Virtud y pecado

Existe un axioma que dice: Nada se siente mejor que la virtud. Eso es muy cierto, pero tiene su contrapartida. Cuando obramos el bien, nos sentimos bien con nosotros mismos. En verdad, la virtud es su propia recompensa, y eso es bueno. Sin embargo, de sentirse virtuoso, pronto se puede pasar a sentirse farisaico. Nada se siente mejor que la virtud; pero el fariseísmo también se siente bastante bueno.
Vemos esto expresado en la famosa parábola de Jesús sobre el fariseo y el publicano. El fariseo practica la virtud, sus acciones son exactamente lo que deben ser, pero lo que esto produce en él no es humildad ni sentimiento de su necesidad de Dios y de misericordia, sino fariseísmo y juicio crítico de otros. Lo mismo nos pasa a todos nosotros: fácilmente venimos a ser el fariseo. Cuando miramos a otra persona que está luchando y dice: De no ser por la gracia de Dios me voy, nuestra gratitud aparentemente humilde puede indicar dos cosas muy diferentes. Puede estar expresando un sincero agradecimiento por haber sido bendecido inmerecidamente, o fácilmente puede estar expresando sólo un presumido fariseísmo sobre nuestro propio sentimiento de superioridad.
Los escritores espirituales clásicos como Juan de la Cruz, cuando hablan de los desafíos a que nos enfrentamos mientras andamos el camino del discipulado, hablan sobre algo que ellos llaman las faltas de los que están más allá de la conversión inicial. Lo que ellos destacan es esto: Nunca quedamos dispensados de la batalla con el pecado. Mientras maduramos, el pecado emprende simplemente en nosotros modalidades siempre más sutiles. Por ejemplo, antes de la madurez inicial, lo que clásicamente hemos llamado los siete pecados capitales (orgullo, avaricia, envidia, lujuria, ira, gula y pereza) se manifiestan en nosotros de maneras que son normalmente bastante torpes y abiertas. Vemos esto en los niños, en los adolescentes y en los inmaduros. Para ellos, el orgullo es sencillamente orgullo, los celos son celos, el egoísmo es egoísmo, la lujuria es lujuria, y la ira es ira. No hay nada sutil ni oculto aquí, la falta está fuera al descubierto.
Pero según superamos estos pecados en las formas más torpes, emprenden invariablemente formas más sutiles en nuestras vidas. Así que ahora, por ejemplo, cuando somos humildes, nos volvemos orgullosos y farisaicos en nuestra humildad. Testigo: Nadie puede ser más presumido y crítico que un neoconverso o alguien que está en el primer fervor.
Pero el pecado también tiene sus complejidades. Algunas de nuestras ingenuas ideas sobre el pecado y la humildad también necesitaban ser examinadas críticamente. Por ejemplo, a veces alimentamos la noción romántica de que los pecadores son humildes, conscientes de su necesidad de perdón y abiertos a Dios. De hecho, como generalización, esto es verdad para los evangelios. Cuando Jesús predicaba, eran los fariseos quienes más luchaban con su persona y mensaje, mientras los pecadores, los publicanos y las prostitutas, estaban más abiertos a él. Así pues, esto puede suscitar una pregunta: ¿Nos hace el pecado, más que la virtud, conscientes de nuestra necesidad de Dios?
Sí, cuando el pecado es honrado, humilde, reconocido y contrito, o cuando nuestras malas acciones son el resultado de estar heridos, de haber sido aprovechados o explotados. No todo pecado nace moralmente igual: Hay pecado honrado y pecado deshonrado.
Como seres humanos, somos débiles y faltos de fuerza moral para actuar siempre según lo que es mejor en nosotros. A veces sucumbimos a la tentación, a la debilidad. El pecado no necesita explicación más allá de esto: ¡Somos humanos! A veces también, la gente se implica en situaciones pecaminosas que no son propiamente causadas por sus propias acciones. Han abusado de ellos, les han hecho vivir en circunstancias pecaminosas no por su propia elección, son víctimas de traficación, son víctimas de situaciones familiares o sociales injustas, o están heridas demasiado profundamente para actualizar sus propias facultades morales. En situaciones como esta, la mala acción es una cuestión de supervivencia, no de libre elección. Como una mujer me lo describió: “Era simplemente un perro que mordía con el fin de no ser mordido”. En estos casos, generalmente, bajo una superficie comprensiblemente endurecida e insensibilizada, yace un corazón aún inocente que conoce claramente su necesidad de la misericordia de Dios. Hay algo así como pecado honrado.
Pero existe también el pecado que no es honrado, esto es racionalizado, esto es neutralizado siempre por el orgullo que no puede admitir su propia culpabilidad. Entonces, el resultado, casi siempre, es un alma endurecida, amarga y crítica. Cuando el pecado es racionalizado, la amargura seguirá invariablemente, acompañada por una aversión hacia la clase de virtud de la que ha caído. Cuando racionalicemos, nuestro ADN moral no se dejará embaucar. Reacciona y nos castiga teniéndonos odio nosotros mismos. Y, cuando uno se odie a sí mismo, ese odio repercutirá en odio de otros y, más particularmente, en odio de la precisa virtud de la que ha caído. Por ejemplo, no es casualidad que mucha gente que tiene aventuras adúlteras tenga un particular cinismo para con la castidad.
Reconociéndonos a nosotros mismos como débiles y pecadores, podemos ablandar nuestros corazones, hacernos humildes y abrirnos para recibir la misericordia de Dios. Eso puede también endurecer nuestras almas y hacernos amargos y críticos. No todo pecador ora como el publicano.
La virtud nos hace agradecidos. El pecado nos hace humildes.
Es verdad. A veces.
Ron Rolheiser (Trad. Benjamin Elcano, cmf) - Lunes, 6 de marzo de 2017
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