tocar las raíces de mi fe, varias cosas me vienen a la mente.
Primeramente, la fe y testimonio de mis padres, la pieza decisiva. La fe fue lo más importante de sus vidas, y ellos hicieron todo lo que estuvo en su poder para asegurar que esto fuera también verdad para nosotros, sus hijos. Y sus vidas nunca desmintieron su fe. Eso fue un fuerte testimonio y un don de incalculable valor.
Luego, el testimonio de mi parroquia, una comunidad rural e inmigrante, lo suficientemente pequeña como para que todos conociéramos los gozos y los pesares de todos los demás y fuéramos capaces de compartirlos en la fe, aun cuando no siempre en total cercanía vecinal. Es preciso todo un pueblo para criar a un niño; en mi caso, fue una parroquia. Mientras crecía de niño, podía echar una ojeada alrededor de una iglesia y ver a casi toda la gente que conocía, amigos o no, todos arrodillados, unidos en una sola fe. Hoy eso en una rareza y no pequeño regalo.
Después vino la dedicación y el testimonio de fe de las hermanas Ursulinas, que entraron en nuestra comunidad rural a enseñar en nuestras escuelas públicas y fueron no sólo académicamente nuestras mejores maestras sino  también nos catequizaron. Para cuando llegué a mi adolescencia, yo ya había memorizado dos catecismos y tenía un sólido alcance intelectual de los principios de mi fe, un don cuya importancia reconocí sólo más tarde.
Finalmente, y de un modo que dejó profundas y permanentes raíces en mi alma, la voz del Dios de mi juventud. Durante mi juventud, la voz de Dios estuvo fuerte y clara dentro de mí. Se admite que algo de lo que tomé  entonces como voz de Dios era de hecho la voz del miedo, la timidez, el tribalismo y lo que los freudianos llaman el superego. Pero, admitido eso, la voz de Dios estaba allí también, ineludible y clara. Sé eso porque mucho de mi juvenil miedo, timidez, espeso tribalismo y superego hace tiempo que ha desaparecido, y la voz del Dios de mi juventud permanece aún en mi interior.
Sin embargo, ahora, a veces esa voz puede estar bastante silenciosa y puede sentirse simplemente como la voz de la ingenuidad de mi juventud -Santa Claus, el Conejito de Pascua y el niño Jesús- y algo que no es real por más  tiempo ni nunca fue real verdaderamente. Para mí, como para todos, versados en fe, a veces mi imaginación y mi afectividad simplemente se agotan, de modo que mis preocupaciones imposibilitan la presencia de Dios. Es entonces cuando necesito remover las brasas aparentemente mortecinas de mi fe haciendo un viaje de regreso para volver a cimentarme en la realidad de la fe de mis padres, en la realidad de lo que grabó a fuego mi alma en nuestra pequeña comunidad parroquial, en la realidad del testimonio y la catequesis de las hermanas Ursulinas que fueron mis maestras, y, no lo menos, en esa clara y profundamente moral voz divina que habló en mi interior y me condujo en mi juventud.
Esta clase de viaje -creo yo- puede ayudar a la mayoría de la gente, con una llamativa advertencia: El aparente silencio de Dios en nuestras vidas como adultos puede ser de hecho una modalidad más profunda de la presencia de Dios, más bien que un signo de una fe que se deteriora. La voz de  Dios parece frecuentemente clara en nuestra juventud, pero más tarde esa claridad cede a lo que los místicos llaman “las noches oscuras del alma”, donde la aparente ausencia de Dios no es una cuestión de pérdida de fe sino de un nuevo, más rico y menos imaginativo modo de la presencia de Dios en nuestras vidas. El fervor no siempre es signo de una fe profunda,  como tampoco la aparente ausencia de Dios es necesariamente un signo de fe debilitante. Dios debe ser esperado pacientemente, y llegará a nuestras  vidas sólo en los plazos de Dios, no en los nuestros.
Aun así, el consejo de san Pablo queda en pie: “Os recuerdo que remováis las llamas del don de Dios que una vez se os dio”.