La pornografía y lo sagrado. Artículo de Ron Rolheiser.

Los antiguos griegos tenían dioses y diosas para todo, incluso una diosa de la Vergüenza llamada Aidos. La vergüenza, para ellos, significaba mucho más de lo que normalmente significa para nosotros. En su mentalidad, vergüenza suponía modestia, respeto y una cierta reticencia necesaria ante cosas que debían permanecer privadas y ocultas. La diosa de la vergüenza te instruía sobre cuándo apartar los ojos de cosas demasiado íntimas para ser vistas. La vergüenza, según la entendían, contenía una modestia y reverencia que se suponía que  sentías en presencia de algo sagrado o cuando recibías un reglo o hacías el amor.

Tenían un mito intrigante que aseguraba esto: Afrodita, la diosa del Amor, nace del mar; pero, en cuanto se eleva sobre las olas con su deslumbrante belleza, su desnudez es protegida por tres deidades: Aidos, la diosa de la vergüenza; Eros, el dios del amor; y Horai, la diosa de la decencia. Las tres protegen su desnudo cuerpo con amor, decencia y vergüenza. Para los antiguos griegos, esta era una verdad religiosa que enseñaba que, sin estas tres deidades de protección, no se debería ver el cuerpo desnudo. Cuando la desnudez (de cualquier clase) no está protegida por estas deidades, está expuesta y deshonrada injustamente.

Refiero este mito para presentar un alegato en contra de la pornografía, ya que hoy es aceptada demasiado ingenuamente en la cultura, y su verdadero daño no está generalmente reconocido.

Permitidme empezar así. Primero, la pornografía de internet es hoy, con mucho, la mayor adicción del mundo entero. Ningún analista ni crítico creíble negará eso. Como todas adicciones, es también mortal. Sin embargo, vemos más y más que la sociedad se vuelve despreocupada e incluso indiferente a ella. La pornografía está por todas partes, frecuentemente se considera inofensiva, y no es extraño ver que las comedias de situación convencionales de la televisión hablan de la colección pornográfica de alguien como podían hablar de su colección de aviones de juguete. Más aún, tenemos más gente que desafía positivamente a aquellos que hablan claro contra la pornografía. Yo he tenido compañeros, teólogos cristianos, que han dicho: “¡Por qué somos tan estrictos respecto a ver sexo! El sexo es la cosa más bella que Dios nos dejó, ¿por qué no se puede ver?”

¿Por qué no se puede ver? Podríamos empezar con la afirmación de Carl Jung de que una de nuestras mayores ingenuidades es que creemos que la energía es amiga y que siempre la podemos controlar. No lo es. La energía es imperialista, quiere dominarnos y controlarnos. Una vez que nos atrapa, puede resultar duro liberarnos de ella. Esa es una de las razones por las que la pornografía es tan peligrosa. Su energía atrapa como una posesión diabólica.

Pero la pornografía no es sólo peligrosa, también está equivocada, malamente equivocada. Esos que declaran que el sexo es bello y que no debería haber nada malo en verlo, tienen, de hecho, razón a medias; el sexo es bello… pero su energía y desnudez son tan poderosas que no debería ser visto, al menos no sin la asistencia de las deidades del amor, la decencia y la vergüenza.

Como cristianos, no creemos en un panteón de dioses y diosas, creemos en un solo Dios; pero ese Dios contiene a todos los otros dioses, incluso a Afrodita, Aidos, Eros y Horai (Belleza, Vergüenza, Amor y Decencia). Además, ese Dios está siempre defendido de nuestra mirada, cubierto, escondido, para no acercarnos, excepto con reverencia y por una razón. Nuestra fe nos dice que nadie puede mirar a Dios y vivir.

Por eso la pornografía está equivocada. No está equivocada porque el sexo no sea bello, sino más bien porque el sexo es tan poderoso como para cargar algo de la auténtica energía y poder de lo divino. Por eso también la pornografía es tan poderosamente adictiva, y tan dañina. El sexo es bello, pero su desnuda belleza, como el desnudo cuerpo de Afrodita surgiendo del mar, sólo puede ser contemplada cuando está decorosamente asistida por el amor y la decencia, y protegida por la vergüenza.

Al final, todos los pecados son pecados de irreverencia, y esa irreverencia contiene siempre algo de indecencia, desacato y desvergüenza. La pornografía es un pecado de irreverencia. Metafóricamente, es permanecer en pie ante la zarza ardiendo, con nuestro calzado puesto, mientras vemos a Afrodita surgir desnuda del mar sin estar acompañada por el amor y la decencia, sin que esté la vergüenza protegiendo nuestros ojos de su desnudez.

Por eso el mundo del arte distingue entre desnudarse (being naked) y estar desnudo (being nude), y por qué el primero es degradante mientras que el segundo es bello. ¿La diferencia? Desnudarse es estar malsanamente expuesto, exhibido, mostrado, mirado de manera que viole la intimidad y la dignidad. Por el contrario, estar desnudo es tener tu desnudez decorosamente asistida por el amor y la decencia, y protegida por la vergüenza, de modo que tu misma vulnerabilidad ayude a revelar tu belleza.

La pornografía degrada tanto a los que consienten en ella como a los que se exponen  malsanamente a ella. Es un error no sólo desde el punto de vista humano sino también desde el punto de vista de la fe. Desde el punto de vista humano, el desnudo cuerpo de Afrodita  necesita tener escudos divinos. Desde el punto de vista de la fe, nosotros creemos que nadie puede mirar el rostro de Dios y vivir. Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -