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¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol. (Eclesiastés 1.9)
Durante los cuatro primeros siglos de la iglesia cristiana, los creyentes tuvieron que vivir, al menos, dos grandes epidemias que afectaron de una forma terrible al imperio romano, con un elevado número de muertos. Para hacernos una idea, la primera, probablemente la viruela, fue hacia el año 165 y se propagó a gran velocidad arrastrando a su paso a unos siete millones de vidas según sostienen algunos historiadores.
En medio de aquella pandemia la fe cristiana creció en número de seguidores, la iglesia fue un testimonio vivo de la esperanza y la ayuda mutua, impactando de una forma considerable en aquella sociedad, nada hay nuevo debajo del sol.
Al final de sus disertaciones, el predicador de Eclesiatés concluye:
El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.
Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala. (Eclesiastés 12.13–14).
Por tanto, a diferencia de la mayoría de las cosas en la vida, la obediencia a los mandamientos (la Palabra) de Dios es de importancia vital porque un día moriremos y nuestro espíritu volverá a Dios.
Un llamamiento en medio de la duda y lo poco previsible de la vida a transmitir esperanza y a volverse a la Palabra de Dios que permanece para siempre. Por Luis Fajardo. Fuente: sociedadbiblica.org
En su libro El Secreto, Rene Fumoleau tiene un poema titulado Pecados. Fumoleau, un sacerdote misionero que estaba con el pueblo Dene en el norte de Canadá, pidió una vez a un grupo de ancianos que dijeran lo que ellos consideraban el peor pecado de todos. Su respuesta:
Los diez Dene discutieron juntos;
y, después de cierto tiempo, Radisca me explicó:
“Lo tratamos, y todos coincidimos:
El peor pecado que un pueblo puede cometer
es cerrar con llave sus puertas”.
Quizás en el momento en que tuvo lugar este incidente y en ese particular poblado Dene, aún podríais dejar tranquilamente vuestras puertas sin cerrar con llave, pero ese es un aviso que suena extraño para la mayoría de nosotros, que estamos seguros sólo cuando echamos doble cerraja y los sistemas de seguridad electrónica aseguran nuestras puertas. Sin embargo, tienen razón estos ancianos Dene porque, al fin y al cabo, ellos están hablando de algo más profundo que el cerrojo de la seguridad de nuestra puerta exterior. ¿Qué significa en realidad cerrar vuestras puertas?
Como sabemos, hay muchas clases de puertas que cerramos y abrimos para permitir a otros entrar y salir. Jean-Paul Sartre, el afamado existencialista francés, escribió una vez: El infierno es la otra persona. Aunque esto puede ser considerado muy cierto emocionalmente en un día determinado, es la antítesis de cualquier verdad religiosa, particularmente de la verdad cristiana. En todas las grandes religiones del mundo, estar al final con otros es el cielo; acabar eternamente solo es el infierno.
Esa es una verdad basada en nuestra misma naturaleza. Como personas humanas somos constitutivamente sociales; lo cual quiere decir que estamos hechos de tal manera que, aun siendo siempre individuales, privados e idiosincrásicos, al mismo tiempo somos siempre sociales, comunitarios e interdependientes. Estamos programados para estar con otros, y no hay ningún significado o cumplimiento superior para ser encontrados solos. En verdad, nos necesitamos unos a otros simplemente para sobrevivir y permanecer cuerdos. Aún más, nos necesitamos unos a otros para el amor y la razón de vivir, porque sin estos no hay ningún sentido para nosotros. Acabar solitario es la muerte de la peor clase.
Esto debe ser destacado hoy porque, en la sociedad y en nuestras iglesias, demasiados de nosotros estamos cerrando un selecto número de nuestras puertas de unos modos que son destructivos y genuinamente no cristianos. ¿Cuál es nuestro problema?
Hace veinte años, Robert Putman contempló el derrumbamiento de la comunidad en nuestra cultura y la denominó con una sugestiva frase: Jugar a los bolos en solitario. Para Putman, nuestras familias, vecindarios y comunidades más amplias se están derrumbando a causa de un excesivo individualismo en la cultura. Más y más, estamos haciendo cosas solos, caminando en el espacio de nuestros propios ritmos idiosincrásicos más bien que en el espacio de nuestros ritmos de comunidad. Pocos impugnarían esta afirmación.
Sin embargo, aquello con lo que estamos luchando hoy va más allá del individualismo que Putman llama tan en broma. En el excesivo individualismo que Putman describe, acabamos jugando solos a bolos, pero principalmente aún en la misma pista de bolos, separados unos de otros pero no encerrados. Nuestro problema resulta más profundo. Metafóricamente, estamos cerrándonos unos a otros fuera de nuestra común pista de bolos. ¿Qué se quiere decir aquí?
Más allá de un individualismo aislante, hoy estamos luchando en nuestras familias, comunidades, países e iglesias con un demonio de diferente condición, esto es, con puertas cerradas en amargura. Políticamente, en muchos de nuestros países ahora estamos tan polarizados que los diferentes bandos son incapaces incluso de tener entre sí una conversación respetuosa y civil.
El otro es “el infierno”. Esto es cierto también en nuestras familias, donde la conversación en la cena de Acción de Gracias o la Navidad tiene que evitar cuidadosamente todas las referencias a lo que está ocurriendo en el país, y sólo podemos relacionarnos en la misma mesa si mantenemos nuestros puntos de vista políticos bajo llave.
Tristemente, esto se refleja ahora en nuestras iglesias donde las diferentes opiniones de teología, eclesiología y moralidad han conducido a una polarización de tal intensidad que cada grupo teológico y eclesial se sitúa ahora detrás de su propia puerta sólidamente cerrada. No hay ninguna apertura a lo que es otro, y todo verdadero diálogo ha sido reemplazado por la recíproca demonización. Esta falta de apertura es al fin a lo que los Dene se refieren como el peor pecado de todos, nuestras puertas cerradas con llave. El infierno, entonces, es en realidad la otra persona. Sartre debe de estar sonriendo.
Es interesante cómo funciona el maligno. Los Evangelios nos dan dos distintas palabras por el maligno. Unas veces, el maligno es llamado “el diablo” (Diabolos); y otras, el maligno es llamado “satanás” (Satanas). Ambos describen el poder maligno que opera contra Dios, la bondad y el amor en una comunidad. El “Diablo” actúa dividiéndonos, a uno de otro, derrumbando la comunidad por medio de celos, orgullo y falsa libertad; mientras que “Satanás” actúa de manera inversa. Satanás nos une enfermizamente de manera que, como grupos, nos demonicemos unos a otros, llevemos a cabo crucifixiones y nos adhiramos febrilmente unos a otros por medio de estilos enfermizos de histeria e ideologías que contribuyan a ser el chivo expiatorio, el racismo, el sexismo y el odio grupal de todo género. De cualquier modo, tanto si es satanás como si es el diablo, acabamos detrás de las puertas cerradas con llave, donde esos que están fuera de nosotros son vistos como el infierno.
Así pues, es verdad, “el peor pecado que podemos cometer es cerrar con llave nuestras puertas”.
Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -

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A causa de la pandemia del Covid-19, millones de nosotros hemos sido obligados a permanecer en casa, trabajar desde casa, practicar el distanciamiento social de todos excepto los de nuestra propia casa y tener un contacto social mínimo con el exterior. Hablando en cierto modo, esto nos ha vuelto monjes a muchos de nosotros, nos guste o no. ¿Cuál es el secreto para tener éxito ahí?
Bueno, yo no soy monje, ni experto en salud mental, así que lo que comparto aquí no es exactamente la regla de san Benito ni una serie de herramientas profesionales de salud mental. Es el fruto de lo que he aprendido de los monjes y de vivir en el toma y daca de una comunidad religiosa durante cincuenta años.
Aquí van diez consejos para vivir cuando estamos, efectivamente, confinados en casa, esto es, viviendo una situación en la que no tenemos mucha privacidad, estamos obligados a hacer mucha vida en un círculo pequeño, afrontamos largas horas en las que tenemos que luchar para encontrar cosas que nos den energía, y nos encontramos durante buenos periodos de tiempo frustrados, aburridos, impacientes y aletargados. ¿Cómo sobrevive uno y tiene éxito en esa situación?
Los monjes tienen secretos dignos de ser conocidos.
Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -
Mientras pasas esta hora cada día con tu madre, año tras año, ¿cuántas veces, durante el transcurso de un año, tendrás una conversación verdaderamente estimulante y profunda con ella? ¿Una? ¿Dos? ¿Nunca? ¿De qué habláis todos los días? Cosas triviales: el tiempo, tu equipo deportivo favorito, lo que hacen tus hijos, el último programa de televisión, sus dolores y penas, y los detalles mundanos de tu propia vida. Ocasionalmente, incluso podrías quedarte medio dormido durante un momento mientras ella toma su temprana comida. En un buen año, quizás una o dos veces, la conversación versará sobre algo en profundidad y los dos conversaréis más detenidamente sobre algo importante; pero, excepto esa rara ocasión, simplemente estarás ocupando el tiempo todos los días en conversación superficial.
Sin embargo, y esta es la cuestión, ¿son en realidad superficiales esas visitas diarias a tu madre, meramente funcionales, porque vuestras conversaciones no son profundas? ¿Realizas simplemente por puro deber estos gestos de íntima relación? ¿Acontece algo en profundidad?
Bueno, compara esto con tu hermana, que (convencionalmente) vive por el país y viene a casa una vez al año a visitar a tu madre. Cuando ella hace la visita, ambas -ella y tu madre- están maravillosamente animadas, se abrazan efusivamente, comparten algunas lágrimas al encontrarse y hablan aparentemente de cosas más importantes que el tiempo, sus equipos deportivos favoritos y su propio cansancio. ¡Y tú las matarías! Parece que en este encuentro de una vez al año tienen algo que tú, que la visitas diariamente, no tienes en absoluto. Pero, ¿es verdad esto? ¿Es lo que pasa entre tu hermana y tu madre en realidad más profundo que lo que ocurre cada día cuando tú visitas a tu madre?
Absolutamente no. Lo que tienen resulta, sin duda, más emotivo y más conmovedor; pero es, al fin y al cabo, no particularmente profundo. Cuando tu madre muera, tú conocerás a tu madre mejor que cualquier otro la conoce, y estarás mucho más cercano a ella que tu hermana. ¿Por qué? Porque a través de todos esos días, cuando la visitabas y parecía que no conversabais de nada más importante que el tiempo, estaban sucediendo bajo la superficie algunas cosas más profundas. Cuando tu hermana visitaba a tu madre sucedían cosas en la superficie (aunque emotiva y afectivamente la superficie pueda parecer admirablemente más intrigante que lo que yace debajo de ella). Por eso las lunas de miel parecen mejores que el matrimonio.
Lo que tu hermana tuvo con tu madre es lo que los novicios experimentan en la oración y lo que las parejas experimentan en una luna de miel. Lo que tú tuviste con tu madre es lo que la gente experimenta en la oración y las relaciones cuando son fieles durante un largo periodo de tiempo. A un cierto nivel de intimidad en todas nuestras relaciones -incluso nuestra relación con Dios en la oración- las emociones y la afectividad (aun siendo maravillosas) vendrán a ser menos y menos importantes, y la simple presencia -sólo estando juntos- vendrá a ser principal. Previo a eso, las cosas importantes estaban sucediendo en la superficie, y las emociones y la afectividad eran importantes; ahora el compromiso profundo está sucediendo bajo la superficie, y las emociones y afectividad retroceden en importancia. A una cierta profundidad de relación, sólo estar presente uno con otro, es lo que resulta importante.
Demasiado frecuentemente, la psicología popular y la espiritualidad popular en realidad no tienen en cuenta esto y consecuentemente confunden al novicio con el iniciado, la luna de miel con la boda, y la superficie con la profundidad. En todas nuestras relaciones, no podemos hacer promesas de cómo nos sentiremos siempre, pero podemos hacer promesas de ser siempre fieles, de dejarnos ver que estamos allí, aun cuando estemos sólo hablando sobre el tiempo, nuestros equipos deportivos favoritos, el último programa de televisión o nuestro propio cansancio. Y eso resulta bien ocasionalmente para caer dormido mientras se está allí; porque, como Teresa de Lisieux dijo una vez: un niño pequeño encanta a sus padres lo mismo estando despierto como dormido, ¡dormido, probablemente más! Se juzga que eso vale también para la oración. Dios no tiene en cuenta si ocasionalmente dormitamos mientras estamos en oración, porque estamos allí y eso es suficiente. El gran médico del alma español Juan de la Cruz nos dice que, mientras nos adentramos más profundamente en alguna relación -sea con Dios en la oración, en la intimidad de unos con otros o con la comunidad por largo tiempo a su servicio- al fin la superficie será menos emotiva y menos afectiva, y las cosas que son más profundas empezarán a suceder bajo la superficie. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -
Nos enseñó a orar aun sin saber cómo orar. Ese es un comentario hecho a veces sobre Henri Nouwen.
Parece casi contradictorio decir eso. ¿Cómo puede alguien enseñarnos a orar cuando él mismo no sabe cómo? Bueno, dos complejidades conspiraron juntas aquí. Henri Nouwen fue una única mezcla de debilidad, honradez, complejidad y fe. Eso también describe la oración, en esta vida. Nouwen sencillamente compartió, de manera humilde y honrada, sus propias luchas con la oración, y al ver sus luchas, el resto de nosotros aprendimos mucho sobre cómo la oración es precisamente esta extraña mezcla de debilidad, honradez, complejidad y fe.
La oración, como sabemos, ha sido definida clásicamente como “la elevación de la mente y el corazón a Dios”, y dado que nuestras mentes y corazones son patológicamente complejos, así también será nuestra oración. Dará voz no sólo a nuestra fe sino también a nuestra duda. Además, en la carta a los Romanos, san Pablo nos dice que cuando no sabemos cómo orar, el espíritu de Dios, con gemidos inenarrables, ora por medio de nosotros. Sospecho que no siempre reconocemos todas las formas que toma, cómo Dios ora a veces a través de nuestros gemidos y nuestras debilidades.
El renombrado predicador Frederick Buechner habla de algo que llama “oraciones mutiladas que están escondidas en nuestras blasfemias menores” y son expresadas con los dientes apretados: “¡Dios me valga!”, “¡Jesucristo!”, “¡Por Dios!” ¿Son oraciones estas expresiones? ¿Por qué no? Si la oración consiste en elevar la mente y el corazón a Dios, ¿no es esto lo que hay en nuestra mente y corazón en ese momento? ¿No hay una brutal honradez en esto? Jaques Loew, uno de los fundadores del movimiento Cura-Obrero en Francia, cuenta cómo, mientras trabajaba en una fábrica, a veces lo hacía con un grupo de hombres que cargaban pesadas bolsas en un camión. De vez en cuando, a uno de los hombres se le caía por casualidad una de las bolsas, que se rompía dejando aquello hecho un desastre; y una mini-blasfemia brotaba de los labios de ese hombre. Loew, en parte seriamente y en parte bromeando, señala que, mientras el hombre no estaba diciendo precisamente el Padrenuestro, estaba invocando el nombre de Dios con verdadera honradez.
Así pues, ¿es esto en realidad una genuina modalidad de oración o es tomar el nombre de Dios en vano? ¿Es esto algo que deberíamos confesar como un pecado más bien que reclamarlo como una oración?
El mandamiento de no tomar el nombre de Dios en vano tiene poco que ver con esas mini-blasfemias que se deslizan entre los dientes apretados cuando se nos cae una bolsa de comestibles, nos machacamos dolorosamente un dedo o caemos en un frustrante embotellamiento de tráfico. Lo que expresamos entonces puede muy bien ser estéticamente ofensivo, de mal gusto y lo bastante irrespetuoso para otros, de modo que algún pecado se halle en él, pero eso no es tomar el nombre de Dios en vano. En realidad, no hay nada falso al respecto. De alguna manera, es lo contrario de lo que el mandamiento tiene en mente.
Nosotros tendemos a pensar en la oración demasiado piadosamente. Raramente resulta una genuina oración altruista que brota de una atención concentrada que está basada en la gratitud y en una conciencia de Dios. La mayor parte del tiempo, nuestra oración es una realidad muy adulterada; y, por eso, todo lo más honrada y poderosa.
Por ejemplo, una de nuestras grandes luchas con la oración es que no resulta fácil confiar en que la oración marque la diferencia. Vemos los noticiarios de la noche, vemos la invadida polarización, la amargura, el odio, el autointerés y la dureza de corazón que hay aparentemente por todos sitios, y perdemos el corazón. ¿Cómo encontramos el corazón para orar a pesar de esto? ¿Qué, en nuestra oración, va a cambiar algo de esto?
Mientras es normal sentir de esta manera, necesitamos esta importante advertencia: la oración es lo más importante y más poderoso precisamente cuando sentimos que es lo más desesperanzado; y nosotros somos lo más indefenso.
¿Por qué es verdad esto? Porque es sólo cuando estamos finalmente vacíos de nosotros mismos, vacíos de nuestros propios planes y nuestra propia fuerza cuando en realidad estamos preparados para dejar a la visión y fuerza de Dios afluir en el mundo a través de nosotros. Antes que sentir esta impotencia y desesperanza, aún estamos identificando demasiado el poder de Dios con el poder de la salud, la política y la economía que vemos en nuestro mundo; y estamos identificando la esperanza con el optimismo que sentimos cuando las noticias parecen un poco mejor en una determinada noche. Si las noticias parecen buenas, tenemos esperanza; si no, ¿por qué orar? Pero necesitamos orar porque confiamos en la fuerza y promesa de Dios, no porque los noticiarios de una determinada noche ofrezcan alguna promesa más.
En verdad, cuantas menos promesas ofrezcan nuestros noticiarios y más nos hagan conscientes de nuestra impotencia personal, tanto más urgente y honrada es nuestra oración. Necesitamos orar precisamente porque estamos impotentes y precisamente porque eso parece desesperado. Dentro de eso, podemos orar con honradez, quizás incluso con los dientes apretados. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -