El poder de la oración y del ritual en nuestra impotencia

@Ron Rolheiser, OMI
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En la película basada en la clásica novela de Jane Austen Sentido y  sensibilidad, hay una escena muy conmovedora donde una de sus jóvenes heroínas, que sufría de neumonía aguda, yace en cama debatiéndose entre la vida y la muerte. Un joven, muy enamorado de ella, está paseando de acá para allá, altamente agitado, frustrado por su incapacidad de hacer algo útil y fuertemente sobresaltado. Incapaz de contener su agitación por más tiempo, se acerca a la madre de la chica y le pregunta en qué podría ayudar. Ella responde que no hay nada que pueda hacer, la situación les desborda. Incapaz de vivir con esa respuesta, le dice a ella: “Encárgame alguna tarea que hacer o me volveré loco”.
Todos nosotros hemos tenido a veces este sentimiento cuando, ante una situación extrema, necesitamos hacer algo, pero no hay nada con que podamos ayudar, ninguna varita mágica que podamos agitar para mejorar las cosas.
Pero hay algo que podemos hacer.
Recuerdo un suceso en mi propia vida hace varios años: Estaba yo enseñando en una escuela de verano en Bélgica cuando, a última hora de la noche, exactamente cuando estaba a punto de acostarme, recibí un email según el cual dos amigos míos, un hombre y una mujer recientemente comprometidos, se habían visto envueltos ese día en un fatal accidente de coche. Él murió instantáneamente y ella estaba en serias condiciones en el hospital. Yo estaba viviendo por mi cuenta en una habitación de universidad, a miles de millas de donde todo esto había sucedido y a miles de millas de alguien con quien pudiera compartir este dolor. Solo, agitado, lleno de pánico y necesitando desesperadamente hacer algo, pero estando absolutamente incapaz de hacerlo. Me hinqué literalmente de rodillas. Siendo incapaz hacer más, tomé el libro de oración que contiene el Oficio de la Iglesia y recé, por mi cuenta, la oración de Vísperas por los difuntos. Cuando hube concluido, mi dolor había desaparecido, no obstante estar muerto mi amigo; pero mi pánico se había apaciguado, mientras tenía una desesperada necesidad de hacer algo (cuando no había nada que pudiera hacer).
Aquella noche, mi oración me dio la sensación de que el joven que había muerto ese día estaba bien, a salvo de alguna manera en un lugar más allá de nosotros, y eso también me liberó de la agitación y el pánico de necesitar hacer algo ante la agitada impotencia. Había hecho la única cosa que podía hacer, lo que se ha hecho ante la impotencia y muerte desde el comienzo de los tiempos; me había entregado a la oración y a los rituales y fe de la comunidad.
Son  éstos, la oración y el ritual, los que tenemos a nuestra disposición en esos momentos cuando, como aquel joven en Sentido y sensibilidad, necesitamos hacer algo o nos volveremos locos. Eso es no sólo válido para tiempos difíciles y dolorosos, cuando los seres queridos están enfermos o agonizantes o muertos en accidentes, y nosotros necesitamos hacer algo pero no hay nada que podamos hacer. Necesitamos también el ritual para ayudarnos a celebrar con propiedad los momentos felices.
¿Qué deberíamos hacer cuando nuestros propios hijos se casan? Entre otras cosas, necesitamos celebrar el ritual del matrimonio, porque ninguno que proyecte una boda en el mundo puede hacer por nosotros lo que el ritual de  la boda -especialmente el ritual eclesiástico- puede hacer. Las bodas, al igual que los funerales, son un primer ejemplo de dónde necesitamos el ritual para hacer por nosotros lo que no podemos hacer por nosotros mismos.
Tristemente, hoy, vivimos una cultura que en su mayoría es ritualmente dura de oído. No entendemos el ritual y, por lo tanto, la mayoría no sabe qué hacer cuando necesitamos estar haciendo algo pero no sabemos qué. Eso es un fallo, una dolorosa pobreza, en nuestro conocimiento.
Los monjes trapenses que fueron martirizados en Argelia en 1996 fueron primeramente visitados por los extremistas islámicos que más tarde los secuestrarían y matarían, la víspera de Navidad, exactamente mientras estaban preparándose para celebrar la misa de Nochebuena. Después de algunas amenazas iniciales, los que finalmente serían sus asesinos se marcharon. Los monjes quedaron profundamente estremecidos. Se juntaron en grupo durante un rato para asimilar lo que había sucedido.
Entonces, no sabiendo qué más hacer ante esta amenaza y su temor, cantaron la misa de Navidad. En palabras de su abad: “Era lo que teníamos que hacer. ¡Era todo lo que podíamos hacer! Era lo correcto”. Compartió también, como hicieron varios de los otros monjes (en sus diarios), que encontraron esto -la celebración del ritual de la misa a pesar de su miedo y pánico- como algo que calmó su miedo y devolvió algo de entereza y regularidad en sus vidas.
Hay una lección que aprender aquí, lección que puede traer entereza y calma a nuestras vidas en esos momentos en los que necesitamos desesperadamente hacer algo pero no hay nada que hacer.
El ritual: Es lo que tenemos que hacer. ¡Es todo lo que podemos hacer! Es lo correcto. 
Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) -