Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo

 



     Domingo IV de Cuaresma

 

Dirijamos nuestro corazón y nuestros deseos a Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros. Todas las lecturas hablan de retorno. Se trata de una palabra importante para un cristiano, estrechamente unida a otra: conversión. Todo retorno, para ser auténtico, exige una purificación, un cambio, la renovación del corazón.

En la parábola del hijo pródigo se describe el viaje de cada uno de nosotros desde la lejanía, cansados por el pecado, a la semejanza creada por el amor. Este regreso se realiza recorriendo el camino que el mismo Padre ha abierto a los hombres, Jesús, el mediador, el sacerdote eterno. Jesús se revela como "el hombre para los demás": es camino para todos y todos pueden caminar por él. Por este camino que es el mismo Cristo va el hijo pródigo después de decidir "levantarse". El pecado, de hecho, envilece, humilla, quita dignidad. En este hijo está representado el género humano; en él estamos todos.

Quizás no nos alejamos físicamente, sino sólo en nuestro interior: en esto nos parecemos más al hijo mayor. Quizás hemos ido tan lejos que ya ni siquiera sabemos dónde estamos: hemos perdido el sentido de la orientación cuando en nuestro entorno nada nos recuerda algo familiar, cuando nos pesa la soledad; entonces se siente el más sincero deseo, que brota desde lo más hondo del corazón; es la voz del Padre, que nunca nos ha abandonado. Es la hora de decidir. Uniéndonos a Cristo, también nosotros, pecadores perdonados, deberemos ser unos con otros el cordero que se inmola. Y, al mismo tiempo, deberemos evitar protestar como el hijo mayor, pues no es ésta la actitud propia de un cristiano. Si sentimos que la protesta brota en nuestro interior, invoquemos inmediatamente la ayuda del Señor, porque, de lo contrario, nos alejaremos de la casa de la comunión. Quien está unido a Cristo se convierte en salvación para los demás y participa en la fiesta no como espectador, sino ofreciéndola personalmente, con alegría.


     





Si no os convertís, todos pereceréis

 





     Domingo III de Cuaresma

 

Siempre hay un lugar y una hora exacta en la que el Señor quiere encontrarse con nosotros. Es el momento que marca el comienzo de la conversión o del rechazo radical. Esa conversión es un camino que exige constancia y una decisión siempre renovada de proseguir el viaje a pesar de todo. Si en la antigua alianza el pueblo caminaba bajo la guía de Moisés, para nosotros el camino a seguir es el mismo Hijo de Dios, Jesucristo. Él es quien nos saca de la esclavitud del pecado, quien nos saca de nosotros mismos.

El sentido de la vida eclesial es ayudarse fraternalmente a caminar por las sendas de la conversión, o sea, ayudarse a buscar y seguir a Jesús. Hay que desear ardientemente que ninguno se extravíe, que ninguno se retrase o se aleje. A esto precisamente nos invita el Evangelio de hoy, que concluye con la parábola de la higuera estéril. El labrador que ruega que no la corten todavía es Jesús. Como intercesor nuestro, dirá hasta el final de los tiempos: "Espera un poco, un poco todavía, que la cuidaré más". Todos los cuidados que Jesús nos prodiga con su Palabra, con los sacramentos, con sus intervenciones providenciales -y lo son también los acontecimientos dolorosos-, son ofertas de conversión. Dejémosle, pues, que nos cultive. La Palabra sagrada es como un arado, y también como una semilla sembrada para que pueda producir fruto.


     






Éste es mi Hijo elegido; escuchadle.

 



     Domingo II de Cuaresma

 


*"• Como en los otros evangelios sinópticos, también en el de Lucas la trasfiguración está en relación con los acontecimientos precedentes (vv. 18-27). Son los mismos hechos, pero se relatan con una perspectiva particular que ayuda a profundizar en su significado. Jesús sube al monte con los tres discípulos privilegiados "para orar" (v. 28). También los acontecimientos precedentes estaban enmarcados en la oración de Jesús "aparte" con los suyos. Después de orar, el Maestro había preguntado a los discípulos para saber hasta qué punto habían comprendido su identidad y enseñarles lo referente a ello. Ahora en la oración ofrece la confirmación extraordinaria a su palabra: el coloquio orante con el Padre transfigura a Jesús y su aspecto es "otro". Su resplandor hace que lo reconozcamos como el Hijo del hombre profetizado y esperado.

Moisés y Elías, la Ley y los Profetas son los testimonios de la veracidad del evento. Hablan con Jesús de su éxodo: como los dos grandes reveladores de Dios, también Jesús está llamado a "salir", a pasar decididamente unos límites. Para él será el límite extremo, el de la vida terrena. Un sopor se apodera de los discípulos, como sucederá en Getsemaní: el hombre no puede soportar el peso de lo divino en sus manifestaciones, sean de gloria o de sufrimiento.

La nube que cubre con su sombra a los presentes indica que Jesús es el cumplimiento de la historia y los ritos de Israel: ahora es él la tienda del encuentro de Dios con el hombre. La voz divina desde la nube lo proclama Hijo elegido: es el título del Siervo de YHWH en Is 42,1, título atribuido al Hijo del hombre en la apocalíptica judía contemporánea a Jesús. Así es como el Padre testimonia la identidad y misión de Cristo, mandando que lo escuchemos. Cuando se desvanece la visión, Jesús se queda solo con los suyos. De nuevo el camino de la fe, una fe que nace de la escucha-obediencia (Rom 10,17) y se lleva a la práctica en la fidelidad del seguimiento.       






No tentarás al Señor, tu Dios


     Domingo I de Cuaresma

 

La prueba, la salvación, la profesión de fe, son los temas que podemos entresacar de las lecturas de la liturgia de hoy, y nos interrogan sobre nuestra realidad de Iglesia, sobre nuestra vida de creyentes. !Cuántas veces hemos experimentado en la tribulación, en la tentación, que el Señor es nuestra fuerza, el único que puede librarnos! Recordar las maravillas de gracia que Dios ha hecho por nosotros no es sólo una exigencia del corazón, sino una tarea imprescindible, una misión, un testimonio que se ofrece a los hermanos para que también ellos conozcan la alegría de ser salvados invocando el nombre del Señor.

!Tenemos todos tanta necesidad de ser protegidos de las insidias del diablo! El Evangelio hoy nos lo manifiesta mostrándonos a Jesús sometido a tentaciones que son la raíz de cualquier tentación y se revisten de nobles apariencias. El fin es encomiable y los medios propuestos se diría que son los más adecuados... Jesús ha experimentado la debilidad humana que tan fácilmente doblega la voluntad y ofusca nuestra capacidad de discernimiento. Pero precisamente en su debilidad ha vencido al Maligno, en el desierto y en la cruz, indicándonos el camino de la victoria. Como él, debemos retener la Palabra de Dios en el corazón, convirtiéndola en norma de nuestra vida, en lámpara de nuestros pasos. Si no tememos profesarla con franqueza, podremos experimentar que el Señor es nuestra fuerza, nuestro escudo salvador (Sal 17,3).

       







De lo que rebosa el corazón habla la boca





     Domingo VIII del Tiempo Ordinario

 

La comparación del árbol y sus frutos es un hilo conductor que atraviesa las lecturas de hoy, incluido el salmo responsorial. Está presente también muchas otras veces en la Biblia, empezando por el árbol de la vida y de la muerte (Gn 2,16ss; 3,1-24). En realidad, en ellas es el corazón del hombre el que transforma el árbol "del conocimiento del bien y del mal", que de por sí es fuente de vida, en un árbol de muerte. En el evangelio de hoy Jesús enlaza ambos temas, a fin de hacernos entender que sólo quien tiene un corazón bueno puede ser el árbol bueno que produce frutos buenos.

Es notable la insistencia de Jesús en la necesidad de apuntar a la interioridad del hombre, o sea, a su corazón, y superar la mera exterioridad, típica de los fariseos, que él denuncia con frecuencia (Mt 5,20; 12,2-7; 15,1-20; 23,2-8; etc.). Es, efectivamente, en el corazón, entendido en sentido bíblico, donde se engendran, según Jesús, las decisiones más profundas del hombre, esas que determinan la orientación radical de la vida.

Si esta orientación está profundamente arraigada en Dios y en su Palabra, no puede producir más que frutos buenos. El corazón se convierte así en la fuente de la que brotan las actitudes, las palabras y las acciones verdaderamente "buenas". San Agustín había comprendido bien esta orientación evangélica cuando escribió: "Ama y haz lo que quieras". De un corazón que ama en serio, es decir, que quiere verdaderamente el bien, no puede brotar, efectivamente, más que el bien. "Allí donde está tu tesoro, allí está también tu corazón ", gritó Jesús a los cuatro vientos en su sermón del monte (Mt 6,21). Su corazón estaba ciertamente en Dios y en su magno proyecto de amor en favor de los hombres. Por eso fue Jesús el árbol bueno por excelencia, el que produjo los mejores frutos de vida para sí y para toda la humanidad. Hemos de preguntarnos si también nuestro corazón está donde el suyo y no en otra parte, en las mi cosas exteriores de la vida. Si hacemos nuestro su mismo tesoro, nuestra fatiga, a buen seguro, no será vana, según el deseo de Pablo (1 Cor 15,58), porque produciremos los mismos frutos que él produjo.  

       






Nuestro inquieto yo. Artículo.

Durante los postreros años de su vida, Thomas Merton vivió en una ermita situada fuera de un monasterio, confiando encontrar más soledad en su vida. Pero la soledad es algo ilusorio, y vio que siempre se le escabullía.

Entonces, una mañana tuvo la sensación de que, por un momento, la había encontrado. Sin embargo, lo que había experimentado le resultó una sorpresa. La soledad -replica- no es un estado alterado de conciencia ni cierta sublime sensación de Dios y lo trascendente en nuestras vidas. La soledad -según la experimentó él- era simplemente estar pacíficamente dentro de tu propia piel, gratamente consciente de ello y respirando pacíficamente en la inmensa riqueza que hay en tu propia vida.  La soledad consiste en dormir en intimidad con tu propia experiencia, en paz, consciente de su riqueza y maravilla.

Pero esto no es fácil. Resulta extraño. Raramente nos encontramos en paz en el momento presente dentro de nosotros. ¿Por qué? Porque esa es la manera como estamos hechos. Estamos sobrecargados para este mundo. Cuando Dios nos colocó en él -como el autor del Libro del Eclesiastés nos dice- Dios puso “infinitud” en nuestros corazones, y por eso no facilitamos hacer la paz con nuestras vidas.

Leemos esto, por ejemplo, en el famoso pasaje del Libro del Eclesiastés sobre el ritmo de las estaciones. Hay un tiempo y una estación para cada cosa -se nos dice-: un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para plantar y un tiempo para recoger lo plantado, un tiempo para matar y un tiempo para sanar… y así continúa el texto. Entonces, después de señalar este ritmo natural del tiempo y las estaciones, el autor acaba con estas palabras: Dios ha hecho que todo esté adecuado a su propio tiempo, pero ha puesto la infinitud en el corazón humano de manera que los seres humanos estén fuera de sintonía con los ritmos de las estaciones desde el principio hasta el fin.

La palabra hebrea usada aquí para expresar “infinitud” es Olam, una palabra que sugiere “eternidad” y “trascendencia”. Algunas traducciones inglesas lo explican de la siguiente manera: Dios ha puesto un sentido de pasado y futuro en nuestros corazones. Quizás eso lo capte mejor al modo como generalmente experimentamos esto en nuestras vidas. Nosotros sabemos por experiencia qué difícil es estar en paz en momento presente, porque el pasado y el futuro no nos dejarán solos. Siempre están dando otro matiz al presente.

El pasado nos ronda con arrullos y melodías medio olvidadas que disparan recuerdos sobre el amor encontrado y perdido, sobre heridas que nunca han sanado, y con sentimientos iniciados de nostalgia, pesadumbre y deseo de aferrarse a algo que una vez fue. El pasado está siempre sembrando inquietud en el momento que se está viviendo.

¿Y el futuro? Se fija en el presente también, alzándose como promesa y amenaza, demandando por siempre nuestra atención, sembrando por siempre ansiedad en nuestras vidas, y despojándonos por siempre de la capacidad de descansar simplemente en el presente.

El presente está siempre dando otro matiz por obsesiones, pesares, preocupaciones y ansiedades, que tienen poco que ver con los que de hecho están sentados a la mesa.

Los filósofos y poetas han dado diferentes nombres a esto. Platón lo llamó “una locura proveniente de los dioses”; los poetas hindúes lo han llamado “una nostalgia por lo infinito”; Shakespeare habla de “anhelos inmortales”; y san Agustín, en quizás la más famosa denominación de todas ellas, lo llamó una incurable inquietud que Dios ha puesto en el corazón humano para prevenirlo de encontrar un hogar en algo menos que lo infinito y lo eterno: “Nos has hecho para ti, Señor, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en ti”.

Y así, es extraño estar pacíficamente presentes en nuestras propias vidas, sosegados dentro de nuestra propia piel. Pero este “tormento” -como T. S. Eliot lo denominó una vez- tiene una intencionalidad dada por Dios, un proyecto divino.

Henri Nouwen, en un singular pasaje, trata de la lucha y su finalidad: “Nuestra vida es un breve tiempo en expectación, un tiempo en el que la tristeza y el gozo se besan a cada momento. Hay una clase de tristeza que ocupa todos los momentos de nuestra vida. Parece que no hay tal cosa como la alegría pura y clara, pero también que, aun en los momentos más felices de nuestra existencia, sentimos un deje de tristeza. En cada satisfacción, hay una conciencia de limitaciones. En cada éxito se da el temor de los celos. Detrás de cada sonrisa, existe una lágrima. En cada abrazo sentimos soledad. En cada amistad, distancia. Y en todas formas de luz se da el conocimiento de la oscuridad envolvente. Pero esta experiencia íntima, en la que cada trocito de vida es tocado por un trocito de muerte, puede apuntarnos más allá de los límites de nuestra existencia. Puede realizarlo al hacernos estar expectantes de ese día en que nuestros corazones rebosarán de perfecta alegría, una alegría que nadie nos quitará”.

Nuestros inquietos corazones nos guardan de caer dormidos al fuego divino existente en nosotros. Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés / Imágen: Depositphotos  

Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo




     Domingo VII del Tiempo Ordinario

 

 El texto evangélico de Lucas se presenta como una resonancia de las bienaventuranzas evangélicas y nos ayuda a descubrir el fundamento primero y último de toda bienaventuranza cristiana. "Amad a vuestros enemigos" (w. 27.35): el discurso no puede ser más claro.

        De este modo, Jesús, como maestro y guía, se destaca frente a todos los demás rabinos de su tiempo: no sólo contrapone el amor al odio, sino que exige que el amor de sus discípulos se concrete precisamente en quienes les odian. Un ideal de vida tan exigente y tan sublime no ha sido requerido ni lo será nunca por ningún maestro.

        No se trata, obviamente, de un amor abstracto, sino de un amor que se traduce en un montón de pequeños gestos que, día a día, interpelan y verifican la autenticidad de ese mismo amor. Sería ridículo, para Jesús, amar sólo a los que nos aman: no tendríamos mérito alguno y, sobre todo, nuestro amor no sería signo distintivo de nuestra exclusiva e inequívoca pertenencia a Cristo, porque "también los pecadores aman a quienes los aman" (v. 32).

        La enseñanza de Jesús termina con la conocida expresión en la que Lucas emplea "misericordia" donde Mateo pone "perfección": "Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso" (v. 36). En la lógica de la espiritualidad evangélica no se da otra perfección que la de un amor fraterno que revela nuestra identidad filial respecto a Dios. No hay otra meta a la que tender más que la de un amor que es capaz de perdonar porque ha experimentado el don del perdón. No hay otro mandamiento que tengamos que observar más que el de tender a la imitación de Dios, que es amor misericordioso, mediante gestos de bondad y de misericordia.

 

       







Jesús y los pobres. Artículo.

Crecí inmigrante de segunda generación en las más lejanas praderas del Oeste canadiense. Nuestra familia era pobre económicamente, campesinos de subsistencia, con las necesidades cubiertas y apenas mucho más. Mi padre y mi madre eran extremadamente caritativos, y procuraron infundirlo en nosotros. A pesar de eso, habida cuenta de nuestra propia pobreza, se entiende que no estuviéramos muy mentalizados en cuanto a justicia social. Éramos los pobres.

Crecer de esta manera puede fijar profundamente en ti ciertos instintos y actitudes; algunos buenos, otros malos. En los aspectos positivos, llegas a creer en la necesidad de trabajar duro, que nada se te da gratis, que necesitas cuidarte, y todos los demás deberían hacer lo mismo. Irónicamente, esos mismos códigos de valores pueden cegarte para con algunas verdades fundamentales relativas a los pobres.

Puedo atestiguar esto. Me supusieron muchos años -trabajo que me llevó a muchas situaciones extremas- algunos encuentros de primera mano que tuve con gente sin las necesidades básicas de la vida, e incontables horas en clases de teología, aun antes de que llegara a ser consciente de algunas de las básicas verdades bíblicas y cristianas relativas a los pobres.

Ahora estoy luchando por vivirlas, pero al menos acepto que son innegociables para un cristiano, sea de la denominación o convicción política que sea. En pocas palabras, como cristianos, se nos ha dado un innegociable mandato de atender a los pobres con compasión y justicia. También, este mandato es exactamente tan innegociable como guardar los mandamientos, según resulta claro en casi todos los pasajes de la Escritura.

He aquí la esencia de ese mandato:

. Los  grandes profetas judíos acuñaron este mantra: La calidad de vuestra fe será juzgada por la calidad de la justicia en la tierra, y la calidad de la justicia en la tierra será juzgada siempre por la manera como “las viudas, los huérfanos y los extranjeros” (código bíblico para los grupos más endebles y vulnerables de una sociedad) estén siendo tratados mientras vosotros estáis vivos.

. Jesús no sólo ratifica esto; lo profundiza identificando su persona misma con los pobres. (“Cualquier cosa que hagáis a mis hermanos más humildes, me lo hacéis a mí”). Nos advierte que seremos juzgados para la vida eterna por la manera como hayamos tratado a los pobres.

. También, en ambos Testamentos de la Biblia, esto es particularmente verdadero, referido a cómo tratamos a los extranjeros, extraños e inmigrantes. La manera como los tratamos es la manera como de hecho estamos tratando a Jesús.

. Notad que Jesús define su misión con estas palabras: He venido a traer buenas noticias a los pobres. De aquí que ninguna enseñanza, doctrina predicada o política de gobierno que no sea buena noticia para los pobres puede pasar por provenir de Jesús ni del Evangelio.

Además, casi todos nosotros hemos sido educados para creer que tenemos el derecho de poseer cualquier cosa que nos llega honradamente, tanto por nuestro propio trabajo como por legítima herencia. Sin importar lo cuantiosa que pudiera ser esa riqueza, era nuestra siempre y cuando no hiciéramos trampas a nadie por el camino. Tomando todo en consideración, esta opinión ha sido asumida en las leyes de los países democráticos, y generalmente creemos que está moralmente sancionada por el Cristianismo. No lo está, como podemos deducirlo de estas verdades de la Escritura:

. Dios ama a todos. No existen favoritos ni privilegiados a los ojos de Dios, el cual proyectó la tierra y todo lo que hay en ella por la causa de todos los seres humanos. Por tanto, los bienes creados deberían fluir equitativamente a todos.

. La riqueza y las posesiones deben ser entendidas como nuestras para administrarlas más bien que para poseerlas absolutamente.

. Ninguna persona ni nación puede tener un remanente si las demás no tienen atendidas las necesidades básicas.

. La condenación de la injusticia es un aspecto innegociable de nuestro discipulado.

Dios no es neutral en ninguna de las situaciones donde se da injusticia, deslealtad, opresión o agobiante pobreza. Más bien, Dios quiere que se actúe contra todo y contra todos que gestionan injusticia y muerte.

Estos principios son firmes; tanto que, en realidad, fácilmente se cree que Jesús no puede estar, de hecho, pidiéndonoslo. Pero en verdad, si se tomaran seriamente, estos principios reharían radicalmente nuestras vidas y el orden social. Ya no serían negocios, como son normalmente.

Por poner sólo un ejemplo: En este momento, hay cerca de cuarenta y cinco millones de refugiados en nuestro mundo, casi todos ellos buscando cómo cruzar una frontera y entrar en un nuevo país. ¿Se da el hecho de que algún país, hoy, (en expresión bíblica) dé la bienvenida a los extranjeros, abra con toda normalidad sus fronteras y acoja a todos que quieren cruzar? Ese hecho no sucede en realidad ni es socialmente oportuno por lo que supondría en la práctica para nuestro bienestar y seguridad. Aunque eso se puede entender, lo que no se puede permitir es que nuestro (aparentemente) necesario pragmatismo social y político, al tratar de “la viuda, el huérfano y el inmigrante”, pueda presentarse como si proviniera de Jesús y de la Biblia. No puede ser. Esto es antitético a Jesús. Tanto si esto trastorna o no nuestra seguridad y bienestar, Dios está siempre en el lado oscuro de la historia, siempre al lado de los pobres. Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Artículo original en inglés / Imágen: Depositphotos  

Ecumenismo: el requisito para la plenitud en el Cuerpo de Cristo. Artículo.

Durante más de mil años, los cristianos no han experimentado el gozo de formar una única familia en Cristo. Aunque ya existieron tensiones en las primeras comunidades cristianas, hasta el año 1054 no se dio un cisma formal, el cual implantó, en consecuencia, dos comunidades cristianas formales: la Iglesia Ortodoxa en Oriente y la Iglesia Católica en Occidente. Más tarde, con la Reforma Protestante en el siglo XVI, se dio otro cisma con la Iglesia Occidental, y el Cristianismo se fragmentó todavía más. Hoy existen cientos de denominaciones cristianas, muchas de las cuales, por desgracia, no se llevan muy amigablemente entre sí.

La división y las desavenencias son comprensibles, inevitables, el precio de ser humanos. No hay comunidades que no tengan tensiones; así que no resulta un gran escándalo que los cristianos a veces no lleguen a entenderse mutuamente. El escándalo viene más bien de que nos hemos instalado, incluso nos sentimos satisfechos de nosotros mismos con el hecho de que no nos entendemos unos con otros; ya no anhelamos la plenitud ni nos echamos en falta en nuestras iglesias separadas.

Actualmente, en casi todas nuestras iglesias, apenas existe nostalgia por aquellos con los que no tomamos parte en el culto. Por ejemplo, enseñando hoy día a  seminaristas católicos romanos, tengo la sensación de una cierta indiferencia hacia el problema del ecumenismo. Para muchos seminaristas, esto no es en el presente una cuestión de particular interés. Por no referirme exclusivamente a los seminaristas católicos, esto vale para casi todos nosotros en todas las denominaciones.

Pero esta clase de indiferencia resulta esencialmente anticristiana. Jesús llevaba la unidad en el corazón, y quiere a todos sus seguidores en la misma mesa, como vemos en esta parábola.

Una mujer posee diez monedas y pierde una. Se pone ansiosa y agitada, y empieza a buscar afanosa e incansablemente la moneda perdida, encendiendo lámparas, mirando bajo las mesas, barriendo todos los pisos de su casa. Al fin, encuentra la moneda, está loca de contenta, congrega a sus vecinas y organiza una fiesta cuyo coste sin duda excedía con mucho el valor de la moneda que había perdido. (Lucas, 15, 8-10)

¿Por qué tal ansiedad y alegría por haber perdido y encontrado una moneda cuyo valor era probablemente de diez céntimos? Bien, lo que se pone en cuestión no es el valor de la moneda, sino algo más. En su cultura, el nueve no era considerado número entero; el diez, sí. Tanto la ansiedad de la mujer por haber perdido la moneda como su alegría al haberla encontrado justificaban la importancia de la totalidad. Una totalidad en su vida había sido quebrada y una preciosa serie de relaciones ya no resultaba completa.

En realidad, la parábola podría ser reinterpretada de la siguiente manera: Una mujer tiene diez hijos. Con nueve de ellos tiene una buena relación, pero una de sus hijas vive alejada afectivamente. Sus otros nueve hijos vienen regularmente a casa a la mesa familiar, pero su hija alejada no. La mujer es incapaz de descansar estando en tal situación, no puede estar en paz. Necesita que esa hija alejada se reintegre a ellos. Trata por todos los medios de reconciliarse con su hija y, de pronto, milagro de milagros, un día, se cumple su deseo. Su hija se reintegra a la familia. Su familia vuelve a estar completa, todos están a la mesa nuevamente. La mujer está loca de alegría, retira del banco sus modestos ahorros y organiza una suntuosa fiesta para celebrar ese reencuentro.

La fe cristiana demanda que, al igual que esa mujer, nosotros necesitemos estar ansiosos, molestos, encendiendo lámparas simbólicamente y buscando maneras de recuperar la iglesia entera. El nueve no es un número entero. Ni siquiera es el número de los normalmente pertenecientes a nuestras respectivas iglesias. El Catolicismo Romano no es un número entero. El Protestantismo no es un número entero. Las Iglesias Evangélicas no son un número entero. Las Iglesias Ortodoxas no son un número entero. Ninguna denominación cristiana es un número entero. Juntos integramos un número cristiano entero, y ni siquiera eso llega a ser un número entero de fe.

Y así, debemos estar preocupados por estas cuestiones: ¿Quién es el que ya no acude a la iglesia con nosotros? ¿Quién es el que se encuentra incómodo tomando parte en el culto con nosotros? ¿Cómo podemos encontrarnos tranquilos cuando ya no hay tanta gente a la mesa con nosotros?

Tristemente, hoy, muchos de nosotros nos sentimos cómodos en iglesias que están lejos, bien lejos de estar completas. A veces, en nuestros momentos menos reflexivos, incluso nos alegramos de ello: “¡Esos otros de ninguna manera son auténticos cristianos! ¡Nos sentimos mejor sin ellos, siendo en su ausencia una iglesia más pura y más fiel! ¡Somos el único remanente auténtico!”

Pero esta falta de preocupación por la plenitud compromete nuestro seguimiento a Jesús, como también nuestra madurez humana básica. Somos maduros, cercanos y verdaderos seguidores de Jesús sólo cuando, como hizo el mismo Jesús, nosotros también lloramos por aquellas “otras ovejas que no son de este redil”. Cuando -al igual que la mujer que perdió una de sus monedas- somos incapaces de dormir hasta que cada rincón de la casa ha sido puesto patas arriba en una frenética búsqueda por lo que se ha perdido, también nosotros necesitamos buscar con solicitud una plenitud perdida; y es posible que no nos sintamos en paz hasta que logremos encontrarla. Ron Rolheiser OMI / Tradujo al Español para CiudadRedonda Bejamín Elcano, cmf / Original en Inglés.

El megáfono de Dios. Artículo.

Estuve enfermo. Así de taxativo lo dijo, mientras todos alrededor se miraban unos a otros sin saber qué decir. Pero luego redondeó todavía más una extraña lista de cosas que a todas luces resultaban incomprensibles. Era una retahíla de desgracias encadenadas unas con otras como quien relata sus desventuras en una película de miedo. Estuve enfermo. Esta era la realidad. Y ¿de qué enfermedad? Entonces él dijo: de todas. Porque toda dolencia que sufra cualquier persona me duele a mí también. La mirada de aquellos contertulios albergaba su pregunta secreta que nadie se atrevía a formular. Todos quedaron en vilo ante lo que no sabían por dónde podría llegar ni en qué consistiría.

Esta escena sucedía en un rincón de aquella Palestina lejana hace ya más de veinte siglos, cuando Jesús espetó sin anestesia a sus amigos los principios de su divina solidaridad. Por ese motivo comenzaba esta provocación con una amable expresión que captaba la atención más llena de benevolencia: venid a mí, benditos de mi Padre… porque estuve enfermo con todas las penurias que te dejan molido el cuerpo con el miedo que atenaza, y tuve hambre y sed de tantas cosas necesarias, me encarcelaron sin derechos pisando mi libertad, me expulsaron de mi tierra condenándome a ser un paria si patria como extranjero errante, me despojaron de mis ropas hasta desnudar mi dignidad…

Era necesaria una aclaración urgente. Pero no encontraron otra explicación que la de un Maestro cercano hasta el extremo de toda situación de riesgo que pone a prueba nuestra esperanza. Él mostraba con los hechos que con nuestras lágrimas hacía su propio llanto, y con nuestras alegrías dibujaba en su rostro la mejor de las sonrisas. Suyos nuestros pesares pesarosos, suyo nuestro brindis de fiesta.

Hace unos días celebrábamos el día del enfermo. Una realidad por la que antes o después todos pasamos, cuya circunstancia aligera siempre nuestro abultado equipaje para recordarnos cuáles son las cosas que verdaderamente valen la pena y que a menudo son eclipsadas o ninguneadas por lo banal, lo frívolo y lo mediocre. Hasta que el médico nos lee el inesperado diagnóstico que nos afecta de lleno o que irrumpe en quien queremos de veras. ¡Cuántas cosas se nos pasan entonces por la cabeza mientras un dedo invisible nos apunta recriminándonos el tiempo perdido, las oportunidades malogradas, los abrazos no dados, los perdones que todavía siguen en las trincheras de nuestras batallas!

La enfermedad no es una maldición, sino una ocasión única para aprender de golpe lo que en una vida plácida quizás jamás hemos escuchado: su mensaje, su susurro, su grito. El gran escritor inglés Clive Staples Lewis, autor de las célebres Crónicas de Narnia, al que tanto influyeron Chesterton y Tolkien, decía que “Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestro dolor; el dolor es su megáfono para despertar a un mundo sordo”. 

Podemos situarnos ante esta realidad desde la rebeldía blasfema o desde la desesperación angustiada, pero cabe también mirarla de otra manera, siendo llevados en la carne propia o en la de un ser especialmente querido, a una síntesis de la vida, retomando cosas, sentimientos, recuerdos y sueños que únicamente valen la pena. Sabemos que somos mortales, pero no siempre gestionamos sabiamente nuestros años. La “hermana enfermedad” tiene esa cualidad purificadora de adherencias espurias, simplificadora de la hojarasca inútil, para asomarnos con gratitud por tanto y por tantos, pidiendo perdón a tantos y por tanto, dejando que en esa página en blanco se recomience o se estrene el relato que se nos confió, ese que Dios quiere escribir conmigo, con nuestros renglones torcidos o algún borrón inesperado. El punto final no lo ponemos nosotros, sino que nos adentra en el eterno cielo. Bendito megáfono que nos despierta y reconcilia con lo más hermoso que Dios ha puesto en nuestra entraña y nuestras manos. (Texto adaptado y mejorado en Religión en Libertad)

Fr. Jesús Sanz Montes, ofmArzobispo de Oviedo

CONTEMPLATIO: Dios, por ser creador de lo que existe y no de lo que no existe, es extraño a la causa responsable del mal: Dios ha creado la vista, no la ceguera; ha suscitado la virtud, no la privación de la misma; ha otorgado como premio a la buena voluntad el don de sus bienes a quien regula virtuosamente su propia vida, sin someter a su propia voluntad la naturaleza humana con violenta necesidad, arrastrándola de manera forzada al bien como un objeto inanimado. Si ante la luz, que se difunde pura desde el ciclo sereno, cerramos los ojos bajando los párpados, el que no ve no puede considerar al sol culpable (Gregorio de Nisa, La grande catechesi, Roma 21990, p. 67).

LECTURA ESPIRITUAL: "El buen Dios, que nos ama tanto, ya tiene bastante pena con estar obligado a dejarnos cumplir nuestro tiempo de prueba en la tierra, sin que vengamos constantemente a decirle que estamos mal en ella; no tenemos que adoptar el aspecto de que nos damos cuenta de ello(CSG, 58). Este pasaje de santa Teresa, cuando lo comparamos con la idea generalmente difundida, tiene un carácter singular. Se ha empleado tanto el vocabulario del sufrimiento en la teología occidental que parece que Dios, sin complacerse propiamente en el sufrimiento del hombre, lo desea en sí mismo. Recordemos, por ejemplo, a Pascal diciendo que la enfermedad es el estado natural del cristiano, que debe asombrarse de estar sano: !qué horrible proposición!

         Ahora bien, el pasaje de santa Teresa que acabamos de citar implica una sensibilidad nueva en relación con el sufrimiento. No se trata de que santa Teresa quiera una vida sembrada de facilidades: es sabido que siempre tomó en la religión su dimensión de austeridad y de esfuerzo, que siempre tuvo una devoción particular al rostro crucificado del Señor, hasta el punto de llevar su nombre. En efecto, se llama Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Se puede decir que su corta vida fue una sucesión de pruebas, la más doloroso de las cuales fue la parálisis de su padre, antes de que llegara su consunción.

   Pero no atribuye a este sufrimiento un valor de salvación en cuanto es sufrimiento, como a menudo hacen los cristianos, y, sobre todo, como los adversarios del cristianismo les reprochan.

         El sufrimiento, para Teresa, es un medio en vistas a un fin. Eso supone unirse a la idea profunda de la epístola a los Filipenses y de la epístola a los Hebreos: el sufrimiento de Cristo es una consecuencia de su obediencia al Padre. No le fue impuesto a causa de ningún valor del sufrimiento en sí mismo. Ahora bien, tras la caída, el sufrimiento (por el que podemos brindar a Dios una adhesión desinteresada y redimir el mal uso de la libertad), el sufrimiento, decía, es un medio corto de acercarnos a nuestro fin. Dios, que lo ve y lo quiere, lo ve y lo quiere a la manera de un remedio o de una operación de cirugía. Y este medio violento es tan pasajero, y sobre todo es tan ínfimo, cuando lo comparamos con lo que obtiene, que es de otro orden: eterno, dichoso, inmutable. Por eso, se comprende que la hermana de Teresa haya condensado su pensamiento sobre el mal en esta imagen atrevida y virgiliana: Dios sufre por nuestro sufrimiento, Él nos lo envía volviendo la cabeza.

         Desde esta perspectiva, el Dios de los cristianos no es un Dios "vengador", sino un Amor eterno, educador, prudente y sabio, que, lejos de multiplicar las penas, se las ingenia para abreviarlas, suspenderlas y reducirlas, en la medida en que ello es divinamente posible, para satisfacer su justicia, que, por lo demás, es idéntica a la gloria que desea para las almas.

         Estamos lejos de la idea del valle de lágrimas. Tampoco se trata de la lluvia de rosas que el lector superficial de santa Teresa se imagina que la santa quería que cayera continuamente sobre sus amigos. Estamos más allá de ambas imágenes, comprendemos el sufrimiento en su finalidad profunda: lo trasladamos a su medida divina.

         Volvemos a encontrar aquí, bajo una forma muy sencilla, la enseñanza de san Pedro y san Pablo cuando decían, sin haberse puesto de acuerdo y partiendo de puntos de vista bastante diferentes, que los sufrimientos de este tiempo no tienen ninguna comparación con el peso eterno de la gloria, o que estamos tristes durante un breve lapso de tiempo por diversas pruebas, puesto que es necesario. Modicum, leve, momentaneum.

         Y podríamos decir que ése es también, en san Lucas, el pensamiento de Jesús resucitado, cuando conversa con los discípulos por el camino de Emaús: Jesús no hace alusión a la rapidez de la cruz, pero los tres compañeros sabían que la cosa había sido rápida, puesto que el jueves precedente ya no se hablaba de ella. Y Jesús recuerda la ley de toda carne y de todo espíritu: "No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?" (Le 24,26).

         Cuando se piensa en la objeción del racionalismo, del humanismo y del comunismo contra la doctrina cristiana como enemiga de la felicidad, se puede calibrar qué oportuna es esta dirección de la mística teresiana.

         El sufrimiento no es obra de Dios, del Dios bueno, del Padre de quien viene todo bien; es obra del pecado, fruto de la desgracia original: pero la adorable misericordia divina transforma ese fruto amargo en un remedio "ennoblecedor". Goza ya de nosotros. "!Oh, cuánto bien hace este pensamiento a mi alma -escribe Teresa-, comprendo entonces por qué Él nos deja sufrir!" (J. Guitton, El genio de Teresa de Lisieux, Edicep, Valencia 1996, pp. 33-35). Fuente.