Renunciar al miedo. Artículo.

 

Un amigo mío cuenta esta historia: Era hijo único. Cuando se acercaba a los treinta años, aún soltero, cursando brillantemente una carrera y viviendo en la misma ciudad que sus progenitores, su padre murió, dejando a su madre viuda. Esta, que había centrado su vida en su familia y en su hijo, quedó comprensiblemente desolada. Gran parte de su mundo se derrumbó; había perdido a su esposo… pero aún tenía a su hijo.

Los siguientes años no siempre fueron buenos para su hijo. Su madre había perdido mucho de su mundo, excepto a él, y él sintió una fuerte responsabilidad hacia ella. Sus visitas la revitalizaban. Sus días libres y sus tiempos de asueto tenía que pasarlos en compañía de ella. Pero, aun queriendo mucho a su madre, eso era una carga que le impedía tener la vida social y la libertad relacional por la que suspiraba, y le impedía igualmente tomar decisiones profesionales que de otra manera habría realizado. Tenía que cuidar de su madre, estar allí por ella. Como uno puede adivinar, sus momentos de estancia compartida eran a veces una prueba de lealtad y deber para el hijo. Pero él lo hacía fielmente, año tras año. No había ninguno más en quien su madre pudiera apoyarse.

Cuando la salud de su madre empezó a declinar, ella vendió su casa e ingresó en un complejo de personas mayores. Casi todos sus días libres, él recogía a su madre, le daba una vuelta por la campiña y después la llevaba a cenar antes de volver a dejarla en su pequeño apartamento. Un día de tales salidas, conduciendo en silencio por un camino de la campiña,  su madre rompió el mutismo con palabras que le sorprendieron y, por primera vez en largo tiempo, le captaron toda su atención.

Dijo palabras en este sentido: Algo tremendo ha sucedido en mi vida. He renunciado al miedo. Toda mi vida he estado temerosa de todo: de no estar a la altura debida, de no ser suficientemente buena, de ser aburrida, de ser excluida, de estar sola, de acabar solitaria, de llegar a estar sin dinero y sin un sitio donde vivir, de gente murmurando de mí a mi espalda. He estado temerosa de mi propia sombra. Bueno, he renunciado al miedo. ¿Por qué no? He perdido todo: a mi esposo, mi lugar en la sociedad, mi hogar, mi aspecto físico, mi salud, mis dientes y mi dignidad. Ya no me queda nada más que perder, y ¿sabes una cosa? ¡Es algo bueno! Ya no tengo miedo de nada. Me siento libre como nunca me he sentido anteriormente. He renunciado al miedo.

Por primera vez en mucho tiempo, él empezó a escuchar atentamente lo que su madre estaba diciendo. Sintió también algo nuevo en ella, una nueva fuerza y una sabiduría más profunda, de la que deseaba beber. La  siguiente ocasión en que la llevó a dar una vuelta, le dijo: Mamá, enséñame eso. Enséñame cómo no tener miedo.

Ella aún vivió dos años más y, durante ellos, él la llevaba a la campiña y a compartir la comida y la cena, y asumía de ella algo de esa nueva fuerza maternal, que antes no había sido capaz de asumir. Cuando al fin murió ella y él perdió su presencia terrena, sólo pudo describir lo que ella le había dado en esos años finales, empleando expresiones bíblicas: “Mi madre me dio a luz dos veces: una desde abajo y otra desde arriba”.

No es fácil renunciar al miedo ni enseñar a otros cómo hacerlo. El miedo tiene tal dominio sobre nosotros porque, para la mayoría de nuestras vidas, en realidad tenemos mucho que perder. Así pues, resulta difícil, comprensiblemente, no vivir con mucho miedo en la mayoría de nuestras vidas. Además, no es cuestión de ser maduros o inmaduros, espirituales o terrenales. Ciertamente, a veces cuanto más maduros y espirituales somos, tanto más valoramos el alto precio de la vida, de la salud, de la familia, de la amistad, de la comunidad: todo lo cual tiene su propia fragilidad y podemos perder. Existen buenas razones para tener miedo.

 No resulta accidental que la madre de este hombre pudiera vencer el miedo sólo después de que ella hubiera perdido casi todo en la vida. Dios y la naturaleza reconocen eso y lo han escrito en el proceso de envejecimiento. Este proceso de envejecimiento es calibrado para llevarnos a un lugar donde podamos renunciar al miedo porque, conforme envejecemos y perdemos más y más nuestra salud, nuestra importancia en el mundo, nuestro atractivo físico, nuestros seres queridos a causa de la muerte y nuestra dignidad, tenemos menos y menos que perder,  menos y menos que temer.

Este es uno de los últimos regalos que nos otorga la naturaleza, y vivir de manera que otros vean esta nueva libertad en nosotros, puede ser también uno de los últimos grandes regalos que dejemos con aquellos a  quienes amamosRon Roheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -